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domingo, 24 de septiembre de 2017

Se van las náuseas

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A medida que avanzamos por el segundo trimestre, se va afianzando un síntoma clásico del embarazo: la desaparición de las náuseas.

Reconozco que no daba un duro por ello. Tengo alguna amiga con SOP que ha sufrido náuseas hasta el tercer trimestre, aun estando permanentemente medicada, y me imaginaba que a mí también me tocaría algo parecido. Pero no: cumpliendo un calendario de libro, según hemos ido dejando atrás la semana doce, también se han ido disipando las náuseas.

Ahora mismo solo me queda una especie de "naúseas nerviosas": cuando me tengo que enfrentar a alguna prueba (ya sea médica o "vital", como dar la noticia de mi embarazo), vuelvo a sufrirlas durante horas. Pero tengo claro que están ligadas a un estado emocional alterado, y no a la alteración hormonal a la que, contra todo pronóstico, mi cuerpo parece haberse acostumbrado.

Y es curioso. Porque, aunque las náuseas son un síntoma de embarazo desagradable, cuando miro hacia atrás y recuerdo la "aventura" que hemos vivido juntas, me invade una fuerte sensación de nostalgia.

viernes, 15 de septiembre de 2017

La tripa crece (semanas 9 a 12)

En este embarazo, como en los anteriores, he tenido mucha tripa desde el principio. Su origen no está, evidentemente, en el tamaño de los embriones, sino en el Síndrome de Hiperestimulación Ovárica (SHO) que sufro. Esta reacción de mi cuerpo ante la hormona del embarazo (HCG) hace que, durante toda la betaespera y la mayor parte del primer trimestre de embarazo, me vaya a la cama cada día con una tripa de unos cuatro o cinco meses.

En esta ocasión pasé la primera mitad de la betaespera, cuando mi cuerpo se encuentra bajo los efectos de la HCG sintética que lleva la inyección rompefolis, con una hinchazón moderada, que apenas me molestaba hasta la noche. La verdad es que, antes del tratamiento, estuve leyendo muchísimo sobre cómo minimizar el SHO, puesto que una de sus consecuencias es elevar la coagulación sanguínea, que es lo que me faltaba para hacer un pleno al quince. Así que, nada más pincharme la HCG, me puse manos a la obra con mi plan de choque, que incluía un par de tés rojos al día (el mejor diurético que conozco), bebidas isotónicas sin azúcar (este detalle es importante cuando se tiene SOP) como fuente de hidratación principal y una dieta rica en proteínas. 

Cualquiera que me lea pensará: "¿Pero no hacías eso en los otros tratamientos? ¿No es eso lo que hace todo el mundo?". Y yo tendré que confesar que no, que desde la segunda FIV mandé las bebidas isotónicas a freír monas y me pasé todas las precauciones contra el SHO por el arco del triunfo. Porque me parecían supercherías que ya no soportaba, porque no creía que tuvieran nada que ver con que los embriones se implantaran o se dejaran de implantar y porque, bueno, el SHO convierte tu cuerpo en un test de embarazo con patas. Y, para un privilegio que me otorgan mis achaques, quería disfrutarlo. 

Esta vez, sin embargo, cuando leyendo sobre trombofilias me encontré con el SHO como un agravante que, por sí mismo, ya recomendaba la administración de heparina... se me quitó la tontería. Así que volví a convertirme en una betaesperante responsable y puse todo de mi parte para no terminar de fastidiar una situación que ya estaba bastante fastidiada. Afortunadamente, puedo asegurar que mi plan de choque fue efectivo, pues, como digo, durante la primera mitad de la betaespera apenas me hinché. Aunque creo que haber tenido la coagulación más controlada gracias al combo adiro+heparina seguramente tuvo que algo que ver.

A pesar de mis precauciones, dos días después de la transferencia... ¡baboom! Mi tripa volvió a hincharse desde primera hora de la tarde y yo empecé a sospechar que dentro de mi cuerpo había una nueva fuente de HCG haciendo de las suyas. Tengo que decir que la hinchazón que provoca el SHO es muy característica, pues se nota especialmente a la altura del estómago, no en la parte baja del abdomen; casi casi parece que tienes la tripa al revés. Además, se pone bastante dura, con la piel tirante, y es molesta. Con esto quiero decir que se trata de una hinchazón muy diferente a la que provoca la progesterona, siempre en la parte baja del abdomen y muy similar al síndrome premenstrual. 

