Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de noviembre de 2017

Su primer juguete

Resultado de imagen de bolsas compras

Mi prima Oli ha sido la encargada de regalarle a nuestra pequeña su primer juguete. Se trata de un peluche que representa uno de sus animales preferidos. Tiene el pelo de colores variados, porque sabe que odiamos la pareja rosa/azul. Me hizo mucha ilusión cuando me lo dio, pero la ilusión se transformó en una emoción más profunda cuando me explicó su historia:

–Lo compré hace un año, cuando estuve en el Museo.
–...
–...
–¿Hace UN AÑO?
–Sí.
–¿Y llevas guardándolo todo este tiempo?
–¡Claro! Sabía que, antes o después, tendría la oportunidad de regalártelo.

Mi prima Oli fue también la encargada de regalarle su primera camiseta, hace más de tres años, cuando todavía estábamos inmersas en la segunda inseminación artificial. Paseábamos por un centro comercial, la vio, le gustó, la compró y me la regaló.

–Le voy a comprar esta camiseta a tu bebé.
–Pero si todavía no hay bebé...
–Da igual, pero lo habrá.
–Pero puede tardar mucho tiempo...
–No importa, porque llegará.

Han sido tantas las veces en que me he sentido absolutamente sola durante este proceso, tantísimas las ocasiones en que he pensado que solo yo sostenía la esperanza de que podía salir bien, que comprobar que otras personas también lo creían, que durante todo este tiempo no he sido la única que ha mantenido la ilusión, que ha esperado con ganas la llegada de nuestra pequeña, que la ha preparado incluso... es algo que me reconcilia con mi propia experiencia, que me devuelve la autoestima, la confianza en mi toma de decisiones, que me recuerda que no había perdido la perspectiva, sino que me estaba enfrentando a una carrera de obstáculos tan grandes que no me permitían siquiera atisbar el horizonte.

–Tengo más cosas, ya te las iré dando.
–¡Pero, tía...!
–¿Qué?
–¿Has estado comprando cosas todo este tiempo?
–¡Claro! Cosa que me gustaba, cosa que compraba...

Es lo que tienen los caminos largos: que da tiempo a hacer muchas compras :)

domingo, 29 de noviembre de 2015

Las ideas raras


Desde que nuestra última FIV fracasó y comprendí que había llegado la hora de dejar de contar con mis óvulos para el próximo tratamiento, mi cabeza empezó a poblarse de ideas raras. Y con ellas comenzó el duelo genético.

No creí que fuera a pasar por ello porque no pensé que tuviera ningún apego especial con mis genes. Y ahora tampoco creo que lo tenga. Esas ideas raras emergieron de las profundidades de mi inconsciente, como un mal rollo atávico que llevara siglos en nuestra especie.

Por ejemplo: de repente empecé a pensar que le estaba fallando a mi familia. No a mis padres en concreto, no: a la estirpe entera, como si tal cosa existiese. En mi mente surgió una voz que me acusaba de estar dilapidando una herencia preciosa que los miembros de mis familia se habían esforzado por transmitir durante siglos: era inadmisible que ahora pretendiera hacerles el tocomocho con un churumbel que no se les pareciera ni en el envés de las uñas.

Resulta muy sencillo demostrar lo absurdo de esta idea, pues en mi familia nadie espera que yo tenga hijos. Se da por hecho que, al ser lesbiana, mi destino ineludible es tener gatos. En caso de extrema excentricidad, se podría entender que tuviera un perro. Pero... ¿hijos? Eso no viene de serie en las ovejas negras de mi especie. De hecho, cuando las Navidades pasadas se le encendió la bombilla a una de mis tías y pensó en la posibilidad remota de que Alma y yo formáramos una familia, se produjo una conmoción colectiva. 

En cuanto a la pérdida de mi herencia genética, tampoco creo que haya que tirarse de los pelos. Si bien mis hijos habrían gozado de una salud bastante buena, no creo que se hubieran librado de la miopía. Y para mí que heredar este cuerpazo que me gasto (!) no les saldría a cuenta sabiendo que el SOP que me impide ser madre es el regalo envenenado que encontrarían en el fondo del paquete. Además, yo soy de las que opinan que la mayor parte de lo que somos viene de nuestras experiencias, no de la maletita que un óvulo y un espermatozoide traían consigo.

Con el paso de los días, afortunadamente, las ideas raras se van asentando, volviendo al poso extraño del que jamás deberían haber emergido.

El duelo genético, no obstante, ha traído algunos dolores genuinos. A estos, sin embargo, me cuesta menos encontrarles su lado positivo :)
   

miércoles, 7 de enero de 2015

Reunión familiar



En mi familia hace más de veinte años que no nace ningún niño. Y los "mayores" tienen muchas ganas. Cada vez que nos juntamos (algo que ocurre con la misma frecuencia con que se alinean dos planetas), bombardean a mis primos con preguntas insidiosas. A quienes están en la treintena, para que no se les vaya a pasar el arroz. A los que todavía estrenan los veinte, para que procuren darles una alegría antes que sus primos mayores.

Hay preguntas para todos, menos para mí. Y eso que soy la prima mayor, a la que el arroz se le pasará antes, la única que tiene trabajo estable, casa en propiedad, pareja desde hace diez años. No es que yo piense que todo eso es necesario para tener hijos, ni mucho menos; pero sé que ellos sí.

Claro que yo soy lesbiana.

Estas situaciones me dejan atónita. Siento como si se repartieran gominolas y a la niña que las pide más alto y más claro no se las dieran. La prima que me sigue en edad, quien ha dejado bien claro que no le gustan los niños ajenos ni desea tenerlos propios, que atesora trabajos precarios y colecciona novios cadáver, además de vivir con su madre, tiene que aguantar las mayores dosis de bombardeos. Mientras tanto, yo recorro con la mirada toda la mesa, como un perrito mudo y triste, calibrando el alcance de mi clamorosa invisibilidad.

