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domingo, 10 de septiembre de 2017

De cribados, donantes y burocracias

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Tras la primera visita a la matrona, nos programaron lo que en nuestro hospital llaman la "rueda obstétrica" del primer trimestre: analítica, ecografía y nueva visita a la matrona. Así que, estando de nueve semanas, me hice los análisis que permiten completar después el denominado "cribado" del primer trimestre. En la Comunidad de Madrid, este cribado informa del porcentaje de probabilidades de que el feto presente la trisomía 21 (Síndrome de Down) o la trisomía 18 (Síndrome de Edwards).


Los resultados del cribado nos los dieron el mismo día de la ecografía de las doce semanas, cuando recogieron los datos morfológicos necesarios (longitud céfalo-caudal, medida de la traslucencia nucal, presencia de hueso nasal y flujo sanguíneo en el ductus venoso). Para completar el cribado, además, necesitaban conocer la edad de la madre; pero, como en nuestro caso se trata de una adopción de embriones, la edad que se tiene en cuenta es la de la donante, no la mía. Por ello, entregamos a la ginecóloga el informe con los datos de los donantes que nos habían dado en la clínica

Lo que vino después me hizo darme cuenta de que, aunque los médicos estén más o menos familiarizados con las diferentes técnicas de reproducción asistida, el sistema, en sí mismo, no reconoce nuestra diversidad.

miércoles, 5 de julio de 2017

La primera ecografía

En nuestra clínica tienen un protocolo diferente a otras en lo que respecta a la atención del embarazo. Como ya expliqué, la beta te la hacen catorce días después de la transferencia embrionaria, independientemente de los días que tuvieran los embriones: algo con lo que no estoy de acuerdo porque me parece que prolongan innecesariamente la betaespera. A cambio, acortan la ecoespera haciéndote dos ecografías: la primera, una semana después de la beta; y la segunda, dos semanas después. Con esto sí que estoy de acuerdo, claro: te permite descartar de manera temprana un embarazo ectópico, la ecoespera se hace más corta y conlleva el privilegio de ver dos veces tu embarazo nada más empezar.

Así que nuestra primera ecografía llegó muy pronto. La idea, como digo, era comprobar que el embarazo se estuviera desarrollando en el útero y que lo estuviera haciendo bien. En nuestro caso, además, había que comprobar cuántos saquitos embrionarios había, puesto que, con la beta tan alta que habíamos obtenido, no se podía descartar un embarazo múltiple.

A pesar de lo bien que está empezando este embarazo, admito que me enfrenté a la ecografía con un sentimiento de intensa tristeza. No podía evitar los recuerdos de mi primer embarazo, que también parecía ir muy bien hasta que fuimos a la primera ecografía y, donde teníamos que haber visto un embrión con latido, solo apareció un saco vacío. Nunca llegamos a superar esa etapa: repetimos la ecografía una semana después y el embrión ya fue visible, pero su latido era muy lento. Después de varios episodios de sangrados, visitas a urgencias y una baja laboral, nos confirmaron que el latido había cesado una semana más tarde.

Por supuesto que siento miedo a que algo así se repita; pero la tristeza de estos días atrás era incluso más intensa que el miedo. Tristeza por lo que sí pasó, tristeza por lo que sí perdí. Mi primer embarazo, el único que he vivido llena de inocencia, esperanza, alegría. Mi primer embrión, un embrión que llevaba mis genes, a quien me vinculé de manera inmediata e intensa, con quien mantuve una relación breve pero muy hermosa. El embrión que me enseñó el milagro de la vida, el mismo embrión que me enseñó a enfrentarme a la muerte.

Sé que este sentimiento de tristeza no forma parte de un duelo incompleto, pero comprendo la inevitabilidad de los recuerdos. Además, en estas primeras semanas de embarazo estoy entendiendo que tengo mucho que llorar, mucha tristeza acumulada, mucho miedo y mucha frustración que debo ir aliviando para poder llenarme de las emociones positivas que también van reclamando su espacio.

