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viernes, 21 de julio de 2023

La vuelta a reproducción asistida


Mi recuerdo oficial de la reproducción asistida siempre ha sido espantoso: una sucesión de pruebas carniceras, desencuentros con el espéculo, tratamientos frustrantes, miles y miles de euros malgastados, sangre, abortos. Mi corazón roto en mil pedazos. En comparación, la adopción se me antojaba un paraíso: alineada con mis valores, sin necesidad de poner el cuerpo, tan solo exigía paciencia (¿pero acaso la reproducción asistida no lo hace?) al módico precio de cero euros.

Por eso me resistí, durante tanto tiempo, a enfrentarme a otro tratamiento. ¿Anhelaba volver a ver un positivo, asistir a la transformación de mi cuerpo, notar los movimientos de un bebé en mi interior, dar a luz de nuevo? Sin duda. ¿Estaba dispuesta a sacrificar otra vez todo lo que había sacrificado para tener a mi hija? Ni en un millón de años: reeditar el ensañamiento físico, la tortura psicológica y la ruina económica no era una opción. Mi opción era adoptar, con o sin pareja. Adoptar: eso quería, ese era mi siguiente paso, mi destino, el camino adecuado.

Hasta que comprendí que era imposible.

Así que, tras pasar unos meses elaborando el duelo, empecé a imaginarlo. Empecé a imaginarme a mí misma atravesando la puerta de una consulta, apenas cubierta de cintura para abajo por una sabanita desechable, abierta de piernas sobre un potro ginecológico. Conjuré la memoria de mi cuerpo y le obligué a enfrentarse, siquiera mentalmente, a ecógrafos, espéculos, sondas. Inyecciones, hormonas, anticoagulantes. Vía oral y vía vaginal. Extracciones, pruebas, resultados. Hematomas, sangre. Negativos. Abortos. Dolor físico y dolor psicológico. Todo lo que para mí significaba la reproducción asistida.

Y sentí que no iba a ser capaz.

En medio de aquel naufragio de recuerdos, sin embargo, una mano invisible aferró la mía y me obligó a a avanzar. Sin decir nada, sin tratar de cuestionar lo inapelable, me acompañó a lo largo de los meses, de las dudas y los miedos, de la absoluta certeza de estar enajenada, hasta aquella mañana de diciembre, lluviosa y dulce, en que pisé la nueva clínica por primera vez.

A partir de ahí, todo fue muy diferente a lo que recordaba.

lunes, 13 de febrero de 2023

Mi experiencia con los test de ovulación


Utilizar test de ovulación era una experiencia que se me había quedado pendiente de mi primera tanda de tratamientos. Había visto a otras chicas que seguía por Internet publicar entradas sobre su uso y resultados, y me había producido cierta envidia. Sentía que era una de esas experiencias que me estaban vedadas al buscar un embarazo mediante reproducción asistida: algo que superé cuando decidí utilizar test de embarazo sin esperar a la beta, pero que no había logrado todavía con los de ovulación.

Por otra parte, soy consciente de que todos los tratamientos que llevo en el cuerpo los he hecho en la primera mitad de la treintena, pero ahora ya paso de los cuarenta, por lo que me surgía la duda de si podría volver a intentar quedarme embarazada en ciclo natural. Fue algo que pregunté en las consultas informativas que hice durante el proceso de selección de clínica, y en todos los casos me dijeron que, si me venía la regla de manera regular, se podía intentar. De hecho, la doctora que finalmente me atiende me explicó que era preferible hacerlo así que mediante un proceso de estimulación. 

Reconozco, sin embargo, que no las tenía todas conmigo. Efectivamente, la regla me sigue viniendo sin ningún cambio aparente; de hecho, tras el embarazo, me viene más regular y más abundante que nunca en mi vida, así que me siento mucho más fértil (!?) en ese sentido. Pero, ¿significa eso que ovulo? Y, sobre todo, ¿quería esperar a descubrirlo cuando estuviera haciendo el tratamiento, con el chasco consecuente si la respuesta era negativa, o prefería comprobarlo por mí misma en la intimidad de mi cuarto de baño? 

Finalmente, me decidí a hacerme los dichosos test, para sacarme la espinita de envidia que tenía clavada desde mi anterior experiencia, y también para comprobar por mí misma lo que ahora estaba en un entredicho razonable. Así que me tocó hacer otro estudio de mercado para conseguir una buena marca de test, fiables y económicos. Me inclinaba por la misma que ya había utilizado para los test de embarazo, y aunque acabó siendo la elegida, durante algunos días estuve valorando unas cuantas.

(Tengo que confesar que me aburre soberanamente esto de los estudios de mercado. No entiendo cuál es la gracia de comparar un montón de opciones que deberían ser todas iguales de buenas y que, sin embargo, te dan la sensación de ser todas el mismo timo. Cuanto mayor me hago, más sueño con una especie de supermercado soviético donde haya una sola marca de cada cosa, siempre buena y siempre fiable, sin el embrollo capitalista que no aporta absolutamente nada. Pero supongo que este es un tema para otra entrada.)

Lo que más me amargó del proceso, en cualquier caso, fue conseguir un pack en el que solo vinieran test de ovulación. Me traumatizaba vivamente comprar también test de embarazo: en primer lugar, porque no sabía si llegaría a tener siquiera la posibilidad de utilizarlos, pero también porque no quería que se me pasaran de fecha y encontrarme otra vez en la situación de comprobar el buen desarrollo de un embarazo con test caducados

Al final (porque la cosa tampoco es tan complicada, pero yo es que tiendo a hacerme un lío con todo), acabé comprándome un montón de test baratos, fiables y solo de ovulación para, con la primera regla del curso, estrenarlos llena de alegría e ilusión.

miércoles, 4 de enero de 2023

Volver a empezar (de nuevo)


Han pasado más de cinco años de aquella última consulta en la clínica de reproducción asistida. De aquella maravillosa mañana en que recibí, por fin, el alta: tres años, siete meses y dieciséis días después de empezar la aventura que me convertiría en madre

Recuerdo perfectamente esa sensación de triunfo extraño, de felicidad nerviosa. Recuerdo dar esos pasos que me alejaban de la puerta pensando que dejaba atrás una experiencia que no se volvería a repetir. Confieso, no obstante, que siempre albergué cierta esperanza, tan remota que incluso la mantuve en secreto. Quizás, algún día... Algún día, como en un sueño, en un delirio de optimismo, de confianza en una Vida que parecía negarme todo, todo... Pero, tal vez... Tal vez, y sin embargo... Nunca desde donde me encuentro hoy.

Y no porque no deseara tener un segundo hijo, desde luego; sino porque la posibilidad que había acariciado durante dos largos años era que ese hijo llegara gracias a la adopción nacional. Una posibilidad que se convirtió en realidad cuando, apenas un año y medio después, nos llamaron para la reunión informativa. Entonces sentí que aquel deseo se cumpliría, que aquel sueño que durante tanto tiempo me había parecido inalcanzable formaba parte inseparable de mi destino.

Porque los motivos que habrían podido hacer que ese destino se torciera me resultaban sumamente improbables. Sin embargo, cual tsunamis que se acercan sigilosos, terminaron por materializarse: la quiebra de una relación que duraría quince años apenas nos convertimos en madres, la pandemia que precipitó un divorcio que llegaba demasiado pronto pero también demasiado tarde, la desaparición de la adopción nacional no solo como posibilidad sino como realidad inmediata y, por si todo esto no fuera suficiente, la enfermedad que terminó de arrasar mi vida, acabando con lo poco que quedaba en pie, con lo poquísimo que había sido capaz de reconstruir. 

