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domingo, 2 de julio de 2023

Y llegó el día de recorrer esa calle

Hace unos días visité la nueva clínica por última vez. Hubo besos, abrazos, felicitaciones, sonrisas, agradecimientos, más besos y abrazos, despedidas. Cuando atravesé la puerta, recordé aquel otro día en que también atravesé la puerta de una clínica por última vez, hace seis años. Entonces, caminaba sin mirar atrás, escapando sigilosamente de un cúmulo de experiencias dolorosas que desearía no haber vivido, ansiosa por lanzarme en brazos del destino que creía merecer. Esta vez, sin embargo, no tuve prisa por marcharme. 

De diciembre...

... a junio.

Recorrí la calle, arriba y abajo. Hice fotos. Cambié de acera. Miré atrás, miré atrás muchísimo. No solo en el espacio, sino también en el tiempo. En aquellos pocos metros, entre aquellos dos edificios, se condensaban muchos años de mi vida, grandes esperanzas y grandes fracasos, un dolor profundo y la más profunda de las alegrías. Ese paso de cebra que se cruza en apenas tres o cuatro zancadas simbolizaba para mí una buena cantidad de decisiones difíciles, arriesgadas. Un duelo detrás de otro. El miedo más terrible, la rabia, una incertidumbre radical. La sensación de que no podría, de que no lo conseguiría, de que no sería capaz. Todas las manos que me han acompañado en este camino y, también, la más inmensa soledad. 

Me di la vuelta muchas veces. El peso que se forma en mi vientre me anclaba al peso de todas aquellas experiencias. Ni una de ellas en vano. Ni el más mínimo movimiento prescindible. Cada lágrima, cada crisis de pánico, cada pesadilla, cada duda. Todas pertinentes, armonizadas. Todas, como un camino de baldosas amarillas, para conducirme hasta allí. Hasta ese momento. Hasta ese lugar.

Me invadió entonces una sensación increíble de comprenderlo todo. Tantas veces a lo largo de tantos años me había preguntado por qué. Por qué así, por qué a mí. Tanta frustración, tanta rabia, tantas ganas de emprenderla a puñetazos con esa sombra llamada destino. Y, de pronto, lo entendía. Ya no había sombra, solo luz. La hermosa luz de un junio donde mi vida recobraba su sentido. Esto era. Esto había sido todo este tiempo. Sí 

Sonreí, doblé la esquina y, lentamente, me marché. Nos marchamos, paladeando por el camino la dulzura inesperada de haber recorrido esa calle.

Pero volvamos atrás en el tiempo, otra vez...

lunes, 27 de febrero de 2023

Si esto no es obra del destino

Uno de los pocos criterios que NO he tenido en cuenta a la hora de volver a elegir clínica de reproducción asistida ha sido la ubicación. Sé que todas me van a quedar muy lejos, así que nunca le he dado importancia: ni ahora, ni las dos veces que tuve que buscar clínica con anterioridad.

Por eso, para cuando me enteré de dónde se encontraba la nueva, ya me había decidido por ellos e incluso habíamos tenido la primera consulta telemática. De hecho, me pareció divertido a la par que imprudente no haber mirado siquiera dónde estaba: mientras navegaba por la página web buscando su dirección física para la primera consulta presencial, no pude evitar que se me escapara alguna que otra risita nerviosa. ¿Y si estaba en un lugar más recóndito que el resto? ¿Y si, después de tanta comparativa, la había cagado por no haberlo tenido en cuenta?

Nunca olvidaré el torbellino de emociones que se desató cuando por fin lo supe.

Calle Manuel de Falla, leí al pie de la página.

Manuel de Falla.

¿De qué me sonaba a mí ese nombre?

Manuel de Falla.

¿Por qué me sonaba tanto?

Y, de pronto, me acordé. 

NO. PODÍA. SER.

Apenas fui capaz de controlar el temblor de mis dedos mientras metía el nombre en el navegador. ¿Cuántas calles podían llamarse igual en una ciudad como Madrid? Me lo preguntaba para darme ánimos. A lo mejor había cinco calles iguales, me decía, aunque sabía que eso era imposible. A lo mejor era una calle larga, larguísima, que no tenía nada que ver con la que recordaba. Madre mía, por favor. Que no tuviera nada que ver.