Mentiría si dijera que esa tristeza no ha empañado la alegría de la primera ecografía, aunque comprendo que haya sido así. Pero tampoco puedo decir que me haya impedido sentir esperanza, ilusión, alivio, confianza. Porque esta ecografía ha sido una experiencia estupenda en sí misma :)


domingo, 26 de marzo de 2017

Ya tenemos embriones

Resultado de imagen de dos flores

Cuando recibimos la llamada de la clínica para decirnos que ya éramos las siguientes en la lista de espera de adopción de embriones, sabíamos que podía pasar cualquier cosa. Es más, sabíamos que podía pasar cualquier cosa, excepto la que nos dijeron que pasaría: que la doctora se pondría en contacto con nosotras después de quince días.

Así que nos lo tomamos con mucha calma. Al contrario que la vez anterior, no viví pegada al móvil durante semanas ni llamamos varias veces para ver qué pasaba. Simplemente, nos dedicamos a esperar. Lo cierto es que no tenemos prisa. En parte porque sabemos que el proceso es lento y que hay cosas que no podemos acelerar. Y en parte, supongo, porque hemos perdido definitivamente la inocencia y, aunque conservamos la suficiente esperanza como para volver a intentarlo, tampoco sentimos un deseo desenfrenado por precipitarnos hacia una nueva decepción.

El caso es que, pasado un mes, el teléfono sonó. Me despertaron de una siesta con el mismo protocolo que la primera vez: querían explicarnos las características de los embriones que nos habían asignado para comprobar si los aceptábamos. Y mi respuesta fue la misma que la vez anterior: ¡por supuesto que sí!

En esta ocasión son dos blastos, de las mismas calidades que nuestros embriones anteriores: B y C. La verdad es que el hecho de que fueran blastos llenó mi mente de distintos pensamientos, que llegaron despacio pero acabaron atropellándose por ahí dentro.

Lo primero que pensé fue: "¡Vaya! ¡Sí que es fácil conseguir blastos de esta manera!". Y es que nosotras ya hemos conseguido antes dos parejas de blastos como esta: uno bueno y otro regular. Pero cada una nos costó una FIV, con todo lo que eso implica: varios miles de euros, dos meses de tratamiento, una buena colección de hormonas para tomar, pinchar e inhalar, quirófano, mucho dolor e incluso una baja laboral.

Así que, por un lado, me sentí aliviada: nada de eso volverá a repetirse. Ya no es necesario. Al haber renunciado a mi genética, los tratamientos son mucho más sencillos (física, emocional y económicamente) para mí. Pero, a la vez, se me quedó una interesante cara de idiota, y volví a darle vueltas a una cuestión que me atormenta desde hace un tiempo: ¿en qué momento decidimos embarcarnos en las FIV? ¿Por qué no lo pensamos con más calma, por qué no valoramos otras opciones, si una parte de nosotras tenía clarísimo que ambas constituían un mal trago al que no nos queríamos enfrentar?

En fin.

Lo siguiente que me invadió fue una horda de malos recuerdos. ¿Blastos otra vez? No pude evitar que me recordaran a las primeras transferencias embrionarias, que me supieran a fracaso, a inmenso dolor. Debo confesar que haber probado con embriones en día +3 en el anterior tratamiento fue una novedad que me llenó de esperanza, aunque solo fuera por la mera novedad. Sin embargo, sé que no debo idealizar ese tratamiento, porque utilizar aquellos embriones también me llenó de miedo. Miedo por esos dos días extra que debían pasar flotando en mi útero, sin nada que hacer más allá de sobrevivir a unas condiciones que difieren bastante de las naturalmente óptimas. 

Y entonces llegaron los pensamientos optimistas.

Los blastos implican menos pinchazos de heparina, una implantación que, de producirse, tendrá lugar de manera inmediata, y, sobre todo y por encima de todo, una betaespera más corta. Además, son dos: dos blastos que, por primera vez, me pondré juntos. ¡Vivan los blastos!

Por lo demás, mentiría si dijera que he sentido amor a primera vista, como la otra vez. Lo que he sentido han sido nervios, miedo y muchas ganas de ocupar mi mente en otras cosas hasta que llegue el momento. Tengo claro que el éxito o el fracaso de este tratamiento depende más de la medicación antiabortos que de cualquier otra cosa, así que no me quiero volver loca con los embriones. Sé que las perspectivas son buenas, y eso me alegra, pero tampoco puedo decir que sea una novedad: llevo tres años de perspectivas estupendas y no he hecho más que comerme los mocos.

