Mostrando entradas con la etiqueta Vida en pareja. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vida en pareja. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de agosto de 2022

Cuando una puerta se cierra

La puerta de la adopción se cerró para siempre. Yo la cerré. Fui la encargada de escribir aquel correo tristísimo donde solicitaba el archivo de nuestro expediente. "Es una lástima", me respondió la trabajadora social que nos había hecho las entrevistas. "Contábamos con vosotras".

Contaban con nosotras. Era casi un hecho. Ese pequeño con el que había soñado desde que era adolescente, ese milagro aún más increíble que el nacimiento de mi hija, estaba ahí. Apenas nos faltaron un par de formalidades para dejar de esperarlo, después de haberlo esperado toda una vida.

Fui yo quien cerró esa puerta. Yo, la encargada de finalizar nuestro expediente, apenas nueve meses después de haber vuelto a ponerlo en marcha. Qué ironía tomarse el tiempo que dura un embarazo para acabar perdiendo un hijo para siempre.

Yo cerré esa puerta. O la vida me la cerró. Durante mucho tiempo me dije a mí misma que aquella había sido la decisión más difícil que tuve que tomar en la vorágine de aquellos días. De aquellos meses, de aquellos años durante los que vi desmoronarse el sueño de mi vida, aquel sueño por el que tanto había luchado.

No fue solo el expediente de adopción, claro. Fue el fin de nuestra relación, la ruptura de nuestra familia, el divorcio. Hoy no sabría escoger cuál fue la decisión más difícil, cuál la más dolorosa, con cuál se me terminó de romper el corazón.

No podíamos tener un segundo hijo juntas. Y la adopción, como todo lo demás, terminó.

A lo largo de los cinco años que duró nuestra aventura, leí muchas veces que un gran número de parejas no culminan la adopción porque se separan durante el proceso. Yo siempre pensé que eso no iba a pasarnos. Que nosotras aguantaríamos hasta el final. Que no seríamos de esas parejas. Nosotras, no

Pero lo fuimos.

Cuando pienso en ello, no puedo evitar acordarme de mi primer aborto. De aquella mañana en la que sufrí el primer sangrado. De aquella ducha que tomé temblando, de mis sollozos mientras le pedía al Universo que no me pasara a mí. A mí no, por favor, a mí no. Pero me pasó. Me pasó aquello y me ha pasado esto.

Me han pasado muchas cosas.

miércoles, 31 de enero de 2018

Adecentando el nido

Resultado de imagen de síndrome del nido

Recuerdo un día, entre agosto y septiembre, en el que de pronto me puse a pensar que "alguien más" iba a vivir en casa con nosotras. El embarazo iba viento en popa, la tripita despuntaba, y yo pasé del porfavorquenosemuera al joderqueestovaenserio en lo que dura un fogonazo.

Entiendo que suene patético, pero así, de primeras, se me hizo un nudo en el estómago. No quería que "nadie" viniera a perturbar nuestra rutina, nuestro modo de vivir juntas, nuestra intimidad... nuestra vida. Porque me gusta tal y como es. Porque deseo formar una familia por muchas razones, pero ninguna de ellas implica insatisfacción con mi relación de pareja.

De eso hace ya muchos meses y, por supuesto, la sensación de pánico que me embargó entonces no duró más que unos pocos días. Hoy me siento ya impaciente porque nuestra pequeña empiece a ponernos la rutina patas arriba y nosotras, desde lo que hemos construido juntas, nos enfrentemos al reto de convertirnos en una familia.

El camino que une ambos momentos pasa, entre otras cosas, por "adecentar el nido". Y digo "adecentar" porque "preparar" me parece que se nos queda grande: por no tener, nuestra pequeña todavía no tiene ni "una habitación propia". A cambio, su inminente llegada está cambiando la idiosincrasia de toda la casa.

Alma y yo llevamos más de una década viviendo juntas, y los ocho últimos años los hemos pasado en este piso. Durante más o menos la mitad de ese tiempo, no estuvo nada claro que fuéramos a formar una familia, así que no hicimos nada parecido a dejar una habitación para el bebé o crear un cuarto de invitados que después pudiéramos convertir fácilmente en un cuarto para niños. Todo lo contrario: desde el principio ocupamos cada habitación, cada armario, incluso nos expandimos por los dos cuartos de baño. 

