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miércoles, 17 de octubre de 2018

El último pinchazo

The Last One | Mikhail Palinchak | Flickr

Todo pasa y todo llega, y aunque me pareciera imposible después de diez meses medicándome con heparina, el último pinchazo también llegó.

Sorprendentemente, los últimos meses de embarazo fueron un paseo en cuanto a morados se refiere. A juzgar por mi experiencia durante el primer y el segundo trimestre, había llegado a la conclusión de que, en algún momento, tendría que emigrar los pinchazos a otra zona de mi cuerpo, pues llegaría un punto en el que la tripa no daría más de sí. Para variar, sin embargo, me equivocaba. 

A medida que fui cogiendo peso, la piel de mi barriga también fue ganando grosor. Con el mayor tamaño de la tripa, además, aumentó la superficie donde hincar las agujas, lo que hizo que las dificultades disminuyeran y me evitó tener que pincharme en otro lugar. Esto no quiere decir que me librara definitivamente de los morados, pero lo cierto es que me había dibujado un panorama mental bastante chungo que, por suerte, no llegó a hacerse realidad.

Lo mejor, sin embargo, llegó a partir de la semana 36, cuando dejé de tomar el adiro. Fue entonces cuando descubrí que, en realidad, la culpa de los morados no la tiene la heparina, sino esa puñetera pastillita blanca que te deja las venas temblando. Fue dejar el adiro y, esta vez sí, los morados desaparecieron para nunca más volver.

De hecho, me había hecho unas cuantas fotos sin camiseta para guardar un recuerdo íntimo de la transformación de mi cuerpo, y la única en la que sale mi tripa inmaculada es la de los nueve meses. En todas las anteriores, la barriga aparece surcada por nubarrones de colores: verde, morado, amarillo, negro, rojo... ¡Belly painting a mí!

Según me había recomendado el inmunólogo, una vez diera a luz, debía esperar 24 horas para volver a ponerme la inyección, completando después seis semanas de profilaxis. A la hora de la verdad, hubo un carnaval de recomendaciones médicas que me hicieron recordar todo lo pasado en cuanto al tratamiento del SAF y las trombofilias. 

Primero vinieron unas enfermeras a traerme un recado de la ginecóloga para que pusiera la heparina cinco días, ni uno más. A mí, evidentemente, me entró por un oído y me salió por el otro. Otra de las doctoras que me visitó mientras estuve ingresada, me indicó que completara las seis semanas de tratamiento, pero, en el informe de alta, me pusieron solo tres.

En fin. El caso es que, como no podía ser de otra manera, yo seguí las indicaciones de mi inmunólogo y me dispuse a pasarme la cuarentena entera con las agujas a mano. Pincharse en una tripa postparto, además, es la gloria, claro: allí había piel colgona de sobra para hincar las agujas.

Lo que yo no había calibrado correctamente es el caos absoluto en que se convierte la vida con un bebé recién nacido. Así que, desde el primer momento, la hora de pincharme la heparina empezó a ser... cualquiera. Mañana, tarde, noche... Una vez superado el miedo a perder a mi pequeña, y sabiendo que la profilaxis era muy muy muy conservadora en mi caso, me relajé bastante, hasta el punto de llegar a saltarme la inyección diaria en más de una ocasión. Concretamente, me la salté cinco días, casi todos hacia el final de la cuarentena. Y es que, pasadas las primeras tres semanas, aquello se me empezó a hacer muy cuesta arriba, y más todavía cuando superé el primer mes. 

El caso es que había planeado un último pinchazo ceremonial, incluso me planteaba la posibilidad de grabarlo en vídeo, para darle al momento la importancia que se merecía. Al final, sin embargo, no hubo ceremonia ni vídeo ni nada parecido. De hecho, ni siquiera hubo último pinchazo como tal: simplemente, se me olvidó ponerme la inyección dos días seguidos, y como ya había superado la cuarentena, lo dejé :)

No puedo terminar esta entrada sin mencionar lo difícil que es deshacerse de las cajas de heparina vacías, porque, en principio, no te las aceptan en un punto Sigre de reciclaje de medicamentos debido a las agujas. Nosotras, de todas formas, hemos ido endiñándolas por las farmacias como buenamente hemos sabido, pero hemos tenido cajones (y maleteros) repletos de cajas durante meses. De hecho, todavía tenemos una caja y media guardada en el mueble del baño (con las cinco inyecciones que nunca me puse incluidas), que espero que desaparezca dentro de poco porque los cosméticos para bebés ocupan lo que no está escrito.

Y ahora que lo pienso: tal vez no hubo último pinchazo ceremonial, pero todavía estoy a tiempo de hacer algo especial con las últimas heparinas... 

Se aceptan sugerencias ;)

lunes, 10 de septiembre de 2018

Parir el parto


El relato de mi parto ha sido, sin duda alguna, uno de los escritos más difíciles a los que me he enfrentado. Me ha llevado mucho tiempo, mucha ansiedad, muchas lágrimas y muchas noches en vela. De hecho, la mayor parte la escribí a altas horas de la madrugada, y si no me pilló el amanecer frente a la pantalla fue porque mi pequeña me reclamó para que le diera de mamar.

