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viernes, 21 de julio de 2023

La vuelta a reproducción asistida


Mi recuerdo oficial de la reproducción asistida siempre ha sido espantoso: una sucesión de pruebas carniceras, desencuentros con el espéculo, tratamientos frustrantes, miles y miles de euros malgastados, sangre, abortos. Mi corazón roto en mil pedazos. En comparación, la adopción se me antojaba un paraíso: alineada con mis valores, sin necesidad de poner el cuerpo, tan solo exigía paciencia (¿pero acaso la reproducción asistida no lo hace?) al módico precio de cero euros.

Por eso me resistí, durante tanto tiempo, a enfrentarme a otro tratamiento. ¿Anhelaba volver a ver un positivo, asistir a la transformación de mi cuerpo, notar los movimientos de un bebé en mi interior, dar a luz de nuevo? Sin duda. ¿Estaba dispuesta a sacrificar otra vez todo lo que había sacrificado para tener a mi hija? Ni en un millón de años: reeditar el ensañamiento físico, la tortura psicológica y la ruina económica no era una opción. Mi opción era adoptar, con o sin pareja. Adoptar: eso quería, ese era mi siguiente paso, mi destino, el camino adecuado.

Hasta que comprendí que era imposible.

Así que, tras pasar unos meses elaborando el duelo, empecé a imaginarlo. Empecé a imaginarme a mí misma atravesando la puerta de una consulta, apenas cubierta de cintura para abajo por una sabanita desechable, abierta de piernas sobre un potro ginecológico. Conjuré la memoria de mi cuerpo y le obligué a enfrentarse, siquiera mentalmente, a ecógrafos, espéculos, sondas. Inyecciones, hormonas, anticoagulantes. Vía oral y vía vaginal. Extracciones, pruebas, resultados. Hematomas, sangre. Negativos. Abortos. Dolor físico y dolor psicológico. Todo lo que para mí significaba la reproducción asistida.

Y sentí que no iba a ser capaz.

En medio de aquel naufragio de recuerdos, sin embargo, una mano invisible aferró la mía y me obligó a a avanzar. Sin decir nada, sin tratar de cuestionar lo inapelable, me acompañó a lo largo de los meses, de las dudas y los miedos, de la absoluta certeza de estar enajenada, hasta aquella mañana de diciembre, lluviosa y dulce, en que pisé la nueva clínica por primera vez.

A partir de ahí, todo fue muy diferente a lo que recordaba.

lunes, 27 de febrero de 2023

Si esto no es obra del destino

Uno de los pocos criterios que NO he tenido en cuenta a la hora de volver a elegir clínica de reproducción asistida ha sido la ubicación. Sé que todas me van a quedar muy lejos, así que nunca le he dado importancia: ni ahora, ni las dos veces que tuve que buscar clínica con anterioridad.

Por eso, para cuando me enteré de dónde se encontraba la nueva, ya me había decidido por ellos e incluso habíamos tenido la primera consulta telemática. De hecho, me pareció divertido a la par que imprudente no haber mirado siquiera dónde estaba: mientras navegaba por la página web buscando su dirección física para la primera consulta presencial, no pude evitar que se me escapara alguna que otra risita nerviosa. ¿Y si estaba en un lugar más recóndito que el resto? ¿Y si, después de tanta comparativa, la había cagado por no haberlo tenido en cuenta?

Nunca olvidaré el torbellino de emociones que se desató cuando por fin lo supe.

Calle Manuel de Falla, leí al pie de la página.

Manuel de Falla.

¿De qué me sonaba a mí ese nombre?

Manuel de Falla.

¿Por qué me sonaba tanto?

Y, de pronto, me acordé. 

NO. PODÍA. SER.

Apenas fui capaz de controlar el temblor de mis dedos mientras metía el nombre en el navegador. ¿Cuántas calles podían llamarse igual en una ciudad como Madrid? Me lo preguntaba para darme ánimos. A lo mejor había cinco calles iguales, me decía, aunque sabía que eso era imposible. A lo mejor era una calle larga, larguísima, que no tenía nada que ver con la que recordaba. Madre mía, por favor. Que no tuviera nada que ver.

Pero me equivocaba.

miércoles, 4 de enero de 2023

Volver a empezar (de nuevo)


Han pasado más de cinco años de aquella última consulta en la clínica de reproducción asistida. De aquella maravillosa mañana en que recibí, por fin, el alta: tres años, siete meses y dieciséis días después de empezar la aventura que me convertiría en madre

Recuerdo perfectamente esa sensación de triunfo extraño, de felicidad nerviosa. Recuerdo dar esos pasos que me alejaban de la puerta pensando que dejaba atrás una experiencia que no se volvería a repetir. Confieso, no obstante, que siempre albergué cierta esperanza, tan remota que incluso la mantuve en secreto. Quizás, algún día... Algún día, como en un sueño, en un delirio de optimismo, de confianza en una Vida que parecía negarme todo, todo... Pero, tal vez... Tal vez, y sin embargo... Nunca desde donde me encuentro hoy.

Y no porque no deseara tener un segundo hijo, desde luego; sino porque la posibilidad que había acariciado durante dos largos años era que ese hijo llegara gracias a la adopción nacional. Una posibilidad que se convirtió en realidad cuando, apenas un año y medio después, nos llamaron para la reunión informativa. Entonces sentí que aquel deseo se cumpliría, que aquel sueño que durante tanto tiempo me había parecido inalcanzable formaba parte inseparable de mi destino.

Porque los motivos que habrían podido hacer que ese destino se torciera me resultaban sumamente improbables. Sin embargo, cual tsunamis que se acercan sigilosos, terminaron por materializarse: la quiebra de una relación que duraría quince años apenas nos convertimos en madres, la pandemia que precipitó un divorcio que llegaba demasiado pronto pero también demasiado tarde, la desaparición de la adopción nacional no solo como posibilidad sino como realidad inmediata y, por si todo esto no fuera suficiente, la enfermedad que terminó de arrasar mi vida, acabando con lo poco que quedaba en pie, con lo poquísimo que había sido capaz de reconstruir. 

Contra todo pronóstico, sin embargo, fue ese vacío inmenso, ese dolor profundo que pensaba que nunca habitaría de nuevo, el que empezó a alumbrar una posibilidad distinta. En medio de aquel páramo que me obligaba a invertir cuidadosamente cada átomo de mi energía, sentí la necesidad radical de priorizar mis objetivos vitales como nunca antes lo había hecho: si solo tuviera fuerzas para un nuevo proyecto, me preguntaba, si solo pudiera asumir una cosa más en mi vida, ¿cuál sería?

De entre todos mis anhelos, solo uno se reveló como irrenunciable: quería volver a ser madre. O más bien, siendo consciente de mis múltiples limitaciones, quería intentarlo. Y es que, aunque la Vida parezca haber conspirado en su contra durante todo este tiempo, eso ha sido lo único que se ha mantenido a flote a pesar de las circunstancias. De hecho, la pregunta nunca ha sido qué, sino cómo.

