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lunes, 28 de agosto de 2023

La pauta de medicación (y lo que no pudo ser)

Durante nuestra primera consulta, el inmunólogo me explicó que, en principio, para este tratamiento repetiríamos la misma pauta de medicación que habíamos seguido en el embarazo de mi hija, ya que, evidentemente, había resultado más que adecuada. Sin embargo, teniendo en cuenta los nuevos descubrimientos en cuanto a mi genotipo de KIR, así como a la reacción autoinmune que me había provocado la covid, el inmunólogo me preguntó si estaba dispuesta a probar algo más:

–Por supuesto –le respondí.

Todavía recuerdo con cariño las reticencias que albergué durante tantos años hacia la medicación en reproducción asistida. Mis reparos, mis miedos a estar sobremedicada, a que eso fuera, precisamente, la causa de mis fracasos reproductivos. Y es que, aunque a veces lamento la cantidad de tiempo perdido en el proceso de formar una familia, en momentos como este comprendo que no he perdido nada. Todos estos años han provocado una transformación muy profunda en mi interior, transformación que es imposible hacer de un día para otro. Y aunque ahora me exprese con naturalidad, con desahogo, sé que durante mucho tiempo fui un animalillo asustado, temblando ante el asalto de la medicina sobre mi cuerpo.

Lo cierto es que el inmunólogo tampoco me propuso algo muy descabellado: tan solo emplear un nuevo medicamento. La agraciada fue la hidroxicloroquina: se trata de un antipalúdico, es decir, un medicamento contra la malaria, que también se emplea para tratar enfermedades autoinmunes como el lupus. Cómo un medicamento utilizado para acabar con un parásito termina funcionando para otra cosa completamente distinta es una de esas historias fascinantes de la medicina que no tiene sentido explicar aquí.

En principio, lo único que la hidroxicloroquina tenía de especial es que tardaba bastante en hacer efecto sobre el sistema inmune, por lo que debía empezar a tomarla en el ciclo anterior a aquel en el que haríamos el tratamiento. Esto fue lo que convirtió un diagnóstico de febrero en un tratamiento en abril. Pero así es la vida en reproducción asistida: los enero, febrero a más tardar acaban floreciendo en primavera. ¡Qué se le va a hacer!

Una vez tuve clara la pauta de medicación, la compartí con mis compañeras del grupo de OVO/ADE de la Asociación MSPE. Muchas de ellas habían tomado también hidroxicloroquina, algunas con buenos resultados. Así que no le di mayor importancia hasta que una de las chicas que leyeron mis mensajes me escribió por privado, preguntándome si realmente me iba a atrever a tomarla, porque a ella le aterraban los efectos secundarios.

Reconozco que mi primera reacción fue de condescendencia. He tomado tantos medicamentos a lo largo de mi vida que tenían prospectos infinitos cual papiros egipcios, repletos de efectos secundarios tremebundos que nunca llegaban a pasar, que suponía que este no sería más que otro que añadir a la colección. ¿Qué diferencia podía haber, por ejemplo, con las píldoras anticonceptivas que tomé durante años, cuyo prospecto ocupaba más que el propio blíster, y que no me mataron de un trombo porque extrañamente la Vida había elegido para mí otro destino?

Sin embargo, he llegado a acostumbrarme a cierta reacción de mi inconsciente por la cual una idea se me queda dando vueltas en la mente, llamando a las puertas de mi consciente con insistencia, hasta que entiendo que tiene algo importante que decir. Así que dejé la condescendencia a un lado y busqué por mí misma algunos de los efectos secundarios sobre los que esta chica me había advertido.

