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viernes, 21 de julio de 2023

La vuelta a reproducción asistida


Mi recuerdo oficial de la reproducción asistida siempre ha sido espantoso: una sucesión de pruebas carniceras, desencuentros con el espéculo, tratamientos frustrantes, miles y miles de euros malgastados, sangre, abortos. Mi corazón roto en mil pedazos. En comparación, la adopción se me antojaba un paraíso: alineada con mis valores, sin necesidad de poner el cuerpo, tan solo exigía paciencia (¿pero acaso la reproducción asistida no lo hace?) al módico precio de cero euros.

Por eso me resistí, durante tanto tiempo, a enfrentarme a otro tratamiento. ¿Anhelaba volver a ver un positivo, asistir a la transformación de mi cuerpo, notar los movimientos de un bebé en mi interior, dar a luz de nuevo? Sin duda. ¿Estaba dispuesta a sacrificar otra vez todo lo que había sacrificado para tener a mi hija? Ni en un millón de años: reeditar el ensañamiento físico, la tortura psicológica y la ruina económica no era una opción. Mi opción era adoptar, con o sin pareja. Adoptar: eso quería, ese era mi siguiente paso, mi destino, el camino adecuado.

Hasta que comprendí que era imposible.

Así que, tras pasar unos meses elaborando el duelo, empecé a imaginarlo. Empecé a imaginarme a mí misma atravesando la puerta de una consulta, apenas cubierta de cintura para abajo por una sabanita desechable, abierta de piernas sobre un potro ginecológico. Conjuré la memoria de mi cuerpo y le obligué a enfrentarse, siquiera mentalmente, a ecógrafos, espéculos, sondas. Inyecciones, hormonas, anticoagulantes. Vía oral y vía vaginal. Extracciones, pruebas, resultados. Hematomas, sangre. Negativos. Abortos. Dolor físico y dolor psicológico. Todo lo que para mí significaba la reproducción asistida.

Y sentí que no iba a ser capaz.

En medio de aquel naufragio de recuerdos, sin embargo, una mano invisible aferró la mía y me obligó a a avanzar. Sin decir nada, sin tratar de cuestionar lo inapelable, me acompañó a lo largo de los meses, de las dudas y los miedos, de la absoluta certeza de estar enajenada, hasta aquella mañana de diciembre, lluviosa y dulce, en que pisé la nueva clínica por primera vez.

A partir de ahí, todo fue muy diferente a lo que recordaba.

viernes, 12 de agosto de 2022

Cuando una puerta se cierra

La puerta de la adopción se cerró para siempre. Yo la cerré. Fui la encargada de escribir aquel correo tristísimo donde solicitaba el archivo de nuestro expediente. "Es una lástima", me respondió la trabajadora social que nos había hecho las entrevistas. "Contábamos con vosotras".

Contaban con nosotras. Era casi un hecho. Ese pequeño con el que había soñado desde que era adolescente, ese milagro aún más increíble que el nacimiento de mi hija, estaba ahí. Apenas nos faltaron un par de formalidades para dejar de esperarlo, después de haberlo esperado toda una vida.

Fui yo quien cerró esa puerta. Yo, la encargada de finalizar nuestro expediente, apenas nueve meses después de haber vuelto a ponerlo en marcha. Qué ironía tomarse el tiempo que dura un embarazo para acabar perdiendo un hijo para siempre.

Yo cerré esa puerta. O la vida me la cerró. Durante mucho tiempo me dije a mí misma que aquella había sido la decisión más difícil que tuve que tomar en la vorágine de aquellos días. De aquellos meses, de aquellos años durante los que vi desmoronarse el sueño de mi vida, aquel sueño por el que tanto había luchado.

No fue solo el expediente de adopción, claro. Fue el fin de nuestra relación, la ruptura de nuestra familia, el divorcio. Hoy no sabría escoger cuál fue la decisión más difícil, cuál la más dolorosa, con cuál se me terminó de romper el corazón.

No podíamos tener un segundo hijo juntas. Y la adopción, como todo lo demás, terminó.

