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miércoles, 24 de julio de 2019

Me pregunto cuándo deja de doler


Me pregunto cuándo deja de doler. Cuándo la noticia de un embarazo (de esos rápidos, casi inesperados, de los de "huy, huy, es que ha sido a la primera, nada más empezar a intentarlo") deja de clavársete en el vientre, deja de ponerte cara de gilipollas, y peor aún, deja de hacerte sentir gilipollas.

Desde luego, no es al quedarte tú misma embarazada, ni tampoco al tener a tu hijo. No importa que la vida te sonría en otros aspectos, no importa que tu familia crezca de otras maneras. Porque el dolor se atenúa, pero no desaparece.

Supongo que el proceso de curación es largo, y que, además, hay que hacerlo después. A partir del momento en que crees que puedes empezar a disfrutar de tu victoria, ahí es cuando tienes que empezar a asumir lo que ha pasado.

O a lo mejor ya es demasiado tarde. Porque, a medida que me reconcilio con mi cuerpo, según voy superando las secuelas que me dejó el embarazo, pero sobre todo, el parto, la infertilidad se me vuelve a hacer extraña.

Yo era de esas que pensaba que me quedaría embarazada a la primera. Estaba convencida de que tendría buena suerte (pensamiento positivo, pensamiento positivo... ¡ja!), de que el karma me lo debía muchísimo, de que había llegado mi momento.

No tuve la prudencia de pensar que quizá me encontrara algún escollo, de que tal vez no todo fuera como la seda. Todos los médicos con los que había tratado me aseguraron que el Síndrome de Ovarios Poliquísticos no sería un problema, así que, ¿qué más podría ocurrir? Era mi momento. Había luchado mucho por llegar hasta él y nada podría detenerme.

Pero ya ves. Yo creía que era de esas, y me tocó ser de las otras. De las que van contando inseminaciones. De las que aceptan "una ayudita" que no sirve para nada. De las que se meten en movidas de FIV a pesar de sentir un rechazo horroroso, porque ahora sí que sale bien seguro. De las que abortan, de las que repiten, de las que siguen abortando. De las que inician un peregrinaje kafkiano en busca de respuestas. De las que se miran la tripa y se preguntan si alguna vez la verán henchida. De las que se pasan las tardes en blanco.

Y no entiendo por qué sigo fantaseando con ser de esas. Por qué a veces me descubro imaginando que yo también me quedo embarazada a la primera. Jugueteando con una muestra de semen, ¡ay!, no nos lo esperábamos. Fue tan fácil y tan rápido. Y nuestros ahorros siguen intactos.

No es todo el tiempo. Es solo con la noticia de esos embarazos. Entonces me da la sensación de que no he superado nada. De que todavía no me he reconciliado con la otra. Esa otra que soy yo, a la que le tocó perder tanto.

Quizá solo sea cansancio. Cansancio de haber sido la lesbiana repudiada, y encima, la lesbiana infértil. O a lo mejor son ganas. Ganas de cruzar al otro lado, allí donde la suerte ajena me la repampinfle porque estoy en paz con mi vida. Porque me siento orgullosa incluso.

Supongo que es una mezcla de ambos.

(Y todavía hay quien da por hecho que quedarme embarazada no me costó nada. ¡Quién lo iba  decir!, ¿verdad? La infertilidad no se ve en la cara).

jueves, 27 de abril de 2017

Sobre los límites

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Uno de los temas que traté con la psicóloga de la clínica en nuestra primera cita fue el de los límites. Como le expliqué a ella, siento que a mi alrededor flota la idea de que debemos poner unos límites muy claros a los tratamientos de reproducción asistida. Y no por motivos incuestionables, como una condición médica insalvable o la imposibilidad de seguir pagándolos; sino por otras razones más difusas. Algo así como que, en algún momento, una tiene que pararse y decir: "¡Basta! ¡Hasta aquí!".

Evidentemente, yo no estoy en ese momento de decir basta-hasta-aquí, y eso me produce cierta desazón. Temo haber perdido la perspectiva, estar sufriendo algún tipo de enajenación mental que me impida pensar con claridad y ver, como parecen ver otras personas, que ya he sobrepasado todos los límites. Siento mucha vergüenza cuando imagino que todo el mundo considera imposible que yo lleve un embarazo adelante: todo el mundo, menos yo.

Y no es que nadie me lo haya dicho a la cara. Nunca he escuchado algo ni remotamente parecido a: "Tía, estás loca, no tienes ninguna posibilidad, no sigas intentándolo, es una pérdida de tiempo y dinero, sería mejor que recapacitases y tomaras conciencia de cómo te estás engañando". Pero, a veces, cuando recibo comentarios del tipo: "Bueno, todavía os queda la adopción" o "¿Y ahora qué vais a hacer? ¿Volverlo a intentar?", siento que esa es la idea que subyace. 

Así que le expliqué a la psicóloga mi razonamiento por si ella notaba alguna incongruencia. Lo que yo me planteo es que, a pesar del tiempo que llevo en reproducción asistida, acabo de ser diagnosticada y me enfrento al primer tratamiento con una medicación adecuada para mi problema. Yo no tengo la culpa de haber hecho nueve tratamientos destinados al fracaso. Tampoco tengo la responsabilidad de que los médicos no hayan sido capaces de interpretar mi caso hasta ahora. Por otra parte, y aunque resulte doloroso reconocerlo, para presentar un cuadro de abortos de repetición primero se te tienen que repetir los abortos. Y, en mi caso, este cuadro no ha quedado claro hasta que no he abortado también con los óvulos de una donante. 

En resumen: no puedo decir que me sienta como si estuviera empezando de nuevo, porque toda mi experiencia pesa, pero tampoco puedo negar que estos tres años han cobrado sentido en el momento en que he recibido un diagnóstico congruente. Para mí, sería absurdo abandonar ahora, justamente cuando, por primera vez, tengo posibilidades reales de conseguirlo.

