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miércoles, 15 de mayo de 2019

Crónicas lactantes (III). Así terminó mi parto


Cuando todavía estaba embarazada y leía relatos de partos, me sorprendía que muchas mujeres no finalizaran su historia hasta que el bebé empezaba a mamar. Por aquel entonces, compartía la idea, tan extendida en nuestro imaginario social, de que el parto termina en el momento en que el bebé nace. Y me creía avanzada por recordar que, a pesar de tan manida imagen, tras el nacimiento aún queda alumbrar la placenta (!).

Pero tanto ese imaginario social como yo nos equivocamos. El parto no termina cuando el ginecólogo (o ginecóloga, como en mi caso) da la última puntada y te dejan ahí, con el estropicio hecho y un bebé recién nacido en las manos. Porque el parto es el eslabón que une el embarazo con la lactancia, y una mala puntada en ese sentido es suficiente para truncarla. (Y porque, afortunadamente, no todos los partos incluyen zurcidos).

Son cosas que entendí después, porque, en el momento, tras vivir aquel episodio de terror y violencia obstétrica en que se convirtió mi parto, solo quería que todo el mundo se marchara, quedarme a solas con mi mujer y mi hija, y descansar. Ese fue mi segundo error: pensar que, cuando el bebé nace, todo termina, porque, en realidad, ahí es cuando empieza todo. Y es que el parto puede ser muy cansado, pero la lactancia es agotadora. Y, encima, mucho más larga.

Y empieza de golpe, sin darte casi tiempo a respirar. En nuestro caso, apenas había salido el último sanitario del paritorio, mi hija, ese bebé chiquito y desvalido, abrió la boca y empezó a moverla de un lado a otro, buscando el pecho con avidez. Fue una imagen que me acompañó  durante semanas: aunque hubiera visto vídeos de agarre espontáneo, observar la vida en directo, abriéndose camino con esa fuerza, me dejó profundamente impactada.

Yo me limité a dejarme hacer, porque era lo que había visto en los vídeos y porque no me quedaba otra. Tumbada boca arriba, con el cuerpo insensible de las tetas para abajo y la pierna izquierda inútil cual fardo, ni siquiera podía sostener a mi hija en los brazos. A duras penas conseguía mantenerla sobre mi vientre, e incluso por momentos necesité la ayuda de Alma, pues sentía que la pequeña, todavía cubierta por el vérmix caseoso, se me iba a escurrir como un pececillo y acabaría estrellada en el suelo. El gurruño textil que nos cubría (toalla pequeña, manta fina y, según jura y perjura mi memoria, sábana bajera) tampoco ayudaba.

Otra diferencia con los relatos de partos que había leído, sobre todo con los de partos en casa, es que las profesionales que acompañaban a las mujeres no se marchaban hasta comprobar que el bebé, de hecho, mamaba correctamente. En nuestro hospital (que, según mi matrona, se jactaba de promover la lactancia materna), nadie comprobó nada: salieron huyendo, agotados tras atender EL ÚNICO PARTO DE LA NOCHE, y no volvieron hasta dos horas después.

Se supone que, en esas dos horas de piel con piel, ocurre la magia. Pero hasta la magia más hermosa tiene sus límites. Porque mi hija reptó, a pesar de los trapos que la cubrían, a pesar de la impericia de sus madres, y alcanzó el pezón y empezó a mamar. Y entonces, por primera vez en mi vida, sentí esa fuerza prendida a mi pecho... Y ME HORRORICÉ. ¿Aquello era dar de mamar? ¿Esa sensación penetrante de tener una sanguijuela sorbiéndote las tetas? No, no podía ser. Algo tenía que estar mal, algo no funcionaba. Porque, ya lo decía el libro: DAR DE MAMAR NO DEBE DOLER.

En esos momentos de terror primerizo, me habría venido de perlas que una matrona me hubiera ayudado a incorporarme (¿era siquiera posible, con los siete puntos que me había costado el parto?), mostrándome una postura correcta y, sobre todo, dándome el apoyo moral que requería esa primera experiencia. Al menos, en vez de salir corriendo, y conociendo el estado en que me dejaban, podían haberme ofrecido ayuda, o haberme visitado discretamente, no sé, a la hora. En ausencia de todo ello, agotada como estaba, incapaz de soportar un nuevo revés en forma de dolor, me limité a desenganchar a mi hija del pecho, porque seguro que no se había enganchado bien. Porque dar de mamar no debe doler.

Lo intentamos muchas veces. Mi hija reptaba, se enganchaba... y yo flipaba. Mil ideas acudían a mi mente: no podía dar de mamar tumbada boca arriba, mis tetas apenas sobresalían, no podía sujetarla. Y no podía moverme. Y mi hija era fuerte, pero también recién nacida. Y tendría frío. Sí, se iba a quedar helada. Así que, al final, decidí dejar de intentarlo, y preferí centrarme en abrazarla.

Cuando volvió a aparecer una enfermera, se limitó a preguntarme: "¿Se ha enganchado?". Yo respondí que no y, entonces, recibí un comentario que volvería a escuchar muchas más veces mientras estuve ingresada:

—Uhhhh...

¿Uhhhh? ¿Cómo que "Uhhhh"? ¿Qué coño quería decir con eso? Porque a mí me sonó a: "Hija mía, estás jodida, no vas a dar el pecho en tu puta vida".

Así apoyaban la lactancia materna en nuestro hospital, y mi visita al museo de los horrores se prolongaría durante tres días. 

lunes, 11 de marzo de 2019

Crónicas lactantes (II). La lactancia empieza en el parto


Al contrario de lo que parece entender nuestra sociedad, el parto no es un mero trámite, ese trance molesto que las mujeres debemos atravesar para librarnos del "fardo" y volver a ser las de "antes", como si nada

Después de mucho aprender, reflexionar y vivir, yo siento que el parto es un eslabón trascendental en nuestros vínculos, ese retal primordial en la colcha que nos arropa. Como el alfa y el omega, el parto es culminación y principio, es embarazo y es crianza. 

El parto es parto y también nacimiento. Una persona nace a través de otra: acontecimiento hermoso, sagrado donde los haya. Nada de lo que lo rodee puede cambiar esto. En el hospital o en casa, respetado o violento, autónomo, instrumentalizado, quirúrgico. Una persona nace a través de otra, esa es su fuerza. 

Pero la consideración que se tiene en nuestra sociedad no lo honra. Y esta consideración (ideológica, moral, acientífica) tiene consecuencias. Consecuencias ideológicas y morales, pero también psicológicas, espirituales y, por supuesto, físicas. Las más inmediatas, pues comienzan a los pocos minutos de parir, ocurren sobre la lactancia. 

Aunque, claro, el parto se considera un mero trámite y la lactancia una especie de lotería biológica: tú tienes leche, tú no; la tuya es buena, la tuya no. Desquiciante. Mientras tanto, los hilos que conectan un suceso y otro, que explican esta y otras tantas experiencias de las mujeres, permanecen ocultos, inconscientes. 

Pero yo no me resigno. Gracias a otras mujeres he aprendido que mi parto (inducido, medicado, instrumentalizado... forzado) tuvo múltiples consecuencias, también sobre mi (nuestra) lactancia. Por ello, siento que debo hacer mi parte y explicarlas, para que dejen de estar ocultas, inconscientes.

Para devolverle a mi parto su honor de eslabón trascendental, de retal primordial, no solo en mi vida y en la de mi hija, sino como parte mínima pero importante de la experiencia vital de todas las mujeres que han parido, paren y parirán.

Así que aquí va mi pequeño memorial de agravios:


jueves, 7 de marzo de 2019

Paz


Mi hija ha cumplido su primer año. Y yo también. Un año de parida, de madre, de lactancia. Han sido días de emociones muy intensas, la mayoría positivas; aunque la rabia por el parto, la tristeza, todavía siguen ahí. 

Durante los últimos nueve meses, he ido recordando cada fase del embarazo. También ha sido intenso, hermoso, agridulce a ratos. Pero ya pasó. Con cada vuelta al Sol, esta etapa de mi vida se irá alejando. Y está bien. Hay que dejar espacio para lo nuevo, para el torbellino de la crianza, para lo que esté por venir.

Por encima de todos los vaivenes, atravesando todas esas emociones, cada vez más apagadas, me invade un precioso sentimiento de paz. Han sido muchos años luchando y, por fin, estoy al otro lado. Y aunque la vida es un reto en sí misma, ya no me atenaza esa angustia radical. 

Mi cuerpo y mi corazón por fin pueden descansar.

sábado, 19 de enero de 2019

Escalofríos


Hace unos días me llamaron de la clínica. Querían recabar los datos perinatales del embarazo: si había llegado al parto, cómo había nacido mi hija, si habíamos tenido algún problema de salud, etc. Me lo preguntaron todo de manera muy amable y prudente, pero fue precisamente ese exceso de tacto lo que hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda.

Cada vez que me tocaba enfrentarme a un nuevo negativo o a un aborto (y fueron nueve veces en total), siempre imaginaba que mi vida se escindía y que, en un universo paralelo, todo salía bien y mi hijo nacía. En algún lugar, imaginaba, esa persona que no era yo disfrutaba de mi sueño hecho realidad.

El otro día, mientras hablaba por teléfono, me di cuenta de que por fin soy esa persona. Y un escalofrío volvió a sacudir mi cuerpo cuando pensé que, en otra vida, una yo que no soy yo recibió un nuevo negativo, sufrió otro aborto. Y tuvo que seguir adelante en un mundo donde mi hija no existe.

El velo que separa ambas realidades es tan fino... Un solo error, un simple acierto, puede llevarte a caer de uno u otro lado. Apenas un detalle que, sin embargo, da origen a todo un universo, porque esa pequeña diferencia es la vida de nuestros hijos. Unos hijos que, durante muchísimo tiempo, solo pudieron poblar nuestra imaginación, hasta que el pequeño gran milagro al que le debemos su vida permitió que por fin se encarnaran.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Parir el parto


El relato de mi parto ha sido, sin duda alguna, uno de los escritos más difíciles a los que me he enfrentado. Me ha llevado mucho tiempo, mucha ansiedad, muchas lágrimas y muchas noches en vela. De hecho, la mayor parte la escribí a altas horas de la madrugada, y si no me pilló el amanecer frente a la pantalla fue porque mi pequeña me reclamó para que le diera de mamar.

A pesar de todo ello, era necesario. Revivir cada uno de aquellos momentos, con todo detalle. Era necesario para vaciar mi mente de muchos de ellos, entregándolos a la escritura. Era necesario para que mi corazón fuera encontrando el equilibrio que, hasta hace poco, se le escapaba.

En cualquier caso, sé que este relato de mi parto es un relato sesgado. Se trata, ni más ni menos, del único que he podido hacer en este momento de mi vida. Pero mi parto es una experiencia que seguiré reelaborando, y puede que mucho de lo que he dejado entrever en la manera de escribirlo (y mucho de lo que he expresado directamente) cambie con el tiempo. Y lo sé porque no ha dejado de cambiar desde que nació mi hija.