Hace casi un año traté de reflotar el proyecto de adopción nacional como familia monoparental, pero, desgraciadamente, enseguida comprendí que aquel tren transitaba por una vía muerta. Aunque sea paradójico, lo que viví como una nueva posibilidad, como un nuevo comienzo, se ha terminado convirtiendo precisamente en aquello que me ha ayudado a cerrar para siempre una puerta que, contra viento y marea, me había empeñado en mantener abierta. Mi idilio con la adopción ha terminado.

¿Qué me queda, entonces? Volver a la casilla de salida. Desandar ese camino que hace más de cinco años pensé que no volvería a recorrer. Llamar de nuevo a esa puerta de la que me alejé triunfalmente y descubrir si todavía guarda alguna esperanza para mí.

Enfrentarme al monstruo de la reproducción asistida, otra vez.

viernes, 12 de agosto de 2022

Cuando una puerta se cierra

La puerta de la adopción se cerró para siempre. Yo la cerré. Fui la encargada de escribir aquel correo tristísimo donde solicitaba el archivo de nuestro expediente. "Es una lástima", me respondió la trabajadora social que nos había hecho las entrevistas. "Contábamos con vosotras".

Contaban con nosotras. Era casi un hecho. Ese pequeño con el que había soñado desde que era adolescente, ese milagro aún más increíble que el nacimiento de mi hija, estaba ahí. Apenas nos faltaron un par de formalidades para dejar de esperarlo, después de haberlo esperado toda una vida.

Fui yo quien cerró esa puerta. Yo, la encargada de finalizar nuestro expediente, apenas nueve meses después de haber vuelto a ponerlo en marcha. Qué ironía tomarse el tiempo que dura un embarazo para acabar perdiendo un hijo para siempre.

Yo cerré esa puerta. O la vida me la cerró. Durante mucho tiempo me dije a mí misma que aquella había sido la decisión más difícil que tuve que tomar en la vorágine de aquellos días. De aquellos meses, de aquellos años durante los que vi desmoronarse el sueño de mi vida, aquel sueño por el que tanto había luchado.

No fue solo el expediente de adopción, claro. Fue el fin de nuestra relación, la ruptura de nuestra familia, el divorcio. Hoy no sabría escoger cuál fue la decisión más difícil, cuál la más dolorosa, con cuál se me terminó de romper el corazón.

No podíamos tener un segundo hijo juntas. Y la adopción, como todo lo demás, terminó.

A lo largo de los cinco años que duró nuestra aventura, leí muchas veces que un gran número de parejas no culminan la adopción porque se separan durante el proceso. Yo siempre pensé que eso no iba a pasarnos. Que nosotras aguantaríamos hasta el final. Que no seríamos de esas parejas. Nosotras, no

Pero lo fuimos.

Cuando pienso en ello, no puedo evitar acordarme de mi primer aborto. De aquella mañana en la que sufrí el primer sangrado. De aquella ducha que tomé temblando, de mis sollozos mientras le pedía al Universo que no me pasara a mí. A mí no, por favor, a mí no. Pero me pasó. Me pasó aquello y me ha pasado esto.

Me han pasado muchas cosas.

lunes, 25 de mayo de 2020

Nuestro expediente de adopción cumple cinco años


Era viernes por la tarde, uno de esos viernes de antes, de cuando la vida era normal o, al menos, de cuando disimulaba su imprevisibilidad con eficacia. Bailábamos las tres en el cuarto de la niña, riendo, bromeando. Disfrutando de lo que, por aquel entonces, era todavía una actividad esporádica. De pronto, llamaron al telefonillo y, extrañamente, fui yo quien se acercó a contestar. Al otro lado, la cartera me avisó de que traía una notificación.

–Tía, creo que nos han puesto una multa.
–¿Una multa? ¡No me jodas!
–¿Te ha pasado algo con el coche?
–Pues... ahora que lo dices... creo que el otro día me salté un semáforo. Estaba en ámbar y aceleré... Puede que lo pasara en rojo. 
–Joder... ¡verás! ¡Doscientos euros que nos cascan! Con lo bien que nos viene...
–Lo siento... Si es que a veces voy como loca...
–Aunque, ahora que lo pienso... El otro día pisé un poco más de la cuenta el acelerador y, en la esquina del instituto, estaba la Guardia Civil.
–¡¿La Guardia Civil?!
–No me pararon ni nada... Pero lo mismo me echaron una foto... 
–Tía... ¡doscientos euros! ¡La madre que nos parió...!

(Cuando estaba embarazada de seis meses, la policía local me puso una multa de doscientos euros por desacato a la autoridad. Los motivos concretos no vienen al caso, pero el trauma que nos causó es más que evidente).

La cartera no necesitó llamar al timbre. En cuanto oímos el ascensor, nos agolpamos en la puerta, deseosas de saber quién había tenido la culpa. Al ver la notificación, sin embargo, me eché a reír como una posesa.

–NO ES UNA MULTA.

La cartera no pudo evitar sonreírme, entre divertida y asustada.

–Es que creíamos que era una multa, ¿sabes?

Alma también me miraba sin entender nada.

–Pero no es una multa –seguí, para mí misma–. Es de los servicios sociales.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Un año de la reunión informativa


Se cumple el primer aniversario de nuestra reunión informativa para la adopción nacional. Y este año, prácticamente en la misma fecha, han vuelto a convocar una nueva reunión.

Ya he perdido la cuenta de cuántas ha habido entre medias: la lista ha avanzado muchísimo, han llamado a expedientes que ya casi duplican nuestro número y se habla de que pueden volver a abrirla en breve.

Durante estos doce meses, he pasado por multitud de estados de ánimo: euforia y miedo al principio, calma y seguridad una vez que llegamos al periodo de paralización voluntaria, nervios y un estado de alerta soterrada desde que terminó el verano.

Sé lo que significa este último sentimiento. Mi cuerpo me va avisando de que el momento se acerca, de que llegará un punto en que querré ir a por ello. Ese momento todavía no ha llegado, pero ya no está tan lejos.

No me quedó ninguna duda el día en que supe que había convocada una reunión justo en el aniversario de la nuestra. Porque me hundí. De pronto, volvieron a mi mente todos esos pensamientos horribles de haber pasado un año en blanco

Sé que no es real, sé que el tiempo en blanco terminó con el nacimiento de mi hija. Pero también es verdad que no logro superar la idea de que, si todo hubiera sido distinto, todo habría sido distinto.

Si todo hubiera sido distinto, en estos doce meses habríamos tenido tiempo de sobra para culminar la adopción.

Si todo hubiera sido distinto, ya tendríamos otro hijo.

Y es una idea que me agota. No porque no sea verdad, sino porque no me lleva a ningún sitio. Las cosas han sido como han sido, y si todo hubiera sido distinto, mi hija no sería mi hija. Y, cuando pienso en tener otro hijo, me inunda la certeza de que será quien deba ser, de que lo sabré y sentiré así, de que no querré que las cosas sean de otra manera.

Pero a veces pienso que la sensación de que me han robado el tiempo me acompañará hasta el día en que me muera. Que mi último pensamiento será: "Mierda. Podría haber disfrutado tres/cinco/ocho años más con mis hijos".