A la psicóloga no le pareció que mi discurso diera muestras de enajenación mental. Sin embargo, me ayudó a comprender mucho mejor qué era un límite y hasta qué punto se trataba de una cuestión personal. 

lunes, 17 de abril de 2017

Welcome back, pastillero

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Con la llegada de la regla ha dado comienzo el primer mes de mi nuevo tratamiento. Un mes que consiste, principalmente, en la toma masiva de vitaminas y otros medicamentos para ir regulando la coagulación y preparando así mi cuerpo para un (posible) (nuevo) embarazo.

Es inevitable que repetir este protocolo nos recuerde, a Alma y a mí, a nuestra segunda FIV: ese último tratamiento que hicimos utilizando mis óvulos y que fue uno de los hitos de nuestro camino en cuanto a bofetadas en la cara se refiere.

Esta vez, sin embargo, me enfrento a la locura medicamentosa con otro espíritu. Si bien iniciamos nuestra segunda FIV sabiendo que mi homocisteína estaba muy alta, y que, por tanto, podía haber sido la causa de los dos primeros abortos; a mí todavía no me terminaba de cuadrar el diagnóstico.

Tal vez fuera porque no terminaba de confiar en nuestra doctora. La manera en que interpretó mi primer estudio de trombofilia, mirándose unos apuntes que tenía en la carpeta, no invitaba a pensar, precisamente, que la señora controlara del tema. 

En su defensa diré, no obstante, que por lo menos ella completó las pruebas que me habían mandado en la Seguridad Social hasta verificar la hiperhomocisteinemia; no como el hematólogo que me hizo el estudio, que me mandó a casa con la seguridad de que no tenía ningún problema de trombofilias (¡trombofilias yo!), cuando el inmunólogo, solo con ver esos mismos análisis, ya me sentenció.

También es posible que el rechazo que sentía hacia el tratamiento formara parte del rechazo generalizado que sentía hacia las FIV. Yo no quería pincharme, no quería llevar mi cuerpo al límite, no quería pasar por quirófano. Lo tenía muy claro y, sin embargo, lo llevé a cabo como una especie de sacrificio ineludible, una idea con la que cada día estoy menos de acuerdo.

Esta vez, sin embargo, tengo un diagnóstico que me hace sentir más segura. Entiendo que los suplementos de vitaminas del grupo B van a formar parte de mi dieta de aquí a que me muera, puesto que, con la mutación que tengo, es imposible que mi cuerpo mejore su metabolismo de manera natural. Y aunque sé que la heterocigosis no es la versión más peligrosa, en mi caso constituye un agravante del fiestón protrombótico que hay montado en mis venas.

El adiro, por su parte, lo he recibido con los brazos abiertos desde el primer día. La presencia de una trombofilia en mis pruebas es inapelable: no solo el factor XII ha subido como la espuma en los dos últimos años, sino que también lo han hecho otras proteínas anticoagulantes que procuran contrarrestar sus efectos, como la antitrombina III y la proteína C.

Para mí, sin embargo, la prueba definitiva de que necesito un protocolo especial llegó con el último aborto. Ya no puedo mantener la fantasía de que el problema reside en mis óvulos, porque, con unos embriones estupendos procedentes de óvulos ajenos, el embarazo tampoco salió adelante. Hoy recuerdo con ternura la alegría que me llevé cuando me dijeron que no tenía que tomar ningún medicamento especial en el último tratamiento; pero también me tiro de los pelos: esa no es mi realidad y he tenido que aprenderlo de la manera más dolorosa.

En comparación con la segunda FIV, no obstante, mi pastillero se ha aligerado un tanto, aunque no por ello me haya librado de montar un tetris con las pastillas que tengo que tomarme debido a sus incompatibilidades.

domingo, 26 de marzo de 2017

Ya tenemos embriones

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Cuando recibimos la llamada de la clínica para decirnos que ya éramos las siguientes en la lista de espera de adopción de embriones, sabíamos que podía pasar cualquier cosa. Es más, sabíamos que podía pasar cualquier cosa, excepto la que nos dijeron que pasaría: que la doctora se pondría en contacto con nosotras después de quince días.

Así que nos lo tomamos con mucha calma. Al contrario que la vez anterior, no viví pegada al móvil durante semanas ni llamamos varias veces para ver qué pasaba. Simplemente, nos dedicamos a esperar. Lo cierto es que no tenemos prisa. En parte porque sabemos que el proceso es lento y que hay cosas que no podemos acelerar. Y en parte, supongo, porque hemos perdido definitivamente la inocencia y, aunque conservamos la suficiente esperanza como para volver a intentarlo, tampoco sentimos un deseo desenfrenado por precipitarnos hacia una nueva decepción.

El caso es que, pasado un mes, el teléfono sonó. Me despertaron de una siesta con el mismo protocolo que la primera vez: querían explicarnos las características de los embriones que nos habían asignado para comprobar si los aceptábamos. Y mi respuesta fue la misma que la vez anterior: ¡por supuesto que sí!

En esta ocasión son dos blastos, de las mismas calidades que nuestros embriones anteriores: B y C. La verdad es que el hecho de que fueran blastos llenó mi mente de distintos pensamientos, que llegaron despacio pero acabaron atropellándose por ahí dentro.

Lo primero que pensé fue: "¡Vaya! ¡Sí que es fácil conseguir blastos de esta manera!". Y es que nosotras ya hemos conseguido antes dos parejas de blastos como esta: uno bueno y otro regular. Pero cada una nos costó una FIV, con todo lo que eso implica: varios miles de euros, dos meses de tratamiento, una buena colección de hormonas para tomar, pinchar e inhalar, quirófano, mucho dolor e incluso una baja laboral.

Así que, por un lado, me sentí aliviada: nada de eso volverá a repetirse. Ya no es necesario. Al haber renunciado a mi genética, los tratamientos son mucho más sencillos (física, emocional y económicamente) para mí. Pero, a la vez, se me quedó una interesante cara de idiota, y volví a darle vueltas a una cuestión que me atormenta desde hace un tiempo: ¿en qué momento decidimos embarcarnos en las FIV? ¿Por qué no lo pensamos con más calma, por qué no valoramos otras opciones, si una parte de nosotras tenía clarísimo que ambas constituían un mal trago al que no nos queríamos enfrentar?

En fin.

