lunes, 25 de mayo de 2020

Nuestro expediente de adopción cumple cinco años


Era viernes por la tarde, uno de esos viernes de antes, de cuando la vida era normal o, al menos, de cuando disimulaba su imprevisibilidad con eficacia. Bailábamos las tres en el cuarto de la niña, riendo, bromeando. Disfrutando de lo que, por aquel entonces, era todavía una actividad esporádica. De pronto, llamaron al telefonillo y, extrañamente, fui yo quien se acercó a contestar. Al otro lado, la cartera me avisó de que traía una notificación.

–Tía, creo que nos han puesto una multa.
–¿Una multa? ¡No me jodas!
–¿Te ha pasado algo con el coche?
–Pues... ahora que lo dices... creo que el otro día me salté un semáforo. Estaba en ámbar y aceleré... Puede que lo pasara en rojo. 
–Joder... ¡verás! ¡Doscientos euros que nos cascan! Con lo bien que nos viene...
–Lo siento... Si es que a veces voy como loca...
–Aunque, ahora que lo pienso... El otro día pisé un poco más de la cuenta el acelerador y, en la esquina del instituto, estaba la Guardia Civil.
–¡¿La Guardia Civil?!
–No me pararon ni nada... Pero lo mismo me echaron una foto... 
–Tía... ¡doscientos euros! ¡La madre que nos parió...!

(Cuando estaba embarazada de seis meses, la policía local me puso una multa de doscientos euros por desacato a la autoridad. Los motivos concretos no vienen al caso, pero el trauma que nos causó es más que evidente).

La cartera no necesitó llamar al timbre. En cuanto oímos el ascensor, nos agolpamos en la puerta, deseosas de saber quién había tenido la culpa. Al ver la notificación, sin embargo, me eché a reír como una posesa.

–NO ES UNA MULTA.

La cartera no pudo evitar sonreírme, entre divertida y asustada.

–Es que creíamos que era una multa, ¿sabes?

Alma también me miraba sin entender nada.

–Pero no es una multa –seguí, para mí misma–. Es de los servicios sociales.

domingo, 2 de febrero de 2020

Seis meses con la regla


Cuando se iban a cumplir dos años de la célebre Fecha de Última Regla (FUR) y mi hija tenía quince meses, la menstruación volvió a llamar a mi puerta.

Reconozco que llevaba esperándola mucho tiempo. Tres meses después del parto, empecé a notar movimiento en los ovarios. Y creí que, con mi mala suerte característica, sería una de las pocas mujeres a quienes les viene la regla a pesar de la Lactancia Materna Exclusiva (LME). Sin embargo, me equivoqué. Y pasados esos primeros meses de "sensaciones extrañas", hasta me dio igual.

Solo cuando mi hija cumplió su primer año, empecé a preguntarme en qué momento volvería. La matrona nos había explicado que podía tardar mucho, sobre todo al seguir dando el pecho, y que cualquier lapso de tiempo era normal. Yo confiaba en ello y no estaba preocupada, pero empecé a tener una vaga sensación de no quererla y, sin embargo, necesitarla.

Soy de las que piensan que, a pesar de que nos enseñen a vivir la regla como un engorro, o incluso aunque podamos argumentar que objetivamente lo es, lo cierto es que forma parte indisociable de la salud de nuestro cuerpo, así que es previsible que su ausencia prolongada nos haga echarla de menos, aun cuando, de alguna manera, creamos que no es así.

Por más que la esperara, sin embargo, reconozco que no la vi venir. Los síntomas premenstruales fueron muy diferentes a los que conocía, y, de hecho, solo comprendí que eran "síntomas" una vez que volví a ver el papel higiénico manchado de sangre una mañana, y entendí de golpe todas las "rarezas" de las semanas anteriores.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Un año de la reunión informativa


Se cumple el primer aniversario de nuestra reunión informativa para la adopción nacional. Y este año, prácticamente en la misma fecha, han vuelto a convocar una nueva reunión.