Contra todo pronóstico, sin embargo, fue ese vacío inmenso, ese dolor profundo que pensaba que nunca habitaría de nuevo, el que empezó a alumbrar una posibilidad distinta. En medio de aquel páramo que me obligaba a invertir cuidadosamente cada átomo de mi energía, sentí la necesidad radical de priorizar mis objetivos vitales como nunca antes lo había hecho: si solo tuviera fuerzas para un nuevo proyecto, me preguntaba, si solo pudiera asumir una cosa más en mi vida, ¿cuál sería?

De entre todos mis anhelos, solo uno se reveló como irrenunciable: quería volver a ser madre. O más bien, siendo consciente de mis múltiples limitaciones, quería intentarlo. Y es que, aunque la Vida parezca haber conspirado en su contra durante todo este tiempo, eso ha sido lo único que se ha mantenido a flote a pesar de las circunstancias. De hecho, la pregunta nunca ha sido qué, sino cómo.

Hace casi un año traté de reflotar el proyecto de adopción nacional como familia monoparental, pero, desgraciadamente, enseguida comprendí que aquel tren transitaba por una vía muerta. Aunque sea paradójico, lo que viví como una nueva posibilidad, como un nuevo comienzo, se ha terminado convirtiendo precisamente en aquello que me ha ayudado a cerrar para siempre una puerta que, contra viento y marea, me había empeñado en mantener abierta. Mi idilio con la adopción ha terminado.

¿Qué me queda, entonces? Volver a la casilla de salida. Desandar ese camino que hace más de cinco años pensé que no volvería a recorrer. Llamar de nuevo a esa puerta de la que me alejé triunfalmente y descubrir si todavía guarda alguna esperanza para mí.

Enfrentarme al monstruo de la reproducción asistida, otra vez.

lunes, 22 de agosto de 2022

Un espacio para hablar de la enfermedad

En su momento, me costó mucho asumir la etiqueta de "infértil". Y no solo por lo que significaba, que ya era bastante duro de admitir, sino por el mero hecho de aplicarme una "etiqueta". Sentía que ya había tenido suficiente con todo lo que conlleva la asunción de una orientación sexual no normativa. No me apetecía embarcarme en el proceso de "identificarme" y "salir del armario" como infértil. 

Hoy veo todo aquel proceso de una manera muy diferente. Sigo creyendo que las etiquetas no son un reflejo exacto de nuestra esencia individual, pero también pienso que cumplen una función importantísima para comprendernos a nosotras mismas y a nuestra realidad, y también para comunicarnos con los demás. Sin etiquetas, que es lo mismo que decir "sin palabras", la complejidad nos abruma y el encuentro con los otros se torna casi un milagro. Además, a partir de una etiqueta podemos hacer todas las precisiones posibles, pero no podemos hacerlo igual a partir de la nada.

En todo este proceso, para mí, fue fundamental la escritura de este blog. Análisis tras análisis, prueba tras prueba, fracaso tras fracaso... fui asumiendo la realidad de mi cuerpo y de mi salud. Y lo hice a través de la escritura; de una escritura pública, además, con todo lo que eso implica en cuanto a exposición de la intimidad, pero también de apoyo y cariño por parte de muchas de las mujeres que me acompañaron en el camino. 

Hablar de mi diabetes potencial, de los abortos de repetición que sufrí, de mi síndrome de ovarios poliquísticos, de mis trombofilias y mi SAF, de las secuelas de un parto con violencia obstétrica que se quedaron para siempre conmigo... forma parte hoy en día de mi cotidianeidad. No siento un peso extraordinario al tener que comunicarlo ni tampoco al vivir con ello. Las circunstancias de mi cuerpo son mis circunstancias y me alegro de conocerlas y de poder tenerlas en cuenta para cuidar de mi salud. Este blog me ayudó a encontrar las palabras, y ahora fluyen naturalmente cuando las necesito. 

Pero además, me estoy dando cuenta de que este proceso ha tenido una consecuencia todavía más profunda para mi vida y para mi escritura, y es que ha creado un espacio para hablar de la enfermedad. De ese aspecto natural de la vida al que tanto insistimos en darle la espalda y en considerarlo extraordinario, cuando forma parte de quienes somos tanto o más que nuestra salud. Todos enfermamos, más o menos gravemente; todos tenemos achaques, divergencias funcionales o condiciones crónicas que condicionan nuestra vida. Ningún cuerpo es perfecto, nadie está sano al 100% y, sin embargo, la mayoría somos capaces de vivir y desarrollarnos a pesar de ello. O, más bien, con ello.

Contar con este espacio es para mí una alegría y un descanso en mis circunstancias actuales.

jueves, 3 de enero de 2019

SÍ SE PUEDE, pero...

Quería empezar el año con esta entrada, con un SÍ SE PUEDE bien grande, lleno de ánimos y esperanza, dedicado con todo mi cariño a quienes estrenan el 2019 inmersos en esa devastadora experiencia que es la lucha contra la infertilidad.

El título no es aleatorio, ni una frase hecha tan bienintencionada como falsa. Es algo de lo que estoy profundamente convencida, algo que he ido entendiendo a lo largo de los muchos años en que he librado mi propia batalla. SÍ SE PUEDE, con letras luminosas, gigantes. Y un "pero" pequeñito, pero un "pero" al fin y al cabo.

SÍ SE PUEDE, pero...

... no será cuando tú quieras. Creo que esta es la primera lección que nos enseña la infertilidad: para algunas personas, la planificación familiar no es más que un chiste de mal gusto. Cuando esta desgracia te atraviesa, no hay nada que puedas planificar, aunque te pases días y días, noches y noches haciendo cálculos. No serás madre a la edad que deseabas, tu hijo o hija no llegará cuando calculas. Olvidarse del tiempo, relativizarlo al menos, es una de las peleas más arduas, pero solo con esa victoria lograrás cierta paz. Y, en la guerra contra la infertilidad, vas a necesitar toda la paz que consigas reunir.

... no será porque tú quieras. Lograr un embarazo pese a la infertilidad no es solo cuestión de voluntad. Por mucho que te empeñes, esas condiciones que te impiden quedarte embarazada como deseas no van a desaparecer. Ni siquiera aunque te vayas de vacaciones al Caribe para relajarte. Hacen falta buenos médicos, mejores diagnósticos, más medicación de la que te gustaría e incluso cirugía. El hecho de que de vez en cuando se produzca un milagro no implica que el milagro vaya a ser el tuyo. Mejor concentrar la energía en obtener la atención sanitaria que necesitas  (todo un logro en sí mismo) que en permanecer en un estado de concentración imposible que solo te va a hacer sentir más angustiada y culpable.

... no será como tú quieras. Nadie desea la reproducción asistida, pero algunas personas la necesitamos. Seguir adelante implica todo un rosario de renuncias que pueden hacer que te cuestiones tu propio deseo de maternidad. Con esto no quiero decir que solo quien es capaz de renunciar "merece" tener hijos. Eso sería una soberana estupidez. Lo que quiero decir es que, por más que nos engañemos, algunos no podemos tener hijos como los demás. Punto. No hay paliativos posibles. Así que nos toca dejar ir la fantasía de que podría ser siquiera parecido y, a partir de ahí, atrevernos a escribir nuestra propia historia. 

En ella puede haber hijos. O no haberlos. Cada persona va encontrando sus límites con el tiempo. Lo que sí que hay es paz de espíritu, alegría y una herida que duele menos. Lo he visto en infinidad de casos de familias cuyos hijos han llegado de maneras muy diversas. Y también en quienes han aceptado sus propios límites, transformando su camino según lo transitaban. El dolor de la infertilidad se acaba. Y en la otra orilla brilla un sol estupendo.

