Mostrando entradas con la etiqueta Maternidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maternidad. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de enero de 2023

¿Dónde están las demás?


Mi primera vez en un grupo de apoyo fue con apenas veintitrés años. Acababa de salir del armario con mis padres y mi vida se había convertido en un infierno. Allí descubrí que aquella experiencia que me resultaba tan trágicamente individual, era, sin embargo, una experiencia compartida. El mero hecho de verme reflejada en otras personas que estaban pasando por lo mismo que yo ya me resultó profundamente sanador. Y me enseñó, de una vez para siempre, que no estamos solas.

Desde entonces, cada vez que me he encontrado en una situación difícil, me he hecho la misma pregunta: ¿dónde están las demás? ¿Dónde están las otras personas, mujeres casi siempre, que están pasando por lo mismo que yo en este mismo momento? Y siempre, siempre, las he encontrado: abortos de repetición, lactancia materna, adopción nacional, crianza, familias de dos madres, covid persistente... 

Por eso, cuando este verano llegué a la conclusión definitiva de que, si tenía otro hijo, lo haría yo sola, volví a preguntarme: ¿dónde están las demás? ¿Dónde están las otras locas del coño mujeres valientes que se han atrevido con la maternidad en solitario? Y, como no podía ser de otra manera, volví a encontrarlas.

En esta ocasión, ha sido a través de la Asociación Madres Solteras Por Elección. Empecé participando en su grupo de Facebook, leyendo, aprendiendo y planteando cuestiones que hoy me parecen de lo más estúpido sobre cómo enfrentar la vida cotidiana cuando solo cuentas con tus propias manos. Hasta que un día me atreví a preguntar directamente por la maternidad tras un divorcio y, aunque apenas recibí respuestas en mi publicación, varias chicas me escribieron por privado. Fue muy emocionante conocer sus historias y recibir su apoyo, y fue providencial que una de ellas me contara que, dentro de la asociación, había un grupo específico de mujeres en mi mismo caso.

Tengo que admitir que, por más experiencia que tuviera con los grupos de apoyo, por más que supiera que no estamos solas, no esperaba encontrarme con otras mujeres en una situación tan similar a la mía. ¿De verdad existían? ¿De verdad no era yo la única con una experiencia tan trágicamente individual? Pues no, no lo era. De nuevo comprobé que aquella era también una experiencia compartida.

La posibilidad de conocerlas despejó todas mis dudas sobre si merecía la pena hacerme socia. Enseguida me puse en contacto con la asociación y, con el comienzo del curso, también empecé a participar en los primeros grupos de WhatsApp. La verdad es que no pude resistir la tentación de apuntarme a muchos de ellos, porque casi todos me resultaban significativos. Con el tiempo, no obstante, he ido seleccionando en cuáles quedarme: un número pequeño pero sumamente valioso para mí. 

miércoles, 4 de enero de 2023

Volver a empezar (de nuevo)


Han pasado más de cinco años de aquella última consulta en la clínica de reproducción asistida. De aquella maravillosa mañana en que recibí, por fin, el alta: tres años, siete meses y dieciséis días después de empezar la aventura que me convertiría en madre

Recuerdo perfectamente esa sensación de triunfo extraño, de felicidad nerviosa. Recuerdo dar esos pasos que me alejaban de la puerta pensando que dejaba atrás una experiencia que no se volvería a repetir. Confieso, no obstante, que siempre albergué cierta esperanza, tan remota que incluso la mantuve en secreto. Quizás, algún día... Algún día, como en un sueño, en un delirio de optimismo, de confianza en una Vida que parecía negarme todo, todo... Pero, tal vez... Tal vez, y sin embargo... Nunca desde donde me encuentro hoy.

Y no porque no deseara tener un segundo hijo, desde luego; sino porque la posibilidad que había acariciado durante dos largos años era que ese hijo llegara gracias a la adopción nacional. Una posibilidad que se convirtió en realidad cuando, apenas un año y medio después, nos llamaron para la reunión informativa. Entonces sentí que aquel deseo se cumpliría, que aquel sueño que durante tanto tiempo me había parecido inalcanzable formaba parte inseparable de mi destino.