Ya he perdido la cuenta de cuántas ha habido entre medias: la lista ha avanzado muchísimo, han llamado a expedientes que ya casi duplican nuestro número y se habla de que pueden volver a abrirla en breve.

Durante estos doce meses, he pasado por multitud de estados de ánimo: euforia y miedo al principio, calma y seguridad una vez que llegamos al periodo de paralización voluntaria, nervios y un estado de alerta soterrada desde que terminó el verano.

Sé lo que significa este último sentimiento. Mi cuerpo me va avisando de que el momento se acerca, de que llegará un punto en que querré ir a por ello. Ese momento todavía no ha llegado, pero ya no está tan lejos.

No me quedó ninguna duda el día en que supe que había convocada una reunión justo en el aniversario de la nuestra. Porque me hundí. De pronto, volvieron a mi mente todos esos pensamientos horribles de haber pasado un año en blanco

Sé que no es real, sé que el tiempo en blanco terminó con el nacimiento de mi hija. Pero también es verdad que no logro superar la idea de que, si todo hubiera sido distinto, todo habría sido distinto.

Si todo hubiera sido distinto, en estos doce meses habríamos tenido tiempo de sobra para culminar la adopción.

Si todo hubiera sido distinto, ya tendríamos otro hijo.

Y es una idea que me agota. No porque no sea verdad, sino porque no me lleva a ningún sitio. Las cosas han sido como han sido, y si todo hubiera sido distinto, mi hija no sería mi hija. Y, cuando pienso en tener otro hijo, me inunda la certeza de que será quien deba ser, de que lo sabré y sentiré así, de que no querré que las cosas sean de otra manera.

Pero a veces pienso que la sensación de que me han robado el tiempo me acompañará hasta el día en que me muera. Que mi último pensamiento será: "Mierda. Podría haber disfrutado tres/cinco/ocho años más con mis hijos".

Es una perspectiva que me gustaría superar, pero empiezo a sospechar que me va a hacer falta algo más que tiempo. Tal vez otra idea, mucho más fuerte, todavía más arrolladora, que me dé la mano y me saque del hoyo mental en el que estoy.

¿Existirá una idea semejante? ¿Logrará sacarme de aquí?

Espero que así sea.

martes, 17 de diciembre de 2019

Gestando un nuevo proyecto

La economía mejora, pero no contagia - TN.com.ar

A mediados de septiembre, una amiga de Alma (que también es lectora de este blog) me afeaba que lo hubiera abandonado.

—No lo ha abandonado —le explicó mi mujer—. Es que tiene un blog nuevo.

Hasta aquel momento, ella era la única que conocía su existencia, y yo esperaba que la situación siguiera así por un tiempo. Pero Alma tenía otros planes y, desde entonces, no deja de insistirme:

—Enlaza ya tu blog.
—¿Has enlazado ya el blog?
—¿Cuándo vas a enlazar el blog?

Lo cierto es que me ha costado muchísimo arrancar y, durante varios meses, no me he sentido cómoda con la idea de que alguien lo visitara. Por primera vez me había animado a utilizar WordPress y, hasta hace dos días, el resultado era un auténtico fracaso. 

Pero también es verdad que por fin he llegado a un punto en el que, a pesar de todo el trabajo pendiente, me siento lo suficientemente cómoda como para darlo a conocer, así que allá voy: este es mi nuevo blog.

No es un blog de maternidad, aunque es evidente que ahora mismo la maternidad tiene un papel más que relevante en mi vida; y eso es algo que, necesariamente, debe reflejarse en mi escritura.

Se trata, más bien, de un espacio personal donde reflejar mis experiencias, reflexiones y emociones pasadas por un tamiz literario: una perspectiva muy valiosa para mí que, por motivos prácticos, ha estado ausente de gran parte de las entradas de este blog.

Esto no implica que vaya a abandonarlo. Entiendo que algún día encontrará su final, pero ese momento todavía no ha llegado. Aún siento que este es el lugar donde tengo que publicar mucho de lo que me ha pasado y me pasa, y espero poder dedicarme a ello ahora que mi nuevo proyecto ya no requiere esa energía brutal de los comienzos.