Y sí, tener señales de tu embarazo dos días después de la transferencia, mucho antes de que cualquier test pueda darte positivo, es una pasada (y me convierte en una persona odiosa, lo sé). Por eso estaba tan enganchada al SHO en las tres betaesperas anteriores que no quería minimizarlo, sino todo lo contrario. Y por eso la última betaespera fue tan tranquila: todavía no sabía cómo iba a desarrollarse el embarazo, pero tenía la confianza de que había empezado bien.

El caso es que, después del positivo y a medida que el embarazo avanzaba, empecé a pensar en hacerme las típicas fotos que muestran cómo crece la tripa semana a semana. El problema es que captar la tripa de embarazo sin las interferencias del SHO era muy complicado porque, según aumentaba la HCG, me iba hinchando durante más tiempo cada día, empezando tras el desayuno y llegando incluso a levantarme hinchada por la mañana. 

Al final, encontré una "ventana" de no-hinchazón justo después del pinchazo mañanero de heparina  (que relaja bastante la tripa) y el desayuno. Así fue cómo, con Alma todavía restregándose las legañas y yo a medio peinar, empezamos a hacer las fotos que documentan cómo crece nuestro pequeño "por fuera".

Aquí van las cuatro primeras :)

sábado, 1 de julio de 2017

Mi opinión sobre los test de embarazo

He dado por terminada la etapa de los test de embarazo :)

Reconozco que, después de conocer la beta, perdí el miedo a sufrir un aborto de un día para otro, así que me relajé bastante con respecto a las rayas de los test y su intensidad. De todas formas, decidí terminar los que me quedaban: así completaba mi escalera de color y me libraba de unos test caducados con los que no me quería volver a pelear. Seguí haciéndome los test cada dos días, y el resultado fue este:


Como se puede observar, la diferencia entre los tres primeros es bastante clara, pero, a partir de ahí, les cuesta más cambiar de intensidad. No sé si la culpa la tiene la fecha de caducidad; en cualquier caso, me parece importante compartir mi experiencia por lo que pudiera aportar a otras chicas que, como yo, se asusten al ver dos test seguidos que sean iguales. A mí me ha quedado claro que esto puede pasar sin que por ello signifique que el embarazo va mal.

Viendo este tipo de fotos, habrá quien piense que quienes las hacemos somos unas exageradas y unas histéricas de los test. Que más nos valdría no hacernos ninguno porque no somos capaces de gestionar la información que nos aportan. Es una idea que anda por ahí y que yo misma compartía al principio de esta aventura. Sin embargo, hace ya tiempo que estoy muy, muy en desacuerdo con ella.

sábado, 24 de junio de 2017

Beta


No, no es la fecha de las próximas olimpiadas.
Ni el momento de revisar los objetivos del milenio.
Ni un mensaje en código Morse.

Es la cifra de mi beta: dos-mil-veinte.

Tengo que precisar que no se trata de una beta hecha el día de la falta. En nuestra clínica, por alguna razón que se me escapa, hacen el análisis dos semanas después de la transferencia embrionaria. Lo mismo les da que sean embriones de tres días que de cinco: ellos cuentan dos semanas y andando. Es una práctica que a mí me resulta muy sospechosa, además de profundamente cruel con las pacientes. No obstante, yo he tenido la suerte de haber recibido dos positivos en los dos tratamientos que he hecho con ellos, así que, al menos, no he tenido que medicarme inútilmente durante más días de los necesarios. Sobre todo en este último tratamiento, que voy hasta las cejas. 

El caso es que esta beta me la hicieron cuatro días después del día de la falta, es decir, estando de 4+5 semanas o 19 dpo. Si el valor se hubiera estado duplicando cada dos días, correspondería, aproximadamente, a una beta de 500 el día de la falta.