Es una perspectiva que me gustaría superar, pero empiezo a sospechar que me va a hacer falta algo más que tiempo. Tal vez otra idea, mucho más fuerte, todavía más arrolladora, que me dé la mano y me saque del hoyo mental en el que estoy.

¿Existirá una idea semejante? ¿Logrará sacarme de aquí?

Espero que así sea.

domingo, 9 de junio de 2019

Nuestro expediente de adopción cumple cuatro años


Si me hubieran dicho que nuestro expediente de adopción cumpliría alguno de sus aniversarios paralizado, no me lo habría creído: ni siquiera hace cinco meses, cuando, de hecho, lo paralizamos. Por aquel entonces, imaginaba yo que a estas alturas ya tendríamos el curso terminado, que estaríamos esperando la valoración psicosocial. Sin embargo, creo que, al mismo tiempo, era algo que ya intuía cuando nos convocaron a la reunión informativa.

Porque estaba emocionada, contenta... pero también contenida. Algo no había salido como esperaba, y me ha costado varios meses admitirlo. Después de tantos años luchando contra el paso del tiempo, que algo bueno nos ocurriera, ¡por fin!, mucho antes de lo que preveíamos, debía ser una buena noticia. Pero no lo era; o, por lo menos, no lo era de manera completa.

E insisto: me ha costado varios meses asumir que la batalla contra el tiempo hacía mucho que estaba perdida. Sé que hay familias que tienen hijos muy seguidos, incluso que lo prefieren así y así lo llevan a cabo. Por un momento, yo también pensé que esa posibilidad compensaría en parte el tiempo "perdido"; pero, finalmente, he tenido que admitir que, en nuestro caso, no funciona de esa manera.

Cuando nos llamaron para la reunión informativa, no pude llenarme de alegría porque una voz en mi cabeza me decía: "Es demasiado pronto". Intenté ignorarla, hacer como que no la escuchaba; pero, al final, no me quedó más remedio que darle la razón. Y me jode. Me jode porque tener que retrasar también este proceso, cuando ya he retrasado tantas cosas sin quererlo... es una paradoja de las que pican.

No obstante, en estos meses me he dado cuenta de que todavía tengo mucho que cambiar en mi manera de enfrentarme a la maternidad y a las decisiones que conlleva. Porque aún estoy instalada en una (in)cómoda postura de víctima del destino, y ya es hora de que me responsabilice de aquello que no me viene dado. Si pudiendo desparalizar el expediente todavía no lo hemos hecho, es porque así lo hemos decidido.

Nuestra opción de crianza implica presencia, dedicación, tiempo. Sé que hay muchas maneras de hacer las cosas (nuestro entorno no para de recordárnoslo), pero esta es la que nosotras hemos escogido, y la que nos funciona. Y yo, personalmente, estoy muy contenta con ella. Creo que, según mi concepción del mundo (una concepción que he ido moldeando desde que nació nuestra hija, pues antes era bastante distinta), estoy haciendo lo correcto.

Por eso, ante la posibilidad de aumentar la familia, lo primero que me dije, temblando y en bajito, fue: "No puedo". Como ya me pasó en el parto, además, vuelvo a comprender que, a la hora de decidir, no podemos pensar solo en lo que nos conviene o apetece a mí o a Alma. Porque ahora también está nuestra hija y, aunque esté convencida de que no quiero que se críe sin un hermano, me gustaría que su llegada de tuviera lugar en el mejor de los momentos.

En este sentido, de un tiempo a esta parte me ha dado por pensar que, a lo mejor, haber sido convocadas tan pronto para la adopción ha sido un regalo de libertad que la Vida ha dejado en nuestra puerta. Porque, esta vez sí, podemos decidir cuándo será el momento, sin depender de más factores que la propia idiosincrasia del proceso. No se trata, como me pareció al principio, de retrasar el momento, sino de encontrarlo. Si bien no tenemos todo el tiempo del mundo, hay margen suficiente para no ir corriendo a todas partes, para vivir esta nueva etapa con libertad y alegría renovadas, con toda la experiencia que hemos acumulado pero sin el lastre de lo anterior.

Sin embargo, una vez que he asumido todo esto, he empezado a escuchar otra voz en mi cabeza que me recuerda que, si bien la prudencia es una virtud, no hay que confundirla con el miedo. Que tener un hijo siempre es saltar al vacío, que no existe red que te sostenga. Y que, cuando llegue el momento, nos volverán a temblar las piernas y sentiremos que no tenemos donde agarrarnos.


Solo nos quedarán las alas.
Unas alas enormes.
Para seguir volando hacia tu encuentro.

lunes, 29 de abril de 2019

Expediente paralizado

Tips para optimizar tu tiempo

A pesar de haber sido convocadas a la reunión informativa, no podíamos seguir el proceso de adopción nacional hasta que nuestra hija cumpliese su primer año, así que tuvimos que paralizar el expediente de manera obligatoria. No obstante, junto con la solicitud de paralización, entregamos también los cuestionarios que tienen que rellenar quienes continúan adelante.

Si la convocatoria para la reunión informativa me puso el corazón en la boca y la información que recibimos aquel día me dejó catatónica, rellenar estos cuestionarios no se quedó corto en cuanto a sacudidas emocionales se refiere. Teníamos diez días para entregar los papeles, y aunque estábamos de vacaciones, a mí me costó muchísimo encontrar los momentos para enfrentarme al dichoso cuadernillo repleto de preguntas.

Qué puedo decir. Después de la sobrexposición que implican tres años y medio de reproducción asistida y un embarazo, no me apetecía. Si bien ya no se trataba de poner el cuerpo, sí había que poner todo lo demás: familia, valores, economía, historia personal... Desde un punto de vista racional, se trata de un proceso impecable: ¡qué menos, para todo lo que implica una adopción! Pero, desde la humildad de mis emociones, me resultaba agotador.

No todas las preguntas eran difíciles. Y algunas, aunque complicadas, me emocionaban, como las que trataban sobre las motivaciones para adoptar. Las que me hundieron fueron aquellas que preguntaban sobre mi propia familia, y eso que estaban formuladas de manera muy abierta: "¿Cómo es la relación con tus padres? ¿Y con tus hermanos?".

Lo que yo sentí al leerlas, sin embargo, fue una bofetada en toda la cara: no había podido ofrecerle un cuerpo sano a mis hijos gestados, y ahora tampoco podía ofrecerle una familia sana a mi hijo adoptado. Sentía que, por dentro y por fuera, todo lo que yo podía ofrecer estaba podrido. Me sentía el último mono para la maternidad. Una anti-madre jodidamente perfecta.

Puede que suene exagerado y puede que lo sea, pero esas eran mis emociones en aquel momento. El pensamiento de volver a ser insuficiente, de tener que hablar de la homofobia de mis padres y de la relación kafkiana que mantengo con mi hermano, me agotaban completamente. Todo mi cuerpo me imploraba: "¡Otra vez, no, por favor! Otra vez exponerse hasta la última célula... ¡no!".