Pero me equivocaba.

lunes, 23 de enero de 2023

Elegir clínica de reproducción asistida (otra vez)

Todo empezó como un juego. En verano, mientras fantaseaba con la idea de volver a ser madre, pero sabía que no era más que una posibilidad sujeta al devenir de mi enfermedad, al éxito o al fracaso de mi incorporación al trabajo después de la baja. Nada más tonto que las horas muertas de un calor sofocante, artículos y enlaces que seguía sin rumbo fijo y, al final, un formulario de contacto.

Recuerdo el primero que rellené. Lo hice entre risitas, como una adolescente que acaba de descubrir un juego adulto, aferrada a la idea salvadora de que aquello no me comprometía a nada. Nombre y apellidos, jijiji, correo electrónico, jajaja. La clínica me gustaba, ofrecía servicios en los que nunca había pensado, pero que de pronto encontré completamente necesarios, y parecía puntera en investigación.

El presupuesto que vino de vuelta estaba acorde a aquel derroche de medios. ¿Tanto? ¿Tanto por una simple ADE? Revisé una y otra vez la lista de aquellos servicios que ahora me parecían evidentemente superfluos. ¿De dónde se sacaban tantos miles de euros? ¿Por un solo intento? Comparar mi cuenta del banco con aquella factura arrojaba una conclusión bien clara: no me lo podía permitir.

El juego se transformó entonces en un estudio de mercado. Busqué todas las clínicas de Madrid. Hice una lista de las que hacían ADE y pregunté en aquellas en las que no lo explicitaban. Descarté las más baratas por inútiles en un caso como el mío y también las más caras por inalcanzables. Y al final, me quedé con tres.

miércoles, 4 de enero de 2023

Volver a empezar (de nuevo)


Han pasado más de cinco años de aquella última consulta en la clínica de reproducción asistida. De aquella maravillosa mañana en que recibí, por fin, el alta: tres años, siete meses y dieciséis días después de empezar la aventura que me convertiría en madre

Recuerdo perfectamente esa sensación de triunfo extraño, de felicidad nerviosa. Recuerdo dar esos pasos que me alejaban de la puerta pensando que dejaba atrás una experiencia que no se volvería a repetir. Confieso, no obstante, que siempre albergué cierta esperanza, tan remota que incluso la mantuve en secreto. Quizás, algún día... Algún día, como en un sueño, en un delirio de optimismo, de confianza en una Vida que parecía negarme todo, todo... Pero, tal vez... Tal vez, y sin embargo... Nunca desde donde me encuentro hoy.

Y no porque no deseara tener un segundo hijo, desde luego; sino porque la posibilidad que había acariciado durante dos largos años era que ese hijo llegara gracias a la adopción nacional. Una posibilidad que se convirtió en realidad cuando, apenas un año y medio después, nos llamaron para la reunión informativa. Entonces sentí que aquel deseo se cumpliría, que aquel sueño que durante tanto tiempo me había parecido inalcanzable formaba parte inseparable de mi destino.

Porque los motivos que habrían podido hacer que ese destino se torciera me resultaban sumamente improbables. Sin embargo, cual tsunamis que se acercan sigilosos, terminaron por materializarse: la quiebra de una relación que duraría quince años apenas nos convertimos en madres, la pandemia que precipitó un divorcio que llegaba demasiado pronto pero también demasiado tarde, la desaparición de la adopción nacional no solo como posibilidad sino como realidad inmediata y, por si todo esto no fuera suficiente, la enfermedad que terminó de arrasar mi vida, acabando con lo poco que quedaba en pie, con lo poquísimo que había sido capaz de reconstruir. 

Contra todo pronóstico, sin embargo, fue ese vacío inmenso, ese dolor profundo que pensaba que nunca habitaría de nuevo, el que empezó a alumbrar una posibilidad distinta. En medio de aquel páramo que me obligaba a invertir cuidadosamente cada átomo de mi energía, sentí la necesidad radical de priorizar mis objetivos vitales como nunca antes lo había hecho: si solo tuviera fuerzas para un nuevo proyecto, me preguntaba, si solo pudiera asumir una cosa más en mi vida, ¿cuál sería?

