Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de agosto de 2023

La pauta de medicación (y lo que no pudo ser)

Durante nuestra primera consulta, el inmunólogo me explicó que, en principio, para este tratamiento repetiríamos la misma pauta de medicación que habíamos seguido en el embarazo de mi hija, ya que, evidentemente, había resultado más que adecuada. Sin embargo, teniendo en cuenta los nuevos descubrimientos en cuanto a mi genotipo de KIR, así como a la reacción autoinmune que me había provocado la covid, el inmunólogo me preguntó si estaba dispuesta a probar algo más:

–Por supuesto –le respondí.

Todavía recuerdo con cariño las reticencias que albergué durante tantos años hacia la medicación en reproducción asistida. Mis reparos, mis miedos a estar sobremedicada, a que eso fuera, precisamente, la causa de mis fracasos reproductivos. Y es que, aunque a veces lamento la cantidad de tiempo perdido en el proceso de formar una familia, en momentos como este comprendo que no he perdido nada. Todos estos años han provocado una transformación muy profunda en mi interior, transformación que es imposible hacer de un día para otro. Y aunque ahora me exprese con naturalidad, con desahogo, sé que durante mucho tiempo fui un animalillo asustado, temblando ante el asalto de la medicina sobre mi cuerpo.

Lo cierto es que el inmunólogo tampoco me propuso algo muy descabellado: tan solo emplear un nuevo medicamento. La agraciada fue la hidroxicloroquina: se trata de un antipalúdico, es decir, un medicamento contra la malaria, que también se emplea para tratar enfermedades autoinmunes como el lupus. Cómo un medicamento utilizado para acabar con un parásito termina funcionando para otra cosa completamente distinta es una de esas historias fascinantes de la medicina que no tiene sentido explicar aquí.

En principio, lo único que la hidroxicloroquina tenía de especial es que tardaba bastante en hacer efecto sobre el sistema inmune, por lo que debía empezar a tomarla en el ciclo anterior a aquel en el que haríamos el tratamiento. Esto fue lo que convirtió un diagnóstico de febrero en un tratamiento en abril. Pero así es la vida en reproducción asistida: los enero, febrero a más tardar acaban floreciendo en primavera. ¡Qué se le va a hacer!

Una vez tuve clara la pauta de medicación, la compartí con mis compañeras del grupo de OVO/ADE de la Asociación MSPE. Muchas de ellas habían tomado también hidroxicloroquina, algunas con buenos resultados. Así que no le di mayor importancia hasta que una de las chicas que leyeron mis mensajes me escribió por privado, preguntándome si realmente me iba a atrever a tomarla, porque a ella le aterraban los efectos secundarios.

Reconozco que mi primera reacción fue de condescendencia. He tomado tantos medicamentos a lo largo de mi vida que tenían prospectos infinitos cual papiros egipcios, repletos de efectos secundarios tremebundos que nunca llegaban a pasar, que suponía que este no sería más que otro que añadir a la colección. ¿Qué diferencia podía haber, por ejemplo, con las píldoras anticonceptivas que tomé durante años, cuyo prospecto ocupaba más que el propio blíster, y que no me mataron de un trombo porque extrañamente la Vida había elegido para mí otro destino?

Sin embargo, he llegado a acostumbrarme a cierta reacción de mi inconsciente por la cual una idea se me queda dando vueltas en la mente, llamando a las puertas de mi consciente con insistencia, hasta que entiendo que tiene algo importante que decir. Así que dejé la condescendencia a un lado y busqué por mí misma algunos de los efectos secundarios sobre los que esta chica me había advertido.

Dos de ellos me llamaron especialmente la atención. El primero, la retinopatía por hidroxicloroquina: una pérdida irreversible de visión que tiene lugar por la acumulación del medicamento en la retina, pérdida que puede continuar incluso una vez suspendido el tratamiento, ya que sus efectos son prolongados. El caso es que yo ya tengo experiencia con la pérdida de visión causada por los tratamientos: concretamente, por la hormona foliculoestimulante (FSH) que me inyecté en las dos últimas inseminaciones y durante la estimulación de las dos FIV. El resto de mi pérdida de visión ha sido provocada por las descompensaciones, también de origen hormonal, que provoca el SOP no controlado que he sufrido durante años. Así que no pude evitar echarme a temblar al pensar en una nueva amenaza para mis maltrechos ojos. Después, la espanté como quien espanta una avispa, con miedo pero con determinación. ¿Por qué me iba a pasar a mí todo lo malo del Universo? ¿Y por qué no?

El segundo efecto que llamó mi atención, aunque en comparación parezca un detalle sin importancia, fue el encanecimiento repentino del pelo. Para mí, sin embargo, era una posibilidad que daba al traste con un importante reto vital en el que me encuentro inmersa: el de no teñirme las canas. Es algo que hago por compromiso feminista, de respeto al cuerpo y de autoaceptación; pero no sabía si sería capaz de mantenerlo si mi pelo se volvía completamente gris de un día para otro. Y aunque, comparado con una pérdida de visión irreversible, o incluso la ceguera total, parece que tiene una solución sencilla (pues te tiñes y ya está), no estaba segura de querer renunciar a un compromiso vital que, hasta cierto punto, forma parte de mi identidad. Pero ¿acaso un hijo no es más importante que teñirse el pelo?, me preguntaba. Pues sí, claro... pero, al mismo tiempo... pues no.