Si explico todo esto aquí es porque quiero justificar mi ausencia de los últimos meses, que no ha sido una ausencia planeada ni querida, sino más bien obligada; y porque me gustaría darle la oportunidad, a quien así lo quiera, de seguirme en mis nuevas andanzas. Pero siempre desde la conciencia de que este es un espacio muy peculiar con un trasvase difícil a otros cauces.

Es decir, que entiendo que mi nuevo blog no le interese lo más mínimo a la mayoría de quienes me leéis por aquí :)

En cualquier caso, lo comparto porque, para mí, es un proyecto muy ilusionante, con el que llevo soñando mucho tiempo, que he planeado desde que nació mi hija y en el que llevo trabajando casi un año, aunque haga mucho menos que he empezado a publicar.

Y también porque, durante muchos años, he sentido que la infertilidad paralizaba mi vida, dejándome sin energía para llevar a cabo ninguno de mis otros proyectos vitales, proyectos que me llenaban pero a los que no me sentía con fuerzas de enfrentarme.

Y me gustaría enviarles el mensaje, a quienes todavía están en ese estado, de que hay vida, mucha vida, al otro lado. Nadie me devolverá nunca el tiempo perdido, pero tampoco nada me va a llenar tanto de energía como salir victoriosa de ese viaje.

miércoles, 24 de julio de 2019

Me pregunto cuándo deja de doler


Me pregunto cuándo deja de doler. Cuándo la noticia de un embarazo (de esos rápidos, casi inesperados, de los de "huy, huy, es que ha sido a la primera, nada más empezar a intentarlo") deja de clavársete en el vientre, deja de ponerte cara de gilipollas, y peor aún, deja de hacerte sentir gilipollas.

Desde luego, no es al quedarte tú misma embarazada, ni tampoco al tener a tu hijo. No importa que la vida te sonría en otros aspectos, no importa que tu familia crezca de otras maneras. Porque el dolor se atenúa, pero no desaparece.

Supongo que el proceso de curación es largo, y que, además, hay que hacerlo después. A partir del momento en que crees que puedes empezar a disfrutar de tu victoria, ahí es cuando tienes que empezar a asumir lo que ha pasado.

O a lo mejor ya es demasiado tarde. Porque, a medida que me reconcilio con mi cuerpo, según voy superando las secuelas que me dejó el embarazo, pero sobre todo, el parto, la infertilidad se me vuelve a hacer extraña.

Yo era de esas que pensaba que me quedaría embarazada a la primera. Estaba convencida de que tendría buena suerte (pensamiento positivo, pensamiento positivo... ¡ja!), de que el karma me lo debía muchísimo, de que había llegado mi momento.

No tuve la prudencia de pensar que quizá me encontrara algún escollo, de que tal vez no todo fuera como la seda. Todos los médicos con los que había tratado me aseguraron que el Síndrome de Ovarios Poliquísticos no sería un problema, así que, ¿qué más podría ocurrir? Era mi momento. Había luchado mucho por llegar hasta él y nada podría detenerme.

Pero ya ves. Yo creía que era de esas, y me tocó ser de las otras. De las que van contando inseminaciones. De las que aceptan "una ayudita" que no sirve para nada. De las que se meten en movidas de FIV a pesar de sentir un rechazo horroroso, porque ahora sí que sale bien seguro. De las que abortan, de las que repiten, de las que siguen abortando. De las que inician un peregrinaje kafkiano en busca de respuestas. De las que se miran la tripa y se preguntan si alguna vez la verán henchida. De las que se pasan las tardes en blanco.

Y no entiendo por qué sigo fantaseando con ser de esas. Por qué a veces me descubro imaginando que yo también me quedo embarazada a la primera. Jugueteando con una muestra de semen, ¡ay!, no nos lo esperábamos. Fue tan fácil y tan rápido. Y nuestros ahorros siguen intactos.

