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miércoles, 15 de mayo de 2019

Crónicas lactantes (III). Así terminó mi parto


Cuando todavía estaba embarazada y leía relatos de partos, me sorprendía que muchas mujeres no finalizaran su historia hasta que el bebé empezaba a mamar. Por aquel entonces, compartía la idea, tan extendida en nuestro imaginario social, de que el parto termina en el momento en que el bebé nace. Y me creía avanzada por recordar que, a pesar de tan manida imagen, tras el nacimiento aún queda alumbrar la placenta (!).

Pero tanto ese imaginario social como yo nos equivocamos. El parto no termina cuando el ginecólogo (o ginecóloga, como en mi caso) da la última puntada y te dejan ahí, con el estropicio hecho y un bebé recién nacido en las manos. Porque el parto es el eslabón que une el embarazo con la lactancia, y una mala puntada en ese sentido es suficiente para truncarla. (Y porque, afortunadamente, no todos los partos incluyen zurcidos).

Son cosas que entendí después, porque, en el momento, tras vivir aquel episodio de terror y violencia obstétrica en que se convirtió mi parto, solo quería que todo el mundo se marchara, quedarme a solas con mi mujer y mi hija, y descansar. Ese fue mi segundo error: pensar que, cuando el bebé nace, todo termina, porque, en realidad, ahí es cuando empieza todo. Y es que el parto puede ser muy cansado, pero la lactancia es agotadora. Y, encima, mucho más larga.

Y empieza de golpe, sin darte casi tiempo a respirar. En nuestro caso, apenas había salido el último sanitario del paritorio, mi hija, ese bebé chiquito y desvalido, abrió la boca y empezó a moverla de un lado a otro, buscando el pecho con avidez. Fue una imagen que me acompañó  durante semanas: aunque hubiera visto vídeos de agarre espontáneo, observar la vida en directo, abriéndose camino con esa fuerza, me dejó profundamente impactada.

Yo me limité a dejarme hacer, porque era lo que había visto en los vídeos y porque no me quedaba otra. Tumbada boca arriba, con el cuerpo insensible de las tetas para abajo y la pierna izquierda inútil cual fardo, ni siquiera podía sostener a mi hija en los brazos. A duras penas conseguía mantenerla sobre mi vientre, e incluso por momentos necesité la ayuda de Alma, pues sentía que la pequeña, todavía cubierta por el vérmix caseoso, se me iba a escurrir como un pececillo y acabaría estrellada en el suelo. El gurruño textil que nos cubría (toalla pequeña, manta fina y, según jura y perjura mi memoria, sábana bajera) tampoco ayudaba.

Otra diferencia con los relatos de partos que había leído, sobre todo con los de partos en casa, es que las profesionales que acompañaban a las mujeres no se marchaban hasta comprobar que el bebé, de hecho, mamaba correctamente. En nuestro hospital (que, según mi matrona, se jactaba de promover la lactancia materna), nadie comprobó nada: salieron huyendo, agotados tras atender EL ÚNICO PARTO DE LA NOCHE, y no volvieron hasta dos horas después.

Se supone que, en esas dos horas de piel con piel, ocurre la magia. Pero hasta la magia más hermosa tiene sus límites. Porque mi hija reptó, a pesar de los trapos que la cubrían, a pesar de la impericia de sus madres, y alcanzó el pezón y empezó a mamar. Y entonces, por primera vez en mi vida, sentí esa fuerza prendida a mi pecho... Y ME HORRORICÉ. ¿Aquello era dar de mamar? ¿Esa sensación penetrante de tener una sanguijuela sorbiéndote las tetas? No, no podía ser. Algo tenía que estar mal, algo no funcionaba. Porque, ya lo decía el libro: DAR DE MAMAR NO DEBE DOLER.

En esos momentos de terror primerizo, me habría venido de perlas que una matrona me hubiera ayudado a incorporarme (¿era siquiera posible, con los siete puntos que me había costado el parto?), mostrándome una postura correcta y, sobre todo, dándome el apoyo moral que requería esa primera experiencia. Al menos, en vez de salir corriendo, y conociendo el estado en que me dejaban, podían haberme ofrecido ayuda, o haberme visitado discretamente, no sé, a la hora. En ausencia de todo ello, agotada como estaba, incapaz de soportar un nuevo revés en forma de dolor, me limité a desenganchar a mi hija del pecho, porque seguro que no se había enganchado bien. Porque dar de mamar no debe doler.

