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jueves, 18 de enero de 2018

Segunda revisión en Inmunología

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Entre las semanas veinte y veintidós, me hice el análisis de seguimiento correspondiente al segundo trimestre de embarazo. Hasta donde yo sé, la frecuencia de estos análisis es variable, pues hay chicas que controlan su factor anti-Xa cada mes. En mi caso, los análisis son por trimestre, además de un primer control entre tres y cinco días después de empezar a inyectarme heparina. Así que el último me lo había hecho cuando estaba de siete semanas. El inmunólogo, no obstante, me había ofrecido hacerme un control intermedio para que me quedara más tranquila, pero la condición que me puso (que hubiera engordado algunos kilos) tardó mucho en cumplirse, así que, finalmente, no mereció la pena.

En esta ocasión, fue Alma a recoger los resultados. Cuando llegué a casa de trabajar, me dio el informe, y yo lo abrí nerviosa, asustada. Mi experiencia hasta entonces había sido la de unos anti-Xa demasiado bajos, a saber: mandarle al inmnólogo los resultados a la carrera, comerme las uñas hasta los codos esperando a que me contestara al correo, buscarme la vida con mil trucos para aumentar la dosis de heparina mientra conseguía recetas, y, sobre todo, temer cada día por la salud de mi bebé, obligado a crecer en un ambiente hostil. Esta vez, al menos, sabía que podía ahorrarme algunos pasos porque no me pongo toda la dosis de heparina que viene en las inyecciones, así que sería fácil aumentarla: quizá parece una tontería, pero a mí me dejaba mucho más tranquila.

La cifra que aparecía en el informe, sin embargo, estaba más allá de mis mejores presagios: 0,46 UI/ml. Casi rozando el límite superior, que para mí es de 0,5 UI/ml. Así que miré a Alma muy calmada y le dije:

–Está bien.

Guardé el informe, me quité el abrigo, dejé las cosas. Después, me fui al dormitorio para cambiarme de ropa y, una vez sentada en la cama... rompí a llorar como una posesa. Los miedos de tantos meses, la angustia de aquella mañana, esa permanente e incómoda sensación de no poder bajar la guardia... todo pareció evaporarse de pronto, dejando en su lugar una hermosa certeza: el peligro había pasado, mi bebé iba a nacer.

–Va a nacer, va a nacer... –me repetía en alto, entre lágrimas, intentando convencerme a mí misma de que sí, de que esta vez ocurriría, de que era verdad.

Tal y como me explicó el inmunólogo durante la consulta, los resultados demostraban que mi problema residía en las reacciones inmunes de mi cuerpo durante el primer trimestre. Una vez superado ese periodo (¡algo imposible sin la medicación adecuada!), mi cuerpo había logrado acostumbrarse a la presencia de ese "agente extraño" que es nuestra hija y, por fin, se había relajado. No obstante, debía seguir inyectándome la misma dosis de heparina, aunque, con toda probabilidad, podríamos bajarla un poco durante el tercer trimestre, a medida que se acercase el parto.

Los otros parámetros también estaban muy bien. La homocisteína, por ejemplo, había bajado hasta 3,73: el propio inmunólogo me dijo que hacía mucho que no veía una homocisteína bajar tanto solo con ácido fólico masivo y una dosis prenatal de vitamina B12. En mi humilde opinión, esa bajada tan drástica se habría producido al dejar la metformina, un medicamento que aumenta los niveles de este aminoácido. Yo tampoco había visto nunca mi homocisteína tan baja, pero también es verdad que esta era la primera vez que la medía sin metformina de por medio.

En el caso de la vitamina D, estaba en 54, así que, esta vez, el inmunólogo decidió bajarme la dosis en un par de gotas. Los anticuerpos también nos dieron una alegría: tal y como el inmunólogo había predicho, no se habían disparado: la anti-beta-2 glicoproteína IgM había bajado de 9,70 a 5,30 y la anticardiolipina IgM había subido de 6,24 a 9,43; los valores IgG estaban bajos (1,59 y 1,43 respectivamente). Estos resultados corroboran la idea de que mi SAF es obstétrico y que afecta a mis embarazos, sobre todo, durante el primer trimestre.