No es todo el tiempo. Es solo con la noticia de esos embarazos. Entonces me da la sensación de que no he superado nada. De que todavía no me he reconciliado con la otra. Esa otra que soy yo, a la que le tocó perder tanto.

Quizá solo sea cansancio. Cansancio de haber sido la lesbiana repudiada, y encima, la lesbiana infértil. O a lo mejor son ganas. Ganas de cruzar al otro lado, allí donde la suerte ajena me la repampinfle porque estoy en paz con mi vida. Porque me siento orgullosa incluso.

Supongo que es una mezcla de ambos.

(Y todavía hay quien da por hecho que quedarme embarazada no me costó nada. ¡Quién lo iba  decir!, ¿verdad? La infertilidad no se ve en la cara).

domingo, 9 de junio de 2019

Nuestro expediente de adopción cumple cuatro años


Si me hubieran dicho que nuestro expediente de adopción cumpliría alguno de sus aniversarios paralizado, no me lo habría creído: ni siquiera hace cinco meses, cuando, de hecho, lo paralizamos. Por aquel entonces, imaginaba yo que a estas alturas ya tendríamos el curso terminado, que estaríamos esperando la valoración psicosocial. Sin embargo, creo que, al mismo tiempo, era algo que ya intuía cuando nos convocaron a la reunión informativa.

Porque estaba emocionada, contenta... pero también contenida. Algo no había salido como esperaba, y me ha costado varios meses admitirlo. Después de tantos años luchando contra el paso del tiempo, que algo bueno nos ocurriera, ¡por fin!, mucho antes de lo que preveíamos, debía ser una buena noticia. Pero no lo era; o, por lo menos, no lo era de manera completa.

E insisto: me ha costado varios meses asumir que la batalla contra el tiempo hacía mucho que estaba perdida. Sé que hay familias que tienen hijos muy seguidos, incluso que lo prefieren así y así lo llevan a cabo. Por un momento, yo también pensé que esa posibilidad compensaría en parte el tiempo "perdido"; pero, finalmente, he tenido que admitir que, en nuestro caso, no funciona de esa manera.

Cuando nos llamaron para la reunión informativa, no pude llenarme de alegría porque una voz en mi cabeza me decía: "Es demasiado pronto". Intenté ignorarla, hacer como que no la escuchaba; pero, al final, no me quedó más remedio que darle la razón. Y me jode. Me jode porque tener que retrasar también este proceso, cuando ya he retrasado tantas cosas sin quererlo... es una paradoja de las que pican.

No obstante, en estos meses me he dado cuenta de que todavía tengo mucho que cambiar en mi manera de enfrentarme a la maternidad y a las decisiones que conlleva. Porque aún estoy instalada en una (in)cómoda postura de víctima del destino, y ya es hora de que me responsabilice de aquello que no me viene dado. Si pudiendo desparalizar el expediente todavía no lo hemos hecho, es porque así lo hemos decidido.

Nuestra opción de crianza implica presencia, dedicación, tiempo. Sé que hay muchas maneras de hacer las cosas (nuestro entorno no para de recordárnoslo), pero esta es la que nosotras hemos escogido, y la que nos funciona. Y yo, personalmente, estoy muy contenta con ella. Creo que, según mi concepción del mundo (una concepción que he ido moldeando desde que nació nuestra hija, pues antes era bastante distinta), estoy haciendo lo correcto.

Por eso, ante la posibilidad de aumentar la familia, lo primero que me dije, temblando y en bajito, fue: "No puedo". Como ya me pasó en el parto, además, vuelvo a comprender que, a la hora de decidir, no podemos pensar solo en lo que nos conviene o apetece a mí o a Alma. Porque ahora también está nuestra hija y, aunque esté convencida de que no quiero que se críe sin un hermano, me gustaría que su llegada de tuviera lugar en el mejor de los momentos.