Ese afán "ocupador" se incrementó, si cabe, durante los últimos años: igual que nunca quisimos comprar nada para ningún hijo (im)posible, tampoco se nos ocurrió "hacer huecos" que pudieran quedar dolorosamente vacíos. Evidentemente, la buena marcha de este embarazo ha cambiado eso y nuestra pequeña, que todavía no ha agotado su vida intrauterina, lleva ya un tiempo reclamando su espacio también a este lado.

Para dárselo, claro, hemos tenido que "replegarnos": reorganizar armarios, deshacernos de muuuchas cosas inútiles, vaciar cajones, mover estanterías, cambiar de sitio libros, toallas y sábanas, sustituir carritos ridículos por auténticos muebles de baño... Al principio parecía una empresa titánica, pero finalmente hemos conseguido que nuestra niña tenga su propio armario, cajones en el baño e, incluso, una balda para colocar sus primeros juguetes, libros incluidos (!).

Por supuesto, el proceso está lejos de haber terminado. Tenemos que seguir avanzando en la reorganización de la casa, y digo yo que, en algún momento, habrá que ponerle algo parecido a una habitación. Pero lo principal ya está hecho: hemos acogido a nuestra hija en nuestra vida, en nuestro espacio. Su presencia ya es una realidad para nosotras, aunque todavía no hayamos visto su rostro ni la hayamos sostenido en nuestros brazos.

Que estemos siendo capaces de llevar a cabo todos estos cambios, que lo hagamos juntas y en la mejor armonía, también implica un antes y un después para nosotras. Nuestra casa siempre ha acusado las huellas de todos los momentos difíciles que hemos pasado, de todas nuestras tristezas, nuestras incapacidades, nuestra frustración. El mero hecho de contar con fuerzas para "adecentarla" nos habla de curación, de energías renovadas, de una nueva etapa como personas, como pareja, como familia. 

De una plenitud que, ¡qué leches!, ya nos tocaba :)

domingo, 7 de enero de 2018

La tripa crece (semanas 21 a 24)


Atravesar el ecuador del embarazo significó para mí un cambio de perspectiva enorme. De pronto, ya no sentía que estuviese ascendiendo una montaña, sino que empezaba el descenso. Hasta las veinte semanas, todo había sido cuestión de sumar un día más, una semana más, un mes más. Ahora, por el contrario, entraba de lleno en el "tiempo de descuento".

Para alguien como yo, que he sufrido abortos de repetición, la diferencia es extraordinaria. Poco a poco se iban acercando las fechas en las que, si el embarazo finalizaba por cualquier motivo, nuestra pequeña podía sobrevivir. Con todas las dificultades que conlleva un nacimiento prematuro, por supuesto; pero, al menos, tendría una oportunidad. Esa oportunidad que no existió en ninguno de mis embarazos anteriores. 

Gracias a la tranquilidad que todo esto genera, esa tranquilidad que también llega, empecé a permitirme, por primera vez, empezar a "preparar" la llegada de nuestra hija. En nuestro caso, se trata de un proceso largo, que vamos completando paso a paso, a nuestro propio ritmo. Un ritmo que, para quienes nos rodean, resulta exasperantemente lento.

Desde que empezamos a dar la noticia del embarazo, cuando cumplimos las doce semanas y comprobamos que todo iba bien, una de las preguntas que con más insistencia nos han hecho es si ya habíamos comprado "cosas". Y la respuesta que dimos durante meses, por más decepcionante que fuera para nuestros interlocutores, es que no habíamos comprado nada.

Personalmente, durante bastante tiempo me molestó que no se tuvieran en cuenta todas las inseguridades que el embarazo nos generaba debido a nuestras experiencias. Es verdad que esta reacción era injusta para casi todo el mundo, pues muchas personas se enteraron de nuestro interés por ser madres mediante la noticia del embarazo, sin haber vivido todo lo anterior y sin poderse hacer una idea, incluso aunque se lo explicásemos resumidamente, de todo el dolor que habíamos sufrido. Pero también es cierto que buena parte de quienes sí nos habían acompañado en este camino pasaron página con una velocidad que a nosotras nos resultaba inalcanzable.