A lo largo de los cinco años que duró nuestra aventura, leí muchas veces que un gran número de parejas no culminan la adopción porque se separan durante el proceso. Yo siempre pensé que eso no iba a pasarnos. Que nosotras aguantaríamos hasta el final. Que no seríamos de esas parejas. Nosotras, no

Pero lo fuimos.

Cuando pienso en ello, no puedo evitar acordarme de mi primer aborto. De aquella mañana en la que sufrí el primer sangrado. De aquella ducha que tomé temblando, de mis sollozos mientras le pedía al Universo que no me pasara a mí. A mí no, por favor, a mí no. Pero me pasó. Me pasó aquello y me ha pasado esto.

Me han pasado muchas cosas.

miércoles, 24 de julio de 2019

Me pregunto cuándo deja de doler


Me pregunto cuándo deja de doler. Cuándo la noticia de un embarazo (de esos rápidos, casi inesperados, de los de "huy, huy, es que ha sido a la primera, nada más empezar a intentarlo") deja de clavársete en el vientre, deja de ponerte cara de gilipollas, y peor aún, deja de hacerte sentir gilipollas.

Desde luego, no es al quedarte tú misma embarazada, ni tampoco al tener a tu hijo. No importa que la vida te sonría en otros aspectos, no importa que tu familia crezca de otras maneras. Porque el dolor se atenúa, pero no desaparece.

Supongo que el proceso de curación es largo, y que, además, hay que hacerlo después. A partir del momento en que crees que puedes empezar a disfrutar de tu victoria, ahí es cuando tienes que empezar a asumir lo que ha pasado.

O a lo mejor ya es demasiado tarde. Porque, a medida que me reconcilio con mi cuerpo, según voy superando las secuelas que me dejó el embarazo, pero sobre todo, el parto, la infertilidad se me vuelve a hacer extraña.

Yo era de esas que pensaba que me quedaría embarazada a la primera. Estaba convencida de que tendría buena suerte (pensamiento positivo, pensamiento positivo... ¡ja!), de que el karma me lo debía muchísimo, de que había llegado mi momento.

No tuve la prudencia de pensar que quizá me encontrara algún escollo, de que tal vez no todo fuera como la seda. Todos los médicos con los que había tratado me aseguraron que el Síndrome de Ovarios Poliquísticos no sería un problema, así que, ¿qué más podría ocurrir? Era mi momento. Había luchado mucho por llegar hasta él y nada podría detenerme.

Pero ya ves. Yo creía que era de esas, y me tocó ser de las otras. De las que van contando inseminaciones. De las que aceptan "una ayudita" que no sirve para nada. De las que se meten en movidas de FIV a pesar de sentir un rechazo horroroso, porque ahora sí que sale bien seguro. De las que abortan, de las que repiten, de las que siguen abortando. De las que inician un peregrinaje kafkiano en busca de respuestas. De las que se miran la tripa y se preguntan si alguna vez la verán henchida. De las que se pasan las tardes en blanco.

Y no entiendo por qué sigo fantaseando con ser de esas. Por qué a veces me descubro imaginando que yo también me quedo embarazada a la primera. Jugueteando con una muestra de semen, ¡ay!, no nos lo esperábamos. Fue tan fácil y tan rápido. Y nuestros ahorros siguen intactos.

No es todo el tiempo. Es solo con la noticia de esos embarazos. Entonces me da la sensación de que no he superado nada. De que todavía no me he reconciliado con la otra. Esa otra que soy yo, a la que le tocó perder tanto.

Quizá solo sea cansancio. Cansancio de haber sido la lesbiana repudiada, y encima, la lesbiana infértil. O a lo mejor son ganas. Ganas de cruzar al otro lado, allí donde la suerte ajena me la repampinfle porque estoy en paz con mi vida. Porque me siento orgullosa incluso.

Supongo que es una mezcla de ambos.