Así que, por ahora, mucha calma.
Ya cruzaremos los dedos cuando se acerque el momento.

viernes, 19 de agosto de 2016

Ya estamos juntos


Ha pasado un mes desde que supe de su existencia, y ahora, por fin, ya estamos juntos.

Los días previos a la transferencia fueron un infierno. Apenas tuve conciencia de haberme pinchado la inyección rompefolis, porque según salimos de la última ecografía de control, fuimos a una farmacia corriendo, la compramos, llegamos a casa, me la puse y nos fuimos a cenar por ahí. Ni siquiera pasó por la nevera. Y todo eso fue bueno, pero al día siguiente (nada de 36 horas) empecé a sentir unas náuseas y un dolor de ovarios terribles. Un día después, el primer comprimido de progesterona me remató.

Fue como si el tiempo se doblara sobre sí mismo y todos mis tratamientos coincidieran. Sentía el peso de ocho intentos sobre mis hombros y me parecía que no podría resistir ni uno más. Por momentos, incluso, fantaseé con la idea de abandonar, de salir corriendo hacia otra vida donde no existieran tratamientos de fertilidad para mí.

Según se acercaba el día de la transferencia, empecé a ponerme nerviosa. Comprendí que no era una pesadilla, sino una realidad. Algo que, de hecho, estaba ocurriendo y que estaba llegando, me gustase o no, a uno de sus momentos culminantes. Pensar que me iban a transferir dos embriones, por otra parte, también hacía que me temblaran las piernas. Aunque tenemos claro que preferimos dos a ninguno, una cosa es pensarlo y otra es disponerse a ello.

Todas las dudas, los miedos, el dolor acumulado, incluso los nervios, se me pasaron en cuanto vi a nuestros dos pequeños en la pantalla del ordenador. Definitivamente, los medios de esta clínica son infinitamente mejores que los de la anterior, y pudimos ver a los embriones con todo detalle. El embriólogo nos estuvo explicando sus características, lo bien que habían desvitrificado (manteniendo las mismas calidades), cómo les habían hecho el hatching (que se veía perfectamente en la pantalla) y cómo seguían evolucionando.

Me parecieron tan hermosos, tan perfectos incluso en sus imperfecciones, tan vivos. Recordar esa imagen me llena de esperanza, de ilusión, de alegría. Siento el privilegio de albergarlos en mi interior y me resisto a pensar en la amargura de una despedida.

La transferencia fue muy rápida. Pedí que utilizaran el espéculo pequeño y solo me dolió un momento. No hubo ninguna batalla, ninguna prospección en mi interior, lo que me alivió muchísimo porque me había acostumbrado a nuestra antigua doctora y temía el regreso de una doble de mi matrona samurái. Pero no fue así. La cánula pasó como un suspiro y pudimos ver un pequeño relámpago en la pantalla del ecógrafo cuando depositaron a mi cuerpo a nuestras dos ilusiones (algo que tampoco habíamos visto en ninguna de las cuatro transferencias anteriores, así que nos encantó).

Ahora me encuentro en esa primera parte de la betaespera donde todo es posible. En esos momentos en los que la progesterona estraga mi cuerpo y me llena de esperanza. Nada está perdido aún, todo se puede lograr. Sé que, con el paso de los días y los avances de mis síntomas, me sentiré de otra manera. Empezará a devorarme la incertidumbre y me temeré lo peor...

O no :)

martes, 26 de julio de 2016

Habemus embriones


La llamada nos pilló de vacaciones, sentadas en la escalinata de una iglesia-fortaleza. La verdad es que no la esperábamos: creíamos que, desde el momento en que nos habían llamado para confirmar que éramos las siguientes en la lista de espera, ya teníamos los embriones reservados; y que de sus características nos enteraríamos en la siguiente visita, o incluso durante el tratamiento.

Pero resulta que el protocolo es distinto. La chica que nos llamó me explicó que, precisamente, nos iba a indicar en ese momento las características de los embriones. Y me dijo: "Apúntalas". ¡Menuda situación! ¡Allí, en medio de aquel pueblito fronterizo, apúntalas...! 

