jueves, 7 de junio de 2018

Revivir el embarazo

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Estoy muy emocionada: se cumple un año de los primeros hitos del embarazo (la última regla, el primer pinchazo de heparina, la transferencia...) y recordarlos me llena de alegría. ¡Es tan placentero echar la vista atrás y revivir esos momentos de incertidumbre, angustia e incluso parálisis emocional desde la certeza presente de que todo iba a salir bien...! Saber, como sé hoy, que aquella regla era la última regla, que aquel pinchazo funcionaría, que uno de los dos embriones que me transfirieron se convertiría en nuestra hija. 

No olvido lo mal que lo pasé; sin embargo, ya mientras lo estaba viviendo era consciente de que la memoria y su máquina del tiempo conseguirían convertirlo en un montón de buenos recuerdos. Y lo sabía porque era algo que me había ocurrido en los anteriores embarazos.

Guardo muchísimos recuerdos hermosos del primero. A veces me asaltan sin que me dé cuenta; otras, soy yo la que, todavía hoy, sale a su encuentro. Ocho semanas dan para un buen puñado de anécdotas, y más cuando el vínculo con el embrión no se ve amenazado por el miedo. 

El segundo y el tercero fueron mucho más breves, pero también dejaron mi memoria poblada de momentos. Recuerdo el cansancio del segundo embarazo, los bostezos, a mi madre exclamando: "¡Pues sí que tienes sueño...!". Recuerdo desabrocharme el botón de los pantalones sentada en el coche, haciendo espacio para aquel SHO ligero, confiada en que algo se movía, en que algo había, aunque fuera poco, aunque no fuera suficiente.

No olvido tampoco aquella tarde en la betaespera de mi tercer embarazo, cuando paseaba junto a Alma y una amiga, y me sentía ahogada e incapaz de seguir su ritmo. El SHO volvió a ser evidente mientras cenábamos, y una segunda raya confirmó mis sospechas a los pocos días. ¡Cómo olvidar la sonrisa de Alma mientras la veíamos aparecer juntas, por primera vez, en la intimidad de nuestro cuarto de baño...!

Así que ahora, ante la perspectiva de revivir un embarazo completo, el embarazo de nuestra querida hija, me siento llena de alegría. Cada aniversario me sabe a triunfo, me llena de paz, me sana las heridas.

Tengo la esperanza de que, cuando el proceso culmine, cuando celebremos el primer cumpleaños de nuestra pequeña, esa tierra de nadie que ahora habito, entre la ansiedad de tantos años de búsqueda y el extrañamiento hacia mi nueva vida, se convierta en ese lugar hermoso que siempre imaginé que sería formar mi propia familia.

domingo, 3 de junio de 2018

Tercera revisión en Inmunología

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Estas semanas que estoy relatando trajeron también la última revisión en Inmunología. Concretamente, me hice los análisis del tercer trimestre cuando estaba de 32 semanas y fui a la consulta de 34. La importancia de acudir a esta visita era otro de los motivos por los que temía que se me adelantara el parto, ya que, aunque en la consulta del segundo trimestre el inmunólogo ya me había adelantado algunas de las pautas que tendría que seguir, no habría sabido muy bien cómo aplicarlas en caso de dar a luz antes de tiempo. Por suerte, al final no fue necesario.

En esta ocasión, los análisis tampoco trajeron ninguna sorpresa: tal y como el inmunólogo había predicho, una vez más, todos los valores se mantuvieron en niveles normales, con escasa variación con respecto al segundo trimestre. Como curiosidad, mencionaré que la actividad del factor anti-Xa había descendido de 0,46 a 0,34 UI/ml, probablemente como consecuencia del aumento de peso. Sin embargo, seguía dentro del rango que necesitaba (0,2-0,5 UI/ml), cosa que no ocurrió en el primer trimestre, cuando la actividad de los anticuerpos era más intensa a pesar de que yo hubiera adelgazado un par de kilos. De nuevo se demuestra, por tanto, que para tratar el SAF la heparina no debe pautarse por peso, sino teniendo en cuenta la respuesta inmune de cada organismo en cada momento.

Una vez revisados los análisis, dedicamos la consulta a organizar la medicación de cara al parto y el posparto. Para empezar, debía dejar el adiro cuando estuviera de 35+6, el mismo día en que dejaba la progesterona: una razón más por la que me horrorizaba ponerme de parto con anterioridad, ya que me arriesgaba a sufrir una hemorragia. No obstante, el inmunólogo se cercioró de que no estuviera sufriendo ya algunas hemorragias pequeñas que hicieran sospechar de que los efectos del adiro eran demasiado fuertes, pues, según me explicó, en caso necesario también podía retirarse algunas semanas antes. Finalmente, y a pesar del amago de parto prematuro que había sufrido, pude mantener la medicación hasta el final.

Por otro lado, y según me había adelantado en la revisión del segundo trimestre, me bajó la dosis de heparina de 5.000 a 4.500 UI, con el objetivo de ampliar el margen de seguridad de cara a la epidural. Al parecer, con esta dosis solo es necesario esperar 12 horas entre pinchazo de heparina y epidural, mientras que, con una dosis mayor, la espera es de 24 horas. Esta separación es necesaria por la manera en que se administra la epidural, que, bajo la influencia de la heparina, puede provocar un hematoma en la zona de la columna: una situación muy grave cuyas consecuencias suelen ser nefastas.

