sábado, 30 de abril de 2016

El viaje


Tengo un grupo de amigas (y compañeras de trabajo) que, una vez al año, organizan un viaje exprés a una capital europea. La primera vez que se fueron, me parecieron unas locas; pero, cuando vi las fotos de lo bien que se lo habían pasado, supe que me apuntaría a la siguiente. Y así fue.

Por aquel entonces, llevaba muchos años sin montar en avión. Sufría una fobia que se desarrolló paralelamente a mi depresión y tuve que emplear varias sesiones de terapia tan solo para atreverme a a plantarle cara a ese miedo irracional que se había instalado en mi mente. Ese miedo irracional que, en los momentos más exacerbados, ni siquiera me dejaba pisar un tren. Por suerte, aquel primer viaje coincidió con la recta final de la medicación y pude trabajarlo con mi psicóloga como un reto postdepresivo más. 

Participé en estos viajes durante varios años, divirtiéndome de lo lindo y quedándome siempre con ganas de repetir. Comprendiendo lo importante que era para mí, no solo enfrentarme a mis miedos, sino volver a disfrutar con esa clase de experiencias vivificantes que la depresión me había arrebatado.

Hace dos años, sin embargo, lo volví a dejar. Estos viajes los planeamos siempre con al menos seis meses de antelación y, desde que empezamos la búsqueda del embarazo, me parecía imposible seguir haciéndolo así. Porque, desde el principio, fue inconcebible para mí la idea de no haberme quedado embarazada en seis meses: y, cuanto más tiempo pasaba, más inconcebible se volvía la idea de no haberme quedado embarazada en seis meses más.

En octubre del año pasado, sin embargo, se me volvió a presentar la oportunidad de apuntarme al viaje. Los dos negativos de la segunda FIV habían pasado sobre mí como una apisonadora y sabía que pasaría algún tiempo antes de volverlo a intentar; así que, en el último momento, dije que sí.

miércoles, 30 de marzo de 2016

La adopción demonizada


A medida que voy saltando de página en página y leo aquí y allá diferentes artículos sobre adopción, se va conformando en mi mente una visión demonizada de la misma que me horroriza.

Persiste la demonización clásica de la madre biológica (al padre biológico ni se le nombra, claro), esa mujer lasciva y egoísta que abandona a su hijo como quien se deshace de un fardo. Y me toca las narices. Me tocas las narices porque yo no creo que "dar en adopción" sea un sinónimo de "abandonar". A mí me parece un acto de responsabilidad, difícil y doloroso, que merece al menos nuestro respeto. ¿Qué sabemos los demás sobre las circunstancias que rodean la vida de esa mujer y de su embarazo como para juzgarla? ¿Por qué, si ella decide que dar a su hijo en adopción es la mejor decisión que puede tomar, no podemos estar de acuerdo? 

viernes, 25 de marzo de 2016

Dieta para el SOP


Como ya expliqué en otra ocasión, el síndrome de ovarios poliquísticos (SOP) es un trastorno endocrino que afecta al metabolismo de la glucosa. Descubrirlo me llevó casi diez años, y lo hice gracias a que la doctora de nuestra primera clínica me recetó metformina para mejorarlo. A mí me mosqueó, desde el primer momento, que fuera un antidiabético, y no me conformé con que me dijera que no tenía que acompañarlo de ninguna dieta. Gracias a mis investigaciones, descubrí AESOP y aprendí otras maneras de lidiar con este síndrome.

