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lunes, 28 de agosto de 2023

La pauta de medicación (y lo que no pudo ser)

Durante nuestra primera consulta, el inmunólogo me explicó que, en principio, para este tratamiento repetiríamos la misma pauta de medicación que habíamos seguido en el embarazo de mi hija, ya que, evidentemente, había resultado más que adecuada. Sin embargo, teniendo en cuenta los nuevos descubrimientos en cuanto a mi genotipo de KIR, así como a la reacción autoinmune que me había provocado la covid, el inmunólogo me preguntó si estaba dispuesta a probar algo más:

–Por supuesto –le respondí.

Todavía recuerdo con cariño las reticencias que albergué durante tantos años hacia la medicación en reproducción asistida. Mis reparos, mis miedos a estar sobremedicada, a que eso fuera, precisamente, la causa de mis fracasos reproductivos. Y es que, aunque a veces lamento la cantidad de tiempo perdido en el proceso de formar una familia, en momentos como este comprendo que no he perdido nada. Todos estos años han provocado una transformación muy profunda en mi interior, transformación que es imposible hacer de un día para otro. Y aunque ahora me exprese con naturalidad, con desahogo, sé que durante mucho tiempo fui un animalillo asustado, temblando ante el asalto de la medicina sobre mi cuerpo.

Lo cierto es que el inmunólogo tampoco me propuso algo muy descabellado: tan solo emplear un nuevo medicamento. La agraciada fue la hidroxicloroquina: se trata de un antipalúdico, es decir, un medicamento contra la malaria, que también se emplea para tratar enfermedades autoinmunes como el lupus. Cómo un medicamento utilizado para acabar con un parásito termina funcionando para otra cosa completamente distinta es una de esas historias fascinantes de la medicina que no tiene sentido explicar aquí.

En principio, lo único que la hidroxicloroquina tenía de especial es que tardaba bastante en hacer efecto sobre el sistema inmune, por lo que debía empezar a tomarla en el ciclo anterior a aquel en el que haríamos el tratamiento. Esto fue lo que convirtió un diagnóstico de febrero en un tratamiento en abril. Pero así es la vida en reproducción asistida: los enero, febrero a más tardar acaban floreciendo en primavera. ¡Qué se le va a hacer!

Una vez tuve clara la pauta de medicación, la compartí con mis compañeras del grupo de OVO/ADE de la Asociación MSPE. Muchas de ellas habían tomado también hidroxicloroquina, algunas con buenos resultados. Así que no le di mayor importancia hasta que una de las chicas que leyeron mis mensajes me escribió por privado, preguntándome si realmente me iba a atrever a tomarla, porque a ella le aterraban los efectos secundarios.

Reconozco que mi primera reacción fue de condescendencia. He tomado tantos medicamentos a lo largo de mi vida que tenían prospectos infinitos cual papiros egipcios, repletos de efectos secundarios tremebundos que nunca llegaban a pasar, que suponía que este no sería más que otro que añadir a la colección. ¿Qué diferencia podía haber, por ejemplo, con las píldoras anticonceptivas que tomé durante años, cuyo prospecto ocupaba más que el propio blíster, y que no me mataron de un trombo porque extrañamente la Vida había elegido para mí otro destino?

Sin embargo, he llegado a acostumbrarme a cierta reacción de mi inconsciente por la cual una idea se me queda dando vueltas en la mente, llamando a las puertas de mi consciente con insistencia, hasta que entiendo que tiene algo importante que decir. Así que dejé la condescendencia a un lado y busqué por mí misma algunos de los efectos secundarios sobre los que esta chica me había advertido.

Dos de ellos me llamaron especialmente la atención. El primero, la retinopatía por hidroxicloroquina: una pérdida irreversible de visión que tiene lugar por la acumulación del medicamento en la retina, pérdida que puede continuar incluso una vez suspendido el tratamiento, ya que sus efectos son prolongados. El caso es que yo ya tengo experiencia con la pérdida de visión causada por los tratamientos: concretamente, por la hormona foliculoestimulante (FSH) que me inyecté en las dos últimas inseminaciones y durante la estimulación de las dos FIV. El resto de mi pérdida de visión ha sido provocada por las descompensaciones, también de origen hormonal, que provoca el SOP no controlado que he sufrido durante años. Así que no pude evitar echarme a temblar al pensar en una nueva amenaza para mis maltrechos ojos. Después, la espanté como quien espanta una avispa, con miedo pero con determinación. ¿Por qué me iba a pasar a mí todo lo malo del Universo? ¿Y por qué no?

El segundo efecto que llamó mi atención, aunque en comparación parezca un detalle sin importancia, fue el encanecimiento repentino del pelo. Para mí, sin embargo, era una posibilidad que daba al traste con un importante reto vital en el que me encuentro inmersa: el de no teñirme las canas. Es algo que hago por compromiso feminista, de respeto al cuerpo y de autoaceptación; pero no sabía si sería capaz de mantenerlo si mi pelo se volvía completamente gris de un día para otro. Y aunque, comparado con una pérdida de visión irreversible, o incluso la ceguera total, parece que tiene una solución sencilla (pues te tiñes y ya está), no estaba segura de querer renunciar a un compromiso vital que, hasta cierto punto, forma parte de mi identidad. Pero ¿acaso un hijo no es más importante que teñirse el pelo?, me preguntaba. Pues sí, claro... pero, al mismo tiempo... pues no.

Por si el cuadro no estaba lo suficientemente completo, otros efectos secundarios también parecían pensados por y para mí: hipoglucemias severas, urticaria y erupciones cutáneas, disminución de peso, fotofobia, fatiga... Reconozco, no obstante, que apenas tuve corazón para preocuparme por ellos, obsesionada como estaba con los dos anteriores.

La verdad es que no sé es cómo logré sobreponerme al miedo que le cogí a este medicamento y empezar a tomarlo. Más aún en aquellos meses en que un montón de ideas loquísimas acerca del riesgo que corría si me quedaba embarazada embotaban mi mente: un embarazo exacerbaría la covid persistente, un embarazo pondría mi cuerpo al límite, un embarazo me mataría y dejaría a mi hija huérfana... Creo que solo lo logré aplicando una buena dosis de inconsciencia: para minimizar el riesgo de retinopatía, se recomendaba realizar una revisión oftalmológica preventiva, y de hecho, varias chicas del grupo de OVO/ADE se la habían hecho. Pero yo me sentía incapaz de enfrentarme a todo el proceso que implica la solicitud de pruebas que desconocía a un nuevo especialista médico de quien no tenía referencias, así que condensé la pauta preventiva en la compra y uso de unas gafas de sol nuevas. Lo cual, a pesar de su mediocridad profiláctica, da buena cuenta de mi compromiso con un tratamiento que, por lo demás, me aterrorizaba.

Lo que finalmente ocurrió, sin embargo, no se pareció a ninguno de los escenarios apocalípticos que había imaginado.

viernes, 21 de julio de 2023

La vuelta a reproducción asistida


Mi recuerdo oficial de la reproducción asistida siempre ha sido espantoso: una sucesión de pruebas carniceras, desencuentros con el espéculo, tratamientos frustrantes, miles y miles de euros malgastados, sangre, abortos. Mi corazón roto en mil pedazos. En comparación, la adopción se me antojaba un paraíso: alineada con mis valores, sin necesidad de poner el cuerpo, tan solo exigía paciencia (¿pero acaso la reproducción asistida no lo hace?) al módico precio de cero euros.

Por eso me resistí, durante tanto tiempo, a enfrentarme a otro tratamiento. ¿Anhelaba volver a ver un positivo, asistir a la transformación de mi cuerpo, notar los movimientos de un bebé en mi interior, dar a luz de nuevo? Sin duda. ¿Estaba dispuesta a sacrificar otra vez todo lo que había sacrificado para tener a mi hija? Ni en un millón de años: reeditar el ensañamiento físico, la tortura psicológica y la ruina económica no era una opción. Mi opción era adoptar, con o sin pareja. Adoptar: eso quería, ese era mi siguiente paso, mi destino, el camino adecuado.