Lo siguiente que me invadió fue una horda de malos recuerdos. ¿Blastos otra vez? No pude evitar que me recordaran a las primeras transferencias embrionarias, que me supieran a fracaso, a inmenso dolor. Debo confesar que haber probado con embriones en día +3 en el anterior tratamiento fue una novedad que me llenó de esperanza, aunque solo fuera por la mera novedad. Sin embargo, sé que no debo idealizar ese tratamiento, porque utilizar aquellos embriones también me llenó de miedo. Miedo por esos dos días extra que debían pasar flotando en mi útero, sin nada que hacer más allá de sobrevivir a unas condiciones que difieren bastante de las naturalmente óptimas. 

Y entonces llegaron los pensamientos optimistas.

Los blastos implican menos pinchazos de heparina, una implantación que, de producirse, tendrá lugar de manera inmediata, y, sobre todo y por encima de todo, una betaespera más corta. Además, son dos: dos blastos que, por primera vez, me pondré juntos. ¡Vivan los blastos!

Por lo demás, mentiría si dijera que he sentido amor a primera vista, como la otra vez. Lo que he sentido han sido nervios, miedo y muchas ganas de ocupar mi mente en otras cosas hasta que llegue el momento. Tengo claro que el éxito o el fracaso de este tratamiento depende más de la medicación antiabortos que de cualquier otra cosa, así que no me quiero volver loca con los embriones. Sé que las perspectivas son buenas, y eso me alegra, pero tampoco puedo decir que sea una novedad: llevo tres años de perspectivas estupendas y no he hecho más que comerme los mocos.

Así que, por ahora, mucha calma.
Ya cruzaremos los dedos cuando se acerque el momento.

viernes, 8 de julio de 2016

El mandala violeta


Este es el mandala que pinté más rápidamente, en apenas unos días. Fue hace casi dos años, cuando supe que ya no me quedaría embarazada mediante una inseminación artificial y que tendría que optar por una FIV, algo que me daba muchísimo miedo.

Para este mandala escogí una de mis gamas de colores preferidas: la de los violetas. Lo coloreé con la seguridad de que, a pesar de tener que enfrentarme a experiencias que me aterrorizaban, como la estimulación o el quirófano, este tratamiento daría resultado. No podía ser de otro modo. No me podían salir las cosas tan mal. Muchas mujeres no se quedaban embarazadas mediante las inseminaciones, pero la mayoría lo conseguían gracias a la FIV. Y ese iba a ser mi caso, por supuesto.

Cuando miro el centro de este mandala, no puedo dejar de ver un embrión. El cuaderno del que procede no tiene nada que ver con el embarazo, pero yo no dejo de ver formas relacionadas con todo este proceso en los mandalas que contiene. Y en este hay un embrión, un embrión precioso, el que se quedó conmigo poco después de pintarlo, el mismo que me acompañó hasta la octava semana de embarazo.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Historia de nuestros embriones (II)


En la segunda FIV, fuimos observando entre cuatro y seis folículos antes de la hiperestimulación, un número menor que en la vez anterior, pero coherente con la nueva pauta de medicación. Tras la punción, obtuvimos diecisiete óvulos, de los que solamente seis eran maduros. Así que, en esta ocasión, no alcanzamos la horquilla de entre ocho y diez óvulos que se considera óptima.

Recuerdo que una vez, hace mucho tiempo, nuestra nuestra doctora nos advirtió de que estimular unos ovarios con SOP era muy puñetero. Y lo es porque la hiperestimulación es casi inevitable, porque tratar de minimizarla compromete el número de óvulos maduros que puede obtenerse y porque buscar un número suficiente de óvulos maduros a toda costa atenta directamente contra la salud.

Hoy entiendo el alcance de todo esto y, de hecho, es la principal razón por la que he decidido no intentar una tercera FIV. Pero en aquel momento me resultó devastador. Pensaba que, de repetirse las mismas proporciones que en la primera FIV, tendríamos suerte si conseguíamos un solo blasto. Y aunque con uno es suficiente, después de todo el esfuerzo que conlleva un tratamiento como este, tener que jugárselo todo a una sola carta resultaba descorazonador.

En esta ocasión, insistí bastante en que se revisaran las técnicas que se les aplicaban a los óvulos, para equilibrar la proporción entre FIV convencional e ICSI y, a ser posible, inclinar la balanza en favor de la primera. Y, aunque en ningún momento la doctora me dio la razón en que las técnicas aplicadas en la primera FIV habían sido desafortunadas, los resultados de este segundo intento no dejaron lugar a dudas.

Esta vez, emplearon la FIV convencional con cuatro óvulos, de los que fecundaron los cuatro. Con los otros dos emplearon la ICSI, y solo fecundó uno. Así que, aunque el número de óvulos que teníamos era menor, con esta proporción conseguimos una tasa de fecundación que prácticamente duplicó la de la primera FIV; y, además, contábamos con cinco embriones: uno más que la primera vez.

Estos resultados nos devolvieron la esperanza que habíamos perdido durante la estimulación, así que, nuevamente, nos atrevimos con el cultivo largo. Por desgracia, el resultado empeoró: a día 5, solo uno de los embriones había alcanzado el estadio de blasto con buena calidad; dos habían detenido su desarrollo y los otros dos iban más lentos.

El primer embrión me lo transfirieron en fresco, dando como resultado un negativo que nos destrozó como ningún otro. De los otros dos embriones, solo pudimos vitrificar a día 6 un blasto de mala calidad, que me transfirieron al mes siguiente en un ciclo sin esperanza que acabó convertido en nuestro negativo número seis.

Y con este último fracaso dimos por finalizadas nuestras aventuras con la FIV.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Historia de nuestros embriones (I)



Se me hace raro escribir sobre nuestros embriones. Pensar que cada uno de ellos pudo haberse convertido en nuestro hijo y que ninguno de ellos existe ya... Pero, a la vez, sé que necesito hacerlo: necesito contar su historia para transformarla en un recuerdo que me permita avanzar.

Mis ovarios hiperestimularon en las dos FIV, así que llegamos a observar más de veinte folículos en cada una. Evidentemente, no todos contenían un óvulo, ni mucho menos un óvulo maduro, ya que la hiperestimulación tuvo lugar en los dos últimos días de medicación: es decir, sin que quedara apenas tiempo para que los óvulos se formaran o crecieran.