SÍ SE PUEDE.
¡SÍ SE PUEDE!

... a pesar de los peros :)

miércoles, 11 de julio de 2018

La no-consulta en Esterilidad de la Seguridad Social

Este es uno de los episodios más desagradables de mi andadura, y, de hecho, había tomado la decisión de no contarlo. Cuando escribí esta entrada, en la que exponía mis dudas acerca de la conveniencia de relatar todas y cada una de mis experiencias con la infertilidad, me refería, concretamente, a lo que voy a explicar ahora. Para mi total y absoluta desgracia (¡y me quedo corta!), me veo obligada a contarlo para que se entienda mi parto en todo su esplendor.

Como ya expliqué en su momento, cuando, después del tercer aborto, acudí a mi doctora de cabecera para que me derivase a Ginecología y Hematología, donde probar suerte con las nuevas pruebas que me tenía que hacer; ella decidió darme una cita con Esterilidad, para que decidieran allí si debían derivarme o no. Esta decisión me dejó sin la atención médica que necesitaba en ese momento, me impidió intentar hacerme unas pruebas a las que (¡creo!) tenía derecho y, por si esto fuera poco, también hizo que viviera una experiencia médica sumamente desagradable. Una experiencia que, además, no sirvió absolutamente para nada. Para nada bueno.

La espera previa a la cita era de cinco meses, algo que daba al traste con los tiempos necesarios para el tratamiento del que nació mi hija. Sin embargo, para ser una cita con Esterilidad, me parecía muy poco tiempo; de hecho, sospeché que algo extraño pasaba cuando, además, resultó que debía acudir a un centro de especialidades y no al hospital. Como descubrí después, lo que ocurría es que, antes de tener la consulta con Esterilidad, hay que pasar por el filtro de Ginecología, donde deciden si la derivación a Esterilidad es pertinente o no.

Dejando a un lado el absurdo de que me deriven a Ginecología para que me deriven a Esterilidad para que decidan si deben derivarme a Ginecología (¡!), cuando llegó el día de la cita, acababan de pedirme nuevos análisis en Inmunología, así que pensé que, aparte de "entrar en el sistema" (que era para lo que pensaba aprovechar esta consulta), tal vez podría conseguir que me hicieran estos análisis. En cualquier caso, y después de esperar tres años para que la Seguridad Social dejara de discriminarme por ser lesbiana, lo que más deseaba era exponer mi caso. Hablar. Sentirme acogida por un servicio, la Sanidad Pública, del que soy una firme defensora.

Todos mis anhelos estallaron durante el primer minuto de la consulta. La ginecóloga no me preguntó nada, no me dejó hablar, no le importó un pimiento para qué iba yo allí. Tan solo me pidió el parte interconsulta, donde mi doctora de cabecera había escrito un escueto "Solicito valoración para Esterilidad por abortos", y me indicó que pasara detrás de la cortina y me desvistiera de cintura para abajo.

–Pero... ¿qué me van a hacer?

No entendía nada. Mi historia médica era compleja y yo llevaba una carpeta repleta de pruebas para enseñarle. No pensaba que fuera a hacerme nada, yo iba a esa consulta a hablar.

Me sentí tan vulnerable, tan pedazo de carne con ojos. Basta decir que, por aquel entonces, acababa de pasar por el trauma de la segunda biopsia de endometrio, esa carnicería a la que me sometieron tras la histeroscopia diagnóstica. Eso, por no hablar de las otras chorrocientas pruebas (citologías, exudados, una histerosalpingografía, otra biopsia de endometrio) que llevaba perfectamente documentadas en mi carpeta. Pero la ginecóloga no sabía nada de todo aquello porque no se había molestado en preguntarme, en hablar conmigo.

Lo primero que hizo fue gritarme, claro. Gritarme por no estar relajada mientras hundía sus dedos en mi cuerpo, mientras manejaba un ecógrafo sin ningún respeto por mi condición de ser humano:

–¡Estás tensa! ¡Mira tus piernas! ¡Yo así no puedo trabajar! ¡No puedo!

Todavía hoy, más de un año después, se me escapan las lágrimas al recordarlo. 

Pero entonces no lloré. No quise darle el gusto. Tan solo miré para otro lado mientras ella me sometía a aquella retahíla de vejaciones, y tomé una decisión: nunca más. Nunca más me prestaría a otra prueba ginecológica inútil. Estaba más que comprobado que mi problema no residía en el útero. Si alguna vez algún médico intentaba volver a ecografiarme, medirme el útero, meter sus dedos en mi vagina, simplemente diría que no. ¡Que no! Me negaría. 

Yo, que tanto me había preguntado dónde debía establecer los límites de esta aventura médica, me topé de golpe con uno. Porque, efectivamente, los límites existen, y son evidentes cuando te los encuentras. Afortunadamente, aquel pensamiento, aquella pequeña revolución, ese paréntesis en el absurdo, me hizo sentir empoderada, liberada, dueña de un trocito de mi existencia en medio del pavoroso huracán de la infertilidad.

Solo cuando salí de detrás de la cortina, empezaron las preguntas.

–¿Te quedaste embarazada de forma natural?

Claro. Cuando no te has dignado a mantener una mínima conversación con la persona que tienes enfrente, todo se vuelve ridículo. Después de que me ensartara como a un pincho moruno, tuve que explicarle que no, que yo era lesbiana, que aquella mujer que me acompañaba no era ni mi amiga ni mi hermana, sino mi pareja, y que si acudíamos ahora por primera vez a la Seguridad Social, era porque, hasta entonces, habíamos sido discriminadas por nuestra orientación sexual. Motivo por el cual nos habíamos visto obligadas a realizar nueve tratamientos en dos clínicas privadas, junto a un número importante de pruebas médicas que nos habrían permitido ahorrarnos el episodio de violencia ginecológica que acababa de acontecer.

Esto último no lo expresé con esas palabras, pero creo que se entendió.

Entonces pasó a preguntarme por mis abortos. En cuanto le dije con cuántas semanas había perdido el segundo embarazo, le faltó tiempo para asestarme una nueva puñalada:

–¡Ese no cuenta!

Sé que en la Seguridad Social tienen el "protocolo" de ignorar cualquier embarazo que no haya podido ser documentado mediante una ecografía; pero eso no lo hace menos doloroso. En este caso, además, la ginecóloga parecía contenta de ningunear mi experiencia, como si hubiera salido el número que le faltaba para cantar bingo. A regañadientes, no obstante, apuntó en el informe este aborto y el siguiente.

Luego me dijo que me iba a mandar unos análisis. Así, "unos análisis". Y ahí, ya, me planté. Si no eran los análisis que necesitaba, no iba a hacérmelos. No iba a esperar semanas, a perder otra mañana, a volver a esperar semanas... para que me dijeran, ¡no sé!, que tengo Síndrome de Ovarios Poliquísticos. Eso ya lo sabía. Sabía muchas cosas. Estaba en el nivel de complejidad que estaba y no iba a retroceder.

–Pero, ¿de qué son los análisis? Porque yo ya tengo muchas pruebas hechas.
–Pues de hormonas.
–Ya, pero, ¿de qué hormonas?
–Pues hormonas.

Era evidente que me estaba tratando como a una imbécil, y yo no podía más. Tres años y un máster involuntario en bioquímica me impedían seguir manteniendo ese diálogo de besugos. Así que puse la carpeta encima de la mesa, saqué todo el taco de pruebas y, muy despacio, volví a repetir la pregunta:

–¿Qué hor-mo-nas?