El miedo, sin embargo, no fue la única causa por la que no nos zambullimos de golpe en el "mundo bebé": según fuimos cogiendo confianza, nos dimos cuenta de que también nos creaba un rechazo muy profundo.

Como uno de mis miedo atávicos en este embarazo es sentir algún tipo de rechazo hacia mi bebé, lo primero que hice fue analizar cuál era la fuente de esa emoción tan primaria. Todavía recuerdo cuando fuimos a comprar el adaptador para el cinturón de seguridad del coche al hipermercado: según nos metimos en el pasillo de los carros, me invadió una sensación de repulsa tan fuerte que tuve que salir de allí inmediatamente, ante la amenaza de sufrir un ataque de ansiedad. Al final, claro, terminamos comprando el adaptador por Internet.

Admito que las "cosas de niños" se me han clavado como puñales durante muchos años, que no me he permitido disfrutarlas ni un segundo para no añadir más dolor a mi dolor, y también porque, de alguna manera, no me consideraba "digna" de ellas, al no ser capaz de formar mi propia familia.

Pero también es verdad que ese "mundo bebé" nos resulta repugnante, tanto a Alma como a mí, debido a la visión del mundo y los valores que comporta. Concretamente, rechazamos ese capitalismo atroz que nos inocula la idea de que, para cuidar "verdaderamente" de tu bebé, para "demostrar" que lo quieres, debes comprar una ingente cantidad de cosas para que "no le falte de nada".

"Comprar una ingente cantidad de cosas" no es un comportamiento que valoremos, todo lo contrario: no compramos una ingente cantidad de cosas para nuestra satisfacción individual, no compramos una ingente cantidad de cosas para demostrarnos nuestro amor, ni siquiera compramos una ingente cantidad de cosas para que nuestra casa resulte más cómoda, acogedora, o bien exponga nuestro "buen gusto". Nuestros valores son otros, y si actuásemos de otra manera con nuestra hija, los estaríamos pervirtiendo.

Una vez, hablando con una amiga sobre el tema, me preguntó: "Pero, si no quieres tener un hijo para comprarle cosas, ¿para qué quieres tener un hijo?". Alma dice que, seguramente, fue una broma; pero yo no lo tengo tan claro. A veces tengo la sensación de que los hijos son una especie de árbol de Navidad que debemos adornar poniéndoles un montón de cosas inútiles encima.

Así que, para mí, empezar a preparar la llegada de nuestra pequeña fue bastante duro: no solo tenía que superar los miedos que aún sentía, sino que me negaba a participar de esa "locura colectiva" que es el "mundo bebé".

Lo que hice fue ir seleccionando las "cosas" que sí consideraba acordes con mi estilo imaginario de crianza (lo llamo así porque todavía no he podido contrastarlo con la realidad, evidentemente) e informarme sobre ellas. Porque, sinceramente, el "mundo bebé" era para mí un completo desconocido que me está resultando muy complicado desentrañar.

Así pasamos un par de meses: investigando, aprendiendo, apuntando en una lista lo que creíamos que íbamos a necesitar y esquivando las preguntas de "¿Pero ya lo tenéis todo?" mediante la técnica del disco rayado ("No, no hemos comprado nada, todavía es demasiado pronto").

Ahora que ya estamos a punto de culminar el proceso, la verdad es que estoy muy contenta con nuestras decisiones: las compras se vuelven muy sencillas (y rápidas) cuando una finalmente sabe lo que quiere. Además, por el camino hemos aprendido que lo de tomar decisiones a ciegas es como pasear por un campo de minas, así que asumimos tranquilamente que habremos metido la pata en un montón de cosas y que ya habrá tiempo de solucionarlas.

Como le respondí a mi amiga cuando me preguntó aquello, lo que realmente me preocupa es la relación que vamos a crear con nuestra hija, que es para lo que más me estoy "preparando". Si tiene más o menos ropa, juguetes o accesorios me resulta absolutamente secundario, porque no, yo no he querido formar una familia para dedicarme a "comprar".

lunes, 1 de mayo de 2017

Que por mayo era por mayo

Resultado de imagen de primavera

Lo reconozco: hace tiempo que mayo se ha convertido en mi mes preferido.