Porque los motivos que habrían podido hacer que ese destino se torciera me resultaban sumamente improbables. Sin embargo, cual tsunamis que se acercan sigilosos, terminaron por materializarse: la quiebra de una relación que duraría quince años apenas nos convertimos en madres, la pandemia que precipitó un divorcio que llegaba demasiado pronto pero también demasiado tarde, la desaparición de la adopción nacional no solo como posibilidad sino como realidad inmediata y, por si todo esto no fuera suficiente, la enfermedad que terminó de arrasar mi vida, acabando con lo poco que quedaba en pie, con lo poquísimo que había sido capaz de reconstruir. 

Contra todo pronóstico, sin embargo, fue ese vacío inmenso, ese dolor profundo que pensaba que nunca habitaría de nuevo, el que empezó a alumbrar una posibilidad distinta. En medio de aquel páramo que me obligaba a invertir cuidadosamente cada átomo de mi energía, sentí la necesidad radical de priorizar mis objetivos vitales como nunca antes lo había hecho: si solo tuviera fuerzas para un nuevo proyecto, me preguntaba, si solo pudiera asumir una cosa más en mi vida, ¿cuál sería?

De entre todos mis anhelos, solo uno se reveló como irrenunciable: quería volver a ser madre. O más bien, siendo consciente de mis múltiples limitaciones, quería intentarlo. Y es que, aunque la Vida parezca haber conspirado en su contra durante todo este tiempo, eso ha sido lo único que se ha mantenido a flote a pesar de las circunstancias. De hecho, la pregunta nunca ha sido qué, sino cómo.

Hace casi un año traté de reflotar el proyecto de adopción nacional como familia monoparental, pero, desgraciadamente, enseguida comprendí que aquel tren transitaba por una vía muerta. Aunque sea paradójico, lo que viví como una nueva posibilidad, como un nuevo comienzo, se ha terminado convirtiendo precisamente en aquello que me ha ayudado a cerrar para siempre una puerta que, contra viento y marea, me había empeñado en mantener abierta. Mi idilio con la adopción ha terminado.

¿Qué me queda, entonces? Volver a la casilla de salida. Desandar ese camino que hace más de cinco años pensé que no volvería a recorrer. Llamar de nuevo a esa puerta de la que me alejé triunfalmente y descubrir si todavía guarda alguna esperanza para mí.

Enfrentarme al monstruo de la reproducción asistida, otra vez.

jueves, 7 de marzo de 2019

Paz


Mi hija ha cumplido su primer año. Y yo también. Un año de parida, de madre, de lactancia. Han sido días de emociones muy intensas, la mayoría positivas; aunque la rabia por el parto, la tristeza, todavía siguen ahí. 

Durante los últimos nueve meses, he ido recordando cada fase del embarazo. También ha sido intenso, hermoso, agridulce a ratos. Pero ya pasó. Con cada vuelta al Sol, esta etapa de mi vida se irá alejando. Y está bien. Hay que dejar espacio para lo nuevo, para el torbellino de la crianza, para lo que esté por venir.

Por encima de todos los vaivenes, atravesando todas esas emociones, cada vez más apagadas, me invade un precioso sentimiento de paz. Han sido muchos años luchando y, por fin, estoy al otro lado. Y aunque la vida es un reto en sí misma, ya no me atenaza esa angustia radical. 

Mi cuerpo y mi corazón por fin pueden descansar.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Gracias, 2018

No hay duda de que 2018 ha sido uno de los años más señalados de mi vida. 

El año que por fin empezaba embarazada, el año en que nacía mi hija. 

A lo largo de sus meses me he ido construyendo como madre: una de las aventuras más apasionantes y duras en las que me he embarcado jamás. Esa por la que tanto había luchado, la que tanto me ha costado vivir.