Menos mal que Alma siempre lleva una libreta pequeña a mano, con su boli y todo; libreta que, en esta ocasión, le había regalado yo hacía apenas unos días, después de comprarla como recuerdo de uno de mis lugares preferidos en el mundo (¡ay!). Así, que, contra todo pronóstico, pude apuntar.

Mentiría si no dijera que fue un momento mágico. Pase lo que pase después, en aquel instante yo sentí que empezábamos a conocer a nuestros futuros hijos. Que eran ellos. Que estaban ahí. Que eran así. A duras penas pude reprimir las ganas de llorar...

Son dos embriones vitrificados en día +3, uno de calidad B y otro de calidad C. Tal y como nos explicaron en nuestra primera visita, estas son las calidades que abundan en los embriones donados, así que son justamente las que esperábamos. Los donantes tienen características parecidas a las nuestras: ambos son altos, de ojos marrones y pelo castaño. 

Alma y yo creemos que son embriones para los que, a su vez, se emplearon óvulos donados, pues la donante es jovencísima. Además de la tranquilidad que nos da esto (y el hecho de que estos mismos óvulos hayan dado lugar, al menos, a un embarazo evolutivo), la donante tiene el mismo grupo sanguíneo que Alma: un grupo que, encima, es bastante raro, pues lleva un Rh-. 

Esta coincidencia nos ha parecido un regalo precioso que no ha hecho sino aumentar la ilusión de que sí, de que son nuestros hijos :)

Después de apuntar todas las características, tuve que confirmar si aceptábamos los embriones o no. Me gustó mucho que este protocolo se pareciera al de la adopción nacional, en la que te leen la historia de tu bebé para que lo aceptes o no antes de formalizar la asignación. Evidentemente, me faltó tiempo para decir que sí, que los aceptábamos, que cómo no los íbamos a aceptar si parecían venir ya con nuestros apellidos. 

Desde entonces no paro de pensar en ellos, en nuestros congeladitos, y me siento enamorada, profundamente emocionada, con muchas ganas y mucho miedo pero, sobre todo, muchas ganas de tenerlos dentro de mí. 

Ahora, cuando echo la vista atrás y pienso en mi duelo genético, me doy cuenta de que he superado la prueba, de que estoy donde quiero estar y de que, en este preciso instante, no puedo imaginar un camino mejor para mí.

viernes, 4 de marzo de 2016

Momentos


La mayor parte de los días me siento segura y contenta con las decisiones que hemos tomado para continuar este camino. Siento que las cosas cobran cada vez más sentido y que eso solo puede ser bueno.

Pero a veces tengo momentos en los que me vengo abajo y todo se vuelven miedos y tristezas, como si no hubiera nada bueno en el horizonte y todo lo vivido tan solo nos hubiera acercado a un terrible e inevitable final.

Lo sé. Es tétrico y radical, pero no puedo evitarlo.

El otro día, por ejemplo, viendo el primer vídeo de Clara (en el que repasaba su aventura hasta lograr el embarazo, precisamente con un embrión de calidad D que hoy es un bebé precioso y sano), no pude evitar pensar en mis propios embriones.

Nunca pienso en ellos. Independientemente de lo que opine sobre cuándo un ser humano empieza a serlo, en su momento no establecí ningún vínculo con ellos y, por eso, para mí, no son más que "oportunidades" perdidas. No los siento como "mis hijos", aunque estrictamente pudieran serlo.

Pero desde que sé que no habrá más "oportunidades" así, que no habrá más embriones formados con mis óvulos, los pienso de otra manera. Su existencia me duele, se me clava. Hubo nueve posibilidades de tener un hijo que fuera genéticamente mío, y la mayoría se perdió antes de regresar a mi cuerpo.

No me gusta lamentarme sobre lo que hemos vivido hasta aquí; principalmente, porque no hay vuelta atrás, pero también porque, de existir una "cura" a nuestro dolor, solo la encontraremos más adelante, en el futuro que construyamos, no en los lamentos.

