Durante nuestra primera consulta, el inmunólogo me explicó que, en principio, para este tratamiento repetiríamos la misma pauta de medicación que habíamos seguido en el embarazo de mi hija, ya que, evidentemente, había resultado más que adecuada. Sin embargo, teniendo en cuenta los nuevos descubrimientos en cuanto a mi genotipo de KIR, así como a la reacción autoinmune que me había provocado la covid, el inmunólogo me preguntó si estaba dispuesta a probar algo más:
lunes, 28 de agosto de 2023
La pauta de medicación (y lo que no pudo ser)
jueves, 27 de julio de 2023
Revisión en Inmunología o El diagnóstico que nunca termina
Todavía me duraba el subidón de la revisión ginecológica en la nueva clínica cuando, apenas dos semanas después, tuve la primera consulta con mi inmunólogo: el mismo que por fin me diagnosticó de trombofilias y síndrome antifosfolípido, y gracias al cual logré tener a mi hija.
La verdad es que, hasta entonces, había estado mucho más preocupada por la parte ginecológica que por la autoinmune. Me obsesionaba la idea de que mi aparato reproductor hubiese colapsado nada más cumplir los cuarenta mucho más que el pequeño gran detalle de llevar casi un año sufriendo covid persistente. Así que, una vez que la ginecóloga me confirmó que estaba todo bien, di por hecho que la parte inmunológica no sería más que un paseo: validar el mismo tratamiento que funcionó para mi hija y ¡chau!
Seguía siendo diciembre y yo pensaba que estaba a un solo análisis de empezar. Enero, febrero a más tardar. Una vocecita en mi cabeza, sin embargo, me recordaba que también era diciembre cuando pisé una clínica de reproducción asistida por primera vez. Que también entonces pensaba en enero, febrero a más tardar. Y que no pude hacer mi primera inseminación artificial hasta abril. Pero entonces era joven e inexperta, me decía. Y la voz en mi cabeza respondía: ya.
Aun así, enfrenté la primera consulta telemática rebosante de optimismo. El hecho de que no fuera presencial también me animaba: todavía recordaba los desplazamientos tediosos y las horas de espera en el hospital donde hacía seis años pasaba consulta mi inmunólogo. Una de las pocas ventajas que ha traído la pandemia, pero una ventaja al fin y al cabo.
Cuando le vi aparecer en la pantalla, me dieron ganas de soltar grititos de emoción. Nuevamente, fue como volver a ver a un ídolo de mi juventud, con su sonrisa de oreja a oreja y su amabilidad característica. De hecho, tuve que sujetarme para no pasarme de groupie como hago cada vez que se lo recomiendo a alguien y le explico que a él le debo la vida de mi hija.
Como pensaba que mi caso no iba a revestir ningún interés, había preparado una serie de preguntas sobre la covid persistente para aprovechar la consulta, habida cuenta de que era el primer inmunólogo con el que hablaba desde que había desarrollado la enfermedad. Lo cierto es que se mostró muy interesado en mi situación y me explicó que era perfectamente esperable que, con mis antecedentes autoinmunes, una infección "potente" como la covid hubiera provocado una sobrerreacción de mi sistema inmunológico que me hubiera acarreado síntomas con los que todavía bregaba cuando tuve la consulta (fundamentalmente, fatiga moderada y niebla mental), ya que estos síntomas son también propios del SAF. Es decir, que en cierto sentido, la covid me había provocado SAF. Dado que esta enfermedad no tiene cura, le sorprendió que mi evolución fuera tan positiva, aunque también es verdad (y ahí seguimos con la incertidumbre) que el SAF, como otras enfermedades autoinmunes, se manifiesta mediante brotes: hoy crees que estás bien y mañana, vuelta a empezar.
En cualquier caso, al covid persistente no le dio mucha importancia en relación a mi historial reproductivo. No hizo falta, de hecho, para que mi historial reproductivo se revelase como una bomba de relojería que explotó durante la consulta.