Supongo que, en parte, tiene que ver con el tiempo. La primavera llega en todo su esplendor (aunque esté año empezó a asomar sus patitas en febrero... cosas del cambio climático), noto cómo se eleva mi nivel de energía y vuelvo a sentir ganas de salir, de hacer, de vivir...

El mes de mayo también es muy importante para nuestra pareja: en mayo empezamos a salir, en mayo nos casamos y en mayo abrimos nuestro expediente de adopción nacional. No tuvimos la intención de hacer coincidir todas estas fechas (ni siquiera la de la boda, que fue todo un periplo): simplemente, salió así. Por eso, a veces siento que mayo es el mes en el que todo pasa, un paréntesis mágico que se abre una vez al año para recordarnos que no hay nada imposible.

Y, como no podía ser de otra manera, me pregunto si este mayo será también el comienzo de esa aventura que tanto ansiamos, si el mes de las flores llegará para devolvernos la esperanza de manera definitiva. Ahora que todavía queda lejos el próximo tratamiento, ahora que aún hay tiempo para que pase todo lo bueno, me gusta pensar que sí, que las cosas irán tal y como deseamos.

Que pondremos a mayo un broche perfecto.

jueves, 13 de abril de 2017

Consulta en psicología

Resultado de imagen de cerebro y corazón

Nuestro último tratamiento fue psicológicamente devastador para mí. No solo por su resultado, que también, sino por la montaña rusa de emociones a la que me vi expuesta antes incluso de empezar la betaespera.

Evidentemente, todos los tratamientos son intensos desde el punto de vista emocional, pero he de confesar que el vértigo de este último me pilló por sorpresa. Entiendo que, en el fondo, una parte de mí estaba "demasiado" tranquila: era un tratamiento muy sencillo desde el punto de vista físico y estaba convencida de que iba a funcionar. No había contemplado ni remotamente el aterrador despertar de la bestia en mi interior.

Pero despertó. Y fue un suplicio. Había días en que me sentía hundida, días en que solo quería salir corriendo, días (y noches, muchas noches) en que el viento de mi desgracia arrasaba con todo. Y me culpaba por ello. Y me decía cosas horribles por no poder permanecer positiva y en calma. Y lo único que lograba es que la bestia se hiciera más y más poderosa. 

Apenas me soportaba a mí misma, así que mucho menos soportaba las insistentes preguntas de Alma: "¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?". "¡Qué me va a pasar!", pensaba. "Que mi vida es una puta basura, que no soporto el yugo de las hormonas, que no quiero pasar miedo, que no quiero ser desgraciada, que estoy hasta las mismísimas de este abuso existencial". Y así, un día tras otro. No fue bueno para mí y tampoco lo fue para nuestra relación.

La parte positiva es que de cualquier experiencia se puede obtener una enseñanza, y yo he aprendido que no quiero repetir el mismo error. Mi estabilidad emocional ya no es lo que era después de tres años de peregrinaje en reproducción asistida, y no quiero que esto repercuta, además, en mi relación con Alma. Por eso, desde el primer momento, he tenido claro que el próximo tratamiento lo haré con apoyo psicológico.

Así que, aprovechando que ya nos tocaba pedir cita con la ginecóloga de la clínica, pregunté por el servicio de atención psicológica. En nuestra clínica, este servicio es gratuito, uno de los detalles que nos hizo decantarnos por ella. Me explicaron que la psicóloga se pondría en contacto conmigo, y la verdad es que no tardó en hacerlo. También pude conseguir una cita muy rápido, y tengo que decir que la experiencia fue estupenda.

martes, 28 de febrero de 2017

El teléfono vuelve a sonar

Resultado de imagen de hoping

Esta vez me pilló en medio de una reunión. No recuerdo por qué extraño motivo, tenía el teléfono encendido. Empezó a vibrar de pronto y yo casi me muero de vergüenza. En la pantalla aparecía uno de esos números que me suele llamar para venderme cosas que no quiero. Bajé el sonido para evitar la vibración y guardé el teléfono. 

A los diez minutos empezó a sonar de nuevo. ¡Qué pesados! Con ganas de esconderme debajo de la mesa, volví a mirar la pantalla. Pero ya no era el número de antes. Eran ELLOS. El nombre de la clínica aparecía bien grande en mi pantalla.

─¡Ay...!