Por si el cuadro no estaba lo suficientemente completo, otros efectos secundarios también parecían pensados por y para mí: hipoglucemias severas, urticaria y erupciones cutáneas, disminución de peso, fotofobia, fatiga... Reconozco, no obstante, que apenas tuve corazón para preocuparme por ellos, obsesionada como estaba con los dos anteriores.

La verdad es que no sé es cómo logré sobreponerme al miedo que le cogí a este medicamento y empezar a tomarlo. Más aún en aquellos meses en que un montón de ideas loquísimas acerca del riesgo que corría si me quedaba embarazada embotaban mi mente: un embarazo exacerbaría la covid persistente, un embarazo pondría mi cuerpo al límite, un embarazo me mataría y dejaría a mi hija huérfana... Creo que solo lo logré aplicando una buena dosis de inconsciencia: para minimizar el riesgo de retinopatía, se recomendaba realizar una revisión oftalmológica preventiva, y de hecho, varias chicas del grupo de OVO/ADE se la habían hecho. Pero yo me sentía incapaz de enfrentarme a todo el proceso que implica la solicitud de pruebas que desconocía a un nuevo especialista médico de quien no tenía referencias, así que condensé la pauta preventiva en la compra y uso de unas gafas de sol nuevas. Lo cual, a pesar de su mediocridad profiláctica, da buena cuenta de mi compromiso con un tratamiento que, por lo demás, me aterrorizaba.

Lo que finalmente ocurrió, sin embargo, no se pareció a ninguno de los escenarios apocalípticos que había imaginado.

martes, 10 de enero de 2023

¿Dónde están las demás?


Mi primera vez en un grupo de apoyo fue con apenas veintitrés años. Acababa de salir del armario con mis padres y mi vida se había convertido en un infierno. Allí descubrí que aquella experiencia que me resultaba tan trágicamente individual, era, sin embargo, una experiencia compartida. El mero hecho de verme reflejada en otras personas que estaban pasando por lo mismo que yo ya me resultó profundamente sanador. Y me enseñó, de una vez para siempre, que no estamos solas.

Desde entonces, cada vez que me he encontrado en una situación difícil, me he hecho la misma pregunta: ¿dónde están las demás? ¿Dónde están las otras personas, mujeres casi siempre, que están pasando por lo mismo que yo en este mismo momento? Y siempre, siempre, las he encontrado: abortos de repetición, lactancia materna, adopción nacional, crianza, familias de dos madres, covid persistente... 

Por eso, cuando este verano llegué a la conclusión definitiva de que, si tenía otro hijo, lo haría yo sola, volví a preguntarme: ¿dónde están las demás? ¿Dónde están las otras locas del coño mujeres valientes que se han atrevido con la maternidad en solitario? Y, como no podía ser de otra manera, volví a encontrarlas.

En esta ocasión, ha sido a través de la Asociación Madres Solteras Por Elección. Empecé participando en su grupo de Facebook, leyendo, aprendiendo y planteando cuestiones que hoy me parecen de lo más estúpido sobre cómo enfrentar la vida cotidiana cuando solo cuentas con tus propias manos. Hasta que un día me atreví a preguntar directamente por la maternidad tras un divorcio y, aunque apenas recibí respuestas en mi publicación, varias chicas me escribieron por privado. Fue muy emocionante conocer sus historias y recibir su apoyo, y fue providencial que una de ellas me contara que, dentro de la asociación, había un grupo específico de mujeres en mi mismo caso.

Tengo que admitir que, por más experiencia que tuviera con los grupos de apoyo, por más que supiera que no estamos solas, no esperaba encontrarme con otras mujeres en una situación tan similar a la mía. ¿De verdad existían? ¿De verdad no era yo la única con una experiencia tan trágicamente individual? Pues no, no lo era. De nuevo comprobé que aquella era también una experiencia compartida.

La posibilidad de conocerlas despejó todas mis dudas sobre si merecía la pena hacerme socia. Enseguida me puse en contacto con la asociación y, con el comienzo del curso, también empecé a participar en los primeros grupos de WhatsApp. La verdad es que no pude resistir la tentación de apuntarme a muchos de ellos, porque casi todos me resultaban significativos. Con el tiempo, no obstante, he ido seleccionando en cuáles quedarme: un número pequeño pero sumamente valioso para mí. 

lunes, 22 de agosto de 2022

Un espacio para hablar de la enfermedad

En su momento, me costó mucho asumir la etiqueta de "infértil". Y no solo por lo que significaba, que ya era bastante duro de admitir, sino por el mero hecho de aplicarme una "etiqueta". Sentía que ya había tenido suficiente con todo lo que conlleva la asunción de una orientación sexual no normativa. No me apetecía embarcarme en el proceso de "identificarme" y "salir del armario" como infértil. 