Hasta que comprendí que era imposible.

Así que, tras pasar unos meses elaborando el duelo, empecé a imaginarlo. Empecé a imaginarme a mí misma atravesando la puerta de una consulta, apenas cubierta de cintura para abajo por una sabanita desechable, abierta de piernas sobre un potro ginecológico. Conjuré la memoria de mi cuerpo y le obligué a enfrentarse, siquiera mentalmente, a ecógrafos, espéculos, sondas. Inyecciones, hormonas, anticoagulantes. Vía oral y vía vaginal. Extracciones, pruebas, resultados. Hematomas, sangre. Negativos. Abortos. Dolor físico y dolor psicológico. Todo lo que para mí significaba la reproducción asistida.

Y sentí que no iba a ser capaz.

En medio de aquel naufragio de recuerdos, sin embargo, una mano invisible aferró la mía y me obligó a a avanzar. Sin decir nada, sin tratar de cuestionar lo inapelable, me acompañó a lo largo de los meses, de las dudas y los miedos, de la absoluta certeza de estar enajenada, hasta aquella mañana de diciembre, lluviosa y dulce, en que pisé la nueva clínica por primera vez.

A partir de ahí, todo fue muy diferente a lo que recordaba.

lunes, 23 de enero de 2023

Elegir clínica de reproducción asistida (otra vez)

Todo empezó como un juego. En verano, mientras fantaseaba con la idea de volver a ser madre, pero sabía que no era más que una posibilidad sujeta al devenir de mi enfermedad, al éxito o al fracaso de mi incorporación al trabajo después de la baja. Nada más tonto que las horas muertas de un calor sofocante, artículos y enlaces que seguía sin rumbo fijo y, al final, un formulario de contacto.

Recuerdo el primero que rellené. Lo hice entre risitas, como una adolescente que acaba de descubrir un juego adulto, aferrada a la idea salvadora de que aquello no me comprometía a nada. Nombre y apellidos, jijiji, correo electrónico, jajaja. La clínica me gustaba, ofrecía servicios en los que nunca había pensado, pero que de pronto encontré completamente necesarios, y parecía puntera en investigación.

El presupuesto que vino de vuelta estaba acorde a aquel derroche de medios. ¿Tanto? ¿Tanto por una simple ADE? Revisé una y otra vez la lista de aquellos servicios que ahora me parecían evidentemente superfluos. ¿De dónde se sacaban tantos miles de euros? ¿Por un solo intento? Comparar mi cuenta del banco con aquella factura arrojaba una conclusión bien clara: no me lo podía permitir.

El juego se transformó entonces en un estudio de mercado. Busqué todas las clínicas de Madrid. Hice una lista de las que hacían ADE y pregunté en aquellas en las que no lo explicitaban. Descarté las más baratas por inútiles en un caso como el mío y también las más caras por inalcanzables. Y al final, me quedé con tres.

domingo, 27 de mayo de 2018

Nuestro expediente de adopción cumple tres años


Mayo, el mes en el que empieza todo, nos ha traído esta vez el tercer aniversario de nuestro expediente de adopción. Parece mentira, pero hace ya tres años que comenzamos nuestro primer embarazo burocrático, y aquí seguimos, expectantes, atentas a lo que el futuro quiera depararnos.

Este año también ha sido muy diferente al anterior. Es curioso cómo, a veces, lo malo llama a lo malo, y lo bueno llama a lo bueno. Y es que, si bien el segundo año de nuestra aventura adoptiva, completamente yermo en cuanto a avances en la lista, coincidió con un durísimo tercer aborto, que trajo consigo una intensa peregrinación médica y la certeza, cada vez más fuerte, de que nos acercábamos al final del camino y de que, tal vez, no podría ser; en este tercer año hemos disfrutado, ¡por fin!, de nuestro deseado embarazo junto con una generosa ración de buenas noticias respecto al proceso de adopción: el mismo día en que nos confirmaban la beta positiva, tenía lugar la tan ansiada cuarta reunión informativa y, a lo largo del año, se han celebrado dos reuniones más. En total, la lista ha avanzado en 135 expedientes y ya nos quedan menos de 200 para que llegue nuestro turno. 

No me canso de decirlo, pero, para mí, la adopción nunca ha sido un plan B: siempre ha sido un plan tan A como el embarazo. En este sentido, recuerdo una conversación que tuve este verano, en la que hablaba con nuestra cuñada de lo bien que nos vendría una mejora en nuestra situación laboral:

–También de cara a la adopción –le decía yo.
–¿Qué adopción?
–La adopción, la adopción nacional. ¿No os lo habíamos contado...?
–¡Ah, sí, claro! Pero pensaba que, con el embarazo, eso ya lo habíais olvidado.

Pues no, no lo hemos olvidado. Porque eso, la posibilidad de adoptar, fue mi tabla de salvación durante el duelo genético, el impulso que necesitábamos para decidirnos por la adopción de embriones, una esperanza repentina que iluminó nuestro proyecto de familia, guiándonos hacia lo que realmente queríamos y no habíamos sabido elegir. Eso, apenas una posibilidad, hace que hoy podamos disfrutar de la familia que hemos creado sabiendo que es perfecta para nosotras, a pesar de que la adopción de embriones sea un camino absolutamente marginal entre las mujeres lesbianas. 

De hecho, ni siquiera mi embarazo habría sido igual sin el horizonte de la adopción. A cada paso que daba mi cuerpo, yo no podía evitar pensar en cómo lo viviría una mujer que fuera a dar a su hijo en adopción. ¿Cómo será mirar tu tripa y decidir que la criatura que alberga no se quede contigo? ¿Cómo enfrentarse a los rigores del embarazo, a las pruebas médicas, a la exigencia de cuidarse, cuando no deseas vivir ese proceso en tu cuerpo? ¿Qué monstruos no poblarán tu posparto bajo el yugo de unas hormonas que no entienden que ese bebé no estaba destinado a ser tu hijo? 

Mi experiencia me sugiere, una vez más, que se trata de una vivencia llena de ambivalencia. ¿De qué manera no sobrecogerse ante la primera contracción, ante la primera patada? ¿Cómo evitar, siquiera, cierta curiosidad por lo que ocurre bajo tus costillas? ¡Imposible! Tiene que ser una vivencia tremendamente compleja: esa historia de la mala mujer que abandona a su hijo no es más que una simplificación cruel e injusta.

Así que, para mí, haber podido vivir un embarazo no solo no me aleja de la adopción, sino que me acerca a ella desde la empatía de saber lo que es gestar, lo que es parir, y no acercarme siquiera a imaginar lo que es dar un bebé en adopción. Y digo un bebé porque, en la Comunidad de Madrid, la mayoría de las adopciones son fruto de renuncias hospitalarias, es decir, de mujeres que dejaron a su bebé en el hospital tras dar a luz.

Lo cierto es que, durante el embarazo, no dejé de tener en mente nuestro expediente de adopción ni un solo momento, ni tampoco lo hago ahora que nuestra hija ya ha nacido. Para mí, esa posibilidad forma parte de nuestra familia desde hace tres años, y por eso me gusta dedicar este aniversario a recordarlo, a darle el espacio que se merece en nuestra vida.


Hoy creo, sin embargo, que mis cálculos iniciales estaban equivocados: pensaba que en cuatro o cinco años culminaríamos el proceso, y ahora me parece que la cifra estará más cerca de los seis. No importa, mientras siga siendo posible. Y, si algún día deja de serlo, importará, por supuesto, pero no por ello dejaremos de considerar esta espera como un preciado tesoro que guardar para siempre en nuestro corazón.