La única pega que puedo poner a esta revisión es que, nuevamente, tuvimos que gastarnos una pasta en los análisis tras toparnos con la puerta cerrada en Hematología de la Seguridad Social. Es algo que me indigna, porque nosotras, aunque con mucho esfuerzo, podemos costearlos, pero, ¿qué pasa con todas esas chicas que, pudiendo tener mi mismo diagnóstico, medicación y seguimiento, no consiguen salir del bucle de los abortos de repetición? ¿Qué pasa con nuestro derecho a la salud? ¿Por qué no está cubierto por esa Seguridad Social que todos contribuimos a sostener?

Personalmente, no estoy a favor de la sanidad privada. Hacer negocio con la salud me parece inmoral; discriminar a los pacientes por su poder adquisitivo, también. No encuentro justificación ninguna porque creo que no la tiene. A pesar de ello, he tenido que acudir a estos servicios para poder llevar un embarazo adelante: en un primer momento, porque la sanidad pública me negaba los tratamientos a causa de mi orientación sexual; y ahora, porque la misma sanidad pública se niega a reconocer la enfermedad que padezco.

Me saca de quicio. Y me gustaría hacer algo para cambiarlo. ¿Alguna sugerencia...?

sábado, 11 de noviembre de 2017

¿Qué significa ser diabética?

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Hace unos días tuve mi última consulta con la endocrina. Según sus propias palabras, tanto mis glucemias como el aumento de peso son "perfectos", propios de una mujer que no tuviera diabetes. "Pero la prueba de la glucosa te salió mal, así que eres diabética". Durante el resto del embarazo, me controlarán las enfermeras y, tres meses después de dar a luz, tendré que repetirme la dichosa prueba para que "nos aseguremos" de que todo ha regresado a la normalidad.

Cuando se lo conté a Alma, ella dio voz a los pensamientos que invadieron mi mente al saber que la "normalidad" implicaba una prueba de glucosa "normal":

–Pero... ¡te va a volver a salir mal! ¡Te van a decir que eres diabética!

Como ya expliqué en su momento, mis pruebas de glucosa salieron MAL con mayúsculas. Yo no soy de las que se pasaron "por poco" de los límites: yo reventé el concepto mismo de límite; por lo que estoy absolutamente segura de que no se trata solo del embarazo, sino del funcionamiento de mi páncreas en general. Así me lo hizo saber también una de las enfermeras de Endocrinología: mi páncreas no tolera la entrada masiva de glucosa en mi organismo, ni durante el embarazo, ni fuera de él. Así que me estoy haciendo a la idea de que pronto obtendré la etiqueta de diábética, sin apellidos.

Pero, ¿qué significa ser diabética? Después de recibir el diagnóstico, cuando empecé a recuperarme del golpe y me volvieron las fuerzas, estuve investigando un poco sobre el Test O'Sullivan. Y lo que encontré me gustó bastante. Porque resulta que no somos solo las embarazadas a quienes nos sienta mal esta prueba las que tenemos una perspectiva crítica sobre ella, sino que dicha perspectiva también existe entre los profesionales de la salud. 

Una de las críticas que se le hacen a este test es el hecho de que se diagnostique una enfermedad basándose en un escenario creado de manera artificial que apenas tiene correspondencia con la vida real. Es decir, que nuestro páncreas nunca se va a tener que enfrentar a la ingesta masiva de glucosa tras un ayuno prolongado, puesto que no comemos así. De hecho, existen alternativas a la prueba, como hacerla tras un desayuno copioso que contenga diferentes grupos de alimentos; o también monitorizar las glucemias durante el periodo de tiempo que se estime oportuno. Es verdad que estas alternativas no permiten estandarizar los resultados, ya que no se controla la cantidad exacta de glucosa que se ingiere. Pero sí que demuestran, sobre todo en el segundo caso, cuál es el funcionamiento real del páncreas.