Nunca olvidaré la impresión de escucharla gemir bajito sobre mi tripa de recién parida, nuestras interminables horas de lactancia, su primera mirada, su primera sonrisa. La alegría inmensa de verla dándose la vuelta, sentándose, poniéndose de pie. Su atención cuando le canto, le cuento un cuento o le explico lo que vamos a hacer. Sus carcajadas, que iluminan mi vida. Sus manos sobre mi piel.

2018 me ha traído la paz, la sensación de estar colmada, de haber sido bendecida. Por si todo esto fuera poco (¡que no lo es!), este año se ha cerrado con la noticia inesperada de haber sido convocadas de la lista de adopción nacional. Todavía me cuesta pensarlo sin emocionarme hasta las lágrimas. Todavía lucho por asumir esta preciosa oportunidad de manera serena, sin aprestarme de nuevo para la batalla, que parece lo único que sé hacer.

El último día de trabajo antes de las vacaciones todo el mundo hablaba de la lotería. Hacían bromas con todo el dinero que les iba a tocar y con cómo se lo iban a gastar. Yo, que no había comprado ningún décimo, sonreía para mis adentros. Ojalá tocara, aunque yo no me llevara ni un pellizco. Ojalá la suerte se repartiera muchísimo, porque este año 2018... toda la suerte del mundo me ha tocado a mí.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Y... ¿cómo es ser madre con infertilidad?

Me he pensado mucho el título de esta entrada. La primera opción que se me ocurría era: "Y... ¿cómo es ser madre TRAS la infertilidad?". Pero después me di cuenta de que la infertilidad, por más paradójico que resulte, no suele terminar cuando tienes un hijo. La infertilidad, en la mayoría de los casos, es una condición de tu cuerpo que te acompaña antes, durante y después del embarazo.

Reconozco que es algo que me ha costado admitir durante todos estos años. En general, las etiquetas me resultan esencialistas y limitadoras, así que, cuando veía que otras mujeres abrazaban la de "infértil", solo quería mirar hacia otro lado. Me decía a mí misma que no tenía tanto que ver con su significado como con el hecho de colgarse un nuevo "cartelito", pero ahora ya no estoy tan segura. Supongo que no quería reconocerme como infértil porque no quería aceptar todo lo que ello implica.

Curiosamente, ahora que soy madre es cuando ya no puedo seguir mirando hacia otro lado. Ser infértil importa: antes, durante y después. Ser infértil no es como no serlo, como no haberlo sido nunca. Y aunque yo no pueda hablar por boca de todas las mujeres infértiles, porque cada una tenemos nuestras circunstancias en todos los sentidos; sí que he identificado algunos rasgos de la maternidad infértil con los que, quizá, otras mujeres en mi misma situación pueden sentirse identificadas.

lunes, 30 de enero de 2017

Maternar

Resultado de imagen de coser retales

Encontré por primera vez esta palabra en el blog de Amapola, a quien agradezco profundamente que me la haya descubierto :)

Reconozco que al principio no me gustaba. En mi mente se asociaba con "sustituir", con "conformarse". Hacer de madre con hijos que no eran tuyos para darte con un cantito en los dientes al no poder acceder por ti misma a la maternidad. Desahogar ese sentimiento amoroso, tristemente abocado a malgastarse, con niños que nunca serán tus hijos y que nunca te reconocerán como madre.

A pesar de que no me gustaba, no conseguía apartarla de mi mente. Revoloteaba junto a mis oídos y, a veces, se susurraba. La palabra "maternar" tenía algo que sí me gustaba, aunque tardé algún tiempo en descubrirlo.


martes, 6 de octubre de 2015

Un sueño


La otra noche tuve un sueño precioso.

Alma y yo hacíamos una especie de mudanza interior. Teníamos que juntar las dos habitaciones de estudio en una sola. Estábamos en nuestra casa, pero, como suele pasar en los sueños, no era exactamente nuestra casa. Y la habitación elegida para el cuarto común no se parecía a ninguna de las que tenemos: era especialmente luminosa porque estaba llena de ventanas. 