Aun así, encontré las palabras para, en apenas tres líneas, dejar la puerta entreabierta para futuras conversaciones. Porque, a pesar de todo el rechazo que se me agolpaba en la garganta, también se alzaba en mi interior una voz, cada día más contundente, que me decía: "Eres suficiente". Una voz que me recordaba que yo no soy responsable de padecer una enfermedad autoinmune o una familia disfuncional, solo de cómo, dentro de mis posibilidades, me he enfrentado y enfrento a todo ello. Que eso es lo que tengo para ofrecer. Y que tiene que ser suficiente. Que incluso puede ser bueno.

domingo, 10 de febrero de 2019

¿Cómo funciona la adopción nacional en Madrid?


Escribo esta entrada para que quienes leéis este blog podáis entender mejor en qué consiste el lío en el que andamos metidas. Pero también la escribo porque quiero poner mi granito de arena para que la adopción nacional deje de ser esa gran desconocida sobre la que circulan mil y una ideas equivocadas.

La primera de estas ideas es que en España existe la adopción nacional. Como muy bien nos explicó el ponente de la reunión informativa, lo de "nacional" es una herencia del pasado, y por eso prefieren entrecomillarlo. Hace tiempo que las competencias se transfirieron a las comunidades autónomas, por lo que el proceso es diferente en cada territorio. Lo que voy a explicar, por tanto, solo se aplica a Madrid.

Y en Madrid (pero no en otras comunidades autónomas, insisto), la lista de adopción nacional permanece cerrada la mayor parte del tiempo, abriéndose solo muy de vez en cuando para recibir nuevos ofrecimientos. Esta fue la increíble oportunidad que aprovechamos en 2015, y digo increíble porque la lista llevaba cerrada desde 2008. Si no nos hubiésemos apuntado entonces, NUNCA habríamos tenido la opción de adoptar, pues no se espera una nueva convocatoria hasta 2022 o 2023, y para entonces a nosotras ya se nos habría pasado la edad.

Al contrario de lo que ocurre en adopción internacional, en la nacional "madrileña" lo primero que hay que hacer es esperar. Una vez que recibes la carta que confirma tu expediente, pueden pasar años hasta que vuelves a tener noticias. En nuestro caso, hemos esperado tres años y medio para que nos convocaran a la reunión informativa.

De todas formas, este tiempo es muy variable: se puede esperar más, pero también mucho menos. Otro de los mitos que yo misma tenía sobre la adopción nacional es que es dificilísimo culminar el proceso porque la espera es de casi diez años. Evidentemente, ya he comprobado que esto no tiene por qué ser así.

La reunión informativa, a pesar de tener ese nombre tan genérico, es el pistoletazo de salida para el resto del proceso. Su objetivo es proporcionar a las familias que en su día entregaron un ofrecimiento toda la información necesaria para decidir si desean mantener su expediente abierto en el momento en que se aproxima la posibilidad real de adoptar. Al mediar un lapso de tiempo amplio entre la convocatoria y esta reunión, es posible que la situación vital de los solicitantes haya variado tanto que ya no puedan o no quieran continuar.

Cuando se decide seguir adelante, también hay que explicitar si la disponibilidad es inmediata o si el expediente va a ser paralizado durante un tiempo. Este último es nuestro caso, ya que no nos permiten seguir adelante hasta que nuestra hija no cumpla su primer año. Más adelante, podremos "desparalizar" el expediente y retomar el proceso donde lo habíamos dejado.


domingo, 13 de enero de 2019

La reunión informativa


Se me agolpan tantas emociones cuando toco el tema de la adopción que, aunque escribí con muchas ganas esta entrada para explicar cómo viví la reunión informativa, he retrasado una y otra vez su publicación para seguir buscando las palabras que mejor expresen lo que sentí.

Empezaré por el principio. Habíamos planeado cuidadosamente el itinerario porque la Dirección General de la Familia y el Menor (actual IMMF) nos pillaba muy lejos de casa. Había que coger mucho transporte público y había que andar por calles que, al menos yo, no controlaba para nada. Además, cualquier intento de salir de casa las tres a la vez nos puede llevar toda una mañana, así que la noche anterior dejamos todo preparado y madrugamos un montón para ser capaces de llegar puntuales.

El plan era muy bonito, pero la realidad fue ligeramente distinta. Para empezar, yo me dormí más de veinte minutos después de apagar el despertador, algo que no me suele pasar nunca; en vez de meterme corriendo en la ducha, tuve que dar de mamar a la niña mientras Alma ocupaba mi puesto; y acabé desayunando cualquier cosa de pie frente al frigorífico. A pesar de todo ello, conseguimos salir de casa con solo cinco minutos de retraso.

Una vez en el metro, Alma respiró tranquila. Yo no. Yo seguí con un nudo en el estómago durante todo el camino, mirando el reloj compulsivamente cada cinco minutos, hasta que nos plantamos en la puerta del centro con quince minutos de antelación. 

Era la primera vez que lo pisábamos, pero intenté hacerlo mío desde el principio. Como si de una clínica de reproducción asistida o de un hospital se tratara, sabía que volveríamos muchas veces a aquel edificio, y que, si todo iba como planeábamos, algún día saldríamos de allí con nuestro hijo (!).

Junto a la puerta había una cola para pasar por un arco de seguridad. Sé que se trata de un edificio oficial, pero reconozco que me sorprendieron tantísimas precauciones. Antes de cruzar el arco, tuvimos que explicar para qué íbamos. "Venimos a la reunión informativa de adopción nacional". Mi propia voz me sonó extraña, como salida de un sueño, y reconozco que por un momento pensé que nos dirían algo así como: "Pero si no hay ninguna reunión convocada" o "Pero si eso no es aquí, sino en la otra punta de Madrid". Evidentemente, no fue así. Y entramos.

Llegamos entonces a un mostrador de información. Nos pidieron que firmásemos en unas hojas de control. Yo empecé a pasar folios sin encontrar nuestros nombres, diciéndole a Alma: "No nos veo, no nos veo", y pensando: "Ahora no estamos, verás; ahora nos dicen que ha sido todo un error". Pero no lo era: nuestros nombres estaban casi al final de la lista porque, como bien sabemos, hemos entrado en esta convocatoria muy por los pelos.

Cuando les devolví las hojas, me alcanzaron una carpeta. "Y esto es vuestro", me dijeron. A mí me empezaron a temblar las manos: me había bastado un solo vistazo para ver escrito "Adopción nacional" sobre un mosaico que representaba unos niños. Y no pude volverlo a mirar. Solo me alcanzó el ánimo para sentarme en la sala de espera y aguantarme las lágrimas, concentrada en un punto invisible sobre el horizonte y pensando que era el ser más ridículo de la galaxia.

No era solo por estarlo viviendo. Era porque allí, en un edificio real, con una reunión real, una hoja de firmas real y una carpeta real, entendí que aquello iba de niños reales. Más allá del hilo rojo, aquello iba de desamparo, de familias rotas, de nuevas familias. Me cuesta encontrar las palabras para explicar cómo, pero sé que en ese momento, de manera puramente emocional, empecé a entenderlo.