En este sentido, yo me pregunto cuál habría sido mi diagnóstico si viviera en un país donde, por ejemplo, se monitorizaran las glucemias en vez de realizar el Test O'Sullivan. Por pura curiosidad, he hecho las medias de mis glucemias desde que las mido dos veces por semana, y los resultados son los siguientes:

Haz clic en la imagen para ampliarla.

Además, de todas las glucemias, un 35% está por debajo de 70 (es decir, que son hipoglucemias), mientras que solo un 2,5% se encuentra por encima de 95 (el máximo antes de las comidas) o 120 (el máximo después de las comidas, que sube a 140 tras la cena, porque las mido una hora después para poder acostarme temprano).

Por supuesto, estas glucemias se enmarcan dentro de una dieta en la que no se incluye nada de azúcar y los hidratos de carbono complejos están repartidos a lo largo del día (no diré restringidos, porque solo lo están en apariencia: en cada comida no puedes pasarte de una cantidad determinada, pero si sumas todos los del día, resulta un auténtico atiborre). No obstante, se trata de una contexto más que suficiente para que mi páncreas se comporte como si no tuviera ningún problema; si bien es verdad que, en las contadas ocasiones en que me ha desviado mucho de la dieta, lo he notado (definitivamente, ponerse hasta las cejas de judías pintas con arroz no es una opción).

En cualquier caso, aunque considere que el dichoso O'Sullivan es más un atentado contra la salud que una prueba fiable, y aunque mis glucemias no se parezcan en nada a las de una persona diabética, no cuestiono la realidad: la mayor parte de las embarazadas salen airosas de esta prueba y a mí casi me revienta por dentro. Mi páncreas no tiene un funcionamiento normal y yo soy consciente de ello: como he dicho en otras ocasiones, por eso tengo SOP; de lo contrario, no lo tendría.

Por tanto, si ser diabética significa esto, que mi páncreas no soporta el azúcar y que debo eliminarlo de mi dieta, a la vez que equilibro la ingesta de hidratos de carbono... pues tampoco es ninguna novedad. Nunca lo había visto en cifras, pero los estragos que provoca en mi cuerpo los tenía yo medidos de otras maneras. Por ejemplo, una vez estuve en una comida campestre y me pimplé yo sola una botella de refresco. Bueno, pues al día siguiente me levanté con la cara arrasada de granos. También en este embarazo, cuando empecé a tomarme las cuatro galletitas maría de la merienda, sufrí un brote de acné que me traía por la calle de la amargura. Fue sustituirlas por galletas sin azúcar y disfrutar de una cutis por el que habría matado durante los últimos doce años. Así que no, sorpresa ninguna.

De hecho, si ser diabética oficial me da la fuerza que a veces me falta para resistirme a algunos dulces e implica un mejor cuidado de mi salud en todos los sentidos... pues bienvenido sea. No es que me haga una ilusión particular tener que ir a revisiones o controles frecuentes (aunque tampoco sé muy bien cómo va), pero ir rebotando de Ginecología a Dermatología durante más de una década, sin diagnóstico y sin solución a mis problemas, tampoco era ninguna bicoca. 

Tal y como comentamos muchas veces la enfermera de Endrocrinología y yo, la dieta que sigo es una dieta saludable, sin restricciones importantes (más bien con racionalizaciones importantes), de la que la mayor parte de la población se beneficiaría. Porque el azúcar no es bueno, no solo jode el páncreas, aunque este es un tema que daría para otras entradas. En ese contexto, además, no necesitaría otros cuidados médicos: ya me dijo la endocrina que ni siquiera me recomendaba la metformina para mi vida cotidiana, aunque si quería volver a quedarme embarazada, no le parecía mal que la utilizara para mejorar mis posibilidades.