(Y todavía hay quien da por hecho que quedarme embarazada no me costó nada. ¡Quién lo iba  decir!, ¿verdad? La infertilidad no se ve en la cara).

sábado, 19 de enero de 2019

Escalofríos


Hace unos días me llamaron de la clínica. Querían recabar los datos perinatales del embarazo: si había llegado al parto, cómo había nacido mi hija, si habíamos tenido algún problema de salud, etc. Me lo preguntaron todo de manera muy amable y prudente, pero fue precisamente ese exceso de tacto lo que hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda.

Cada vez que me tocaba enfrentarme a un nuevo negativo o a un aborto (y fueron nueve veces en total), siempre imaginaba que mi vida se escindía y que, en un universo paralelo, todo salía bien y mi hijo nacía. En algún lugar, imaginaba, esa persona que no era yo disfrutaba de mi sueño hecho realidad.

El otro día, mientras hablaba por teléfono, me di cuenta de que por fin soy esa persona. Y un escalofrío volvió a sacudir mi cuerpo cuando pensé que, en otra vida, una yo que no soy yo recibió un nuevo negativo, sufrió otro aborto. Y tuvo que seguir adelante en un mundo donde mi hija no existe.

El velo que separa ambas realidades es tan fino... Un solo error, un simple acierto, puede llevarte a caer de uno u otro lado. Apenas un detalle que, sin embargo, da origen a todo un universo, porque esa pequeña diferencia es la vida de nuestros hijos. Unos hijos que, durante muchísimo tiempo, solo pudieron poblar nuestra imaginación, hasta que el pequeño gran milagro al que le debemos su vida permitió que por fin se encarnaran.

miércoles, 5 de julio de 2017

La primera ecografía

En nuestra clínica tienen un protocolo diferente a otras en lo que respecta a la atención del embarazo. Como ya expliqué, la beta te la hacen catorce días después de la transferencia embrionaria, independientemente de los días que tuvieran los embriones: algo con lo que no estoy de acuerdo porque me parece que prolongan innecesariamente la betaespera. A cambio, acortan la ecoespera haciéndote dos ecografías: la primera, una semana después de la beta; y la segunda, dos semanas después. Con esto sí que estoy de acuerdo, claro: te permite descartar de manera temprana un embarazo ectópico, la ecoespera se hace más corta y conlleva el privilegio de ver dos veces tu embarazo nada más empezar.

Así que nuestra primera ecografía llegó muy pronto. La idea, como digo, era comprobar que el embarazo se estuviera desarrollando en el útero y que lo estuviera haciendo bien. En nuestro caso, además, había que comprobar cuántos saquitos embrionarios había, puesto que, con la beta tan alta que habíamos obtenido, no se podía descartar un embarazo múltiple.

A pesar de lo bien que está empezando este embarazo, admito que me enfrenté a la ecografía con un sentimiento de intensa tristeza. No podía evitar los recuerdos de mi primer embarazo, que también parecía ir muy bien hasta que fuimos a la primera ecografía y, donde teníamos que haber visto un embrión con latido, solo apareció un saco vacío. Nunca llegamos a superar esa etapa: repetimos la ecografía una semana después y el embrión ya fue visible, pero su latido era muy lento. Después de varios episodios de sangrados, visitas a urgencias y una baja laboral, nos confirmaron que el latido había cesado una semana más tarde.

Por supuesto que siento miedo a que algo así se repita; pero la tristeza de estos días atrás era incluso más intensa que el miedo. Tristeza por lo que sí pasó, tristeza por lo que sí perdí. Mi primer embarazo, el único que he vivido llena de inocencia, esperanza, alegría. Mi primer embrión, un embrión que llevaba mis genes, a quien me vinculé de manera inmediata e intensa, con quien mantuve una relación breve pero muy hermosa. El embrión que me enseñó el milagro de la vida, el mismo embrión que me enseñó a enfrentarme a la muerte.

Sé que este sentimiento de tristeza no forma parte de un duelo incompleto, pero comprendo la inevitabilidad de los recuerdos. Además, en estas primeras semanas de embarazo estoy entendiendo que tengo mucho que llorar, mucha tristeza acumulada, mucho miedo y mucha frustración que debo ir aliviando para poder llenarme de las emociones positivas que también van reclamando su espacio.

