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lunes, 22 de agosto de 2022

Un espacio para hablar de la enfermedad

En su momento, me costó mucho asumir la etiqueta de "infértil". Y no solo por lo que significaba, que ya era bastante duro de admitir, sino por el mero hecho de aplicarme una "etiqueta". Sentía que ya había tenido suficiente con todo lo que conlleva la asunción de una orientación sexual no normativa. No me apetecía embarcarme en el proceso de "identificarme" y "salir del armario" como infértil. 

Hoy veo todo aquel proceso de una manera muy diferente. Sigo creyendo que las etiquetas no son un reflejo exacto de nuestra esencia individual, pero también pienso que cumplen una función importantísima para comprendernos a nosotras mismas y a nuestra realidad, y también para comunicarnos con los demás. Sin etiquetas, que es lo mismo que decir "sin palabras", la complejidad nos abruma y el encuentro con los otros se torna casi un milagro. Además, a partir de una etiqueta podemos hacer todas las precisiones posibles, pero no podemos hacerlo igual a partir de la nada.

En todo este proceso, para mí, fue fundamental la escritura de este blog. Análisis tras análisis, prueba tras prueba, fracaso tras fracaso... fui asumiendo la realidad de mi cuerpo y de mi salud. Y lo hice a través de la escritura; de una escritura pública, además, con todo lo que eso implica en cuanto a exposición de la intimidad, pero también de apoyo y cariño por parte de muchas de las mujeres que me acompañaron en el camino. 

Hablar de mi diabetes potencial, de los abortos de repetición que sufrí, de mi síndrome de ovarios poliquísticos, de mis trombofilias y mi SAF, de las secuelas de un parto con violencia obstétrica que se quedaron para siempre conmigo... forma parte hoy en día de mi cotidianeidad. No siento un peso extraordinario al tener que comunicarlo ni tampoco al vivir con ello. Las circunstancias de mi cuerpo son mis circunstancias y me alegro de conocerlas y de poder tenerlas en cuenta para cuidar de mi salud. Este blog me ayudó a encontrar las palabras, y ahora fluyen naturalmente cuando las necesito. 

Pero además, me estoy dando cuenta de que este proceso ha tenido una consecuencia todavía más profunda para mi vida y para mi escritura, y es que ha creado un espacio para hablar de la enfermedad. De ese aspecto natural de la vida al que tanto insistimos en darle la espalda y en considerarlo extraordinario, cuando forma parte de quienes somos tanto o más que nuestra salud. Todos enfermamos, más o menos gravemente; todos tenemos achaques, divergencias funcionales o condiciones crónicas que condicionan nuestra vida. Ningún cuerpo es perfecto, nadie está sano al 100% y, sin embargo, la mayoría somos capaces de vivir y desarrollarnos a pesar de ello. O, más bien, con ello.

Contar con este espacio es para mí una alegría y un descanso en mis circunstancias actuales.

martes, 17 de diciembre de 2019

Gestando un nuevo proyecto

La economía mejora, pero no contagia - TN.com.ar

A mediados de septiembre, una amiga de Alma (que también es lectora de este blog) me afeaba que lo hubiera abandonado.

—No lo ha abandonado —le explicó mi mujer—. Es que tiene un blog nuevo.

Hasta aquel momento, ella era la única que conocía su existencia, y yo esperaba que la situación siguiera así por un tiempo. Pero Alma tenía otros planes y, desde entonces, no deja de insistirme:

—Enlaza ya tu blog.
—¿Has enlazado ya el blog?
—¿Cuándo vas a enlazar el blog?

Lo cierto es que me ha costado muchísimo arrancar y, durante varios meses, no me he sentido cómoda con la idea de que alguien lo visitara. Por primera vez me había animado a utilizar WordPress y, hasta hace dos días, el resultado era un auténtico fracaso. 