Lo intentamos muchas veces. Mi hija reptaba, se enganchaba... y yo flipaba. Mil ideas acudían a mi mente: no podía dar de mamar tumbada boca arriba, mis tetas apenas sobresalían, no podía sujetarla. Y no podía moverme. Y mi hija era fuerte, pero también recién nacida. Y tendría frío. Sí, se iba a quedar helada. Así que, al final, decidí dejar de intentarlo, y preferí centrarme en abrazarla.

Cuando volvió a aparecer una enfermera, se limitó a preguntarme: "¿Se ha enganchado?". Yo respondí que no y, entonces, recibí un comentario que volvería a escuchar muchas más veces mientras estuve ingresada:

—Uhhhh...

¿Uhhhh? ¿Cómo que "Uhhhh"? ¿Qué coño quería decir con eso? Porque a mí me sonó a: "Hija mía, estás jodida, no vas a dar el pecho en tu puta vida".

Así apoyaban la lactancia materna en nuestro hospital, y mi visita al museo de los horrores se prolongaría durante tres días. 

lunes, 11 de marzo de 2019

Crónicas lactantes (II). La lactancia empieza en el parto


Al contrario de lo que parece entender nuestra sociedad, el parto no es un mero trámite, ese trance molesto que las mujeres debemos atravesar para librarnos del "fardo" y volver a ser las de "antes", como si nada

Después de mucho aprender, reflexionar y vivir, yo siento que el parto es un eslabón trascendental en nuestros vínculos, ese retal primordial en la colcha que nos arropa. Como el alfa y el omega, el parto es culminación y principio, es embarazo y es crianza. 

El parto es parto y también nacimiento. Una persona nace a través de otra: acontecimiento hermoso, sagrado donde los haya. Nada de lo que lo rodee puede cambiar esto. En el hospital o en casa, respetado o violento, autónomo, instrumentalizado, quirúrgico. Una persona nace a través de otra, esa es su fuerza. 

Pero la consideración que se tiene en nuestra sociedad no lo honra. Y esta consideración (ideológica, moral, acientífica) tiene consecuencias. Consecuencias ideológicas y morales, pero también psicológicas, espirituales y, por supuesto, físicas. Las más inmediatas, pues comienzan a los pocos minutos de parir, ocurren sobre la lactancia. 

Aunque, claro, el parto se considera un mero trámite y la lactancia una especie de lotería biológica: tú tienes leche, tú no; la tuya es buena, la tuya no. Desquiciante. Mientras tanto, los hilos que conectan un suceso y otro, que explican esta y otras tantas experiencias de las mujeres, permanecen ocultos, inconscientes. 

Pero yo no me resigno. Gracias a otras mujeres he aprendido que mi parto (inducido, medicado, instrumentalizado... forzado) tuvo múltiples consecuencias, también sobre mi (nuestra) lactancia. Por ello, siento que debo hacer mi parte y explicarlas, para que dejen de estar ocultas, inconscientes.

Para devolverle a mi parto su honor de eslabón trascendental, de retal primordial, no solo en mi vida y en la de mi hija, sino como parte mínima pero importante de la experiencia vital de todas las mujeres que han parido, paren y parirán.

Así que aquí va mi pequeño memorial de agravios:


jueves, 7 de marzo de 2019

Paz


Mi hija ha cumplido su primer año. Y yo también. Un año de parida, de madre, de lactancia. Han sido días de emociones muy intensas, la mayoría positivas; aunque la rabia por el parto, la tristeza, todavía siguen ahí. 

Durante los últimos nueve meses, he ido recordando cada fase del embarazo. También ha sido intenso, hermoso, agridulce a ratos. Pero ya pasó. Con cada vuelta al Sol, esta etapa de mi vida se irá alejando. Y está bien. Hay que dejar espacio para lo nuevo, para el torbellino de la crianza, para lo que esté por venir.

Por encima de todos los vaivenes, atravesando todas esas emociones, cada vez más apagadas, me invade un precioso sentimiento de paz. Han sido muchos años luchando y, por fin, estoy al otro lado. Y aunque la vida es un reto en sí misma, ya no me atenaza esa angustia radical. 

Mi cuerpo y mi corazón por fin pueden descansar.

jueves, 31 de enero de 2019

Crónicas lactantes (I). ¿Se puede dar el pecho sin ser lactivista?


Empiezo una serie de entradas en las que pretendo relatar mi experiencia con la lactancia. Por suerte o por desgracia, en este como en otros tantos temas, me ha pasado de todo. Y aunque en la actualidad disfruto de una lactancia materna que dura casi un año, todo ha sido muy diferente a como me lo había imaginado.