Ella resopló y me dijo algunos ejemplos, esperando, sin duda alguna, que yo me quedara boquiabierta como una gilipollas. Pero no fue así. Rebusqué entre mis papeles y los fui sacando todos, uno tras otro. El perfil hormonal básico, el del SOP, el estudio de trombofilia, el cariotipo, anticuerpos variados, celiaquía, tiroides, vitamina D... Etcétera. Ella se los iba pasando a la enfermera para que tomara nota. Cuando terminamos, me dijo que ya no me iba a mandar los análisis. Que lo tenía todo. ¡Menuda sorpresa!

Así que, por fin, me dio el volante para solicitar la consulta con Esterilidad. En cuanto salí por la puerta, me puse a llorar. A llorar y a gritar, que se me escuchaba por todo el centro de salud. Pero me dio igual. Aquello había sido el colmo de los colmos, un maltrato físico y emocional, un insulto a mi inteligencia, a mi dignidad. Y lo peor de todo: había sido inútil. Completamente inútil.

Estábamos en enero y la cita con Esterilidad nos la dieron para noviembre: esos tiempos sí que me cuadraban. Por suerte, para cuando llegó yo ya estaba embarazada de seis meses. Aun así, me dieron ganas de ir. Quería, sencillamente, ocupar mi espacio, ese espacio que se me había hurtado durante tanto tiempo. Al final, sin embargo, Alma me convenció de que era mucho más solidario anular la cita para que otra familia pudiera aprovecharla. Y así lo hice. O, al menos, así intenté hacerlo, porque ponerse en contacto telefónico con el hospital se reveló como una tarea inútil.

Relatar este episodio me recuerda cuánto hay todavía que sanar en mi interior, cuánto dolor he acumulado a lo largo de estos años. Ni siquiera la existencia de mi hija, una culminación grandiosa para todo este proceso, ha logrado realizar el milagro. Supongo que necesito tiempo, mucho tiempo. Y escribir mucho, ¡muchísimo!, sobre todo ello.

miércoles, 2 de agosto de 2017

La tercera ecografía. Alta en reproducción asistida

Al final, resultó que el protocolo de nuestra clínica incluía tres ecografías gestacionales. No fue algo que nos comentaran explícitamente, solo nos iban citando de semana en semana. Yo creía que, en cuanto escucháramos claramente el latido (algo que ocurrió en la segunda ecografía), nos darían el alta; pero no fue así. En cualquier caso, a mí me pareció estupendo, porque de esta manera hemos podido ver a nuestro pequeño un montón de veces y vigilar su desarrollo en las semanas más delicadas: de la seis a la ocho.

A esta tercera ecografía fuimos bastante tranquilas. Creo que siempre vamos a sentir miedo en el último momento, porque somos muy conscientes de que pueden darnos una mala noticia. Pero la experiencia de la última vez nos dio ánimos para enfrentarnos a las siguientes con un poquito más de confianza.

En esta ocasión, además, todo fueron buenas noticias. Tanto el saco como el propio embrión habían crecido bastante, mientras que el segundo saquito se había quedado prácticamente estancado. La doctora se detuvo a enseñarnos un sinfín de detalles: la bolsa de líquido amniótico rodeando al embrión, el cordón umbilical, la vesícula vitelina en retroceso ante la actividad de la placenta... Fue increíble ver todo aquello en la pantalla, la verdad es que el ecógrafo tenía una resolución bastante buena.

Lo mejor, por supuesto, fue ver a nuestro pequeño. ¡Estaba tan grande, tan definido...! Confieso que ni entonces ni ahora doy crédito a la idea de estar albergando un ser en mi interior. ¡Se me hace tan extraño...! Para mí, es como si viviera en la pantalla del ecógrafo, como una especie de tamagochi al que alimentan y cuidan en la clínica, y al que nosotras, de vez en cuando, vamos a visitar.


De nuevo, escuchamos el latido de su corazón, más contundente si cabe que en la ecografía anterior. Por si todo esto fuera poco, la doctora tuvo el detalle de regalarnos otro momento mágico: me dio unos golpecitos en la tripa (yo flipé bastante, porque no sabía qué estaba haciendo)... ¡y el pequeño empezó a moverse! Alma y yo nos quedamos con la boca abierta, porque no sabíamos que los embriones podían moverse tan pronto (aunque después leímos que eran espasmos nerviosos, no movimientos voluntarios). En cualquier caso, ¡fue precioso! Hasta la enfermera dejó lo que estaba haciendo para asomarse a la pantalla y disfrutar del espectáculo.

Después de la exploración, nos entregaron varios informes: el del propio tratamiento, uno con información sobre los donantes (grupo sanguíneo, color de pelo y piel, altura, raza y constitución de ambos; y la edad de la mujer) y el informe de esta última ecografía. También nos dieron una hoja para rellenar una estadística con el resultado final del embarazo. Entonces llegó el momento de la despedida: hubo besos y abrazos emocionados, reiteración de enhorabuenas y la petición de que fuéramos a visitarles con nuestro pequeño cuando hubiera nacido. 

Al salir de la clínica, nosotras también nos abrazamos. Ahora sí que habíamos alcanzado un hito con mayúsculas, ahora sí que estábamos estrenando una experiencia completamente nueva. Según nos fuimos alejando, empezamos a tomar conciencia de que, tal vez, nunca más tendríamos que recorrer el camino inverso. De que, en el mejor de los mundos posibles, se habían acabado las clínicas de reproducción asistida. 

Han pasado tres años, siete meses y dieciséis días desde que pisamos por primera vez una clínica de reproducción asistida hasta que hemos logrado salir de otra de ellas con el alta médica bajo el brazo.

sábado, 24 de diciembre de 2016

El tiempo de los intentos

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Echo de menos el tiempo de los intentos. Aquel tiempo en que podía aprovechar todas las oportunidades que me brindaba la naturaleza, subirme a la ola de los ciclos y confiar en que alguno fuese el bueno. Añoro el tiempo en que todo consistía en seguir insistiendo, en que cada fracaso alumbraba también una nueva posibilidad de éxito, en que mi vida todavía se contaba en meses: un mes más o un mes menos.

Echo de menos con rabia las frases de aquellos días, los notepreocupes, los lasiguienteeslabuena. Extraño profundamente los ánimos auténticos, surgidos de la inocencia, de la confianza plena. La voz de una doctora asegurándome que todas las puertas seguían abiertas. La fascinación que creaba el desafío de una mujer lesbiana que, contra todo y contra todos, iba a quedarse embarazada utilizando el semen de un desconocido.

No sé cuándo dejé de vivir en el tiempo de los intentos y me adentré en el tiempo de los tratamientos. ¿Fue después de mi segundo aborto, el primer momento en que surgió la sospecha de que algo no estuviera bien? ¿Tal vez tras la segunda FIV, cuando quedó claro que algo no funcionaba como debía? ¿Acaso no lo atravesaba ya en mi último tratamiento, seguramente destinado al fracaso desde el principio aunque nada ni nadie me lo advirtiera? 

Mi vida ya no se cuenta sino en meses perdidos. Ya no espero con ansia el primer día de la regla. Las diferentes fases del ciclo han vuelto a convertirse en un continuo, como lo eran antes de comenzar este camino. Los plazos se alargan. Las oportunidades surgen de año en año, de seis en seis meses. He tenido que acostumbrarme a las citas médicas que nunca llegan, a los resultados que implican nuevos análisis que implican nuevos resultados. A la divergencia de opiniones. A las puertas cerradas.

Las frases que escucho ahora me dan pena y me dan miedo. De pronto, tenerhijosesmuydifícil, porlomenoslohasintentado, siempretequedalaadopción. Era divertido escuchar los detalles de una inseminación artificial, pero nadie aguanta una explicación pormenorizada de un cuadro de abortos de repetición. La muerte, la enfermedad y el fracaso continuado no son temas agradables de conversación, y el más valiente solo los saca desde la prudencia. La misma prudencia que ahora se gastan los médicos: esposibleperonoseguro, vamosaverquépasa, sinofuncionahablamos.