Dicho esto... ¡¡MADRE MÍA!!

miércoles, 14 de junio de 2017

Los embriones de Schrödinger

Resultado de imagen de deshojar margaritas

Ya está.
Ya estoy.
Ya estamos.

Hemos llegado a ese momento de la betaespera donde nuestros embriones están vivos y muertos a la vez, como el famoso gato de la mecánica cuántica. Han pasado suficientes días desde la transferencia como para que, si no se han implantado, ambos estén muertos. Pero todavía nos quedan bastantes días por delante para poder comprobar que, efectivamente, están vivos.

Por mi parte, estoy contenta. Este tratamiento está siendo el más tranquilo de todos los que hemos hecho (y son muchos). La primera ecografía de control fue la última, pues mi cuerpo solo ha necesitado un mes para regularse y conseguir un ciclo de treinta días. Así que, afortunadamente, la decisión de dejar la píldora con un mes de antelación fue todo un acierto. En el tratamiento anterior, a la altura de la ovulación ya estaba para que me encerrasen, después de pasar por cuatro ecografías erráticas; pero esta vez lo estoy llevando con una dignidad pasmosa.

No tengo explicación para ello. Supongo que la medicación me ha llenado de esperanza. Y los dos blastos. Y el hacer una adopción de embriones, que no tiene nada que ver con los nervios de una FIV. Racionalmente, la balanza se inclina a nuestro favor. Y aunque no las tengo todas conmigo, tampoco pierdo la esperanza.

Y eso es suficiente.

viernes, 19 de agosto de 2016

Ya estamos juntos


Ha pasado un mes desde que supe de su existencia, y ahora, por fin, ya estamos juntos.

Los días previos a la transferencia fueron un infierno. Apenas tuve conciencia de haberme pinchado la inyección rompefolis, porque según salimos de la última ecografía de control, fuimos a una farmacia corriendo, la compramos, llegamos a casa, me la puse y nos fuimos a cenar por ahí. Ni siquiera pasó por la nevera. Y todo eso fue bueno, pero al día siguiente (nada de 36 horas) empecé a sentir unas náuseas y un dolor de ovarios terribles. Un día después, el primer comprimido de progesterona me remató.

Fue como si el tiempo se doblara sobre sí mismo y todos mis tratamientos coincidieran. Sentía el peso de ocho intentos sobre mis hombros y me parecía que no podría resistir ni uno más. Por momentos, incluso, fantaseé con la idea de abandonar, de salir corriendo hacia otra vida donde no existieran tratamientos de fertilidad para mí.

Según se acercaba el día de la transferencia, empecé a ponerme nerviosa. Comprendí que no era una pesadilla, sino una realidad. Algo que, de hecho, estaba ocurriendo y que estaba llegando, me gustase o no, a uno de sus momentos culminantes. Pensar que me iban a transferir dos embriones, por otra parte, también hacía que me temblaran las piernas. Aunque tenemos claro que preferimos dos a ninguno, una cosa es pensarlo y otra es disponerse a ello.

Todas las dudas, los miedos, el dolor acumulado, incluso los nervios, se me pasaron en cuanto vi a nuestros dos pequeños en la pantalla del ordenador. Definitivamente, los medios de esta clínica son infinitamente mejores que los de la anterior, y pudimos ver a los embriones con todo detalle. El embriólogo nos estuvo explicando sus características, lo bien que habían desvitrificado (manteniendo las mismas calidades), cómo les habían hecho el hatching (que se veía perfectamente en la pantalla) y cómo seguían evolucionando.

Me parecieron tan hermosos, tan perfectos incluso en sus imperfecciones, tan vivos. Recordar esa imagen me llena de esperanza, de ilusión, de alegría. Siento el privilegio de albergarlos en mi interior y me resisto a pensar en la amargura de una despedida.

La transferencia fue muy rápida. Pedí que utilizaran el espéculo pequeño y solo me dolió un momento. No hubo ninguna batalla, ninguna prospección en mi interior, lo que me alivió muchísimo porque me había acostumbrado a nuestra antigua doctora y temía el regreso de una doble de mi matrona samurái. Pero no fue así. La cánula pasó como un suspiro y pudimos ver un pequeño relámpago en la pantalla del ecógrafo cuando depositaron a mi cuerpo a nuestras dos ilusiones (algo que tampoco habíamos visto en ninguna de las cuatro transferencias anteriores, así que nos encantó).