Ilusa de mí, que ni en mis peores pesadillas me lo había imaginado.
miércoles, 1 de julio de 2020
Causas de infertilidad y COVID-19
Menuda pareja la del título, ¿verdad? Por un lado, la infertilidad, esa tragedia íntima que las mujeres tendemos a vivir de manera personal desde tiempos inmemoriales. Por otro, la enfermedad del momento, causante de una pandemia mundial que, en mayor o menor medida, nos afecta a todos los seres humanos. ¿Acaso dos condiciones tan aparentemente distanciadas pueden estar relacionadas? La respuesta, por desgracia, es afirmativa.
Al poco tiempo, sin embargo, un artículo del periódico me introdujo en el hasta entonces desconocido mundo de las "patologías previas". Empecé a leerlo por pura curiosidad, pero lo que descubrí me inquietó bastante: entre las variables que aumentaban el riesgo de padecer un cuadro grave (poco más que la edad y el género por aquel entonces), se hacía mención, casi de pasada, a los trastornos en la coagulación de la sangre.
Y para reivindicar, una vez más, que la infertilidad es más que un drama lorquiano: es UNA ENFERMEDAD. Una enfermedad ninguneada, minusvalorada, relegada a mero "capricho", a "cosas de mujeres". Porque creo que, precisamente ahora que la Ciencia vive un momento de humildad autoimpuesta, de solidaridad obligada, se dan los requisitos necesarios para que se escuche nuestra voz.
miércoles, 17 de octubre de 2018
El último pinchazo

viernes, 6 de julio de 2018
La tripa crece (final)
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| Un hurra por mi camiseta, que aguantó hasta el final :) |
Como suele pasar, lo peor era tumbarse en la cama. La verdad es que fue entonces cuando empecé a profundizar en el respeto que merece nuestro útero, porque había veces en que, intentando darme la vuelta, no entendía cómo mi tripa no se rajaba y el bebé se escurría por un lado. Para maniobrar de esa manera, tenía que sujetarme la tripa con las dos manos, empujándola al compás del resto de mi cuerpo; cada vez que lo hacía, podía notar perfectamente el contorno de mi hija, su peso en mis manos, y no daba crédito a que todo aquello (el bebé, la placenta, los miles de litros de líquido amniótico) estuviera firmemente contenido por un órgano que, en su estado normal, apenas tiene el tamaño de una pera (!).
Lo cierto es que sentía unas ganas irrefrenables de parir. Así, llanamente: ganas de parir. Era algo que me llamaba mucho la atención, porque yo pensaba que, según se acercara el momento, me iría asustando. Sobre todo porque, durante el embarazo, apenas había sentido miedo hacia el parto. Quizá un poco, al cumplir los seis meses, cuando entendí que aquello ya era imparable y que el final se acercaba. Pero enseguida me puse a leer como una loca sobre el parto, y se me pasó el susto. Así que yo pensaba que todo el miedo saldría al final; pero no, fue al contrario: no veía el momento de empezar a sentir contracciones y saber que el momento había llegado.
Mis ganas de parir también estaban causadas por un miedo que sí que tenía: el de no ponerme de parto y que me lo tuvieran que inducir. Necesitaba sentir que mi cuerpo estaba listo para tranquilizarme sobre la posibilidad de que no lo consiguiera.
Esto me trajo mucho malestar durante las últimas semanas. Las recomendaciones, las advertencias que te hacen hacia el final del embarazo, tuvieron en mí el efecto de hacerme sentir responsable sobre lo que mi cuerpo hacía o dejaba de hacer. Focalicé toda mi ansiedad en lo que más me costaba, que era salir a dar un paseo cada tarde. Estábamos en pleno febrero, hacía un frío de mil demonios, anochecía temprano y yo tenía una tripa que parecía que me había tragado un elefante. Ahora entiendo que me costara andar, y mucho más hacerlo sola. Pero entonces solo me machacaba pensando que, si no caminaba, no me pondría de parto, y que, si me lo inducían, sería por mi culpa.