No culpo a nadie por este cambio. Las frases, las actitudes, son solo la prueba de que la situación ya no es la misma. Mi diálogo interior también ha cambiado. Ya no me limito a darme ánimos frente a un miedo inconcreto. Ahora dudo, reflexiono, me debato. Ahora intento ser realista, sobre todo. Y sufro, y lloro, y me desespero más que antes. Y me cuestiono muchas cosas. Intento con todas mis fuerzas olvidar "el tema" sin conseguirlo casi nunca. Y al final del día solo quiero ver la tele e irme a la cama.

Mi historia ya no es el emocionante relato de una heroína moderna. Ahora se ha convertido en la tragedia clásica de un vientre yermo. Me siento atrapada en la típica novela en la que el protagonista es el único personaje que desconoce su destino, cuando todos, incluido el lector, ya lo lamentan. No sé cuánto queda de hazaña en mi maltrecha esperanza y cuánto de crónica de una muerte anunciada.

Y sin embargo, esa voz, en mi cabeza.

Esa voz que me repite que no hay un tiempo de los intentos y un tiempo de los tratamientos. Que los dos son un mismo tiempo. Que mi esperanza real siempre fue la misma y que merece la pena luchar ahora como la mereció el primer día. Que la incomprensión de los demás, su desconocimiento, no implican que yo no sepa lo que hago. Que siempre fue el tiempo de los tratamientos y que todavía es el tiempo de los intentos.

Y que debo amarlo.

Debo amar el tiempo de los intentos,
debo amar la hora que nunca brilla,
porque solo el amor engendra la maravilla,
solo el amor consigue encender lo muerto.

Debo amar la arcilla que va en mis manos,
debo amar su arena hasta la locura,
porque solo el amor alumbra lo que perdura,
solo el amor convierte en milagro en barro.

domingo, 11 de diciembre de 2016

El efecto túnel

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Nunca se me han dado bien los médicos (ni las peluqueras). Por alguna extraña razón, no logro hacerme entender, ni generar empatía, ni nada bueno. Yo pongo todo mi empeño en sonreír, ser simpática y ágil, explicarme con claridad y no molestar más allá de lo necesario. Pero da lo mismo. Cuando salgo de la consulta (o de la peluquería) siempre me invade la misma sensación de fracaso. Y de que los médicos (y las peluqueras) me odian.

Esta situación, ya de por sí dramática, ha empeorado radicalmente desde que he empezado a sufrir lo que yo llamo "el efecto túnel". La primera vez que lo sentí fue en la primera consulta para la primera FIV. Mientras la doctora nos explicaba el protocolo, yo sentía como si mi cabeza estuviera atrapada dentro de una pecera. La veía mover los labios y, por cortesía, iba asintiendo; pero, en realidad, no me estaba enterando de nada. Mi cerebro estaba colapsado de emoción (y no precisamente positiva), así que cualquier procesamiento de datos era, sencillamente, imposible.

Desde entonces, vuelvo a sumergirme en la deprivación sensorial cada vez que acudo a una consulta en la que debo recordar mi desgraciada experiencia con la reproducción asistida. Soy como una abuela que no puede ir al médico sola porque no se entera de lo que le explican. Y como la cosa se ha complicado muchísimo últimamente, ya ni siquiera la presencia de Alma me saca del apuro.

La última vez que me pasó fue en la consulta previa a la histeroscopia. En principio, el trámite era sencillo: el doctor tomaría nota de los datos más relevantes de mi historial médico, me explicaría los detalles de la prueba y me daría cita para realizarla. La realidad, claro, fue mucho más terrible.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Amar la trama

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Antes de empezar este blog, llevé otro durante seis años.

Fue una experiencia inolvidable. A lo largo del tiempo, me fueron siguiendo cada vez más lectores, conocí otros blogs muy interesantes, hice algunas amigas, acudí a encuentros de blogueras, me recomendaron en una revista, escribí algunas reflexiones que se publicaron en un libro colectivo, e incluso, una vez, leyeron una de mis entradas por la radio.

Cuando Alma y yo rompimos, sin embargo, sentí la necesidad de dejarlo. Fue una decisión muy difícil, porque tenía mucho que perder: lectores, contactos, oportunidades que, muy posiblemente, nunca podría recuperar. A pesar de todo, llevaba ya un tiempo añorando algo más íntimo, personal, literario, incluso ficcional. Había muchos temas sobre los que deseaba escribir que no cabían en aquel blog, así que decidí arriesgarme y empezar de nuevo.

Pasé varios meses descansando, reuniendo ideas, mirando diseños, planificando entradas. Tan solo invité a dos de las personas que leían mi blog anterior a conocer este. Quería que fuera tomando forma antes de "presentarlo en sociedad": algo que nunca llegó a ocurrir.

Evidentemente, este blog no nació como un blog sobre maternidad, ni, mucho menos, sobre reproducción asistida. Al principio, solo una de cada cuatro o cinco entradas iban sobre estos temas. El resto trataba sobre otras cosas que me interesaban: reflexiones personales, experiencias, anécdotas. Escribía sobre Literatura, sobre los animales, sobre activismo y política. Esperaba que la maternidad se fuera incorporando paulatinamente a mis intereses, sin grandes sobresaltos, sin un antes y un después, de manera sencilla y natural.

A los pocos meses de empezar, sin embargo, mi propósito inicial se quebró. La experiencia de la reproducción asistida había ido fagocitando mi vida y, consecuentemente, acabó por fagocitar también mi blog. A partir de ese momento, el rechazo que sentía  hacia todo lo que me estaba pasando se concentró en un odio enconado hacia él. 

Anteriormente, había leído algunos blogs sobre reproducción asistida, la mayoría escritos por madres lesbianas. Por una parte, me resultaban interesantes porque, gracias a ellos, iba conociendo un proceso al que suponía que algún día me tendría que enfrentar. Pero, por otra, la mayor parte de las entradas me parecían insufribles. ¿Por qué escribían esas entradas tan largas hablando del tamaño de sus folículos o de las dosis exactas de su medicación? ¿Para qué publicaban los resultados de sus análisis, la descripción exacta de pruebas que parecían haberse llevado a cabo en una carnicería? ¿A quién le podría interesar...?

Y, de pronto, me descubrí haciendo lo mismo. No porque así lo hubiera decidido, no porque hubiera cambiado mi percepción. Simplemente porque, a pesar de lo ridículo que una vez me había resultado, llegó un momento en mi vida en que todo lo que me importaba se reducía a los milímetros que había crecido o no un folículo, a la cantidad exacta de hormona que tenía que pincharme en la siguiente inyección.

No solo el proceso de reproducción asistida se alargaba, se complicaba. No solo no me quedaba embarazada o comenzaba a abortar. Sino que también mi otro proyecto, mi otra ilusión, el blog por el que tanto había arriesgado, se había convertido en un compendio de lo que nunca habría querido llegar a escribir. Durante meses lo odié, planeé abandonarlo, borrarlo entero y empezar de nuevo, en otro lugar y con otra identidad, como si nada de esto hubiera pasado.

Pero las cosas no funcionan así. Con el paso del tiempo, fui entendiendo que esta era la experiencia que me había tocado vivir. La entrada en la maternidad, que yo había imaginado breve y sin complicaciones, ha resultado ser una batalla más en mi vida, tan larga y dura como las anteriores. El momento de escribir ese blog que imaginaba no es ahora; ahora es el momento de escribir justamente el blog que escribo: un blog sobre mi camino, sobre mi experiencia, sobre el tamaño de mis folículos y la dosis exacta de mi medicación. 