No había que comprar muebles nuevos, todos estaban ya en casa, colocados en otras habitaciones. Y había muchos: dos mesas de estudio, dos sillas de oficina comodísimas, cajoneras... hasta una cómoda. Por momentos, yo me preguntaba de dónde había salido tanto mueble, y me sorprendía al comprobar que había suficientes para llenar todas las paredes (incluso encontraba uno que no cabía en la habitación y lo ponía en el salón).

Para vestir las ventanas, decidimos llevar los estores que teníamos en otras habitaciones. A mí me parecía que iba a ser un desastre, que no pegarían unos con otros y que no se ajustarían a las ventanas. Pero ocurrió todo lo contrario: de repente, teníamos un montón de estores blancos, con una caída preciosa, que se ajustaban perfectamente a las ventanas. Y había para todas, aunque eran muchas y de anchos diferentes. Yo no daba crédito al resultado. ¿De verdad todos esos estores estaban en nuestra casa...?

Fue un sueño de satisfacción, de alegría, de abundancia. Y lo mejor de todo era sentir que, para montar aquella habitación tan estupenda, no habíamos tenido que comprar nada. Todo lo que necesitábamos estaba ya en casa, solo había que cambiarlo de sitio, solo teníamos que llevarlo juntas a esa habitación común.

Al final del sueño, miraba de reojo hacia el pasillo. Porque yo sabía que, si había sido necesario juntar nuestros dos cuartos de estudio en una sola habitación, era porque necesitábamos dejar uno de ellos libre. Sabía también que aquella habitación ya estaba preparada, pero que no debía apresurarme a verla, por más que, a través de la puerta entreabierta, se adivinaran sus muebles.

Saber que esa otra habitación estaba allí me llenó de una secreta confianza.
Aunque todavía no hubiera llegado el momento de utilizarla.

sábado, 11 de octubre de 2014

El mandala rojo



El cuaderno de mandalas que Alma me regaló sugería que se colorearan en un orden preciso, recorriendo un camino de sanación espiritual. Sin embargo, yo preferí hojear sus páginas en busca de inspiración, deteniéndome en las formas de cada uno hasta encontrar el que mejor armonizara con mi estado de ánimo. También me dejé guiar por la apetencia de un color, puesto que, como ya expliqué, pretendía colorearlos basándome en escalas monocromáticas.

Y así, después de darle unas cuantas vueltas al cuaderno, terminé deteniéndome en uno de los dibujos, que incluía unas formas parecidas a las de un corazón. Una vez elegido, no tuve ninguna duda sobre la escala que utilizaría para colorearlo: acababa de encontrar el mandala rojo.

En el cuaderno, este mandala se titulaba "La aceptación". Lo estuve coloreando mientras me hacía las pruebas de diagnóstico, y creo que lo empecé precisamente cuando tuve claro, después de muchos meses peleándome conmigo misma, que no compartiría con mis padres el proceso que estaba iniciando.

Mientras lo completaba, verdaderamente me sentía invadida por la aceptación. Una aceptación emocional de mi pasado: de todo el dolor que había embargado mi alma, de la desesperación, de la lucha, de las experiencias que me habían llenado de miedo e incomprensión. Me sentía invadida por la aceptación, pero también por el amor. Amé todas y cada una de esas emociones, las arrullé con el vaivén de las pinturas hasta conseguir calmarlas, dejando atrás la rabia y el rencor. Las necesitaba dormidas, vivas pero no activas, mientras despertaba el torrente de fuerzas renovadas que requería esa aventura que apenas comenzaba.


Cuando contemplo este mandala desde el momento presente, me doy cuenta de que el dolor que simboliza no es solo emocional, sino también físico. No solo estaba aceptando la pasada entrega de mi alma, sino también, quizá sin saberlo, la futura rendición de mi cuerpo a un ejército invasor que horadaría su carne bajo la promesa de regalarme esa hermosa flor que veía en mis sueños.