Pero también es verdad que por fin he llegado a un punto en el que, a pesar de todo el trabajo pendiente, me siento lo suficientemente cómoda como para darlo a conocer, así que allá voy: este es mi nuevo blog.

No es un blog de maternidad, aunque es evidente que ahora mismo la maternidad tiene un papel más que relevante en mi vida; y eso es algo que, necesariamente, debe reflejarse en mi escritura.

Se trata, más bien, de un espacio personal donde reflejar mis experiencias, reflexiones y emociones pasadas por un tamiz literario: una perspectiva muy valiosa para mí que, por motivos prácticos, ha estado ausente de gran parte de las entradas de este blog.

Esto no implica que vaya a abandonarlo. Entiendo que algún día encontrará su final, pero ese momento todavía no ha llegado. Aún siento que este es el lugar donde tengo que publicar mucho de lo que me ha pasado y me pasa, y espero poder dedicarme a ello ahora que mi nuevo proyecto ya no requiere esa energía brutal de los comienzos.

Si explico todo esto aquí es porque quiero justificar mi ausencia de los últimos meses, que no ha sido una ausencia planeada ni querida, sino más bien obligada; y porque me gustaría darle la oportunidad, a quien así lo quiera, de seguirme en mis nuevas andanzas. Pero siempre desde la conciencia de que este es un espacio muy peculiar con un trasvase difícil a otros cauces.

Es decir, que entiendo que mi nuevo blog no le interese lo más mínimo a la mayoría de quienes me leéis por aquí :)

En cualquier caso, lo comparto porque, para mí, es un proyecto muy ilusionante, con el que llevo soñando mucho tiempo, que he planeado desde que nació mi hija y en el que llevo trabajando casi un año, aunque haga mucho menos que he empezado a publicar.

Y también porque, durante muchos años, he sentido que la infertilidad paralizaba mi vida, dejándome sin energía para llevar a cabo ninguno de mis otros proyectos vitales, proyectos que me llenaban pero a los que no me sentía con fuerzas de enfrentarme.

Y me gustaría enviarles el mensaje, a quienes todavía están en ese estado, de que hay vida, mucha vida, al otro lado. Nadie me devolverá nunca el tiempo perdido, pero tampoco nada me va a llenar tanto de energía como salir victoriosa de ese viaje.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Parir el parto


El relato de mi parto ha sido, sin duda alguna, uno de los escritos más difíciles a los que me he enfrentado. Me ha llevado mucho tiempo, mucha ansiedad, muchas lágrimas y muchas noches en vela. De hecho, la mayor parte la escribí a altas horas de la madrugada, y si no me pilló el amanecer frente a la pantalla fue porque mi pequeña me reclamó para que le diera de mamar.

A pesar de todo ello, era necesario. Revivir cada uno de aquellos momentos, con todo detalle. Era necesario para vaciar mi mente de muchos de ellos, entregándolos a la escritura. Era necesario para que mi corazón fuera encontrando el equilibrio que, hasta hace poco, se le escapaba.

En cualquier caso, sé que este relato de mi parto es un relato sesgado. Se trata, ni más ni menos, del único que he podido hacer en este momento de mi vida. Pero mi parto es una experiencia que seguiré reelaborando, y puede que mucho de lo que he dejado entrever en la manera de escribirlo (y mucho de lo que he expresado directamente) cambie con el tiempo. Y lo sé porque no ha dejado de cambiar desde que nació mi hija.

Al principio, con el subidón posparto (un estado cuya existencia desconocía, pues pensaba que era alumbrar la placenta y lanzarse por el precipicio del bajón hormonal), todo me parecía estupendo. ¡Increíble pero cierto! Por aquel entonces, mi pensamiento se resumía en que nadie había tenido la culpa de nada. Nadie había tenido la culpa de que rompiera aguas y, como todo lo demás había sido consecuencia directa de ello, tampoco podía responsabilizar a nadie de todo lo que vino después. Con un síndrome de Estocolmo bien asentado, además, me sentía muy agradecida por casi toda la atención que recibí.