Hoy veo todo aquel proceso de una manera muy diferente. Sigo creyendo que las etiquetas no son un reflejo exacto de nuestra esencia individual, pero también pienso que cumplen una función importantísima para comprendernos a nosotras mismas y a nuestra realidad, y también para comunicarnos con los demás. Sin etiquetas, que es lo mismo que decir "sin palabras", la complejidad nos abruma y el encuentro con los otros se torna casi un milagro. Además, a partir de una etiqueta podemos hacer todas las precisiones posibles, pero no podemos hacerlo igual a partir de la nada.

En todo este proceso, para mí, fue fundamental la escritura de este blog. Análisis tras análisis, prueba tras prueba, fracaso tras fracaso... fui asumiendo la realidad de mi cuerpo y de mi salud. Y lo hice a través de la escritura; de una escritura pública, además, con todo lo que eso implica en cuanto a exposición de la intimidad, pero también de apoyo y cariño por parte de muchas de las mujeres que me acompañaron en el camino. 

Hablar de mi diabetes potencial, de los abortos de repetición que sufrí, de mi síndrome de ovarios poliquísticos, de mis trombofilias y mi SAF, de las secuelas de un parto con violencia obstétrica que se quedaron para siempre conmigo... forma parte hoy en día de mi cotidianeidad. No siento un peso extraordinario al tener que comunicarlo ni tampoco al vivir con ello. Las circunstancias de mi cuerpo son mis circunstancias y me alegro de conocerlas y de poder tenerlas en cuenta para cuidar de mi salud. Este blog me ayudó a encontrar las palabras, y ahora fluyen naturalmente cuando las necesito. 

Pero además, me estoy dando cuenta de que este proceso ha tenido una consecuencia todavía más profunda para mi vida y para mi escritura, y es que ha creado un espacio para hablar de la enfermedad. De ese aspecto natural de la vida al que tanto insistimos en darle la espalda y en considerarlo extraordinario, cuando forma parte de quienes somos tanto o más que nuestra salud. Todos enfermamos, más o menos gravemente; todos tenemos achaques, divergencias funcionales o condiciones crónicas que condicionan nuestra vida. Ningún cuerpo es perfecto, nadie está sano al 100% y, sin embargo, la mayoría somos capaces de vivir y desarrollarnos a pesar de ello. O, más bien, con ello.

Contar con este espacio es para mí una alegría y un descanso en mis circunstancias actuales.

jueves, 3 de enero de 2019

SÍ SE PUEDE, pero...

Quería empezar el año con esta entrada, con un SÍ SE PUEDE bien grande, lleno de ánimos y esperanza, dedicado con todo mi cariño a quienes estrenan el 2019 inmersos en esa devastadora experiencia que es la lucha contra la infertilidad.

El título no es aleatorio, ni una frase hecha tan bienintencionada como falsa. Es algo de lo que estoy profundamente convencida, algo que he ido entendiendo a lo largo de los muchos años en que he librado mi propia batalla. SÍ SE PUEDE, con letras luminosas, gigantes. Y un "pero" pequeñito, pero un "pero" al fin y al cabo.

SÍ SE PUEDE, pero...

... no será cuando tú quieras. Creo que esta es la primera lección que nos enseña la infertilidad: para algunas personas, la planificación familiar no es más que un chiste de mal gusto. Cuando esta desgracia te atraviesa, no hay nada que puedas planificar, aunque te pases días y días, noches y noches haciendo cálculos. No serás madre a la edad que deseabas, tu hijo o hija no llegará cuando calculas. Olvidarse del tiempo, relativizarlo al menos, es una de las peleas más arduas, pero solo con esa victoria lograrás cierta paz. Y, en la guerra contra la infertilidad, vas a necesitar toda la paz que consigas reunir.

... no será porque tú quieras. Lograr un embarazo pese a la infertilidad no es solo cuestión de voluntad. Por mucho que te empeñes, esas condiciones que te impiden quedarte embarazada como deseas no van a desaparecer. Ni siquiera aunque te vayas de vacaciones al Caribe para relajarte. Hacen falta buenos médicos, mejores diagnósticos, más medicación de la que te gustaría e incluso cirugía. El hecho de que de vez en cuando se produzca un milagro no implica que el milagro vaya a ser el tuyo. Mejor concentrar la energía en obtener la atención sanitaria que necesitas  (todo un logro en sí mismo) que en permanecer en un estado de concentración imposible que solo te va a hacer sentir más angustiada y culpable.