Aunque yo creo que vendrás, pequeño :)

Por eso, cada año me empeño en celebrar esta fecha, para que nunca dudes de lo mucho que te pensamos, lo mucho que te esperamos y lo muchísimo que te quisimos, tantos años antes de que dejaras de ser lo que todavía eres: una hermosa posibilidad.

domingo, 10 de septiembre de 2017

De cribados, donantes y burocracias

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Tras la primera visita a la matrona, nos programaron lo que en nuestro hospital llaman la "rueda obstétrica" del primer trimestre: analítica, ecografía y nueva visita a la matrona. Así que, estando de nueve semanas, me hice los análisis que permiten completar después el denominado "cribado" del primer trimestre. En la Comunidad de Madrid, este cribado informa del porcentaje de probabilidades de que el feto presente la trisomía 21 (Síndrome de Down) o la trisomía 18 (Síndrome de Edwards).


Los resultados del cribado nos los dieron el mismo día de la ecografía de las doce semanas, cuando recogieron los datos morfológicos necesarios (longitud céfalo-caudal, medida de la traslucencia nucal, presencia de hueso nasal y flujo sanguíneo en el ductus venoso). Para completar el cribado, además, necesitaban conocer la edad de la madre; pero, como en nuestro caso se trata de una adopción de embriones, la edad que se tiene en cuenta es la de la donante, no la mía. Por ello, entregamos a la ginecóloga el informe con los datos de los donantes que nos habían dado en la clínica

Lo que vino después me hizo darme cuenta de que, aunque los médicos estén más o menos familiarizados con las diferentes técnicas de reproducción asistida, el sistema, en sí mismo, no reconoce nuestra diversidad.

martes, 15 de agosto de 2017

Dejar la progesterona

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En la última visita a la clínica, la doctora me explicó cómo dejar la progesterona: un proceso que, según ella, debía empezar inmediatamente.

Para este tratamiento, llevaba una dosis de 600 mg. diarios, repartida en tres "tomas" de 200 mg. cada una. A mí me parece que es una cantidad bastante alta para tratarse de un ciclo natural, pero es la que prescriben en esta clínica y la que he utilizado en los dos tratamientos que he hecho con ellos.

En la clínica anterior, solo prescribían 600 mg. cuando se trataba de un ciclo sustituido de FIV (es decir, el que se hace después de la punción), porque se suponía que, al haber simulado una especie de menopausia mediante la nafarelina, el cuerpo no la producía por sí misma. En las transferencias en ciclo natural, sin embargo, llevé 400 mg.; y en las inseminaciones, 200 mg.

La doctora me explicó que dejaría la progesterona en dos semanas: durante la primera, ya no me pondría los 200 mg. del mediodía; en la segunda, quitaría los de la mañana; y empezaría la tercera sin medicación.

Cuando terminó, a mí se me había llenado la frente del sudorcillo frío que genera el miedo:

—Y esto... ¿cuándo empezaría?
—Hoy mismo.
—¿¿Hoy??
—¡Claro! ¿No has visto al embrión en la ecografía, que bien está, con su placenta y todo? ¡Ya no la necesitas!
—...
—...
—Qué miedo, ¿no?

El caso es que "hoy mismo" yo estaba de 8+4 semanas y se me hacía muy pronto. Siempre me había imaginado que llevaría la progesterona, al menos, hasta la semana doce; aunque también es verdad que nunca había llegado al momento de que me explicaran cómo dejarla, pues hasta ahora siempre la había dejado de golpe, ante un negativo o un aborto.

Lo cierto es que las razones de la doctora eran impecables. Como ella misma nos había explicado durante la ecografía, el cordón umbilical del embrión ya estaba bien formado y la placenta había empezado a funcionar; por eso mismo, la vesícula vitelina estaba más pequeña, ya que su función había terminado. Cuando la placenta "se hace cargo" del embarazo, el cuerpo lúteo que hay en nuestro ovario empieza a desaparecer, y con ello, la producción de progesterona que llevaba a cabo. Por tanto, y a partir de ese momento, ya no es necesario "apoyar" su función mediante un suplemento de progesterona, que, poco a poco, se puede retirar.

Esa es la explicación racional. Pero, en mi cerebro, yo solo oía: "Miedo-miedo-miedo-es demasiado pronto-miedo". Así que me pasé el calendario de la doctora por el forro y decidí empezar con el proceso cuando cumpliera las nueve semanas. ¡Lo sé! Fueron solo tres días de rebeldía, pero a mí me sentaron fenomenal (!).

Los primeros días entré en un estado de alerta permanente. Volví a la psicosis de los sangrados del principio del embarazo y esperaba encontrarme con la sorpresa en cualquier momento. Pero no ocurrió. Ni la primera semana, ni la segunda, ni la tercera. A pesar de ello, yo seguía asustada, y cada vez que me tocaba bajar la dosis, me planteaba alternativas.

Una de las que barajé fue la de duplicar cada semana, es decir, pasarme quince días con 400 mg. y quince con 200 mg., para así alargar la medicación hasta el final del primer trimestre. Estuve a punto de hacerlo, pero al final decidí que, mientras no me encontrara con ningún contratiempo, lo haría como me había prescrito la doctora. Al fin y al cabo, si el protocolo diera problemas, ya lo habrían cambiado.

Por otra parte, quien se haya puesto progesterona sabe la plasta inmunda que genera, y más en estas cantidades. Así que, muy a mi pesar, debo reconocer que ir bajando la dosis fue un alivio en lo que a higiene y comodidad se refiere. Mucho más teniendo en cuenta que estamos en verano, y que cada vez que me ponía un bañador, aquello acababa de muy malas maneras. Da igual cuánto te laves antes: de ahí sigue saliendo plasta durante muuucho tiempo.

A mi favor diré que el miedo a dejar la progesterona forma parte de la dependencia alienante que te crea este medicamento. En mi opinión, su uso indiscutible en reproducción asistida acaba convenciéndonos a quienes la utilizamos de que nuestro cuerpo la necesita, de que no somos capaces de llevar un embarazo adelante sin su presencia.

Como ya expliqué en otra ocasión, creo que la necesidad de utilizar suplementos de progesterona debería comprobarse en cada paciente (algo que forma parte de los estudios de infertilidad en otros países y que se realiza mediante un análisis en la segunda parte del ciclo menstrual), para poder ajustar la dosis a las necesidades reales de cada mujer, llegando incluso a eliminarla. Porque, insisto, si tan buena es, ¿por qué no se la recetan a todas las mujeres? ¿Por qué, de hecho, las mujeres que no están en reproducción asistida se encuentran con tantos problemas para conseguirla?

Pero no seré yo quien se queje de sobremedicación a estas alturas. Mi experiencia reproductiva me obliga a asentir, medicarme y callar. La buena noticia es que ya puedo dar por superada una nueva fase del embarazo, y que, por primera vez, mi cuerpo sostiene otra vida sin la necesidad de utilizar progesterona :)

martes, 18 de julio de 2017

La segunda ecografía

Solo hemos tardado diez días en volver a ver a nuestro pequeño; sin embargo, a mí me ha dado tiempo a caer en la crisis más profunda de todas las que llevo en este embarazo.

Entre las semanas cinco y seis, empecé a notar un cambio en los síntomas que había tenido hasta entonces. Las náuseas, que me habían acompañado de manera muy intensa desde antes de ver el primer test positivo, empezaron a cambiar, transformándose en un mal cuerpo difuso. Hacia la mitad de la semana seis, podía decir que me encontraba bastante bien: desayunaba despacio y comía porciones pequeñas a lo largo del día; pero, en general, parecía que mi estómago había vuelto a su ser. Justo en el momento en el que mis síntomas de embarazo debían intensificarse, yo me encontraba mejor.