En la primera punción obtuvimos dieciséis óvulos, nueve de ellos maduros: precisamente el número de folículos que se observaban desde el principio, antes de la hiperestimulación. Nuestra doctora buscaba entre ocho y diez, así que dimos en el blanco. De estos nueve óvulos, sin embargo, fecundaron solo cuatro: una tasa muy bajita que nos desalentó bastante en su momento.

Hay varias causas posibles. En primer lugar, al padecer SOP, mis ovarios no desechan correctamente los óvulos de cada mes, por lo que existe la posibilidad de que algunos de los que conseguimos fueran en realidad óvulos "viejos", que empezaron a madurar en otro ciclo. En segundo lugar, puede que el donante que escogieron no fuera en realidad demasiado compatible conmigo, o quizá no tan sano como parecía. Y, por último, tal vez las técnicas empleadas no fueran las más adecuadas.

En nuestra clínica, todas las FIV son FIV-ICSI, pues aplican una FIV convencional a la mitad de los gametos y una ICSI a la otra mitad. En mi caso, por razones que nunca nos explicaron, solo aplicaron FIV convencional a tres óvulos, de los que fecundaron dos, mientras que a los otros seis les hicieron ICSI, obteniendo solamente dos embriones.

Generalmente, la ICSI es una técnica que se aplica cuando los espermatozoides no tienen buena movilidad, algo que no debería ocurrir al utilizar un donante; pero que está contraindicada cuando la calidad de los óvulos es baja, ya que la inyección puede romper su membrana. Los óvulos de mala calidad, sin embargo, tienen una tasa mucho mayor de fecundación cuando se les aplica una FIV convencional.

En mi caso, la diferencia entre la tasa de fecundación con una y otra técnica me deja dos cosas claras. En primer lugar, que si mis óvulos se comportan como lo hacen aquellos que tienen baja calidad, será porque, probablemente, tienen baja calidad. Y, en segundo lugar, que en la clínica metieron la pata con las técnicas: si hubieran aplicado la FIV convencional a más óvulos, seguramente habríamos obtenido más embriones.

A pesar de ello, nuestra doctora consideró que cuatro era un número suficiente para intentar hacer un cultivo largo y conseguir blastos. En aquel momento, a mí me pareció la mejor opción, porque creía que las perspectivas de embarazo eran mejores así. Hoy sé que este es un tema muy controvertido sobre el que no todos los médicos opinan igual, ya que con el cultivo largo se pierden la mitad de los embriones, sin que se pueda dar por hecho que no habrían sido evolutivos de haberlos transferido antes.

Y eso fue exactamente lo que nos pasó a nosotras. Aunque todos los embriones estaban vivos a día 5, dos de ellos iban muy retrasados en su desarrollo, y al día siguiente nos confirmaron que no podíamos vitrificarlos. Otro de los embriones (obtenido con FIV convencional, por cierto) era un blasto de buena calidad que me transfirieron en fresco y del que me quedé embarazada, aunque la aventura terminó en un aborto diferido a las ocho semanas. El cuarto embrión (de peor calidad; con este desconozco la técnica que utilizaron), lo vitrificamos y transferimos seis meses después, dando como resultado un bioquímico

Y así llegamos a los embriones que conseguimos en la segunda FIV.

domingo, 25 de octubre de 2015

La última FIV


Antes de empezar nuestra segunda FIV, Alma y yo estábamos de acuerdo en que sería la última. Íbamos a realizar este intento en condiciones óptimas: llevaba ya mucho tiempo con la metformina, tomaba también una medicación para prevenir los abortos, nos sentíamos llenas de fuerza, ganas y esperanza, y, encima, estábamos de vacaciones, así que el estrés se reducía al mínimo. Si, con todo eso, la FIV salía mal, entonces tendríamos que entender que mi cuerpo no daba más de sí.

Y eso es precisamente lo que  ha ocurrido. Según nuestra doctora, seguimos dentro de las estadísticas, porque es normal hacer hasta tres FIV para conseguir un embarazo, sin que ello signifique que ocurre algo malo o que es imposible lograrlo. Sin embargo, no estamos dispuestas a enfrentarnos a una tercera FIV tan solo para salirnos de las estadísticas: ya lo hicimos con nuestra cuarta inseminación y no dejo de arrepentirme. Hasta aquí hemos llegado.

El motivo fundamental por el que todavía no hemos conseguido nuestro objetivo es mi SOP. Este trastorno hace que sea prácticamente imposible estimular mis ovarios sin provocar una hiperestimulación, lo cual dificulta el conseguir un número suficiente de óvulos maduros y de calidad en cada ciclo. Con esto debería bastar para explicar lo que ha ocurrido hasta el momento, aunque quizá mis óvulos tengan mala calidad en sí mismos. Mientras que el riesgo de hiperestimulación es casi inevitable en el SOP, la mala calidad ovocitaria ocurre solo en algunos casos: en el mío, parece que el lote viene completo.

Sé que podríamos intentarlo más veces y sé que podría salir bien. A la tercera, a la cuarta, a la quinta. Mi cuerpo va reaccionando mejor a todo el proceso y al menos conseguimos un embrión de buena calidad en cada ciclo. Pero, ¿qué sentido tiene? Nuestros recursos, nuestras fuerzas, nuestro tiempo son limitados. Los embriones, aunque bonitos, o no se implantan o se paran. ¿Es solo cuestión de suerte? Podría ser, pero yo creo que la buena suerte necesita más que un empujoncito, y en nuestro caso, eso pasa por dejar de pedirle peras a mi maltrecho sistema endocrino.

Vamos a tomarnos un tiempo, a descansar, a disfrutar de la vida que sí tenemos, a pensar en nuestras posibilidades y a planear nuestro siguiente asalto. No sé cuál será ni cuándo ocurrirá, aunque sé que tendrá lugar: eso, desde luego. No voy a rendirme, no abandonaré mi sueño de formar una familia, pero sí tendré que asumir que no va a ser cuando ni como suponía.

Mi vida sigue resistiéndose a resultarme sencilla.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Negativo



Todo había salido mejor, pero el resultado fue peor.