De entre todos mis anhelos, solo uno se reveló como irrenunciable: quería volver a ser madre. O más bien, siendo consciente de mis múltiples limitaciones, quería intentarlo. Y es que, aunque la Vida parezca haber conspirado en su contra durante todo este tiempo, eso ha sido lo único que se ha mantenido a flote a pesar de las circunstancias. De hecho, la pregunta nunca ha sido qué, sino cómo.

Hace casi un año traté de reflotar el proyecto de adopción nacional como familia monoparental, pero, desgraciadamente, enseguida comprendí que aquel tren transitaba por una vía muerta. Aunque sea paradójico, lo que viví como una nueva posibilidad, como un nuevo comienzo, se ha terminado convirtiendo precisamente en aquello que me ha ayudado a cerrar para siempre una puerta que, contra viento y marea, me había empeñado en mantener abierta. Mi idilio con la adopción ha terminado.

¿Qué me queda, entonces? Volver a la casilla de salida. Desandar ese camino que hace más de cinco años pensé que no volvería a recorrer. Llamar de nuevo a esa puerta de la que me alejé triunfalmente y descubrir si todavía guarda alguna esperanza para mí.

Enfrentarme al monstruo de la reproducción asistida, otra vez.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Nostalgia

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Septiembre ha sido un mes cargado de nostalgia.

No he podido dejar de pensar en el año pasado, cuando por fin se cumplió mi sueño de empezar el curso embarazada. Casi a diario he recordado la tripa, que por aquel entonces ya empezaba a despuntar, pero todavía sin las molestias del final. ¡La echo tanto de menos...!

Echo terriblemente de menos la sensación de mi cuerpo bullendo de vida, echo de menos notar a mi hija moviéndose en mi interior. Recuerdo, una y otra vez, esas ecografías más tranquilas, donde nos dieron la noticia de que esperábamos una niña, donde pudimos ver su carita por primera vez.

Fue tan hermoso, tan breve, tan intenso. Me sentía tan afortunada, después de todo, después de tanto. No fue perfecto, claro, porque nada lo es nunca: estuve muy activa, pero también me sentía muy cansada, por culpa de la anemia y del insomnio que me provocaba el síndrome de piernas inquietas.

Pero llevaba a mi hija conmigo. Mi hija. Por fin era una realidad, por fin mi cuerpo me daba una tregua, pequeñita, llena de achaques, pero suficiente. Suficiente para que ella creciera y se desarrollara sana, suficiente para que yo pudiera disfrutarlo.

A veces siento pena cuando pienso en que este haya sido mi único embarazo. Veo a otras mujeres embarazadas columpiando a sus hijos mayores en el parque y pienso: "¡Ay...!". Pero también sé que este embarazo ha bastado para colmar mi necesidad de vivir esta experiencia. Que mi hija basta para formar la familia que tanto anhelaba. La angustia existencial que me carcomía por dentro ya es cosa del pasado.

Ahora mismo, mi único objetivo es recuperar las fuerzas perdidas, la energía invertida en este proceso tan largo y costoso, para poder criar a mi hija con salud y alegría. No pierdo, sin embargo, la esperanza en el futuro. He sufrido mucho pero también he sido bendecida con la mayor de las dichas: por fin entiendo que la vida es una caja de sorpresas de todo tipo y que una nunca sabe lo que queda por vivir.

Y estoy segura de que mucho de ello será bueno :)

jueves, 7 de junio de 2018

Revivir el embarazo

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Estoy muy emocionada: se cumple un año de los primeros hitos del embarazo (la última regla, el primer pinchazo de heparina, la transferencia...) y recordarlos me llena de alegría. ¡Es tan placentero echar la vista atrás y revivir esos momentos de incertidumbre, angustia e incluso parálisis emocional desde la certeza presente de que todo iba a salir bien...! Saber, como sé hoy, que aquella regla era la última regla, que aquel pinchazo funcionaría, que uno de los dos embriones que me transfirieron se convertiría en nuestra hija. 

No olvido lo mal que lo pasé; sin embargo, ya mientras lo estaba viviendo era consciente de que la memoria y su máquina del tiempo conseguirían convertirlo en un montón de buenos recuerdos. Y lo sabía porque era algo que me había ocurrido en los anteriores embarazos.

Guardo muchísimos recuerdos hermosos del primero. A veces me asaltan sin que me dé cuenta; otras, soy yo la que, todavía hoy, sale a su encuentro. Ocho semanas dan para un buen puñado de anécdotas, y más cuando el vínculo con el embrión no se ve amenazado por el miedo. 