... no será como tú quieras. Nadie desea la reproducción asistida, pero algunas personas la necesitamos. Seguir adelante implica todo un rosario de renuncias que pueden hacer que te cuestiones tu propio deseo de maternidad. Con esto no quiero decir que solo quien es capaz de renunciar "merece" tener hijos. Eso sería una soberana estupidez. Lo que quiero decir es que, por más que nos engañemos, algunos no podemos tener hijos como los demás. Punto. No hay paliativos posibles. Así que nos toca dejar ir la fantasía de que podría ser siquiera parecido y, a partir de ahí, atrevernos a escribir nuestra propia historia. 

En ella puede haber hijos. O no haberlos. Cada persona va encontrando sus límites con el tiempo. Lo que sí que hay es paz de espíritu, alegría y una herida que duele menos. Lo he visto en infinidad de casos de familias cuyos hijos han llegado de maneras muy diversas. Y también en quienes han aceptado sus propios límites, transformando su camino según lo transitaban. El dolor de la infertilidad se acaba. Y en la otra orilla brilla un sol estupendo.

SÍ SE PUEDE.
¡SÍ SE PUEDE!

... a pesar de los peros :)

domingo, 26 de noviembre de 2017

La tripa crece (semanas 17 a 20)

Ya antes de vivir este embarazo, me agobiaba la perspectiva de que mi cuerpo, inmerso en semejante proceso, se volviera "público". Con esto me refiero a esa transformación por la cual el cuerpo de una mujer embarazada deja de pertenecer por completo a dicha mujer para convertirse en una especie de "res publica" sobre la que quienes la rodean creen haber adquirido algunos derechos. 

Particularmente, me desagradaba la idea de que la gente acariciara mi tripa, como había visto hacer con otras mujeres embarazadas. Me preguntaba por qué nos sentimos legitimados a tocar el cuerpo de una mujer mientras alberga otra vida en su interior, cuando la misma acción no tendría cabida en otra situación, sino que sería interpretada como una invasión de la intimidad, cuando no directamente una agresión sexual.

El caso es que, mientras mi tripa ha sido catalogada como "cervecera", nadie se ha interesado por acariciarla; pero, a medida que ha ido creciendo, ha empezado a despertar el interés que yo tanto temía. Y eso es algo que ha ocurrido una vez que he sobrepasado el umbral de las dieciséis semanas:


Al contrario de lo que yo pronosticaba, sin embargo, no me ha resultado horroroso que la gente desee tocar mi tripa. Y es que, poco a poco, la he ido "reconceptualizando" como un espacio que no es del todo mío, sino compartido con mi hija. Es algo que ha ocurrido de manera natural: simplemente, he dejado de sentir mi barriga como parte de mi cuerpo para entenderla como una mera consecuencia de la presencia de otra vida en su interior. 

Cuando las personas que me rodean (y me rodean muchas personas, no solo familiares y amigos, sino también compañeros de trabajo y alumnos) me han pedido permiso para acariciarme (y la mayor parte de las veces ha ocurrido así), yo he entendido que era a mi hija a quien querían acariciar, algo que me ha parecido hermoso y que, incluso, me ha llenado de ilusión y alegría. 

También he entendido, esta vez desde el otro lado, esa fascinación que yo misma había sentido hacia las tripas de embarazadas (aunque siempre hubiera reprimido mi deseo de tocarlas por respeto), y me ha parecido estupendo que muchas personas saciaran su curiosidad o su necesidad de compartir el milagro a través de mi cuerpo. De hecho, la mayoría de quienes se han acercado a mi barriga con intenciones táctiles han sido mujeres que, a su vez, ya habían estado embarazadas, y solo querían recordar la sensación de albergar en su vientre a sus propios hijos. 

No creo que haya en ello nada de malo, sino todo lo contrario: mientras nos sigamos emocionando ante el milagro de la vida, mientras lo sigamos viendo como algo digno de admiración, podremos conservar la esperanza de llegar a ser, como Humanidad, la mejor versión de nosotros mismos.

Sin embargo, aunque esta parte que yo tanto temía no ha terminado siendo la parte desagradable del asunto, sí que he comprobado con horror lo que significa, en otros aspectos, que tu cuerpo se vuelva "público".

domingo, 14 de mayo de 2017

Una reflexión sobre los orígenes y la identidad


 Resultado de imagen de identidad
Te gustaría saber quién eres. Con poco o nada para orientarte, das por sentado que eres el producto de vastas migraciones prehistóricas, de conquistas, violaciones y secuestros, que los prolongados y tortuosos cruces de tu horda ancestral se han extendido por muchos territorios y reinos, porque tú no eres la única persona que ha viajado por el planeta y, ¿quién sabe quién engendró a quién para luego engendrar a quién [...]? Como no sabes nada de tus orígenes, hace mucho que decidiste presumir de que eres un compuesto de todas las razas [...], en parte africano, árabe, chino, indio y caucasiano, el crisol de muchas civilizaciones enfrentadas en un solo cuerpo. [...] Has decidido conscientemente ser todo el mundo, aceptar a todos los que llevas en tu interior con objeto de ser tú mismo de una forma más libre y plena, puesto que la cuestión de quién eres es un misterio y no albergas esperanzas de que algún día se resuelva.