Dos de ellos me llamaron especialmente la atención. El primero, la retinopatía por hidroxicloroquina: una pérdida irreversible de visión que tiene lugar por la acumulación del medicamento en la retina, pérdida que puede continuar incluso una vez suspendido el tratamiento, ya que sus efectos son prolongados. El caso es que yo ya tengo experiencia con la pérdida de visión causada por los tratamientos: concretamente, por la hormona foliculoestimulante (FSH) que me inyecté en las dos últimas inseminaciones y durante la estimulación de las dos FIV. El resto de mi pérdida de visión ha sido provocada por las descompensaciones, también de origen hormonal, que provoca el SOP no controlado que he sufrido durante años. Así que no pude evitar echarme a temblar al pensar en una nueva amenaza para mis maltrechos ojos. Después, la espanté como quien espanta una avispa, con miedo pero con determinación. ¿Por qué me iba a pasar a mí todo lo malo del Universo? ¿Y por qué no?

El segundo efecto que llamó mi atención, aunque en comparación parezca un detalle sin importancia, fue el encanecimiento repentino del pelo. Para mí, sin embargo, era una posibilidad que daba al traste con un importante reto vital en el que me encuentro inmersa: el de no teñirme las canas. Es algo que hago por compromiso feminista, de respeto al cuerpo y de autoaceptación; pero no sabía si sería capaz de mantenerlo si mi pelo se volvía completamente gris de un día para otro. Y aunque, comparado con una pérdida de visión irreversible, o incluso la ceguera total, parece que tiene una solución sencilla (pues te tiñes y ya está), no estaba segura de querer renunciar a un compromiso vital que, hasta cierto punto, forma parte de mi identidad. Pero ¿acaso un hijo no es más importante que teñirse el pelo?, me preguntaba. Pues sí, claro... pero, al mismo tiempo... pues no.

Por si el cuadro no estaba lo suficientemente completo, otros efectos secundarios también parecían pensados por y para mí: hipoglucemias severas, urticaria y erupciones cutáneas, disminución de peso, fotofobia, fatiga... Reconozco, no obstante, que apenas tuve corazón para preocuparme por ellos, obsesionada como estaba con los dos anteriores.

La verdad es que no sé es cómo logré sobreponerme al miedo que le cogí a este medicamento y empezar a tomarlo. Más aún en aquellos meses en que un montón de ideas loquísimas acerca del riesgo que corría si me quedaba embarazada embotaban mi mente: un embarazo exacerbaría la covid persistente, un embarazo pondría mi cuerpo al límite, un embarazo me mataría y dejaría a mi hija huérfana... Creo que solo lo logré aplicando una buena dosis de inconsciencia: para minimizar el riesgo de retinopatía, se recomendaba realizar una revisión oftalmológica preventiva, y de hecho, varias chicas del grupo de OVO/ADE se la habían hecho. Pero yo me sentía incapaz de enfrentarme a todo el proceso que implica la solicitud de pruebas que desconocía a un nuevo especialista médico de quien no tenía referencias, así que condensé la pauta preventiva en la compra y uso de unas gafas de sol nuevas. Lo cual, a pesar de su mediocridad profiláctica, da buena cuenta de mi compromiso con un tratamiento que, por lo demás, me aterrorizaba.

Lo que finalmente ocurrió, sin embargo, no se pareció a ninguno de los escenarios apocalípticos que había imaginado.

domingo, 13 de mayo de 2018

La tripa crece (semanas 33 a 36)


Cuanto más tiempo pasa, más extraño me parece hablar del embarazo. Miro las fotos de la tripa y mi cuerpo me resulta ajeno, como si esa no fuera yo. Y no termino de entender por qué me pasa. Como últimamente el cerebro me funciona a medio gas, me quedo con la idea de que fueron muchos años luchando por algo que duró tan solo unos meses, que se hizo largo por momentos pero que, una vez concluido, parece haber pasado en un abrir y cerrar de ojos.

Las semanas que ahora comento fueron mucho más positivas que las anteriores. De pronto, el embarazo pareció encarrilarse y coger velocidad. Cada día dejó de ser una agonía y yo volví a recuperar un poco de la fuerza y el ánimo perdidos... aunque la seguridad en mí misma sufriera nuevos varapalos.