Cuando llegué a casa, Alma me recibió con una sonrisa. Yo también sonreía. Hablamos de cualquier cosa mientras me quitaba los zapatos y el abrigo. Ninguna de las dos decíamos nada, hasta que lo dijimos.

─¡Han llamado!

Fue Alma quien cogió el teléfono. Le explicaron que ya nos llegaba el turno en la lista de espera para la adopción de embriones, y que en quince días volverían a llamarnos para que fuéramos a consulta con las pruebas nuevas. En realidad, esto puede querer decir cualquier cosa, porque la vez anterior nos dejaron esperando casi un mes por una llamada de la doctora que nunca se produjo, para después meternos prisa con una consulta que no nos habían pedido que pidiéramos.

Quiera decir lo que quiera decir, sin embargo, nos han llamado.

El tratamiento tardará, y lo sabemos. Todavía estamos a la espera de unos resultados y debemos acudir a una segunda cita en Inmunología. Además, la medicación para evitar otro aborto se empieza a tomar al menos un mes antes de cualquier intento. Estas dos circunstancias ya significan más de dos meses de espera... y lo que te rondaré, morena.

Pero nos han llamado.

Y mi corazón se ha puesto a latir como loco. Primero, de ansiedad. Ansiedad por cuadrar citas, ansiedad por resultados, ansiedad por protocolos, ansiedad por verle la cara, otra vez, a mi doctora de cabecera. Y después, de miedo. Miedo por el tratamiento, por mis reacciones emocionales, por el resultado. Ante todo y sobre todo, por el resultado.

Alma, sin embargo, está muy contenta. De su mano, poco a poco, voy encontrando algo de serenidad. Nos han llamado, y un nuevo intento es una nueva esperanza.

Podemos hacerlo.

domingo, 12 de junio de 2016

Tsunamis


Hay veces en la vida en que los cambios te arrasan como un tsunami. 
Bueno, no sé si "en la vida", pero sí sé que "en mi vida".

Me ocurrió hace tres años. De pronto, mi cotidianidad, mi día a día, dio un giro de 180º. Mi relación con Alma se rompió, empecé a vivir sola y, por si esto fuera poco, me destinaron a un instituto nuevo, con una fama terrible y, por supuesto, en contra de mi voluntad.

Había días en que no daba crédito. Sentía que el suelo que pisaba se iba a hundir de un momento a otro y que yo caería indefinidamente por la madriguera de conejo hasta aterrizar en el "País de las Pesadillas".

Pero entonces entendí que, en caso de "tsunami emocional", más vale aprender a surfear la "gran ola" que dejar que te engulla y te dé mil revolcones antes de vomitar tu cuerpo en la orilla cual despojo de un naufragio.

Podría decir la fecha exacta. Después de pasarme un mes llorando, me dije a mí misma que había llegado el momento de asimilar lo que había ocurrido. Si se habían juntado tantos cambios, sería porque mi vida entera tenía que cambiar. Y de mí dependía convertir en una oportunidad tanto destrozo.

Entonces no sabía lo que iba a pasar, pero estoy convencida de que mi actitud contribuyó a que pasara.

Alma volvió a casa y, no sin esfuerzo, retomamos nuestra relación. Mi nuevo instituto resultó ser el lugar perfecto para seguir desarrollando mi carrera. Y fue precisamente en este contexto en el que iniciamos la aventura de convertirnos en una familia.

Los últimos meses han estado también llenos de cambios. Coincidiendo con nuestras "vacaciones reproductivas", otros aspectos de mi vida se han montado en una catapulta y han cortado la cuerda sin pedirme permiso. La velocidad del viaje ha sido tan vertiginosa que, en algunos momentos, he llorado de incredulidad.

Pero este tsunami no ha hecho más que empezar. En los próximos meses, tanto Alma como yo nos enfrentaremos a cambios laborales (el mío, modesto; el suyo, mucho más radical) que, nuevamente, pondrán patas arriba nuestro día a día.

Sin embargo, hace meses que pienso que tanto cambio en realidad es la manera que tiene la vida (o "mi vida") de poner orden. De sacudirse el polvo, ponerse guapa y salir a bailar. 

Y es curioso, porque todos estos cambios no son cosas que yo haga, son cosas que me ocurren; cosas que, en gran medida, están en manos de los demás. Y, sin embargo, siento que hay algo de mí latiendo en el fondo de todo ello, que es algo mío lo que necesita poner orden en el caos exterior para que algo de dentro pueda empezar a funcionar. 