La otra noche me encontré con este fragmento por casualidad. Pero fue una de esas casualidades maravillosas que, de improviso, provoca una rápida evolución en mi pensamiento, llenando de luz un espacio misterioso que, hasta entonces, había permanecido oscuro.

La relación entre el desconocimiento de los orígenes y la formación de la identidad me interesa muchísimo desde el momento en que Alma y yo vamos a formar una familia sin vínculos genéticos. Nuestros hijos no se parecerán ni a papá ni a mamá, no tendrán el aire del abuelo Pepito, ni siquiera serán el vivo retrato de su hermano. Vamos a romper un buen número de convenciones y me gustaría poder empoderarlos, empoderarnos todos, en una concepción de la identidad diferente pero igualmente plena. Incluso, en lo que puede tener de autónoma frente a las tradiciones que no se cuestionan, una concepción de la identidad mejor.

No voy a negar que alguna intuición tenía sobre el tema, una idea vaga sobre lo interesante que resulta sobrepasar los límites del clan para reconocer a la Humanidad como tu propia familia. Sobre lo bonito que parece no centrarse en un rasgo u otro (los ojos así, la boca asá), sino conocerse y reconocerse en lo que cada uno tiene de particular y, a la vez, de humano. Esa es la familia a la que yo quiero pertenecer, esa es la familia que yo quiero formar.

Sin embargo, no fue hasta que leí ese fragmento que pude estar segura de lo que quería decir. Porque el texto no pertenece a una obra que trate de la adopción ni está escrita por una persona adoptada: me lo encontré en el Diario de invierno de Paul Auster. 

Lo valioso, lo que realmente me ha hecho comprender que mi intuición es una gran idea, es que Paul Auster no desconoce sus orígenes. En el libro, en ese mismo fragmento, habla de su padre y de su madre. Habla de sus abuelos y de sus países de origen. Sabe quién engendró a quién del mismo modo en que lo sabe cualquier persona que se haya criado en su familia biológica. Por si esto no fuera poco, el escritor también tiene a su disposición una fuerte vinculación étnica, ya que es judío.

Sin embargo, esa misma persona que no alberga ninguna duda acerca de sus raíces biológicas ni del origen último de su comunidad, se siente desorientado acerca de su identidad, incapaz de conformarla a partir de quienes oficialmente le precedieron. Y, por ese motivo, decide construirse una, dársela a sí mismo. Una identidad que, de manera profundamente humana, lo vincula con los demás. Con todos los demás.

Creo que este fragmento explora hasta qué punto nuestra identidad no viene dada por nuestros orígenes, sino que cada persona es responsable de crearla en la dirección que considere. Que no somos nuestra herencia genética, entre otras cosas porque, ¿acaso la conocemos realmente o estamos seguros de ella? No somos lo que fueron otros antes que nosotros, sino lo que nosotros mismos hemos sido, somos y seremos; no somos los vínculos que nos vienen dados, sino los que nosotros mismos forjamos. Nos parecemos a nosotros mismos en primer lugar y, en segundo lugar, nos parecemos a la Humanidad. Somos nosotros, somos humanos, antes de ser los hijos de... quien sea.

Una cosa es querer conocer esa "horda ancestral" y otra muy distinta hacer que tu identidad dependa de ella. Quienes conocemos nuestros vínculos biológicos tenemos esa curiosidad satisfecha; quienes no lo hacen, pueden sentir unas sanas y legítimas ganas de satisfacerla. E incluso atreverse a ello. Pero tanto unos como otros haremos mal en descansar el peso de nuestra identidad sobre el único pilar de nuestros ancestros. Porque cada ser humano es mucho más que un vínculo genético. Somos quienes nos hacemos y, además, somos todos juntos, en una interdependencia que nos vincula a un mundo lleno de riqueza.

Los orígenes biológicos son lo que son: ni más ni menos. Para unos, cotidianos; para otros, desconocidos; para unos y otros, fuente de satisfacción y orgullo, o bien de rechazo y dolor. Una identidad que los trascienda, sin embargo, es igualmente valiosa para todos. Y no me cabe duda de que, a partir de ella, no solo se ponen los cimientos de una personalidad más poderosa y auténtica, sino de una sociedad mejor.

sábado, 24 de diciembre de 2016

El tiempo de los intentos

Resultado de imagen de manos barro

Echo de menos el tiempo de los intentos. Aquel tiempo en que podía aprovechar todas las oportunidades que me brindaba la naturaleza, subirme a la ola de los ciclos y confiar en que alguno fuese el bueno. Añoro el tiempo en que todo consistía en seguir insistiendo, en que cada fracaso alumbraba también una nueva posibilidad de éxito, en que mi vida todavía se contaba en meses: un mes más o un mes menos.