Cualquier mujer que haya sufrido un aborto sabe que este panorama es aterrador. Yo también sé lo que es sentirse embarazada y, de pronto, empezar a notar que esos síntomas desaparecen. Hasta tres veces he vivido la paradoja de notar una mejoría física y comprender que ese bienestar solo podía ser malo. Hasta tres veces he recibido la mala noticia que sigue a esas sensaciones: la pérdida, cruel e inapelable, del embarazo.

Como en otras ocasiones, no obstante, esta vez también he tratado de mantener la calma. Entablé un sinfín de conversaciones conmigo misma donde intentaba convencerme de que todo iba bien, de que lo que tanto temía no se volvería a repetir. Hice una lista con los argumentos más sólidos que encontré: análisis, tratamiento, beta, primera ecografía... Busqué distracciones hasta debajo de las piedras y así atravesé, con toda la cordura que me fue posible reunir, el umbral de las siete semanas. Pero fue entonces, a dos días de la segunda ecografía, cuando me rompí.

Las náuseas parecían estar volviendo, pero ese volver no hacía más que evidenciar durante cuánto tiempo habían estado ausentes. Durante dos días, las sentí con fuerza, pero al tercero desaparecieron otra vez. Me sentía tan bien como si nunca hubiera estado embarazada. Durante todo el día procuré aguantarme el miedo y la incertidumbre, pero a última hora de la tarde ya no pude más. Tuve un ataque de llanto y todas las emociones negativas que había estado relativizando emergieron a la vez.

Estaba segura de que lo había perdido, de que su corazón había dejado de latir. Y la idea era horrible. Me sentía tan vacía, echaba tanto de menos el embarazo. Alma intentó razonar conmigo, calmarme, transmitirme la misma seguridad que ella tenía de que todo iba bien. Pero al final la arrastré a mi pozo de desesperación y las dos acabamos destrozadas, presas de una angustia extrema, sin recursos para sobrevivir hasta el día de la consulta.

Para cuando llegó, yo ya llevaba varios días barajando qué tipo de aborto escogería esta vez, preguntándome si no sería demasiado volver a hacerlo con pastillas en pleno verano, si no me convendría más optar por el legrado. Cuando entramos por la puerta, iba tan desencajada que lo primero que hizo la doctora fue preguntarme si me encontraba bien, si tenía ganas de vomitar. Le explicamos que estábamos muy preocupadas por la ecografía y ella le restó importancia: "Ah, bueno, si solo es eso... ¡Seguro que está bien!". Cuando dijo aquello, me dieron ganas de saltar sobre la mesa y apretarle la garganta: "¿Bien? ¿¿Bien?? ¿Es que todavía no te has enterado? ¿Es que no entiendes que a mí nada me puede salir bien?".

Por suerte, ella tenía razón... y yo no :)

jueves, 13 de julio de 2017

Yo SÍ tomo pastillas

Todas las inyecciones, vitaminas y pastillas
que me han acompañado y acompañan en este tratamiento.

Hay mucha gente orgullosa de no tomar pastillas. "Cuando me duele la cabeza, me aguanto" es una de sus frases preferidas. Yo también crecí con esa idea y, hasta hace unos años, la compartía. Con el paso del tiempo, sin embargo, me he dado cuenta de que es una gilipollez completa.

Solamente pueden vivir sin medicamentos quienes no los necesitan, quienes no están enfermos. Y eso no es algo que, en sí mismo, tenga demasiado mérito. Cualquiera puede aguantar un dolor leve o moderado de cabeza, y si alguien decide tomarse una pastilla para aliviarlo, seguramente hará bien, que para eso se han inventado. Cuando hablamos de asuntos más serios, sin embargo, se diluyen las heroicidades de ese tipo, aunque se alzan otras: las de asumir la enfermedad, las de aceptar nuestras necesidades. 

Esto fue algo que entendí cuando sufrí la depresión. En un primer momento, la idea de tomar pastillas me parecía horrible; pero cuando somníferos, ansiolíticos y antidepresivos me ayudaron a recuperar mi identidad, me devolvieron la vida que había perdido, tuve que plegarme a la evidencia. Había enfermado y las pastillas me habían curado; sin pastillas, no lo habría conseguido. Desde mi punto de vista, por tanto, el verdadero mérito no reside precisamente en hacerse el héroe a costa de seguir enfermo.

A pesar de este aprendizaje, cuando inicié mi aventura con la reproducción asistida, volví a sentir mucho rechazo hacia unos protocolos que me parecían sobremedicados. Durante la mayor parte del tiempo, mantuve esa sensación porque me parecía que los tratamientos que me proponían no estaban justificados. Ni siquiera tras mis dos primeros abortos y con la homocisteína por las nubes terminaba de confiar en la necesidad de tomar tantísimas pastillas. Incluso en la primera recepción de embriones celebré el haberme librado de muchas de ellas. Creo que solo comprendí hasta qué punto padecía alguna clase de enfermedad cuando sufrí mi tercer aborto, cuando perdí dos embriones preciosos fruto de la donación de óvulos de una chica jovencísima. 

A la evidencia, por supuesto, es necesario añadirle un razonamiento adecuado. Creo que eso fue lo que me faltó en la primera clínica, lo que ni siquiera he intentado encontrar en la segunda. A mí no me vale que me den argumentos puramente estadísticos. No me vale que me digan que el 30% de las mujeres no-sé-qué, porque yo no sé si soy el 30% de las mujeres. Necesito pruebas que me lo confirmen, pruebas claras, con sentido, y eso es algo que la mayor parte de los médicos con los que me he encontrado durante estos años no han sabido darme.

Por suerte, al final, logré un diagnóstico que arrojó luz sobre mi maltrecha experiencia. Y, con el diagnóstico, llegó un tratamiento farmacológico que, a día de hoy, permite que un embrión se desarrolle en mi seno. ¿Qué habría pasado si se me hubiera ocurrido insistir en que yo no tomo pastillas? Nuestro embrión estaría muerto. Y todos los embriones que hubieran venido después habrían corrido su misma suerte.

Por eso creo que es muy importante aprender a aceptar la enfermedad. Y la medicación subsecuente. A pesar de su incomodidad, de sus efectos secundarios. Y también hay que saber dar gracias por que exista. Hace treinta años, yo me habría quedado estéril. No se conocían ni aplicaban las técnicas y los tratamientos que yo estoy utilizando. Pero hoy disfruto del privilegio de albergar en mi cuerpo el latido de un corazón que no es el mío. Y eso es lo verdaderamente importante. 

He de decir que sigo pensando que gran parte de los protocolos que se aplican en reproducción asistida están injustificados y sobremedicados. Opino también que la industria farmacéutica tiene montado un negocio ilítico a costa del sufrimiento de muchas personas, y no solo infértiles. 

El proceso al que me refiero, sin embargo, es otro. Un proceso que se nutre de la mejor ciencia médica y del desarrollo personal más profundo, alejado de la mala praxis y del enriquecimiento inmoral. El proceso de acoger uno de los aspectos más desagradables de la vida, de hacerlo tuyo y de trascenderlo.

Gracias a él, hoy puedo decir, orgullosa, que yo SÍ tomo pastillas.

Mi dosis diaria actual.
La misma que mantiene latiendo el corazón de nuestro pequeño.

miércoles, 5 de julio de 2017

La primera ecografía

En nuestra clínica tienen un protocolo diferente a otras en lo que respecta a la atención del embarazo. Como ya expliqué, la beta te la hacen catorce días después de la transferencia embrionaria, independientemente de los días que tuvieran los embriones: algo con lo que no estoy de acuerdo porque me parece que prolongan innecesariamente la betaespera. A cambio, acortan la ecoespera haciéndote dos ecografías: la primera, una semana después de la beta; y la segunda, dos semanas después. Con esto sí que estoy de acuerdo, claro: te permite descartar de manera temprana un embarazo ectópico, la ecoespera se hace más corta y conlleva el privilegio de ver dos veces tu embarazo nada más empezar.