¿Por qué no me preguntan siquiera?

La última vez, sin embargo, ha sido distinta. Una de mis tías se ha liado la manta a la cabeza y, provocando un silencio ensordecedor en una reunión particularmente bulliciosa, se ha dirigido a mí para preguntarme:

– Y a ti, Remedios, ¿te gustan los niños?

No era tan difícil, ¿verdad? Aun así, yo me he sentido presa de una profunda emoción, como una niña harapienta ataviada con una tiara resplandeciente. 

Y he respondido que sí. Que mucho.

lunes, 22 de diciembre de 2014

La pesadilla de cada navidad



La Navidad es para mí, sin duda alguna, la peor época del año. Me da pavor. Desde que empiezo a notar las aglomeraciones de gente comprando, las primeras luces, los anuncios de juguetes y colonias... mi cuerpo comienza a ponerse alerta y solo quiero salir corriendo, enterrarme en una cueva y despertar bien pasado el año nuevo.

En mi familia, la Navidad ha sido siempre una época de conflictos. Era el momento preferido de mi abuela para recordarnos a todos lo infeliz que se sentía y darnos la noticia de que no pensaba invitar a nadie a su casa. Recuerdo esperar su fatídica llamada durante la mañana de Nochebuena (avisar con tiempo es cargarse el dramatismo), con un nudo en el estómago y el miedo de no poder representar aquella noche las reuniones familiares repletas de sonrisas y abrazos que veía por la tele.

Nunca sabía cómo íbamos a pasar las Navidades. Los problemas que se habían conseguido mantener soterrados el resto del año, estallaban en estas fechas como fuegos artificiales. Durante algunos años, mis padres decidieron cambiar de planes y visitar a la familia más alejada, esa con la que no convives el resto del tiempo y con la que los roces son más suaves. Pasábamos así dos o tres Navidades tranquilas, pero al cabo de los años, estos planes también se agotaban. 

Tras la infancia y la adolescencia, superados los problemas con el resto de la familia a base de aislamiento, llegó lo que jamás esperé que ocurriera: estalló la guerra en mi propia casa. Mi hermano decidió pasarse las cenas encerrado en su habitación y yo tuve que aguantar la cara de mis padres sabiendo que me consideraban una idiota enajenada que creía haberse convertido en lesbiana. Por si esto fuera poco, mi madre decidió retomar el papel de mujer vapuleada por la vida que tan bien había representado mi abuela anteriormente, y pasearse por la casa haciéndonos saber a todos lo triste que se sentía, como si solo ella en el universo albergara un corazón el pecho.

Cuando mi psicóloga me reveló que yo era una persona muy familiar, entendí el profundo malestar que me provocaban las Navidades, pues en esta época del año es cuando se muestra con mayor intensidad que mi familia no se parece a lo que en los diferentes momentos de mi vida habría deseado. También comprendí entonces por qué, a pesar de renegar de estas festividades, desde que empecé a vivir en mi propia casa me he esforzado por mantener algo de ilusión en estas fechas, cocinando, decorando, invitando, regalando y tratando de volver a prender la hoguera de calor familiar que tantas veces me ha faltado.

Ni siquiera en esta Navidad de AUSENCIA con mayúsculas pienso dejar de intentarlo.

sábado, 16 de agosto de 2014

Una persona muy familiar



Recuerdo el día en que mi psicóloga me dijo que yo era una persona muy familiar. Salí de la consulta pensando que, después de tantas horas de terapia, no me conocía absolutamente nada. ¿Familiar yo, cuando desde mi más tierna adolescencia había abjurado del concepto mismo de familia? ¿Yo, que me había mofado de las desavenencias familiares y había renegado de la mayoría de mis parientes? ¿Cómo podía ser una persona muy familiar, si no creía en la familia?

Sus argumentos, no obstante, resultaban bastante convincentes. Yo tenía que ser una persona muy familiar cuando el rechazo de mis padres me había sumido en una depresión tan imperceptible como profunda. Debía serlo si el miedo a sufrir el mismo rechazo por parte del resto de mis parientes me había provocado tal ansiedad que acabé dando con mis huesos en el hospital. La familia era importante para mí desde el momento en que sentía cómo la simple idea de no tener hijos me aniquilaba vitalmente, paralizándome desde las entrañas.

A pesar de ello, tardé mucho tiempo en comprenderlo. Como muchas cosas que se tratan en terapia, siguió flotando en mi mente mucho después de que yo lo hubiese rechazado por absurdo. Poco a poco, no obstante, fui entendiendo que tal vez mi postura intelectual ante la familia no era más que un escudo frente al dolor.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Formar una familia



En estos días de reuniones y celebraciones familiares, cobra más sentido para mí la idea de formar una familia. Mi propia familia.

En la que, desde el principio, el respeto, la empatía, la comprensión o el perdón sean valores fundamentales. En la que no tengamos miedo a compartirnos desde lo que somos, seres humanos, con nuestras limitaciones y nuestras grandezas. Donde la comunicación sea posible, incluso en los momentos dolorosos o difíciles, porque la honestidad tenga siempre las puertas abiertas y la escucha no conlleve juicio o control. Una familia en la que el amor te dé la mano o te abrace cuando lo necesites, y sepa retirarse en los momentos de necesaria soledad. En la que los lazos se construyan cada día y no se enrosquen en tu cuello dificultando tu respiración.

Una familia, mi propia familia, deseada y construida con el corazón. 

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...