Si el SOP estaba relacionado con el metabolismo de la glucosa y un antidiabético lo mejoraba, a mí me parecía evidente que la dieta no podía ser ajena a todo este proceso. Tampoco tuve que rebuscar debajo de las piedras para descubrir que tenía razón, así que me sorprende que los médicos no tengan esta misma información, no la consideren relevante o prefieran no darla a conocer por motivos que a mí se me escapan. Lo cierto es que, hasta el momento, NINGÚN médico (y he conocido a unos cuantos) me ha hablado de dieta cuando yo le he hablado de SOP.

viernes, 18 de marzo de 2016

Nunca el tiempo es perdido


Llevo muchos años intentando que la maternidad forme parte de mi vida, muchos más de los que llevo en reproducción asistida. Y aunque he pasado momentos de gran angustia viendo cómo el tiempo se me escurre entre los dedos, cada día que pasa estoy más segura de que este periodo de mi existencia tiene valor por sí mismo.

Poco a poco voy comprendiendo que, de alguna extraña manera, está bien así. En mi vida están pasando cosas que, desde luego, es mejor que pasen antes de que sea madre. No estaban planeadas ni puedo controlarlas, pero son buenas: uno de esos regalos que, a veces, la Vida deja en tu puerta, simplemente porque sí.

Frente a la sensación de descontrol que me ha invadido en otras ocasiones, va ganando fuerza la serenidad. Estoy aprendiendo tantas lecciones, estoy creciendo tanto... Cuando pienso en mí misma hace dos años, a punto de comenzar el primer tratamiento, me siento a años luz de mis pensamientos de entonces, de mis ideas, de mis sentimientos.

Estoy no quiere decir que haya alcanzado el nirvana de la reproducción y que ya no sienta miedo, ni dolor, ni tristeza. Para nada. Estos sentimientos negativos y muchos otros siguen ahí, como es lógico; pero ahora los vivo de una manera distinta. Quizá porque he aprendido algo más de esta compleja trama que es la vida; también de aquellos capítulos que tratan sobre la maternidad.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Mensaje en una bolsita


Hace algo más de un año, cuando todavía estaba inmersa en el duelo por mi aborto, asistí a un taller para reconectar con el útero. Fue un taller muy bonito, donde aprendí unas cuantas curiosidades científicas, pero que también me permitió aflojar el nudo de sentimientos que me ahogaba y liberar un tanto la carga mental y física. 

En medio de ese montón de experiencias maravillosas, me ocurrió algo muy tonto que hoy me deja con la boca abierta. Durante el descanso del taller, nos tomamos un té de esos que llevan un mensaje en el cartón de la bolsita. Las mujeres que asistían al taller conmigo empezaron a comentar el que le había tocado a cada una. Yo leí el mío muy rápido y, disimuladamente, lo separé del hilo y me lo guardé en el bolsillo. Cuando llegué a mi casa, lo puse junto a una colección de notitas que tengo encima de mi mesa, y ahí ha estado todo este tiempo.

El mensaje era: "Empty yourself and let the Universe fill you", 'Vacíate a ti misma y deja que el Universo te llene'.

No sé por qué entonces me resultó tan significativo. En aquel momento, estaba convencida de que me quedaría embarazada en la segunda transferencia embrionaria (como de hecho ocurrió, aunque volviera a perderlo). Y aún estaba dispuesta a pasar por otra FIV. La renuncia a mis genes no era una opción inmediata ni la adopción una opción posible; pero supongo que, en algún rincón de mi interior, una parte de mí se iba preparando para ello. Una parte de mí sabía que podía pasar y que habría asumirlo y que sería bueno. 

He leído el cartón cientos de veces desde entonces, como un mantra, como un mensaje mágico que venía a exteriorizar algo que llevaba dentro. Y, como tantas otras cosas de mi vida, sus palabras van cobrando cada vez mayor sentido :)

viernes, 4 de marzo de 2016

Momentos


La mayor parte de los días me siento segura y contenta con las decisiones que hemos tomado para continuar este camino. Siento que las cosas cobran cada vez más sentido y que eso solo puede ser bueno.

Pero a veces tengo momentos en los que me vengo abajo y todo se vuelven miedos y tristezas, como si no hubiera nada bueno en el horizonte y todo lo vivido tan solo nos hubiera acercado a un terrible e inevitable final.

Lo sé. Es tétrico y radical, pero no puedo evitarlo.