Desde hace ya un tiempo, afortunadamente, he aprendido a amar la trama: la trama de mi vida y la trama de mi blog. Y me he comprometido con ambas, haciéndolas mías, dejando de rechazarlas, de escabullirme hacia otros mundos donde mi historia es diferente, porque esos mundos no existen más que en mi imaginación. 

La realidad es esta. La realidad son pruebas dignas de una carnicería. La realidad son inyecciones, pastillas, ecografías, consultas médicas una y otra vez. No es la realidad que imaginaba ni la historia que quería escribir, pero es la única que existe y eso, contra todo pronóstico, puede estar bien.

Así lo vengo sintiendo desde hace un tiempo y, para honrar ese camino, este verano decidí incluir en el blog una página especial que resumiera todo el proceso, todo lo que hemos pasado en esta búsqueda del embarazo. Me costó mucho recordar algunos momentos que ni siquiera he sido capaz de contar, como mi primer embarazo; pero, finalmente, logré llevarlo hasta el presente, dejándolo en suspenso hasta conocer el resultado del último tratamiento. 

Después, necesité recuperar las fuerzas para culminarlo. Hoy puedo decir, no obstante, que lo he logrado. Inauguro esta nueva página como símbolo de mi reconciliación con la vida y con la escritura. Abrazo con ella mi experiencia y la asumo como propia. Aunque siempre lo haya sido, porque nunca hasta ahora he entendido el esfuerzo que conlleva reconocerla como tal.

sábado, 23 de enero de 2016

Decidimos decidir


Una de las fuentes de mayor negatividad en la búsqueda de nuestro embarazo ha sido sentir que no controlábamos ningún aspecto del proceso. Que nos veíamos obligadas a hacer cosas sobre las que no habíamos podido tomar ninguna decisión.

Tuvimos que acudir a una clínica de reproducción asistida privada porque así lo dictan las leyes. Las que (paradójicamente) amparan nuestro modelo de familia, y también las que lo discriminan. En un mundo ideal, desde luego, habríamos escogido otro camino: no solo para lograr nuestro embarazo sino, principalmente, para configurar nuestra familia por y para nuestros hijos.

Tampoco sentimos que contaran con nosotras para elegir los tratamientos. No me refiero a que nos impusieran un tratamiento que no quisiéramos seguir, pues, evidentemente, nuestro consentimiento es un requisito moral y legal que no nos han hurtado (ni nos habrían podido hurtar) en ningún momento. 

Me refiero a que no nos han explicado todas las alternativas (con sus pros y sus contras adaptados a nuestro caso particular) para que nosotras pudiésemos elegir el protocolo. Muy al contrario, se nos ha aplicado un protocolo estándar, el mismo que siguen la mayoría de las mujeres que acuden a reproducción asistida.

Hasta donde yo sé, todos los médicos hacen esto, y lo hacen con buena fe: procuran empezar por los tratamientos menos invasivos para ir aumentando la complejidad según sea necesario. Desde un punto de vista estrictamente racional, resulta un planteamiento impecable; pero yo creo que cometen un error bastante grave: no implicar a los pacientes en la toma de decisiones.

jueves, 17 de diciembre de 2015

He vuelto a calcular


Cuando empecé la aventura de la reproducción asistida, pasaba muchos días (y muchísimas noches) calculando. Pensaba cosas como: "Si me viene la regla este día, podré hacerme la prueba este mes, así que la inseminación será el mes siguiente, y si me quedo embarazada, nuestro bebé nacerá no-sé-cuándo. Pero si no me viene la regla, entonces no llegaré a la prueba, por lo que habrá que retrasarlo todo un mes, y entonces...". 

Hoy me parece increíble la cantidad de tiempo que pude emplear en calcular de esa forma acontecimientos que no dependían de mí: cuándo me venía la regla, cómo sincronizarla con los días en que el centro de salud o el hospital hacía no-sé-qué-pruebas, cuándo me iba a quedar embarazada y para qué momento esperaría a mi bebé. Aunque supongo que, tal vez, calculaba precisamente por eso: porque nada dependía de mí, porque no podía hacer nada para adelantar, sincronizar o hacer que las cosas que deseaba ocurrieran; así que entretenía mi mente en lo que único en que podía contribuir de alguna manera, que era calcular.

Ironías de la vida, aunque ahora me parece ridículo andar obsesionada con las fechas en las que te viene la regla, he vuelto a calcular. Y mi flujo de conciencia va más o menos así: "Si el Instituto del Menor convoca tres o cuatro reuniones al año, y en cada reunión llaman a unas treinta personas, entonces tendremos que esperar más de cuatro años para que nos llamen por primera vez. Pero si la última vez tardaron seis años en llamar a más de mil quinientas personas y solo hubo trescientas asignaciones, quizás en un par de años la lista empiece a correr...".

Supongo que ambos procesos tienen en común algo muy positivo: la ilusión. Si calculo es porque tengo ganas, porque albergo una esperanza, porque siento que algo bueno está por venir. 

Afortunadamente, una puede tropezar dos veces en la misma piedra, pero no tropieza dos veces igual. Este camino me ha enseñado a relativizar el tiempo, y ya no sufro una agonía inenarrable por posponer las cosas un mes. 

Hoy creo que la perspectiva correcta no es aquella que observa el futuro con la estrechez mental de un catalejo, sino la que se abre a una panorámica de la propia vida, donde el tiempo adquiere una dimensión más equilibrada y los procesos recuperan su sentido.

Lo importante es que las cosas lleguen mientras una todavía esté dispuesta a acogerlas en su vida. Nada más.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Es distinto


En estos días me he dado cuenta de que la adopción y la reproducción asistida me suscitan emociones muy diferentes.

Y no solo desde mi situación actual, en la que es lógico haber acumulado mucha negatividad contra la reproducción asistida y sentirse fresca e inocente en cuanto a la adopción. Me refiero al comienzo de los dos procesos, que ha sido muy distinto.

La primera vez que visitamos la clínica de reproducción asistida, Alma y yo volvimos a casa enfadadas y abatidas. Y no porque tuviéramos una mala experiencia, todo lo contrario: nos trataron muy bien, nos dijeron que seguramente el proceso iba a ser breve y sencillo debido a mi edad y a mi aparente estado de salud (!), y nos aconsejaron intentar hacernos todas las pruebas posibles a través de la Seguridad Social. No podíamos pedir más.

Aun así, sentíamos que la reproducción asistida nos obligaba a pasar por muchos aros que, si de nosotras hubiera dependido, habríamos evitado. Y no me refiero a las pruebas u otras intervenciones médicas que no apetecen, sino a algo más profundo. Personalmente, no estoy de acuerdo en medicalizar un proceso sin necesidad, violentando el cuerpo con fármacos, borrando todo atisbo de intimidad para la pareja y cobrando por ello miles de euros. No era ni mucho menos la manera que habría elegido para formar una familia, pero me veía obligada a hacerlo si quería concebir un hijo que fuera legalmente nuestro desde el primer día.

Sin embargo, este breve-pero-intenso devaneo con la adopción nos ha llenado de una inmensa alegría. Lo que hemos hecho hasta ahora no es más que un rollo burocrático (presentar papeles y recibir una carta de confirmación), equiparable a la primera visita a una clínica; pero la diferencia es patente.

Supongo que se debe a que el proceso de adopción sí nos parece adecuado. Está gestionado por un organismo público sin ánimo de lucro (!) y las exigencias de formación, papeleo y estudio psicosocial resultan, en principio, sumamente lógicas. Además, la adopción nacional sobresale por algo que es fundamental para nosotras: la no-discriminación entre parejas homosexuales y heterosexuales.