Así que nuestra primera ecografía llegó muy pronto. La idea, como digo, era comprobar que el embarazo se estuviera desarrollando en el útero y que lo estuviera haciendo bien. En nuestro caso, además, había que comprobar cuántos saquitos embrionarios había, puesto que, con la beta tan alta que habíamos obtenido, no se podía descartar un embarazo múltiple.

A pesar de lo bien que está empezando este embarazo, admito que me enfrenté a la ecografía con un sentimiento de intensa tristeza. No podía evitar los recuerdos de mi primer embarazo, que también parecía ir muy bien hasta que fuimos a la primera ecografía y, donde teníamos que haber visto un embrión con latido, solo apareció un saco vacío. Nunca llegamos a superar esa etapa: repetimos la ecografía una semana después y el embrión ya fue visible, pero su latido era muy lento. Después de varios episodios de sangrados, visitas a urgencias y una baja laboral, nos confirmaron que el latido había cesado una semana más tarde.

Por supuesto que siento miedo a que algo así se repita; pero la tristeza de estos días atrás era incluso más intensa que el miedo. Tristeza por lo que sí pasó, tristeza por lo que sí perdí. Mi primer embarazo, el único que he vivido llena de inocencia, esperanza, alegría. Mi primer embrión, un embrión que llevaba mis genes, a quien me vinculé de manera inmediata e intensa, con quien mantuve una relación breve pero muy hermosa. El embrión que me enseñó el milagro de la vida, el mismo embrión que me enseñó a enfrentarme a la muerte.

Sé que este sentimiento de tristeza no forma parte de un duelo incompleto, pero comprendo la inevitabilidad de los recuerdos. Además, en estas primeras semanas de embarazo estoy entendiendo que tengo mucho que llorar, mucha tristeza acumulada, mucho miedo y mucha frustración que debo ir aliviando para poder llenarme de las emociones positivas que también van reclamando su espacio.

Mentiría si dijera que esa tristeza no ha empañado la alegría de la primera ecografía, aunque comprendo que haya sido así. Pero tampoco puedo decir que me haya impedido sentir esperanza, ilusión, alivio, confianza. Porque esta ecografía ha sido una experiencia estupenda en sí misma :)


sábado, 1 de julio de 2017

Mi opinión sobre los test de embarazo

He dado por terminada la etapa de los test de embarazo :)

Reconozco que, después de conocer la beta, perdí el miedo a sufrir un aborto de un día para otro, así que me relajé bastante con respecto a las rayas de los test y su intensidad. De todas formas, decidí terminar los que me quedaban: así completaba mi escalera de color y me libraba de unos test caducados con los que no me quería volver a pelear. Seguí haciéndome los test cada dos días, y el resultado fue este:


Como se puede observar, la diferencia entre los tres primeros es bastante clara, pero, a partir de ahí, les cuesta más cambiar de intensidad. No sé si la culpa la tiene la fecha de caducidad; en cualquier caso, me parece importante compartir mi experiencia por lo que pudiera aportar a otras chicas que, como yo, se asusten al ver dos test seguidos que sean iguales. A mí me ha quedado claro que esto puede pasar sin que por ello signifique que el embarazo va mal.

Viendo este tipo de fotos, habrá quien piense que quienes las hacemos somos unas exageradas y unas histéricas de los test. Que más nos valdría no hacernos ninguno porque no somos capaces de gestionar la información que nos aportan. Es una idea que anda por ahí y que yo misma compartía al principio de esta aventura. Sin embargo, hace ya tiempo que estoy muy, muy en desacuerdo con ella.

sábado, 24 de junio de 2017

Beta


No, no es la fecha de las próximas olimpiadas.
Ni el momento de revisar los objetivos del milenio.
Ni un mensaje en código Morse.

Es la cifra de mi beta: dos-mil-veinte.

Tengo que precisar que no se trata de una beta hecha el día de la falta. En nuestra clínica, por alguna razón que se me escapa, hacen el análisis dos semanas después de la transferencia embrionaria. Lo mismo les da que sean embriones de tres días que de cinco: ellos cuentan dos semanas y andando. Es una práctica que a mí me resulta muy sospechosa, además de profundamente cruel con las pacientes. No obstante, yo he tenido la suerte de haber recibido dos positivos en los dos tratamientos que he hecho con ellos, así que, al menos, no he tenido que medicarme inútilmente durante más días de los necesarios. Sobre todo en este último tratamiento, que voy hasta las cejas. 

El caso es que esta beta me la hicieron cuatro días después del día de la falta, es decir, estando de 4+5 semanas o 19 dpo. Si el valor se hubiera estado duplicando cada dos días, correspondería, aproximadamente, a una beta de 500 el día de la falta.

Dicho esto... ¡¡MADRE MÍA!!

martes, 20 de junio de 2017

Allá vamos :)


Una semana después de la transferencia, me lie la manta a la cabeza y me hice un test de embarazo. No sé por qué. Había llevado una betaespera muy tranquila (¡la más tranquila de todas!) y sabía que un negativo daría al traste con mi buen ánimo, que empezaría a ponerme muy nerviosa, que se desatarían todos los infiernos.

Para darle más emoción al asunto, la noche de antes, mientras enredaba con los sobres en los que vienen los test, descubrí que estaban caducados. ¡Caducados! Es lo que tiene llevar tanto tiempo buscando el embarazo: se te caducan los medicamentos, se te caduca la paciencia y... ¡se te caducan los test! Después de hacer algunas búsquedas en Internet, comprendí que el problema residía en que los test ya no tendrían suficiente reactivo y podrían dar un falso negativo. Si bien, en mi caso, habían caducado en enero (tampoco es que se hubieran pasado hace años), el riesgo de llevarme un palo, incluso un palo "falso", aumentaba.

Aun así, lo hice. En mi anterior betaespera, había leído que el día 12 dpo (después de la ovulación) los test ultrasensibles ya debían dar positivo. Aquella vez, sin embargo, esperé hasta el día 15 dpo para hacerme el primer test. Pero en esta ocasión, cual Bella Durmiente atraída irrefrenablemente por el huso de la rueca, fui incapaz de resistirme.

Por suerte, dio POSITIVO.

miércoles, 14 de junio de 2017

Los embriones de Schrödinger

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Ya está.
Ya estoy.
Ya estamos.

Hemos llegado a ese momento de la betaespera donde nuestros embriones están vivos y muertos a la vez, como el famoso gato de la mecánica cuántica. Han pasado suficientes días desde la transferencia como para que, si no se han implantado, ambos estén muertos. Pero todavía nos quedan bastantes días por delante para poder comprobar que, efectivamente, están vivos.

Por mi parte, estoy contenta. Este tratamiento está siendo el más tranquilo de todos los que hemos hecho (y son muchos). La primera ecografía de control fue la última, pues mi cuerpo solo ha necesitado un mes para regularse y conseguir un ciclo de treinta días. Así que, afortunadamente, la decisión de dejar la píldora con un mes de antelación fue todo un acierto. En el tratamiento anterior, a la altura de la ovulación ya estaba para que me encerrasen, después de pasar por cuatro ecografías erráticas; pero esta vez lo estoy llevando con una dignidad pasmosa.

No tengo explicación para ello. Supongo que la medicación me ha llenado de esperanza. Y los dos blastos. Y el hacer una adopción de embriones, que no tiene nada que ver con los nervios de una FIV. Racionalmente, la balanza se inclina a nuestro favor. Y aunque no las tengo todas conmigo, tampoco pierdo la esperanza.