El otro día, por ejemplo, viendo el primer vídeo de Clara (en el que repasaba su aventura hasta lograr el embarazo, precisamente con un embrión de calidad D que hoy es un bebé precioso y sano), no pude evitar pensar en mis propios embriones.

Nunca pienso en ellos. Independientemente de lo que opine sobre cuándo un ser humano empieza a serlo, en su momento no establecí ningún vínculo con ellos y, por eso, para mí, no son más que "oportunidades" perdidas. No los siento como "mis hijos", aunque estrictamente pudieran serlo.

Pero desde que sé que no habrá más "oportunidades" así, que no habrá más embriones formados con mis óvulos, los pienso de otra manera. Su existencia me duele, se me clava. Hubo nueve posibilidades de tener un hijo que fuera genéticamente mío, y la mayoría se perdió antes de regresar a mi cuerpo.

No me gusta lamentarme sobre lo que hemos vivido hasta aquí; principalmente, porque no hay vuelta atrás, pero también porque, de existir una "cura" a nuestro dolor, solo la encontraremos más adelante, en el futuro que construyamos, no en los lamentos.

Pero, recordando historias como la de Clara, no puedo evitar plantearme cosas. ¿Y si no los hubiesen llevado todos a blastos? ¿Y si me hubieran transferido embriones de tres o cuatro días? Todos estaban vivos en ese estadio, ¿por qué desecharlos? ¿Y si nuestro pequeño milagro se ahogó en una placa de Petri cuando podía haber vivido en mi útero? ¿Y si me los hubieran transferido de dos en dos? ¿Habrían mejorado entonces las posibilidades? ¿Habrían salido uno o incluso los dos adelante? Y en el caso de la segunda FIV, ¿qué habría ocurrido si no hubiera tomado Adiro hasta el positivo? ¿Y si mi embrión bonito se "escurrió" en un útero que se deshacía en sangre con solo rozarlo?

Lo sé. Son pensamientos inútiles y absurdos. Pero a veces siento que preferiría que esos embriones nunca hubiesen existido. Que, desde el primer momento, me hubieran dicho que era imposible tener hijos con mis óvulos. Que nunca lo hubiésemos intentado. Que hubiera salido mal al 100%. Que mis óvulos no hubieran fecundado, que se hubiesen roto, qué sé yo. 

Porque si nunca hubiera tenido ninguna esperanza, ahora mismo no tendría ninguna duda. En mi interior podría sentir la misma rabia, pero no encontraría ningún rincón en mi mente que se preguntara "¿Y si...? ¿Y si...?". 

Tengo claro que no quiero pasar por otra FIV, pero a veces recuerdo esas nueve posibilidades y pienso en si no debería darme otras. En si no nos habremos precipitado con esta decisión y lo que deberíamos hacer es darnos tiempo para curar nuestras heridas.

La respuesta es no. Lo sé, lo sabemos.

Pero a veces, simplemente, tengo momentos.

domingo, 28 de febrero de 2016

Mise en abîme


Cuando en la Edad Media componían relatos, les gustaba diseminar pequeños guiños sobre el desenlace a lo largo de toda la historia. El público generalmente conocía el final y, por más paradójico que resulte, las anticipaciones sobre cómo iba a terminar tal o cual personaje aumentaban la emoción del relato. Uno de los recursos para hacer esto se llamaba "mise en abîme", y consistía en narrar un pequeño motivo que tuviera la misma estructura que la historia completa: un relato dentro de un relato, un desenlace previo al desenlace pero semejante a él.

En estos días ha venido a mi memoria este recurso porque siento que los dos procesos de adopción en que estoy inmersa se relacionan entre sí como un "mise en abîme": ambos han dado ya comienzo, en ambos media una lista de candidatos y un periodo de espera que culminará con una llamada, los dos requieren de una preparación previa (médica en un caso y psicosocial en otro) y espero que ambos terminen con la llegada a nuestra familia de quienes serán nuestros hijos, a pesar de que no compartamos con ellos nuestro material genético.