Ahora pienso que tal vez este mandala representa, de una manera mucho más completa, la aceptación de la maternidad: un nuevo estado que te obliga a trascender tu historia, tu cuerpo, a entregarte en brazos de la Naturaleza y sus caprichos, a dejarte conquistar por ese inmenso calor que te habita y que esperas que prenda también en una nueva vida.

La lucha, las ganas, la aceptación... pero también la idea que cerraba el pequeño párrafo que acompañaba el mandala: el derecho, necesario e imprescindible, a recuperarse.

viernes, 20 de junio de 2014

Asumir el proceso de reproducción asistida



Antes de tomar la decisión de ser madre, pasé muchos años leyendo e investigando sobre maternidad lesbiana y reproducción asistida. Seguía varios blogs escritos por mujeres que compartían tanto el proceso de búsqueda como el embarazo y la crianza, leía artículos sobre técnicas de reproducción asistida y sobre la crianza de niños en una familia homoparental, veía películas y documentales sobre el tema, etc.

A veces tenía la sensación de que todo ese trabajo no me estaba preparando para ser madre, y que tendría que tomármelo más en serio cuando me pusiera realmente en camino. Sin embargo, cuando finalmente Alma y yo nos decidimos, me di cuenta de que, poco a poco y de una manera bastante agradable y natural, había ido asumiendo casi todos los aspectos de la maternidad lesbiana. Entendía que las personas que nos querían, nosotras como pareja y como individuos, nuestros propios hijos y, evidentemente, el resto de sociedad, tendrían que asumir la existencia de nuestra familia. Todo lo que yo podía ofrecer a favor de este proceso estaba ya preparado, tanto en mi mente como en mi corazón. Además, había tenido mucho tiempo para tomar unas cuantas decisiones estratégicas y para superar unas cuantas pruebas que la vida me había puesto por el camino.

Lo que no había comprendido hasta entonces era que aún me quedaba una cosa por asumir: el propio proceso de reproducción asistida.

miércoles, 23 de abril de 2014

Mi diario de maternidad


Starfish Notebook - beaches, starfish, photography, animals, nature, oceans, beautiful, notebook

Hace meses que escribo un diario de maternidad. Empecé apuntando las fechas importantes, cuándo nos habíamos hecho cada prueba y cómo había ido, pequeñas anécdotas... También le pegué algunas fotos de revistas que me resultan evocadoras. Y últimamente he añadido unas cuantas reflexiones y sentimientos. 

Para mí, escribir un diario es algo bastante natural. Comencé mi primer diario con catorce años, y no dejé de escribir en él casi cada día hasta los dieciocho, así que guardo un registro minucioso de la mayor parte de mi adolescencia. Después, he tenido temporadas de volver a escribir incluso varias veces al día, y otras de no poner una palabra durante meses. Con el tiempo, mis diarios se han ido haciendo menos anecdóticos y han pasado a tener un carácter más reflexivo, aunque siempre han cumplido una función fundamental en mi vida: la de desahogo.

Este diario, sin embargo, es diferente.

lunes, 13 de enero de 2014

Elegir el camino



Desde pequeña he tenido la ilusión de ser madre. Probablemente sea la única ilusión típicamente "de chica" que haya tenido: nunca quise casarme de blanco o algo parecido, pero siempre soñé con tener una tropilla de críos.

En mi adolescencia decidí que tendría hijos biológicos, pero también adoptados. Me atraían las dos opciones y no quería perderme ninguna. Mantuve la idea durante toda la veintena y, cumplidos los treinta, me tocó decidir cuál de los dos caminos escogería primero. Y aunque esta decisión, en principio, no supone abandonar el otro camino, me ha costado muchísimo tomarla.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Las alas son para volar

- Un relato de Jorge Bucay -

Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
- Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, me parece que sería penoso que te limitaras a caminar, teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.
- Pero yo no sé volar - contestó el hijo.
- Es verdad... - dijo el padre y caminando lo llevó hasta el borde del abismo en la montaña.
- ¿Ves, hijo? Este es el vacío. Cuando quieras volar vas a pararte aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo y, extendiendo las alas, volarás.
El hijo dudó:
- ¿Y si me caigo...?

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...