Para empezar, la semana 33 me sorprendió con una notable mejoría en las contracciones. Después de quince días de reposo relativo y progesterona, por fin dejé de sentirlas cada hora y empecé a estar cómoda sentada o de pie durante periodos más largos. Quiero hacer hincapié en esto por si alguien que me lee pasa por algo parecido: la progesterona y el reposo no obran milagros. Funcionan, pero no de la manera inmediata en que lo harían otras medicaciones más fuertes, así que hay que tener paciencia. Lo cual es muy fácil de decir a toro pasado, pero prácticamente imposible de cumplir en el momento (!).

En cuanto alcancé la semana 34, me quedé mucho más tranquila: esas semanas críticas sobre las que me había advertido mi ginecóloga (que fueron la causa principal del reposo) habían pasado. Las perspectivas de un parto prematuro eran mucho más halagüeñas, y aunque yo esperaba llegar, al menos, a la semana 36, me conformé con haber conjurado el mayor peligro.

No obstante, seguía convencida de que el parto se adelantaría. De hecho, me convencí mucho más cuando empecé a notar un nuevo síntoma que me acompañaría hasta el último día: los dichosos calambres en la ingles. Sentí el primero justamente el día que cumplía las 34, y casi me desmayo del dolor y del susto. Después supe que, con toda probabilidad, eran la consecuencia de que la pequeña se estuviera encajando en el canal del parto, pues algunos bebés se toman su tiempo para hacerlo, y la mía estaba entre ellos.

En esta semana tuvimos una nueva ecografía de control. Para mí había sido como una línea de meta imaginaria que, durante las semanas de reposo, me parecía imposible llegar a cruzar. Lo que no me esperaba recibir, una vez alcanzada, era algo tan diferente a la tan esperada enhorabuena.

La ginecóloga empezó preguntándome qué tal me encontraba y yo le comenté mi mejoría con respecto a las primeras semanas de reposo, que tan duras me habían parecido.

–¡Pero tampoco habrás estado todo el día tumbada...!

lunes, 1 de enero de 2018

2018

Resultado de imagen de año nuevo

Este era el año. 

No el 2014, ni el 2015, ni el 2016. 
Ni siquiera el 2017. 

Este era el año que estrenaría embarazada, muy embarazada de nuestra querida hija. 

La Vida, sin embargo, no se resiste a recordarme que hay muchas cosas que no están en mi mano. Que me conviene ser humilde o bien enfrentarme a la desesperación, porque mis planes no suelen cumplirse tal y como yo deseo.

Esperaba pasar estas fechas alternando descanso y actividad. Quería tomarme las cosas con más calma, ahora que he atravesado la barrera de las treinta semanas y ya voy notando el peso del embarazo. Pero también quería disfrutar como no había podido hacerlo durante el último mes largo, ya que tuve que centrarme en el trabajo para dejarlo todo listo antes de pedir la baja. 

Me imaginaba organizando algunas cosas en casa, saliendo a hacer compras puntuales para ir teniendo todo listo antes de la llegada de nuestro bebé. Pensaba que habría tiempo para echarme mis buenas siestas y también para seguir asistiendo a mis clases de deportes "premamá", esas que tanto me revitalizaban y tan sana me hacían sentir, además de de darme los largos paseos que me había recomendado la enfermera de Endrocrinología.

Tenía el capricho de vivir estas Navidades "a lo grande". Quería comprar algunos adornos tontos para la casa, cocinar ahora que volvía a tener tiempo, invitar a familiares y amigos, hacernos juntos un montón de fotos como recuerdo de esta experiencia tan maravillosa.

También deseaba disfrutar plenamente de mi relación con Alma, apurar este tiempo que nos queda antes de formar una familia, aliviarla un poco de la carga que lleva desde que me quedé embarazada y ella tuvo que ocuparse de un montón de cosas que yo ya no podía hacer. 

Y, por supuesto, esperaba poder escribir muchísimo en mi blog, redactar pronto esas entradas que me condujeran hasta el presente, para poder seguir contado mi embarazo "en directo". Porque las primeras veinte semanas fueron muy intensas, pero después todo ha fluido más tranquilamente.