Incluso la transferencia. La doctora me dijo que tenía apuntado en su informe que la otra vez el acceso al útero había sido complicado. Yo comprobé después que había apuntado en mi diario que aquel día hubo una intensa pelea con el espéculo. Pero esta vez todo fue más sencillo, rápido, casi indoloro. Y, de pronto, ya estábamos juntos, mi embrión y yo, y la alegría que sentía era inmensa.

Diez días después, llegó la bofetada. 

Impredecible, inconcebible, irracional.

Nuestra doctora insiste: todo ha salido mejor. No es fruto de mi imaginación. No puede decir que las cosas no vayan bien, excepto por el pequeño gran detalle de que todavía no me he quedado embarazada. O sí: me quedé embarazada una vez. Y, en realidad, no llevamos tantos intentos. Y es normal que estemos cansadas, sobre todo por las inseminaciones. Pero todo ha salido mejor, y hay que tener paciencia. 

Eso dice ella. 
Nosotras nos quedamos sin palabras.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Punción



Saber que tenía que volverme a enfrentar a una punción ya no me causó tanto miedo como la primera vez. Aunque pasar por quirófano no me haga especial ilusión, la punción ha dejado de ser mi particular túnel al final de la luz. Supongo que porque mi primera experiencia fue positiva, y también porque, durante este tiempo, he aprendido que una sedación es diferente de una anestesia, ya que puedes seguir respirando por ti misma sin necesidad de intubarte. Y por algún motivo, racional o irracional, ese detalle ha sido suficiente para que haya perdido gran parte del miedo.

Aun así, la tarde anterior a la punción y la mañana de la misma me entró bastante pánico. Habría querido salir corriendo, y no paraba de decirle a Alma que, de tener el papel del consentimiento en mis manos, lo revocaría sin pensarlo. En el camino hacia el quirófano, dejé de ser una paciente tranquila y comprensiva para convertirme en la típica histérica-toca-pelotas. Cada vez que la enfermera, o el anestesista, o la doctora me preguntaban cómo estaba, yo respondía: "Aterrada". Si alguna vez tengo que volver a entrar en quirófano (dentro de muchos años y por motivos diferentes), prometo mejorar este punto, que a juzgar por las caras que me ponían, no debe sentar nada bien a los sanitarios.

He de decir que, esta vez, Alma también me confesó que estaba asustada. La enfermera le dijo que tardaríamos unos 45 minutos, por si le apetecía salir a tomarse algo mientras tanto, pero ella no quiso abandonar la sala de espera ni para ir al baño (!). Después me contó que, cuando vio salir a nuestra doctora del quirófano y ni siquiera la miró, pensó: "Ya está, ya está, se ha muerto y no quieren decirme nada".

Tal para cual.

sábado, 29 de agosto de 2015

Estimulación



Y llegó el momento de empezar con los pinchazos.

Esta vez comenzamos con una dosis de 100 Ul, justamente la que yo pensaba que sería adecuada en mi primera FIV. Esta pauta me puso muy contenta y aumentó mi sensación de que en este intento las cosas podían ir mejor. 

No obstante, después de cinco días pinchándome, fuimos a revisión y no se veía ningún folículo, exactamente igual que me pasó la primera vez. Yo ya me lo imaginaba, porque no notaba demasiado "movimiento" en los ovarios; aunque la doctora consideró que la cosa no iba nada mal. Y la verdad es que, al contrario que la vez anterior, me lo tomé bastante bien: solo me preocupaba que me volvieran a duplicar la dosis otra vez.

Pero no fue así: me subieron a 125 Ul y, dos días después, ya teníamos siete folículos de entre 10 y 13 mm asomando. Si bien eran menos que la otra vez, yo seguía muy optimista, segura de que pronto habría más y que, en cualquier caso, siete podía ser un buen número si la calidad de los óvulos era buena.

El chasco llegó tres días después, cuando vimos que solo cuatro folículos habían crecido lo suficiente (18-19 mm), mientras que los demás se estaban quedado atrás. Nuestra doctora seguía muy contenta, porque decía que la estimulación estaba siendo mucho más controlada que la otra vez. Sin embargo, para mí fue un palo enorme.

No sé qué me pasó, pero aquel fue el peor día de todo el tratamiento. Pensé que, si se repetía la progresión de la vez anterior, tendríamos suerte si llegábamos a conseguir un solo embrión. Una vocecita en mi conciencia me repetía, muy bajito, que con un solo embrión es suficiente. Pero a mí no me convencía. Después de todo el dinero gastado, de todo el esfuerzo físico, necesitaba tener más de una oportunidad. Aunque no sirviera para nada; aunque, como la primera vez, el primer embrión fuera el único que saliera realmente adelante.

El caso es que me pasé todo el día hundida, con la mente llena de pensamientos pesimistas y el cuerpo rebosante de ganas de abandonar. No solo el tratamiento, sino todo. La vida, qué sé yo (!).

Al día siguiente me arrastré hasta la consulta para descubrir que ya teníamos cinco folículos preparados (de entre 18 y 21 mm) y tres más con posibilidades (de 16 mm). Aquello me dejó mucho más tranquila, y consiguió que saliera del infierno emocional en el que había entrado.

La mala noticia fue que mi ovario derecho había hiperestimulado. Mientras en el izquierdo solo había cinco folículos (dos grandes, uno mediano y dos pequeños), en el derecho había más de doce (tres grandes, dos medianos y un porrón de pequeños). Esto fue bastante curioso porque, durante todos los controles, el ovario derecho era el que tenía menos folículos. Y, de reprente, ¡bum! Se llenó. 

Esta diferencia entre los dos ovarios me ha permitido comprobar que no se lleva igual una FIV cuando hay hiperestimulación que cuando no la hay. Si bien los folículos pequeños no sirven para nada en términos reproductivos, aumentan mucho el tamaño del ovario y duelen. La diferencia entre un lado y el otro de mi tripa es evidente: mientras que el lado derecho me tira y pincha como la otra vez, en el lado izquierdo es como si no hubiera pasado prácticamente nada.