Pero, recordando historias como la de Clara, no puedo evitar plantearme cosas. ¿Y si no los hubiesen llevado todos a blastos? ¿Y si me hubieran transferido embriones de tres o cuatro días? Todos estaban vivos en ese estadio, ¿por qué desecharlos? ¿Y si nuestro pequeño milagro se ahogó en una placa de Petri cuando podía haber vivido en mi útero? ¿Y si me los hubieran transferido de dos en dos? ¿Habrían mejorado entonces las posibilidades? ¿Habrían salido uno o incluso los dos adelante? Y en el caso de la segunda FIV, ¿qué habría ocurrido si no hubiera tomado Adiro hasta el positivo? ¿Y si mi embrión bonito se "escurrió" en un útero que se deshacía en sangre con solo rozarlo?

Lo sé. Son pensamientos inútiles y absurdos. Pero a veces siento que preferiría que esos embriones nunca hubiesen existido. Que, desde el primer momento, me hubieran dicho que era imposible tener hijos con mis óvulos. Que nunca lo hubiésemos intentado. Que hubiera salido mal al 100%. Que mis óvulos no hubieran fecundado, que se hubiesen roto, qué sé yo. 

Porque si nunca hubiera tenido ninguna esperanza, ahora mismo no tendría ninguna duda. En mi interior podría sentir la misma rabia, pero no encontraría ningún rincón en mi mente que se preguntara "¿Y si...? ¿Y si...?". 

Tengo claro que no quiero pasar por otra FIV, pero a veces recuerdo esas nueve posibilidades y pienso en si no debería darme otras. En si no nos habremos precipitado con esta decisión y lo que deberíamos hacer es darnos tiempo para curar nuestras heridas.

La respuesta es no. Lo sé, lo sabemos.

Pero a veces, simplemente, tengo momentos.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Historia de nuestros embriones (II)


En la segunda FIV, fuimos observando entre cuatro y seis folículos antes de la hiperestimulación, un número menor que en la vez anterior, pero coherente con la nueva pauta de medicación. Tras la punción, obtuvimos diecisiete óvulos, de los que solamente seis eran maduros. Así que, en esta ocasión, no alcanzamos la horquilla de entre ocho y diez óvulos que se considera óptima.

Recuerdo que una vez, hace mucho tiempo, nuestra nuestra doctora nos advirtió de que estimular unos ovarios con SOP era muy puñetero. Y lo es porque la hiperestimulación es casi inevitable, porque tratar de minimizarla compromete el número de óvulos maduros que puede obtenerse y porque buscar un número suficiente de óvulos maduros a toda costa atenta directamente contra la salud.

Hoy entiendo el alcance de todo esto y, de hecho, es la principal razón por la que he decidido no intentar una tercera FIV. Pero en aquel momento me resultó devastador. Pensaba que, de repetirse las mismas proporciones que en la primera FIV, tendríamos suerte si conseguíamos un solo blasto. Y aunque con uno es suficiente, después de todo el esfuerzo que conlleva un tratamiento como este, tener que jugárselo todo a una sola carta resultaba descorazonador.

En esta ocasión, insistí bastante en que se revisaran las técnicas que se les aplicaban a los óvulos, para equilibrar la proporción entre FIV convencional e ICSI y, a ser posible, inclinar la balanza en favor de la primera. Y, aunque en ningún momento la doctora me dio la razón en que las técnicas aplicadas en la primera FIV habían sido desafortunadas, los resultados de este segundo intento no dejaron lugar a dudas.

Esta vez, emplearon la FIV convencional con cuatro óvulos, de los que fecundaron los cuatro. Con los otros dos emplearon la ICSI, y solo fecundó uno. Así que, aunque el número de óvulos que teníamos era menor, con esta proporción conseguimos una tasa de fecundación que prácticamente duplicó la de la primera FIV; y, además, contábamos con cinco embriones: uno más que la primera vez.

Estos resultados nos devolvieron la esperanza que habíamos perdido durante la estimulación, así que, nuevamente, nos atrevimos con el cultivo largo. Por desgracia, el resultado empeoró: a día 5, solo uno de los embriones había alcanzado el estadio de blasto con buena calidad; dos habían detenido su desarrollo y los otros dos iban más lentos.