En vez de todo eso, llevo diez días viviendo entre el sofá y la cama, obligada a permanecer en un reposo relativo que solo me permite veinte minutos diarios de actividad.

Desde que cumplí las veinte semanas de embarazo, venía sintiendo muchas contracciones, sufriendo algunos picos de intensidad que ya me habían preocupado otras veces. Hace unos días, sin embargo, empecé a notarlas mucho más seguidas. Al principio no quise darle importancia, pensaba que con descanso se me pasaría. Después, decidí cronometrarlas, a raíz de intentar salir a dar un paseo tranquilo y tener que volverme a casa a los diez minutos porque, además de notar contracciones, me sentía mareada y con náuseas.

Tuve contracciones intensas cada 45 minutos a lo largo de todo un día, además de otras pequeñas que, en un principio, pensé que me podía estar inventando. Cuando, al día siguiente, me levanté igual, decidimos acercarnos a urgencias. Allí me pusieron monitores y, efectivamente, comprobamos que llegaba a sentir hasta seis o siete contracciones por hora. La mayoría de ellas tenían una intensidad media o baja, pero algunas venían con una fuerza similar a las contracciones de parto (aunque no eran dolorosas) y, desgraciadamente, habían empezado a borrarme el cuello del útero.

Por suerte, mi cuello todavía es muy largo, y la doctora no consideró que el cuadro llegara a "amenaza de parto". No obstante, me prescribió reposo relativo y 200 mg de progesterona cada noche. Esta situación, evidentemente, ha dado al traste con todos mi planes, además de hacerme sentir un rosario de emociones negativas cada día.

A pesar de todo ello, cuando ayer me tomaba las uvas, sonreía. Porque, por encima de las dificultades, mi pequeña y yo seguimos dando la batalla. Ella, tan fuerte y vital como siempre, y yo, encontrándome las fuerzas donde ya creí que no quedaba ninguna, dispuesta a luchar hasta el final.

Un final que se acerca, aunque esperamos que lo haga despacio.
Un final que, este año sí, se convertirá en un hermoso principio.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Se van las náuseas

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A medida que avanzamos por el segundo trimestre, se va afianzando un síntoma clásico del embarazo: la desaparición de las náuseas.

Reconozco que no daba un duro por ello. Tengo alguna amiga con SOP que ha sufrido náuseas hasta el tercer trimestre, aun estando permanentemente medicada, y me imaginaba que a mí también me tocaría algo parecido. Pero no: cumpliendo un calendario de libro, según hemos ido dejando atrás la semana doce, también se han ido disipando las náuseas.

Ahora mismo solo me queda una especie de "naúseas nerviosas": cuando me tengo que enfrentar a alguna prueba (ya sea médica o "vital", como dar la noticia de mi embarazo), vuelvo a sufrirlas durante horas. Pero tengo claro que están ligadas a un estado emocional alterado, y no a la alteración hormonal a la que, contra todo pronóstico, mi cuerpo parece haberse acostumbrado.

Y es curioso. Porque, aunque las náuseas son un síntoma de embarazo desagradable, cuando miro hacia atrás y recuerdo la "aventura" que hemos vivido juntas, me invade una fuerte sensación de nostalgia.

martes, 15 de agosto de 2017

Dejar la progesterona

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En la última visita a la clínica, la doctora me explicó cómo dejar la progesterona: un proceso que, según ella, debía empezar inmediatamente.

Para este tratamiento, llevaba una dosis de 600 mg. diarios, repartida en tres "tomas" de 200 mg. cada una. A mí me parece que es una cantidad bastante alta para tratarse de un ciclo natural, pero es la que prescriben en esta clínica y la que he utilizado en los dos tratamientos que he hecho con ellos.