Entiendo que, según vayamos avanzando, iré descubriendo otras partes más amargas de la adopción; pero insisto: el inicio de ambos procesos ha sido bien distinto.

No puedo dejar de pensar, por ejemplo, en mi (in)capacidad para compartirlos. Cuando Alma y yo pisamos por primera vez nuestra clínica, yo ya tenía abierto este blog. Y me fue imposible relatar la experiencia. De hecho, no expliqué ninguna prueba, ni las inseminaciones, ni siquiera la primera FIV en tiempo real, porque todo aquello me generaba un rechazo que me lo impedía.

Sin embargo, la otra tarde, nada más recibir el aviso de Correos, me puse a redactar la entrada en la que contaba que nos había llegado una carta del Instituto del Menor, sin estar segura siquiera de que así fuera.

Esto no quiere decir, por supuesto, que en realidad nunca haya querido quedarme embarazada, que lo mío sea la adopción y que haya boicoteado todo el proceso de reproducción asistida de manera inconsciente. Ojalá las cosas fueran tan sencillas. Lo que quiere decir es que, desde un principio, he estado en desacuerdo con cómo se hacen muchas cosas en reproducción asistida, lo que me ha creado un gran malestar que, afortunadamente, no está presente en este nuevo proceso.
         

martes, 14 de julio de 2015

El tiempo entre tratamientos



Cuando pensaba que no podía haber nada más desesperante que una betaespera, este camino que recorro me ha llevado a conocer algo peor: el tiempo entre tratamientos.

Hasta ahora, apenas he parado entre uno y otro. Me hice las tres primeras inseminaciones seguidas y, antes de la cuarta, nos tomamos un bien merecido mes de vacaciones. Yo pensaba que a lo mejor necesitaba más tiempo para continuar, pero a las dos o tres semanas ya estaba deseando ir a por la siguiente. Después del último negativo, empezamos con el protocolo para la FIV, y tras perder el embarazo, esperé apenas un mes más de los tres recomendados para la segunda transferencia embrionaria.

Y ahora, de pronto... nada.

Hay gente que nos recomienda que nos tomemos un tiempo. Y lo entiendo: solo con leer el párrafo anterior, le faltaría el aliento a cualquiera. Verlo así, todo junto, marea; pero cuando se está viviendo en primera persona, la sensación es diferente.

Si me dijeran que, tras esperar seis meses, me quedaría embarazada, los esperaría. Pero sentir que debo dejar pasar el tiempo porque sí, sin ningún objetivo aparente, sin necesitarlo para descansar o prepararse, sin quererlo... es inaguantable. Según yo lo veo, este camino es como deshojar una margarita: el embarazo llegará después de arrancar el último pétalo, así que, ¿por qué pararse a mirar los dos, tres o cinco pétalos que te quedan...?

Reconozco que ya no tengo tanta prisa como al principio, que un mes arriba o un mes abajo no me revienta el calendario porque... bueno, hace tiempo que todos mis calendarios reventaron. Pero estos tres meses que llevo de pruebas, de esperar resultados, de no saber cuál será el próximo tratamiento... están acabando con mis nervios. En este tiempo he sufrido más ansiedad (y he tomado más ansiolíticos) que en todo mi periplo anterior en reproducción asistida, aborto incluido. 

Afortunadamente, ya queda poco para recibir los últimos resultados y saber si, tal y como esperamos, podemos aventurarnos a una segunda FIV.

Nunca pensé que diría esto, pero... ¡lo estoy deseando!

lunes, 19 de enero de 2015

En el dentista



Hoy me tocaba la visita semestral al dentista. ¡La odio! Prefiero mil veces abrirme de piernas ante el ecógrafo (total, una vez más) o pincharme un buen chute de hormonas (a este paso me van a convalidar la experiencia por un título de practicante) que sentarme bajo el foco durante cuarenta minutos mientras practican espeleología en mi boca.

Pero allá que iba, infundiéndome ánimos a mí misma para no recordar las fantasías que había elaborado sobre esta visita (y sobre tres o cuatro fechas más, reinterpretadas todas a la luz del tamaño de mi futura tripa), casi casi creyéndome fuerte y valiente y capaz de soportar el sangrado irrefrenable de mis encías, cuando he sido interceptada por el hábil placaje de la secretaria:

– Mira, Remedios, es que estamos actualizando las fichas médicas de los pacientes, así que, ¿hay algo nuevo que quieres que incluyamos? ¿Alguna operación? ¿Algún tratamiento?

De pronto, sentí como si el mundo se ralentizara y yo, cual Neo esquivando balas, tuviera que contorsionarme en posturas imposibles para no resultar aniquilada por el aluvión de recuerdos que llegó hasta mi mente. 

Me vi pinchándome, haciéndome un electrocardiograma, soportando estoicamente los análisis hasta que se me desgarró la vena, con la vía de la anestesia colgando de una mano, abriendo los ojos después de la punción, drogada hasta las orejas para evitar una hiperestimulación ovárica. En urgencias de un hospital, en urgencias de otro, soportando el dolor inenarrable que me produjeron al ponerme las pastillas para provocarme el aborto, cambiando los seis comprimidos de progesterona diarios por seis analgésicos que me permitieran sobrevivir a los diez días que mi útero se estuvo retorciendo como un trapo.

En vista de lo cual, no me quedó más remedio que mirar a la secretaria con cara de cordero degollado y contestar: "No, nada nuevo"; para correr, acto seguido, a derrumbarme en un sillón de la sala de espera. Ahí ya no supe si llorar, matar o arrancarme los dientes uno a uno.

Menos mal que luego fueron todo buenas noticias. Y es que a mi cuerpo le ha dado por estar más sano que nunca después de haber probado las mieles del embarazo, lo cual me produce una amalgama de alegría, ilusión, ganas, tristeza y rabia incontenible bastante difícil de digerir. 

sábado, 3 de enero de 2015

Calendarios



El viejo calendario. El de 2014. Lleno de cruces, las que fui poniendo cada vez que me venía la regla. Esperando que cada una de ellas fuera la última. Y un vacío, maravilloso, de dos meses. Y una nueva cruz, la más dolorosa, la más terrible.

Mi nuevo calendario. El de 2015. Todavía sin estrenar, con la franja de los meses pintada de colores. Lleno de vacío, como estuvo el viejo calendario hace un año. Lleno de esperanza. 

¿Acaso se puede empezar un nuevo año sin ella?

lunes, 29 de diciembre de 2014

Imaginar



Antes de empezar nuestros tratamientos, Alma y yo tuvimos que pasar una consulta obligatoria con la psicóloga de la clínica. La verdad es que no entendíamos la necesidad de esta consulta, pues creíamos tener las cosas bastante claras. Aun así, supusimos que en ella nos daría algunas claves para afrontar el proceso y, sobre todo, que nos explicaría cómo tratar el tema con nuestro futuro hijo. Y como nos parecían temas interesantes, afrontamos la visita con la mejor voluntad.

La decepción fue completa. No era la primera vez que íbamos a una consulta psicológica: las dos hemos estado en terapia individual y también de pareja. Sin embargo, la conexión personal con esta señora fue nula. Y no solo no tratamos los temas esperados, sino que fue un timo en el sentido literal de la palabra: pagamos el precio de una hora, pero nos atendió media hora escasa, durante la cual se dedicó a mirarnos fijamente a los ojos y a preguntarnos muy despacio de qué queríamos hablar.

No obstante, para intentar aprovechar siquiera el desembolso económico, yo me quedé con una técnica que estuvo explicándonos detalladamente durante un cuarto de hora: la visualización positiva. Que básicamente se resume en imaginar tu vida con tu pareja y tus hijos para así focalizar la mente hacia el éxito. Algo que nos invitaba a hacer cada mañana y cada noche hasta conseguir "nuestro objetivo".