Por suerte, apenas habían pasado unos minutos cuando una mujer muy amable nos condujo a la sala de reuniones. Yo me sorbí los mocos de golpe y nos subimos en el ascensor. La reunión empezó un poco más tarde, porque el ponente decidió dar unos minutos de cortesía para algunas familias que, aun habiendo confirmado su asistencia a la reunión, nunca se presentarían.

Durante la reunión nos explicaron todos los entresijos del proceso. Me gustaría dedicarles una entrada aparte, porque la adopción nacional es diferente a la internacional, que es la más se suele conocer, y también lo son sus condiciones y sus tiempos. Además, lo que a mí me dejó catatónica durante días fue toda la información que nos dieron sobre las madres biológicas y sus bebés.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Gracias, 2018

No hay duda de que 2018 ha sido uno de los años más señalados de mi vida. 

El año que por fin empezaba embarazada, el año en que nacía mi hija. 

A lo largo de sus meses me he ido construyendo como madre: una de las aventuras más apasionantes y duras en las que me he embarcado jamás. Esa por la que tanto había luchado, la que tanto me ha costado vivir.

Nunca olvidaré la impresión de escucharla gemir bajito sobre mi tripa de recién parida, nuestras interminables horas de lactancia, su primera mirada, su primera sonrisa. La alegría inmensa de verla dándose la vuelta, sentándose, poniéndose de pie. Su atención cuando le canto, le cuento un cuento o le explico lo que vamos a hacer. Sus carcajadas, que iluminan mi vida. Sus manos sobre mi piel.

2018 me ha traído la paz, la sensación de estar colmada, de haber sido bendecida. Por si todo esto fuera poco (¡que no lo es!), este año se ha cerrado con la noticia inesperada de haber sido convocadas de la lista de adopción nacional. Todavía me cuesta pensarlo sin emocionarme hasta las lágrimas. Todavía lucho por asumir esta preciosa oportunidad de manera serena, sin aprestarme de nuevo para la batalla, que parece lo único que sé hacer.

El último día de trabajo antes de las vacaciones todo el mundo hablaba de la lotería. Hacían bromas con todo el dinero que les iba a tocar y con cómo se lo iban a gastar. Yo, que no había comprado ningún décimo, sonreía para mis adentros. Ojalá tocara, aunque yo no me llevara ni un pellizco. Ojalá la suerte se repartiera muchísimo, porque este año 2018... toda la suerte del mundo me ha tocado a mí.

jueves, 13 de diciembre de 2018

¡Nos han llamado de la lista de adopción nacional!

No sé cuántas veces tendré que escribirlo para empezar a creérmelo; pero, por si acaso, voy a ponerlo una vez más: ¡nos han llamado de la lista de adopción nacional!

No nos lo esperábamos, ¡para nada! Porque, aunque el tercer año de "embarazo burocrático" fue diferente al anterior y la lista avanzó más de cien números, en los últimos meses solo nos llegaban noticias desalentadoras que hacían presagiar un nuevo año en blanco: asignaciones que no llegaban, plazos que se alargaban, estadísticas en mínimos históricos...

Por eso, a la altura del tercer aniversario de la apertura de nuestro expediente, empecé a hacerme a la idea de que, tal vez, las cosas no iban a salir como deseaba. Tenía toda la pinta de que, como mínimo, mis previsiones se alargarían en el tiempo. Evidentemente, no era la primera vez que me enfrentaba a algo así, por lo que me agarré a la esperanza de que, aunque el proceso se dilatara, al menos, todavía seguiría siendo posible.

Y entonces, de un tiempo a esta parte, ¡bum! La situación volvió a darse la vuelta y cogió un ritmo trepidante: varias asignaciones seguidas, plazos cada vez más cortos y, en noviembre, por fin, ¡una nueva informativa! Esta vez, avanzaron unos ochenta expedientes de golpe, que son muchísimos. El nuestro estaba ya a solo 120 números, y yo no me pude resistir a fantasear: ¿y si nos llamaban en un año? ¡Un año solo! No me lo podía creer.

De pronto, alguien dijo en el grupo de Facebook que seguramente convocarían una nueva informativa a principios de año, porque había muy pocas familias menores de 40 disponibles. Yo no daba crédito. ¿Dos informativas seguidas? ¿En serio? Preferí hacerme a la idea de que era tan solo un rumor. Sin embargo, a los pocos días se confirmaba: no solo habían convocado una nueva informativa, sino que era en diciembre.

Como suele ocurrir en estos casos, la gente iba avisando en el grupo si habían sido convocados, para que los demás nos pudiéramos ir haciendo una idea de cuántos expedientes se había avanzado. Yo tenía el corazón en la boca, no hacía más que ponerle emoticonos de asombro a todo, y cuando vi que habían llamado a un expediente por encima del cuatrocientos, casi me da algo. ¿De verdad estábamos a solo cincuenta números? Eso podía ser una única informativa. ¿¿De verdad estábamos a una única informativa de que nos llamaran?? No podía creerlo. Sabía que, después de dos reuniones seguidas, podía pasar más de un año para la tercera. Pero estábamos ahí, ahí mismo... ¡Era una pasada!

Y entonces, sin comerlo ni beberlo, llego un día a casa y Alma me suelta:

–Nos han convocado a una reunión informativa.

domingo, 27 de mayo de 2018

Nuestro expediente de adopción cumple tres años


Mayo, el mes en el que empieza todo, nos ha traído esta vez el tercer aniversario de nuestro expediente de adopción. Parece mentira, pero hace ya tres años que comenzamos nuestro primer embarazo burocrático, y aquí seguimos, expectantes, atentas a lo que el futuro quiera depararnos.

Este año también ha sido muy diferente al anterior. Es curioso cómo, a veces, lo malo llama a lo malo, y lo bueno llama a lo bueno. Y es que, si bien el segundo año de nuestra aventura adoptiva, completamente yermo en cuanto a avances en la lista, coincidió con un durísimo tercer aborto, que trajo consigo una intensa peregrinación médica y la certeza, cada vez más fuerte, de que nos acercábamos al final del camino y de que, tal vez, no podría ser; en este tercer año hemos disfrutado, ¡por fin!, de nuestro deseado embarazo junto con una generosa ración de buenas noticias respecto al proceso de adopción: el mismo día en que nos confirmaban la beta positiva, tenía lugar la tan ansiada cuarta reunión informativa y, a lo largo del año, se han celebrado dos reuniones más. En total, la lista ha avanzado en 135 expedientes y ya nos quedan menos de 200 para que llegue nuestro turno. 

No me canso de decirlo, pero, para mí, la adopción nunca ha sido un plan B: siempre ha sido un plan tan A como el embarazo. En este sentido, recuerdo una conversación que tuve este verano, en la que hablaba con nuestra cuñada de lo bien que nos vendría una mejora en nuestra situación laboral:

–También de cara a la adopción –le decía yo.
–¿Qué adopción?
–La adopción, la adopción nacional. ¿No os lo habíamos contado...?
–¡Ah, sí, claro! Pero pensaba que, con el embarazo, eso ya lo habíais olvidado.