En este sentido, de un tiempo a esta parte me ha dado por pensar que, a lo mejor, haber sido convocadas tan pronto para la adopción ha sido un regalo de libertad que la Vida ha dejado en nuestra puerta. Porque, esta vez sí, podemos decidir cuándo será el momento, sin depender de más factores que la propia idiosincrasia del proceso. No se trata, como me pareció al principio, de retrasar el momento, sino de encontrarlo. Si bien no tenemos todo el tiempo del mundo, hay margen suficiente para no ir corriendo a todas partes, para vivir esta nueva etapa con libertad y alegría renovadas, con toda la experiencia que hemos acumulado pero sin el lastre de lo anterior.

Sin embargo, una vez que he asumido todo esto, he empezado a escuchar otra voz en mi cabeza que me recuerda que, si bien la prudencia es una virtud, no hay que confundirla con el miedo. Que tener un hijo siempre es saltar al vacío, que no existe red que te sostenga. Y que, cuando llegue el momento, nos volverán a temblar las piernas y sentiremos que no tenemos donde agarrarnos.


Solo nos quedarán las alas.
Unas alas enormes.
Para seguir volando hacia tu encuentro.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Crónicas lactantes (III). Así terminó mi parto


Cuando todavía estaba embarazada y leía relatos de partos, me sorprendía que muchas mujeres no finalizaran su historia hasta que el bebé empezaba a mamar. Por aquel entonces, compartía la idea, tan extendida en nuestro imaginario social, de que el parto termina en el momento en que el bebé nace. Y me creía avanzada por recordar que, a pesar de tan manida imagen, tras el nacimiento aún queda alumbrar la placenta (!).

Pero tanto ese imaginario social como yo nos equivocamos. El parto no termina cuando el ginecólogo (o ginecóloga, como en mi caso) da la última puntada y te dejan ahí, con el estropicio hecho y un bebé recién nacido en las manos. Porque el parto es el eslabón que une el embarazo con la lactancia, y una mala puntada en ese sentido es suficiente para truncarla. (Y porque, afortunadamente, no todos los partos incluyen zurcidos).

Son cosas que entendí después, porque, en el momento, tras vivir aquel episodio de terror y violencia obstétrica en que se convirtió mi parto, solo quería que todo el mundo se marchara, quedarme a solas con mi mujer y mi hija, y descansar. Ese fue mi segundo error: pensar que, cuando el bebé nace, todo termina, porque, en realidad, ahí es cuando empieza todo. Y es que el parto puede ser muy cansado, pero la lactancia es agotadora. Y, encima, mucho más larga.

Y empieza de golpe, sin darte casi tiempo a respirar. En nuestro caso, apenas había salido el último sanitario del paritorio, mi hija, ese bebé chiquito y desvalido, abrió la boca y empezó a moverla de un lado a otro, buscando el pecho con avidez. Fue una imagen que me acompañó  durante semanas: aunque hubiera visto vídeos de agarre espontáneo, observar la vida en directo, abriéndose camino con esa fuerza, me dejó profundamente impactada.

Yo me limité a dejarme hacer, porque era lo que había visto en los vídeos y porque no me quedaba otra. Tumbada boca arriba, con el cuerpo insensible de las tetas para abajo y la pierna izquierda inútil cual fardo, ni siquiera podía sostener a mi hija en los brazos. A duras penas conseguía mantenerla sobre mi vientre, e incluso por momentos necesité la ayuda de Alma, pues sentía que la pequeña, todavía cubierta por el vérmix caseoso, se me iba a escurrir como un pececillo y acabaría estrellada en el suelo. El gurruño textil que nos cubría (toalla pequeña, manta fina y, según jura y perjura mi memoria, sábana bajera) tampoco ayudaba.

Otra diferencia con los relatos de partos que había leído, sobre todo con los de partos en casa, es que las profesionales que acompañaban a las mujeres no se marchaban hasta comprobar que el bebé, de hecho, mamaba correctamente. En nuestro hospital (que, según mi matrona, se jactaba de promover la lactancia materna), nadie comprobó nada: salieron huyendo, agotados tras atender EL ÚNICO PARTO DE LA NOCHE, y no volvieron hasta dos horas después.