Y eso es suficiente.

domingo, 14 de mayo de 2017

Una reflexión sobre los orígenes y la identidad


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Te gustaría saber quién eres. Con poco o nada para orientarte, das por sentado que eres el producto de vastas migraciones prehistóricas, de conquistas, violaciones y secuestros, que los prolongados y tortuosos cruces de tu horda ancestral se han extendido por muchos territorios y reinos, porque tú no eres la única persona que ha viajado por el planeta y, ¿quién sabe quién engendró a quién para luego engendrar a quién [...]? Como no sabes nada de tus orígenes, hace mucho que decidiste presumir de que eres un compuesto de todas las razas [...], en parte africano, árabe, chino, indio y caucasiano, el crisol de muchas civilizaciones enfrentadas en un solo cuerpo. [...] Has decidido conscientemente ser todo el mundo, aceptar a todos los que llevas en tu interior con objeto de ser tú mismo de una forma más libre y plena, puesto que la cuestión de quién eres es un misterio y no albergas esperanzas de que algún día se resuelva.

La otra noche me encontré con este fragmento por casualidad. Pero fue una de esas casualidades maravillosas que, de improviso, provoca una rápida evolución en mi pensamiento, llenando de luz un espacio misterioso que, hasta entonces, había permanecido oscuro.

La relación entre el desconocimiento de los orígenes y la formación de la identidad me interesa muchísimo desde el momento en que Alma y yo vamos a formar una familia sin vínculos genéticos. Nuestros hijos no se parecerán ni a papá ni a mamá, no tendrán el aire del abuelo Pepito, ni siquiera serán el vivo retrato de su hermano. Vamos a romper un buen número de convenciones y me gustaría poder empoderarlos, empoderarnos todos, en una concepción de la identidad diferente pero igualmente plena. Incluso, en lo que puede tener de autónoma frente a las tradiciones que no se cuestionan, una concepción de la identidad mejor.

No voy a negar que alguna intuición tenía sobre el tema, una idea vaga sobre lo interesante que resulta sobrepasar los límites del clan para reconocer a la Humanidad como tu propia familia. Sobre lo bonito que parece no centrarse en un rasgo u otro (los ojos así, la boca asá), sino conocerse y reconocerse en lo que cada uno tiene de particular y, a la vez, de humano. Esa es la familia a la que yo quiero pertenecer, esa es la familia que yo quiero formar.

Sin embargo, no fue hasta que leí ese fragmento que pude estar segura de lo que quería decir. Porque el texto no pertenece a una obra que trate de la adopción ni está escrita por una persona adoptada: me lo encontré en el Diario de invierno de Paul Auster. 

Lo valioso, lo que realmente me ha hecho comprender que mi intuición es una gran idea, es que Paul Auster no desconoce sus orígenes. En el libro, en ese mismo fragmento, habla de su padre y de su madre. Habla de sus abuelos y de sus países de origen. Sabe quién engendró a quién del mismo modo en que lo sabe cualquier persona que se haya criado en su familia biológica. Por si esto no fuera poco, el escritor también tiene a su disposición una fuerte vinculación étnica, ya que es judío.

Sin embargo, esa misma persona que no alberga ninguna duda acerca de sus raíces biológicas ni del origen último de su comunidad, se siente desorientado acerca de su identidad, incapaz de conformarla a partir de quienes oficialmente le precedieron. Y, por ese motivo, decide construirse una, dársela a sí mismo. Una identidad que, de manera profundamente humana, lo vincula con los demás. Con todos los demás.

Creo que este fragmento explora hasta qué punto nuestra identidad no viene dada por nuestros orígenes, sino que cada persona es responsable de crearla en la dirección que considere. Que no somos nuestra herencia genética, entre otras cosas porque, ¿acaso la conocemos realmente o estamos seguros de ella? No somos lo que fueron otros antes que nosotros, sino lo que nosotros mismos hemos sido, somos y seremos; no somos los vínculos que nos vienen dados, sino los que nosotros mismos forjamos. Nos parecemos a nosotros mismos en primer lugar y, en segundo lugar, nos parecemos a la Humanidad. Somos nosotros, somos humanos, antes de ser los hijos de... quien sea.

Una cosa es querer conocer esa "horda ancestral" y otra muy distinta hacer que tu identidad dependa de ella. Quienes conocemos nuestros vínculos biológicos tenemos esa curiosidad satisfecha; quienes no lo hacen, pueden sentir unas sanas y legítimas ganas de satisfacerla. E incluso atreverse a ello. Pero tanto unos como otros haremos mal en descansar el peso de nuestra identidad sobre el único pilar de nuestros ancestros. Porque cada ser humano es mucho más que un vínculo genético. Somos quienes nos hacemos y, además, somos todos juntos, en una interdependencia que nos vincula a un mundo lleno de riqueza.

Los orígenes biológicos son lo que son: ni más ni menos. Para unos, cotidianos; para otros, desconocidos; para unos y otros, fuente de satisfacción y orgullo, o bien de rechazo y dolor. Una identidad que los trascienda, sin embargo, es igualmente valiosa para todos. Y no me cabe duda de que, a partir de ella, no solo se ponen los cimientos de una personalidad más poderosa y auténtica, sino de una sociedad mejor.

domingo, 7 de mayo de 2017

Recuperando la ovulación

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Para este tratamiento he tomado la decisión de dejar la píldora con un mes de antelación. En el anterior, hubo cierta controversia sobre esto: la primera doctora que nos vio, nos dijo que era necesario; la última, que no hacía falta, que muchísimas mujeres se quedaban embarazadas justo después de dejar la píldora y que yo podía ser una de ellas. Y, efectivamente, lo fui. Así que no he dejado la píldora porque tenga miedo de no quedarme embarazada. Mis razones son otras.

Lo primero que me he planteado es el vínculo nefasto entre los anticonceptivos orales y la coagulación elevada. Las cifras no dejan lugar a dudas: la hiperhomocisteinemia multiplica el riesgo de sufrir un evento trombótico (léase, un aborto) por 2,5, mientras que la ingesta de anticonceptivos orales lo hace por 4. Y como de la primera no me puedo librar debido a la mutación que tengo, he decidido librarme de la segunda. Lo consulté con el inmunólogo para ver qué le parecía, pero él prefirió remitirme a mi ginecóloga. Y como "mis" ginecólogas de la clínica no parecen tener un criterio unificado, al final he tomado yo sola la decisión.

Por otro lado, en el último tratamiento lo pasé bastante mal mientras esperaba a que mi cuerpo, cual bella durmiente, despertara del sopor de la píldora. El ciclo en el que me quedé embarazada fue un ciclo muy largo, tuve que hacerme muchas ecografías porque mis ovarios se peleaban por ovular, me mordí las uñas durante días hasta que vimos a mi endometrio crecer... Todo formaba parte de un proceso normal, pero a mí me generó muchísima inquietud. Así que, esta vez, he preferido darle a mi cuerpo la oportunidad de amenizarnos la espera con un ciclo más corto y menos extremo. En realidad, no confío en lograr la regularización absoluta en un solo mes, pero cuento, por ejemplo, con que mi endometrio crezca de una manera menos errática después de pasar por una regla "de verdad".

Todo esto no ha impedido, sin embargo, que haya pasado bastantes nervios este mes, mientras contaba los días para ver aparecer de nuevo los signos evidentes de la ovulación. Si mis cálculos no fallan, va a ser un ciclo de 35 días, lo esperable en una mujer SOP que acaba de dejar la píldora. En este caso, en vez de ovular a los 14 días, lo he hecho a los 21, pero... ¡de qué manera!

Mis ovarios han despertado del letargo como leones después de una hibernación. ¿Que los leones no hibernan? Claro. Pero si lo hicieran, te destrozarían viva cuando despertasen, tal y como lo han hecho mis ovarios. He sentido dolores de tripa horribles casi cada día, pinchazos sin fin en el ovario derecho (y en el izquierdo, para no ser menos), mareo, bajones de tensión, dolores de cabeza, cansancio extremo. Mis hormonas han salido a escena con tal fuerza, que hasta la pobre Alma, que nunca se desvía de los 26 días que duran sus ciclos, ya va por más de 30 sin que su regla se atreva a asomarse por casa.