Pues no, no lo hemos olvidado. Porque eso, la posibilidad de adoptar, fue mi tabla de salvación durante el duelo genético, el impulso que necesitábamos para decidirnos por la adopción de embriones, una esperanza repentina que iluminó nuestro proyecto de familia, guiándonos hacia lo que realmente queríamos y no habíamos sabido elegir. Eso, apenas una posibilidad, hace que hoy podamos disfrutar de la familia que hemos creado sabiendo que es perfecta para nosotras, a pesar de que la adopción de embriones sea un camino absolutamente marginal entre las mujeres lesbianas. 

De hecho, ni siquiera mi embarazo habría sido igual sin el horizonte de la adopción. A cada paso que daba mi cuerpo, yo no podía evitar pensar en cómo lo viviría una mujer que fuera a dar a su hijo en adopción. ¿Cómo será mirar tu tripa y decidir que la criatura que alberga no se quede contigo? ¿Cómo enfrentarse a los rigores del embarazo, a las pruebas médicas, a la exigencia de cuidarse, cuando no deseas vivir ese proceso en tu cuerpo? ¿Qué monstruos no poblarán tu posparto bajo el yugo de unas hormonas que no entienden que ese bebé no estaba destinado a ser tu hijo? 

Mi experiencia me sugiere, una vez más, que se trata de una vivencia llena de ambivalencia. ¿De qué manera no sobrecogerse ante la primera contracción, ante la primera patada? ¿Cómo evitar, siquiera, cierta curiosidad por lo que ocurre bajo tus costillas? ¡Imposible! Tiene que ser una vivencia tremendamente compleja: esa historia de la mala mujer que abandona a su hijo no es más que una simplificación cruel e injusta.

Así que, para mí, haber podido vivir un embarazo no solo no me aleja de la adopción, sino que me acerca a ella desde la empatía de saber lo que es gestar, lo que es parir, y no acercarme siquiera a imaginar lo que es dar un bebé en adopción. Y digo un bebé porque, en la Comunidad de Madrid, la mayoría de las adopciones son fruto de renuncias hospitalarias, es decir, de mujeres que dejaron a su bebé en el hospital tras dar a luz.

Lo cierto es que, durante el embarazo, no dejé de tener en mente nuestro expediente de adopción ni un solo momento, ni tampoco lo hago ahora que nuestra hija ya ha nacido. Para mí, esa posibilidad forma parte de nuestra familia desde hace tres años, y por eso me gusta dedicar este aniversario a recordarlo, a darle el espacio que se merece en nuestra vida.


Hoy creo, sin embargo, que mis cálculos iniciales estaban equivocados: pensaba que en cuatro o cinco años culminaríamos el proceso, y ahora me parece que la cifra estará más cerca de los seis. No importa, mientras siga siendo posible. Y, si algún día deja de serlo, importará, por supuesto, pero no por ello dejaremos de considerar esta espera como un preciado tesoro que guardar para siempre en nuestro corazón.

Aunque yo creo que vendrás, pequeño :)

Por eso, cada año me empeño en celebrar esta fecha, para que nunca dudes de lo mucho que te pensamos, lo mucho que te esperamos y lo muchísimo que te quisimos, tantos años antes de que dejaras de ser lo que todavía eres: una hermosa posibilidad.

jueves, 25 de mayo de 2017

Nuestro expediente de adopción cumple dos años


Hoy celebramos el segundo aniversario de nuestro expediente de adopción, y debo reconocer que mi primer impulso ha sido escribir una entrada bastante amarga. Porque este segundo año de espera ha sido duro, muy duro. Después he comprendido, sin embargo, que nunca debe ser ese el espíritu de esta fecha. Porque hace apenas dos años y unos pocos días, ni siquiera contábamos con la posibilidad de adoptar. Así que, por muy cuesta arriba que se haga, mucho peor fue creer, durante tanto tiempo, que la posibilidad misma de vivir este proceso era algo que siempre nos estaría vetado.

Parece que fue ayer cuando escribí que nuestro expediente de adopción cumplía un año. Recuerdo haber visto el mensaje en el contador y sentir que se me hacía un mundo volver a transitar un año entero de espera. Y lo cierto es que así ha sido; pero también es cierto que, a pesar de todo, ¡lo hemos logrado!

Este segundo año ha sido muy difícil porque no se ha parecido en nada al anterior. Mientras que durante el primero hubo tres reuniones informativas y vimos avanzar la lista de espera más de cien números, en este segundo año no ha habido ninguna. Cero. Nada. Por lo que respecta a nuestro expediente, es como si el año entero hubiera pasado en blanco.

Esto no quiere decir que no haya habido movimiento, claro. Otras familias han hecho sus cursos, han recibido visitas, han obtenido el certificado de idoneidad. Se han convocado reuniones "preparto", han sonado teléfonos, ha habido asignaciones que nos han encogido el corazón.

Pero muchas veces, demasiadas, he sentido que nosotras seguíamos igual de lejos que hace un año. Que, aunque en teoría estamos cada vez más cerca, en la práctica parece que nos vamos alejando.

domingo, 14 de mayo de 2017

Una reflexión sobre los orígenes y la identidad


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Te gustaría saber quién eres. Con poco o nada para orientarte, das por sentado que eres el producto de vastas migraciones prehistóricas, de conquistas, violaciones y secuestros, que los prolongados y tortuosos cruces de tu horda ancestral se han extendido por muchos territorios y reinos, porque tú no eres la única persona que ha viajado por el planeta y, ¿quién sabe quién engendró a quién para luego engendrar a quién [...]? Como no sabes nada de tus orígenes, hace mucho que decidiste presumir de que eres un compuesto de todas las razas [...], en parte africano, árabe, chino, indio y caucasiano, el crisol de muchas civilizaciones enfrentadas en un solo cuerpo. [...] Has decidido conscientemente ser todo el mundo, aceptar a todos los que llevas en tu interior con objeto de ser tú mismo de una forma más libre y plena, puesto que la cuestión de quién eres es un misterio y no albergas esperanzas de que algún día se resuelva.

La otra noche me encontré con este fragmento por casualidad. Pero fue una de esas casualidades maravillosas que, de improviso, provoca una rápida evolución en mi pensamiento, llenando de luz un espacio misterioso que, hasta entonces, había permanecido oscuro.

La relación entre el desconocimiento de los orígenes y la formación de la identidad me interesa muchísimo desde el momento en que Alma y yo vamos a formar una familia sin vínculos genéticos. Nuestros hijos no se parecerán ni a papá ni a mamá, no tendrán el aire del abuelo Pepito, ni siquiera serán el vivo retrato de su hermano. Vamos a romper un buen número de convenciones y me gustaría poder empoderarlos, empoderarnos todos, en una concepción de la identidad diferente pero igualmente plena. Incluso, en lo que puede tener de autónoma frente a las tradiciones que no se cuestionan, una concepción de la identidad mejor.