Lo que me molesta de esta situación, con lo que no termino de estar de acuerdo, es el hecho de que se me diagnostique de diabetes en vez de explicar mi cuadro a partir del SOP. Porque eso implica, de nuevo, volver a infravalorar ese diagnóstico y la propia enfermedad, seguir obviando sus consecuencias y dejar sin tratamiento muchos de los síntomas que conlleva. 

Mientras los médicos sigan considerando que el SOP es una enfermedad de gordas histéricas sin apenas consecuencias, las mujeres que lo sufrimos seguiremos viendo cómo nuestra calidad de vida disminuye y acaba derivando en enfermedades "serias" que podrían haberse evitado. La infertilidad, el sobrepeso, el acné, la alopecia y la depresión (que a mí me parece una consecuencia obvia de lo anterior) se seguirán valorando como achaques independientes sin ninguna gravedad, y cuando la falta de cuidados nos produzca diabetes de la chunga o problemas cardiovasculares, los médicos seguirán sin ver el cuadro completo y sin ofrecernos, por tanto, el tratamiento interdisciplinar que requerimos.

Así que lo que me importa ahora no es que me diagnostiquen o no de diabetes, sino saberme obligada a continuar, quién sabe durante cuánto tiempo, la desoladora batalla por el SOP.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Diabetes gestacional

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Nota mental: entregarme sin tardanza a los juegos de azar, 
porque está visto que ME TOCA TODO.

Que tenía bastantes boletos para la diabetes gestacional ya lo sabía, porque sufrir SOP ya implica una alteración en el metabolismo de la glucosa. Así que, cuando la matrona me avisó de que me iba a programar el famoso test O'Sullivan para el primer trimestre, después de haberle explicado que tomaba metformina y el motivo por el que lo hacía, me sentí aliviada y reconocida a un tiempo. Aunque fuera por parte de la misma matrona que, cinco minutos antes, me había aconsejado que me atiborrara de bollos porque necesitaba engordar muchos kilos.

El día de la prueba, que coincidió con el análisis del primer trimestre, la enfermera que supervisó cómo me tomaba el dichoso mejunje me bajó de la nube de un guantazo: "Sabes que tienes que hacerte la curva, ¿verdad? Hay varios motivos para mandarla en el primer trimestre... Tú... ¿cuántos años tenías?". La pregunta me humilló profundamente. No porque el protocolo a partir de los treinta y cinco sea hacer la curva antes, que me parece estupendo; sino porque yo creía que la matrona era sensible al SOP y a sus estragos, y resultó que no lo era.

Nota mental: los sanitarios sensibles al SOP y a sus estragos 
NO EXISTEN.

Al principio, llevé la prueba muy bien. Me dieron a elegir sabor y yo escogí el de limón. Estaba fresquito y rico y me lo bebí en un par de tragos. Luego volví a sentarme en la sala de espera, más contenta que unas castañuelas (y más inocente que el asa de un cubo).

A los diez minutos, claro, la cosa empezó a ponerse fea. Me entró una taquicardia que pensé que no lo contaba y unas ganas de vomitar el limoncito rico que casi no lo cuento. Lo peor fue que me pilló completamente de improviso, pues no me imaginaba que pudiera ocurrir de ese modo. Yo pensaba (¡ingenua de mí!) que el mejunje te daba asco al primer sorbo o no te daba; sobre otros efectos secundarios tipo taquicardia no había oído hablar en mi vida. Pero resulta que estas cosas pasan, tal y como pude comprobar en mis propias carnes.

A la media hora, afortunadamente, me recuperé, sin vómitos ni colapsos cardiacos de por medio. Esperamos al segundo pinchazo, desayuné tostadas con tomate y café con leche, y nos marchamos a casa. Ya en casa, pasadas tres horas de la ingesta del veneno (que otro nombre no merece el puto limón), otra vez jarana: una hipoglucemia a la altura de la hiperglucemia que me había provocado una taquicardia. Mareos, sudores fríos, temblores, atiborre de galletas repletas de azúcar (más veneno para el veneno) y una siesta-desmayo de la que pensé que no me despertaba.