En la clínica anterior, solo prescribían 600 mg. cuando se trataba de un ciclo sustituido de FIV (es decir, el que se hace después de la punción), porque se suponía que, al haber simulado una especie de menopausia mediante la nafarelina, el cuerpo no la producía por sí misma. En las transferencias en ciclo natural, sin embargo, llevé 400 mg.; y en las inseminaciones, 200 mg.

La doctora me explicó que dejaría la progesterona en dos semanas: durante la primera, ya no me pondría los 200 mg. del mediodía; en la segunda, quitaría los de la mañana; y empezaría la tercera sin medicación.

Cuando terminó, a mí se me había llenado la frente del sudorcillo frío que genera el miedo:

—Y esto... ¿cuándo empezaría?
—Hoy mismo.
—¿¿Hoy??
—¡Claro! ¿No has visto al embrión en la ecografía, que bien está, con su placenta y todo? ¡Ya no la necesitas!
—...
—...
—Qué miedo, ¿no?

El caso es que "hoy mismo" yo estaba de 8+4 semanas y se me hacía muy pronto. Siempre me había imaginado que llevaría la progesterona, al menos, hasta la semana doce; aunque también es verdad que nunca había llegado al momento de que me explicaran cómo dejarla, pues hasta ahora siempre la había dejado de golpe, ante un negativo o un aborto.

Lo cierto es que las razones de la doctora eran impecables. Como ella misma nos había explicado durante la ecografía, el cordón umbilical del embrión ya estaba bien formado y la placenta había empezado a funcionar; por eso mismo, la vesícula vitelina estaba más pequeña, ya que su función había terminado. Cuando la placenta "se hace cargo" del embarazo, el cuerpo lúteo que hay en nuestro ovario empieza a desaparecer, y con ello, la producción de progesterona que llevaba a cabo. Por tanto, y a partir de ese momento, ya no es necesario "apoyar" su función mediante un suplemento de progesterona, que, poco a poco, se puede retirar.

Esa es la explicación racional. Pero, en mi cerebro, yo solo oía: "Miedo-miedo-miedo-es demasiado pronto-miedo". Así que me pasé el calendario de la doctora por el forro y decidí empezar con el proceso cuando cumpliera las nueve semanas. ¡Lo sé! Fueron solo tres días de rebeldía, pero a mí me sentaron fenomenal (!).

Los primeros días entré en un estado de alerta permanente. Volví a la psicosis de los sangrados del principio del embarazo y esperaba encontrarme con la sorpresa en cualquier momento. Pero no ocurrió. Ni la primera semana, ni la segunda, ni la tercera. A pesar de ello, yo seguía asustada, y cada vez que me tocaba bajar la dosis, me planteaba alternativas.

Una de las que barajé fue la de duplicar cada semana, es decir, pasarme quince días con 400 mg. y quince con 200 mg., para así alargar la medicación hasta el final del primer trimestre. Estuve a punto de hacerlo, pero al final decidí que, mientras no me encontrara con ningún contratiempo, lo haría como me había prescrito la doctora. Al fin y al cabo, si el protocolo diera problemas, ya lo habrían cambiado.

Por otra parte, quien se haya puesto progesterona sabe la plasta inmunda que genera, y más en estas cantidades. Así que, muy a mi pesar, debo reconocer que ir bajando la dosis fue un alivio en lo que a higiene y comodidad se refiere. Mucho más teniendo en cuenta que estamos en verano, y que cada vez que me ponía un bañador, aquello acababa de muy malas maneras. Da igual cuánto te laves antes: de ahí sigue saliendo plasta durante muuucho tiempo.

A mi favor diré que el miedo a dejar la progesterona forma parte de la dependencia alienante que te crea este medicamento. En mi opinión, su uso indiscutible en reproducción asistida acaba convenciéndonos a quienes la utilizamos de que nuestro cuerpo la necesita, de que no somos capaces de llevar un embarazo adelante sin su presencia.