Ahora me encuentro en esa primera parte de la betaespera donde todo es posible. En esos momentos en los que la progesterona estraga mi cuerpo y me llena de esperanza. Nada está perdido aún, todo se puede lograr. Sé que, con el paso de los días y los avances de mis síntomas, me sentiré de otra manera. Empezará a devorarme la incertidumbre y me temeré lo peor...

O no :)

viernes, 30 de octubre de 2015

Fechas queridas


Estoy días transito fechas muy queridas: se cumple el primer aniversario de mi embarazo. Hace un año que disfrutaba del milagro de haberme quedado embarazada, que trataba de hacerme a la idea de que, contra todo pronóstico, me había pasado a mí. Me daba miedo creérmelo por si algo malo pasaba, pero todavía conservaba la inocencia de preguntarme: ¿qué va a pasar?

He estado recordando los últimos días de la betaespera, esos días en los que sentí que, esta vez sí, iba a tener suerte. Los días precedentes habían transcurrido como en cualquier otro intento, con momentos de esperanza y momentos de desesperación. Pero, al acercarse el día de la beta, mi cuerpo empezó a cambiar. En los ciclos anteriores, que fueron negativos, cualquier síntoma de embarazo provocado por la progesterona disminuía al acercarse este día; pero, esta vez, ocurrió todo lo contrario. Mi pelo y mi piel estaban distintos, la hinchazón que sufría debido al SHO no bajaba, los pechos adquirieron una tonalidad rosada que nunca antes había visto.

También he recordado la llamada. Desde el primer momento, el tono de voz de nuestra doctora me hizo saber que pronunciaría la palabra mágica: "Positivo". Mi reacción, sin embargo, fue muy distinta a la que había esperado. No sentí una alegría desbordante ni me puse a llorar. Ni siquiera pensé en el embrión. La emoción que me embargó fue la de un intenso y liberador alivio. Ya estaba. Ya había acabado la pesadilla. No tendría que volver a la clínica para ver cómo seguíamos. No volvería a pasar por pinchazos, operaciones y otros suplicios. Lo habíamos conseguido.

En aquel momento me culpé mucho por aquella reacción. ¿Por qué mi emoción principal no era la alegría por el embarazo? ¿Cómo podía ser más importante el alivio? Con el tiempo, sin embargo, me he perdonado. He comprendido que, en ese instante tan crítico, emergió todo el malestar que había acumulado durante los tratamientos. Eso no significa que no estuviera contenta o que quisiera menos a nuestro embrión. Lo que demuestra es el gran sufrimiento, físico y psicológico, que conlleva la reproducción asistida.

En estos días, tan parecidos a aquellos, recuerdo también mis momentos secretos. Esos momentos casi mágicos en que, de pronto, recordaba que estaba embarazada. Me veo a mí misma caminando por los pasillos del instituto, riendo en silencio cuando nadie me veía, sintiéndome tan afortunada como una recién enamorada que acaba de descubrir que es correspondida. Recién enamorada: así es exactamente como me sentía.

A veces la gente no entiende cómo, después de una pérdida, te pueden quedar ganas de volver a intentarlo. En mi caso, ese embarazo, aunque breve, me llenó de confianza. Si lo había conseguido una vez, podía volver a lograrlo. Si lo había sentido una vez, podía volver a sentirlo. Y, ahora que había comprobado lo maravilloso que era, no pararía hasta conseguirlo.

Ese efecto tan positivo, sin embargo, se va diluyendo con el tiempo. Aquel embarazo me parece hoy un sueño, algo que apenas me rozó y que, por tanto, no puede volver a pasarme. Me he gastado toda la confianza que me regaló en los descalabros posteriores, y vuelvo a pensarlo como algo imposible, algo que no me puede ocurrir a mí.

Mis lágrimas, suaves y calientes, insisten en desdecirme. 
Fue real. Y puede volver a pasar.
 

jueves, 24 de septiembre de 2015

Negativo



Todo había salido mejor, pero el resultado fue peor.