Nos dieron los resultados el mismo día de la ecografía de las doce semanas. Y resultó que la curva había salido alterada: los 73 mg. de glucosa en ayunas se transformaron en 249 una hora después del envenenamiento consentido. Porque yo no soy de las que supera ligeramente el límite, no: ¡yo me quedé bien a gusto! Poca taquicardia me dio para la potencia letal que adquiere la glucosa en mi organismo...

—Hay que hacerte la curva larga —me dijo la ginecóloga, que había adornado el resultado con tres signos de admiración—. Aunque con estos valores... te volverá a salir alterada.

En aquel momento, lo de alterada o no alterada me daba bastante igual. Lo que realmente me acojonaba era tener que volver a enfrentarme al mejunje asesino. Si 50 g. de glucosa me habían puesto al borde del colapso, ¿qué no harían 100 g. ...?

Todavía en la semana doce, volvimos a la carga. Pedí otra vez el sabor limón, pero intenté tomármelo más despacio. Me sentía como Sócrates frente a la cicuta, pero sin un ápice de dignidad. La enfermera que me tocó, sin embargo, no se anduvo con chiquitas, y me metió toda la prisa que pudo, reloj en mano. Yo le expliqué que estaba asustada porque en la curva corta me había dado una taquicardia. Ella lo consultó con otra enfermera y me hicieron una prueba de glucosa "exprés" pinchándome en el dedo. El valor saldría bajo (mis glucemias en ayunas siempre son bajas), porque cuchichearon algo así como "Está bien" y me azuzaron para que terminara.

En cuanto me senté en la sala de espera, me puse a hacer respiraciones para intentar controlar la taquicardia. Y la verdad es que, entre que ya no me pillaba de sorpresa y que parecía que iba a dar a luz allí mismo, no lo pasé tan mal como la vez anterior. Eso no quiere decir, claro, que no notara mis venas palpitando como si se fueran a salir del brazo durante la media hora que me pasé apretándome el pinchazo (porque cortar el sangrado cuando llevas adiro es una odisea aparte).

Lo mejor llegó cuando, en pleno fragor de la batalla, se me sienta al lado un hombre que no olía precisamente a rosas. Semana doce, 100 g. de glucosa deseosos de escapar de mi estómago, una mano inutilizada y la otra ocupada en cortar el chorro de sangre que brotaba de mi brazo. Apoteósico.

Nota mental: si algo MÁS puede salir mal, SALDRÁ MAL, ¡seguro!

Finalmente, los hados debieron apiadarse de mi alma y logré aguantar el hedor sin vomitarme encima, hasta que el hombre se marchó adonde quiera que fuera. Segundo pinchazo, tercer pinchazo y cuarto pinchazo. Las enfermeras alucinaban porque no se me habían quedado moratones, pero yo ya estaba muy cansada de la vida para explicarles lo del adiro y la media hora apretando.

Lo que sí compartí con ellas fueron mis miedos a la hipoglucemia que se me venía encima. "Eso te pasaría porque la otra vez te irías sin desayunar". Claro. Embarazada, doblemente sangrada y en ayunas, y me voy a ir sin desayunar. Al final tuve que arreglar el asunto como buenamente supe, para variar, y me desayuné un café con todo el azucarillo (algo que hacía AÑOS que no probaba) y un cruasán hasta arriba de mermelada: una muerte dulce en toda regla. El caso es que funcionó, no solo para evitar la temida hipoglucemia, sino como grandiosa despedida del mundo azucarado. Porque sí, la curva larga también me salió alterada: 74-316-271-71. 

Diabética perdida, vaya.

viernes, 19 de mayo de 2017

A vueltas con la metformina

Resultado de imagen de heart tablets

La metformina no cae bien en la nueva clínica.
O, para ser más concreta, genera una buena dosis de indiferencia.