Como ya expliqué en otra ocasión, creo que la necesidad de utilizar suplementos de progesterona debería comprobarse en cada paciente (algo que forma parte de los estudios de infertilidad en otros países y que se realiza mediante un análisis en la segunda parte del ciclo menstrual), para poder ajustar la dosis a las necesidades reales de cada mujer, llegando incluso a eliminarla. Porque, insisto, si tan buena es, ¿por qué no se la recetan a todas las mujeres? ¿Por qué, de hecho, las mujeres que no están en reproducción asistida se encuentran con tantos problemas para conseguirla?

Pero no seré yo quien se queje de sobremedicación a estas alturas. Mi experiencia reproductiva me obliga a asentir, medicarme y callar. La buena noticia es que ya puedo dar por superada una nueva fase del embarazo, y que, por primera vez, mi cuerpo sostiene otra vida sin la necesidad de utilizar progesterona :)

domingo, 12 de abril de 2015

Mi sexta betaespera (y su resultado)



Esta vez empecé la betaespera muy tranquila y confiada. Solo tenía que esperar diez días para hacerme la prueba de embarazo y la dosis de progesterona era menor que en la transferencia anterior: según me explicó la doctora, cuando se realiza la transferencia después de una punción, nuestro cuerpo no segrega la progesterona propia del ciclo, por lo que hay que suplementarla; pero, al realizar la tranferencia en ciclo natural, solamente es necesario reforzarla.

A pesar de mi optimismo, 200 mg de progesterona cada doce horas fueron suficiente para tumbarme. Lo pasé peor que nunca porque nunca había tenido tanta progesterona en mi cuerpo: tenía la tensión por los suelos, me sentía mareada continuamente y la mayor parte del tiempo no podía levantarme del sofá. Psicológicamente, para mí fue terrible verme otra vez teniendo que hacer reposo forzado, porque es muy difícil liberar la mente cuando el cuerpo te recuerda constantemente por qué estás así. En cualquier caso, yo me esforcé por salir, pasear, ir al cine e incluso conducir, con grave peligro para mi integridad, la de Alma y la de todos aquellos que se cruzaron en nuestro camino sin saber que el coche lo llevaba una hormona borracha.

Así pasaron los primeros días, y hacia la mitad de la betaespera, el cuerpo me dio una pequeña tregua. Aun teniendo que soportar esas náuseas falsas que me provocan las pastillas, el mundo parecía haberse quedado quieto y, poco a poco, fui dejando atrás todo el odio, la rabia y la frustración que albergaba hacia las hormonas sintéticas.

Cuando quedaban unos días para la beta, empecé a sentir inequívocos síntomas de embarazo. Ah, ¿pero eso existe? Por suerte o por desgracia, yo ya he comprobado que en mí sí. 

jueves, 20 de noviembre de 2014

Mis dudas sobre la inseminación artificial



Después de cuatro inseminaciones artificiales, hay algunas cosas que aún no me quedan claras. Y una que entiendo mejor que cuando empecé. Empezaré con esta última.

La reproducción asistida fue creada para mujeres con problemas de fertilidad que estén en una pareja heterosexual. No fue creada para mujeres sin problemas de fertilidad, tengan marido, mujer o carezcan de pareja. Sin embargo, muchas mujeres que pertenecemos a estos grupos acudimos a reproducción asistida, y allí nos calzan a todas el mismo protocolo, sea cual sea nuestro caso.

Te pueden prometer que intentarán ser lo menos invasivos posibles, porque saben que tú no tienes ningún problema de fertilidad. Pero al final vas a pasar por el mismo protocolo que pasamos todas. Y si no, que me expliquen algunas de las dudas que me surgen sobre este tema:

1. ¿Por qué estimulan unos ovarios que funcionan perfectamente?

Mis dos primeras inseminaciones fueron sin estimulación, algo que agradecí hasta el infinito. En primer lugar, porque así me ahorraba unos cuantos pinchazos, tantos en términos físicos como económicos. En segundo lugar, porque de este modo pude comprobar lo que ya imaginaba: que mi síndrome de ovarios poliquísticos no tenía tantas repercusiones ginecológicas como parecía. Es decir, que ovulaba.