Se supone que, en esas dos horas de piel con piel, ocurre la magia. Pero hasta la magia más hermosa tiene sus límites. Porque mi hija reptó, a pesar de los trapos que la cubrían, a pesar de la impericia de sus madres, y alcanzó el pezón y empezó a mamar. Y entonces, por primera vez en mi vida, sentí esa fuerza prendida a mi pecho... Y ME HORRORICÉ. ¿Aquello era dar de mamar? ¿Esa sensación penetrante de tener una sanguijuela sorbiéndote las tetas? No, no podía ser. Algo tenía que estar mal, algo no funcionaba. Porque, ya lo decía el libro: DAR DE MAMAR NO DEBE DOLER.

En esos momentos de terror primerizo, me habría venido de perlas que una matrona me hubiera ayudado a incorporarme (¿era siquiera posible, con los siete puntos que me había costado el parto?), mostrándome una postura correcta y, sobre todo, dándome el apoyo moral que requería esa primera experiencia. Al menos, en vez de salir corriendo, y conociendo el estado en que me dejaban, podían haberme ofrecido ayuda, o haberme visitado discretamente, no sé, a la hora. En ausencia de todo ello, agotada como estaba, incapaz de soportar un nuevo revés en forma de dolor, me limité a desenganchar a mi hija del pecho, porque seguro que no se había enganchado bien. Porque dar de mamar no debe doler.

Lo intentamos muchas veces. Mi hija reptaba, se enganchaba... y yo flipaba. Mil ideas acudían a mi mente: no podía dar de mamar tumbada boca arriba, mis tetas apenas sobresalían, no podía sujetarla. Y no podía moverme. Y mi hija era fuerte, pero también recién nacida. Y tendría frío. Sí, se iba a quedar helada. Así que, al final, decidí dejar de intentarlo, y preferí centrarme en abrazarla.

Cuando volvió a aparecer una enfermera, se limitó a preguntarme: "¿Se ha enganchado?". Yo respondí que no y, entonces, recibí un comentario que volvería a escuchar muchas más veces mientras estuve ingresada:

—Uhhhh...

¿Uhhhh? ¿Cómo que "Uhhhh"? ¿Qué coño quería decir con eso? Porque a mí me sonó a: "Hija mía, estás jodida, no vas a dar el pecho en tu puta vida".

Así apoyaban la lactancia materna en nuestro hospital, y mi visita al museo de los horrores se prolongaría durante tres días. 

lunes, 29 de abril de 2019

Expediente paralizado

Tips para optimizar tu tiempo

A pesar de haber sido convocadas a la reunión informativa, no podíamos seguir el proceso de adopción nacional hasta que nuestra hija cumpliese su primer año, así que tuvimos que paralizar el expediente de manera obligatoria. No obstante, junto con la solicitud de paralización, entregamos también los cuestionarios que tienen que rellenar quienes continúan adelante.

Si la convocatoria para la reunión informativa me puso el corazón en la boca y la información que recibimos aquel día me dejó catatónica, rellenar estos cuestionarios no se quedó corto en cuanto a sacudidas emocionales se refiere. Teníamos diez días para entregar los papeles, y aunque estábamos de vacaciones, a mí me costó muchísimo encontrar los momentos para enfrentarme al dichoso cuadernillo repleto de preguntas.

Qué puedo decir. Después de la sobrexposición que implican tres años y medio de reproducción asistida y un embarazo, no me apetecía. Si bien ya no se trataba de poner el cuerpo, sí había que poner todo lo demás: familia, valores, economía, historia personal... Desde un punto de vista racional, se trata de un proceso impecable: ¡qué menos, para todo lo que implica una adopción! Pero, desde la humildad de mis emociones, me resultaba agotador.

No todas las preguntas eran difíciles. Y algunas, aunque complicadas, me emocionaban, como las que trataban sobre las motivaciones para adoptar. Las que me hundieron fueron aquellas que preguntaban sobre mi propia familia, y eso que estaban formuladas de manera muy abierta: "¿Cómo es la relación con tus padres? ¿Y con tus hermanos?".