El segundo y el tercero fueron mucho más breves, pero también dejaron mi memoria poblada de momentos. Recuerdo el cansancio del segundo embarazo, los bostezos, a mi madre exclamando: "¡Pues sí que tienes sueño...!". Recuerdo desabrocharme el botón de los pantalones sentada en el coche, haciendo espacio para aquel SHO ligero, confiada en que algo se movía, en que algo había, aunque fuera poco, aunque no fuera suficiente.

No olvido tampoco aquella tarde en la betaespera de mi tercer embarazo, cuando paseaba junto a Alma y una amiga, y me sentía ahogada e incapaz de seguir su ritmo. El SHO volvió a ser evidente mientras cenábamos, y una segunda raya confirmó mis sospechas a los pocos días. ¡Cómo olvidar la sonrisa de Alma mientras la veíamos aparecer juntas, por primera vez, en la intimidad de nuestro cuarto de baño...!

Así que ahora, ante la perspectiva de revivir un embarazo completo, el embarazo de nuestra querida hija, me siento llena de alegría. Cada aniversario me sabe a triunfo, me llena de paz, me sana las heridas.

Tengo la esperanza de que, cuando el proceso culmine, cuando celebremos el primer cumpleaños de nuestra pequeña, esa tierra de nadie que ahora habito, entre la ansiedad de tantos años de búsqueda y el extrañamiento hacia mi nueva vida, se convierta en ese lugar hermoso que siempre imaginé que sería formar mi propia familia.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Pilates para embarazadas

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Empecé a practicar pilates hace cinco años. Mi psicóloga de entonces me había recomendado realizar algún deporte para que me ayudara en el proceso de dejar los antidepresivos. Ella opinaba que debía escoger una actividad que comportara un desgaste físico elevado, como spinning o kick-boxing, ya que así podría desfogar a gusto mi ansiedad y chutarme endorfinas a cascoporro.

Todavía recuerdo cómo la miré cuando me dijo aquello. ¿Spinning? ¿Kick-boxing? ¿Es que no se había dado cuenta de lo esmirriado de mi constitución, de mi nula motivación hacia cualquier forma de competición o violencia, de mi espíritu ávido de actividades culturales tranquilas y armoniosas? Le dije que me lo pensaría, aunque sabía que no había nada que pensar. Así que, en la siguiente cita, puse sobre la mesa las dos únicas opciones con las que estaba dispuesta a transigir: o yoga o pilates.

Ella insistía en que ese tipo de deportes no era suficiente para enfrentarme a los tsunamis de rabia, frustración y ansiedad que cada cierto tiempo me arrasaban. Y hoy estoy segura de que tenía razón, no solo por los tsunamis que ya habían llegado, sino por los que iban a llegar. Sin embargo, ya entonces supe ver que, en ocasiones, es preferible asumir una solución imperfecta pero factible, que optar por la solución perfecta cuando sabemos, de antemano, que no vamos a ser capaces de llevarla a cabo.

Así fue como empecé las clases de pilates, por pura y dura salud mental. De hecho, durante los primeros meses mi cuerpo no hizo más que resentirse, después de haber pasado más de una década sin apenas realizar ninguna actividad que mereciese el título de deportiva (¡ah, los felices años veinte!). Como mi prioridad número uno era salir airosa de la depresión que atravesaba, me lo tomé muy en serio desde el principio, y pronto se convirtió, casi casi, en una religión: nunca faltaba a clase, me esforzaba al máximo en cada ejercicio y predicaba hasta la saciedad las virtudes del método entre quienes me rodeaban.

Desde el primer momento, además, las clases de pilates resultaron un revulsivo para mi consciente, recordándome cuál había sido el detonante de mi depresión y en qué debía centrar mis fuerzas ahora que estaba consiguiendo superarla. Y es que, sin importar qué días o a qué horas acudiera al gimnasio, parecía que siempre había una clase de pilates para embarazadas, antes o después. Veía salir sus barrigas cuando llegaba, o me las encontraba esperando a la salida. De vez en cuando, alguna compañera nos sorprendía con la noticia de que ella también estaba embarazada; incluso una de mis profesoras acabó por unirse al club de las barriguitas.