En la primera transferencia, una doctora de tantas me dijo que la dejara. Yo le hice caso, deseosa como estaba de no tomar ninguna pastilla; pero a los dos días me arrepentí, agobiada por la idea de que mi cuerpo fuera incapaz de ovular sin ayuda.

Esta vez, como teníamos cita con la presunta superdoctora a la que se le ocurrió que fuera a la consulta de Inmunología (y siempre le estaré agradecida por ello), decidí preguntarle por la metformina con el objetivo de resolver mis dudas de una vez para siempre.

Pero no lo conseguí.

Ojo a las frases que se marcó esta señora:

ㅡLa metformina se utiliza para evitar abortos en mujeres con SOP...

Hasta ahí bien: deduzco que como yo tengo SOP y he tenido tres abortos, la necesito.

ㅡ... pero tú no la necesitas. Porque no tienes granos. Y estás delgada.

Tócate el moño

ㅡEn cualquier caso, nosotros hemos consultado al Instituto No Sé Qué y nos han asegurado que no es teratogénica. De hecho, en países del Tercer Mundo se utiliza para tratar a mujeres diabéticas durante todo el embarazo, porque es mucho más asequible que la insulina y no tiene contraindicaciones graves.

Grandísimos datos.

El caso es que, según esta señora, puedo seguir tomando la metformina hasta la transferencia y después dejarla alegremente. Yo traté de profundizar en el tema, sacando a colación datos objetivos del tipo "En mis análisis de 2014 consta que no tengo resistencia a la insulina, pero...", para ver si así podíamos discutir de algo que no fuera el aspecto de mi cara. Porque, como le recordé, mi piel es muy capaz de generar un acné de tamaño XL, y ahora mismo no está ocurriendo por la única razón de que he tomado la píldora durante meses.

Pero dio igual. En esta clínica, la metformina no mola

Al principio me autoconvencí de que podía dejarla. Bueno, pensé, no está mal. Una pastilla menos, blablabla. Pero enseguida empecé a sentirme como la otra vez. No podía sacarme de la cabeza la frase: "La metformina se utiliza para evitar abortos en mujeres con SOP". Y es que, ¿acaso yo no soy una mujer con SOP? ¿Acaso yo no aborto? Entonces, ¿¿no será que necesito metformina??

Así que me puse a leer todo lo que encontré en Internet sobre el tema, porque ya no me fío. De nada ni de nadie. Y encontré que la metformina es buena, muy buena. Que no solo no me hace mal, sino que puede hacerme mucho bien. Y que no debo dejarla, digan lo que digan. Que pienso seguir tomándola, después de la transferencia y, si tengo suerte, durante el embarazo.

El motivo por el que dudaba entre tomarla o dejarla no era, como la otra vez, las ganas de librarme de pastillas. Lo que ocurre es que, desde la segunda FIV, sé que la metformina reduce la absorción de vitamina B12. Y ahora que también sé que tengo una mutación que la dificulta, provocando un aumento de la homocisteína y, con ello, una elevación de la coagulación, necesitaba decidir qué era preferible: potenciar al máximo la absorción de B12, dejando la metformina y arriesgándome a que mis ovarios poliquisteen a lo loco, o seguir con la metformina aun a riesgo de no absorber suficiente vitamina B12 y tener la coagulación más elevada de lo que me gustaría.

En principio, la primera opción me parecía la mejor, porque pensaba que tenía que centrarme en regular la coagulación. Pero, después de leer mucho, he llegado a la conclusión de que la metformina no es negociable. Que, probablemente, no vaya a ser negociable durante el resto de mi vida.

Algo que me ha dejado más tranquila, no obstante, es que, si bien tomar esta pastilla de manera aislada eleva la homocisteína, que de por sí ya suele estar elevada en mujeres con SOP (¡nuevo dato!); se ha comprobado que combinarla con vitamina B12 en cantidades masivas consigue tanto que la homocisteína baje como que los estragos del SOP se regulen. Así que me parece que tendré que abonarme a este combo forever.