Al principio, con el subidón posparto (un estado cuya existencia desconocía, pues pensaba que era alumbrar la placenta y lanzarse por el precipicio del bajón hormonal), todo me parecía estupendo. ¡Increíble pero cierto! Por aquel entonces, mi pensamiento se resumía en que nadie había tenido la culpa de nada. Nadie había tenido la culpa de que rompiera aguas y, como todo lo demás había sido consecuencia directa de ello, tampoco podía responsabilizar a nadie de todo lo que vino después. Con un síndrome de Estocolmo bien asentado, además, me sentía muy agradecida por casi toda la atención que recibí.

Esta situación se mantuvo durante toda la cuarentena, incluso diría que mejoró un tanto, pues con el paso del tiempo me fui sintiendo más y más afortunada. Había leído muchos relatos de mujeres que habían sufrido un parto como el mío y su experiencia había sido traumática, repleta de secuelas físicas, mentales y emocionales. Sin embargo, yo me sentía en paz con lo que me había ocurrido, ocupada como estaba en que los retos de la maternidad no me sobrepasaran.

Con el fin de la cuarentena llegó también el final de esta tregua que mi mente me estaba dando. Y empecé a volver a ese paritorio. Un día, otro día, otro día más. Volví a hablar del parto, a verbalizar lo que había ocurrido, a angustiarme. No todo había sido casualidad, no todo había estado bien. Sin previo aviso, las imágenes regresaron a mi mente: la ginecóloga entre mis piernas, el ginecólogo apretando mi abdomen. Solían visitarme justo al borde del sueño, cuando la conciencia es más vulnerable, regalándome mis primeras noches de insomnio.

Junto a estos síntomas de estrés postraumático, emergió también un sentimiento que se había estado larvando durante toda la cuarentena: la culpa. ¿Y si yo había hecho algo que precipitara el parto? ¿Y si el miedo que tenía a una inducción fue la causa, precisamente, de que rompiera aguas y la pesadilla se hiciera realidad? Y una vez en el paritorio, ¿por qué no fui capaz de empujar? ¿Cómo no pude juntar toda la fuerza de mi cuerpo para ayudar a mi hija a nacer?

Esta impotencia, además, había dejado una huella en mi cuerpo. Mi hija tenía dos meses, tres meses, y yo sentía que todavía no había parido. Mi cuerpo no hacía más que buscar fuerzas, que juntar fuerzas para empujar. A veces, me descubría en tensión, pensando: "¡Ahora!". Lo hacía mi cuerpo solo, lo anhelaba. Habían pasado cuatro meses y yo todavía empujaba.

Fue en este punto donde la escritura vino en mi ayuda. Relatar el parto me ayudó, en primer lugar, a reconciliarme conmigo misma. Todas las cosas que me echaba en cara recobraron su equilibrio. Entendí que un parto puede empezar de cualquier manera, también rompiendo aguas. Y que si los protocolos de intervencionismo médico son tan denostados es porque verdaderamente llegan a impedir que el cuerpo haga lo que sabe, como ayudar a que un bebé descienda por el canal de parto y salga.

Además, reviviendo aquellos momentos comprendí también que, cuando imaginaba el parto, siempre olvidaba un pequeño gran detalle que a la hora de la verdad marcó la diferencia: que era mi hija quien nacía. Yo me había mentalizado para centrarme en mí misma: en mis sensaciones, en mi dolor, en mi fuerza, como si mi hija fuera un personaje secundario que solo al final cobraría cierto protagonismo. 

Pero cuando realmente llegó el momento, no fue así. Muchas de las decisiones que tomé, como salir corriendo hacia el hospital, fueron pensando en el bienestar de mi hija. Acertara o me equivocara, el simple hecho de haberlas tomado pensado en ella me dice que fueron correctas. Creo que ese cambio de mentalidad fue el que realmente me convirtió en madre, pero solo he sabido verlo cuando he vuelto la mirada atrás y me he observado desde fuera.

Por otro lado, el enfado y la indignación que siento cuando pienso en la atención médica que recibí no han hecho sino aumentar durante todo este tiempo. Poco a poco he ido superando mi síndrome de Estocolmo para entender que no todo estuvo bien. Sé que en mi parto hubo una dosis exagerada de mala suerte: que Hospital Elegido estuviera lleno, que fueran precisamente esos ginecólogos los que tuvieran guardia en nuestro hospital... Pero también hubo una importante cantidad de actuaciones nefastas cuyas consecuencias he pagado en mi cuerpo, en mi mente, en mi corazón.

Hoy más que nunca confío en que sea también la escritura lo que me ayude a ordenar mis ideas para aportar un granito de arena contra esa violencia obstétrica que, entre todos, hay que conseguir erradicar.

jueves, 23 de agosto de 2018

Mi parto (y IV)

Tras hacerme el último tacto y darnos la noticia de que la dilatación por fin se aceleraba, la matrona empezó a comerme la cabeza:

–Pues estaba hablando con mi compañera de que tienes el perineo muy rígido, ¿sabes? En estos casos, solemos hacer un cortecito y así...

Como en ocasiones anteriores, no dije nada; pero es que, esta vez, ni siquiera hizo falta: ella sola dejó la frase sin acabar. Supongo que se dio cuenta de que, a pesar de mis silencios, era una persona lo suficientemente informada como para que me vendiera una episiotomía como un "cortecito" sin importancia.

Al poco de que se marchara, mi recién estrenado bienestar estalló en mil pedazos. De pronto, empecé a notar una ligera contracción en el glúteo derecho. Por un momento, creí que me lo estaba inventando, que era una especie de reflejo. Sin embargo, no tardó en repetirse y no tardó en ir a más. Al cabo de un rato, no me quedó ninguna duda: ¡las contracciones habían vuelto!

Llamamos a la matrona y le explicamos la situación. Ella me dijo que la epidural se distribuye por gravedad y que, probablemente, todo se arreglaría si me recostaba sobre el lado derecho. Así lo hicimos y, aunque noté cierto alivio al principio, a los pocos minutos el efecto se pasó y las contracciones seguían allí. Solo las notaba en el glúteo, pero volvían a ser dolorosísimas y, esta vez, me tocaba pasarlas tumbada e inmóvil, lo que era una auténtica tortura.

–Es como si el catéter se te hubiera torcido, pero... ¡es imposible!

Pues hija, si tengo todos los síntomas de una epidural lateralizada, ¡será porque la tengo! La matrona, sin embargo, defendió el trabajo de la anestesista contra toda evidencia y allí nunca apareció nadie que intentara arreglar el desaguisado. Todo lo que conseguí con mis quejas es que me fuera subiendo la dosis de epidural; así que, al final, pasé de poder mover los dos pies y sentir las piernas acorchadas (que es lo que me dijeron que tenía que notar) a perder completamente la pierna izquierda (de ahí en adelante, me la tuvieron que mover) y que se me subiera la anestesia hasta las tetas. Para colmo de males, la epidural me provocaba temblores, por lo que el panorama era desolador: tumbada en la cama, con medio cuerpo muerto, gimiendo de dolor por el otro medio y temblando sin parar.

Por eso, una hora después, sentí un alivio inmenso cuando la matrona me hizo otro tacto:

–Pero cómo no te va a doler, maja... ¡si estás en completa!

Aquello fue como oír cantar a un coro celestial. ¡La dilatación había terminado! Siete horas para cuatro centímetros, una hora para seis centímetros. Parecía que, por fin, el Parto de Murphy, en el que las tostadas siempre caían por el lado de la mantequilla, se encaminaba a su recta final.

En ese momento me acordaba de nuestra matrona del centro de salud y de sus explicaciones sobre el expulsivo: "En primerizas suele durar entre media hora y dos horas. Más sería una barbaridad...". Desde que el catéter se torció, además, yo me había estado consolando en la idea de que, si notaba las contracciones, también tendría ganas de empujar, que era otro de los motivos por los que habría preferido no ponerme la epidural. Así que, para cuando la matrona dijo lo de "Con la siguiente contracción, empuja", yo ya me había venido muy arriba. Estaba segura de que me quedaba nada y menos para terminar.

–Venga, ahora... ¡empuja!

Ni siquiera me moví. No me encontraba las ganas de empujar por ningún lado ni sabía cómo hacerlo. Tumbada en aquella cama, con la anestesia paralizándome la mayor parte del cuerpo y un tripón de 39 semanas, ¿qué pretendía que hiciera? ¿Una abdominal?

–Mira... es que no sé ni por dónde empezar.

La matrona se me quedó mirando unos instantes y, entonces, parece que se le encendió la bombilla y sacó unas agarraderas de la cama. En la siguiente contracción, las cogí con fuerza y, tirando de brazos, logré empujar... o algo parecido.

Me sentía tan inútil... Era perfectamente consciente de no estar haciendo un buen trabajo. No conseguía enfocar toda la fuerza de mi cuerpo, no era capaz de controlar mis músculos. La situación me avergonzaba y, a la vez, me llenaba de rabia. Rabia por no haber podido aprender a empujar en el curso de preparación y rabia porque aquello no se parecía en nada a lo que había imaginado.

Yo me imaginaba a cuatro patas sobre una colchoneta, sentada en la silla de partos, de pie apoyada en la cama o en Alma. Me imaginaba moviéndome, adoptando todas las posiciones que había ensayado, dejándome llevar por la fuerza de mi cuerpo, por esas ganas irrefrenables de ayudar a mi hija a nacer. Sin embargo, estaba allí tumbada, anestesiada, prácticamente inmovilizada. La matrona me daba instrucciones para empujar en apnea, "hacia el culo"; y yo seguía sus instrucciones porque no sabía qué más hacer, a pesar de la certeza que me invadía de que aquello no era lo más recomendable.

Estuve empujando cerca de una hora. La matrona me dijo que la niña venía muy bien colocada, que ya había girado la cabeza; incluso le enseñó a Alma cómo se entreveía ya su pelo (yo me quedé con las ganas de verlo porque nadie tuvo el detalle de acercarme un espejo). Al parecer, sin embargo, aún me quedaban "más de diez empujones", así que decidió dejarme descansar "media hora".

–Después vuelvo y seguimos empujando.

La verdad es que la posibilidad de "descansar" en medio del expulsivo me llamó mucho la atención, porque era algo que desconocía. En aquel momento, no obstante, me fie de su criterio, consciente como era de que mis empujones no estaban siendo todo lo efectivos que podían. Tal vez, pensaba, un pequeño descanso me ayudara a juntar las fuerzas necesarias para hacerlo mejor; a pesar de que la palabra "descanso" se me aplicaba bastante mal, ya que, debido a la lateralización de la epidural, seguía sufriendo el dolor de las contracciones y gimiendo cada pocos minutos.

La media hora pasó y por allí no apareció nadie. Alma y yo quisimos dejar un tiempo de cortesía, pero a la hora y y cuarto, valorando muy seriamente que se hubiesen olvidado de nuestra existencia, llamamos. Entonces entró una matrona distinta, y entendimos que el turno de la anterior había terminado.

Sé que fue un detalle, pero fue un detalle muy feo. Después de pasar todo el día con nosotras, de intentar que creyésemos que se esforzaba por hacer un buen trabajo (a pesar de sus comentarios fuera de lugar), de mostrarnos simpatía, confianza... simplemente, se marchó. Y, encima, habiéndonos dicho que volvería en media hora, que es algo que nunca entenderé.