Esta descompensación me ha hecho quedarme más tranquila sobre mi malestar durante la primera FIV. Aquella vez lo pasé tan mal, tuve tantos dolores y me sentí tan imbécil... Había leído muchas experiencias de FIV y a nadie parecía haberle pasado lo que a mí. Pero claro, casi todos los casos que conocía eran de chicas con baja respuesta ovárica, que conseguían 3 o 4 folículos y se recuperaban rapidísimo. En esta ocasión ya me ha quedado claro que la experiencia no es igual (no podía serlo, pero ahora lo he comprobado en mis carnes) cuando una lleva más de veinte folículos en total, como me pasó a mí.

Y aunque la progresión de mis estrógenos había sido muy armónica y estaban en niveles que incluso se podían considerar bajos, el último día, como resultado de la hiperestimulación del ovario derecho, doblaron su cantidad. Esto me pone, paradójicamente, en una situación de mayor riesgo de sufrir SHO que la otra vez, a pesar de que la cantidad total de estrógenos sea bastante menor (!!).

sábado, 22 de agosto de 2015

Control de reposo ovárico



Aunque la doctora nos había dicho que, si teníamos mucha prisa, podíamos seguir el protocolo corto para la segunda FIV, finalmente decidimos volver a intentarlo con el protocolo largo, y así tratar de optimizar la respuesta de mis ovarios.

Esta vez tomé la píldora durante 28 días, para cuadrar el tratamiento entre las vacaciones de la doctora y el comienzo de las clases, que para nosotras es un periodo de trabajo muy intenso. Y la verdad es que me sentó tan bien que no me habría importado seguirla tomando unos cuantos mesecitos (!).

Al principio no, claro. Al principio sufrí unos dolores de cabeza terribles, que es la forma que tiene mi cuerpo de quejarse cuando le meto hormonas que no le gustan. Pasé cuatro tardes paralizada por el dolor, que no me permite hacer más que cerrar los ojos y lamentarme; pero después ya no me volvió a ocurrir, y todas las molestias que tuve fueron dolores de cabeza muy leves y dolores de pecho muy graves, aunque conocidos y esperados :)

Una de las mejoras que noté enseguida es que no tuve manchados durante el tratamiento, lo cual me sorprendió gratamente. En la primera FIV, los tuve durante toda la segunda semana, y aunque el prospecto decía que era de lo más normal, a mí me mosqueaban bastante.

Otra reacción positiva ha sido el efecto que ha tenido la píldora sobre mi acné. En la primera FIV, me consolaba pensando que, al menos, la píldora mejoraría mi piel; pero ocurrió al revés. Ya me había pasado en los dos tratamientos que seguí para el SOP: normalmente, los síntomas dermatológicos se exacerbaban durante los primeros meses, para después ir remitiendo hasta normalizarse.

Sin embargo, esta vez solo noté el efecto rebote durante un par de semanas. Después, el acné fue mejorando hasta desaparecer casi completamente; algo que, en los tratamientos anteriores, me habría costado al menos seis meses. No puedo dejar de relacionar estos cambios con la metformina, cuyo uso durante más de un año ha logrado ya muchas mejoras evidentes en mi salud.

Tres días antes de dejar la píldora, empecé con la inhalación de nafarelina, una hormona que inhibe el funcionamiento del hipotálamo para evitar reacciones hormonales "independientes" durante el tratamiento (como la ovulación espontánea). En la primera FIV, mantuve una lucha titánica con el dichoso inhalador, aunque después conseguí hacerme con él. Esta vez, la experiencia me ha ayudado a utilizarlo correctamente desde el principio, aunque he tenido que lidiar con mocos y estornudos hasta el punto de tomar una dosis doble en alguna ocasión, porque no me fiaba de que la dosis no hubiera acabado en el suelo después de salir disparada de mi nariz. Los efectos secundarios han sido similares a la otra vez: sofocos muy intensos y una ligera caída del cabello (¡horror!).

Después de una regla irrisoria, llegamos al control de reposo ovárico. 
Y la doctora nos dijo que todo estaba bien.

martes, 18 de agosto de 2015

El pastillero

Para bajar la homocisteína y regular la coagulación, nuestra doctora de la clínica me prescribió tres pastillas: ácido acetilsalicílico 100 mg, ácido fólico masivo (7,5 mg) y un complejo vitamínico del grupo B, que incluye B1, B6 y B12.

(Disculpad que no ponga las marcas comerciales, algunas muy conocidas; pero es que me parece que las farmacéuticas ya se lucran bastante con nuestras desgracias como para encima hacerles publicidad gratuita. En cualquier caso, si alguien quiere información más concreta, puede dejarme un comentario).

La doctora me lo vendió como la cosa más fácil del mundo: sustituyes el ácido fólico que tomas normalmente por estas tres pastillas y ya está.

No tenía ni que despeinarme.

El problema es que esas tres pastillas, sumadas al hierro, los dos comprimidos de metformina y la píldora para el reposo ovárico, hacen un total de siete pastillas. Por si eso fuera poco, resulta que el ácido fólico masivo es incompatible con el hierro, como también lo son el complejo vitamínico y el ácido acetilsalicílico con la metformina.

Entonces entendí que había llegado el momento de rendir homenaje a la gran Maru Pesuggi y comprarme un pastillero. Porque recordar cuándo me tenía que tomar cada pastilla tres veces al día y mantener unos niveles de cordura suficientes para enfrentarme a una segunda FIV... era misión imposible.

Así que, según salimos de la clínica, Alma y yo nos plantamos en el mega-chino de nuestro pueblo y pedimos un pastillero. Pero no una cajita mona, no, ni siquiera uno con siete huecos. ¡Un pastillero profesional! ¡Como el de mi abuelo! 


He de decir que es una de las mejores compras que he hecho en mi vida. Una vez a la semana, me siento con mis chorrocientas cajas de medicamentos y voy llenando huecos según el puzzle que ideé después de leerme los prospectos y descubrir la alegría de las incompatibilidades. UNA VEZ a la semana. El resto de los días, simplemente cojo el pastillero en cada comida y me tomo las pastillas que hay en el hueco. Sin pensar en nada. Además, los compartimentos de cada día pueden extraerse de manera individual, así que, cuando salgo a comer fuera, también puedo llevarme el pastillero en versión reducida.