Tras el segundo negativo, la doctora nos anunció que debíamos estimular mis ovarios, pues de lo contrario disminuirían mis posibilidades de concebir. Esto fue algo que nunca entendí bien. ¿No tenían todos los intentos las mismas probabilidades? ¿Por qué de pronto se desplomaban? A pesar de mis dudas, accedí al tratamiento. Porque confiaba en la doctora, que forzosamente debía saber más que yo; porque después de dos negativos necesitaba probar algo nuevo que me devolviera la ilusión; y porque pensé que, si conseguía más folículos gracias a la estimulación, tendría más posibilidades de concebir.

Las dos estimulaciones arrojaron el mismo resultado: un folículo maduro y uno inmaduro cuyo óvulo, con toda probabilidad, no tuvo tiempo de madurar. Cuando le pregunté a la doctora por el éxito o el fracaso de esta nueva técnica, me respondió algo que me dejó boquiabierta. "Ha ido todo muy bien: tenemos un folículo muy bonito". El folículo bonito fue el único que apareció en los informes. Y yo me quedé paladeando una duda: ¿acaso no era un folículo bonito lo que mi cuerpo producía naturalmente cada mes, sin necesidad de gastarse un dineral en hormonas ni pasar por el suplicio de inyectárselas?

domingo, 19 de octubre de 2014

¿Por qué tengo síntomas de embarazo si no estoy embarazada?



Dicen las malas lenguas que la peor parte de un tratamiento de reproducción asistida es la betaespera, es decir, el periodo que va desde la aplicación de una técnica (inseminación artificial o transferencia de embriones) y la beta o prueba de embarazo. 

Esto era algo que yo no entendía muy bien antes de empezar con mis tratamientos. Es decir, comprendía que no debía de ser fácil esperar entre diez y quince días para saber si estabas embarazada, pero me parecía un tanto exagerado pensar que eso era lo peor del tratamiento, por encima de los pinchazos, de los traumáticos encuentros con el espéculo, o incluso de las pruebas de diagnóstico. En mi inocencia, creía que se trataba simplemente de llenar el tiempo lo máximo posible y tener paciencia.

Y esto es así para la primera parte de la betaespera; en el caso de la inseminación artificial, los primeros cinco o seis días. Durante ese periodo, los espermatozoides realizan el viaje hasta el óvulo, lo fecundan y el cigoto resultante desciende por las trompas de Falopio hasta el útero. No hay ninguna diferencia entre que ocurra todo esto y que, como seguramente me pasó a mí las cuatro veces que lo intenté, no ocurra absolutamente nada. Que tu cuerpo lleve un cigoto flotando o que se haya convertido en un cementerio de espermatozoides da lo mismo.

Al día siguiente de la aplicación de la técnica, debes empezar a medicarte con una hormona llamada progesterona. Normalmente, se presenta en forma de unos comprimidos ovalados muy suavecitos que pueden tomarse por vía oral o introducirse por vía vaginal (a mí esta doble posibilidad siempre me ha hecho sentir como uno de esos gusanos que consisten en un tubo con agujeros en los extremos, y en los que no se sabe muy bien dónde está la boca y dónde el culo). En mi caso, después de las inseminaciones tuve que ponerme un comprimido diario por vía vaginal.

Durante los cinco o seis primeros días, los efectos secundarios de la progesterona fueron siempre los mismos: somnolencia y cierto mareo al cambiar de postura. A mí no se me hicieron nada pesados: en primer lugar, porque, para quienes sufrimos de insomnio, el sueño profundo que provocan es una bendición; y, en segundo lugar, porque ese tipo de mareo en particular es el mismo que te producen los antidepresivos, así que ya me lo conocía. Estos dos efectos secundarios son los únicos que venían en el prospecto, así que, en el primer intento, me auguraba a mí misma una betaespera feliz.

Nada más lejos de la realidad.

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