¿Tan difícil era avisarnos del cambio de turno, antes de marcharse o después? ¿Tan impensable habría sido venir a despedirse de nosotras, desearnos buena suerte o algo parecido, y quedar como una señora? A mí me parece que, en ese tipo de gestos, igual que en sus comentarios, mostraba una profesionalidad más que dudosa, a pesar de su aparente fachada de matrona-molona. Entre otras cosas porque, a aquellas horas, y según ella misma nos había comentado, el mío era el único parto que estaba atendiendo.

La nueva matrona, mucho más seca, me hizo empujar unas cuantas veces, después dijo: "Vale" y se marchó. Alma y yo volvimos a quedarnos solas, sin entender qué pasaba, hasta que, más de una hora después, volvimos a llamar. En esta ocasión, vino una residente a la que ya le preguntamos, abiertamente, qué narices pasaba. Afortunadamente, ella sí que nos dio una explicación: me habían dejado en "descenso pasivo", una situación que, según ella, solo se revisaba cada dos horas.

No entendía nada. ¿En qué momento había pasado de "En media hora empujamos" a "Hasta dentro de dos horas no nos llames"? ¿Quién había decidido qué, cuándo lo había decidido y por qué no nos habían informado? Y, sobre todo, ¿era aquella la única alternativa? ¿Era la mejor, habida cuenta de que yo seguía muriéndome de dolor por las contracciones?

Cuando les recordé esto último, su única respuesta fue volver a subirme la dosis de epidural, hasta un punto en que la matrona me dijo que había llegado al tope y que ya no me podían poner más. No podía creerlo: había intentado por todos los medios minimizar la exposición de mi hija a la epidural... y allí estaba, ¡de epidural hasta las cejas!

Llevaba cerca de doce horas en el paritorio cuando se me empezó a torcer el pensamiento. Alma, para animarme, me decía que mirara el gorrito y el body que tenían preparados para nuestra niña. Desde la cama, sin embargo, no alcanzaba a verlos, y mi mente de abortadora recurrente empezó a jugarme malas pasadas. ¿Y si mi hija nunca se ponía esa ropa? ¿Y si...? Intentaba apartar esos pensamientos como quien aparta una mosca; pero, como las moscas, los pensamientos volvían. ¿Y si...?

De repente, la matrona y la residente entraron en el paritorio. La primera dijo: "Te voy a poner esto" y me colocaron un tubito de oxígeno. Y se marcharon, sin decir nada. A mí aquello me impresionó vivamente, porque nunca en mi vida me habían puesto oxígeno, y, sobre todo, porque no sabía por qué me lo habían puesto. ¿Qué pasaba? ¿Quién necesitaba oxígeno? ¿Era yo? ¿O era mi hija?

A partir de ese momento, mi intranquilidad aumentó a un ritmo exponencial. Ya no se trataba de mí, del parto que me habría gustado tener, del que no quedaba ni el recuerdo. Se trataba de mi hija, encajada en mi pelvis, sometida a contracciones brutales durante casi doce horas. Con cada contracción, los latidos de su corazón se ralentizaban: al principio, levemente, y siempre se recuperaban rápido. Pero, poco a poco, el ritmo empezó a bajar y tardaba más tiempo en recuperarse.

Mi mente empezó a embotarse. El sonido del tubo de oxígeno y el del monitor colapsaban mis sentidos. Solo podía concentrarme en respirar, respirar hondo, tratar de que mi hija obtuviera todo el oxígeno posible, para que no le pasara nada. Mil pensamientos funestos nublaban mi vista. El gorrito y el body, ¿dónde estaban? No podía verlos, no podía pensar. Rota de dolor, borracha de miedo, solo alcazaba a repetirme, como en un mantra: "Por favor, por favor, que no le pase nada".

En un primer momento, parecía que mis esfuerzos con el oxígeno funcionaban. Pero dejaron de hacerlo muy pronto. Donde el monitor había marcado un ritmo cardiaco cercano a 100, empezaron a aparecer cifras de 90, 80, 70... Y cada vez durante más tiempo, sin apenas recuperación entre contracciones. La intranquilidad se transformó en angustia y, cuando empecé a ver cifras de 60, colapsé.

Llamamos la matrona. Ya me daba igual molestar o no molestar o lo que pensaran de mí. Mi hija estaba sufriendo y no lo podía permitir. Si me hubiera podido levantar de la cama, la habría agarrado de las solapas; pero, como no podía, le hablé alto y claro sobre lo que estaba ocurriendo. Ella me dijo lo de siempre: que no me preocupara, que en todo momento estaban observando mi monitor desde otra sala y que, si detectaban cualquier problema, en "diez minutos se plantaba en el paritorio todo el equipo". Yo le insistí en que aquella situación no me daba ninguna confianza, en que estaba muy angustiaba y en que, por favor, prestaran atención al bienestar de mi hija.

Nunca sabré si mis palabras desencadenaron lo que vino después y tampoco sabré si fue para bien o para mal. Pero, "diez minutos" después de hablar con la matrona, "todo el equipo" irrumpió en el paritorio. Como no podía ser de otra manera, la marabunta iba capitaneada por ella, La Ginecóloga Deshumanizada, cuyo turno, al contrario que el de la matrona-molona, no había terminado.

Sin dirigirme la palabra, se sentó entre mis piernas y empezó a gritar órdenes:

–¡Que vengan los de Neonatos! ¡Preparadme las palas!

Ante su presencia, y a pesar del miedo que atenazaba mi garganta, me relajé. Ya estaba: en cuanto a mí, todo había salido mal. Mi cuerpo iba a sufrir un destrozo, probablemente un destrozo gordo viniendo de aquella señora; pero ya no me importaba. Yo solo quería que sacaran a mi niña, que la liberaran por fin de yugo de mi cuerpo, ese lugar hostil que parecía haber amenazado su vida desde el primer minuto hasta el último.

La Ginecóloga abrió varias bolsas de material quirúrgico y me puso unos plásticos sobre las piernas. Yo solo pensaba que aquello no tenía pinta de cesárea, porque no me habían colocado la pantalla. Alma, que hasta entonces tenía la mano sobre mi rodilla, la colocó sobre uno de los plásticos.

–¡No lo toques! –gritó La Ginecóloga, dirigiéndole la palabra por primera vez. –¡Es material estéril! ¡Y lo has contaminado!

¿Cómo quería que lo supiera? ¿Cómo quería que supiéramos nada, si nadie nos hablaba?

De pronto, vi cómo empuñaba un instrumento con forma de T. Y lo primero que pensé fue: "Me van a extirpar el útero". Y mi siguiente pensamiento fue: "Bueno, pero, primero, sacarán a mi niña". Entonces, La Ginecóloga dio la vuelta al instrumento y vi que, por el otro lado, tenía una forma parecida al tapón de una botella de leche. No, no me iban a extirpar el útero. ¡Era una ventosa!

¿Tan difícil era informarnos de ello? ¿Tan impensable haberme dicho, mientras preparaba el material: "Mira, cielo, parece que tu niña se queja, así que vamos a ayudaros con una ventosa. No te preocupes, enseguida vas a verle la carita, confía en mí"?

Supongo que sí, que es mucho pedir.

Me dijeron que empujara un par de veces. Yo hice lo que pude y, de pronto, alguien empezó a gritarme muy cerca del oído:

–¿Por qué no empujas? ¡Te he dicho que empujes!

No podía creerlo. ¡Era el ginecólogo! Otra vez ese señor al que parecía que nunca oía la primera vez que me hablaba. Como prueba de la inmensa violencia de la situación, ella, La Ginecóloga Deshumanizada, tuvo que salir en mi defensa:

–No le digas nada, que lo está haciendo muy bien.

Mi Síndrome de Estocolmo se elevó a los cielos y estalló en fuegos artificiales.

Lo siguiente que dijo fue: "Ayúdame". Y ese señor dirigió sus garras hacia mi abdomen. Yo no daba crédito. ¿También eso? ¿Me iban a hacer una Kristeller, también? No podía creerlo. ¡Era el Parto de los Horrores! ¡Y no le faltaba detalle!

–No.

Lo dije bajito, pero lo dije. Había leído tanto sobre esa maniobra, estaba tan concienciada... El ginecólogo alejó sus manos unos centímetros y me miró sin decir nada. Y entonces comprendí la situación: mi hija tenía una ventosa en la cabeza y estaba sufriendo. Definitivamente, no era el momento de discutir sobre las recomendaciones de la OMS. Así que, a pesar de haber expresado mi disconformidad con lo que estaba a punto de ocurrir, miré, literalmente, hacia otro lado.

–¡Empuja!

Yo empujé.
Él presionó.
Ella tiró.

De pronto, un torbellino de huesos atravesó mi cuerpo. Y mi hija nació.

La colocaron sobre mi abdomen. Y, por primera vez, pude ver su carita. Lloraba bajito, asustada. Yo también lloraba. "Ya pasó, mi niña, ya pasó", le dije. Estaba bien, estaba sana. Y nada más importaba.

Solo recuerdo ese momento y lo recuerdo así. No sé si tardó más en salir, no sé cuántas veces empujé, ni siquiera recuerdo cuándo le cortaron el cordón. Solo sé que, a los pocos minutos, todo el paritorio se empezó a reír. Yo no entendía nada, y Alma tuvo que explicarme que la pequeña se había hecho pis encima de mi tripa. Entonces me reí también, aunque me dio mucha pena no haber sido capaz de notarlo porque no sentía mi cuerpo. Una enfermera se acercó por mi derecha y exclamó. "¡Qué buen color!". A pesar de todo lo que había pasado, mi campeona tuvo un Apgar de 9/10.

–Quiero ver la placenta.

Abrazada a mi pequeña, empecé a sentirme persona de nuevo, a recuperar el escaso control que tenía de la situación, todavía con fuerzas para cumplir alguno de los deseos que aún albergaba sobre mi parto.

–Primero tiene que salir –dijo La Ginecóloga.
–Lo sé.

Quería verla. Quería, de alguna manera, darle las gracias por haber alimentado a mi hija durante todo ese tiempo, por haberla mantenido con vida a pesar de todas las zancadillas que le había puesto mi cuerpo. No quería que la tiraran a la basura sin rendirle un pequeño homenaje, aunque fueran mental.

No tardó en salir. Me pareció grande, poderosa, densa. De ella colgaba la bolsa donde se había desarrollado mi hija, rota por un extremo. La Ginecóloga pareció disfrutar de aquella exhibición, como si, por un momento, me considerara un ser humano, me tuviera algún respeto.

Después, empezó a coserme. La residente de matrona, un poco detrás de ella, miraba con cara de horror. En pleno colapso hormonal, a mí hasta me pareció divertido: la veía mover las agujas y el hilo y sentía que estaba cosiendo una bufanda sobre mi cuerpo. Hablaba con el ginecólogo, sin mirarme, sin dejar de dar puntadas. "Pon un dedo aquí". "Si no tuviera pelo...". "No, no creo que en su caso sea necesario". Al final me dijo: "Han sido siete puntos externos; los internos no cuentan".