Esta situación se mantuvo durante toda la cuarentena, incluso diría que mejoró un tanto, pues con el paso del tiempo me fui sintiendo más y más afortunada. Había leído muchos relatos de mujeres que habían sufrido un parto como el mío y su experiencia había sido traumática, repleta de secuelas físicas, mentales y emocionales. Sin embargo, yo me sentía en paz con lo que me había ocurrido, ocupada como estaba en que los retos de la maternidad no me sobrepasaran.

Con el fin de la cuarentena llegó también el final de esta tregua que mi mente me estaba dando. Y empecé a volver a ese paritorio. Un día, otro día, otro día más. Volví a hablar del parto, a verbalizar lo que había ocurrido, a angustiarme. No todo había sido casualidad, no todo había estado bien. Sin previo aviso, las imágenes regresaron a mi mente: la ginecóloga entre mis piernas, el ginecólogo apretando mi abdomen. Solían visitarme justo al borde del sueño, cuando la conciencia es más vulnerable, regalándome mis primeras noches de insomnio.

Junto a estos síntomas de estrés postraumático, emergió también un sentimiento que se había estado larvando durante toda la cuarentena: la culpa. ¿Y si yo había hecho algo que precipitara el parto? ¿Y si el miedo que tenía a una inducción fue la causa, precisamente, de que rompiera aguas y la pesadilla se hiciera realidad? Y una vez en el paritorio, ¿por qué no fui capaz de empujar? ¿Cómo no pude juntar toda la fuerza de mi cuerpo para ayudar a mi hija a nacer?

Esta impotencia, además, había dejado una huella en mi cuerpo. Mi hija tenía dos meses, tres meses, y yo sentía que todavía no había parido. Mi cuerpo no hacía más que buscar fuerzas, que juntar fuerzas para empujar. A veces, me descubría en tensión, pensando: "¡Ahora!". Lo hacía mi cuerpo solo, lo anhelaba. Habían pasado cuatro meses y yo todavía empujaba.

Fue en este punto donde la escritura vino en mi ayuda. Relatar el parto me ayudó, en primer lugar, a reconciliarme conmigo misma. Todas las cosas que me echaba en cara recobraron su equilibrio. Entendí que un parto puede empezar de cualquier manera, también rompiendo aguas. Y que si los protocolos de intervencionismo médico son tan denostados es porque verdaderamente llegan a impedir que el cuerpo haga lo que sabe, como ayudar a que un bebé descienda por el canal de parto y salga.

Además, reviviendo aquellos momentos comprendí también que, cuando imaginaba el parto, siempre olvidaba un pequeño gran detalle que a la hora de la verdad marcó la diferencia: que era mi hija quien nacía. Yo me había mentalizado para centrarme en mí misma: en mis sensaciones, en mi dolor, en mi fuerza, como si mi hija fuera un personaje secundario que solo al final cobraría cierto protagonismo. 

Pero cuando realmente llegó el momento, no fue así. Muchas de las decisiones que tomé, como salir corriendo hacia el hospital, fueron pensando en el bienestar de mi hija. Acertara o me equivocara, el simple hecho de haberlas tomado pensado en ella me dice que fueron correctas. Creo que ese cambio de mentalidad fue el que realmente me convirtió en madre, pero solo he sabido verlo cuando he vuelto la mirada atrás y me he observado desde fuera.

Por otro lado, el enfado y la indignación que siento cuando pienso en la atención médica que recibí no han hecho sino aumentar durante todo este tiempo. Poco a poco he ido superando mi síndrome de Estocolmo para entender que no todo estuvo bien. Sé que en mi parto hubo una dosis exagerada de mala suerte: que Hospital Elegido estuviera lleno, que fueran precisamente esos ginecólogos los que tuvieran guardia en nuestro hospital... Pero también hubo una importante cantidad de actuaciones nefastas cuyas consecuencias he pagado en mi cuerpo, en mi mente, en mi corazón.