Confieso que, entre mis preocupaciones, no se encontraba la imposibilidad de ponerme la epidural. En primer lugar, porque estaba convencida de que sabría cuándo me estaba poniendo de parto y, sencillamente, no me pincharía la heparina: esto es lo que hice, por ejemplo, el día de El Simulacro, en el no me puse la dosis diaria hasta que no volvimos del hospital. Por otro lado, además, mi plan era aguantar sin epidural todo lo posible, así que me parecía imposible que no llegaran a pasar las 12 horas de rigor; e incluso contemplaba la posibilidad, en caso de ser necesario o de ser capaz, de no utilizar anestesia en absoluto.

El miedo que yo tenía era que, por el motivo que fuera, me tuvieran que practicar una cesárea de urgencia. ¿Qué ocurriría entonces con la anestesia? El inmunólogo me dijo que, en ese caso, no habría nada que plantearse: la epidural estaba absolutamente contraindicada si no habían pasado las 12 horas, así que me pondrían anestesia general. Este escenario me también aterrorizaba: no poder ver nacer a mi bebé, no disfrutar del piel con piel inicial ni empezar la lactancia, conocerla muchas horas después... Nada indicaba que mi parto tuviera que ser así, pero fue otro de los miedos que se me acumularon en las últimas semanas de embarazo.

En cualquier caso, el inmunólogo me recomendó que, para minimizar el riesgo de ponerme de parto sin margen para la epidural, procurara inyectarme la heparina por las mañanas, ya que los partos suelen desencadenarse por la noche. La verdad es que esto era algo que yo ya hacía desde el principio (otro motivo por el que me sentía confiada con respecto a la epidural) y por eso no dejo de recomendarlo siempre que me preguntan cuándo es mejor ponerse la inyección.

En cuanto al resto de la medicación (ácido fólico 5 mg, vitaminas prenatales y vitamina D), debía mantenerlo hasta el parto. Después, y durante seis semanas, tendría que seguir pinchándome la heparina (cuya administración reanudaría 24 horas después del parto) y la vitamina D. Esta pauta era necesaria, en primer lugar, porque el riesgo de sufrir una trombosis aumenta muchísimo durante el postparto, y también porque los tratamientos largos con heparina descalcifican los huesos, algo que la vitamina D contribuye a minimizar.

En mi caso, no obstante, podría haber sido suficiente con una profilaxis de tres semanas, pues la actividad de mis anticuerpos es muy baja. Para asegurarnos, habría tenido que repetirme los análisis tras el parto, ya que, según me explicó el inmunólogo, la placenta es lo que altera el sistema inmune, por lo que, una vez expulsada, este debería recuperar su equilibrio. El problema, sin embargo, es que se trata de unos análisis muy caros, que solo hemos costeado mientas ha sido absolutamente necesario. Después de diez meses de tratamiento con heparina, no íbamos a desplazarnos a la otra punta de Madrid con una niña recién nacida solo para ahorrarnos algunos pinchazos. Al inmunólogo tampoco le pareció necesario, por lo que, finalmente, hice la profilaxis completa.

Por otro lado, le pregunté sobre la necesidad de hacer un seguimiento de mi SAF una vez finalizado el embarazo. Y él me dijo que, en principio, no era necesario, ya que mi SAF es obstétrico y, por tanto, fuera del embarazo es como si no lo tuviera. No obstante, si en algún momento notaba "algo raro" (esas cosas tan raras que te ocurren con las enfermedades autoinmunes), me recomendó que intentara conseguir una cita en Inmunología de la Seguridad Social, puesto que una nueva visita a Hematología probablemente no me reportase nada, tal y como ocurrió la primera y la segunda vez que fui.

Una vez aclarados todos estos puntos, llegó el momento de la despedida. Como siempre, el inmunólogo fue muy cariñoso y atento, y a mí se me hizo un nudo en la garganta, porque, ¿cómo te despides del médico a quien le debes la vida de tu hija? ¿Qué palabras harían justicia al inmenso agradecimiento que sientes...? Estoy segura de que nada de lo que dije hizo honor a todo lo que le debemos; tan solo deseo que se sienta plenamente satisfecho con la labor que realiza, pues para mí es, sin duda, el mejor profesional con el que me he encontrado a lo largo de todos estos años, no solo porque conmigo haya dado en el clavo, sino por su altura científica y humana. Algo que debería ser básico en cualquier profesional sanitario, y que, tristemente, no abunda, ni en un sentido, ni en otro (ni en los dos).

Mientras subía la calle en la que tenía el coche aparcado, no podía dejar de pensar en el primer día en que pisé aquella consulta, en la sensación de irrealidad al saberme candidata a padecer alguna enfermedad "rara". Recordaba cómo lloré cuando supe que padecía dos trombofilias que, por sí solas, ya explicaban mi historial reproductivo. Y la cara de alucinada que se me quedó al descubrir que, además, también sufría SAF.

Pero ya estaba. ¡Ya estaba!
La pesadilla había concluido.

Acaricié mi tripa de casi 35 semanas y supe que lo habíamos conseguido :)

(Os dejo una lista con los resultados de mis análisis a lo largo de estos años para que podáis consultar o comparar datos: es algo que yo también hice en su momento y que me vino muy bien).

domingo, 27 de mayo de 2018

Nuestro expediente de adopción cumple tres años


Mayo, el mes en el que empieza todo, nos ha traído esta vez el tercer aniversario de nuestro expediente de adopción. Parece mentira, pero hace ya tres años que comenzamos nuestro primer embarazo burocrático, y aquí seguimos, expectantes, atentas a lo que el futuro quiera depararnos.