La verdad es que los artículos que he leído me han dado mucha seguridad a la hora de tomar esta decisión. Pero me queda la tristeza de no poder contar con un médico que entienda el SOP y sepa manejarlo.

Tendré que seguir buscando...

lunes, 17 de abril de 2017

Welcome back, pastillero

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Con la llegada de la regla ha dado comienzo el primer mes de mi nuevo tratamiento. Un mes que consiste, principalmente, en la toma masiva de vitaminas y otros medicamentos para ir regulando la coagulación y preparando así mi cuerpo para un (posible) (nuevo) embarazo.

Es inevitable que repetir este protocolo nos recuerde, a Alma y a mí, a nuestra segunda FIV: ese último tratamiento que hicimos utilizando mis óvulos y que fue uno de los hitos de nuestro camino en cuanto a bofetadas en la cara se refiere.

Esta vez, sin embargo, me enfrento a la locura medicamentosa con otro espíritu. Si bien iniciamos nuestra segunda FIV sabiendo que mi homocisteína estaba muy alta, y que, por tanto, podía haber sido la causa de los dos primeros abortos; a mí todavía no me terminaba de cuadrar el diagnóstico.

Tal vez fuera porque no terminaba de confiar en nuestra doctora. La manera en que interpretó mi primer estudio de trombofilia, mirándose unos apuntes que tenía en la carpeta, no invitaba a pensar, precisamente, que la señora controlara del tema. 

En su defensa diré, no obstante, que por lo menos ella completó las pruebas que me habían mandado en la Seguridad Social hasta verificar la hiperhomocisteinemia; no como el hematólogo que me hizo el estudio, que me mandó a casa con la seguridad de que no tenía ningún problema de trombofilias (¡trombofilias yo!), cuando el inmunólogo, solo con ver esos mismos análisis, ya me sentenció.

También es posible que el rechazo que sentía hacia el tratamiento formara parte del rechazo generalizado que sentía hacia las FIV. Yo no quería pincharme, no quería llevar mi cuerpo al límite, no quería pasar por quirófano. Lo tenía muy claro y, sin embargo, lo llevé a cabo como una especie de sacrificio ineludible, una idea con la que cada día estoy menos de acuerdo.

Esta vez, sin embargo, tengo un diagnóstico que me hace sentir más segura. Entiendo que los suplementos de vitaminas del grupo B van a formar parte de mi dieta de aquí a que me muera, puesto que, con la mutación que tengo, es imposible que mi cuerpo mejore su metabolismo de manera natural. Y aunque sé que la heterocigosis no es la versión más peligrosa, en mi caso constituye un agravante del fiestón protrombótico que hay montado en mis venas.

El adiro, por su parte, lo he recibido con los brazos abiertos desde el primer día. La presencia de una trombofilia en mis pruebas es inapelable: no solo el factor XII ha subido como la espuma en los dos últimos años, sino que también lo han hecho otras proteínas anticoagulantes que procuran contrarrestar sus efectos, como la antitrombina III y la proteína C.

Para mí, sin embargo, la prueba definitiva de que necesito un protocolo especial llegó con el último aborto. Ya no puedo mantener la fantasía de que el problema reside en mis óvulos, porque, con unos embriones estupendos procedentes de óvulos ajenos, el embarazo tampoco salió adelante. Hoy recuerdo con ternura la alegría que me llevé cuando me dijeron que no tenía que tomar ningún medicamento especial en el último tratamiento; pero también me tiro de los pelos: esa no es mi realidad y he tenido que aprenderlo de la manera más dolorosa.

En comparación con la segunda FIV, no obstante, mi pastillero se ha aligerado un tanto, aunque no por ello me haya librado de montar un tetris con las pastillas que tengo que tomarme debido a sus incompatibilidades.

martes, 18 de agosto de 2015

El pastillero

Para bajar la homocisteína y regular la coagulación, nuestra doctora de la clínica me prescribió tres pastillas: ácido acetilsalicílico 100 mg, ácido fólico masivo (7,5 mg) y un complejo vitamínico del grupo B, que incluye B1, B6 y B12.