De verdad que hoy pienso que no es así para nada. El embarazo, desde el principio hasta el final, es un mecanismo bastante autónomo, que, para bien y para mal, no podemos dirigir mediante nuestra voluntad. Una cosa es potenciar nuestra salud, que es una idea estupenda, y otra, pretender controlar el desarrollo de nuestra gestación, algo imposible. Y a mí me parece que esos discursos tan abundantes sobre todo lo que debes hacer para preparar tu parto no hacen honor a la verdad de nuestros cuerpos, sino que nos cargan con una responsabilidad que ya quisiéramos que fuera nuestra.
A comienzos de la semana 38 tuvimos la que sería nuestra última revisión médica. Todo iba muy bien: en el monitor ya se registraban más contracciones y nuestra niña había alcanzado un peso estupendo: 3,100 kg. En esta ocasión había una estudiante de prácticas, así que la ginecóloga, que no era la que nos había atendido anteriormente, quiso enseñarle alguna cosa especial durante la ecografía. Y lo que vimos fue a nuestra pequeña bebiendo líquido amniótico. ¡Fue tan bonito...! Solo pudimos ver sus labios y su lengua, porque el resto de la cara seguía fuera del alcance de los ultrasonidos, pero fue una imagen hermosísima con la que despedirnos de la vida intrauterina de nuestra hija.
La belleza de esta imagen, sin embargo, no nos distrajo de nuestro objetivo principal, que era consultar sobre la necesidad de inducir el parto en la semana 40 debido a mi SAF. Afortunadamente, esta ginecóloga no estaba de acuerdo con un protocolo semejante, y nos explicó que, en mi caso, el único motivo para inducir el parto antes de tiempo sería que el bebé fuera macrosómico a causa a la diabetes; cosa que, evidentemente, no estaba ocurriendo, por lo que no había ninguna razón para no esperar hasta pasadas las 41 semanas.
Aquello me dejó más tranquila, pero reconozco que ya tenía la bicha metida en el cuerpo y que nada ni nadie me devolvería la confianza perdida. Supongo que esto no dice mucho a favor de mi equilibrio emocional, pero, ¿acaso no es evidente que mi equilibrio emocional, después de todo, pendía de un hilo delicado, fino, casi inexistente...?
El caso es que, esta vez, la visita podría haber sido redonda, pero entonces, seguramente, no habría sido una de mis visitas. En esta ocasión, le tocó a la matrona romper el embrujo: "Por cierto, tienes el estreptococo positivo". ¡Ag! ¡Qué puedo decir...! La noticia me entró por un oído y me salió por el de enfrente, porque mi capacidad para asumir diagnósticos adversos se había desbordado hacía ya mucho tiempo.
Sabía que eso implicaba estar atada a un gotero durante el parto, algo que, definitivamente, no formaba parte de mis planes. A esas alturas, sin embargo, ya no me encontraba las fuerzas para enfrentarme a la adversidad. Tenía la sensación de que cada cosa que me buscaban, la encontraban; así que solo podía esperar a que el embarazo acabara cuanto antes para que no me diagnosticaran nada más.
Y aunque yo no daba un duro por ello, lo cierto es que el embarazo estaba llegando a su final. De hecho, la nueva paranoia que me entró en la semana 38 fue que la niña, después de haber estado colocada, al menos, desde la semana dieciséis, se hubiera dado la vuelta. Porque, de alguna manera, la notaba distinta; y creía que, con mi mala suerte característica, se habría puesto de nalgas o en cualquier otra postura semejante que impidiera, siquiera, intentar un parto natural.
Pero no. Lo que mi pequeña hacía era prepararse para salir :)
domingo, 3 de junio de 2018
Tercera revisión en Inmunología

Estas semanas que estoy relatando trajeron también la última revisión en Inmunología. Concretamente, me hice los análisis del tercer trimestre cuando estaba de 32 semanas y fui a la consulta de 34. La importancia de acudir a esta visita era otro de los motivos por los que temía que se me adelantara el parto, ya que, aunque en la consulta del segundo trimestre el inmunólogo ya me había adelantado algunas de las pautas que tendría que seguir, no habría sabido muy bien cómo aplicarlas en caso de dar a luz antes de tiempo. Por suerte, al final no fue necesario.