Este año también ha sido muy diferente al anterior. Es curioso cómo, a veces, lo malo llama a lo malo, y lo bueno llama a lo bueno. Y es que, si bien el segundo año de nuestra aventura adoptiva, completamente yermo en cuanto a avances en la lista, coincidió con un durísimo tercer aborto, que trajo consigo una intensa peregrinación médica y la certeza, cada vez más fuerte, de que nos acercábamos al final del camino y de que, tal vez, no podría ser; en este tercer año hemos disfrutado, ¡por fin!, de nuestro deseado embarazo junto con una generosa ración de buenas noticias respecto al proceso de adopción: el mismo día en que nos confirmaban la beta positiva, tenía lugar la tan ansiada cuarta reunión informativa y, a lo largo del año, se han celebrado dos reuniones más. En total, la lista ha avanzado en 135 expedientes y ya nos quedan menos de 200 para que llegue nuestro turno. 

No me canso de decirlo, pero, para mí, la adopción nunca ha sido un plan B: siempre ha sido un plan tan A como el embarazo. En este sentido, recuerdo una conversación que tuve este verano, en la que hablaba con nuestra cuñada de lo bien que nos vendría una mejora en nuestra situación laboral:

–También de cara a la adopción –le decía yo.
–¿Qué adopción?
–La adopción, la adopción nacional. ¿No os lo habíamos contado...?
–¡Ah, sí, claro! Pero pensaba que, con el embarazo, eso ya lo habíais olvidado.

Pues no, no lo hemos olvidado. Porque eso, la posibilidad de adoptar, fue mi tabla de salvación durante el duelo genético, el impulso que necesitábamos para decidirnos por la adopción de embriones, una esperanza repentina que iluminó nuestro proyecto de familia, guiándonos hacia lo que realmente queríamos y no habíamos sabido elegir. Eso, apenas una posibilidad, hace que hoy podamos disfrutar de la familia que hemos creado sabiendo que es perfecta para nosotras, a pesar de que la adopción de embriones sea un camino absolutamente marginal entre las mujeres lesbianas. 

De hecho, ni siquiera mi embarazo habría sido igual sin el horizonte de la adopción. A cada paso que daba mi cuerpo, yo no podía evitar pensar en cómo lo viviría una mujer que fuera a dar a su hijo en adopción. ¿Cómo será mirar tu tripa y decidir que la criatura que alberga no se quede contigo? ¿Cómo enfrentarse a los rigores del embarazo, a las pruebas médicas, a la exigencia de cuidarse, cuando no deseas vivir ese proceso en tu cuerpo? ¿Qué monstruos no poblarán tu posparto bajo el yugo de unas hormonas que no entienden que ese bebé no estaba destinado a ser tu hijo? 

Mi experiencia me sugiere, una vez más, que se trata de una vivencia llena de ambivalencia. ¿De qué manera no sobrecogerse ante la primera contracción, ante la primera patada? ¿Cómo evitar, siquiera, cierta curiosidad por lo que ocurre bajo tus costillas? ¡Imposible! Tiene que ser una vivencia tremendamente compleja: esa historia de la mala mujer que abandona a su hijo no es más que una simplificación cruel e injusta.

Así que, para mí, haber podido vivir un embarazo no solo no me aleja de la adopción, sino que me acerca a ella desde la empatía de saber lo que es gestar, lo que es parir, y no acercarme siquiera a imaginar lo que es dar un bebé en adopción. Y digo un bebé porque, en la Comunidad de Madrid, la mayoría de las adopciones son fruto de renuncias hospitalarias, es decir, de mujeres que dejaron a su bebé en el hospital tras dar a luz.

Lo cierto es que, durante el embarazo, no dejé de tener en mente nuestro expediente de adopción ni un solo momento, ni tampoco lo hago ahora que nuestra hija ya ha nacido. Para mí, esa posibilidad forma parte de nuestra familia desde hace tres años, y por eso me gusta dedicar este aniversario a recordarlo, a darle el espacio que se merece en nuestra vida.


Hoy creo, sin embargo, que mis cálculos iniciales estaban equivocados: pensaba que en cuatro o cinco años culminaríamos el proceso, y ahora me parece que la cifra estará más cerca de los seis. No importa, mientras siga siendo posible. Y, si algún día deja de serlo, importará, por supuesto, pero no por ello dejaremos de considerar esta espera como un preciado tesoro que guardar para siempre en nuestro corazón.

Aunque yo creo que vendrás, pequeño :)

Por eso, cada año me empeño en celebrar esta fecha, para que nunca dudes de lo mucho que te pensamos, lo mucho que te esperamos y lo muchísimo que te quisimos, tantos años antes de que dejaras de ser lo que todavía eres: una hermosa posibilidad.

domingo, 20 de mayo de 2018

El Simulacro

Me desperté a las seis de la mañana con un dolor abdominal intenso que iba y venía. Abrí un ojo para mirar la hora y lo volví a cerrar. Cuando el dolor regresó, miré el reloj otra vez. Así hasta que comprobé que el intervalo no llegaba a los cinco minutos. "Estoy de parto", me dije. Por un instante, sentí miedo; pero, inmediatamente, pensé: "Mi hija va a nacer". Y me sentí feliz. Intenté tranquilizarme y seguir durmiendo, con la idea de descansar todo lo posible y coger fuerzas para lo que imaginaba que vendría después.