Lo que yo sentí al leerlas, sin embargo, fue una bofetada en toda la cara: no había podido ofrecerle un cuerpo sano a mis hijos gestados, y ahora tampoco podía ofrecerle una familia sana a mi hijo adoptado. Sentía que, por dentro y por fuera, todo lo que yo podía ofrecer estaba podrido. Me sentía el último mono para la maternidad. Una anti-madre jodidamente perfecta.

Puede que suene exagerado y puede que lo sea, pero esas eran mis emociones en aquel momento. El pensamiento de volver a ser insuficiente, de tener que hablar de la homofobia de mis padres y de la relación kafkiana que mantengo con mi hermano, me agotaban completamente. Todo mi cuerpo me imploraba: "¡Otra vez, no, por favor! Otra vez exponerse hasta la última célula... ¡no!".

Aun así, encontré las palabras para, en apenas tres líneas, dejar la puerta entreabierta para futuras conversaciones. Porque, a pesar de todo el rechazo que se me agolpaba en la garganta, también se alzaba en mi interior una voz, cada día más contundente, que me decía: "Eres suficiente". Una voz que me recordaba que yo no soy responsable de padecer una enfermedad autoinmune o una familia disfuncional, solo de cómo, dentro de mis posibilidades, me he enfrentado y enfrento a todo ello. Que eso es lo que tengo para ofrecer. Y que tiene que ser suficiente. Que incluso puede ser bueno.

lunes, 22 de abril de 2019

Un nuevo bebé arcoíris

Acabo de saber que una de mis amigas está embarazada. La noticia, absolutamente inesperada, me ha colmado de alegría. Y no es para menos: un nuevo bebé arcoíris está en camino, y eso solo puede ser bueno.

Mi amiga llevaba intentando tener un segundo hijo desde antes de que yo empezara con los tratamientos. Al principio se lo tomó con calma, incluso cuando se cumplió el primer año de búsqueda. Después vinieron los abortos. Hubo también un ectópico por el que casi pierde la vida, al reventarle la trompa y sufrir una hemorragia interna. Todavía se me ponen los pelos de punta cuando recuerdo su relato de cómo perdió el conocimiento, justo después de que hubiera llegado su hermana  para quedarse con el niño, tras una llamada desesperada de auxilio. Y cómo, unos minutos más tarde, un médico la hizo volver en sí a bofetadas.

Luego empezaron las consultas, las ofertas de in vitro, su rechazo a cualquier intervención que considerara innecesaria porque ella se quedaba embarazada. Más tiempo, más fracasos, un hijo que crecía y ella empeñada en mantener la calma. Al final, una visita a Inmunología de la que salió con diagnóstico y tratamiento similares a los míos. Lo supe cuando yo ya estaba embarazada, y estuve segura de que su calvario también había terminado.

La última vez que la pregunté, sin embargo, me dijo que se negaba. Que no iba a medicarse cada mes solo por si acaso. Y entonces supe que se había rendido. No hizo falta que me dijera nada más: entendí que había encontrado un límite que no quería sobrepasar. Es posible que ni siquiera se lo hubiera dicho a sí misma, que todavía intentara engañarse acerca de su situación. Así funcionamos los seres humanos. Y como yo también sé algo de todo eso, acepté que mi amiga no tendría más hijos, que los límites están para respetarlos, que su hijo terminaría de criarse como hijo único, y que estaba bien.

Pero el deseo de ser madre arrasa con todos los límites. Es un animal que aúlla desde el rincón más profundo de tu cuerpo, un impulso que se alimenta del anhelo de toda la especie, y le da igual tu razón y tus cálculos y los acuerdos a los que hayas llegado contigo misma, porque no está ahí para respetar tu equilibrio sino para hacerlo saltar por los aires y cumplir con su propio objetivo.