Incluso la transferencia. La doctora me dijo que tenía apuntado en su informe que la otra vez el acceso al útero había sido complicado. Yo comprobé después que había apuntado en mi diario que aquel día hubo una intensa pelea con el espéculo. Pero esta vez todo fue más sencillo, rápido, casi indoloro. Y, de pronto, ya estábamos juntos, mi embrión y yo, y la alegría que sentía era inmensa.

Diez días después, llegó la bofetada. 

Impredecible, inconcebible, irracional.

Nuestra doctora insiste: todo ha salido mejor. No es fruto de mi imaginación. No puede decir que las cosas no vayan bien, excepto por el pequeño gran detalle de que todavía no me he quedado embarazada. O sí: me quedé embarazada una vez. Y, en realidad, no llevamos tantos intentos. Y es normal que estemos cansadas, sobre todo por las inseminaciones. Pero todo ha salido mejor, y hay que tener paciencia. 

Eso dice ella. 
Nosotras nos quedamos sin palabras.

domingo, 12 de abril de 2015

Mi sexta betaespera (y su resultado)



Esta vez empecé la betaespera muy tranquila y confiada. Solo tenía que esperar diez días para hacerme la prueba de embarazo y la dosis de progesterona era menor que en la transferencia anterior: según me explicó la doctora, cuando se realiza la transferencia después de una punción, nuestro cuerpo no segrega la progesterona propia del ciclo, por lo que hay que suplementarla; pero, al realizar la tranferencia en ciclo natural, solamente es necesario reforzarla.

A pesar de mi optimismo, 200 mg de progesterona cada doce horas fueron suficiente para tumbarme. Lo pasé peor que nunca porque nunca había tenido tanta progesterona en mi cuerpo: tenía la tensión por los suelos, me sentía mareada continuamente y la mayor parte del tiempo no podía levantarme del sofá. Psicológicamente, para mí fue terrible verme otra vez teniendo que hacer reposo forzado, porque es muy difícil liberar la mente cuando el cuerpo te recuerda constantemente por qué estás así. En cualquier caso, yo me esforcé por salir, pasear, ir al cine e incluso conducir, con grave peligro para mi integridad, la de Alma y la de todos aquellos que se cruzaron en nuestro camino sin saber que el coche lo llevaba una hormona borracha.

Así pasaron los primeros días, y hacia la mitad de la betaespera, el cuerpo me dio una pequeña tregua. Aun teniendo que soportar esas náuseas falsas que me provocan las pastillas, el mundo parecía haberse quedado quieto y, poco a poco, fui dejando atrás todo el odio, la rabia y la frustración que albergaba hacia las hormonas sintéticas.

Cuando quedaban unos días para la beta, empecé a sentir inequívocos síntomas de embarazo. Ah, ¿pero eso existe? Por suerte o por desgracia, yo ya he comprobado que en mí sí. 

sábado, 1 de noviembre de 2014

Los negativos



Menudo día, el de la beta.

Para mí, comienza siempre con alivio. Al menos, esa noche ya no me acuesto en la incertidumbre. Para bien o para mal, la betaespera ha acabado y voy a salir de dudas. 

Siento que el análisis es como un sangrado medieval. En la muestra se llevan mis nervios. Me quedo más calmada, sé que ya está todo hecho.

En dos ocasiones tuve que esperar hasta la tarde para recibir los resultados. No me atrevo a coger esa llamada en el instituto y después meterme en clase, me resulta inconcebible. Las otras dos veces estábamos de vacaciones, una de ellas recién llegadas de nuestra luna de miel, y recibimos las llamadas poco antes de comer. 

Enfrenté dos negativos sola; los otros dos, con Alma a mi lado.

Mi doctora siempre dice la misma frase: "Esto ha dado negativo". Es parca en palabras. Tan solo una vez dijo algo parecido a "Es una pena". Con el tiempo he entendido que tampoco debe de ser fácil para ella. ¿Cuántos negativos tendrá que comunicar por cada positivo? Seguramente la proporción no sea agradable.