Hoy más que nunca confío en que sea también la escritura lo que me ayude a ordenar mis ideas para aportar un granito de arena contra esa violencia obstétrica que, entre todos, hay que conseguir erradicar.

viernes, 6 de abril de 2018

Escribir es vivir


Cuando veía que otras mujeres embarazadas daban a luz y abandonaban sus blogs, aunque solo fuera durante un tiempo, siempre pensaba: "Eso no me ocurrirá a mí. Porque la escritura forma parte de mi vida, se imbrica con ella precisamente en los momentos más intensos, así que, cuando mi bebé nazca, escribiré, seguro. Escribiré más que nunca, de hecho".

Ya.

Supongo que es una más de las tantas bofetadas de realidad que la Vida me ha ido dando en las últimas semanas, desde que nuestra pequeña nació y descubrí que nada era como me imaginaba.

A veces me pregunto si es que soy demasiado inocente, demasiado listilla, o si tal vez tengo mucha menos imaginación de la que creo. El caso es que nunca acierto cuando imagino las experiencias más importantes de mi vida, como trabajar de profesora, vivir con Alma o tener un bebé. Yo creo que van a ser de una manera y resulta que son de otra muy diferente. Al principio, mucho peores: es lo que tienen las expectativas; al menos, las mías. Después, mejoran. Se vuelven reales y mejoran.

Como en ocasiones anteriores, esta vez me he vuelto a ver sobrepasada por todo lo que supone recuperarse de un parto y atender a un bebé recién nacido. Aún así, he escrito. He escrito más que nunca, de hecho. Pero no con mis dedos, en un teclado. Ni siquiera sobre un papel. He escrito mucho, como tantas otras veces, pero en mi mente

Es un hábito antiguo que tengo: reelaborar mis experiencias, más cuanto más intensas, a través de la escritura, aunque sea una escritura mental. Y, en esta ocasión, no ha sido diferente. Escribir me ayuda a pensar, a ordenar el caos existencial en el que tiendo a sumergirme, a asumir lo que me ocurre y a planear (aunque luego nada salga como había imaginado) lo que vendrá.

Aun así, mis dedos bullen con la necesidad de ver plasmados todos mis escritos mentales en una pantalla. Quiero contar, más que nunca, cómo fue el final de mi embarazo y el principio de esta aventura que es la maternidad. 

Nos lo merecemos. Mis dedos y yo, y todos los ojos que nos leen :)

sábado, 18 de febrero de 2017

Escribir o no escribir

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Me gusta mucho escribir. Me gusta desde siempre, prácticamente desde que aprendí. A lo largo de mi vida, he escrito mucho: muchos diarios, muchas cartas y correos electrónicos, muchas entradas en distintos blogs... y algún que otro poema, canción, relato.

Escribir más se encuentra cada año entre mis buenos propósitos, porque me aporta felicidad y alegría, me crea placer estético y me permite apropiarme de mis experiencias, reconstruirlas a través de la Literatura. 

Hay tantas cosas que quisiera contar... Sin embargo, también hay otras que quisiera olvidar para siempre. Arrugarlas como hojas de papel y desecharlas cuanto antes de mi memoria.

Gran parte de las experiencias que relato en este blog pertenecen a este último tipo. A pesar de ello, hace algún tiempo que decidí comprometerme con esta experiencia, apropiarme también de ella, aunque sea desagradable, aunque la mayor parte del tiempo no me provoque más que ganas de salir huyendo.

A cada paso, no obstante, me surgen dudas. No sé si escribir este blog es bueno para mi salud mental. No sé si obligarme a relatar experiencias tan negativas como las que estoy viviendo me ayuda o me hunde más todavía. 