Como en los relatos medievales, este "mise en abîme" me crea mucha emoción: siento que la adopción de embriones será un pequeño gran anticipo de la adopción de un niño, por lo que el primer proceso me preparará para el segundo. En realidad, soy consciente de todas las diferencias que median entre ambos, pero también siento que son diferencias de "tamaño": en ambos casos estamos hablando de formar una familia con una peculiaridad que la hace distinta a la mayoría.

¿Y acaso no iba a ser ya distinta a la mayoría?

sábado, 13 de febrero de 2016

Adopción de embriones


No podemos negarlo: la adopción ha cambiado nuestras vidas. Hemos pasado de no planteárnosla por considerarla inviable en nuestro caso a descubrir que adoptar es uno de nuestros caminos preferidos para formar una familia. ¡Andamos como gallinitas cluecas con el tema!

Así que, después de mucho meditarlo, hemos llegado a la conclusión de que adoptar embriones es la manera más natural de seguir con la búsqueda de un embarazo: porque yo todavía quiero quedarme embarazada y porque aún no hemos renunciado a la idea de tener más de un hijo.

Como pareja lesbiana, se nos planteaba otra posibilidad: el método ROPA. Pero la hemos descartado porque no sentíamos que fuera una posibilidad para nosotras.

Los motivos son varios. En primer lugar, Alma no tiene demasiado interés en conservar su genética: no lo tenía cuando decidimos utilizar mis óvulos y no lo tiene ahora. Aun así, estaba dispuesta a pasar por estimulación y punción en el caso de que no pudiéramos utilizar mis gametos. Sin embargo, cuando llegó el momento, fui yo quien se sintió incapaz de enfrentarse a una nueva FIV. Que el peso recayera sobre Alma no representaba ningún alivio para mí: precisamente porque sé lo mal que se pasa, no podía pedirle eso a mi mujer. Así que decidimos que no repetiríamos el calvario por tercera vez.

Ser madres por adopción de embriones, aunque más sencillo y económico en lo que respecta a los tratamientos, también nos plantea nuevos retos. El más complicado, desde nuestro punto de vista, será acompañar a nuestro hijo en el proceso de incorporar a su vida y a su identidad el hecho de tener una familia genética completa, hermanos y progenitores incluidos. Puede que no quiera hablar del tema o puede que desee buscarlos para conocerlos: en cualquier caso, tendremos que estar a la altura. 

Por el momento, sin embargo, tan solo hemos decidido seguir buscándolo por este nuevo camino :)

lunes, 8 de febrero de 2016

La (nueva) primera visita a la (nueva) clínica


Después de una búsqueda breve pero informada, nos decidimos a visitar una nueva clínica. Habíamos hecho una pequeña lista según nuestras preferencias, pero lo que nos encontramos en la primera de ellas fue suficiente para convencernos: debemos de ser chicas fáciles, pues lo mismo nos ocurrió la primera vez ;)

A lo largo de todo este tiempo, nuestros criterios para elegir clínica han cambiado. Junto a la importancia de una primera visita gratuita (está claro que las clínicas que no la hacen nos tienen perdidas como clientes), hemos añadido la cercanía a casa. Y aunque todas las clínicas nos pillan lejos (es lo que tiene vivir en un pueblo), en esta ahorramos algo de tiempo: justo lo que ganamos en comodidad y tranquilidad.

Seguimos manteniendo la condición de que en la página web se haga una referencia explícita a las parejas lesbianas, pero ahora también queremos que se visibilice el modelo que hemos elegido para formar nuestra familia: no deja de resultar paradójico cómo muchas clínicas, algunas de muchísimo renombre, apenas publicitan la mitad de los tratamientos que realmente hacen. ¿Cuál puede ser el motivo? Nosotras no queremos premiar con nuestra confianza (¡ni con nuestro dinero!) esta manera de actuar, por mucho prestigio que tengan las clínicas que lo hacen.