En este contexto, claro, no puedo dejar de pensar que nuestro "gran cambio"... también está ahí :)

martes, 6 de octubre de 2015

Un sueño


La otra noche tuve un sueño precioso.

Alma y yo hacíamos una especie de mudanza interior. Teníamos que juntar las dos habitaciones de estudio en una sola. Estábamos en nuestra casa, pero, como suele pasar en los sueños, no era exactamente nuestra casa. Y la habitación elegida para el cuarto común no se parecía a ninguna de las que tenemos: era especialmente luminosa porque estaba llena de ventanas. 

No había que comprar muebles nuevos, todos estaban ya en casa, colocados en otras habitaciones. Y había muchos: dos mesas de estudio, dos sillas de oficina comodísimas, cajoneras... hasta una cómoda. Por momentos, yo me preguntaba de dónde había salido tanto mueble, y me sorprendía al comprobar que había suficientes para llenar todas las paredes (incluso encontraba uno que no cabía en la habitación y lo ponía en el salón).

Para vestir las ventanas, decidimos llevar los estores que teníamos en otras habitaciones. A mí me parecía que iba a ser un desastre, que no pegarían unos con otros y que no se ajustarían a las ventanas. Pero ocurrió todo lo contrario: de repente, teníamos un montón de estores blancos, con una caída preciosa, que se ajustaban perfectamente a las ventanas. Y había para todas, aunque eran muchas y de anchos diferentes. Yo no daba crédito al resultado. ¿De verdad todos esos estores estaban en nuestra casa...?

Fue un sueño de satisfacción, de alegría, de abundancia. Y lo mejor de todo era sentir que, para montar aquella habitación tan estupenda, no habíamos tenido que comprar nada. Todo lo que necesitábamos estaba ya en casa, solo había que cambiarlo de sitio, solo teníamos que llevarlo juntas a esa habitación común.

Al final del sueño, miraba de reojo hacia el pasillo. Porque yo sabía que, si había sido necesario juntar nuestros dos cuartos de estudio en una sola habitación, era porque necesitábamos dejar uno de ellos libre. Sabía también que aquella habitación ya estaba preparada, pero que no debía apresurarme a verla, por más que, a través de la puerta entreabierta, se adivinaran sus muebles.

Saber que esa otra habitación estaba allí me llenó de una secreta confianza.
Aunque todavía no hubiera llegado el momento de utilizarla.

martes, 12 de mayo de 2015

Diez años juntas



Este mes cumplimos nuestro décimo aniversario. Ya han pasado diez años desde aquella tarde en la que hablamos de que ella y yo quizás. No hubo beso, ni petición formal para salir. Como me dijo Alma hace unos días, tan solo fue la primera vez en la que nos referimos a nosotras como una posibilidad. Las dos emprendíamos un camino hacia lo desconocido. Diez años después, todavía lo recorremos. Juntas. Enamoradas. Mano con mano, codo con codo, boca con boca. Felices ambas de haber llegado hasta aquí.

domingo, 3 de mayo de 2015

Huerting



El fin de semana pasado nos dedicamos a hacer huerting: compramos unas macetas, sustrato, fertilizante y unos cuantos sobres de semillas; las plantamos como más o menos nos pareció, las regamos con cuidado y las dejamos en la terraza, tapadas con film transparente agujereado.

Al día siguiente cayó una tormenta de campeonato. Tuvimos que acudir en socorro de nuestras macetas, porque se estaban anegando. Pensamos: "Ya está, ya se murieron todas las semillas, seguro". Pero las seguimos observando, regando una vez que se secaron, con la calma que aporta el haber dejado los sobre vacíos en la creencia de que algo saldría, por estadística, y si no, bueno, otra vez tendríamos más cuidado y lo haríamos mejor.

Ha pasado una semana y casi todas las macetas están llenas de brotes. Los tomates cherry, asomando su tallo encorvado antes de erguir las dos hojitas. La albahaca, que ya hasta se gira hacia donde le viene el sol. El tomillo, tímido pero aguerrido. Las lechugas, una legión de color verde que amenaza con acabar devorándonos antes de ser devoradas.