A pesar de todo ello, era necesario. Revivir cada uno de aquellos momentos, con todo detalle. Era necesario para vaciar mi mente de muchos de ellos, entregándolos a la escritura. Era necesario para que mi corazón fuera encontrando el equilibrio que, hasta hace poco, se le escapaba.

En cualquier caso, sé que este relato de mi parto es un relato sesgado. Se trata, ni más ni menos, del único que he podido hacer en este momento de mi vida. Pero mi parto es una experiencia que seguiré reelaborando, y puede que mucho de lo que he dejado entrever en la manera de escribirlo (y mucho de lo que he expresado directamente) cambie con el tiempo. Y lo sé porque no ha dejado de cambiar desde que nació mi hija.

Al principio, con el subidón posparto (un estado cuya existencia desconocía, pues pensaba que era alumbrar la placenta y lanzarse por el precipicio del bajón hormonal), todo me parecía estupendo. ¡Increíble pero cierto! Por aquel entonces, mi pensamiento se resumía en que nadie había tenido la culpa de nada. Nadie había tenido la culpa de que rompiera aguas y, como todo lo demás había sido consecuencia directa de ello, tampoco podía responsabilizar a nadie de todo lo que vino después. Con un síndrome de Estocolmo bien asentado, además, me sentía muy agradecida por casi toda la atención que recibí.

Esta situación se mantuvo durante toda la cuarentena, incluso diría que mejoró un tanto, pues con el paso del tiempo me fui sintiendo más y más afortunada. Había leído muchos relatos de mujeres que habían sufrido un parto como el mío y su experiencia había sido traumática, repleta de secuelas físicas, mentales y emocionales. Sin embargo, yo me sentía en paz con lo que me había ocurrido, ocupada como estaba en que los retos de la maternidad no me sobrepasaran.

Con el fin de la cuarentena llegó también el final de esta tregua que mi mente me estaba dando. Y empecé a volver a ese paritorio. Un día, otro día, otro día más. Volví a hablar del parto, a verbalizar lo que había ocurrido, a angustiarme. No todo había sido casualidad, no todo había estado bien. Sin previo aviso, las imágenes regresaron a mi mente: la ginecóloga entre mis piernas, el ginecólogo apretando mi abdomen. Solían visitarme justo al borde del sueño, cuando la conciencia es más vulnerable, regalándome mis primeras noches de insomnio.

Junto a estos síntomas de estrés postraumático, emergió también un sentimiento que se había estado larvando durante toda la cuarentena: la culpa. ¿Y si yo había hecho algo que precipitara el parto? ¿Y si el miedo que tenía a una inducción fue la causa, precisamente, de que rompiera aguas y la pesadilla se hiciera realidad? Y una vez en el paritorio, ¿por qué no fui capaz de empujar? ¿Cómo no pude juntar toda la fuerza de mi cuerpo para ayudar a mi hija a nacer?

Esta impotencia, además, había dejado una huella en mi cuerpo. Mi hija tenía dos meses, tres meses, y yo sentía que todavía no había parido. Mi cuerpo no hacía más que buscar fuerzas, que juntar fuerzas para empujar. A veces, me descubría en tensión, pensando: "¡Ahora!". Lo hacía mi cuerpo solo, lo anhelaba. Habían pasado cuatro meses y yo todavía empujaba.

Fue en este punto donde la escritura vino en mi ayuda. Relatar el parto me ayudó, en primer lugar, a reconciliarme conmigo misma. Todas las cosas que me echaba en cara recobraron su equilibrio. Entendí que un parto puede empezar de cualquier manera, también rompiendo aguas. Y que si los protocolos de intervencionismo médico son tan denostados es porque verdaderamente llegan a impedir que el cuerpo haga lo que sabe, como ayudar a que un bebé descienda por el canal de parto y salga.

Además, reviviendo aquellos momentos comprendí también que, cuando imaginaba el parto, siempre olvidaba un pequeño gran detalle que a la hora de la verdad marcó la diferencia: que era mi hija quien nacía. Yo me había mentalizado para centrarme en mí misma: en mis sensaciones, en mi dolor, en mi fuerza, como si mi hija fuera un personaje secundario que solo al final cobraría cierto protagonismo. 

Pero cuando realmente llegó el momento, no fue así. Muchas de las decisiones que tomé, como salir corriendo hacia el hospital, fueron pensando en el bienestar de mi hija. Acertara o me equivocara, el simple hecho de haberlas tomado pensado en ella me dice que fueron correctas. Creo que ese cambio de mentalidad fue el que realmente me convirtió en madre, pero solo he sabido verlo cuando he vuelto la mirada atrás y me he observado desde fuera.

Por otro lado, el enfado y la indignación que siento cuando pienso en la atención médica que recibí no han hecho sino aumentar durante todo este tiempo. Poco a poco he ido superando mi síndrome de Estocolmo para entender que no todo estuvo bien. Sé que en mi parto hubo una dosis exagerada de mala suerte: que Hospital Elegido estuviera lleno, que fueran precisamente esos ginecólogos los que tuvieran guardia en nuestro hospital... Pero también hubo una importante cantidad de actuaciones nefastas cuyas consecuencias he pagado en mi cuerpo, en mi mente, en mi corazón.

Hoy más que nunca confío en que sea también la escritura lo que me ayude a ordenar mis ideas para aportar un granito de arena contra esa violencia obstétrica que, entre todos, hay que conseguir erradicar.

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