domingo, 29 de noviembre de 2015

Las ideas raras


Desde que nuestra última FIV fracasó y comprendí que había llegado la hora de dejar de contar con mis óvulos para el próximo tratamiento, mi cabeza empezó a poblarse de ideas raras. Y con ellas comenzó el duelo genético.

No creí que fuera a pasar por ello porque no pensé que tuviera ningún apego especial con mis genes. Y ahora tampoco creo que lo tenga. Esas ideas raras emergieron de las profundidades de mi inconsciente, como un mal rollo atávico que llevara siglos en nuestra especie.

Por ejemplo: de repente empecé a pensar que le estaba fallando a mi familia. No a mis padres en concreto, no: a la estirpe entera, como si tal cosa existiese. En mi mente surgió una voz que me acusaba de estar dilapidando una herencia preciosa que los miembros de mis familia se habían esforzado por transmitir durante siglos: era inadmisible que ahora pretendiera hacerles el tocomocho con un churumbel que no se les pareciera ni en el envés de las uñas.

Resulta muy sencillo demostrar lo absurdo de esta idea, pues en mi familia nadie espera que yo tenga hijos. Se da por hecho que, al ser lesbiana, mi destino ineludible es tener gatos. En caso de extrema excentricidad, se podría entender que tuviera un perro. Pero... ¿hijos? Eso no viene de serie en las ovejas negras de mi especie. De hecho, cuando las Navidades pasadas se le encendió la bombilla a una de mis tías y pensó en la posibilidad remota de que Alma y yo formáramos una familia, se produjo una conmoción colectiva. 

En cuanto a la pérdida de mi herencia genética, tampoco creo que haya que tirarse de los pelos. Si bien mis hijos habrían gozado de una salud bastante buena, no creo que se hubieran librado de la miopía. Y para mí que heredar este cuerpazo que me gasto (!) no les saldría a cuenta sabiendo que el SOP que me impide ser madre es el regalo envenenado que encontrarían en el fondo del paquete. Además, yo soy de las que opinan que la mayor parte de lo que somos viene de nuestras experiencias, no de la maletita que un óvulo y un espermatozoide traían consigo.

Con el paso de los días, afortunadamente, las ideas raras se van asentando, volviendo al poso extraño del que jamás deberían haber emergido.

El duelo genético, no obstante, ha traído algunos dolores genuinos. A estos, sin embargo, me cuesta menos encontrarles su lado positivo :)
   

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Es distinto


En estos días me he dado cuenta de que la adopción y la reproducción asistida me suscitan emociones muy diferentes.

Y no solo desde mi situación actual, en la que es lógico haber acumulado mucha negatividad contra la reproducción asistida y sentirse fresca e inocente en cuanto a la adopción. Me refiero al comienzo de los dos procesos, que ha sido muy distinto.

La primera vez que visitamos la clínica de reproducción asistida, Alma y yo volvimos a casa enfadadas y abatidas. Y no porque tuviéramos una mala experiencia, todo lo contrario: nos trataron muy bien, nos dijeron que seguramente el proceso iba a ser breve y sencillo debido a mi edad y a mi aparente estado de salud (!), y nos aconsejaron intentar hacernos todas las pruebas posibles a través de la Seguridad Social. No podíamos pedir más.

Aun así, sentíamos que la reproducción asistida nos obligaba a pasar por muchos aros que, si de nosotras hubiera dependido, habríamos evitado. Y no me refiero a las pruebas u otras intervenciones médicas que no apetecen, sino a algo más profundo. Personalmente, no estoy de acuerdo en medicalizar un proceso sin necesidad, violentando el cuerpo con fármacos, borrando todo atisbo de intimidad para la pareja y cobrando por ello miles de euros. No era ni mucho menos la manera que habría elegido para formar una familia, pero me veía obligada a hacerlo si quería concebir un hijo que fuera legalmente nuestro desde el primer día.

Sin embargo, este breve-pero-intenso devaneo con la adopción nos ha llenado de una inmensa alegría. Lo que hemos hecho hasta ahora no es más que un rollo burocrático (presentar papeles y recibir una carta de confirmación), equiparable a la primera visita a una clínica; pero la diferencia es patente.

Supongo que se debe a que el proceso de adopción sí nos parece adecuado. Está gestionado por un organismo público sin ánimo de lucro (!) y las exigencias de formación, papeleo y estudio psicosocial resultan, en principio, sumamente lógicas. Además, la adopción nacional sobresale por algo que es fundamental para nosotras: la no-discriminación entre parejas homosexuales y heterosexuales.

Entiendo que, según vayamos avanzando, iré descubriendo otras partes más amargas de la adopción; pero insisto: el inicio de ambos procesos ha sido bien distinto.

No puedo dejar de pensar, por ejemplo, en mi (in)capacidad para compartirlos. Cuando Alma y yo pisamos por primera vez nuestra clínica, yo ya tenía abierto este blog. Y me fue imposible relatar la experiencia. De hecho, no expliqué ninguna prueba, ni las inseminaciones, ni siquiera la primera FIV en tiempo real, porque todo aquello me generaba un rechazo que me lo impedía.

Sin embargo, la otra tarde, nada más recibir el aviso de Correos, me puse a redactar la entrada en la que contaba que nos había llegado una carta del Instituto del Menor, sin estar segura siquiera de que así fuera.