No aguanté demasiado. El dolor era muy intenso y decidí que me convenía más moverme, dinamizar mi cuerpo para que se fuera relajando y no entorpeciera el paso del bebé. Me senté al borde de la cama, abrí bien las piernas y me eché hacia delante, tal y como nos había enseñado la matrona durante el curso. Alma se despertó al poco rato. "Creo que estoy de parto", le dije. Y sonreí. Algo dentro de mí se sentía plenamente satisfecho: a pesar del reposo y la progesterona, a pesar de la desconfianza que regresaba, estaba ocurriendo lo que yo había predicho. Mi cuerpo sabía parir.

Deambulé por la casa, probé varias posturas, siempre buscando la expansión de mi cuerpo. El dolor se volvía más intenso y las contracciones eran cada vez más contundentes. Por momentos, el miedo regresaba, pero yo procuraba atajarlo recordándome que aquello era lo mejor que podía pasar, que todo iba bien. Como la luz me resultaba muy molesta, mantuvimos las persianas bajadas para que las habitaciones estuvieran en penumbra. Y aunque había planeado pasar la dilatación escuchando música relajante, descubrí que el ruido también me perturbaba, que prefería el silencio. 

Alma se duchó y empezó a preparar la bolsa. Apenas unos días antes había estado haciendo una lista con lo que quería que nos llevásemos. No me gustaba la idea de tener las cosas en la maleta hechas un gurruño, porque todavía estaba de 36 semanas y no sabía cuándo me pondría de parto. Lo que sí veía  claro es que, llegado el momento, necesitaría centrarme en mi cuerpo, así que preferí hacer una lista y que fuera ella quien se ocupara de cogerlo todo.

Pasaban las horas y, aunque al principio no había querido desayunar, terminé forzándome a comer un sándwich, siempre con el pensamiento de que me esperaba un desgaste ingente que no podría enfrentar en ayunas. Llevaba todo el embarazo, además, preocupándome por cómo evitar las hipoglucemias durante el parto, así que no podía arriesgarme ahora que parecía que el momento había llegado. Y, aunque no conseguí terminármelo, de alguna manera ayudó a que el estómago se asentara.

Porque el caso es que me dolía el estómago. O, más bien, me dolía en algún lugar indefinido, perdido entre mis intestinos desplazados, pero reflejado en mi ombligo. Y eso me mosqueaba. Muy a mi pesar, notaba cierto desfase entre el dolor intermitente y las contracciones. A veces, coincidían; a veces, no. Y, en cualquier caso, no me esperaba que el dolor de parto fuera así, tan parecido a una indigestión. Lo que no podía negar es que había un dolor intermitente y había unas contracciones. Si no era el parto, ¿qué otra cosa podía ser?

Cuando salí de la ducha, entendí que mucho tenían que cambiar las cosas para que aquel día naciera nuestra hija. El dolor y las contracciones habían alcanzado un pico y, desde entonces, estaban disminuyendo. La ducha, concretamente, me relajó muchísimo, y ya habían pasado casi seis horas desde que todo empezó, tiempo suficiente para que el parto hubiera avanzado hasta el punto de resultar indiscutible.

Entonces, ¿qué hacíamos? ¿Nos íbamos al hospital, cuando, con toda probabilidad, nos mandarían de vuelta a casa? Pero, ¿y si estaba de parto aunque a mí no me lo pareciera? Había escuchado tantas historias de partos que no lo parecen... ¿Y si también era mi caso? Al final, decidimos ir a urgencias porque, al fin y al cabo, el dolor estaba ahí y las contracciones estaban ahí. Algo pasaba.

Esta vez, sin embargo, no fuimos a nuestro hospital de siempre. Esta vez fuimos a Hospital Elegido: el lugar donde, después de mucho informarme, deseaba dar a luz. Quería vivir un parto respetado, confiar en que no sufriría episodios de violencia obstétrica, que mi voluntad sería tenida en cuenta en todo momento y que recibiría un trato humano. En resumen, lo que cualquiera esperaría al ser atendida durante un parto aunque, desgraciadamente, la mayoría de las veces no sea así.

En urgencias nos valoraron de manera inmediata, una de las primeras diferencias que notamos entre Hospital Elegido y nuestro hospital, donde habríamos tenido que esperar como cualquier otro paciente. Después, nos sentamos un rato en unos sillones, hasta que vino un celador para acompañarnos a Ginecología. Allí pasamos otro rato en una sala de espera y, a continuación, una matrona me puso los monitores. Esta fue otra diferencia importante, pues me enchufaron a la máquina sentada en un sillón, no tumbada en una camilla. Y fue algo que agradecí muchísimo, ya que las camillas me resultaban muy estrechas para andar maniobrando con la tripa: el simple hecho de recostarse a mí me parecía toda una odisea.

Durante la hora que pasé en los monitores me terminó de quedar claro que de parto no estaba. Tenía muchísimas contracciones, algunas muy fuertes, las más fuertes que había registrado hasta el momento; pero no eran rítmicas ni coincidían, la mayor parte de las veces, con el dolor intermitente. La matrona, por si acaso, me hizo un tacto (un procedimiento odioso que, sin embargo, llevó a cabo con sumo cuidado), y confirmó que mi cuello del útero estaba todavía muy alto, por lo que no parecía que el parto fuera a desencadenarse ni siquiera en los días siguientes.