"No cuentan". Su frase preferida.

Me recomendó un gel para lavarlos y se marchó. Y el ginecólogo la siguió. Los de Neonatos ya habían salido, y, al poco rato, la matrona, la residente, una mujer que limpiaba y algunas personas más se fueron también.

El paritorio quedó en penumbra, en silencio. Por fin.

Y entre besos, abrazos, sonrisas y arrullos, fuimos estrenando esa vida por la que tanto habíamos luchado.

viernes, 3 de agosto de 2018

Mi parto (III)

Qué extraño fue llegar a nuestro hospital, a un lugar tan conocido y, a la vez, tan ajeno en aquella circunstancia. Sabíamos que existía una remota posibilidad de que aquello que estábamos viviendo ocurriera, y ya habíamos planeado que, si no podía dar a luz en Hospital Elegido, iríamos a nuestro hospital. Pero, sencillamente, no queríamos estar allí.

En la admisión de urgencias se sorprendieron de que llegásemos derivadas de otro hospital. Afortunadamente, tardaron muy poco tiempo en atendernos, porque la sala de espera, al contrario que en Hospital Elegido, estaba vacía.

Me cuesta recordar esa parte de la noche: era tarde, estaba muy cansada y llevaba ya muchas horas sin dormir. El impacto de lo que vendría después, además, parece haber dejado mi cerebro sin capacidad para memorizar los detalles.

A pesar de llevar el informe de Hospital Elegido, que incluía el registro de los monitores, la ginecóloga que nos atendió decidió repetir el proceso completo. La sola idea de volver a pasar por unos monitores me resultaba agotadora. Aun así, no me quedó más remedio que dejarme enchufar a la máquina, otra vez. En esta ocasión, al menos, pedí que me permitieran sentarme en un sillón, como en Hospital Elegido, en lugar de tumbarme en una camilla de la que no me sentía con fuerzas de levantarme. 

Para entonces, mis pantalones del pijama también estaban empapados. Así que, antes de sentarme, me volví a cambiar de compresa y me los quité. Para mi desgracia, en nuestro hospital no tenían bragas desechables, y yo no me había llevado ninguna de Hospital Elegido, así que tuvimos que escarbar en la maleta para sacar las que pensaba ponerme para volver a casa, que eran prácticamente las únicas que llevaba. Y como no tenía más pantalones, me tuve que sentar en bragas, con una compresa que calaba y una sábana por encima.

Después de los monitores, me hicieron un tacto que apenas ha dejado poso en mi memoria. Alma dice recordar que la ginecóloga nos explicó que, aunque todavía no estaba de parto, la cosa tenía buena pinta, porque ya había borrado el cuello del útero en un 80%. A mí, lo de borrar el cuello me pareció rarísimo, porque entendía que, si había dilatado entre uno y dos centímetros, era porque el cuello del útero ya estaba borrado.

De los que nos dijeron a continuación sí que no he podido olvidarme: me iban a dejar ingresada hasta la mañana siguiente, y, si hacia las diez no había comenzado el parto activo, me lo inducirían. Fue la segunda gran bofetada de esta historia (aunque, increíblemente, no sería la última): después de pasarme semanas temiendo una inducción, allí estaba, segura de que me provocarían el parto.

Cuando llegamos a la habitación, había empezado a amanecer. Bajamos las persianas para intentar mantener la penumbra y Alma se acostó en el sofá. Yo me debatía entre las dos opciones que se me ocurrían en ese momento: sabía que, para favorecer el parto, debía moverme, caminar, hacer ejercicios; pero me sentía incapaz. Estaba agotada, me sentía derrotada, no encontraba fuerzas mentales ni físicas para enfrentarme al viento de mi desgracia. Además, sentía que, si no descansaba, aunque fuera un par de horas, no podría enfrentarme al parto. 

Al final, decidí recostarme en la cama, con el respaldo prácticamente vertical, para intentar que la gravedad favoreciera la dilatación mientras yo descansaba. Conseguí dormitar algunos ratos, siempre con la mano en mi vientre; dándome cuenta, muy a mi pesar, de que las contracciones no aumentaban.

Pasadas las nueve entraron con el desayuno. La mujer que lo trajo no entendía por qué manteníamos las persianas bajadas. Tratamos de explicárselo, pero a ella le dio igual:

–¡Yo así no puedo trabajar!

Y las subió hasta arriba.

Este era el tipo de cosas que yo buscaba evitar cuando decidí dar a luz en Hospital Elegido. Buscaba un ambiente donde se respetaran mis decisiones y, ya de paso, la fisiología del parto. Mantener la penumbra no era un capricho: era un intento desesperado de favorecer la producción de oxitocina. En cualquier caso, me pregunto si es tan difícil respetar el bienestar de una paciente, entiendas o no sus motivos: 

–De acuerdo: si tú estás más cómoda, subo un poco esta persiana para dejar la bandeja y me voy.

A mí me parece sencillo, no sé.

A las diez vinieron a buscarme para llevarnos al paritorio. Nos atendió una matrona que parecía muy simpática, pero cuyo lado oscuro no tardó en aparecer:

–Así que venís de Hospital Elegido... ¡Las que queréis un parto natural, luego acabáis gritando por la epidural!

Estábamos de pie, esperando en el pasillo, y el sol daba de pleno en los ventanales:

–Qué buen día hace hoy, ¿verdad?

Entiendo que son detalles, pero, para mí, arruinaban completamente el ambiente que deseaba para el parto. Mucho más cuando, desde mi punto de vista, son perfectamente evitables, y los motivos por los que resultan nocivos me parecen bastante fáciles de entender.

Sin embargo, no me quedó más remedio que relativizar su importancia, debido a lo que ocurrió a continuación. Entramos en la sala de Obstetricia y allí, como en una película del terror más oscuro, la vi. Era ella. La ginecóloga de la no-consulta en Esterilidad

No sé cómo no me desmayé, cómo no vomité, cómo no salí corriendo en pleno ataque de pánico. Hacía más de un año de aquella visita, pero yo no había olvidado su cara. Alma tampoco. Las dos nos quedamos petrificadas, evitando la mirada de la otra, como si con eso pudiésemos conseguir que aquella aparición se esfumase y nuestra mala suerte se mantuviese en límites tolerables. 

Me subí al sillón, todavía ojiplática, y la matrona me hizo un tacto:

–¡Huy, huy, huy! En Hospital Elegido han sido muy optimistas... ¿Uno o dos centímetros? ¡Pero si no has dilatado NADA!

Yo no sabía ni qué decir, estaba muda de espanto. Entonces, la matrona le pidió al otro ginecólogo que repitiera el tacto, por si acaso. "Es que él tiene los dedos más largos".

Acto seguido, el hombre empezó a gritarme:

–¡¿Por qué no bajas el culo?! ¡¡Te he dicho que lo bajes!!

Yo no tenía conciencia de que ese señor me hubiera dirigido la palabra. Hasta la matrona se quedó blanca. Por supuesto, me hizo un daño horrible para corroborar que, según su criterio, no había dilatado nada. 

Cuando salimos de allí, no hacía más que repetirme: "Si todo va bien, los ginecólogos no intervienen. Si todo va bien, no volveré a verlos". Estaba lívida, temblaba, apenas podía procesar lo que estaba ocurriendo.

La matrona me preguntó entonces si había traído el plan de parto. "No", balbuceé. Y ella me dirigió una mirada reprobatoria, del tipo: "Mucho parto natural y luego mira...".

Era mentira, claro. ¡Por supuesto que lo llevaba!. Lo había preparado concienzudamente durante varias semanas, imprimiendo hasta dos versiones; incluso se lo había mandado a las matronas por correo electrónico para que me dieran su visto bueno, como así hicieron. Pero llevaba el modelo de Hospital Elegido. Y solo de pensar en recibir más comentarios despectivos sentía que me faltaba el aire. Lo último que quería es que esa señora siguiera mofándose del parto que había planeado, así que no se lo di.

En un principio, tenía la idea de rellenar también el de nuestro hospital, para dejar el plan B bien atado y poder estar completamente tranquila. Pero, en el último momento, decidí que no lo haría. En primer lugar, porque, al lado del modelo de Hospital Elegido, el de nuestro hospital era irrisorio. Saltaba a la vista que, a pesar de incluir algunos detalles positivos (lo tremendo es que en otros hospitales todavía no lo hagan, como evitar el enema o el rasurado), su plan de parto era más postureo que otra cosa. Y, por otra parte, ¡estaba harta de los planes B! ¿Por qué me tenía que poner siempre en lo peor? ¿Por qué no confiar tranquilamente en que todo saldría, más o menos, como lo había imaginado?

Pues porque no, hija mía. Porque los planes A nunca te salen bien.

La matrona nos explicó que, una vez rota la bolsa, se pueden esperar 24 horas a que se desencadene el parto sin que haya riesgo de sepsis.

–Pero aquí nunca inducimos los partos por la noche, ¿sabes? Porque estáis muy cansadas.

Me encanta. Yo no había dormitado ni tres horas, pero ellos ya habían decidido que, por la noche, estaría mucho más cansada. Las catorce horas que me robaron me habrían permitido dormir y moverme hasta el aburrimiento, y quién sabe lo que habría ocurrido en ese caso. Pero no, yo iba a estar muy cansada, y que su turno acabara de empezar no tenía nada que ver.

–Así que Hospital Elegido estaba lleno, ¿eh? Eso aquí nunca nos pasa.

Y lo decía como si le pareciera un motivo de orgullo.

Ante sus comentarios, yo solo acertaba a poner cara de póker. Temía que, si le decía lo que pensaba, si mostraba un atisbo de incomodidad siquiera, la cosa se pusiera más fea todavía. Mi síndrome de Estocolmo no había hecho nada más que empezar, y aún alcanzaría cotas sorprendentes.

Pasamos al paritorio (donde, por supuesto, había una ventana por donde entraba un sol que cegaba) y la matrona nos trajo el consentimiento para la inducción. Después de que lo firmara, me colocó los monitores y me puso la vía para la oxitocina.

–Entonces, ¿no quieres la epidural?
–Por el momento, no. Voy a probar.

Yo sabía que las contracciones que provoca la oxitocina sintética no son para aguantarlas, pero quería retrasar la anestesia todo lo posible. La idea era no perder el movimiento para ayudar a mi hija en su camino, además de intentar reducir al máximo su exposición a la anestesia y así favorecer el comienzo de la lactancia. 

De nuevo, preferí sentarme en un sillón a recostarme en la cama, y la matrona encendió la máquina. En cuanto la perfusión empezó a hacer efecto, el monitor comenzó a marcar contracciones muy fuertes; aunque, para mí, no eran dolorosas. 

–Si quieres, luego te traigo una pelota de pilates.
–Mejor tráela ya.

La matrona iba y venía, subiendo poco a poco la cantidad de oxitocina. En un momento dado, me di cuenta de que seguir en el sillón era una tontería, así que salté sobre la pelota de pilates para empezar a moverme. A pesar de que las contracciones eran cada vez más fuertes, fue sentarme en la pelota y relajarme por completo. Por fin me sentía en casa, haciendo los ejercicios que conocía, concentrándome en fluir aunque no fuera al ritmo de mi cuerpo sino al que marcaba la máquina.