Cuando le pregunté a mi amiga cómo es que este embarazo sí había salido para adelante, simplemente me dijo: "Con heparina". En ese momento podía haberle dicho mil cosas, pero sonreí y me callé, porque me hice una idea del proceso por el que había pasado. Todo ese duelo de negación, de calma, de rechazo... Y al final, un dolor agudo que no te deja respirar, el tiempo que se acelera, que parece acabarse mañana mismo, esas negociaciones rápidas en tu cabeza. Y la aceptación que llega en forma de oportunidad, porque cómo no vas a dársela.

Su oportunidad ya ha sobrepasado el ecuador de la gestación, después de molerla a vómitos hasta hace bien poco y a patadas que no dejan lugar a dudas de su buen estado de salud desde entonces. ¡Qué puedo decir! Así son los embarazos con heparina: intensos donde los haya.

Mientras me contaba cómo planeaba su llegada, me explicó que apenas tenía que comprar nada: todas las cosas que había utilizado su hijo mayor estaban guardadas en el trastero. Ahí pensé que quizás me había equivocado al valorar sus decisiones. Que, a veces, cuando parece que nos rendimos, solo estamos ralentizando nuestro ritmo para acumular energía y coger impulso. Porque la esperanza es lo último que se pierde. Y es muy, muy poderosa.

¡Ay, pequeña! ¡Qué ganas tengo de conocerte! Qué ganas de sostenerte en mis brazos y contarte con una caricia cuánto te hemos esperado. Qué ganas de inundarme de esa paz que los bebés arcoíris traéis con vosotros porque, aunque la mayoría de los nacimientos sean bienvenidos, los vuestros son muy especiales. Porque ilumináis los rincones oscuros de tristeza, porque renováis nuestra confianza en la existencia, porque vuestra vida le gana una batalla a la muerte.

Bienvenida :)

lunes, 11 de marzo de 2019

Crónicas lactantes (II). La lactancia empieza en el parto


Al contrario de lo que parece entender nuestra sociedad, el parto no es un mero trámite, ese trance molesto que las mujeres debemos atravesar para librarnos del "fardo" y volver a ser las de "antes", como si nada

Después de mucho aprender, reflexionar y vivir, yo siento que el parto es un eslabón trascendental en nuestros vínculos, ese retal primordial en la colcha que nos arropa. Como el alfa y el omega, el parto es culminación y principio, es embarazo y es crianza. 

El parto es parto y también nacimiento. Una persona nace a través de otra: acontecimiento hermoso, sagrado donde los haya. Nada de lo que lo rodee puede cambiar esto. En el hospital o en casa, respetado o violento, autónomo, instrumentalizado, quirúrgico. Una persona nace a través de otra, esa es su fuerza. 

Pero la consideración que se tiene en nuestra sociedad no lo honra. Y esta consideración (ideológica, moral, acientífica) tiene consecuencias. Consecuencias ideológicas y morales, pero también psicológicas, espirituales y, por supuesto, físicas. Las más inmediatas, pues comienzan a los pocos minutos de parir, ocurren sobre la lactancia. 

Aunque, claro, el parto se considera un mero trámite y la lactancia una especie de lotería biológica: tú tienes leche, tú no; la tuya es buena, la tuya no. Desquiciante. Mientras tanto, los hilos que conectan un suceso y otro, que explican esta y otras tantas experiencias de las mujeres, permanecen ocultos, inconscientes. 

Pero yo no me resigno. Gracias a otras mujeres he aprendido que mi parto (inducido, medicado, instrumentalizado... forzado) tuvo múltiples consecuencias, también sobre mi (nuestra) lactancia. Por ello, siento que debo hacer mi parte y explicarlas, para que dejen de estar ocultas, inconscientes.

Para devolverle a mi parto su honor de eslabón trascendental, de retal primordial, no solo en mi vida y en la de mi hija, sino como parte mínima pero importante de la experiencia vital de todas las mujeres que han parido, paren y parirán.

Así que aquí va mi pequeño memorial de agravios:


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