Pero empecemos por el principio. Dicen que el 90% de las mujeres embarazadas desea dar el pecho a su bebé, y yo no era una excepción. Me parecía que la lactancia complementaba la experiencia del embarazo y el parto, como si fueran los tres platos que componen el menú de la maternidad "física". Evidentemente, tener un hijo por esta vía es algo mucho más complejo que hacer una reserva en un restaurante de esos que vienen en cajitas. Y aunque yo debía haberlo supuesto después de todo lo que había vivido con la reproducción asistida, resultó que, en realidad, no tenía ni idea.

Mis intenciones, no obstante, eran buenas. Quise prepararme para la lactancia como había intentado prepararme para el embarazo y el parto, así que empecé leyéndome un libro. Como no puede ser de otra manera, el elegido fue Un regalo para toda la vida, del archifamoso Carlos González. ¡Uf! Podría escribir TANTO sobre ese libro... Algún día espero escribir TANTO sobre ese libro... Pero, por aquel entonces, todavía me reía con sus chistes y compraba todos sus argumentos. Carlos González tenía razón en todo. Y, sobre todo, tenía razón en una cosa: dar de mamar no debería doler. ¿Habéis escuchado unas carcajadas maléficas? Pues son las mías.

Afortunadamente (repito: AFORTUNADAMENTE), no me quedé solo en la teoría y acudí a un par de reuniones de La Liga de la Leche antes de dar a luz. Fue una de las cosas que me salvaría la vida después, y lo que me introdujo, cual Virgilio, en el fascinante mundo de dar la teta.

Mucho de lo que se trató en aquellas reuniones todavía me sonaba extraño, porque, hasta que no tuve a mi hija, no comprendí realmente el alcance de retos como las noches sin dormir o la incorporación al trabajo. Y otro tanto me parecía fácil, como las técnicas para dar de mamar. ¡Era tan sencillo en las tetas de las demás...!

Lo que me  llamó poderosamente la atención, sin embargo, fue la cantidad ingente de críticas y comentarios malintencionados que tenían que soportar las mujeres que conocí por el simple hecho de amamantar. A mí me parecía una decisión de lo más natural, y aunque no esperaba que me ovacionasen por ello, tampoco imaginé que dar la teta se transformaría en una guerra sin cuartel.

Obsesionadas, las llamaban. Radicales, intransigentes, cabezotas. Excepto una mujer y la propia monitora, todas tenían bebés menores de seis meses y muchas ya habían recibido miradas reprobatorias por amamantar a un niño demasiado mayor. Me resultaba alucinante. ¿Qué nos pasaba, como sociedad, como personas, para criticar con tanta ferocidad algo tan sencillo? ¿Acaso dar la teta no era, como yo me había imaginado, simplemente lo que venía después de gestar y parir?

Fue entonces cuando empecé a preguntarme si era posible dar el pecho sin adoptar una actitud de defensa activa de la lactancia materna. En mis planes nunca estuvo la idea de tocar las narices a nadie, pero ya en aquellas reuniones me quedó claro que vendrían a tocármelas a mí. Y vaya si vinieron. Vaya si vienen todavía.

Que si la niña se pone mala de tanta leche que toma. Que si está gorda. Que si está flaca. Que si es imposible que tenga hambre, que soy yo la que me empeño. Que si ya no le pega estar en la teta. Que si no querrá "ver mundo". Que si en realidad no come, sino que me utiliza de chupete. Que cuándo le voy a dar comida de verdad, como los biberones. Que si le doy de mamar cada vez que me lo pide es porque le consiento todos los caprichos. Que qué es eso de despertarse a mamar de noche, que ya debería dormir todo seguido. Que a ver si voy a ser como las abuelas, que daban de mamar a niños que venían andando y les levantaban la camiseta.

No es fácil responder a todo esto. Porque parece que, si te defiendes, estás atacando otras opciones, otras experiencias, cuando es justamente al contrario. Yo me saco la teta cuando mi niña me lo pide y punto. Es todo lo que hago. Pero resulta una gran afrenta. Y eso es algo que no entiendo.

O mejor dicho: sí que lo entiendo. Cada día lo entiendo mejor, y entenderlo está siendo toda una revolución, íntima y felizmente colectiva. Pero eso ya es otra historia.