Mentiría si dijera que esa tristeza no ha empañado la alegría de la primera ecografía, aunque comprendo que haya sido así. Pero tampoco puedo decir que me haya impedido sentir esperanza, ilusión, alivio, confianza. Porque esta ecografía ha sido una experiencia estupenda en sí misma :)


lunes, 23 de enero de 2017

Mis veinte semanas de no-embarazo

Resultado de imagen de luchar

Después de perder mi tercer embarazo, he pasado un duelo muy profundo. No puedo decir si ha sido peor o mejor que el de mi primer aborto, porque, aunque parezca extraño, las circunstancias son muy distintas. Solo sé que han sido tardes y tardes, semanas, meses enteros de tristeza, angustia, ganas de tirar todas las toallas, dolor, rabia y desesperación. 

Siendo como soy una persona que ha sufrido una depresión, también he pasado mucho miedo. Miedo de volver a caer, de tener que frenar nuevamente todos los proyectos de mi vida para curarme, miedo de verme otra vez convertida en un cuerpo sin alma a quien no le importaría no levantarse mañana. Mi experiencia, no obstante, me ha enseñado que la depresión también se supera; la cuestión, sencillamente, es que no me apetece. No me apetece tener que superar eso, otra vez, también. Sin embargo, sé que la tristeza que se prolonga demasiado deja de ser adaptativa, y por momentos procuré asumir que, por más que me jodiera, probablemente estaba pasando. Y que, si así era, tendría que aceptarlo.

Y de pronto, un buen día de diciembre, cerca ya del fin de año, ¡pop! La botella de mi dolor se descorchó. De buenas a primeras, toda la tristeza retenida, la rabia, la desesperación, las pocas ganas de seguir luchando... salieron disparadas como champán agitado, dejándome apenas unos posos amargos.

Creía que me había vuelto loca, que es la hipótesis que manejo últimamente sobre casi todo. La sensación fue tan brutal, tan repentina, que temí que no fuera sino la otra cara de la depresión, como la euforia lo es de la ansiedad. A pesar de que el cielo encapotado se había despejado de repente, no me atreví a disfrutar de los rayos del sol hasta que no me acordé del calendario.

El calendario. Casi sin atreverme a mirar, fui contando las semanas de mi no-embarazo. Y mis sospechas se vieron confirmadas. Tal y como me ocurrió la primera vez, se habían cumplido veinte semanas, el tiempo que, por alguna razón que se me escapa, necesita mi cuerpo para recuperar su equilibrio hormonal.

Entendí entonces que, además de haber estado inmersa en el duelo que naturalmente se pasa tras un aborto, también había estado expuesta a un terremoto hormonal. El terremoto que sufre mi cuerpo tras vivir la secuencia tratamiento-embarazo-aborto. Sé que esto no les pasa a todas las mujeres, pero algunas, quizá las más sensibles a los procesos hormonales, llegamos a vivir un pequeño puerperio.

La primera vez que leí sobre ello fue en el libro Las voces olvidadas. Me encantó reconocer en él muchas sensaciones que yo había interpretado como síntomas de alguna clase de enajenación mental transitoria. Porque no lo eran: eran los síntomas de mi cuerpo recuperándose de manera natural, de la misma manera en que lo habría hecho si hubiera llegado a sostener a mi bebé entre los brazos, pero muchas semanas, demasiados meses antes.

Ahora entiendo que he vuelto a pasar por lo mismo, reinterpreto mi malestar de los últimos meses, acepto el bienestar sobrevenido, las nuevas fuerzas y las nuevas ganas que tanto miedo me dieron al principio. Volvió a ocurrir, volví a caer y me he vuelto a levantar. Mi cuerpo y mi mente son fuertes y me van a seguir acompañando, aunque ni yo misma me lo crea, aunque no dé crédito ya después de tantísimas putadas.