De pronto, el monitor dejó de marcar contracciones, aunque a mí me seguían doliendo. 

–¿Esta de cuánto ha sido? –le preguntaba a Alma.
–¿Cuál? Aquí no marca nada...
–¿Cómo que no? ¡Si ha sido una contracción tremenda!
–Pues aquí ponía 15...
–¿¿15?? ¿¿No será 150??

Cuando volvió la matrona, se sorprendió mucho de mi estado de relajación: efectivamente, las contracciones habían dejado de ser efectivas, por mucho que dolieran. Así que subió bastante a la oxitocina.

Ahí ya sí que la cosa se puso seria. Las contracciones eran extremadamente dolorosas y yo empecé a gemir como gemían las mujeres que sí estaban de parto. Alma alucinaba y yo, en el fondo, también: es sorprendente cómo se transforma nuestra voz en el parto, como parece que la Tierra se estremece y ruge por nuestra garganta.

El trance, sin embargo, no era completo. En la puerta de nuestro paritorio, la matrona y otras enfermeras charlaban animadamente, riéndose y pegando voces como si estuvieran en la puerta de una discoteca. Yo me moría de la rabia y apenas podía resistir las ganas de tirar los monitores al suelo y salir a llamarles la atención. ¡Era una falta de respeto absoluta! 

Parto natural, parto natural... ¡no! Lo que yo quería era un parto respetado. Lo único que pedía era RESPETO. Respeto era lo que buscaba en Hospital Elegido, y respeto era lo que no encontraba por ninguna parte en nuestro hospital.

A las seis horas (¡seis!), la matrona me hizo un tacto y me dijo que, por fin, había alcanzado los tres centímetros. Entonces entendí que tenía que pedir la epidural. Si hubiera sabido que me quedaban, ¡no sé!, dos o tres horas, quizás la habría evitado. Pero, a ese ritmo, podía tener más de diez horas por delante, y eso no era capaz de soportarlo.

–Pues sí que has aguantado –admitió la matrona cuando se lo comuniqué.

Aunque solo estábamos dos mujeres de parto, la anestesista tardó media hora en venir; un tiempo que se me hizo larguísimo, porque, una vez que tomé la decisión de pedir la epidural, cada contracción de más se me hacía un mundo. La matrona me recordó que debía estarme muy quieta, incluso aunque me viniera una contracción; yo solo pensaba que, con la mala suerte que me gasto, de fijo que me quedaba parapléjica. Por suerte, en el último momento la matrona tuvo las luces de apagar la máquina de la oxitocina mientras me pinchaban.

La anestesista era una mujer dicharachera que se puso a hablar con la matrona como si yo no estuviera allí (¡qué raro!). Por su conversación, me enteré de que ninguna de las dos tenía hijos, lo cual me llamó bastante la atención. Sobre todo, recordé la frase de la matrona sobre "gritar por la epidural" y me pareció una falta de respeto mucho más grande. ¿Cómo se daba el lujo de hablar de ese modo tan despectivo de las mujeres de parto si ella no sabía lo que se sentía...?

Por si esto fuera poco, empezaron a comentar la "buena pinta" que tenía mi caso. "Yo creo que las dos de hoy paren, ¿verdad?". A lo mejor a ellas les resultaba simpático, pero a mí me daba cien patadas. Ya me parecía terrible que hicieran quinielas con las mujeres que estábamos allí en un trance semejante, y que hablasen de parir o no parir cuando todas parimos; pero, ¿encima tenían la desfachatez de comentarlo en mi cara? ¡Era increíble!

A pesar de lo desagradable de la conversación y del miedo que yo tenía, todo fue más rápido y menos doloroso de lo que esperaba. Primero me pincharon una cantidad pequeña para comprobar que no me daba una reacción alérgica, y después me pusieron el catéter (que, según la anestesista, entró por mi espalda "como si fuera mantequilla"). Afortunadamente, la anestesia empezó a hacerme efecto de manera inmediata.

Fue el momento más agradable del día (y de la noche). Me recosté en la cama, las contracciones desaparecieron y, después de tantísimo dolor, el bienestar fue absoluto. Tanto Alma como yo aprovechamos para domir un poco y, cuando al cabo de una hora la matrona volvió para hacerme otro tacto, nos dio la buena noticia de que ya estaba de cuatro centímetros.

Pero, como no podía ser de otra manera, la felicidad fue fugaz.

(continuará...)

lunes, 30 de julio de 2018

Mi parto (II)

Llegamos a Hospital Elegido sin contratiempos. Durante el trayecto, comprobé que las contracciones no eran regulares, ni siquiera muy seguidas, y que no eran nada dolorosas. A pesar de ello, yo iba haciendo mis respiraciones, más por calmarme que por otra cosa. 

Con cada bache o movimiento brusco, me resentía bastante, y el miedo a que mi hija pudiera sufrir algún daño sin la amortiguación del líquido amniótico aumentaba. No obstante, notaba sus movimientos con normalidad, algo que me aportaba cierta calma en medio de aquella vorágine de sensaciones.

En nuestras visitas anteriores, habíamos buscado aparcamientos alternativos por si no conseguíamos dejar el coche muy cerca de la entrada; sin embargo, esa noche logramos aparcar en la misma puerta de urgencias. Estábamos muy contentas. Discutimos brevemente si dejar la maleta en el coche para volver más tarde a por ella o llevarnos todos los bártulos, y al final decidimos llevárnoslos. 

La recepción en urgencias fue muy sencilla. No tuve que explicar, como en El Simulacro, una sensación difusa de "poder estar de parto":

–He roto aguas.
–¿Estás a término?
–Sí.

Y ya está.

El rato que estuvimos en la sala de espera fue de película. Yo no quería sentarme porque me daba vergüenza dejar la silla mojada, y tampoco estaba muy incómoda de pie. Nos colocamos en un sitio discreto, pero dio igual. En apenas unos minutos, el líquido amniótico había formado un charco alrededor de mis zapatos. La gente me miraba de reojo y yo no sabía dónde meterme. Nunca olvidaré a una niña que me miraba boquiabierta con todo el descaro propio de la edad: aunque le hice alguna monería, ella apenas podía apartar la mirada del charco, señalándome y diciéndole a su padre que mirara.

En esos momentos, me acordaba de la conversación que había tenido un par de semanas antes con mi prima Oli, contándole lo que nos había explicado la matrona sobre el parto:

–Es que los partos no son como en las películas, ¿sabes? No rompes aguas y hay que ir corriendo al hospital...

Claro.

Por suerte, el escarnio no duró demasiado, y a los pocos minutos nos atendieron:

–Siéntate aquí.
–¿Es necesario?
–¿Por?
–Porque mira cómo voy...

Me quedé de pie mientras tomaban nota, y también esperé de pie a que viniera el celador que nos acompañaría a Obstetricia. En ese rato, llegó otra pareja que también estaba de parto, de quienes Alma se acordaba porque también habían estado el día de la visita guiada. 

El momento celador también fue de broma. Nos dijo que le acompañáramos y prácticamente echó a correr. Yo le seguía de cerca, como si me fuera la vida en ello, dejando mi reguerito de líquido por los pasillos. Algunos metros por detrás, Alma trataba de alcanzarnos arrastrando la maleta y la bolsa que llevábamos. Mucho más atrás, la otra pareja perdía comba con cada contracción, porque la chica tenía que pararse (¡lógicamente!) y el celador no dejaba de correr. Cuando llegamos a los ascensores, solamente quedaba yo, así que él tuvo que desandar el laberinto por donde nos había llevado (en serio: ¿quién diseña los hospitales?) y recoger a Alma y a la otra pareja.

Una vez en Obstetricia, nos tocó esperar bastante, porque la otra pareja pasó primero. Esto es algo que a Alma la saca de quicio, porque no respetar un escrupuloso orden de llegada le parece arbitrario. Yo me lo tomé con humor, aunque reconozco que llegó un momento en que la espera se me hizo muy larga.

Finalmente, pasamos a monitores. Allí terminé de comprobar lo que me temía prácticamente desde que rompí aguas: tenía muchas contracciones y eran fuertes, pero no eran de parto. Y no solo lo comprobé con la máquina: también se nos hizo evidente cuando escuchamos los gritos de otras mujeres que tenían contracciones de parto, y entendimos que eso no era lo que me estaba pasando a mí.

Otra cosa que entendí en los monitores es que estaba bastante asustada. Siempre pensé que el parto me podía dar miedo, aunque no lo sintiera durante el embarazo; pero, para variar, no calibré bien qué tipo de miedo me daría. Porque seguía sin sentir miedo a lo que podía pasarme a mí, pero tenía muchísimo miedo a lo que podía pasarle a mi hija. Y lo entendí porque, en un momento dado, en el monitor apareció la palabra "Bradicardia" y a mí casi me da un síncope.

Para entonces, ya había pasado por monitores muchas veces, y sabía que, en ocasiones, el detector del latido fetal o bien lo pierde, o bien se acopla con el tuyo y, de pronto, parece que las pulsaciones se han detenido o ralentizado muchísimo. Esa noche, sin embargo, fui incapaz de mantener la mente fría cuando ocurrió, y llamamos corriendo a la matrona para ver qué pasaba. Ella me tranquilizó, me volvió a colocar el detector y todo volvió a la normalidad.

–No te preocupes –me dijo. –Aunque no estemos aquí, estamos viendo tu monitor en una sala, y si pasa algo, nos damos cuenta enseguida.

Para mi desgracia, esta pequeña anécdota fue un auténtico mise en abîme de lo que viviría muchas horas después.

Después de los monitores, pasamos a la consulta de la matrona para que me hiciera un tacto, y con él terminó de confirmar que no estaba "de parto": había dilatado entre uno y dos centímetros, pero no se considera que existe un parto "activo" hasta los tres. Después de la exploración, la matrona nos ofreció unas bragas desechables y una compresa limpia. Consecuentemente, decidí cambiarme también de pantalones, aunque no tenía mucho dónde elegir: llevaba otros vaqueros para cuando saliera del hospital, que no podía ponerme porque los iba a mojar seguro, y los pantalones del pijama. Así que no me quedó más remedio que ponerme estos últimos.

La ginecóloga corroboró el diagnóstico de su compañera, además de recordarme que tenía el estreptococo positivo. Y entonces llegó el momento estelar de la noche:

–Tengo que daros una mala noticia: en estos momentos, tenemos todos los paritorios llenos, así que os tengo que derivar a otro hospital.

Y remató:

–Nos hemos pasado el mes entero con los paritorios vacíos, pero hoy parece que os habéis puesto todas de acuerdo: eres la cuarta mujer que derivo a otro hospital, y no creo que seas la última.

Mi cara era un poema. Estaba en shock. En mi mente, solo podía repetir: "No, no, no, por favor, no". No podía creerlo. No podía ser verdad. No me podía pasar a mí, también.