Ante mi pregunta de por qué tenía, entonces, tantísimas contracciones, me explicó que, cuando se sufren indigestiones y otros procesos parecidos, el útero suele irritarse. Para mí, esta explicación fue muy importante, ya que me daba mucha vergüenza la posibilidad de estar somatizando, debido al miedo recién estrenado a no ponerme nunca de parto.

Todo este protocolo fue diferente al que nos aplicaron en nuestro hospital la primera vez que fuimos a urgencias, ya que, por ejemplo, en ningún momento me midieron el cuello del útero. No sé si la diferencia tiene que ver con que ya estaba casi a término (al día siguiente cumplía las 37 semanas), o con que, en Hospital Elegido, las matronas parecen tener un protagonismo mayor. Y digo esto porque, en nuestro hospital, fueron dos ginecólogas quienes valoraron mi caso; mientras que, en Hospital Elegido, yo ya sabía que no estaba de parto antes de ver a ninguna ginecóloga.

No obstante, al final pasamos a consulta con una. Ella me preguntó si quería dar a luz en ese hospital, ya que no era nuestro hospital de referencia, y le dije que sí. Así que aprovechó para abrirnos una ficha y tomar nota de todos los datos del embarazo; lo cual, y teniendo en cuenta mi historial, nos llevó un buen rato. Como me faltaban los resultados de la prueba del estreptococo porque me habían tomado la muestra en la última consulta, me propuso repetirla por si acaso no me daba tiempo a que me los dieran en nuestro hospital. A mí me pareció una idea estupenda porque así me quedaba mucho más tranquila, y hasta me hizo ilusión que me hicieran ya una prueba allí.

Volvimos a casa contentas: no estaba de parto, pero El Simulacro había servido para practicar la salida de casa, conocer Hospital Elegido y que me abrieran una ficha para cuando verdaderamente fuera el día. No obstante, fue una experiencia agotadora, así que aquella tarde decidimos faltar a la última clase del curso de Educación Maternal, esa en la que nuestra matrona habló sobre el expulsivo y la lactancia. ¡Ag!

domingo, 13 de mayo de 2018

La tripa crece (semanas 33 a 36)


Cuanto más tiempo pasa, más extraño me parece hablar del embarazo. Miro las fotos de la tripa y mi cuerpo me resulta ajeno, como si esa no fuera yo. Y no termino de entender por qué me pasa. Como últimamente el cerebro me funciona a medio gas, me quedo con la idea de que fueron muchos años luchando por algo que duró tan solo unos meses, que se hizo largo por momentos pero que, una vez concluido, parece haber pasado en un abrir y cerrar de ojos.

Las semanas que ahora comento fueron mucho más positivas que las anteriores. De pronto, el embarazo pareció encarrilarse y coger velocidad. Cada día dejó de ser una agonía y yo volví a recuperar un poco de la fuerza y el ánimo perdidos... aunque la seguridad en mí misma sufriera nuevos varapalos.

Para empezar, la semana 33 me sorprendió con una notable mejoría en las contracciones. Después de quince días de reposo relativo y progesterona, por fin dejé de sentirlas cada hora y empecé a estar cómoda sentada o de pie durante periodos más largos. Quiero hacer hincapié en esto por si alguien que me lee pasa por algo parecido: la progesterona y el reposo no obran milagros. Funcionan, pero no de la manera inmediata en que lo harían otras medicaciones más fuertes, así que hay que tener paciencia. Lo cual es muy fácil de decir a toro pasado, pero prácticamente imposible de cumplir en el momento (!).

En cuanto alcancé la semana 34, me quedé mucho más tranquila: esas semanas críticas sobre las que me había advertido mi ginecóloga (que fueron la causa principal del reposo) habían pasado. Las perspectivas de un parto prematuro eran mucho más halagüeñas, y aunque yo esperaba llegar, al menos, a la semana 36, me conformé con haber conjurado el mayor peligro.

No obstante, seguía convencida de que el parto se adelantaría. De hecho, me convencí mucho más cuando empecé a notar un nuevo síntoma que me acompañaría hasta el último día: los dichosos calambres en la ingles. Sentí el primero justamente el día que cumplía las 34, y casi me desmayo del dolor y del susto. Después supe que, con toda probabilidad, eran la consecuencia de que la pequeña se estuviera encajando en el canal del parto, pues algunos bebés se toman su tiempo para hacerlo, y la mía estaba entre ellos.

En esta semana tuvimos una nueva ecografía de control. Para mí había sido como una línea de meta imaginaria que, durante las semanas de reposo, me parecía imposible llegar a cruzar. Lo que no me esperaba recibir, una vez alcanzada, era algo tan diferente a la tan esperada enhorabuena.

La ginecóloga empezó preguntándome qué tal me encontraba y yo le comenté mi mejoría con respecto a las primeras semanas de reposo, que tan duras me habían parecido.

–¡Pero tampoco habrás estado todo el día tumbada...!

lunes, 30 de abril de 2018

Natación para embarazadas

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Ahora que las brumas del posparto se van disipando, que me encuentro las fuerzas para ir recuperando, muy poco a poco, cierto control sobre mi vida, entiendo que debo hacer un esfuerzo por reequilibrar mi experiencia. La cual, últimamente y por más paradójico que parezca, se estaba inclinando demasiado hacia el lado negativo.