Mis reacciones suelen ser lentas. Solo una vez me eché a llorar enfurecida; tan segura estaba de que era positivo. Pegué puñetazos a la almohada, grité, maldije y me quedé dormida. En las demás ocasiones, tardé varias horas, incluso varios días, en comenzar a procesar la noticia. No siempre lloré, pero sí me encerré en mí misma, no quise hablar con nadie, procuré lamer mis heridas en la intimidad, una tendencia que me caracteriza. A los días, a la semana, ya podía hablar de ello, normalmente con el siguiente ciclo programado y esforzándome por recuperar las fuerzas perdidas.

Los negativos son una bofetada de realidad, pero a veces es bueno. Para mí, el primero y el último fueron los más positivos en este aspecto. El primero, porque entendí que todo aquel proceso que habíamos iniciado era real, que si existía un negativo era porque en algún momento existiría un positivo, que íbamos a ser madres, que era verdad y que iba a ocurrir. El último, porque estaba llena de miedo al pensar que tendría que enfrentarme a una FIV, y de pronto mis temores se materializaron y supe que aquel era el camino, que ya no debía resistirme más sino entregarme a ello, como cuando un avión enfila la pista de despegue y entiendes que ya es demasiado tarde para bajar.

Personalmente, no considero que lo peor del negativo sea el negativo. No te has quedado embarazada, bueno, lo puedes volver a intentar. Para mí, lo peor es preguntarse si alguna vez va a ocurrir. Si me dijeran que debo pasar por diez negativos antes de tener a mi bebé, me parecería bien. Pero no existe un número, ni una certeza. Los negativos no suenan a "Sigue intentándolo", a "Esta vez no". Los negativos suenan a "Nunca", a "Jamás".

Ahí radica su dolor.

domingo, 19 de octubre de 2014

¿Por qué tengo síntomas de embarazo si no estoy embarazada?



Dicen las malas lenguas que la peor parte de un tratamiento de reproducción asistida es la betaespera, es decir, el periodo que va desde la aplicación de una técnica (inseminación artificial o transferencia de embriones) y la beta o prueba de embarazo. 

Esto era algo que yo no entendía muy bien antes de empezar con mis tratamientos. Es decir, comprendía que no debía de ser fácil esperar entre diez y quince días para saber si estabas embarazada, pero me parecía un tanto exagerado pensar que eso era lo peor del tratamiento, por encima de los pinchazos, de los traumáticos encuentros con el espéculo, o incluso de las pruebas de diagnóstico. En mi inocencia, creía que se trataba simplemente de llenar el tiempo lo máximo posible y tener paciencia.

Y esto es así para la primera parte de la betaespera; en el caso de la inseminación artificial, los primeros cinco o seis días. Durante ese periodo, los espermatozoides realizan el viaje hasta el óvulo, lo fecundan y el cigoto resultante desciende por las trompas de Falopio hasta el útero. No hay ninguna diferencia entre que ocurra todo esto y que, como seguramente me pasó a mí las cuatro veces que lo intenté, no ocurra absolutamente nada. Que tu cuerpo lleve un cigoto flotando o que se haya convertido en un cementerio de espermatozoides da lo mismo.

Al día siguiente de la aplicación de la técnica, debes empezar a medicarte con una hormona llamada progesterona. Normalmente, se presenta en forma de unos comprimidos ovalados muy suavecitos que pueden tomarse por vía oral o introducirse por vía vaginal (a mí esta doble posibilidad siempre me ha hecho sentir como uno de esos gusanos que consisten en un tubo con agujeros en los extremos, y en los que no se sabe muy bien dónde está la boca y dónde el culo). En mi caso, después de las inseminaciones tuve que ponerme un comprimido diario por vía vaginal.

Durante los cinco o seis primeros días, los efectos secundarios de la progesterona fueron siempre los mismos: somnolencia y cierto mareo al cambiar de postura. A mí no se me hicieron nada pesados: en primer lugar, porque, para quienes sufrimos de insomnio, el sueño profundo que provocan es una bendición; y, en segundo lugar, porque ese tipo de mareo en particular es el mismo que te producen los antidepresivos, así que ya me lo conocía. Estos dos efectos secundarios son los únicos que venían en el prospecto, así que, en el primer intento, me auguraba a mí misma una betaespera feliz.

Nada más lejos de la realidad.

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