Después de informarme, de hablar con gente, de dictarles mi historial cuando fuimos a urgencias, de acudir a la visita guiada, de explicar a todo el mundo por qué quería dar a luz allí, de trasladar mi expediente a la carrera, de prepararme concienzudamente para el parto que podían ofrecerme, hasta de hacer la maleta con lo que ellos nos habían recomendado que llevásemos... nada. No podía ser.

Y yo sabía lo que eso significaba: que mi parto no se iba a parecer ¡en nada! a lo que había planeado.

La ginecóloga se deshizo en atenciones. Nos ofreció derivarnos al hospital que quisiéramos. Nos ofreció una ambulancia. Llamó a nuestro hospital (¿adónde íbamos a ir si no?) para explicarles lo que había ocurrido. Me dio empapadores, me animó a llevarme todas las compresas y bragas desechables que necesitara.

Yo apenas podía responder. Apenas podía pensar. En ese momento me abandoné, me rendí completamente. Sentía que, después de todo, ¡de TODO!, no podía seguir luchando contra la adversidad. Cinco meses después, aún siento una punzada en el estómago cuando alguien nombra Hospital Elegido, aún se me encoge el corazón cuando paso por allí.

Decidimos trasladarnos en nuestro propio coche, porque a mí se me hacía un mundo separarme de Alma o de nuestra cosas. Todavía puedo sentir el frío que me invadió cuando salí a la calle en pijama; aún recuerdo vivamente el tacto de la toalla, completamente helada, que quité de mi asiento para colocar el empapador.

Era casi las cuatro de la mañana cuando pusimos rumbo a nuestro hospital.

(continuará...)

lunes, 23 de julio de 2018

Mi parto (I)

Todo empezó en la semana 39, aunque yo no supe verlo. Caí presa de una revolución hormonal y, durante dos o tres días, me sentí como la mugre. Nuncavoyaparir, estoesunputoinfierno, porquéamí-porquéamí. Pero, como no era ni la primera ni la segunda vez que me pasaba (¡aunque sí la última!), en el momento no me pareció nada significativo.

Lo que sí me pareció significativo es que me salió un grano. Y así se lo hice saber a Alma:

–Tía, yo creo que voy a parir, porque mira qué grano...

Ella no daba crédito. He de decir que, desde finales del primer trimestre, cuando empecé la dieta para la diabetes, tenía un cutis de impresión (que seguramente nunca vuelva). Así que, ver mi piel de porcelana (bueno, tampoco era para tanto...) mancillada por un granaco me hizo pensar. Y lo que pensé es que había leído muchas historias de betaesperas positivas con grano, así que, ¿por qué no podía anunciar también el parto?

El día en que cumplíamos los nueve meses, se produjo la exacerbación máxima de un síntoma que llevaba sintiendo desde la semana 34: los calambres en las ingles. Al principio, habían sido descargas muy dolorosas, pero breves. Solía sentirlas al anochecer, normalmente antes o durante la cena, y no todos los días. Con el paso de las semanas, este síntoma empezó a intensificarse: prácticamente era diario, me daban varios calambres seguidos y, a veces, el dolor se prolongaba por las piernas.

Yo procuraba paliarlo haciendo ejercicios de los que nos habían enseñado en pilates para embarazadas: óvalos de pelvis, gatos, caballos... También intentaba algunos de los que había aprendido con la matrona, como apoyarse sobre el respaldo de una silla formando un ángulo recto. El que mejor me iba, sin duda, era el de apoyar la espalda en la pared y doblar las piernas como si estuviera sentada en una silla. No obstante, en los últimos días casi nada me aliviaba, y solía pasar un mal rato en el que incluso llegaba a gritar de dolor.

Aquella noche creí que no lo contaba. Hice todos los ejercicios mil veces, pero el dolor era insoportable. Me recuerdo apoyada en la pared del salón, con la cena a medio terminar, mirando cómo pasaban los créditos del último capítulo de la serie que estábamos viendo y expresando en alto mi hartazgo:

–¡Si de esta no se coloca, yo ya no sé lo que hace falta!

Se acercaba la medianoche y yo seguía hecha polvo. Alma se metió en la cama mientras yo repetía los ejercicios sobre la cuna y en la pared de nuestro cuarto. De pronto, el dolor cesó. Eran las doce y estaba agotada, así que yo también me metí en la cama y me dormí inmediatamente.

No había pasado ni media hora cuando me desperté de golpe, con una sensación muy fuerte de que algo se escurría por mi entrepierna. No sé cómo logré levantarme de un salto, con el tripón incorporado, y dar las cuatro zancadas que me separaban del baño, prácticamente dormida y sin saber muy bien qué pasaba. Apenas había cruzado el umbral de la puerta cuando, de repente, ¡¡FASSSS!! El líquido amniótico empezó a salir a borbotones.

Sentí el impulso de desnudarme de cintura para abajo, y después... nada. Me quedé mirando cómo una cantidad ingente de agua se escurría entre mis piernas e iba formando un charco en el suelo. Y digo mirando porque lo que se dice ver no veía ni torta: evidentemente, no se me había ocurrido coger las gafas mientras volaba por la habitación, y, recién levantada, mi miopía adquiere unos niveles que rozan la ceguera.

Aunque parezca mentira, me costó un rato reaccionar y entender que estaba rompiendo aguas. Entonces, recordé las indicaciones de la matrona sobre la necesidad de comprobar de qué color era el líquido amniótico. Pero, como el suelo del cuarto de baño es oscuro, no podía distinguirlo, así que me metí en la bañera, que es blanca. La verdad es que la situación era bastante cómica: desnuda de cintura para abajo, intentando agacharme para ver algo con el tripón de por medio, mientras iba dejando todo el cuarto de baño perdido. 

El caso es que no logré discernir si aquello era o no era transparente. Había jirones sanguinolentos por todas partes (después entendí que era el tapón mucoso, que se desprendió de golpe aquella noche) y no me acordaba de si el color rosado era bueno o malo. Lo que sí recordé, de pronto, es que las contracciones se intensifican tras la ruptura de la bolsa, así que me quedé paralizada, esperando, casi casi escuchando para oír si venían las contracciones infernales. 

Pero no vinieron. Así que, bastante más espabilada, me dispuse a despertar a Alma, quien, a todo esto, dormía a pierna suelta. Nada más abrir la puerta del cuarto de baño, la gata vino trotando alegremente hacia mí, pero, en cuanto vio las cataratas del Niágara que se habían desatado, salió corriendo despavorida.

–Alma.

La llamé bajito, porque no quería despertar a los vecinos.

–Alma.

La escuchaba dormir plácidamente desde el cuarto de baño.

–Alma.

Al principio me entró la risa nerviosa, pero después entendí que nos podíamos tirar así toda la noche.

–¡Alma!
–...
–¡¡Alma!!
–...
–¡¡¡ALMAAAAAA!!!

A tomar por culo los vecinos.

–¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
–¡¡¡QUE HE ROTO AGUAS!!!

A diferencia de mí, ella es capaz de ser operativa nada más levantarse, así que se puso en marcha inmediatamente. Vino al baño, comprobó el desaguisado, me trajo las gafas y unas bragas secas, y empezó a preparar la maleta. Por suerte, después de El Simulacro habíamos decidido dejar preparada la bolsa de la niña y también habíamos perfeccionado la lista con nuestras cosas, así que tardó muy poco tiempo en tenerlo todo listo.

La matrona nos había explicado que, si rompíamos aguas y estas eran claras, teníamos un margen de unas dos horas para llegar al hospital. A la hora de la verdad, sin embargo, yo no las tenía todas conmigo. Mi plan inicial era pasar la mayor parte de la dilatación en casa, pero empezar rompiendo aguas me descolocó totalmente, porque no me lo esperaba.

Parece de broma pero, de hecho, apenas dos días antes, hablando del parto con mi madre, ella me advirtió de que, probablemente, tuvieran que romperme la bolsa. "Ninguna de las mujeres de nuestra familia ha roto aguas, siempre nos han tenido que romper la bolsa. A tu abuela, a tu tía, a mí... Así que, seguramente, a ti te pasará lo mismo".

Supongo que a estas alturas no queda duda posible de que yo tengo el gen torcido de la familia. Romper aguas, aparte de impresionarme vivamente, me metió la bicha en el cuerpo. Notaba el cuerpo de mi hija con mucha más claridad, notaba también las contracciones (que no eran regulares ni dolorosas) de manera mucho más intensa, y todo ello me preocupaba.

No tenía miedo al parto, pero sí temía por el bienestar de mi hija. Que una cosa es que te digan en un curso que no pasa nada, y otra muy distinta verte en la situación. Así que ni ducha relajante ni Cristo que la fundara: necesitaba llegar al hospital cuanto antes para que me aseguraran que mi niña estaba bien. Y los escasos 20-25 minutos que tardamos en salir de casa se me hicieron eternos.

Eternos y muy incómodos. Porque el líquido amniótico no dejaba de salir. A mí me parecía imposible que solo hubiera un litro, porque un litro se había desparramado ya por el suelo del baño y por la bañera, y aquello seguía brotando como si de un manantial se tratara (¡y lo que me quedaba!). Intenté ponerme la ropa interior utilizando las compresas postparto, pero gasté tres en el intento. Cada vez que me venía una contracción o simplemente intentaba levantarme del váter, aquello se desbordaba.

Al final, me puse la cuarta compresa, me enfundé los vaqueros, me empapé de arriba abajo, y me entregué al destino. Estaba claro que, o salía así de casa, o no salía. Me acordaba mucho de una chica a la que conocí en una reunión de La Liga de la Leche, quien, hablando del parto, me aconsejó que, si rompía aguas en casa, me preparara psicológicamente. "Porque sale mucho líquido. MUCHO. No hay quien lo pare". Efectivamente, no había quien lo parara. Ni siquiera la irrisoria toalla de manos que cogí al vuelo mientras salíamos, para que no se mojara el coche.

En cuanto enfilamos la autovía para Hospital Elegido, me sentí mejor. Era un camino conocido, porque habíamos ido ya tres veces: una de prueba, otra el día de El Simulacro, y una tercera para la visita guiada. Además, la atención que iba a recibir allí me generaba una confianza plena. En breve, mi niña estaría en buenas manos.

Era lunes por la noche y hasta el viernes por la tarde no volveríamos a casa.

(continuará...)

viernes, 6 de julio de 2018

La tripa crece (final)

Un hurra por mi camiseta, que aguantó hasta el final :)

Hace unos días recordábamos con unas amigas la llegada del primer bebé a nuestro grupo, seis años atrás. Estuvimos viendo unas fotos de la última vez que nos juntamos antes de que naciera, y a mí me vino a la memoria una conversación que tuve con su mamá. Al preguntarle qué tal se encontraba, cómo se sentía, ella me dijo que no veía el momento de librarse de la tripa. 

Reconozco que su respuesta me dejó muy impactada. Podía entender que tuviera ganas de conocer a su bebé, pero, ¿librarse de la tripa? ¿Por qué, si era algo maravilloso? Por aquel entonces, yo ya llevaba un tiempo sintiendo la urgencia de ponerme en camino, de vivir un embarazo, y no me imaginaba teniendo la necesidad de abandonar ese estado cuanto antes.