Lo peor es que no solo se trataba de tener paciencia y aguantar el dolor, sino de superar el miedo a no ovular. ¿Que por qué tengo miedo a no ovular si siempre ovulo? Pues porque tengo SOP. Y a las mujeres SOP siempre nos meten miedo con el no-ovulas, no-ovulas. Y no es verdad. Muchas mujeres SOP ovulamos todos los meses. Y muchas mujeres SOP que no ovulan, lo consiguen después de regular su sistema endocrino, por ejemplo, tomando metformina y bajando de peso. Pero el SOP es tan desconocido y a los médicos les importa tan poco... que al final una ya no sabe qué pensar. Y como las mujeres SOP tenemos tendencias depresivas (¡para no tenerlas!), a veces nos da por pensar que no podemos. Que no vamos a poder nunca. 

Pero es mentira. 

lunes, 17 de abril de 2017

Welcome back, pastillero

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Con la llegada de la regla ha dado comienzo el primer mes de mi nuevo tratamiento. Un mes que consiste, principalmente, en la toma masiva de vitaminas y otros medicamentos para ir regulando la coagulación y preparando así mi cuerpo para un (posible) (nuevo) embarazo.

Es inevitable que repetir este protocolo nos recuerde, a Alma y a mí, a nuestra segunda FIV: ese último tratamiento que hicimos utilizando mis óvulos y que fue uno de los hitos de nuestro camino en cuanto a bofetadas en la cara se refiere.

Esta vez, sin embargo, me enfrento a la locura medicamentosa con otro espíritu. Si bien iniciamos nuestra segunda FIV sabiendo que mi homocisteína estaba muy alta, y que, por tanto, podía haber sido la causa de los dos primeros abortos; a mí todavía no me terminaba de cuadrar el diagnóstico.

Tal vez fuera porque no terminaba de confiar en nuestra doctora. La manera en que interpretó mi primer estudio de trombofilia, mirándose unos apuntes que tenía en la carpeta, no invitaba a pensar, precisamente, que la señora controlara del tema. 

En su defensa diré, no obstante, que por lo menos ella completó las pruebas que me habían mandado en la Seguridad Social hasta verificar la hiperhomocisteinemia; no como el hematólogo que me hizo el estudio, que me mandó a casa con la seguridad de que no tenía ningún problema de trombofilias (¡trombofilias yo!), cuando el inmunólogo, solo con ver esos mismos análisis, ya me sentenció.

También es posible que el rechazo que sentía hacia el tratamiento formara parte del rechazo generalizado que sentía hacia las FIV. Yo no quería pincharme, no quería llevar mi cuerpo al límite, no quería pasar por quirófano. Lo tenía muy claro y, sin embargo, lo llevé a cabo como una especie de sacrificio ineludible, una idea con la que cada día estoy menos de acuerdo.

Esta vez, sin embargo, tengo un diagnóstico que me hace sentir más segura. Entiendo que los suplementos de vitaminas del grupo B van a formar parte de mi dieta de aquí a que me muera, puesto que, con la mutación que tengo, es imposible que mi cuerpo mejore su metabolismo de manera natural. Y aunque sé que la heterocigosis no es la versión más peligrosa, en mi caso constituye un agravante del fiestón protrombótico que hay montado en mis venas.

El adiro, por su parte, lo he recibido con los brazos abiertos desde el primer día. La presencia de una trombofilia en mis pruebas es inapelable: no solo el factor XII ha subido como la espuma en los dos últimos años, sino que también lo han hecho otras proteínas anticoagulantes que procuran contrarrestar sus efectos, como la antitrombina III y la proteína C.

Para mí, sin embargo, la prueba definitiva de que necesito un protocolo especial llegó con el último aborto. Ya no puedo mantener la fantasía de que el problema reside en mis óvulos, porque, con unos embriones estupendos procedentes de óvulos ajenos, el embarazo tampoco salió adelante. Hoy recuerdo con ternura la alegría que me llevé cuando me dijeron que no tenía que tomar ningún medicamento especial en el último tratamiento; pero también me tiro de los pelos: esa no es mi realidad y he tenido que aprenderlo de la manera más dolorosa.

En comparación con la segunda FIV, no obstante, mi pastillero se ha aligerado un tanto, aunque no por ello me haya librado de montar un tetris con las pastillas que tengo que tomarme debido a sus incompatibilidades.

jueves, 13 de abril de 2017

Consulta en psicología

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Nuestro último tratamiento fue psicológicamente devastador para mí. No solo por su resultado, que también, sino por la montaña rusa de emociones a la que me vi expuesta antes incluso de empezar la betaespera.

Evidentemente, todos los tratamientos son intensos desde el punto de vista emocional, pero he de confesar que el vértigo de este último me pilló por sorpresa. Entiendo que, en el fondo, una parte de mí estaba "demasiado" tranquila: era un tratamiento muy sencillo desde el punto de vista físico y estaba convencida de que iba a funcionar. No había contemplado ni remotamente el aterrador despertar de la bestia en mi interior.

Pero despertó. Y fue un suplicio. Había días en que me sentía hundida, días en que solo quería salir corriendo, días (y noches, muchas noches) en que el viento de mi desgracia arrasaba con todo. Y me culpaba por ello. Y me decía cosas horribles por no poder permanecer positiva y en calma. Y lo único que lograba es que la bestia se hiciera más y más poderosa. 

Apenas me soportaba a mí misma, así que mucho menos soportaba las insistentes preguntas de Alma: "¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?". "¡Qué me va a pasar!", pensaba. "Que mi vida es una puta basura, que no soporto el yugo de las hormonas, que no quiero pasar miedo, que no quiero ser desgraciada, que estoy hasta las mismísimas de este abuso existencial". Y así, un día tras otro. No fue bueno para mí y tampoco lo fue para nuestra relación.

La parte positiva es que de cualquier experiencia se puede obtener una enseñanza, y yo he aprendido que no quiero repetir el mismo error. Mi estabilidad emocional ya no es lo que era después de tres años de peregrinaje en reproducción asistida, y no quiero que esto repercuta, además, en mi relación con Alma. Por eso, desde el primer momento, he tenido claro que el próximo tratamiento lo haré con apoyo psicológico.

Así que, aprovechando que ya nos tocaba pedir cita con la ginecóloga de la clínica, pregunté por el servicio de atención psicológica. En nuestra clínica, este servicio es gratuito, uno de los detalles que nos hizo decantarnos por ella. Me explicaron que la psicóloga se pondría en contacto conmigo, y la verdad es que no tardó en hacerlo. También pude conseguir una cita muy rápido, y tengo que decir que la experiencia fue estupenda.

domingo, 26 de marzo de 2017

Ya tenemos embriones

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Cuando recibimos la llamada de la clínica para decirnos que ya éramos las siguientes en la lista de espera de adopción de embriones, sabíamos que podía pasar cualquier cosa. Es más, sabíamos que podía pasar cualquier cosa, excepto la que nos dijeron que pasaría: que la doctora se pondría en contacto con nosotras después de quince días.

Así que nos lo tomamos con mucha calma. Al contrario que la vez anterior, no viví pegada al móvil durante semanas ni llamamos varias veces para ver qué pasaba. Simplemente, nos dedicamos a esperar. Lo cierto es que no tenemos prisa. En parte porque sabemos que el proceso es lento y que hay cosas que no podemos acelerar. Y en parte, supongo, porque hemos perdido definitivamente la inocencia y, aunque conservamos la suficiente esperanza como para volver a intentarlo, tampoco sentimos un deseo desenfrenado por precipitarnos hacia una nueva decepción.