No voy a negar que alguna intuición tenía sobre el tema, una idea vaga sobre lo interesante que resulta sobrepasar los límites del clan para reconocer a la Humanidad como tu propia familia. Sobre lo bonito que parece no centrarse en un rasgo u otro (los ojos así, la boca asá), sino conocerse y reconocerse en lo que cada uno tiene de particular y, a la vez, de humano. Esa es la familia a la que yo quiero pertenecer, esa es la familia que yo quiero formar.

Sin embargo, no fue hasta que leí ese fragmento que pude estar segura de lo que quería decir. Porque el texto no pertenece a una obra que trate de la adopción ni está escrita por una persona adoptada: me lo encontré en el Diario de invierno de Paul Auster. 

Lo valioso, lo que realmente me ha hecho comprender que mi intuición es una gran idea, es que Paul Auster no desconoce sus orígenes. En el libro, en ese mismo fragmento, habla de su padre y de su madre. Habla de sus abuelos y de sus países de origen. Sabe quién engendró a quién del mismo modo en que lo sabe cualquier persona que se haya criado en su familia biológica. Por si esto no fuera poco, el escritor también tiene a su disposición una fuerte vinculación étnica, ya que es judío.

Sin embargo, esa misma persona que no alberga ninguna duda acerca de sus raíces biológicas ni del origen último de su comunidad, se siente desorientado acerca de su identidad, incapaz de conformarla a partir de quienes oficialmente le precedieron. Y, por ese motivo, decide construirse una, dársela a sí mismo. Una identidad que, de manera profundamente humana, lo vincula con los demás. Con todos los demás.

Creo que este fragmento explora hasta qué punto nuestra identidad no viene dada por nuestros orígenes, sino que cada persona es responsable de crearla en la dirección que considere. Que no somos nuestra herencia genética, entre otras cosas porque, ¿acaso la conocemos realmente o estamos seguros de ella? No somos lo que fueron otros antes que nosotros, sino lo que nosotros mismos hemos sido, somos y seremos; no somos los vínculos que nos vienen dados, sino los que nosotros mismos forjamos. Nos parecemos a nosotros mismos en primer lugar y, en segundo lugar, nos parecemos a la Humanidad. Somos nosotros, somos humanos, antes de ser los hijos de... quien sea.

Una cosa es querer conocer esa "horda ancestral" y otra muy distinta hacer que tu identidad dependa de ella. Quienes conocemos nuestros vínculos biológicos tenemos esa curiosidad satisfecha; quienes no lo hacen, pueden sentir unas sanas y legítimas ganas de satisfacerla. E incluso atreverse a ello. Pero tanto unos como otros haremos mal en descansar el peso de nuestra identidad sobre el único pilar de nuestros ancestros. Porque cada ser humano es mucho más que un vínculo genético. Somos quienes nos hacemos y, además, somos todos juntos, en una interdependencia que nos vincula a un mundo lleno de riqueza.

Los orígenes biológicos son lo que son: ni más ni menos. Para unos, cotidianos; para otros, desconocidos; para unos y otros, fuente de satisfacción y orgullo, o bien de rechazo y dolor. Una identidad que los trascienda, sin embargo, es igualmente valiosa para todos. Y no me cabe duda de que, a partir de ella, no solo se ponen los cimientos de una personalidad más poderosa y auténtica, sino de una sociedad mejor.

domingo, 23 de abril de 2017

Antes de abandonarme, haz una llamada

El viernes me hice el último análisis antes del tratamiento. Y me pasé media hora haciendo cola delante de este cartel:


No era la primera vez que lo veía, ya me he hecho otros análisis en este Centro de Salud. Sin embargo, cada vez que me toca esperar en esa sala, es como si todo lo demás desapareciera, como si todo el espacio se viera ocupado por su sola presencia. No puedo dejar de mirarlo, no puedo dejar de pensar y de sentir.

Y pienso que, tal vez, dentro de dos o tres años, una mujer mirará este mismo cartel y, después de un viaje que solo puede ser durísimo, tomará una decisión. Y entonces mi teléfono sonará. El mío. Para decirme que, al día siguiente, podremos ir a recoger a nuestro bebé.

La cascada de emociones es casi insoportable. Dicen que no debemos idealizar a la madre biológica, que no debemos engañarnos imaginando una persona que puede ser muy diferente a la idea que nos hacemos de ella. Pero yo no puedo más que sentir un enorme respeto por su decisión. Una decisión que (estoy casi segura) yo no sería capaz de tomar.

Siempre he sido una firme defensora de la interrupción voluntaria del embarazo. Y lo sigo siendo. Así que me cuesta muchísimo imaginar que una mujer decida vivir el embarazo de un bebé que va a dar en adopción. Supongo que, en realidad, las cosas no son tan sencillas. Que la decisión se toma con el tiempo. Que no es algo que se tenga claro desde el principio. Que habrá idas y venidas. Aun así, vivir un embarazo completo para entregar después a tu hijo con la esperanza de que tenga una vida mejor... buf. Me pone los pelos de punta.

Entonces vuelvo a recordar: no hay que idealizar a la madre biológica. Es una persona como otra cualquiera. Llena de complejidad. Sin embargo, no puedo dejar de ver en su decisión una muestra inabarcable de generosidad hacia su hijo. Por llevarlo en sus entrañas, con todo lo que eso implica. Por traerlo al mundo. Por actuar con determinación y responsabilidad. A pesar de que esa decisión la vaya a acompañar por el resto de sus días.

Hago un esfuerzo e intento imaginar una situación menos romántica. La madre biológica no supo que estaba embarazada hasta que fue demasiado tarde para abortar. Me cuesta pensarlo, pero entiendo que puede ocurrir. Aun así, me parece que la generosidad sigue presente. Creo que, en cierto sentido, quedarte con un niño al que realmente no puedes criar puede ser una solución sencilla y egoísta. Para no tener que cargar con el peso de haberlo dado en adopción. Para no tomar conciencia de la situación que conllevó su existencia (que también puede ser muy compleja). 

Intento llevar la situación al límite. A lo mejor le dio igual. A lo mejor le importaba un bledo estar embarazada (¿es eso posible?). A lo mejor sintió alivio cuando dio a su hijo en adopción. A lo mejor se quitó un peso de encima. Y pienso: "¡Por supuesto!". Y es que, ¿acaso no tiene derecho? Si esos son sus sentimientos, si no quería tener un hijo por la razón que fuera y se quedó embarazada por la razón que fuera, ¿no tiene el derecho de hacer uso de este mecanismo social que es la adopción? ¿Por qué culparla, por qué ver algo malo en una situación desafortunada a la que ella le ha dado una buena solución?

No creo que las personas seamos buenas o malas por naturaleza. Creo que todos somos complejos. Pero estoy segura de que, en la decisión de dar un bebé en adopción, hay noches en vela involucradas, hay nervios, dudas, hay miedo, alivio, alegría, orgullo, vergüenza. Y al final hay una decisión correcta. Y esa decisión tiene todo mi respeto, e incluso mi admiración.