Así que, cuando me vienen los bajones del todomesalemal, del nadaescomoplaneaba, intento aferrarme a los momentos en los que todo salía bien. Porque también los hubo: momentos (días, semanas, meses) en que el embarazo fue una delicia; en que cumplió, con creces, esa función sanadora (tan exagerada, tan del todo-o-nada, tan injusta incluso) que, a veces, quienes tenemos un historial reproductivo complejo le exigimos.

Uno de esos momentos fueron los dos meses y medio que pude practicar natación para embarazadas.

Desde que puedo recordar, nadar ha sido para mí una de las experiencias más placenteras de la vida.  Así que la idea de nadar embarazada me parecía una autopista directa hacia el Nirvana. Por supuesto, habría preferido nadar en el mar, que es donde el disfrute es más completo; pero esa posibilidad se descartó sola, ya que la mayor parte de mi embarazo transcurrió en los meses de frío. Así que me tuve que conformar con el Nirvana doméstico de nadar en una piscina.

No fue perfecto, pero fue estupendo. Desde el primer instante en que me sumergí en el agua, me sentí invadida por un profundo bienestar. Y no solo por estar viviendo una experiencia tan deseada, sino porque descubrí que nadar embarazada es un placer en sí mismo: el peso de la tripa desaparece y el cuerpo recupera una agilidad que no tenía la conciencia de haber perdido. Conciencia que se recupera en cuanto echas mano de la escalerilla y te das cuenta de que no puedes salir del agua, porque la tripa, de pronto, ¡pesa una tonelada! La metamorfosis de sirena en foca monje es para vivirla ;)

La natación para embarazadas es muy sencilla (son pocos los estilos que se pueden practicar de manera segura y también son pocos los ejercicios que se pueden hacer en el agua), pero yo no la encontré aburrida. Para mí, nadar es una forma de meditación en movimiento, así que agradecí esa dulce monotonía que me permitía olvidarme de mi cuerpo y disfrutar de la concentración.

Cada día que iba a clase, mi autoestima y mi seguridad aumentaban. No era solo por el ejercicio en sí mismo, que también, sino por la conciencia de ser capaz. Ser capaz de salir de casa a última hora de la tarde, a pesar del frío y la noche, a pesar del cansancio acumulado. Enfrentarme a una sesión de ejercicio intenso, más el rato de ducha y vestuario, sabiendo que llegaría a casa temblorosa, en pleno bofetón de hipoglucemia, tan difícil de evitar a esas horas sin salirme de la dieta.

Todo ello me hacía sentir fuerte, poderosa: había perdido el miedo, mi cuerpo ya no me traicionaba. Cada sesión era un triunfo que solo quería revalidar, así que procuraba no faltar nunca; y el momento de ir a clase, que podría haber sido de mucha pereza, se convirtió, muy al contrario, en mi momento preferido del día. Todavía me recuerdo, conduciendo de noche hacia el polideportivo, emocionada  perdida porque iba a nadar.

Una de las preguntas que siempre le hacíamos a nuestro profe era hasta cuándo podíamos seguir nadando, teniendo en cuenta el reto físico que representa el último trimestre del embarazo. Su respuesta era que podíamos seguir asistiendo a las clases hasta el día anterior al parto, siempre que no forzásemos el cuerpo y realizáramos los ejercicios con cuidado. Y esa era mi intención: nadar, nadar hasta el último día, seguir flotando de bienestar incluso cuando la tripa fuera gigante y me tuvieran que sacar de la piscina con una grúa.

Por eso, cuando llegó el reposo, me resistí. Tan solo hacía unas semanas que volvía a nadar con fuerza, después de superar el bache de la anemia. Pensaba que, aunque tuviera que descansar un tiempo, después podría volver a nadar. Pero no pude. Para cuando me levantaron el castigo, la FPP estaba ya cerca y yo, convencida de que la pequeña se adelantaría, no me atreví a volver a meterme en el agua.

Así que el tiempo que pretendía disfrutar de la natación se vio reducido a la mitad. No obstante, pude vivir momentos preciosos, como cuando empecé a notar sus pataditas mientras nadaba, algo que interpreté como una señal inequívoca de que mi pequeña disfrutaba del agua tanto como yo. Y así lo sigo interpretando ahora, cuando la metemos en su bañera cada noche y ella patalea alegremente sin ningún miedo aparente al agua.

Qué ganas tengo de volver a nadar junto a ti, mi niña, ahora que estás del otro lado.
Y si es en el mar este verano... ¡muchísimo mejor! :)

domingo, 15 de abril de 2018

La tercera visita a la matrona

Vuelvo la vista atrás para recordar con inmenso cariño una de las mayores sorpresas que me deparó el embarazo.

La tercera visita a la matrona llegó cuando estaba de treinta semanas. 
Una semana antes, empezamos el tan esperado "Curso de Educación Maternal".

Nuestras expectativas eran nulas. La primera visita a la matrona nos había quitado las pocas esperanzas que albergábamos de conocer a una profesional en la que poder confiar. Y la segunda no hizo más que agravar la situación. Así que, para cuando llegó el curso, yo ya me daba con un cantito en los dientes si aprendía alguna cosa.