Es una de tantas cosas que no entiendes hasta que te pasa. Porque, a pesar de haber recorrido un camino largo y tortuoso, llegado el final de mi  propio embarazo, yo tampoco veía el momento de librarme de la tripa :)

Supongo que fue una mezcla de muchas cosas. Cuando empecé el reposo, todavía tenía una tripa manejable y me sentía con fuerzas para llevarla. Sin embargo, cuando el reposo terminó, aquello había crecido muchísimo y mi tono muscular estaba bajo mínimos. Y aunque hubo momentos durante las últimas semanas en que me sentí llena de energía, mucho más capaz que en las semanas anteriores, lo cierto es que, finalmente, mi tripa se volvió un fardo inmanejable.

Como suele pasar, lo peor era tumbarse en la cama. La verdad es que fue entonces cuando empecé a profundizar en el respeto que merece nuestro útero, porque había veces en que, intentando darme la vuelta, no entendía cómo mi tripa no se rajaba y el bebé se escurría por un lado. Para maniobrar de esa manera, tenía que sujetarme la tripa con las dos manos, empujándola al compás del resto de mi cuerpo; cada vez que lo hacía, podía notar perfectamente el contorno de mi hija, su peso en mis manos, y no daba crédito a que todo aquello (el bebé, la placenta, los miles de litros de líquido amniótico) estuviera firmemente contenido por un órgano que, en su estado normal, apenas tiene el tamaño de una pera (!).

Lo cierto es que sentía unas ganas irrefrenables de parir. Así, llanamente: ganas de parir. Era algo que me llamaba mucho la atención, porque yo pensaba que, según se acercara el momento, me iría asustando. Sobre todo porque, durante el embarazo, apenas había sentido miedo hacia el parto. Quizá un poco, al cumplir los seis meses, cuando entendí que aquello ya era imparable y que el final se acercaba. Pero enseguida me puse a leer como una loca sobre el parto, y se me pasó el susto. Así que yo pensaba que todo el miedo saldría al final; pero no, fue al contrario: no veía el momento de empezar a sentir contracciones y saber que el momento había llegado.

Mis ganas de parir también estaban causadas por un miedo que sí que tenía: el de no ponerme de parto y que me lo tuvieran que inducir. Necesitaba sentir que mi cuerpo estaba listo para tranquilizarme sobre la posibilidad de que no lo consiguiera.

Esto me trajo mucho malestar durante las últimas semanas. Las recomendaciones, las advertencias que te hacen hacia el final del embarazo, tuvieron en mí el efecto de hacerme sentir responsable sobre lo que mi cuerpo hacía o dejaba de hacer. Focalicé toda mi ansiedad en lo que más me costaba, que era salir a dar un paseo cada tarde. Estábamos en pleno febrero, hacía un frío de mil demonios, anochecía temprano y yo tenía una tripa que parecía que me había tragado un elefante. Ahora entiendo que me costara andar, y mucho más hacerlo sola. Pero entonces solo me machacaba pensando que, si no caminaba, no me pondría de parto, y que, si me lo inducían, sería por mi culpa.

De verdad que hoy pienso que no es así para nada. El embarazo, desde el principio hasta el final, es un mecanismo bastante autónomo, que, para bien y para mal, no podemos dirigir mediante nuestra voluntad. Una cosa es potenciar nuestra salud, que es una idea estupenda, y otra, pretender controlar el desarrollo de nuestra gestación, algo imposible. Y a mí me parece que esos discursos tan abundantes sobre todo lo que debes hacer para preparar tu parto no hacen honor a la verdad de nuestros cuerpos, sino que nos cargan con una responsabilidad que ya quisiéramos que fuera nuestra.

A comienzos de la semana 38 tuvimos la que sería nuestra última revisión médica. Todo iba muy bien: en el monitor ya se registraban más contracciones y nuestra niña había alcanzado un peso estupendo: 3,100 kg. En esta ocasión había una estudiante de prácticas, así que la ginecóloga, que no era la que nos había atendido anteriormente, quiso enseñarle alguna cosa especial durante la ecografía. Y lo que vimos fue a nuestra pequeña bebiendo líquido amniótico. ¡Fue tan bonito...! Solo pudimos ver sus labios y su lengua, porque el resto de la cara seguía fuera del alcance de los ultrasonidos, pero fue una imagen hermosísima con la que despedirnos de la vida intrauterina de nuestra hija.

La belleza de esta imagen, sin embargo, no nos distrajo de nuestro objetivo principal, que era consultar sobre la necesidad de inducir el parto en la semana 40 debido a mi SAF. Afortunadamente, esta ginecóloga no estaba de acuerdo con un protocolo semejante, y nos explicó que, en mi caso, el único motivo para inducir el parto antes de tiempo sería que el bebé fuera macrosómico a causa a la diabetes; cosa que, evidentemente, no estaba ocurriendo, por lo que no había ninguna razón para no esperar hasta pasadas las 41 semanas.

Aquello me dejó más tranquila, pero reconozco que ya tenía la bicha metida en el cuerpo y que nada ni nadie me devolvería la confianza perdida. Supongo que esto no dice mucho a favor de mi equilibrio emocional, pero, ¿acaso no es evidente que mi equilibrio emocional, después de todo, pendía de un hilo delicado, fino, casi inexistente...?

El caso es que, esta vez, la visita podría haber sido redonda, pero entonces, seguramente, no habría sido una de mis visitas. En esta ocasión, le tocó a la matrona romper el embrujo: "Por cierto, tienes el estreptococo positivo". ¡Ag! ¡Qué puedo decir...! La noticia me entró por un oído y me salió por el de enfrente, porque mi capacidad para asumir diagnósticos adversos se había desbordado hacía ya mucho tiempo.

Sabía que eso implicaba estar atada a un gotero durante el parto, algo que, definitivamente, no formaba parte de mis planes. A esas alturas, sin embargo, ya no me encontraba las fuerzas para enfrentarme a la adversidad. Tenía la sensación de que cada cosa que me buscaban, la encontraban; así que solo podía esperar a que el embarazo acabara cuanto antes para que no me diagnosticaran nada más.

Y aunque yo no daba un duro por ello, lo cierto es que el embarazo estaba llegando a su final. De hecho, la nueva paranoia que me entró en la semana 38 fue que la niña, después de haber estado colocada, al menos, desde la semana dieciséis, se hubiera dado la vuelta. Porque, de alguna manera, la notaba distinta; y creía que, con mi mala suerte característica, se habría puesto de nalgas o en cualquier otra postura semejante que impidiera, siquiera, intentar un parto natural.

Pero no. Lo que mi pequeña hacía era prepararse para salir :)

domingo, 3 de junio de 2018

Tercera revisión en Inmunología

Resultado de imagen de inmunología reproductiva

Estas semanas que estoy relatando trajeron también la última revisión en Inmunología. Concretamente, me hice los análisis del tercer trimestre cuando estaba de 32 semanas y fui a la consulta de 34. La importancia de acudir a esta visita era otro de los motivos por los que temía que se me adelantara el parto, ya que, aunque en la consulta del segundo trimestre el inmunólogo ya me había adelantado algunas de las pautas que tendría que seguir, no habría sabido muy bien cómo aplicarlas en caso de dar a luz antes de tiempo. Por suerte, al final no fue necesario.

En esta ocasión, los análisis tampoco trajeron ninguna sorpresa: tal y como el inmunólogo había predicho, una vez más, todos los valores se mantuvieron en niveles normales, con escasa variación con respecto al segundo trimestre. Como curiosidad, mencionaré que la actividad del factor anti-Xa había descendido de 0,46 a 0,34 UI/ml, probablemente como consecuencia del aumento de peso. Sin embargo, seguía dentro del rango que necesitaba (0,2-0,5 UI/ml), cosa que no ocurrió en el primer trimestre, cuando la actividad de los anticuerpos era más intensa a pesar de que yo hubiera adelgazado un par de kilos. De nuevo se demuestra, por tanto, que para tratar el SAF la heparina no debe pautarse por peso, sino teniendo en cuenta la respuesta inmune de cada organismo en cada momento.

Una vez revisados los análisis, dedicamos la consulta a organizar la medicación de cara al parto y el posparto. Para empezar, debía dejar el adiro cuando estuviera de 35+6, el mismo día en que dejaba la progesterona: una razón más por la que me horrorizaba ponerme de parto con anterioridad, ya que me arriesgaba a sufrir una hemorragia. No obstante, el inmunólogo se cercioró de que no estuviera sufriendo ya algunas hemorragias pequeñas que hicieran sospechar de que los efectos del adiro eran demasiado fuertes, pues, según me explicó, en caso necesario también podía retirarse algunas semanas antes. Finalmente, y a pesar del amago de parto prematuro que había sufrido, pude mantener la medicación hasta el final.

Por otro lado, y según me había adelantado en la revisión del segundo trimestre, me bajó la dosis de heparina de 5.000 a 4.500 UI, con el objetivo de ampliar el margen de seguridad de cara a la epidural. Al parecer, con esta dosis solo es necesario esperar 12 horas entre pinchazo de heparina y epidural, mientras que, con una dosis mayor, la espera es de 24 horas. Esta separación es necesaria por la manera en que se administra la epidural, que, bajo la influencia de la heparina, puede provocar un hematoma en la zona de la columna: una situación muy grave cuyas consecuencias suelen ser nefastas.

Confieso que, entre mis preocupaciones, no se encontraba la imposibilidad de ponerme la epidural. En primer lugar, porque estaba convencida de que sabría cuándo me estaba poniendo de parto y, sencillamente, no me pincharía la heparina: esto es lo que hice, por ejemplo, el día de El Simulacro, en el no me puse la dosis diaria hasta que no volvimos del hospital. Por otro lado, además, mi plan era aguantar sin epidural todo lo posible, así que me parecía imposible que no llegaran a pasar las 12 horas de rigor; e incluso contemplaba la posibilidad, en caso de ser necesario o de ser capaz, de no utilizar anestesia en absoluto.

El miedo que yo tenía era que, por el motivo que fuera, me tuvieran que practicar una cesárea de urgencia. ¿Qué ocurriría entonces con la anestesia? El inmunólogo me dijo que, en ese caso, no habría nada que plantearse: la epidural estaba absolutamente contraindicada si no habían pasado las 12 horas, así que me pondrían anestesia general. Este escenario me también aterrorizaba: no poder ver nacer a mi bebé, no disfrutar del piel con piel inicial ni empezar la lactancia, conocerla muchas horas después... Nada indicaba que mi parto tuviera que ser así, pero fue otro de los miedos que se me acumularon en las últimas semanas de embarazo.

En cualquier caso, el inmunólogo me recomendó que, para minimizar el riesgo de ponerme de parto sin margen para la epidural, procurara inyectarme la heparina por las mañanas, ya que los partos suelen desencadenarse por la noche. La verdad es que esto era algo que yo ya hacía desde el principio (otro motivo por el que me sentía confiada con respecto a la epidural) y por eso no dejo de recomendarlo siempre que me preguntan cuándo es mejor ponerse la inyección.