Echo de menos con rabia las frases de aquellos días, los notepreocupes, los lasiguienteeslabuena. Extraño profundamente los ánimos auténticos, surgidos de la inocencia, de la confianza plena. La voz de una doctora asegurándome que todas las puertas seguían abiertas. La fascinación que creaba el desafío de una mujer lesbiana que, contra todo y contra todos, iba a quedarse embarazada utilizando el semen de un desconocido.

No sé cuándo dejé de vivir en el tiempo de los intentos y me adentré en el tiempo de los tratamientos. ¿Fue después de mi segundo aborto, el primer momento en que surgió la sospecha de que algo no estuviera bien? ¿Tal vez tras la segunda FIV, cuando quedó claro que algo no funcionaba como debía? ¿Acaso no lo atravesaba ya en mi último tratamiento, seguramente destinado al fracaso desde el principio aunque nada ni nadie me lo advirtiera? 

Mi vida ya no se cuenta sino en meses perdidos. Ya no espero con ansia el primer día de la regla. Las diferentes fases del ciclo han vuelto a convertirse en un continuo, como lo eran antes de comenzar este camino. Los plazos se alargan. Las oportunidades surgen de año en año, de seis en seis meses. He tenido que acostumbrarme a las citas médicas que nunca llegan, a los resultados que implican nuevos análisis que implican nuevos resultados. A la divergencia de opiniones. A las puertas cerradas.

Las frases que escucho ahora me dan pena y me dan miedo. De pronto, tenerhijosesmuydifícil, porlomenoslohasintentado, siempretequedalaadopción. Era divertido escuchar los detalles de una inseminación artificial, pero nadie aguanta una explicación pormenorizada de un cuadro de abortos de repetición. La muerte, la enfermedad y el fracaso continuado no son temas agradables de conversación, y el más valiente solo los saca desde la prudencia. La misma prudencia que ahora se gastan los médicos: esposibleperonoseguro, vamosaverquépasa, sinofuncionahablamos.

No culpo a nadie por este cambio. Las frases, las actitudes, son solo la prueba de que la situación ya no es la misma. Mi diálogo interior también ha cambiado. Ya no me limito a darme ánimos frente a un miedo inconcreto. Ahora dudo, reflexiono, me debato. Ahora intento ser realista, sobre todo. Y sufro, y lloro, y me desespero más que antes. Y me cuestiono muchas cosas. Intento con todas mis fuerzas olvidar "el tema" sin conseguirlo casi nunca. Y al final del día solo quiero ver la tele e irme a la cama.

Mi historia ya no es el emocionante relato de una heroína moderna. Ahora se ha convertido en la tragedia clásica de un vientre yermo. Me siento atrapada en la típica novela en la que el protagonista es el único personaje que desconoce su destino, cuando todos, incluido el lector, ya lo lamentan. No sé cuánto queda de hazaña en mi maltrecha esperanza y cuánto de crónica de una muerte anunciada.

Y sin embargo, esa voz, en mi cabeza.

Esa voz que me repite que no hay un tiempo de los intentos y un tiempo de los tratamientos. Que los dos son un mismo tiempo. Que mi esperanza real siempre fue la misma y que merece la pena luchar ahora como la mereció el primer día. Que la incomprensión de los demás, su desconocimiento, no implican que yo no sepa lo que hago. Que siempre fue el tiempo de los tratamientos y que todavía es el tiempo de los intentos.

Y que debo amarlo.

Debo amar el tiempo de los intentos,
debo amar la hora que nunca brilla,
porque solo el amor engendra la maravilla,
solo el amor consigue encender lo muerto.

Debo amar la arcilla que va en mis manos,
debo amar su arena hasta la locura,
porque solo el amor alumbra lo que perdura,
solo el amor convierte en milagro en barro.

lunes, 18 de julio de 2016

Mar de fondo


Una parte de mi familia vive a orillas del Atlántico: un océano salvaje, impredecible, bravo... que tienes que aprender a disfrutar. Cuando era pequeña y mis visitas coincidían con el verano, solía recibir explicaciones sobre los peligros escondidos bajo las olas. Las olas son visibles y hay que ser muy cateto para ignorar sus avisos cuando el mar está picado. Pero, cuando escasean, la precaución se vuelve incluso más necesaria, pues suele darse el fenómeno traicionero del mar de fondo: una corriente profunda que te arrastra con fuerza, alejándote de la playa.

En estos días he recordado esa sensación de ser engullida por un mar en calma. Aparentemente, vivo un periodo de placidez: estoy de vacaciones, la adopción de embriones se pone poco a poco en marcha... Pero, en las profundidades de mi mente, una fuerte corriente me aleja de la orilla, llevándome contra mi voluntad a las regiones del miedo y la angustia. 

Es mi particular "mar de fondo": una corriente que debilita mis rodillas y amenaza con hacerme perder el equilibrio. Y tiene forma de pregunta, que mi inconsciente repite como un martilleo seco, aturdiendo mi mente: "¿Y si no lo consigo...?".

No tengo respuesta. No quiero tenerla. En estos momentos, necesito pensar que es inconcebible.