Claro que, como bien explicaba Maru en su entrada, la cosa no termina con el pastillero. Tengo también el móvil lleno de alarmas para las hormonas que debo inhalar dos veces al día y para la inyección de la tarde. Y es que, si quieres cumplir con el objetivo de estar lo más despejada posible durante un tratamiento, te tienes que buscar unos buenos periféricos para tu cerebro, o de lo contrario, tu cabeza explota. Más cuando sabes que toda esta medicación debe mantener un equilibrio del que depende nada más y nada menos que la existencia y posterior supervivencia de tu bebé.

Parece una locura irrealizable... pero SE PUEDE.

domingo, 2 de agosto de 2015

Habemus plan



Después de analizar los últimos resultados y ajustar la medicación, 
por fin tenemos fecha para la segunda FIV.

¡Vivaaaa!

jueves, 30 de julio de 2015

El mandala azul



Este es el mandala que más tiempo me ha llevado completar.

Empecé a sentir la necesidad del color azul en la betaespera de la FIV. Sin embargo, casi en el mismo momento supe que aquel mandala sería diferente a los anteriores. Todavía no me explico cómo, pero desde el principio tuve claro que llevaría aparejado un aprendizaje liberador, aunque doloroso y profundo.

Esa fue precisamente la razón de que no pudiera empezar a pintarlo durante aquella betaespera. No quería aprender nada, ni mucho menos sufrir. Quería mi positivo, mi embarazo y mi bebé. Así que dejé el proyecto apartado; pero, cuando supe que estaba embarazada, volví a pensar en él.

En ese momento sí sentía la necesidad de una liberación. Ansiaba liberarme del miedo, de la mala experiencia que para mí había sido hasta entonces la reproducción asistida, de toda la negatividad acumulada. Pensaba que el color azul del mandala me permitiría hacer una limpieza espiritual que me ayudaría a disfrutar del embarazo que tanto había esperado. Pero algo me decía que no era esa su función, así que tampoco entonces pude empezarlo.

Cuando perdí el embarazo, pensé: "Ya está, ¿qué más puede ocurrir?". Me pareció el momento ideal para pintarlo. Creía que podría acompañarme en el duelo, que aquella era la lección que debía aprender, que el momento de liberarme de las cargas acumuladas había llegado. Entonces empecé a buscar la forma, pero no lograba decidirme. Me daba miedo lo que el dibujo pudiera significar. Me aterrorizaba pensar que, de alguna manera, el mandala azul terminara simbolizando el fin de mi camino hacia la maternidad.

Tuvo que llegar el segundo aborto, con toda su ansiedad, para que por fin pudiera entender de qué iba aquel mandala, cuál era su significado profundo y por qué pintarlo estaba siendo tan importante para mí.

domingo, 22 de marzo de 2015

La odisea de la FIV (V). SHO



En el último control ecográfico antes de la punción, le hice muchísimas preguntas a nuestra doctora sobre el riesgo de sufrir un Síndrome de Hiperestimulación Ovárica. Las mujeres con SOP lo padecemos con mayor frecuencia, y yo ya había tenido malas experiencias con ello. Como todos los síndromes ginecológicos (o eso me parece a mí), a este también le han puesto un nombre que no obedece exactamente a la realidad: igual que si sufres SOP no tiene por qué haber quistes en tus ovarios, el SHO no solo se produce cuando los ovarios han sido estimulados.

En realidad, es una reacción de hipersensibilidad a la presencia de una hormona, la gonadotropina coriónica (ya sea "alfa", la que te inyectas para que maduren los óvulos; o "humana", segregada durante el primer trimestre de embarazo y detectada por los tests). Como digo, yo ya había tenido malas experiencias con esta hormona, sobre todo durante mi primera inseminación, en la que, de hecho, no estimularon mis ovarios. Ese mismo día, pasadas las treinta y seis horas que tarda en hacer efecto la dichosa hormona, dejé de ir al baño, me hinché como un globo y me pegué la vomitona del siglo. Por aquel entonces, ni siquiera sabía que la inyección tardaba más de un día en hacer efecto, así que me pasé dos días comiendo arroz hervido, creyendo que me había agarrado una gastroenteritis.

jueves, 19 de marzo de 2015

La odisea de la FIV (IV). Punción



Si algo me aterraba más que ponerme una cantidad obscena de inyecciones durante quién sabe cuántos días (al final fueron doce, que se dice pronto), era pasar por quirófano. La anestesia me producía un pánico irrefrenable, y me sentía la más tonta del mundo por ello: había leído muchos relatos sobre punciones y sus autoras parecían desfilar hacia el quirófano silbando alegremente. En mi caso, desde que recibí el último negativo y supe que tendría que someterme a una FIV, no hubo un solo día en que  no pensara en la anestesia y un escalofrío me recorriera la espalda.

Hasta la punción, solamente había pasado por quirófano una vez: cuando tenía cuatro años y me operaron de vegetaciones. Afortunadamente, por aquel entonces me enfrenté a la anestesia con una gran curiosidad: yo pensaba que no podía existir nada en el universo que me obligara a dormirme si no quería, y tenía la ilusión de resistirme a sus efectos. Y aunque hoy creo que no volvería a montar un drama semejante por una intervención tan rápida como una punción, sé también que no podría evitar que se me pasaran por la cabeza algunas ideas siniestras al saber que volverían a sedarme. 

sábado, 21 de febrero de 2015

La odisea de la FIV (III). Estimulación



Y llegó el momento de empezar a pincharse, tras una semana de haber dejado la píldora y tres días después de que me viniera la regla.

Aunque yo ya me había tenido que pinchar en mis dos últimas inseminaciones, la estimulación para la FIV me daba pavor. Me había acostumbrado a unos pinchazos irrisorios, de entre 25 y 50 Ul, pero sabía que ahora tendría que inyectarme cantidades mayores, y me sentía incapaz de enfrentarme a la aguja.