En cuanto al resto de la medicación (ácido fólico 5 mg, vitaminas prenatales y vitamina D), debía mantenerlo hasta el parto. Después, y durante seis semanas, tendría que seguir pinchándome la heparina (cuya administración reanudaría 24 horas después del parto) y la vitamina D. Esta pauta era necesaria, en primer lugar, porque el riesgo de sufrir una trombosis aumenta muchísimo durante el postparto, y también porque los tratamientos largos con heparina descalcifican los huesos, algo que la vitamina D contribuye a minimizar.

En mi caso, no obstante, podría haber sido suficiente con una profilaxis de tres semanas, pues la actividad de mis anticuerpos es muy baja. Para asegurarnos, habría tenido que repetirme los análisis tras el parto, ya que, según me explicó el inmunólogo, la placenta es lo que altera el sistema inmune, por lo que, una vez expulsada, este debería recuperar su equilibrio. El problema, sin embargo, es que se trata de unos análisis muy caros, que solo hemos costeado mientas ha sido absolutamente necesario. Después de diez meses de tratamiento con heparina, no íbamos a desplazarnos a la otra punta de Madrid con una niña recién nacida solo para ahorrarnos algunos pinchazos. Al inmunólogo tampoco le pareció necesario, por lo que, finalmente, hice la profilaxis completa.

Por otro lado, le pregunté sobre la necesidad de hacer un seguimiento de mi SAF una vez finalizado el embarazo. Y él me dijo que, en principio, no era necesario, ya que mi SAF es obstétrico y, por tanto, fuera del embarazo es como si no lo tuviera. No obstante, si en algún momento notaba "algo raro" (esas cosas tan raras que te ocurren con las enfermedades autoinmunes), me recomendó que intentara conseguir una cita en Inmunología de la Seguridad Social, puesto que una nueva visita a Hematología probablemente no me reportase nada, tal y como ocurrió la primera y la segunda vez que fui.

Una vez aclarados todos estos puntos, llegó el momento de la despedida. Como siempre, el inmunólogo fue muy cariñoso y atento, y a mí se me hizo un nudo en la garganta, porque, ¿cómo te despides del médico a quien le debes la vida de tu hija? ¿Qué palabras harían justicia al inmenso agradecimiento que sientes...? Estoy segura de que nada de lo que dije hizo honor a todo lo que le debemos; tan solo deseo que se sienta plenamente satisfecho con la labor que realiza, pues para mí es, sin duda, el mejor profesional con el que me he encontrado a lo largo de todos estos años, no solo porque conmigo haya dado en el clavo, sino por su altura científica y humana. Algo que debería ser básico en cualquier profesional sanitario, y que, tristemente, no abunda, ni en un sentido, ni en otro (ni en los dos).

Mientras subía la calle en la que tenía el coche aparcado, no podía dejar de pensar en el primer día en que pisé aquella consulta, en la sensación de irrealidad al saberme candidata a padecer alguna enfermedad "rara". Recordaba cómo lloré cuando supe que padecía dos trombofilias que, por sí solas, ya explicaban mi historial reproductivo. Y la cara de alucinada que se me quedó al descubrir que, además, también sufría SAF.

Pero ya estaba. ¡Ya estaba!
La pesadilla había concluido.

Acaricié mi tripa de casi 35 semanas y supe que lo habíamos conseguido :)

(Os dejo una lista con los resultados de mis análisis a lo largo de estos años para que podáis consultar o comparar datos: es algo que yo también hice en su momento y que me vino muy bien).

domingo, 20 de mayo de 2018

El Simulacro

Me desperté a las seis de la mañana con un dolor abdominal intenso que iba y venía. Abrí un ojo para mirar la hora y lo volví a cerrar. Cuando el dolor regresó, miré el reloj otra vez. Así hasta que comprobé que el intervalo no llegaba a los cinco minutos. "Estoy de parto", me dije. Por un instante, sentí miedo; pero, inmediatamente, pensé: "Mi hija va a nacer". Y me sentí feliz. Intenté tranquilizarme y seguir durmiendo, con la idea de descansar todo lo posible y coger fuerzas para lo que imaginaba que vendría después.

No aguanté demasiado. El dolor era muy intenso y decidí que me convenía más moverme, dinamizar mi cuerpo para que se fuera relajando y no entorpeciera el paso del bebé. Me senté al borde de la cama, abrí bien las piernas y me eché hacia delante, tal y como nos había enseñado la matrona durante el curso. Alma se despertó al poco rato. "Creo que estoy de parto", le dije. Y sonreí. Algo dentro de mí se sentía plenamente satisfecho: a pesar del reposo y la progesterona, a pesar de la desconfianza que regresaba, estaba ocurriendo lo que yo había predicho. Mi cuerpo sabía parir.

Deambulé por la casa, probé varias posturas, siempre buscando la expansión de mi cuerpo. El dolor se volvía más intenso y las contracciones eran cada vez más contundentes. Por momentos, el miedo regresaba, pero yo procuraba atajarlo recordándome que aquello era lo mejor que podía pasar, que todo iba bien. Como la luz me resultaba muy molesta, mantuvimos las persianas bajadas para que las habitaciones estuvieran en penumbra. Y aunque había planeado pasar la dilatación escuchando música relajante, descubrí que el ruido también me perturbaba, que prefería el silencio. 

Alma se duchó y empezó a preparar la bolsa. Apenas unos días antes había estado haciendo una lista con lo que quería que nos llevásemos. No me gustaba la idea de tener las cosas en la maleta hechas un gurruño, porque todavía estaba de 36 semanas y no sabía cuándo me pondría de parto. Lo que sí veía  claro es que, llegado el momento, necesitaría centrarme en mi cuerpo, así que preferí hacer una lista y que fuera ella quien se ocupara de cogerlo todo.

Pasaban las horas y, aunque al principio no había querido desayunar, terminé forzándome a comer un sándwich, siempre con el pensamiento de que me esperaba un desgaste ingente que no podría enfrentar en ayunas. Llevaba todo el embarazo, además, preocupándome por cómo evitar las hipoglucemias durante el parto, así que no podía arriesgarme ahora que parecía que el momento había llegado. Y, aunque no conseguí terminármelo, de alguna manera ayudó a que el estómago se asentara.

Porque el caso es que me dolía el estómago. O, más bien, me dolía en algún lugar indefinido, perdido entre mis intestinos desplazados, pero reflejado en mi ombligo. Y eso me mosqueaba. Muy a mi pesar, notaba cierto desfase entre el dolor intermitente y las contracciones. A veces, coincidían; a veces, no. Y, en cualquier caso, no me esperaba que el dolor de parto fuera así, tan parecido a una indigestión. Lo que no podía negar es que había un dolor intermitente y había unas contracciones. Si no era el parto, ¿qué otra cosa podía ser?

Cuando salí de la ducha, entendí que mucho tenían que cambiar las cosas para que aquel día naciera nuestra hija. El dolor y las contracciones habían alcanzado un pico y, desde entonces, estaban disminuyendo. La ducha, concretamente, me relajó muchísimo, y ya habían pasado casi seis horas desde que todo empezó, tiempo suficiente para que el parto hubiera avanzado hasta el punto de resultar indiscutible.

Entonces, ¿qué hacíamos? ¿Nos íbamos al hospital, cuando, con toda probabilidad, nos mandarían de vuelta a casa? Pero, ¿y si estaba de parto aunque a mí no me lo pareciera? Había escuchado tantas historias de partos que no lo parecen... ¿Y si también era mi caso? Al final, decidimos ir a urgencias porque, al fin y al cabo, el dolor estaba ahí y las contracciones estaban ahí. Algo pasaba.

Esta vez, sin embargo, no fuimos a nuestro hospital de siempre. Esta vez fuimos a Hospital Elegido: el lugar donde, después de mucho informarme, deseaba dar a luz. Quería vivir un parto respetado, confiar en que no sufriría episodios de violencia obstétrica, que mi voluntad sería tenida en cuenta en todo momento y que recibiría un trato humano. En resumen, lo que cualquiera esperaría al ser atendida durante un parto aunque, desgraciadamente, la mayoría de las veces no sea así.

En urgencias nos valoraron de manera inmediata, una de las primeras diferencias que notamos entre Hospital Elegido y nuestro hospital, donde habríamos tenido que esperar como cualquier otro paciente. Después, nos sentamos un rato en unos sillones, hasta que vino un celador para acompañarnos a Ginecología. Allí pasamos otro rato en una sala de espera y, a continuación, una matrona me puso los monitores. Esta fue otra diferencia importante, pues me enchufaron a la máquina sentada en un sillón, no tumbada en una camilla. Y fue algo que agradecí muchísimo, ya que las camillas me resultaban muy estrechas para andar maniobrando con la tripa: el simple hecho de recostarse a mí me parecía toda una odisea.

Durante la hora que pasé en los monitores me terminó de quedar claro que de parto no estaba. Tenía muchísimas contracciones, algunas muy fuertes, las más fuertes que había registrado hasta el momento; pero no eran rítmicas ni coincidían, la mayor parte de las veces, con el dolor intermitente. La matrona, por si acaso, me hizo un tacto (un procedimiento odioso que, sin embargo, llevó a cabo con sumo cuidado), y confirmó que mi cuello del útero estaba todavía muy alto, por lo que no parecía que el parto fuera a desencadenarse ni siquiera en los días siguientes.

Ante mi pregunta de por qué tenía, entonces, tantísimas contracciones, me explicó que, cuando se sufren indigestiones y otros procesos parecidos, el útero suele irritarse. Para mí, esta explicación fue muy importante, ya que me daba mucha vergüenza la posibilidad de estar somatizando, debido al miedo recién estrenado a no ponerme nunca de parto.

Todo este protocolo fue diferente al que nos aplicaron en nuestro hospital la primera vez que fuimos a urgencias, ya que, por ejemplo, en ningún momento me midieron el cuello del útero. No sé si la diferencia tiene que ver con que ya estaba casi a término (al día siguiente cumplía las 37 semanas), o con que, en Hospital Elegido, las matronas parecen tener un protagonismo mayor. Y digo esto porque, en nuestro hospital, fueron dos ginecólogas quienes valoraron mi caso; mientras que, en Hospital Elegido, yo ya sabía que no estaba de parto antes de ver a ninguna ginecóloga.

No obstante, al final pasamos a consulta con una. Ella me preguntó si quería dar a luz en ese hospital, ya que no era nuestro hospital de referencia, y le dije que sí. Así que aprovechó para abrirnos una ficha y tomar nota de todos los datos del embarazo; lo cual, y teniendo en cuenta mi historial, nos llevó un buen rato. Como me faltaban los resultados de la prueba del estreptococo porque me habían tomado la muestra en la última consulta, me propuso repetirla por si acaso no me daba tiempo a que me los dieran en nuestro hospital. A mí me pareció una idea estupenda porque así me quedaba mucho más tranquila, y hasta me hizo ilusión que me hicieran ya una prueba allí.

Volvimos a casa contentas: no estaba de parto, pero El Simulacro había servido para practicar la salida de casa, conocer Hospital Elegido y que me abrieran una ficha para cuando verdaderamente fuera el día. No obstante, fue una experiencia agotadora, así que aquella tarde decidimos faltar a la última clase del curso de Educación Maternal, esa en la que nuestra matrona habló sobre el expulsivo y la lactancia. ¡Ag!

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