Al principio, me resultaba motivador. Sentía como si la Vida estuviera colocando señales luminosas en mi camino para que no me perdiera. Más tarde, cuando la maternidad se convirtió en un motivo de conflicto entre Alma y yo, empecé a sentirme incómoda. Eso era lo que yo quería, ¿por qué estaba siendo tan difícil tener siquiera la opción de conseguirlo? Las clases de pilates, no obstante, me sostuvieron también durante nuestra ruptura, ayudándome a que mi rutina no se desintegrara por completo, a pesar de que hubo algunos días en que seguir yendo me costó alguna que otra lagrimilla.

Pero, sin duda, el momento en que el pilates y mi camino hacia la maternidad se enredaron para siempre fue cuando empezaron los tratamientos. A lo largo de todos estos años, prácticamente han sido el único motivo por el que he faltado a clase: durante las betaesperas, por el miedo a que un mal movimiento diera al traste con la implantación; en las estimulaciones, a causa del dolor que me provocaban los ovarios repletos de folículos; tras el primer y el tercer aborto, debido a mi insoslayable necesidad de descanso físico y emocional.

Sin embargo, el momento de retomar las clases, después de cada negativo, de cada aborto, simbolizaba para mí el regreso a la lucha, la firmeza de mi voluntad de seguir intentándolo, de mantener mi salud física y mental para no abandonar el camino. Por esto, por todo esto, que haya llegado el día en que yo también puedo practicar pilates para embarazadas es algo que, por encima de muchas otras cosas, me sabe a triunfo, me sabe a victoria.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Mi proyecto mandala


El maletín de colores y mi cuaderno nuevo.
Me encanta colorear. No pintar ni dibujar, sino colorear. Por este motivo, Alma me regaló, hace algunos años, un maletín de lápices de colores, acuarelas y pinturas de cera. Siempre había querido tener uno y se lo había hecho saber frente a más de un escaparate, así que me encantó que lo recordara y que tuviese el detalle de regalármelo.

Pensé entonces en utilizarlo para colorear mandalas. El interés por la filosofía budista me venía de mucho tiempo atrás, y me pareció una manera perfecta de conjugar dos de mis aficiones. Así que busqué plantillas de mandalas para colorear por Internet, me descargué unas cuantas y empecé a trabajar en una de ellas.

Desde el primer momento, las emociones se agolparon en mi garganta. Colorear, en sí mismo, me parece una actividad que recuerda a la meditación; si, además, se colorea un mandala, la experiencia resulta muy intensa. A pesar de todo ello, no pude terminarlo, como no fui capaz de completar ninguno de mis proyectos durante seis largos años.

Fue una época muy frustrante para mí. No sabía que sufría una depresión, solo sentía que algo en mí había cambiado. Tenía muy pocas ilusiones, y cuando una de ellas prendía lo suficiente, siempre se terminaba apagando antes de tiempo. Había soñado durante mucho tiempo con aquellos momentos que por fin me tocaba vivir: la independencia, mi primera casa, convivir con mi pareja... Había elaborado multitud de planes y, aunque la realidad sea siempre un filtro que separa aquellos que son viables de las meras ensoñaciones, para mí se había convertido en una apisonadora que me dejaba sin ninguno.

No entendía por qué me quedaba sin fuerzas para culminar actividades tan sencillas como rellenar un círculo de colores. Pero así era. El centro de mi primer mandala se quedó vacío y el maletín de colores se perdió en el fondo de un armario.

martes, 26 de agosto de 2014

Re-luna de miel



Cuando Alma y yo nos conocimos, una de las primeras cosas que tuvimos en común fue nuestra fascinación por Alemania. Ambas habíamos visitado el país antes de empezar a salir juntas y nos había enamorado: la gente, los paisajes, la historia... ¡y los escaparates llenos de dulces! Como ninguna de las dos había estado en la capital, sin embargo, el viaje a Berlín se convirtió de manera natural en uno de los planes idiosincrásicos de nuestra relación.

A pesar de ello, los años pasaban y entre nuestros destinos nunca se encontraba Berlín. Durante mucho tiempo, yo me sentí incapaz de coger un avión, ya que una de las formas que tomó mi depresión fue un insuperable miedo a volar. En los momentos más duros, ni siquiera era capaz de coger un tren sin pasarme todo el viaje temblando, así que imaginarme despegando fue durante años algo simplemente inalcanzable para mí.