(Disculpad que no ponga las marcas comerciales, algunas muy conocidas; pero es que me parece que las farmacéuticas ya se lucran bastante con nuestras desgracias como para encima hacerles publicidad gratuita. En cualquier caso, si alguien quiere información más concreta, puede dejarme un comentario).

La doctora me lo vendió como la cosa más fácil del mundo: sustituyes el ácido fólico que tomas normalmente por estas tres pastillas y ya está.

No tenía ni que despeinarme.

El problema es que esas tres pastillas, sumadas al hierro, los dos comprimidos de metformina y la píldora para el reposo ovárico, hacen un total de siete pastillas. Por si eso fuera poco, resulta que el ácido fólico masivo es incompatible con el hierro, como también lo son el complejo vitamínico y el ácido acetilsalicílico con la metformina.

Entonces entendí que había llegado el momento de rendir homenaje a la gran Maru Pesuggi y comprarme un pastillero. Porque recordar cuándo me tenía que tomar cada pastilla tres veces al día y mantener unos niveles de cordura suficientes para enfrentarme a una segunda FIV... era misión imposible.

Así que, según salimos de la clínica, Alma y yo nos plantamos en el mega-chino de nuestro pueblo y pedimos un pastillero. Pero no una cajita mona, no, ni siquiera uno con siete huecos. ¡Un pastillero profesional! ¡Como el de mi abuelo! 


He de decir que es una de las mejores compras que he hecho en mi vida. Una vez a la semana, me siento con mis chorrocientas cajas de medicamentos y voy llenando huecos según el puzzle que ideé después de leerme los prospectos y descubrir la alegría de las incompatibilidades. UNA VEZ a la semana. El resto de los días, simplemente cojo el pastillero en cada comida y me tomo las pastillas que hay en el hueco. Sin pensar en nada. Además, los compartimentos de cada día pueden extraerse de manera individual, así que, cuando salgo a comer fuera, también puedo llevarme el pastillero en versión reducida.

Claro que, como bien explicaba Maru en su entrada, la cosa no termina con el pastillero. Tengo también el móvil lleno de alarmas para las hormonas que debo inhalar dos veces al día y para la inyección de la tarde. Y es que, si quieres cumplir con el objetivo de estar lo más despejada posible durante un tratamiento, te tienes que buscar unos buenos periféricos para tu cerebro, o de lo contrario, tu cabeza explota. Más cuando sabes que toda esta medicación debe mantener un equilibrio del que depende nada más y nada menos que la existencia y posterior supervivencia de tu bebé.

Parece una locura irrealizable... pero SE PUEDE.

miércoles, 1 de julio de 2015

Mi experiencia con la metformina



Cuando me diagnosticaron SOP en la clínica, tuve que empezar a tomar metformina. Según nuestra doctora, habría sido suficiente con utilizarla un mes antes de quedarme embarazada, que fue lo que tuve que esperar antes de la primera IA. Sin embargo, al seguir todavía en la búsqueda, mi experiencia con la metmorfina llega ya casi al año y medio.

Los dos o tres primeros meses con ella fueron bastante duros. Aunque se supone que no provoca hipoglucemias, a mí me dejaba por los suelos. Además, sufría mareos y agotamiento, me faltaba la respiración cuando hacía el más mínimo esfuerzo y también tuve desarreglos digestivos cuyos detalles me voy a ahorrar.

Puede que todo esto parezca terrible, y lo fue bastante en su momento; sin embargo, a día de hoy tengo que hacer un esfuerzo por recordar aquellos efectos secundarios, porque hace tiempo que las pastillas no me producen ninguno. Lo que sí que he empezado a notar, de manera más acusada unos seis meses después de iniciar el tratamiento, son sus beneficios.

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