Porque vamos a seguir dando la batalla :)

jueves, 30 de julio de 2015

El mandala azul



Este es el mandala que más tiempo me ha llevado completar.

Empecé a sentir la necesidad del color azul en la betaespera de la FIV. Sin embargo, casi en el mismo momento supe que aquel mandala sería diferente a los anteriores. Todavía no me explico cómo, pero desde el principio tuve claro que llevaría aparejado un aprendizaje liberador, aunque doloroso y profundo.

Esa fue precisamente la razón de que no pudiera empezar a pintarlo durante aquella betaespera. No quería aprender nada, ni mucho menos sufrir. Quería mi positivo, mi embarazo y mi bebé. Así que dejé el proyecto apartado; pero, cuando supe que estaba embarazada, volví a pensar en él.

En ese momento sí sentía la necesidad de una liberación. Ansiaba liberarme del miedo, de la mala experiencia que para mí había sido hasta entonces la reproducción asistida, de toda la negatividad acumulada. Pensaba que el color azul del mandala me permitiría hacer una limpieza espiritual que me ayudaría a disfrutar del embarazo que tanto había esperado. Pero algo me decía que no era esa su función, así que tampoco entonces pude empezarlo.

Cuando perdí el embarazo, pensé: "Ya está, ¿qué más puede ocurrir?". Me pareció el momento ideal para pintarlo. Creía que podría acompañarme en el duelo, que aquella era la lección que debía aprender, que el momento de liberarme de las cargas acumuladas había llegado. Entonces empecé a buscar la forma, pero no lograba decidirme. Me daba miedo lo que el dibujo pudiera significar. Me aterrorizaba pensar que, de alguna manera, el mandala azul terminara simbolizando el fin de mi camino hacia la maternidad.

Tuvo que llegar el segundo aborto, con toda su ansiedad, para que por fin pudiera entender de qué iba aquel mandala, cuál era su significado profundo y por qué pintarlo estaba siendo tan importante para mí.

martes, 17 de febrero de 2015

Me importa un comino el rey Pepino



Cuando era pequeña tenía un libro que se llamaba así: Me importa un comino el rey Pepino. No recuerdo muy bien de qué iba, solo sé que había un rey Pepino muy desagradable que se había instalado en el sótano. Por alguna razón, hoy me ha venido a la mente, y solo tengo ganas de gritar:

– ¡Me importa un comino el rey Pepinoooooooo!

En el libro de Las voces olvidadas, explican que la fase del duelo que más nos cuesta transitar a las mujeres es la ira. Vivimos el shock y la negación, nos entregamos a la tristeza, negociamos y aceptamos. Pero muchas veces no somos capaces de enfadarnos.

Cuando lo leí, me di cuenta de que justamente eso me pasaba a mí. Me ha pasado en todos los duelos. Puedo quedarme paralizada y negar lo que ha ocurrido durante años, puedo llorar y llorar hasta secarme por dentro, puedo llegar a acuerdos con la vida y, finalmente, aceptar las cartas que me han tocado. Pero me cuesta enfadarme. A veces, simplemente, no me enfado.

Y ese no-enfadarse queda flotando en mi cabeza, como una nube negra que perturba mi mente, constante aunque sutil.

Ayer, sin embargo, me enfadé. 

Las circunstancias no son importantes. Lo importante es que, de pronto, vi pasar un montón de aspectos de mi vida por delante de mis ojos, sentí una pena terrible de mí misma, y estallé.

Hace muchos años, leí un artículo escrito por un monje budista en el que explicaba el poder que otorga la ira para "ver más claro". En él decía que, si no cedemos ante la violencia que nos provoca, si conseguimos centrarnos en ese momento de máxima tensión emocional, podemos comprender muchas cosas que, en un estado de calma, no apreciamos.

Yo siempre había pensado que la gente que se enfada es maleducada y no se sabe controlar. Sin embargo, después de leer aquel artículo, me di cuenta de que enfadarse también era necesario: solo cuando conseguía enfadarme dejaba de perdonarlo todo y juntaba las fuerzas necesarias para poner límites y recomponer mi vida. Solo cuando conseguía enfadarme veía claramente cómo era la realidad y por dónde discurría el camino que debía seguir.