Después de un año de lactancia, a mí me ha quedado claro que no se puede dar el pecho sin ser lactivista. Esta palabra, el concepto mismo, no debería ni existir, pero desgraciadamente, es necesario. Porque es necesario hacer mucha pedagogía. Enseñar a quienes te rodean que el pecho tiene miles de años de antigüedad y que funciona de una sola manera, no como ellos se empeñan.

A estas alturas, evidentemente, me tocan las narices mucho menos que al principio, pero a mí me sigue dando pena. Porque una sola generación "de biberón" ha dado al traste con toda una cultura ancestral, porque la excepción se ha convertido en la regla. Pero bueno, por suerte hemos reaccionado a tiempo. Por suerte ha sido una sola generación, porque la cagada era tan grande que resultaba insostenible.

Y con cagada no me refiero a dar el biberón: precisamente, fue en las reuniones de La Liga de la Leche donde más insistían en que se tratara esta opción con el máximo respeto, y después de mi experiencia, no puedo más que entenderla. Con cagada me refiero a empeñarse en que el pecho funcione como se le antoje al pediatra de turno, y encima tener que aguantar que Carlos González se ría de la "obsesión" que tenemos "las madres" con el reloj. Eso sí, críticas a la profesión pediátrica que jodió la lactancia de nuestras propias madres, ninguna.

En fin. Cualquiera diría que soy una de esas mujeres afortunadas a las que la lactancia les resultó lo más natural del mundo. ¡Nada más lejos de la realidad! Solo con conocer el relato de mi parto ya se puede predecir que los comienzos fueron durísimos. Y es que, si mi cuerpo no parecía hecho para gestar, mucho menos lo parecían mis tetas para dar de mamar.

Pero me empeñé, así me dejara las tetas por el camino.
Y eso fue justo lo que ocurrió :)

viernes, 25 de enero de 2019

SOP para mayores de 35 años


–No te preocupes, el SOP es una característica de los ovarios jóvenes: según te acerques a la treintena, sobre todo si tienes hijos, se te irá pasando.

Creo que desde ese rincón del tiempo se pueden escuchar mis carcajadas presentes. Porque, según me acerco a la cuarentena, y aun habiendo tenido una hija, mi SOP no solo no mejora, sino que cada vez da más miedo.

El SOP es una condición endocrina del cuerpo que te acompaña, no sé si desde que naces, pero desde luego sí hasta que te mueres. Supongo que, con la menopausia, dejará de observarse el síntoma que le da nombre, porque la ausencia de ovulación implicará también la ausencia de folículos. Lamentablemente, el sistema endocrino no reside en los ovarios, sino en las hormonas, y estas sí que te acompañan hasta el último día.

Creo que las mujeres con SOP sufrimos un infradiagnóstico y, en general, una infravaloración de nuestra condición. Lo cual no es ninguna sorpresa, porque esto le pasa a cualquier mujer, y más si sufre una enfermedad "de mujeres". Entre las muchas consecuencias de esta situación, una de las que más me molestan es que apenas se reconozcan las relaciones que los diferentes síntomas del SOP mantienen entre sí.

Si estás gorda, calva, llena de pelos y granos, si te viene la regla cada tres meses o cada quince días, en cantidades ingentes y con un dolor inenarrable, y lo mejor, si además estás deprimida (que es mi síntoma preferido porque... ¿cómo no deprimirse?)... pues nada. ¿Qué te va a decir un médico? Absolutamente nada. 

Que adelgaces. Que te hagas la depilación láser. Que no te toques los granitos. Que te eches cremas o te tomes una pastilla para adolescentes. Que no te estreses. Que uses ibuprofeno. Que te des a los antidepresivos o a los ansiolíticos. Y que pruebes con la píldora.

Y eso es lo que yo hacía: cuando los ovarios se me ponían flamencos, me tomaba la píldora y a descansar. ¿Curaba eso el SOP? No, porque el SOP no tiene cura. ¿Paliaba la deriva chunga de la enfermedad? ¡Ni mucho menos! Pero que se me "regularan" algunos síntomas para mí era suficiente.

El problema es que, a partir de los treinta y cinco, se acabó lo que se daba. Sé que hay mujeres que siguen tomando la píldora a pesar de la edad, pero yo no puedo hacerlo porque me arriesgo a sufrir una trombosis. Aunque, según mi inmunólogo, si no me ha dado una trombosis con todos los años que he tomado la píldora, seguramente ya no me dé; con una niña pequeña no estoy para jugar a la ruleta rusa. Porque dos trombofilias y un SAF obstétrico ponen muchas balas en mi recámara.