Pero entonces me digo que también pensé que era inconcebible no quedarme embarazada mediante una inseminación artificial, o llegar hasta la segunda FIV y que esta también fallara. "Inconcebible" no es nada. "Inconcebible" es solo algo que no te cabe en la cabeza, hasta que te pasa. 

Aun así, me resisto. No quiero dejarme arrastrar. Sé que vendrán momentos en que no pueda soportar la incertidumbre y llore y grite y pase noches en vela. Pero esos momentos todavía están lejos: ahora quiero disfrutar de mis baños, aunque me quede cerca de la orilla, aunque de vez en cuando toque el fondo con los pies para comprobar que no lo he perdido, que puedo ponerme en pie sin dificultades porque el fondo sigue ahí.

domingo, 12 de junio de 2016

Tsunamis


Hay veces en la vida en que los cambios te arrasan como un tsunami. 
Bueno, no sé si "en la vida", pero sí sé que "en mi vida".

Me ocurrió hace tres años. De pronto, mi cotidianidad, mi día a día, dio un giro de 180º. Mi relación con Alma se rompió, empecé a vivir sola y, por si esto fuera poco, me destinaron a un instituto nuevo, con una fama terrible y, por supuesto, en contra de mi voluntad.

Había días en que no daba crédito. Sentía que el suelo que pisaba se iba a hundir de un momento a otro y que yo caería indefinidamente por la madriguera de conejo hasta aterrizar en el "País de las Pesadillas".

Pero entonces entendí que, en caso de "tsunami emocional", más vale aprender a surfear la "gran ola" que dejar que te engulla y te dé mil revolcones antes de vomitar tu cuerpo en la orilla cual despojo de un naufragio.

Podría decir la fecha exacta. Después de pasarme un mes llorando, me dije a mí misma que había llegado el momento de asimilar lo que había ocurrido. Si se habían juntado tantos cambios, sería porque mi vida entera tenía que cambiar. Y de mí dependía convertir en una oportunidad tanto destrozo.

Entonces no sabía lo que iba a pasar, pero estoy convencida de que mi actitud contribuyó a que pasara.

Alma volvió a casa y, no sin esfuerzo, retomamos nuestra relación. Mi nuevo instituto resultó ser el lugar perfecto para seguir desarrollando mi carrera. Y fue precisamente en este contexto en el que iniciamos la aventura de convertirnos en una familia.

Los últimos meses han estado también llenos de cambios. Coincidiendo con nuestras "vacaciones reproductivas", otros aspectos de mi vida se han montado en una catapulta y han cortado la cuerda sin pedirme permiso. La velocidad del viaje ha sido tan vertiginosa que, en algunos momentos, he llorado de incredulidad.

Pero este tsunami no ha hecho más que empezar. En los próximos meses, tanto Alma como yo nos enfrentaremos a cambios laborales (el mío, modesto; el suyo, mucho más radical) que, nuevamente, pondrán patas arriba nuestro día a día.

Sin embargo, hace meses que pienso que tanto cambio en realidad es la manera que tiene la vida (o "mi vida") de poner orden. De sacudirse el polvo, ponerse guapa y salir a bailar. 

Y es curioso, porque todos estos cambios no son cosas que yo haga, son cosas que me ocurren; cosas que, en gran medida, están en manos de los demás. Y, sin embargo, siento que hay algo de mí latiendo en el fondo de todo ello, que es algo mío lo que necesita poner orden en el caos exterior para que algo de dentro pueda empezar a funcionar. 

En este contexto, claro, no puedo dejar de pensar que nuestro "gran cambio"... también está ahí :)

lunes, 14 de diciembre de 2015

Píldoras de gatosofía

Nuestra preciosa gata.

Estoy sentada en mi mesa, corrigiendo exámenes como si no hubiera mañana. Llega la gata y, de un salto sigiloso, se planta sobre las hojas blancas. Yo la cojo con suavidad y la bajo de la mesa, justo por el lado contrario al que se ha subido. Ella da la vuelta por detrás de la silla y vuelve a trepar encima de la mesa, con el objetivo de sentarse en mi regazo. Yo la bajo de nuevo, explicándole dulcemente que hoy no puede ser. Ella da la vuelta por detrás de la silla y, de un salto, se sube de nuevo. Yo la bajo sin mediar palabra. Ella vuelve a subir. Yo la bajo gritando, le digo que es una pesada, que me deje en paz, que estoy agobiadísima, que ahora mismo no puedo acariciarla, que se busque la vida, que se vaya. Ella da la vuelta por detrás de la silla y se sube de nuevo. Yo la miro con pena. La acaricio un poco, porque la vida no consiste en trabajar y sí en disfrutar de los buenos momentos. Dejo que baje a mi regazo. Intento seguir corrigiendo. La gata me muerde la muñeca porque quiere atención exclusiva. Yo resoplo y la empujo hacia el suelo. Ella da la vuelta por detrás de la silla y se vuelve a subir. Y así en un bucle infinito, hasta que la gata se cansa (milagrosamente) o yo me harto y le doy con la puerta en las narices (algo mucho más probable).