El primer embrión me lo transfirieron en fresco, dando como resultado un negativo que nos destrozó como ningún otro. De los otros dos embriones, solo pudimos vitrificar a día 6 un blasto de mala calidad, que me transfirieron al mes siguiente en un ciclo sin esperanza que acabó convertido en nuestro negativo número seis.

Y con este último fracaso dimos por finalizadas nuestras aventuras con la FIV.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Historia de nuestros embriones (I)



Se me hace raro escribir sobre nuestros embriones. Pensar que cada uno de ellos pudo haberse convertido en nuestro hijo y que ninguno de ellos existe ya... Pero, a la vez, sé que necesito hacerlo: necesito contar su historia para transformarla en un recuerdo que me permita avanzar.

Mis ovarios hiperestimularon en las dos FIV, así que llegamos a observar más de veinte folículos en cada una. Evidentemente, no todos contenían un óvulo, ni mucho menos un óvulo maduro, ya que la hiperestimulación tuvo lugar en los dos últimos días de medicación: es decir, sin que quedara apenas tiempo para que los óvulos se formaran o crecieran.

En la primera punción obtuvimos dieciséis óvulos, nueve de ellos maduros: precisamente el número de folículos que se observaban desde el principio, antes de la hiperestimulación. Nuestra doctora buscaba entre ocho y diez, así que dimos en el blanco. De estos nueve óvulos, sin embargo, fecundaron solo cuatro: una tasa muy bajita que nos desalentó bastante en su momento.

Hay varias causas posibles. En primer lugar, al padecer SOP, mis ovarios no desechan correctamente los óvulos de cada mes, por lo que existe la posibilidad de que algunos de los que conseguimos fueran en realidad óvulos "viejos", que empezaron a madurar en otro ciclo. En segundo lugar, puede que el donante que escogieron no fuera en realidad demasiado compatible conmigo, o quizá no tan sano como parecía. Y, por último, tal vez las técnicas empleadas no fueran las más adecuadas.

En nuestra clínica, todas las FIV son FIV-ICSI, pues aplican una FIV convencional a la mitad de los gametos y una ICSI a la otra mitad. En mi caso, por razones que nunca nos explicaron, solo aplicaron FIV convencional a tres óvulos, de los que fecundaron dos, mientras que a los otros seis les hicieron ICSI, obteniendo solamente dos embriones.

Generalmente, la ICSI es una técnica que se aplica cuando los espermatozoides no tienen buena movilidad, algo que no debería ocurrir al utilizar un donante; pero que está contraindicada cuando la calidad de los óvulos es baja, ya que la inyección puede romper su membrana. Los óvulos de mala calidad, sin embargo, tienen una tasa mucho mayor de fecundación cuando se les aplica una FIV convencional.

En mi caso, la diferencia entre la tasa de fecundación con una y otra técnica me deja dos cosas claras. En primer lugar, que si mis óvulos se comportan como lo hacen aquellos que tienen baja calidad, será porque, probablemente, tienen baja calidad. Y, en segundo lugar, que en la clínica metieron la pata con las técnicas: si hubieran aplicado la FIV convencional a más óvulos, seguramente habríamos obtenido más embriones.

A pesar de ello, nuestra doctora consideró que cuatro era un número suficiente para intentar hacer un cultivo largo y conseguir blastos. En aquel momento, a mí me pareció la mejor opción, porque creía que las perspectivas de embarazo eran mejores así. Hoy sé que este es un tema muy controvertido sobre el que no todos los médicos opinan igual, ya que con el cultivo largo se pierden la mitad de los embriones, sin que se pueda dar por hecho que no habrían sido evolutivos de haberlos transferido antes.

Y eso fue exactamente lo que nos pasó a nosotras. Aunque todos los embriones estaban vivos a día 5, dos de ellos iban muy retrasados en su desarrollo, y al día siguiente nos confirmaron que no podíamos vitrificarlos. Otro de los embriones (obtenido con FIV convencional, por cierto) era un blasto de buena calidad que me transfirieron en fresco y del que me quedé embarazada, aunque la aventura terminó en un aborto diferido a las ocho semanas. El cuarto embrión (de peor calidad; con este desconozco la técnica que utilizaron), lo vitrificamos y transferimos seis meses después, dando como resultado un bioquímico

Y así llegamos a los embriones que conseguimos en la segunda FIV.

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