Cuando me ocurre algo doloroso, mi primer impulso es dormir, dormir mucho, y a la mañana siguiente, que puede ser después de muchas mañanas, procurar ver la vida desde una perspectiva más optimista. Mirar hacia delante con confianza y regresar al pasado solo cuando me sirve de lección constructiva. Normalmente, esto solo ocurre con el tiempo, por eso no sé qué sentido tiene relatarlo "en directo".

Yo no soy de esas personas a quienes les gusta regodearse en los aspectos truculentos de la existencia. A mí me gusta fijarme en los pequeños grandes detalles que hacen que la vida merezca la pena. Tampoco me satisface elaborar un relato pormenorizado de los agravios que recibo. Incluso aunque sepa que, a veces, es necesario, que es sano cagarse en todo, despotricar, blasfemar y poner reclamaciones. Mi primer impulso es siempre vaciar mi corazón del lodo, dejar espacio para que vuelva a fluir el agua clara, y pensar que quienes actúan de malas maneras recibirán el castigo del karma.

Pero tampoco estoy segura de que sea esa la actitud correcta. No se puede ir por la vida como Caperucita por el bosque. Porque la vida no consiste solo en recoger flores y merendar con la abuelita: también hay que enfrentarse al lobo. Enfrentarse al lobo y hablar del lobo. Porque irse a dormir para despertarse a la mañana siguiente con el ánimo renovado no hace que el lobo desaparezca.

Así que ese es mi dilema: escribir o no escribir. Obligarme a relatar lo que quisiera olvidar u olvidarlo tal y como deseo. Apropiarme de las experiencias negativas dando testimonio de ellas o dejar que se transformen en experiencias positivas con el tiempo. 

Es posible que, como ocurre tantas veces, mi dilema sea un falso dilema. Se trata, más bien, de saber entreverar la escritura con el tiempo. Algunos temas piden un golpe de calor y otros, un reposo prolongado que los haga coger cuerpo. 

No sé qué tal se lleva esto con la escritura de un blog. 
Habrá que comprobarlo...

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Amar la trama

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Antes de empezar este blog, llevé otro durante seis años.

Fue una experiencia inolvidable. A lo largo del tiempo, me fueron siguiendo cada vez más lectores, conocí otros blogs muy interesantes, hice algunas amigas, acudí a encuentros de blogueras, me recomendaron en una revista, escribí algunas reflexiones que se publicaron en un libro colectivo, e incluso, una vez, leyeron una de mis entradas por la radio.

Cuando Alma y yo rompimos, sin embargo, sentí la necesidad de dejarlo. Fue una decisión muy difícil, porque tenía mucho que perder: lectores, contactos, oportunidades que, muy posiblemente, nunca podría recuperar. A pesar de todo, llevaba ya un tiempo añorando algo más íntimo, personal, literario, incluso ficcional. Había muchos temas sobre los que deseaba escribir que no cabían en aquel blog, así que decidí arriesgarme y empezar de nuevo.

Pasé varios meses descansando, reuniendo ideas, mirando diseños, planificando entradas. Tan solo invité a dos de las personas que leían mi blog anterior a conocer este. Quería que fuera tomando forma antes de "presentarlo en sociedad": algo que nunca llegó a ocurrir.

Evidentemente, este blog no nació como un blog sobre maternidad, ni, mucho menos, sobre reproducción asistida. Al principio, solo una de cada cuatro o cinco entradas iban sobre estos temas. El resto trataba sobre otras cosas que me interesaban: reflexiones personales, experiencias, anécdotas. Escribía sobre Literatura, sobre los animales, sobre activismo y política. Esperaba que la maternidad se fuera incorporando paulatinamente a mis intereses, sin grandes sobresaltos, sin un antes y un después, de manera sencilla y natural.