Una pequeña alegría, algo nuevo que hacer juntas, el alivio de ver crecer las plantas que están fuera del alcance de los gatos, la esperanza de comernos algo de lo que sembramos y, sobre todo, la reconciliación con el ciclo de la vida, que se renueva constantemente por más piedras (superpoblación, tormentas, manos inexpertas) que se encuentre en el camino.

martes, 26 de agosto de 2014

Re-luna de miel



Cuando Alma y yo nos conocimos, una de las primeras cosas que tuvimos en común fue nuestra fascinación por Alemania. Ambas habíamos visitado el país antes de empezar a salir juntas y nos había enamorado: la gente, los paisajes, la historia... ¡y los escaparates llenos de dulces! Como ninguna de las dos había estado en la capital, sin embargo, el viaje a Berlín se convirtió de manera natural en uno de los planes idiosincrásicos de nuestra relación.

A pesar de ello, los años pasaban y entre nuestros destinos nunca se encontraba Berlín. Durante mucho tiempo, yo me sentí incapaz de coger un avión, ya que una de las formas que tomó mi depresión fue un insuperable miedo a volar. En los momentos más duros, ni siquiera era capaz de coger un tren sin pasarme todo el viaje temblando, así que imaginarme despegando fue durante años algo simplemente inalcanzable para mí.

Cuando por fin recuperé las fuerzas y volví a coger un avión, nuestra relación empezó a hacer aguas por todas partes y las ilusiones que durante años nos habían motivado se fueron quedando atrás. Finalmente, el año pasado decidimos separarnos sin saber, como es lógico, si íbamos a volver. Entre todas mis tristezas de entonces, recuerdo una que me hacía sufrir bastante: "Y al final... ¡ni siquiera fuimos a Berlín!".

Así que este verano, después del disgusto y el cansancio acumulados tras varios negativos, decidimos planear un viaje especial. Necesitábamos hacer algo que no habríamos hecho si me hubiera quedado embarazada (porque ahora soy capaz de viajar en avión, pero me tengo que drogar), además de darnos un premio que nos revitalizara individualmente y le diera un respiro a nuestra relación. Y aunque la cuenta bancaria se había quedado temblando, nos liamos la manta a la cabeza y pasamos cinco días de vacaciones en Berlín.

Fue un viaje inolvidable. No solo porque nos lo pasamos fenomenal y cumplimos uno de los sueños que tenemos en común, sino por todo lo que lo hemos disfrutado después, montando nuestro primer álbum digital, viendo un montón de películas y documentales alemanes en versión original, chapurreando las cuatro palabras que (en mi caso, porque Alma ya sabía) he aprendido en alemán...

Tan especial ha sido y tanto lo hemos alargado, que no dudamos en considerar ya el viaje a Berlín como nuestra re-luna de miel.

viernes, 11 de julio de 2014

El piano



Una de las cosas que más me enamoró de Alma cuando la conocí fue su amor por la música. Y no me refiero solo al gusto por escucharla, sino también y muy especialmente al placer de ejecutarla: Alma sabe tocar la guitarra, varios instrumentos de percusión (batería, xilófono, djembé...) y, por supuesto, el piano.

Creo que nunca podré olvidar el día en que me invitó a casa de sus padres y tocó unas piezas que había compuesto para mí. Me pareció que no podía existir un ser más hermoso que ella acariciando aquellas teclas, moviéndose suavemente al compás de la música; y que no podía haber un acto de amor más grande que el que ella me regalaba en aquellos instantes.

Cuando nos fuimos a vivir juntas, Alma tuvo que dejar el piano en casa de sus padres. Intentó sustituirlo por un teclado durante un tiempo, pero no era lo mismo: para una persona que aprecia el tacto de los instrumentos, la sutileza de las cuerdas no se puede comparar con un zafio sonido grabado.

Hace poco, sin embargo, me propuso que nos trajésemos el piano. Se había dado cuenta de que realmente lo echaba de menos y de que le haría muy feliz poder tenerlo en casa para tocarlo cuando quisiera. Dicho y hecho: contactamos con una empresa de transporte de pianos y desde hace unos días lo tenemos en casa.

miércoles, 4 de junio de 2014

Nuestro día



Y llegó nuestro día. El día de nuestra boda.