Después pienso sobre esta escena y siento que, en el fondo, admiro a mi gata. Esa es la actitud correcta ante la vida, me digo. Insistir e insistir cuando quieres algo. Aunque no lo consigas. Aunque te lleves empujones, gritos y blasfemias por el camino. Porque disfrutar de una mínima caricia u ovillarte apenas unos segundos en un cálido y mullido regazo... merece la pena.

Un rato después, vuelvo sobre la misma escena. No, sin duda esa NO es la actitud correcta. Insistir e insistir en algo imposible simplemente porque no te da la gana de entender que no puedes conseguirlo, llevándote empujones, gritos y blasfemias por el camino, quedándote con la miel en los labios tras disfrutar de una mínima caricia o de tu cuerpo hecho un ovillo en un cálido, mullido y cruelmente fugaz regazo.

Y así sigo, en un bucle infinito, preguntándome si llegará el momento en que me canse (milagrosamente) o será la vida quien se harte y me dé con la puerta en las narices (algo mucho más probable).

miércoles, 25 de marzo de 2015

¿Y si los planes de la Vida son mejores que los míos?



No creo en Dios. No creo que exista ningún ser en el Universo que esté intentando guiar mis pasos, ni dirigiéndome hacia ningún lugar en concreto. No creo que nadie haya creado un plan para mí, ni que me mande señales para que yo lo entienda y lo complete.

No creo en el Destino. No pienso que estemos aquí para nada, ni que sigamos un camino previamente escrito, ni que nuestras vidas tengan un fin. No creo que la vida de nadie tenga un fin, ni que la Humanidad entera tenga un fin.

Yo creo que la Vida es azarosa, y que nuestra necesidad de una coherencia casi casi narrativa hace que establezcamos relaciones de causa y efecto que no estaban ahí. Las cosas no ocurren por algo, pero nos gusta pensar que sí, ya que este tipo de ideas aportan sentido a nuestra vida y nos llenan de consuelo y felicidad.

Estos son mis pensamientos racionales. 
Mi experiencia, sin embargo, los contradice un tanto.

Me gusta hacer planes. Siempre me ha gustado. Desde pequeña, he imaginado mi futuro y he proyectado mi voluntad sobre él. A la Vida, sin embargo, le encanta desbaratármelos. Y he de reconocer que, la mayoría de las veces, me los desbarata para bien. Sus planes son mejores que los míos. Me jode reconocerlo y no quiero que pase cuando lo veo venir. Pero así es como suele ser.

Ahora mismo me pregunto si todo lo que me ha pasado está bien. Si de algún modo absurdo tenía que ocurrir justamente como ha ocurrido. Si el momento es ahora y no cuando yo creía que era. Si hacía falta todo esto. Si algunas cosas no pueden ser cuando yo quiero porque algunas cosas no deben ser cuando quiero yo.

Es todo tonto, raro e incoherente. Pero más que en la razón, yo confío en la intuición.
Y ahora mismo tengo la intuición de que las cosas tenían que ser así.

domingo, 9 de febrero de 2014

Celebrarme



Cuando era más jovencita, admiraba en algunas personas de mi misma edad la capacidad que tenían para celebrarse: para convertir sus fechas importantes, como el cumpleaños, en un día especial. Me gustaba que tuvieran el detalle de preparar un bizcocho o una tarta, que organizaran una cena o una comida en su casa. Envidiaba el reconocimiento que recibían, la sensación de fiesta que generaban. Me daba cuenta de cómo un pequeño gesto conseguía poner en marcha toda una marea de buenas sensaciones, de alegría. Entendía que lo que recibían a cambio era mucho más de lo que daban, y mucho más de lo que yo me atrevía a desear.

Por aquel entonces, todavía era incapaz de celebrarme. Mantenía la intuición infantil de que son los otros quienes convierten tus días en especiales, los otros quienes organizan tus cumpleaños, los otros quienes se acuerdan de felicitarte o de hacerte un regalo. Aún sentía un pudor inmaduro hacia cualquier forma de autofestejo, temiendo que fuera interpretado como una imposición o exigencia, o bien como una expresión de mi egocentrismo. Y todo ello a pesar de tener la certeza de que la misma acción realizada por las personas que me rodeaban no era interpretada más que como una invitación generosa a la fiesta.

Poco a poco y muy lentamente, he ido adquiriendo la capacidad de celebrarme. He aprendido a organizar mis cumpleaños, a preparar comidas y cenas en mi casa, a sorprender a quienes me rodean con dulces en los días especiales. Si bien todavía estoy lejos de los detalles que admiro y de otros que se me han ido ocurriendo, me siento ya instalada en una sólida rutina de celebraciones autogestionadas. Y me he dado cuenta de que esta capacidad se apoya en dos actitudes que, aunque para mí siempre han tenido importancia, no he sido capaz de desarrollar sino con los años. 

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...