En cuanto al resto de la medicación (ácido fólico 5 mg, vitaminas prenatales y vitamina D), debía mantenerlo hasta el parto. Después, y durante seis semanas, tendría que seguir pinchándome la heparina (cuya administración reanudaría 24 horas después del parto) y la vitamina D. Esta pauta era necesaria, en primer lugar, porque el riesgo de sufrir una trombosis aumenta muchísimo durante el postparto, y también porque los tratamientos largos con heparina descalcifican los huesos, algo que la vitamina D contribuye a minimizar.
En mi caso, no obstante, podría haber sido suficiente con una profilaxis de tres semanas, pues la actividad de mis anticuerpos es muy baja. Para asegurarnos, habría tenido que repetirme los análisis tras el parto, ya que, según me explicó el inmunólogo, la placenta es lo que altera el sistema inmune, por lo que, una vez expulsada, este debería recuperar su equilibrio. El problema, sin embargo, es que se trata de unos análisis muy caros, que solo hemos costeado mientas ha sido absolutamente necesario. Después de diez meses de tratamiento con heparina, no íbamos a desplazarnos a la otra punta de Madrid con una niña recién nacida solo para ahorrarnos algunos pinchazos. Al inmunólogo tampoco le pareció necesario, por lo que, finalmente, hice la profilaxis completa.
Por otro lado, le pregunté sobre la necesidad de hacer un seguimiento de mi SAF una vez finalizado el embarazo. Y él me dijo que, en principio, no era necesario, ya que mi SAF es obstétrico y, por tanto, fuera del embarazo es como si no lo tuviera. No obstante, si en algún momento notaba "algo raro" (esas cosas tan raras que te ocurren con las enfermedades autoinmunes), me recomendó que intentara conseguir una cita en Inmunología de la Seguridad Social, puesto que una nueva visita a Hematología probablemente no me reportase nada, tal y como ocurrió la primera y la segunda vez que fui.
Una vez aclarados todos estos puntos, llegó el momento de la despedida. Como siempre, el inmunólogo fue muy cariñoso y atento, y a mí se me hizo un nudo en la garganta, porque, ¿cómo te despides del médico a quien le debes la vida de tu hija? ¿Qué palabras harían justicia al inmenso agradecimiento que sientes...? Estoy segura de que nada de lo que dije hizo honor a todo lo que le debemos; tan solo deseo que se sienta plenamente satisfecho con la labor que realiza, pues para mí es, sin duda, el mejor profesional con el que me he encontrado a lo largo de todos estos años, no solo porque conmigo haya dado en el clavo, sino por su altura científica y humana. Algo que debería ser básico en cualquier profesional sanitario, y que, tristemente, no abunda, ni en un sentido, ni en otro (ni en los dos).
Mientras subía la calle en la que tenía el coche aparcado, no podía dejar de pensar en el primer día en que pisé aquella consulta, en la sensación de irrealidad al saberme candidata a padecer alguna enfermedad "rara". Recordaba cómo lloré cuando supe que padecía dos trombofilias que, por sí solas, ya explicaban mi historial reproductivo. Y la cara de alucinada que se me quedó al descubrir que, además, también sufría SAF.
Pero ya estaba. ¡Ya estaba!
La pesadilla había concluido.
