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viernes, 26 de enero de 2018

La tripa crece (semanas 25 a 28)


Cuando recuerdo esta etapa de mi embarazo, la transición entre el segundo y el tercer trimestre, me invaden emociones encontradas. Estas fueron mis últimas semanas de plena actividad, las últimas en las que trabajé, hice deporte... Si bien la tripa ya pesaba bastante y me fatigaba cada vez más, todavía podía. Hoy, después de un mes en reposo relativo, siento envidia de mí misma, y también mucha nostalgia. 

Sin embargo, no volvería a aquel momento por nada del mundo: ahora me siento mucho más tranquila, más centrada en mi embarazo, consciente de que cada día que pasa es un día menos para tener a mi niña en los brazos. Tan solo desearía que el reposo se me hiciera un poco menos duro... y que la tripa fuera un poco más manejable :)

Cuando estaba de veintisiete semanas, nos hicieron otra ecografía de las programadas por "alto riesgo". Como ya expliqué en la ecografía de las veinte semanas, fue el periodo de tiempo más largo que hemos pasado sin ver a nuestra peque. Sin embargo, y por extraño que parezca, no se nos hizo nada pesado: mil veces peor lo pasamos, por ejemplo, durante los diez días que mediaron entre la primera y la segunda ecografía.

Esta fue la primera ecografía en la que nos quedamos sin foto, pues la niña tenía la cabeza hundida en mi cuerpo y, por si esto fuera poco, se había colocado las dos manos a los lados de la cara, en una posición que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones. A cambio, y también por primera vez, nos dieron una estimación de su peso: ¡ya pasaba del kilo! Para mí fue un hito muy importante, porque me permitió imaginarme un poquito más su presencia en mi cuerpo (y entender de dónde salía ese tripón que ya no dejaría de crecer).

En esta visita también nos dieron los resultados de la analítica del segundo trimestre, en la que estaba todo bien menos el hierro: tenía anemia. Esto explicaba por qué, antes incluso de cumplir las veinte semanas, me encontraba tan cansada. No solo era que el síndrome de piernas inquietas no me dejara dormir, sino que, además, mi cuerpo anémico se arrastraba al límite de sus fuerzas: dos síntomas que dieron al traste con la alegría del segundo trimestre.

Lo mejor de este descubrimiento fue lo que me explicó una amiga con la que hablé a los pocos días: que el síndrome de piernas inquietas y la anemia estaban relacionados. ¿Quería decir aquello que tomando mis 80 mg. de hierro no solo mejoraría mi cansancio sino que también volvería a dormir como una persona normal? ¡Efectivamente! A los tres o cuatro días de empezar a tomar el suplemento, el síndrome de piernas inquietas prácticamente desapareció, con lo cual, en apenas una semana, estaba como nueva. 

No tengo palabras para explicar el inmenso alivio que sentí una vez que recuperé cierto control sobre mi cuerpo. ¡Me sentía preparada para seguir dando la batalla! Lástima que apenas me quedara tiempo para disfrutar del subidón...

También aproveché esta visita para preguntarle a la ginecóloga por un cambio en mis pechos que me traía por la calle de la amargura. Y es que, en apenas unas semanas, me habían salido un montón de verruguitas en las areolas. Tenía miedo de que su origen fuera algún tipo de virus que afectase negativamente a la lactancia, por más que todavía quedara mucho tiempo para ello. Sin embargo, la ginecóloga me tranquilizó, diciéndome que no tenía ninguna importancia. Y aunque yo todavía ando con la mosca detrás de la oreja, debo admitir que las verrugas más grandes se fueron secando y cayendo, y que ahora solo me quedan algunas muy pequeñitas.

Y hablando de los pechos... ¡es increíble cómo crecen! Supongo que, al contrario de lo que ocurre con la tripa, la gente se corta a la hora de comentarlo, pero... ¡a mí me alucina! En lo que llevo de embarazo he aumentado más de una talla: no hay más que ver el cambio a través de los meses. Ya cuando estaba de diecinueve semanas tuve que salir corriendo a comprarme unos sujetadores de lactancia que me sirvieran también para el embarazo, porque no soportaba los míos de siempre; pero es que ahora noto el nacimiento del pecho casi debajo de las clavículas. Ojalá estos cambios sean para bien y me permitan disfrutar de la lactancia natural con la que sueño :)


jueves, 4 de enero de 2018

La ecografía de las veinte semanas

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Esta es la primera ecografía a la que acudimos con la certeza de que nuestra hija estaba viva. No sé cómo de radical o exagerado sonará esto, pero para nosotras fue muy importante. Porque, desgraciadamente, sabemos lo que es acudir a una ecografía y recibir la noticia de que el corazón de tu bebé se ha parado. Así que sentir los movimientos de nuestra pequeña mientras estábamos en la sala de espera... ¡no tuvo precio!