A los pocos meses de empezar, sin embargo, mi propósito inicial se quebró. La experiencia de la reproducción asistida había ido fagocitando mi vida y, consecuentemente, acabó por fagocitar también mi blog. A partir de ese momento, el rechazo que sentía  hacia todo lo que me estaba pasando se concentró en un odio enconado hacia él. 

Anteriormente, había leído algunos blogs sobre reproducción asistida, la mayoría escritos por madres lesbianas. Por una parte, me resultaban interesantes porque, gracias a ellos, iba conociendo un proceso al que suponía que algún día me tendría que enfrentar. Pero, por otra, la mayor parte de las entradas me parecían insufribles. ¿Por qué escribían esas entradas tan largas hablando del tamaño de sus folículos o de las dosis exactas de su medicación? ¿Para qué publicaban los resultados de sus análisis, la descripción exacta de pruebas que parecían haberse llevado a cabo en una carnicería? ¿A quién le podría interesar...?

Y, de pronto, me descubrí haciendo lo mismo. No porque así lo hubiera decidido, no porque hubiera cambiado mi percepción. Simplemente porque, a pesar de lo ridículo que una vez me había resultado, llegó un momento en mi vida en que todo lo que me importaba se reducía a los milímetros que había crecido o no un folículo, a la cantidad exacta de hormona que tenía que pincharme en la siguiente inyección.

No solo el proceso de reproducción asistida se alargaba, se complicaba. No solo no me quedaba embarazada o comenzaba a abortar. Sino que también mi otro proyecto, mi otra ilusión, el blog por el que tanto había arriesgado, se había convertido en un compendio de lo que nunca habría querido llegar a escribir. Durante meses lo odié, planeé abandonarlo, borrarlo entero y empezar de nuevo, en otro lugar y con otra identidad, como si nada de esto hubiera pasado.

Pero las cosas no funcionan así. Con el paso del tiempo, fui entendiendo que esta era la experiencia que me había tocado vivir. La entrada en la maternidad, que yo había imaginado breve y sin complicaciones, ha resultado ser una batalla más en mi vida, tan larga y dura como las anteriores. El momento de escribir ese blog que imaginaba no es ahora; ahora es el momento de escribir justamente el blog que escribo: un blog sobre mi camino, sobre mi experiencia, sobre el tamaño de mis folículos y la dosis exacta de mi medicación. 

Desde hace ya un tiempo, afortunadamente, he aprendido a amar la trama: la trama de mi vida y la trama de mi blog. Y me he comprometido con ambas, haciéndolas mías, dejando de rechazarlas, de escabullirme hacia otros mundos donde mi historia es diferente, porque esos mundos no existen más que en mi imaginación. 

La realidad es esta. La realidad son pruebas dignas de una carnicería. La realidad son inyecciones, pastillas, ecografías, consultas médicas una y otra vez. No es la realidad que imaginaba ni la historia que quería escribir, pero es la única que existe y eso, contra todo pronóstico, puede estar bien.

Así lo vengo sintiendo desde hace un tiempo y, para honrar ese camino, este verano decidí incluir en el blog una página especial que resumiera todo el proceso, todo lo que hemos pasado en esta búsqueda del embarazo. Me costó mucho recordar algunos momentos que ni siquiera he sido capaz de contar, como mi primer embarazo; pero, finalmente, logré llevarlo hasta el presente, dejándolo en suspenso hasta conocer el resultado del último tratamiento. 

Después, necesité recuperar las fuerzas para culminarlo. Hoy puedo decir, no obstante, que lo he logrado. Inauguro esta nueva página como símbolo de mi reconciliación con la vida y con la escritura. Abrazo con ella mi experiencia y la asumo como propia. Aunque siempre lo haya sido, porque nunca hasta ahora he entendido el esfuerzo que conlleva reconocerla como tal.

domingo, 1 de febrero de 2015

El reto de los 21 días



Cuando era más joven, me encantaba estrenar año. Recibía 365 días nuevos y sentía que una infinidad de cosas buenas me podían ocurrir. Me gustaba mucho pensar en nuevos propósitos que mejorasen mi vida; simplemente planearlos ya me llenaba de energía e ilusión.