Acaricié mi tripa de casi 35 semanas y supe que lo habíamos conseguido :)
(Os dejo una lista con los resultados de mis análisis a lo largo de estos años para que podáis consultar o comparar datos: es algo que yo también hice en su momento y que me vino muy bien).
domingo, 13 de mayo de 2018
La tripa crece (semanas 33 a 36)
Cuanto más tiempo pasa, más extraño me parece hablar del embarazo. Miro las fotos de la tripa y mi cuerpo me resulta ajeno, como si esa no fuera yo. Y no termino de entender por qué me pasa. Como últimamente el cerebro me funciona a medio gas, me quedo con la idea de que fueron muchos años luchando por algo que duró tan solo unos meses, que se hizo largo por momentos pero que, una vez concluido, parece haber pasado en un abrir y cerrar de ojos.
La ginecóloga empezó preguntándome qué tal me encontraba y yo le comenté mi mejoría con respecto a las primeras semanas de reposo, que tan duras me habían parecido.
jueves, 18 de enero de 2018
Segunda revisión en Inmunología
Entre las semanas veinte y veintidós, me hice el análisis de seguimiento correspondiente al segundo trimestre de embarazo. Hasta donde yo sé, la frecuencia de estos análisis es variable, pues hay chicas que controlan su factor anti-Xa cada mes. En mi caso, los análisis son por trimestre, además de un primer control entre tres y cinco días después de empezar a inyectarme heparina. Así que el último me lo había hecho cuando estaba de siete semanas. El inmunólogo, no obstante, me había ofrecido hacerme un control intermedio para que me quedara más tranquila, pero la condición que me puso (que hubiera engordado algunos kilos) tardó mucho en cumplirse, así que, finalmente, no mereció la pena.
Tal y como me explicó el inmunólogo durante la consulta, los resultados demostraban que mi problema residía en las reacciones inmunes de mi cuerpo durante el primer trimestre. Una vez superado ese periodo (¡algo imposible sin la medicación adecuada!), mi cuerpo había logrado acostumbrarse a la presencia de ese "agente extraño" que es nuestra hija y, por fin, se había relajado. No obstante, debía seguir inyectándome la misma dosis de heparina, aunque, con toda probabilidad, podríamos bajarla un poco durante el tercer trimestre, a medida que se acercase el parto.
Los otros parámetros también estaban muy bien. La homocisteína, por ejemplo, había bajado hasta 3,73: el propio inmunólogo me dijo que hacía mucho que no veía una homocisteína bajar tanto solo con ácido fólico masivo y una dosis prenatal de vitamina B12. En mi humilde opinión, esa bajada tan drástica se habría producido al dejar la metformina, un medicamento que aumenta los niveles de este aminoácido. Yo tampoco había visto nunca mi homocisteína tan baja, pero también es verdad que esta era la primera vez que la medía sin metformina de por medio.
En el caso de la vitamina D, estaba en 54, así que, esta vez, el inmunólogo decidió bajarme la dosis en un par de gotas. Los anticuerpos también nos dieron una alegría: tal y como el inmunólogo había predicho, no se habían disparado: la anti-beta-2 glicoproteína IgM había bajado de 9,70 a 5,30 y la anticardiolipina IgM había subido de 6,24 a 9,43; los valores IgG estaban bajos (1,59 y 1,43 respectivamente). Estos resultados corroboran la idea de que mi SAF es obstétrico y que afecta a mis embarazos, sobre todo, durante el primer trimestre.
La única pega que puedo poner a esta revisión es que, nuevamente, tuvimos que gastarnos una pasta en los análisis tras toparnos con la puerta cerrada en Hematología de la Seguridad Social. Es algo que me indigna, porque nosotras, aunque con mucho esfuerzo, podemos costearlos, pero, ¿qué pasa con todas esas chicas que, pudiendo tener mi mismo diagnóstico, medicación y seguimiento, no consiguen salir del bucle de los abortos de repetición? ¿Qué pasa con nuestro derecho a la salud? ¿Por qué no está cubierto por esa Seguridad Social que todos contribuimos a sostener?
Personalmente, no estoy a favor de la sanidad privada. Hacer negocio con la salud me parece inmoral; discriminar a los pacientes por su poder adquisitivo, también. No encuentro justificación ninguna porque creo que no la tiene. A pesar de ello, he tenido que acudir a estos servicios para poder llevar un embarazo adelante: en un primer momento, porque la sanidad pública me negaba los tratamientos a causa de mi orientación sexual; y ahora, porque la misma sanidad pública se niega a reconocer la enfermedad que padezco.