He querido empezar por aquí porque me gustaría destacar que, en los embarazos después de pérdida(s), no solo hay temores, sino también momentos de tranquilidad. Y que la grandísima tranquilidad de saber que tu hija está viva termina llegando. Y que es maravilloso :)

Esta fue también una ecografía muy especial porque fue la última en que pudimos sacarle una "foto" a nuestra peque, pues después hundió su cabeza "en la línea de salida", y que si quieres arroz. Es una foto preciosa, en la que, por primera vez, pudimos empezar a intuir sus rasgos. Por eso mismo, prefiero guardarla para nuestra intimidad y no publicarla en el blog ;)

Por lo demás, quien haya vivido la ecografía de las veinte semanas sabe que no es una prueba agradable. Se trata de una ecografía larga, en la que examinan cada órgano del bebé con detenimiento, lo cual resulta sumamente estresante mientras se espera "el veredicto". En nuestro caso, comenzaron mirando el corazón, y no fue hasta que la ginecóloga dijo aquello de: "Corazón... bien" que empezamos a respirar. Yo pensaba todo el rato que, si el corazón estaba bien, con el resto podríamos, así que me dediqué a ir "tachando de la lista" el resto de los órganos. Afortunadamente, no fue necesario "poder", porque todo estaba aparentemente sano.

Aunque esta ecografía es abdominal, a mí tuvieron que hacérmela también vaginal, pues la pequeña ya estaba en posición cefálica y no conseguían medirle el perímetro craneal ni observar su cerebro. No me importó lo más mínimo (¡a estas alturas...!), aunque la doctora me dio muchas explicaciones, casi como excusándose, lo cual me pareció todo un detalle.

Además de observar a la pequeña, también estuvieron comprobando el estado de mis arterias uterinas, esas que deben alimentar al bebé y que tan frecuentemente se obstruyen en caso de trombofilias y/o SAF. Yo estaba muy preocupada por este tema, y ya en la ecografía de las dieciséis semanas le pregunté a la doctora si iban a mirarlas, aunque aquella vez ella me dijo que era demasiado pronto. Esta vez, sin embargo, lo hicieron, y nuevamente recibimos buenas noticias, pues ambas estaban perfectamente.

Al final de la exploración, nos confirmaron que seguía "pareciendo" una niña, lo cual nos alegró muchísimo, porque ya nos habíamos hecho a la idea.

Aproveché esta consulta para preguntarle a la ginecóloga por mis problemas de sueño. Desgraciadamente, llevaba ya varias semanas con un insomnio insufrible, debido a lo que claramente identificaba como "síndrome de piernas inquietas". Se trata de un desorden neurológico que provoca una inquietud motora in-so-por-ta-ble a medida que el cuerpo se relaja o intenta dormir.

Algo parecido me había ocurrido ya en las primeras semanas de embarazo, durante las que fui incapaz de conciliar el sueño. Pero, después, la sensación desapareció y me estuve pegando unas noches y unas siestas estupendas. Sin embargo, fue empezar el curso y, poco a poco, mi bienestar se volvió a ir al traste. Cuando acudí a esta consulta, estaba ya absolutamente desesperada, porque no podía ni tumbarme después de comer sin empezar a sentir que me quería arrancar las piernas desde la cadera.

La única solución que me ofreció la ginecóloga esta vez fue la de tomar valeriana y, si me pasaba más de tres noches sin pegar ojo, medio valium. No fue algo que me agradara, porque se desconoce el efecto de la valeriana durante el embarazo, y el valium... bueno, eso ya me parecían palabras mayores. Pero, ante el dilema de seguir perdiendo calidad de vida (porque el insomnio crea un círculo vicioso de ansiedad y más insomnio que resulta difícil de romper), opté por tomar valeriana durante unos días.

Al principio, hizo un efecto muy bueno, logré conciliar mejor el sueño y, sobre todo, no despertarme cincuenta veces a lo largo de la noche. Pero su efecto fue limitado: al final, según iba avanzando la semana y se me acumulaba el cansancio, dejaba de dormir de nuevo. Fue una situación que duró varios meses, y que, sin duda alguna, ha sido para mí el síntoma que ha dado al traste con el bienestar del segundo trimestre de embarazo. Si hubiera seguido durmiendo como cuando estaba de tres meses, habría sido maravilloso; pero el síndrome de piernas inquietas es un trastorno que vuelve loco al más equilibrado. Así que, lo que pudo haber sido un camino de rosas, se acabó transformando en un jardín plagadito de espinas.

A pesar de ello, la ecografía de las veinte semanas, junto con los movimientos cada vez más contundentes de nuestro bebé, nos llenaron de fuerzas para enfrentarnos a las seis semanas que pasaron antes de volver a ver a nuestra pequeña. Hasta el momento, ha sido el periodo de tiempo más largo que hemos pasado sin hacernos una ecografía; sin embargo, se nos ha hecho mucho más corto que cualquiera de los anteriores.

Y es que ese tipo de tranquilidad también acaba llegando :)

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