La primera clase empezó fatal: mucha gente, una dinámica de presentaciones que fue un desastre, la matrona que no terminaba de arrancar... Yo miraba constantemente el reloj. "Un rato más y nos vamos", pensaba. Todavía estaba muy activa y sentía que no tenía tiempo que perder.

Pero, de pronto, ¡bum! En cuanto la matrona se puso a hablar del parto, nos dejó con la boca abierta. Resultó que era una firme defensora del parto respetado y del empoderamiento de las mujeres. Durante la charla, no hice más que asentir, sonreír y aprender a valorar a una señora que, desde entonces, ha resultado una ayuda indispensable para superar los retos iniciales de la maternidad.

Por si esto fuera poco, la matrona tuvo a bien no cumplir sus amenazas de la segunda visita y utilizar un lenguaje inclusivo para tener en cuenta la diversidad de nuestra familia. Vamos, que de vez en cuando, además de "padre" también dijo "pareja" o "acompañante" (!).

El caso es que salimos de la clase entusiasmadas, alucinando con la metamorfosis de la misma matrona que me había recomendado hartarme a bollos o que incluso parecía habernos querido disuadir de asistir al curso.

Cuando volvimos a la consulta con ella, la felicitamos. Ella también parecía contenta de haber "superado la prueba" después de su anterior (y única) experiencia con lesbianas. A día de hoy creo que, en parte, su comportamiento obedecía a una torpeza social que le impedía relacionarse con nosotras de manera normalizada. Evidentemente, a nadie le hace ilusión que la persona que tiene enfrente se ponga nerviosa para mal simplemente porque te muestres como eres; pero también es verdad que, cuando hay buena voluntad, es algo que mejora a base de tiempo y naturalidad. Al fin y al cabo, todos nos hemos criado en una sociedad homófoba, así que, por más que nos joda canse, conviene que tengamos paciencia.

En esa tercera visita me pusieron la vacuna trivalente. "No te preocupes", me dijo la matrona. "La dosis es para un feto, así que no notarás ninguna reacción. Como mucho, alguna molestia en el brazo". ¿Molestia? ¡¿Molestia le llaman a no poder levantar el brazo durante una semana?! ¡Qué dolor más horrible!

Por aquel entonces, solía bromear con que la siguiente dosis se la iban a poner directamente a la niña, que ya estaba bien de que yo pusiera el brazo... Pero ahora, cuando pienso en lo que me dolió y miro a mi hija, ¡me arrepiento tanto de aquellas palabras! Veinte dosis me pondría hoy si pudiera librarla del pinchazo traicionero... ¡Qué duro va a ser ponerle las primeras vacunas! (Y las segundas y todas, me temo, porque me estoy revelando como una madre moñas donde las haya...).

El caso es que, a lo largo del curso, fuimos afianzando la relación con la matrona. Nos encantaron todas y cada una de sus clases porque, además de aprender muchas cosas útiles, consolidamos nuestra visión de lo que debería de ser la experiencia del parto. Yo, particularmente, perdí el poco miedo que sentía hacia la experiencia, confiada en que, si seguía sus indicaciones, todo iría estupendamente. ¡Lástima que después nada saliera como esperaba...!

A pesar de nuestra desgana inicial, al final solo nos perdimos una clase, debido a una segunda visita a urgencias que ya explicaré. Por desgracia, fue la clase dedicada a la lactancia materna. Hoy estoy segura de que, si hubiera podido asistir, mi experiencia habría sido mucho más positiva, y quizá me habría ahorrado alguno de los millones de problemas con los que me he encontrado.

En esa sesión también reforzaron el "simulacro" de expulsivo, que yo no llegué a hacer nunca porque formaba parte de unas clases en las que se hacía ejercicio y a las que yo no pude asistir al coincidir con las semanas en que estuve de reposo. De nuevo, estoy segura de que mi experiencia en el parto habría sido diferente si hubiera aprendido a hacerlo; la mala suerte, sin embargo, parece algo consustancial a mi periplo reproductivo, así que supongo que, a estas alturas, ya debería tenerla asumida.

En nuestro calendario de citas, todavía teníamos programada una cuarta visita con la matrona, que habría podido servir para paliar nuestras carencias con respecto al curso. Sin embargo, los hados volvieron a conjurarse en nuestra contra y nunca pudimos asistir a la consulta, porque la fecha prevista coincidió justamente con el día del nacimiento de nuestra hija.

viernes, 6 de abril de 2018

Escribir es vivir


Cuando veía que otras mujeres embarazadas daban a luz y abandonaban sus blogs, aunque solo fuera durante un tiempo, siempre pensaba: "Eso no me ocurrirá a mí. Porque la escritura forma parte de mi vida, se imbrica con ella precisamente en los momentos más intensos, así que, cuando mi bebé nazca, escribiré, seguro. Escribiré más que nunca, de hecho".

Ya.

Supongo que es una más de las tantas bofetadas de realidad que la Vida me ha ido dando en las últimas semanas, desde que nuestra pequeña nació y descubrí que nada era como me imaginaba.

A veces me pregunto si es que soy demasiado inocente, demasiado listilla, o si tal vez tengo mucha menos imaginación de la que creo. El caso es que nunca acierto cuando imagino las experiencias más importantes de mi vida, como trabajar de profesora, vivir con Alma o tener un bebé. Yo creo que van a ser de una manera y resulta que son de otra muy diferente. Al principio, mucho peores: es lo que tienen las expectativas; al menos, las mías. Después, mejoran. Se vuelven reales y mejoran.