Entonces, ¿cuál es la solución? Pues la solución-solución, no lo sé; pero sí que puedo explicar lo que me está funcionando a mí. Algo que ningún médico ha sabido aconsejarme y en lo que, sin embargo, tengo puestas todas mis esperanzas: vivir desde ya como si fuera diabética.

El origen último del SOP es el mismo que el de la diabetes: un problema con el metabolismo de la glucosa. Y aunque mi cuerpo, tras la diabetes gestacional, parece metabolizar la glucosa como si no tuviera ningún problema, en realidad es solo una apariencia. ¿Y cómo lo sé, si mi curva postparto salió estupenda? Pues porque me lo veo en la cara: dulce que tomo, grano que me sale. No necesito ningún médico para que me lo explique.

Habida cuenta de que esto va a ser así hasta la menopausia, y que después llega lo gordo (diabetes, problemas cardiovasculares, cáncer), más me vale poner monedas en el lado de la salud y reequilibrar la balanza, porque el lado chungo está a tope. Así que, aprovechando todo lo que aprendí en el embarazo (¡quién lo iba a decir!), he recuperado la dieta contra la diabetes y la he hecho mía para siempre.

A grandes rasgos, consiste en eliminar los azúcares simples mientras proporcionas al cuerpo cantidades constantes aunque moderadas de los complejos, para así evitar picos de glucosa pero mantener al páncreas trabajando. Y con azúcares simples no me refiero solo a los dulces, sino también a los azúcares "escondidos", sobre todo en los lácteos y el embutido  (¡el embutido es Satán, en serio!). 

Ahora mismo, tomo hidratos de carbono cinco veces al día. Y como la lactancia me tiene fundida, quien dice cinco, dice seis o incluso siete. La fruta no la he restringido porque tampoco tuve que hacerlo en el embarazo, y de lácteos tomo leche semidesnatada, quesos "normales" (los "light" están podridos de azúcar, es impresionante) y yogur natural. Además, procuro comer toda la verdura que puedo y raciones de proteínas estándar.

Y me va muy bien. Mi acné es leve, se me ha caído el pelo menos tras el embarazo que en otros momentos de mi vida, no me noto un hirsutismo especial y estoy hecha un fideo. Si no canto victoria es porque todavía no me ha venido la regla y no sé cuánto efecto estará teniendo sobre todo esto el tener la prolactina por las nubes. Temo que con el regreso de los estrógenos se vaya todo al garete, así que seguiremos informando.

Una de las cosas que más me ha ayudado con la dieta ha sido que esté coincidiendo con la introducción de la alimentación complementaria de mi hija. Porque lo que no quiero para mí, no lo quiero para ella, y viceversa. Así que estoy aprendiendo a cocinar sin azúcar para las dos: ¿puede existir una motivación mayor? Solo me falta que Alma, que es una adicta al dulce, se pase al lado oscuro con nosotras :)

Pero no todo es dieta en la vida de la persona diabética: cuando hablo de "vivir" como si tuviera diabetes, me refiero también a la necesidad de hacer ejercicio. Durante el embarazo, hice pilates y natación para embarazadas; ahora, cuido de un bebé  (gasto calórico asegurado), le doy de mamar (por si se me había ocurrido la feliz idea de guardarme algún gramo de grasa para mi disfrute exclusivo) y hago pilates una vez por semana, que hasta el momento es todo lo que me puedo permitir. Bromas aparte, mi compromiso con el deporte es grande, y espero poder ir ampliando el tiempo que le dedico a medida que mi hija crece.

Como decía una de mis enfermeras de Endocrinología, lo que es saludable para una persona diabética, lo es para cualquier persona, así que no puedo más que animar a quienes me leéis a uniros también a la cruzada contra el azúcar. Vuestra salud os lo agradecerá... ¡seguro! ;)

domingo, 15 de abril de 2018

La tercera visita a la matrona

Vuelvo la vista atrás para recordar con inmenso cariño una de las mayores sorpresas que me deparó el embarazo.

La tercera visita a la matrona llegó cuando estaba de treinta semanas. 
Una semana antes, empezamos el tan esperado "Curso de Educación Maternal".

Nuestras expectativas eran nulas. La primera visita a la matrona nos había quitado las pocas esperanzas que albergábamos de conocer a una profesional en la que poder confiar. Y la segunda no hizo más que agravar la situación. Así que, para cuando llegó el curso, yo ya me daba con un cantito en los dientes si aprendía alguna cosa.