Por otro lado, aunque seguimos buscando unos precios razonables (¿a quién le sobra el dinero después de dos años de pruebas y tratamientos?), estamos dispuestas a pagar un poco más por las prestaciones que buscamos. Particularmente, a lo largo de este tiempo he llegado a la conclusión de que resulta casi imprescindible que las clínicas cuenten con una tecnología tipo embryoscope, pues el desarrollo embrionario temprano puede llegar a ser (como lo ha sido en mi caso) muy traicionero. Cuando un embrión tipo A no se implanta o muere, mientras que un embrión tipo D sale adelante, seguramente influyen más factores que la casualidad o el milagro: factores que la ciencia desconoce y que este tipo de tecnología está ayudando a esclarecer.

Además, en esta nueva búsqueda hemos descubierto que muchas clínicas tienen atención psicológica gratuita. Este es un punto que nos parece importantísimo cuando los tratamientos se complican, pues anima a hacer uso de un servicio que contribuye a aliviar los aspectos más dolorosos de los tratamientos. Aunque también es verdad que, una vez metidas en el tsunami de gastos que conlleva la reproducción asistida, el dinero que cuesta una consulta puede considerarse un daño colateral más: en nuestro caso, la razón fundamental de que nunca pidiéramos una cita con la psicóloga de la primera clínica fue que la consulta obligatoria nos pareció un timo en toda regla, por lo que habría sido absurdo gastarse el dinero en hablar con una persona que no nos generaba ninguna confianza.

Finalmente, un detalle con el que soñamos (aunque sabemos que suele ser el punto débil de casi todas las clínicas) es una buena atención al paciente. No tanto por parte de los médicos como del resto de personal que te atiende. Las pacientes de reproducción asistida pasamos por momentos muy difíciles, y no solemos encontrarnos el estoicismo cuando nos hacen comentarios del tipo: "Como lleváis tanto tiempo aquí...". Si en las clínicas supieran cuántos clientes pierden debido a los comentarios desafortunados, seguramente invertirían algo más en cuidar lo que sueltan por sus bocas.

El caso es que esta nueva clínica que hemos visitado ha cumplido con todos nuestros requisitos... y más.

sábado, 23 de enero de 2016

Decidimos decidir


Una de las fuentes de mayor negatividad en la búsqueda de nuestro embarazo ha sido sentir que no controlábamos ningún aspecto del proceso. Que nos veíamos obligadas a hacer cosas sobre las que no habíamos podido tomar ninguna decisión.

Tuvimos que acudir a una clínica de reproducción asistida privada porque así lo dictan las leyes. Las que (paradójicamente) amparan nuestro modelo de familia, y también las que lo discriminan. En un mundo ideal, desde luego, habríamos escogido otro camino: no solo para lograr nuestro embarazo sino, principalmente, para configurar nuestra familia por y para nuestros hijos.

Tampoco sentimos que contaran con nosotras para elegir los tratamientos. No me refiero a que nos impusieran un tratamiento que no quisiéramos seguir, pues, evidentemente, nuestro consentimiento es un requisito moral y legal que no nos han hurtado (ni nos habrían podido hurtar) en ningún momento. 

Me refiero a que no nos han explicado todas las alternativas (con sus pros y sus contras adaptados a nuestro caso particular) para que nosotras pudiésemos elegir el protocolo. Muy al contrario, se nos ha aplicado un protocolo estándar, el mismo que siguen la mayoría de las mujeres que acuden a reproducción asistida.

Hasta donde yo sé, todos los médicos hacen esto, y lo hacen con buena fe: procuran empezar por los tratamientos menos invasivos para ir aumentando la complejidad según sea necesario. Desde un punto de vista estrictamente racional, resulta un planteamiento impecable; pero yo creo que cometen un error bastante grave: no implicar a los pacientes en la toma de decisiones.

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