Las dos estábamos de acuerdo en cómo queríamos organizarlo: ir al juzgado acompañadas de nuestros testigos, firmar y comer todos juntos. Ni Alma ni yo teníamos la ilusión de celebrar una boda al uso, y tampoco podíamos permitírnoslo en este momento, pues nuestra economía y nuestras mentes están absolutamente comprometidas con la aventura familiar en la que nos hemos embarcado. 

Y así fue más o menos como se desarrolló: a los testigos se les unieron nuestra cuñada y mis suegros (no hubo manera de negarse, jeje), la firma tuvo lugar en una sala más apañada de lo que esperábamos y con un discurso más jocoso y emotivo del que habíamos imaginado, y la comida salió inexplicablemente bien (a pesar de que nos decidimos aquel mismo día por un restaurante de nuestro pueblo del que no nos fiábamos ni un pelo).

Y aunque habíamos decidido casarnos solo para poder legalizar nuestra familia cuando la tuviéramos, al empezar a contárselo a la gente y recibir sus felicitaciones (incluso algunos regalos inesperados), nuestra boda dejó de ser un mero trámite burocrático y empezó a cobrar importancia en sí misma. De pronto, nos hacía muchísima ilusión estar casadas y considerábamos nuestra decisión como una celebración de nuestro amor, de todo lo que hemos pasado juntas durante estos nueve años, y de todo lo que deseamos que nos quede por vivir.

Por eso, cuando llegue el momento, nos encantaría celebrarlo con toda la gente que nos quiere y a la que queremos. Era algo que ya habíamos pensado antes, pero ahora que sabemos que el matrimonio nos sienta fenomenal, cobra mucho más sentido compartirlo. Sobre cuándo será el momento, como sobre casi todo lo que pasa en nuestra vida últimamente, no podemos estar seguras. Pero es posible que esto, que no depende de la biología, ni de la medicina, y muy poco del banco, pueda materializarse en cuanto nuestros corazones se liberen de tanta congoja y se sientan libres, una vez más, para acoger la alegría y llenarse de emoción.

¡Vivan las novias! ¡Vivaaan!

sábado, 3 de mayo de 2014

¡Nos casamos!



Después de muchos (¡muchísimos!) meses arreglando papeles, por fin tenemos fecha para casarnos.

Comenzamos el papeleo en verano. Nos presentamos muy contentas en el ayuntamiento de nuestro pueblo y, prácticamente, les anunciamos la boda. A los funcionarios les pareció una noticia estupenda, y entendieron que ya teníamos resuelto el expediente judicial. ¿Expediente? ¿Qué expediente? Aquel día aprendimos que, antes de poder casarse, un juez debe examinar los datos de los contrayentes para darles permiso. Era la primera noticia que teníamos sobre el tema, nosotras y la mayoría de la gente que conocemos (incluidos los casados por la Iglesia).

Así que, con las mismas, nos fuimos al juzgado. Allí nos dijeron que en verano no daban cita para estos eventos, por lo que deberíamos volver en septiembre. Volvimos en septiembre y, antes de explicarnos el proceso, tuvo lugar una de esas anécdotas bochornosas que quedarán para los anales de nuestra historia:

— Así que os queréis casar —dijo la funcionaria—. ¿La dos?
— Sí —respondimos nosotras, un tanto extrañadas—... ¡la una con la otra!

Quizá fueron los nervios del momento, pero nos pareció un equívoco graciosísimo y nos pusimos a reír a carcajadas. A la funcionaria no pareció hacerle ninguna gracia, ya que no se dignó siquiera a sonreírnos y nos explicó el procedimiento en un tono muy serio. Pensándolo después, esta actitud me pareció profundamente irrespetuosa. ¿Qué se pensaba que éramos? ¿Dos amigas muy amigas que pretendían casarse el mismo día? Por si esto fuera poco, la cita que nos dieron para iniciar el expediente (¡solo para iniciarlo!) iba a tener lugar unos cuantos meses después... ¡En febrero! 

jueves, 2 de enero de 2014

Estrenando año



Una ciudad hermosa. Largos paseos bajo el sol.
Comer sin preocupaciones. Hacer el amor.
Dos uvas de más. Un beso.
Nuestras lentejas. Y un cine barato.

Contigo.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...