La primera clase empezó fatal: mucha gente, una dinámica de presentaciones que fue un desastre, la matrona que no terminaba de arrancar... Yo miraba constantemente el reloj. "Un rato más y nos vamos", pensaba. Todavía estaba muy activa y sentía que no tenía tiempo que perder.

Pero, de pronto, ¡bum! En cuanto la matrona se puso a hablar del parto, nos dejó con la boca abierta. Resultó que era una firme defensora del parto respetado y del empoderamiento de las mujeres. Durante la charla, no hice más que asentir, sonreír y aprender a valorar a una señora que, desde entonces, ha resultado una ayuda indispensable para superar los retos iniciales de la maternidad.

Por si esto fuera poco, la matrona tuvo a bien no cumplir sus amenazas de la segunda visita y utilizar un lenguaje inclusivo para tener en cuenta la diversidad de nuestra familia. Vamos, que de vez en cuando, además de "padre" también dijo "pareja" o "acompañante" (!).

El caso es que salimos de la clase entusiasmadas, alucinando con la metamorfosis de la misma matrona que me había recomendado hartarme a bollos o que incluso parecía habernos querido disuadir de asistir al curso.

Cuando volvimos a la consulta con ella, la felicitamos. Ella también parecía contenta de haber "superado la prueba" después de su anterior (y única) experiencia con lesbianas. A día de hoy creo que, en parte, su comportamiento obedecía a una torpeza social que le impedía relacionarse con nosotras de manera normalizada. Evidentemente, a nadie le hace ilusión que la persona que tiene enfrente se ponga nerviosa para mal simplemente porque te muestres como eres; pero también es verdad que, cuando hay buena voluntad, es algo que mejora a base de tiempo y naturalidad. Al fin y al cabo, todos nos hemos criado en una sociedad homófoba, así que, por más que nos joda canse, conviene que tengamos paciencia.

En esa tercera visita me pusieron la vacuna trivalente. "No te preocupes", me dijo la matrona. "La dosis es para un feto, así que no notarás ninguna reacción. Como mucho, alguna molestia en el brazo". ¿Molestia? ¡¿Molestia le llaman a no poder levantar el brazo durante una semana?! ¡Qué dolor más horrible!

Por aquel entonces, solía bromear con que la siguiente dosis se la iban a poner directamente a la niña, que ya estaba bien de que yo pusiera el brazo... Pero ahora, cuando pienso en lo que me dolió y miro a mi hija, ¡me arrepiento tanto de aquellas palabras! Veinte dosis me pondría hoy si pudiera librarla del pinchazo traicionero... ¡Qué duro va a ser ponerle las primeras vacunas! (Y las segundas y todas, me temo, porque me estoy revelando como una madre moñas donde las haya...).

El caso es que, a lo largo del curso, fuimos afianzando la relación con la matrona. Nos encantaron todas y cada una de sus clases porque, además de aprender muchas cosas útiles, consolidamos nuestra visión de lo que debería de ser la experiencia del parto. Yo, particularmente, perdí el poco miedo que sentía hacia la experiencia, confiada en que, si seguía sus indicaciones, todo iría estupendamente. ¡Lástima que después nada saliera como esperaba...!

A pesar de nuestra desgana inicial, al final solo nos perdimos una clase, debido a una segunda visita a urgencias que ya explicaré. Por desgracia, fue la clase dedicada a la lactancia materna. Hoy estoy segura de que, si hubiera podido asistir, mi experiencia habría sido mucho más positiva, y quizá me habría ahorrado alguno de los millones de problemas con los que me he encontrado.

En esa sesión también reforzaron el "simulacro" de expulsivo, que yo no llegué a hacer nunca porque formaba parte de unas clases en las que se hacía ejercicio y a las que yo no pude asistir al coincidir con las semanas en que estuve de reposo. De nuevo, estoy segura de que mi experiencia en el parto habría sido diferente si hubiera aprendido a hacerlo; la mala suerte, sin embargo, parece algo consustancial a mi periplo reproductivo, así que supongo que, a estas alturas, ya debería tenerla asumida.

En nuestro calendario de citas, todavía teníamos programada una cuarta visita con la matrona, que habría podido servir para paliar nuestras carencias con respecto al curso. Sin embargo, los hados volvieron a conjurarse en nuestra contra y nunca pudimos asistir a la consulta, porque la fecha prevista coincidió justamente con el día del nacimiento de nuestra hija.

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