Me saca de quicio. Y me gustaría hacer algo para cambiarlo. ¿Alguna sugerencia...?
miércoles, 10 de enero de 2018
Soy una discapacitada química
martes, 26 de diciembre de 2017
Consulta en Hematología
viernes, 25 de agosto de 2017
La ecografía de las doce semanas
Al principio empezamos con fuerza. Todas las ecografías habían salido muy bien, y la tercera, especialmente, nos había llenado de confianza. Pero el palo de los análisis de Inmunología fue difícil de superar, sobre todo para mí. No obstante, con el paso de los días y un par de entradas para el blog (!), conseguí racionalizar la experiencia y recuperar la calma. El hecho de que, además, hubiera dejado la progesterona sin ningún sangrado, también me ayudó a no perder la cabeza. Y aunque hubo alguna crisis de síntomas antes de que llegara la gran fecha, en general puedo decir que pasamos los últimos días con bastante dignidad.
A pesar de ello, reconozco que seguía sin querer hablar del embarazo. A veces me planteaba, no obstante, hasta qué punto había convertido la ecografía de las doce semanas en un fetiche. ¿Acaso estaba en tanto peligro durante las semanas previas, especialmente después de la ecografía de las ocho semanas? Y lo que es casi más importante, ¿podía estar segura de que todo iba a ir bien después de esta ecografía? ¿Quién me aseguraba que todo el peligro habría pasado y que el embarazo se desarrollaría sin sobresaltos? En realidad, entendía que mi obsesión con esta fecha no obedecía a la racionalidad, pero ya era demasiado tarde para recoger todas las emociones que había volcado en ella.
–¿Estás medicada?
–Sí.
–¿Y qué tomas?
–Eh... Eh...
–...
–Heparina... Ehhh...
Tardé mil años en recitar la lista de medicamentos y aun se me olvidaron algunos. Menos mal que en el informe de Inmunología venían casi todos y la doctora pudo completarla. Lo peor llegó con las preguntas de siempre, claro:
–¿Es tu primer embarazo?
–Sí.
–... –Alma dándome algunos segundos para ver si era capaz de reaccionar...
–...
–...
–¡Ay, no, no, no! Antes de este, tuve tres abortos.
–O sea, que es tu cuarto embarazo, ¿no?
–... –la galaxia entera dando vueltas sobre mi cabeza....
–...
–Sí...
Creo que, con esa respuesta, tanto la ginecóloga como la enfermera comprendieron mi estado de catatonia profunda. Así que no retrasaron más el momento de pasar a la camilla. Para mi alegría, la ecografía fue abdominal; aunque puedo asegurar que, a esas alturas, ya me daba igual lo que me hicieran: solo quería que me dijeran si el pequeño estaba bien.
sábado, 12 de agosto de 2017
Revisión en Inmunología (II). Completando el diagnóstico
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El SAF, además, es una de las causas de aborto y otras complicaciones obstétricas más reconocidas, mucho más que algunas trombofilias sobre cuyas consecuencias los médicos no se ponen de acuerdo (por ejemplo, las que yo tengo). Según me explicó el inmunólogo, con niveles como los míos, los problemas suelen aparecer durante el primer trimestre, en forma de abortos involuntarios causados por una mala implantación, que es la consecuencia del estado inflamatorio de los tejidos.
Generalmente, si esto se corrige, el embarazo se desarrolla con normalidad, sin que sea esperable que los anticuerpos se eleven más todavía. A pesar de ello, también me comentó la medicación que utilizaríamos si esto ocurría, aunque él apostaba porque no iba a ser el caso. Cuando los niveles son más altos, los problemas surgen en el segundo y tercer trimestre, dando lugar a una serie de complicaciones a cada cual más atroz.