Cuando por fin recuperé las fuerzas y volví a coger un avión, nuestra relación empezó a hacer aguas por todas partes y las ilusiones que durante años nos habían motivado se fueron quedando atrás. Finalmente, el año pasado decidimos separarnos sin saber, como es lógico, si íbamos a volver. Entre todas mis tristezas de entonces, recuerdo una que me hacía sufrir bastante: "Y al final... ¡ni siquiera fuimos a Berlín!".

Así que este verano, después del disgusto y el cansancio acumulados tras varios negativos, decidimos planear un viaje especial. Necesitábamos hacer algo que no habríamos hecho si me hubiera quedado embarazada (porque ahora soy capaz de viajar en avión, pero me tengo que drogar), además de darnos un premio que nos revitalizara individualmente y le diera un respiro a nuestra relación. Y aunque la cuenta bancaria se había quedado temblando, nos liamos la manta a la cabeza y pasamos cinco días de vacaciones en Berlín.

Fue un viaje inolvidable. No solo porque nos lo pasamos fenomenal y cumplimos uno de los sueños que tenemos en común, sino por todo lo que lo hemos disfrutado después, montando nuestro primer álbum digital, viendo un montón de películas y documentales alemanes en versión original, chapurreando las cuatro palabras que (en mi caso, porque Alma ya sabía) he aprendido en alemán...

Tan especial ha sido y tanto lo hemos alargado, que no dudamos en considerar ya el viaje a Berlín como nuestra re-luna de miel.

sábado, 3 de mayo de 2014

¡Nos casamos!



Después de muchos (¡muchísimos!) meses arreglando papeles, por fin tenemos fecha para casarnos.

Comenzamos el papeleo en verano. Nos presentamos muy contentas en el ayuntamiento de nuestro pueblo y, prácticamente, les anunciamos la boda. A los funcionarios les pareció una noticia estupenda, y entendieron que ya teníamos resuelto el expediente judicial. ¿Expediente? ¿Qué expediente? Aquel día aprendimos que, antes de poder casarse, un juez debe examinar los datos de los contrayentes para darles permiso. Era la primera noticia que teníamos sobre el tema, nosotras y la mayoría de la gente que conocemos (incluidos los casados por la Iglesia).

Así que, con las mismas, nos fuimos al juzgado. Allí nos dijeron que en verano no daban cita para estos eventos, por lo que deberíamos volver en septiembre. Volvimos en septiembre y, antes de explicarnos el proceso, tuvo lugar una de esas anécdotas bochornosas que quedarán para los anales de nuestra historia:

— Así que os queréis casar —dijo la funcionaria—. ¿La dos?
— Sí —respondimos nosotras, un tanto extrañadas—... ¡la una con la otra!

Quizá fueron los nervios del momento, pero nos pareció un equívoco graciosísimo y nos pusimos a reír a carcajadas. A la funcionaria no pareció hacerle ninguna gracia, ya que no se dignó siquiera a sonreírnos y nos explicó el procedimiento en un tono muy serio. Pensándolo después, esta actitud me pareció profundamente irrespetuosa. ¿Qué se pensaba que éramos? ¿Dos amigas muy amigas que pretendían casarse el mismo día? Por si esto fuera poco, la cita que nos dieron para iniciar el expediente (¡solo para iniciarlo!) iba a tener lugar unos cuantos meses después... ¡En febrero! 

miércoles, 23 de abril de 2014

Mi diario de maternidad


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Hace meses que escribo un diario de maternidad. Empecé apuntando las fechas importantes, cuándo nos habíamos hecho cada prueba y cómo había ido, pequeñas anécdotas... También le pegué algunas fotos de revistas que me resultan evocadoras. Y últimamente he añadido unas cuantas reflexiones y sentimientos. 

Para mí, escribir un diario es algo bastante natural. Comencé mi primer diario con catorce años, y no dejé de escribir en él casi cada día hasta los dieciocho, así que guardo un registro minucioso de la mayor parte de mi adolescencia. Después, he tenido temporadas de volver a escribir incluso varias veces al día, y otras de no poner una palabra durante meses. Con el tiempo, mis diarios se han ido haciendo menos anecdóticos y han pasado a tener un carácter más reflexivo, aunque siempre han cumplido una función fundamental en mi vida: la de desahogo.

Este diario, sin embargo, es diferente.

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