Ayer lo vi otra vez.

jueves, 5 de febrero de 2015

Se acabó



Volvía a tener uno de esos días que tanto se me repiten últimamente. De nuevo ese intenso dolor de cabeza que me resulta tan ajeno, de nuevo la sensación de estar ahogándome dentro de mi cuerpo, de nuevo el odio, la rabia, las ganas de gritar, pegar, echar a correr. Pero esta vez fue diferente. Vi claramente que había llegado el momento de decirme a mí misma: "Se acabó".

Me he entregado al duelo durante semanas. Quería vivirlo en toda su intensidad para que no se me quedara nada pendiente. Quería llorar cuando necesitara llorar, encerrarme en mí misma si tenía ganas de soledad, mostrar mi tristeza cuando me sintiera abatida y no hacer nada si me faltaba la energía. He hecho lo que creía que debía hacer y me parece bien haberlo hecho así. Pero ya no quiero continuar en el mismo estado: la tristeza pesa como una losa que no me deja avanzar.

Dicen que este tipo de duelo se desarrolla de manera paralela a lo que hubiera sido la gestación. En mi caso, nuestro embrión habría cumplido ya sus veinte semanas. No creo que sea casualidad que mi cuerpo haya necesitado llegar a la mitad del embarazo para asimilar su pérdida; de hecho, justamente acabo de terminar la segunda regla tras el aborto, el tiempo que recomiendan esperar antes de un nuevo intento para que el cuerpo recupere su equilibrio. 

Siempre querré a nuestro embrión. Aunque su vida fuera breve, para mí estuvo llena de plenitud. Cada pequeña señal de su presencia en mi interior me hizo sentir dichosa: el cansancio, las náuseas, los dolores en el útero, los pechos rosados y plenos. Le hablé, le acaricié, le canté. Guardo con mimo cada una de sus ecografías, incluso la última, tan dolorosa. Nada de eso ha cambiado ni va a cambiar.

Pero necesito recuperar la alegría, las ganas, la ilusión. Que su recuerdo me acompañe como una experiencia rica, valiosa; no como unos grilletes que me impidan caminar. Quiero recuperar mi ritmo, mi tranquilidad, mi esperanza. Quiero volver a sentir que la maternidad es una experiencia positiva.

Y quiero prepararme para lo que vendrá.

martes, 2 de diciembre de 2014

El dolor necesario



Tras la pérdida, el duelo.

Para mí es como encontrarse atrapada dentro de un espeso banco de niebla. Has perdido el rumbo, no sabes hacia dónde diriges tus pasos y temes estar caminando en círculos. 

Pero hay que avanzar, no debes quedarte parada. Hay que avanzar, enfrentarte a la niebla, porque solo así conseguirás llegar al otro lado.

Resulta tentador quedarse sentada, esperando a que la niebla se disipe. Sin enfrentarse a las lágrimas, al miedo, al dolor. 

Es una mala elección. La niebla se cobija entre tus huesos, se apodera de tu alma, y aunque parezca que ha salido el sol, ella sigue dentro de ti.

Lo sé porque me ha pasado. Mi depresión fue el resultado de un duelo mal vivido. De no querer enfrentarme con la pérdida, de mirar hacia otro lado cuando debía estar atravesando el páramo del dolor.

No importa. Una puede retrasarlo cuanto quiera. La niebla resiste durante años. Y, al final, tienes que pasarlo, llorarlo, caminar con miedo, no ver nada, temer el vacío... y llegar al otro lado. 

Donde brilla un sol real, que calienta tus huesos y te devuelve la vida.

Hoy avanzo con miedo, confundida, con los brazos extendidos y las manos frente a mis ojos, temerosa de mis propios pasos. 

Pero no me voy a quedar parada.

Porque sé que existe el otro lado.
Porque quiero alcanzarlo.

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