Durante los primeros cuatro días, sin embargo, apenas me tuve que inyectar 75 Ul. A mí me parecía que no iba a ser suficiente para conseguir una buena cantidad de folículos, pues con las dosis anteriores no habíamos llegado ni a dos. Sin embargo, mi doctora prefería comenzar así, porque los ovarios con SOP tienen una tendencia casi irresistible a la hiperestimulación. Además, si acaso no era suficiente, siempre estábamos a tiempo de aumentar la dosis.

Y eso fue lo que pasó. Después de cuatro días de pinchazos, en el primer control ecográfico no se vio ningún folículo. Yo, que había ido preparada para memorizar todas las medidas que la doctora le dictara a la enfermera, me quedé en shock cuando vi que sacaba el ecógrafo sin decir nada, después de haberme urgado a conciencia, apretándome los ovarios y haciéndome bastante daño.

lunes, 9 de febrero de 2015

La odisea de la FIV (II). Hormonas



Comencé la preparación para la FIV tomando la píldora.

En mi caso, no deja de ser paradójico haber tenido que acudir a ella para intentar quedarme embarazada, cuando hace casi cinco años que la dejé pensando que "limpiar" mi cuerpo de hormonas me ayudaría en el proceso. Por aquel entonces, no tenía mucha idea sobre las cantidades ingentes de hormonas que conlleva cualquier tratamiento de reproducción asistida, y aún suponía que podría tener éxito con uno que fuera mínimamente invasivo (!).

Durante los años que estuve sin tomar la píldora, sufrí un acné inenarrable, se me cayó el pelo a jirones y empecé una carrera desbocada hacia el sobrepeso. Pero me mantenía firme en mi decisión porque confiaba en que el momento de empezar la búsqueda estaría a la vuelta de la esquina. Al final, no resultó así, y como una bofetada del destino, tuve que acudir a la píldora de nuevo.

A pesar de ello, me consolaba con la idea de que, durante las tres semanas que duraría el tratamiento, mi SOP se regularía un poco. Pero eso tampoco ocurrió. Seguí teniendo los mismos síntomas que había tenido durante los meses anteriores, unidos a los dolores de cabeza que me provocan estas pastillas. Además, tuve pérdidas durante la segunda semana de medicación, algo que me causó no pocos quebraderos de cabeza. Según el prospecto, sin embargo, era de lo más normal.

En la semana de descanso, me vino la "regla": ese manchado indoloro y ridículo que te provoca la píldora. A la doctora de la clínica le pareció muy buena señal, aunque yo no le di demasiada importancia. Durante todos los años que tomé la píldora, no me faltó la regla ni un solo mes; como tampoco me falta cuando no la tomo. Reconozco que este tipo de fiestas ("¡Qué bien! ¡Te ha venido la regla!", como si no me viniera todos los meses y no se lo hubiera dicho) me plantean serias dudas acerca de muchas cosas.

Cuando llevaba dos semanas tomando la píldora, empecé a inhalar otra hormona distinta, que me estuve aplicando dos veces al día hasta dos días antes de la punción.

lunes, 26 de enero de 2015

La odisea de la FIV (I). Primera consulta



Poco a poco voy encontrando la ganas de recordar el tratamiento por el que conseguimos nuestro preciado tesoro, a pesar de que la muerte se nos cruzara después en el camino para arrebatárnoslo.

Nunca olvidaré la primera consulta para la FIV. Fuimos a la clínica apenas tres días después de recibir el último negativo, con la idea de conocer en qué consistía el tratamiento y echar cuentas para ver si nos lo podíamos permitir. No estábamos decididas a hacerlo, o al menos eso nos decíamos a nosotras mismas.

Como me venía ocurriendo en las últimas visitas, en cuanto franqueé la puerta, mi cuerpo entró en "modo huida". Miraba sin ver, escuchaba sin oír y asentía, aunque en realidad lo único que deseaba era salir corriendo. El olor de la clínica nublaba el resto de mis sentidos, acelerando mi respiración.

Cuando salimos de la consulta, fundí a Alma a preguntas. Ella se quedó pasmada. "¡Pero si eso nos lo acaba de decir la doctora, y tú le estabas diciendo que sí!". Y era verdad, aunque en realidad, yo solo la había visto mover los labios y señalar con un boli en un calendario, porque a duras penas conseguía escuchar otras cosa que no fuera el intenso bombeo de mi corazón.

Al llegar a casa, sacamos la calculadora. El precio de la FIV era desorbitado, pero, ¿qué podíamos hacer? ¿Acaso teníamos alternativa? Así que, en realidad, no tomamos ninguna decisión. Nuestro proyecto de formar una familia se mantenía intacto, y mientras nos lo pudiéramos permitir, ese seguía siendo nuestro camino.

La doctora nos propuso hacer un protocolo largo. Durante tres semanas, estaría tomando la píldora, preparando así la estimulación de mis ovarios. Solapado con esas tres semanas y hasta el día de la punción, tendría que inhalar, dos veces al día, unas hormonas cuya función sería inhibir el funcionamiento de mi hipotálamo, evitando que interviniera en el proceso. Apenas unos días después de dejar la píldora, empezaría a pincharme para estimular mis ovarios. Una vez que los folículos hubieran crecido lo suficiente, me pondría una última inyección para que madurasen y pasaría por quirófano. Ello implicaba haber hecho un electrocardiograma y un análisis como pruebas preoperatorias; además, tanto Alma como yo deberíamos repetirnos la serología, porque ya habían pasado seis meses desde que nos hicimos la anterior.

Toda esta información, el aluvión de hormonas, incluso el calendario, se me hacían un mundo. Quería ser madre, pero no quería pasar por todo eso. Mi cuerpo me lo gritaba alto y claro: pasar por todo eso, no. Pero, ¿qué pretendía? Las cuatro inseminaciones habían dado negativo. ¿Qué posibilidades nos quedaban? No quería pasar por todo eso, pero tampoco estaba dispuesta a abandonar.

Así que nos lanzamos a la piscina, y aunque cuando lo vives no es tan duro como cuando te lo cuentan, el estrés que me sobrevino desde el principio, la angustia que sentía ante el temor de no ser capaz de enfrentarme a lo que me esperaba, hicieron que lo pasase bastante mal durante el mes y medio previo a la punción.

Y después también...

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