Para que luego nos adviertan sobre los peligros de obsesionarse con el tema.

El caso es que yo lo intentaba (de vez en cuando, claro), pero no me salía. Todo lo que llegaba a imaginar era el día en que me anunciasen el positivo: cómo lloraría profundamente emocionada, cómo llamaría a tal y a cual y cómo volvería a llorar, cómo me sentiría la persona más afortunada del mundo, etc. (luego ni siquiera fue así, por cierto). Reconozco que no poder imaginarlo me preocupó durante un tiempo. ¿Acaso no estaba preparada para conseguirlo? ¿Es que "nuestro objetivo" se encontraba demasiado lejos?

De un tiempo a esta parte, sin embargo, siento como si mi mente se hubiera abierto, y ahora puedo imaginar lo que aquella señora nos sugería. Y más que imaginar, siento la presencia de esa vida que todavía no existe. 

Imagino que nuestro bebé duerme en una minicuna junto a la cama, y casi noto su respiración cuando alargo mi brazo. Percibo el olor y el tacto de su ropa, aunque no tengamos ninguna prenda, e incluso me he despertado de madrugada sintiendo que mi hijo me llamaba, cuando no era más que el gato soltando un maullido repentino. Veo su sillita en el coche, aunque no esté ni nunca hayamos tenido una, y nos imagino a Alma y a mí llegando a cualquier lado con un bebé en brazos o con un niño de la mano. 

De pronto, no tengo ninguna duda de que esa vida está ahí, a nuestro alcance.

La certeza es a veces tan intensa que me hace preguntarme si será que ya estoy preparada para lograrlo, si "nuestro objetivo" se encuentra cerca... o si me estoy volviendo loca por el camino.

martes, 9 de diciembre de 2014

El tiempo relativizado


Miscellaneous Sand Clock Wallpaper

Ha pasado un año desde nuestra primera visita a la clínica de reproducción asistida.

Por aquel entonces, me dedicaba frenéticamente a hacer cálculos. Calculaba las fechas en que me tenía que venir la regla, calculaba cuánto tardaría cada prueba, calculaba cuándo estaría embarazada. 

Dos o tres meses, calculaba yo.
Solo las pruebas de diagnóstico me llevaron cuatro. 

Si hace un año hubiera sabido dónde me encontraría ahora, estoy segura de que no lo habría soportado. Hacía ya tiempo que sentía que había llegado mi momento, pero diferentes circunstancias externas me obligaron a postergarlo. Por eso llegué hace un año con la lengua fuera, harta de superar obstáculos, deseosa de recibir el premio que creía haberme ganado.

Desde entonces hasta ahora, sin embargo, el tiempo se ha ido relativizando. Se me fue apagando el ansia, la impaciencia, los cálculos. Antes creía que el paso del tiempo era insoportable, hoy sé que no todo lo que trae el tiempo es malo.

La inocencia se viste de entrega. Las dudas alumbran posibilidades. La incertidumbre se reduce, el valor aumenta. Por supuesto que preferiría sostener a nuestro bebé entre los brazos, pero ahora entiendo que el dolor se alivia un poco cuando, al menos, el paso del tiempo conseguimos relativizarlo.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Mis dudas sobre la inseminación artificial



Después de cuatro inseminaciones artificiales, hay algunas cosas que aún no me quedan claras. Y una que entiendo mejor que cuando empecé. Empezaré con esta última.

La reproducción asistida fue creada para mujeres con problemas de fertilidad que estén en una pareja heterosexual. No fue creada para mujeres sin problemas de fertilidad, tengan marido, mujer o carezcan de pareja. Sin embargo, muchas mujeres que pertenecemos a estos grupos acudimos a reproducción asistida, y allí nos calzan a todas el mismo protocolo, sea cual sea nuestro caso.

Te pueden prometer que intentarán ser lo menos invasivos posibles, porque saben que tú no tienes ningún problema de fertilidad. Pero al final vas a pasar por el mismo protocolo que pasamos todas. Y si no, que me expliquen algunas de las dudas que me surgen sobre este tema:

1. ¿Por qué estimulan unos ovarios que funcionan perfectamente?

Mis dos primeras inseminaciones fueron sin estimulación, algo que agradecí hasta el infinito. En primer lugar, porque así me ahorraba unos cuantos pinchazos, tantos en términos físicos como económicos. En segundo lugar, porque de este modo pude comprobar lo que ya imaginaba: que mi síndrome de ovarios poliquísticos no tenía tantas repercusiones ginecológicas como parecía. Es decir, que ovulaba.

Tras el segundo negativo, la doctora nos anunció que debíamos estimular mis ovarios, pues de lo contrario disminuirían mis posibilidades de concebir. Esto fue algo que nunca entendí bien. ¿No tenían todos los intentos las mismas probabilidades? ¿Por qué de pronto se desplomaban? A pesar de mis dudas, accedí al tratamiento. Porque confiaba en la doctora, que forzosamente debía saber más que yo; porque después de dos negativos necesitaba probar algo nuevo que me devolviera la ilusión; y porque pensé que, si conseguía más folículos gracias a la estimulación, tendría más posibilidades de concebir.

Las dos estimulaciones arrojaron el mismo resultado: un folículo maduro y uno inmaduro cuyo óvulo, con toda probabilidad, no tuvo tiempo de madurar. Cuando le pregunté a la doctora por el éxito o el fracaso de esta nueva técnica, me respondió algo que me dejó boquiabierta. "Ha ido todo muy bien: tenemos un folículo muy bonito". El folículo bonito fue el único que apareció en los informes. Y yo me quedé paladeando una duda: ¿acaso no era un folículo bonito lo que mi cuerpo producía naturalmente cada mes, sin necesidad de gastarse un dineral en hormonas ni pasar por el suplicio de inyectárselas?

miércoles, 22 de octubre de 2014

La cigüeña llega a todas partes



Esta entrada está dedicada a Cigüeña Blanca, del blog La cigüeña no viene a Alemania, que hace poco me nominó a un premio, algo que me hizo mucha ilusión. Aprovecho para mandarle todo mi ánimo y positividad, y recordarle que la cigüeña llega a todas partes... ¡Alemania incluida! ¡Claro que sí!

Para recoger el premio, era necesario nombrar once blogs que tuvieran menos de cien seguidores, pero me temo que casi todos los blogs que yo leo ya han sido nominados, así que esta primera parte no la voy a poder cumplir. De todas formas, os invito a pasaros por mi lista de blogs, donde encontraréis algunos que no tratan sobre maternidad pero que también son muy interesantes...

La segunda condición era plantear once nuevas preguntas, algo que creo que tampoco voy a poder cumplir, porque no se me ocurren demasiadas. En relación a la reproducción asistida, estas son las que me gustaría plantear (sentíos libres de contestarlas si queréis):

1. ¿Cuál fue el motor que te ayudó a sobreponerte a los negativos y seguir intentándolo?
2. ¿Llegaste a desconfiar tanto de tu médico como para cambiarte de clínica? 
3. En caso afirmativo, ¿qué fue lo que ocurrió? ¿Estás contenta con tu decisión?
4. ¿Notaste algún síntoma distinto cuando tu betaespera fue positiva?
5. ¿En qué crees que podrían mejorar los protocolos de reproducción asistida?
6. Las personas que te conocen, ¿leen tu blog? ¿Por qué?

Y hasta aquí puedo leer...

En fin, me temo que la única condición del premio que voy a poder cumplir es la de contestar a las once preguntas que planteó Cigüeña. ¡Allá van!

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