Desde hace algunos años, sin embargo, me dedico a fluir, pero no con un sentido positivo. Creo que todavía me gobierna la incómoda sensación de que no puedo controlar las cosas que me pasan, de que mi vida es tan solo lo que se le permite que sea desde algún lugar misterioso, por lo que mis buenos propósitos apenas pueden consistir en sobrellevar este devenir caótico y frustrante de la mejor manera posible.

Si bien en los últimos años he sido golpeada por situaciones que yo no podía controlar, y aprender a fluir con ellas ha sido una gran lección de vida; también es verdad que no todo lo que me frustra o me duele resulta ajeno a mi control. Así que, después de empezar el año completamente vacía de fuerza e ilusión, decidí hacerme un único propósito de año nuevo, algo que me vivificase de alguna manera y me ayudase a retomar la confianza en que al menos algunas cosas en mi vida sí que dependen de mi voluntad.

Dicen que para consolidar un nuevo hábito en nuestra rutina son necesarios 21 días. En realidad, por lo que he estado leyendo, el tiempo necesario depende de la actividad, y suele oscilar entre tres semanas y un año. Sin embargo, para lo que yo me proponía, que era recuperar la ilusión por tener ilusión, me pareció bien marcarme una cifra simbólica. Así que me propuse un reto de los 21 días dedicados a escribir.

jueves, 1 de mayo de 2014

Plenitud



Despertarme temprano y descubrir que ya no tengo más sueño, mientras el mundo permanece dormido.

Sentir el bullir de las ideas tras la frente. Empezar a componer con el auxilio de la memoria. Dejar que las palabras tomen forma antes de levantarme de un salto para encender el ordenador.

Calentar el agua en un cazo, elegir un té denso, fuerte, hervirlo hasta que su aroma sea capaz de formar una ligera nubecilla sobre la taza.

Subir la persiana despacio, silenciosa. Mirar al cielo y darle los buenos días a la mañana.

Comenzar a teclear, rápido, despacio, buscando el ritmo, mientras aquel líquido caliente, dulce y amargo, desciende por mi garganta.

Saber que este es el lugar donde quiero estar, que este es el momento que quiero vivir.

Sentir la plenitud de que mi vida es tal y como debe ser.

miércoles, 23 de abril de 2014

Mi diario de maternidad


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Hace meses que escribo un diario de maternidad. Empecé apuntando las fechas importantes, cuándo nos habíamos hecho cada prueba y cómo había ido, pequeñas anécdotas... También le pegué algunas fotos de revistas que me resultan evocadoras. Y últimamente he añadido unas cuantas reflexiones y sentimientos. 

Para mí, escribir un diario es algo bastante natural. Comencé mi primer diario con catorce años, y no dejé de escribir en él casi cada día hasta los dieciocho, así que guardo un registro minucioso de la mayor parte de mi adolescencia. Después, he tenido temporadas de volver a escribir incluso varias veces al día, y otras de no poner una palabra durante meses. Con el tiempo, mis diarios se han ido haciendo menos anecdóticos y han pasado a tener un carácter más reflexivo, aunque siempre han cumplido una función fundamental en mi vida: la de desahogo.

Este diario, sin embargo, es diferente.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Trabajos de alfarería



Sostener una idea entre mis dedos
(húmedo bloque de viscoso barro).
Otorgarle esa forma primigenia:
masa que alumbra el hueco de mis manos.
Hacer que gire lenta y suavemente 
en el papel del torno o del teclado.
Prender su carne y verla arder en llamas
del ladrillo la firmeza esperando,
para que enhiesto se sostenga y vuele
(Fénix de arcilla recién moldeado)
o se derrumbe y con desdén lo envíe
al triste limbo del hijo bastardo.

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