Como en ocasiones anteriores, esta vez me he vuelto a ver sobrepasada por todo lo que supone recuperarse de un parto y atender a un bebé recién nacido. Aún así, he escrito. He escrito más que nunca, de hecho. Pero no con mis dedos, en un teclado. Ni siquiera sobre un papel. He escrito mucho, como tantas otras veces, pero en mi mente

Es un hábito antiguo que tengo: reelaborar mis experiencias, más cuanto más intensas, a través de la escritura, aunque sea una escritura mental. Y, en esta ocasión, no ha sido diferente. Escribir me ayuda a pensar, a ordenar el caos existencial en el que tiendo a sumergirme, a asumir lo que me ocurre y a planear (aunque luego nada salga como había imaginado) lo que vendrá.

Aun así, mis dedos bullen con la necesidad de ver plasmados todos mis escritos mentales en una pantalla. Quiero contar, más que nunca, cómo fue el final de mi embarazo y el principio de esta aventura que es la maternidad. 

Nos lo merecemos. Mis dedos y yo, y todos los ojos que nos leen :)

jueves, 15 de febrero de 2018

La tripa crece (semanas 29 a 32)


Después del primer trimestre de embarazo, que para mí fue un auténtico calvario, estas han sido las peores semanas que he pasado hasta ahora. Entre otras cosas, por el contraste con las anteriores; aunque no solo.

La semana 29 fue la última en la que fui a trabajar. Con ella culminé unas semanas de trabajo muy intenso, no solo porque coincidieron con el final del trimestre, sino porque quería dejar un montón de cosas preparadas para quien me fuera a sustituir. Dar el relevo en mi trabajo es bastante complejo, sobre todo porque los alumnos lo pasan mal con los cambios; por suerte, todo acabó saliendo mejor que bien, pero en ese momento aún no sabía qué iba a ocurrir.

La verdad es que, si volviera a vivir un embarazo, intentaría cuadrar las fechas para poder pedir la baja un poquito antes. No es que me forzara hasta el extremo, pero sí es cierto que acabé exhausta, algo que no me gustaría repetir porque lo considero innecesario. Aun así, hubo gente que me hizo saber su opinión acerca de lo pronto que iba a empezar mi baja, a pesar de conocer algunos de mis antecedentes (como mi primer aborto, del que se enteró hasta el último mono) y sin preguntarme cómo me encontraba. ¡Ay, lo que me acordé de ellos en las semanas posteriores...!

La semana 30 fue una semana de transición. Procuré descansar todo lo que no había descansado en las semanas anteriores, pero también hice mucho ejercicio y seguí trabajando, aunque fuera desde casa y ya estuviera de baja (!). El caso es que me sentía fenomenal, con bastante energía y muchísimas ganas de empezar a preparar la llegada de nuestro bebé. Y es que, hasta ese momento, no habíamos organizado prácticamente nada. 

Por alguna razón, no obstante, esta semana empecé a comerme la cabeza con que algo no fuera bien. No recuerdo sentir nada muy especial, pero me entraron algunas neuras sobre la fortaleza de mi cuello del útero o la posibilidad de tener una fisura en la bolsa y no darme cuenta. Tal vez mi mente intuía que debía bajar el ritmo aún más rápido o, tal vez, simplemente, me encontré con un montón de tiempo libre para pensar y no se me ocurrió ocuparme en nada más entretenido. El caso es que, desgraciadamente, acabé acertando en que algo no iba bien, aunque fuera completamente de carambola.

La semana 31 empezó con una ecografía de las programadas por "alto riesgo". Estas ecografías se han vuelto un poco rutinarias, aunque siempre es emocionante poder ver a la pequeña y comprobar que todo está correcto; la pena es que ya nunca podemos verle la cara ni sacarle fotos nuevas. En esta ocasión, su peso estimado era de 1,700 kg.: una buena noticia de cara a un posible parto prematuro, cuyo amago llegó tan solo dos días después

El mismo día de la ecografía yo ya me había notado muchísimas contracciones, pero lo achaqué a los nervios por la prueba. Al día siguiente, no llevaba paseando ni diez minutos cuando empecé a encontrarme fatal y tuvimos que volvernos a casa. Y al tercer día acabamos en urgencias, de donde salimos con la pauta de reposo relativo.

Fue tan repentino... Todavía recuerdo cómo le preguntaba a la ginecóloga, incrédula, si el reposo relativo implicaba que ya no podría hacer ejercicio. Ella se reía. "No, claro que no: ahora vienen unas semanas críticas y tenemos que gastar cuidado. Como mucho, puedes salir a pasear muy despacio, y solo durante veinte minutos cada día". Yo insistí un poco y ella me miró como diciendo: "¿Pero qué pasa? ¿Que no te has enterado de nada?"

La verdad es que, al principio, me costó reaccionar. Los primeros días coincidieron con la vorágine de las fiestas navideñas y, entre cenas y comidas, a mí me pareció que nada había cambiado. Pero después, cuando me vi postrada en el sofá, sin poder hacer nada de lo que había planeado, teniendo que desapuntarme de mis actividades deportivas y sintiendo la misma cantidad de contracciones que me habían llevado a urgencias... me hundí.

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