El caso es que, pasado un mes, el teléfono sonó. Me despertaron de una siesta con el mismo protocolo que la primera vez: querían explicarnos las características de los embriones que nos habían asignado para comprobar si los aceptábamos. Y mi respuesta fue la misma que la vez anterior: ¡por supuesto que sí!

En esta ocasión son dos blastos, de las mismas calidades que nuestros embriones anteriores: B y C. La verdad es que el hecho de que fueran blastos llenó mi mente de distintos pensamientos, que llegaron despacio pero acabaron atropellándose por ahí dentro.

Lo primero que pensé fue: "¡Vaya! ¡Sí que es fácil conseguir blastos de esta manera!". Y es que nosotras ya hemos conseguido antes dos parejas de blastos como esta: uno bueno y otro regular. Pero cada una nos costó una FIV, con todo lo que eso implica: varios miles de euros, dos meses de tratamiento, una buena colección de hormonas para tomar, pinchar e inhalar, quirófano, mucho dolor e incluso una baja laboral.

Así que, por un lado, me sentí aliviada: nada de eso volverá a repetirse. Ya no es necesario. Al haber renunciado a mi genética, los tratamientos son mucho más sencillos (física, emocional y económicamente) para mí. Pero, a la vez, se me quedó una interesante cara de idiota, y volví a darle vueltas a una cuestión que me atormenta desde hace un tiempo: ¿en qué momento decidimos embarcarnos en las FIV? ¿Por qué no lo pensamos con más calma, por qué no valoramos otras opciones, si una parte de nosotras tenía clarísimo que ambas constituían un mal trago al que no nos queríamos enfrentar?

En fin.

Lo siguiente que me invadió fue una horda de malos recuerdos. ¿Blastos otra vez? No pude evitar que me recordaran a las primeras transferencias embrionarias, que me supieran a fracaso, a inmenso dolor. Debo confesar que haber probado con embriones en día +3 en el anterior tratamiento fue una novedad que me llenó de esperanza, aunque solo fuera por la mera novedad. Sin embargo, sé que no debo idealizar ese tratamiento, porque utilizar aquellos embriones también me llenó de miedo. Miedo por esos dos días extra que debían pasar flotando en mi útero, sin nada que hacer más allá de sobrevivir a unas condiciones que difieren bastante de las naturalmente óptimas. 

Y entonces llegaron los pensamientos optimistas.

Los blastos implican menos pinchazos de heparina, una implantación que, de producirse, tendrá lugar de manera inmediata, y, sobre todo y por encima de todo, una betaespera más corta. Además, son dos: dos blastos que, por primera vez, me pondré juntos. ¡Vivan los blastos!

Por lo demás, mentiría si dijera que he sentido amor a primera vista, como la otra vez. Lo que he sentido han sido nervios, miedo y muchas ganas de ocupar mi mente en otras cosas hasta que llegue el momento. Tengo claro que el éxito o el fracaso de este tratamiento depende más de la medicación antiabortos que de cualquier otra cosa, así que no me quiero volver loca con los embriones. Sé que las perspectivas son buenas, y eso me alegra, pero tampoco puedo decir que sea una novedad: llevo tres años de perspectivas estupendas y no he hecho más que comerme los mocos.

Así que, por ahora, mucha calma.
Ya cruzaremos los dedos cuando se acerque el momento.

martes, 28 de febrero de 2017

El teléfono vuelve a sonar

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Esta vez me pilló en medio de una reunión. No recuerdo por qué extraño motivo, tenía el teléfono encendido. Empezó a vibrar de pronto y yo casi me muero de vergüenza. En la pantalla aparecía uno de esos números que me suele llamar para venderme cosas que no quiero. Bajé el sonido para evitar la vibración y guardé el teléfono. 

A los diez minutos empezó a sonar de nuevo. ¡Qué pesados! Con ganas de esconderme debajo de la mesa, volví a mirar la pantalla. Pero ya no era el número de antes. Eran ELLOS. El nombre de la clínica aparecía bien grande en mi pantalla.

─¡Ay...!

Cuando llegué a casa, Alma me recibió con una sonrisa. Yo también sonreía. Hablamos de cualquier cosa mientras me quitaba los zapatos y el abrigo. Ninguna de las dos decíamos nada, hasta que lo dijimos.

─¡Han llamado!

Fue Alma quien cogió el teléfono. Le explicaron que ya nos llegaba el turno en la lista de espera para la adopción de embriones, y que en quince días volverían a llamarnos para que fuéramos a consulta con las pruebas nuevas. En realidad, esto puede querer decir cualquier cosa, porque la vez anterior nos dejaron esperando casi un mes por una llamada de la doctora que nunca se produjo, para después meternos prisa con una consulta que no nos habían pedido que pidiéramos.

Quiera decir lo que quiera decir, sin embargo, nos han llamado.

El tratamiento tardará, y lo sabemos. Todavía estamos a la espera de unos resultados y debemos acudir a una segunda cita en Inmunología. Además, la medicación para evitar otro aborto se empieza a tomar al menos un mes antes de cualquier intento. Estas dos circunstancias ya significan más de dos meses de espera... y lo que te rondaré, morena.

Pero nos han llamado.

Y mi corazón se ha puesto a latir como loco. Primero, de ansiedad. Ansiedad por cuadrar citas, ansiedad por resultados, ansiedad por protocolos, ansiedad por verle la cara, otra vez, a mi doctora de cabecera. Y después, de miedo. Miedo por el tratamiento, por mis reacciones emocionales, por el resultado. Ante todo y sobre todo, por el resultado.

Alma, sin embargo, está muy contenta. De su mano, poco a poco, voy encontrando algo de serenidad. Nos han llamado, y un nuevo intento es una nueva esperanza.

Podemos hacerlo.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

No pudo ser

Empecé a sospecharlo con los tests de embarazo.

Tenía la idea de hacerme un test al día hasta que la segunda raya saliera tan oscura como la de control. Me parecía una experiencia bonita, una forma de empezar a disfrutar (y a creerme) el embarazo, un recuerdo de esos primeros días.

Pero la raya no cambiaba de intensidad. El tercer test era tan claro como el primero, así que empecé a mosquearme. Hice algunas búsquedas en Internet y comprobé que, a veces, la diferencia se nota al cuarto o al quinto test. Yo tenía la sensación de que la segunda raya salía cada vez más rápido, pero no estaba segura de si era fruto de mi imaginación. Para no ponerme más nerviosa, decidí no seguir haciéndome test; aun así, no dejaba de pensar en que algo no iba tan bien como parecía.

Entonces llegó la beta: 135. En la clínica me aseguraron que era un buen número, que por encima de 100 consideraban que el embarazo iba bien y que no era necesario repetir la prueba. A mí, sin embargo, no me convencieron. En el mismo instante en que escuché esa cifra, me volví loca de preocupación. 

Hubo una parte de mí que, inmediatamente, dio por hecho que lo iba a perder. La conexión con el embrión, esa conexión que empezó a existir mucho antes de que estuviera conmigo, se rompió. Solo quería que acabara cuanto antes. Solo pensaba en mi cuerpo, en no pasar por la agonía y el calvario de la primera vez. Deseaba que todo se resolviera como en el bioquímico, que fuera suficiente con dejar la medicación.

Los síntomas de embarazo, tan contundentes desde varios días antes de ver el positivo, empezaron a desaparecer. Durante los dos días posteriores a la beta fue una sensación tan sutil que de nuevo esperé que fuera una consecuencia de mis miedos, no de mi realidad. Al tercer día, sin embargo, supe que estaba ocurriendo. Volví a hacerme un test y la segunda raya apenas se marcó, así que llamé a la clínica para pedir que me repitieran la beta.

Cinco días después de recibir el primer resultado, la beta había bajado a 17. En la ecografía no vieron nada raro. Se había parado, sin más. 

Por primera vez empezar a manchar cuando todavía estaba poniéndome la progesterona. Y, a los dos días de dejarla, llegó la menstruación.

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