Para enfrentarse a ese cartel hace falta ser muy valiente. Y las madres biológicas lo son.
Yo solo espero poder estar a su altura como madre de adopción.

viernes, 3 de febrero de 2017

Mi primer libro sobre adopción

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Me encanta leer; no solamente Literatura, sino también libros en los que pueda aprender sobre los temas que me interesan, que me inviten a reflexionar y a sentir de otra manera.

Con todo el tiempo que llevo dándole vueltas a la idea de la maternidad, mucho más del que llevo en reproducción asistida, podría haberme leído ya varias estanterías completas de libros que me enseñaran de todo. Sin embargo, hasta el momento no me he atrevido ni a comprar ni a coger prestado de la Biblioteca ninguno.

Cero. Nada.

Tenía miedo a invocar alguna especie de gafe, como por si leer libros sobre embarazo nunca me fuera a quedar embarazada, o si por leer libros sobre crianza nunca fuera a criar ningún hijo.

Muchas veces me he sentido idiota por ello. Son tantos los padres y madres que explican cómo nutrieron sus periodos de espera con libros que después les resultaron utilísimos, que en ocasiones me maldigo pensando que he desperdiciado un montón de años en angustiarme tontamente cuando podría haberme estado preparando para lo que estaba por venir.

Pero, ¿y si "lo que estaba por venir" no es nada? ¿Qué hago yo con mis estanterías llenas de aprendizajes que nunca llevaré a la práctica? ¿Acaso no se convertirán en estanterías llenas de dolor y frustración?

Estos han sido mis pensamientos durante muchos años. Sin embargo, poco a poco he ido cambiando la perspectiva. Tengo más que comprobado que el miedo a cualquier cosa es mucho peor que "cualquier cosa"; así que, si quiero emplear mi tiempo de espera en leer y después resulta que no lleva a nada... pues mira. Aprovecharé esos libros para hacer una catarsis que me ayude a superar el duelo: los venderé, los regalaré, los sortearé por Internet o los quemaré en una hoguera de san Juan. 

Soluciones hay muchas :)

Esto no quiere decir que me haya vuelto loca y haya llenado una habitación de libros sobre maternidad. Solo quiere decir que he abierto una tímida rendija a la posibilidad de ir haciendo algunas lecturas sin pensar que voy a invocar ningún gafe. Porque, sinceramente, los gafes ya están aquí sin que nadie los haya invocado, así que tampoco creo que la cosa vaya a empeorar demasiado porque yo me dé algún que otro caprichito.

Por eso, este año le pedí a mi Reina Maga preferida que me regalara un libro sobre adopción. Elegí la adopción porque es un tema relacionado con la maternidad que me anima, me ensancha el corazón y me abre la mente. Además, ahora mismo es el camino que me resulta más sencillo (¡paradójicamente!) y sobre el que todavía albergo unas esperanzas casi intactas. No me da miedo leer sobre adopción porque aún es una realidad por explorar, por vivir.

La obra escogida ha sido Mariposas en el corazón, un libro colectivo recientemente editado que recoge cinco experiencias de adopción contadas en primera persona. El envío estuvo lleno de contratiempos, pero al final llegó a casa uno de esos días en que realmente necesitaba una alegría para poder seguir adelante. Solo con echarle un vistazo ya se me formó un nudo en la garganta lleno de emoción, nervios y empatía. Así que, contraviniendo mi primer impulso, lo voy leyendo con calma, poco a poco. Prefiero disfrutar intensamente del viaje, aunque confieso que el primer paseo por sus páginas ya ha merecido la pena.

¡Prometo reseña! 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Nuestro expediente de adopción cumple un año

Tal día como hoy, hace justamente un año, Alma y yo entregamos el ofrecimiento para abrir un expediente de adopción nacional. Y hoy lo hemos celebrado como se merece: con bizcocho de chocolate casero y soplido de vela.


Durante este año han pasado muchas cosas. 

Recibimos la noticia de que se abría la lista de adopción nacional en Madrid con una gran alegría, pero también con bastante incredulidad. Después de haber descartado, muy dolorosamente, la posibilidad de formar nuestra familia a través de la adopción, no terminábamos de creernos que nuestra situación hubiera girado 180º. 

Pasamos varios meses convencidas, en secreto, de que los papeles no habrían llegado bien. No los entregamos directamente en el Instituto del Menor, sino a través de la ventanilla única de nuestro pueblo, así que nos temíamos lo peor. Sin embargo, las dos permanecimos calladas para no quitarle la ilusión a la otra, hasta que nos llegó la carta que confirmaba la apertura del expediente y, muertas de risa, supimos que habíamos estado compartiendo las mismas paranoias. Gracias a ese papel oficial, registrado y sellado, empezamos a creernos que, contra todo pronóstico, estábamos inmersas en esta aventura que es la adopción. 


miércoles, 30 de marzo de 2016

La adopción demonizada


A medida que voy saltando de página en página y leo aquí y allá diferentes artículos sobre adopción, se va conformando en mi mente una visión demonizada de la misma que me horroriza.

Persiste la demonización clásica de la madre biológica (al padre biológico ni se le nombra, claro), esa mujer lasciva y egoísta que abandona a su hijo como quien se deshace de un fardo. Y me toca las narices. Me tocas las narices porque yo no creo que "dar en adopción" sea un sinónimo de "abandonar". A mí me parece un acto de responsabilidad, difícil y doloroso, que merece al menos nuestro respeto. ¿Qué sabemos los demás sobre las circunstancias que rodean la vida de esa mujer y de su embarazo como para juzgarla? ¿Por qué, si ella decide que dar a su hijo en adopción es la mejor decisión que puede tomar, no podemos estar de acuerdo? 

domingo, 28 de febrero de 2016

Mise en abîme


Cuando en la Edad Media componían relatos, les gustaba diseminar pequeños guiños sobre el desenlace a lo largo de toda la historia. El público generalmente conocía el final y, por más paradójico que resulte, las anticipaciones sobre cómo iba a terminar tal o cual personaje aumentaban la emoción del relato. Uno de los recursos para hacer esto se llamaba "mise en abîme", y consistía en narrar un pequeño motivo que tuviera la misma estructura que la historia completa: un relato dentro de un relato, un desenlace previo al desenlace pero semejante a él.

En estos días ha venido a mi memoria este recurso porque siento que los dos procesos de adopción en que estoy inmersa se relacionan entre sí como un "mise en abîme": ambos han dado ya comienzo, en ambos media una lista de candidatos y un periodo de espera que culminará con una llamada, los dos requieren de una preparación previa (médica en un caso y psicosocial en otro) y espero que ambos terminen con la llegada a nuestra familia de quienes serán nuestros hijos, a pesar de que no compartamos con ellos nuestro material genético.

Como en los relatos medievales, este "mise en abîme" me crea mucha emoción: siento que la adopción de embriones será un pequeño gran anticipo de la adopción de un niño, por lo que el primer proceso me preparará para el segundo. En realidad, soy consciente de todas las diferencias que median entre ambos, pero también siento que son diferencias de "tamaño": en ambos casos estamos hablando de formar una familia con una peculiaridad que la hace distinta a la mayoría.

¿Y acaso no iba a ser ya distinta a la mayoría?

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