Esto no quiere decir, por supuesto, que en realidad nunca haya querido quedarme embarazada, que lo mío sea la adopción y que haya boicoteado todo el proceso de reproducción asistida de manera inconsciente. Ojalá las cosas fueran tan sencillas. Lo que quiere decir es que, desde un principio, he estado en desacuerdo con cómo se hacen muchas cosas en reproducción asistida, lo que me ha creado un gran malestar que, afortunadamente, no está presente en este nuevo proceso.
         

jueves, 19 de noviembre de 2015

He vuelto con la píldora


La píldora y yo tenemos una relación de amor-odio que dura ya muchos años.

Hace casi seis que decidí dejarla, porque pensaba que el momento de quedarme embarazada se acercaba (ingenua) y quería limpiar mi cuerpo de hormonas antes de empezar el proceso (absurda).

Durante este tiempo, he estado tentada de volver con ella muchas veces, pero siempre pensaba que el esfuerzo merecería la pena. Y no, no la ha merecido. De hecho, existe la posibilidad de que la decisión que tomé casi seis años atrás haya sido, en parte, la causa de que todavía no sea madre. Pero no hagamos leña del árbol caído. El caso es que he vuelto con ella y ya está.

El último ciclo ha sido terrorífico. Después de tres meses hormonada, he sufrido un efecto rebote antológico. Así que, venirme la regla y lanzarme a los brazos del blíster ha sido todo uno. No sé si alguna vez he tenido tantas ganas de tomarme la pastillita (creo recordar que sí), pero esta ocasión sin duda puede subirse al podio de las tres mejores.

La receta es para seis meses. Yo me he comprado una caja de tres. Pienso tomármela entera y poner mis ovarios a dormir. Después, ya veremos.

Lo que tengo absolutamente claro es que no iba a aguantar los efectos secundarios del SOP ni un minuto más.

domingo, 8 de noviembre de 2015

No con mis óvulos


Antes de que nos llegara la carta del Instituto del Menor y la adopción se convirtiera en monotema, les comenté a varias de mis amigas que, casi con toda seguridad, el próximo tratamiento no lo haríamos con mis óvulos.

Fueron varias conversaciones, con amigas distintas y en momentos diferentes, pero todas me dijeron lo mismo: que estaba exagerando. Que quedarse embarazada es muy difícil, que todo podía achacarse a la mala suerte, que tenía que seguir intentándolo, que en mis óvulos no había nada malo.

La verdad es que la homogeneidad de sus reacciones me ha desconcertado. El duelo genético me está resultando infinitamente más duro de lo que me esperaba (de hecho, no me esperaba dificultad alguna) y ver que, mientras yo capeo las cien mil ideas raras que pueblan mi mente, el resto del mundo cree que, simplemente, exagero... me hace sentir muy confundida.

Una parte de mí quisiera creerlas, como quisiera confiar en nuestra doctora cuando nos dice que todavía estamos dentro de la estadística, que no tiene por qué ocurrir nada raro, que una vez me quedé embarazada, que dos de mis embriones fueron de calidad excelente. Es la misma parte de mí que, cuando navega por Internet, solo se fija en los casos de quienes tienen algún problema en el útero, obviando aquellos que, después de cien mil pruebas e intentos, acabaron renunciando a los genes de la madre para conseguir su embarazo.

Por suerte o por desgracia, otra parte de mí me recuerda que el único contacto que la mayoría de mis amigas ha tenido con la reproducción asistida es mi caso. Que quienes insisten en que no debe de haber nada malo en mis óvulos son también quienes siguen confundiendo una inseminación artificial con una fecundación in vitro sin terminar de entender en qué consiste ninguna de las dos. Sus ánimos son bienintencionados, igual que lo son los de nuestra doctora (o, al menos, eso quiero creer), pero la que se pincha las hormonas, la que revienta de dolor con cada hiperestimulación, la que pasa un miedo terrible antes de la punción, la que sufre cuando la mayoría del los óvulos no fecunda o la mayoría de los embriones se para, la que recibe la noticia de un negativo, un bioquímico o un aborto después de haberse dejado la piel, el corazón y los ahorros por el camino... soy yo.

Así que soy yo, junto con Alma, quien tiene que tomar una decisión. Y la decisión está clara: podría seguir intentándolo, pero sé que no debo. Sé que no debo someter a mi cuerpo a más maltrato inútil, ni a nuestras mentes a más frustración. Si bien existe la posibilidad de que haya problemas más allá de mis ovarios, es una posibilidad remota; mientras que la falibilidad de mis óvulos está más que comprobada.

Eso no quiere decir que esté siendo fácil. Eso no quiere decir que no haya días es que no fantasee con un intento más. Pero sé que no tiene sentido. La segunda FIV iba a ser la buena. Y ha salido mal.

Toca recoger los bártulos y avanzar.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

¡Nos ha llegado una carta!

Cuando ayer llegué a casa del trabajo y abrí el buzón, me encontré con un resguardo de Correos: me habían enviado una notificación y en el remitente ponía "Comunidad".


Como yo trabajo para la Comunidad de Madrid, lo primero que pensé fue en alguna burocracia horrible. ¿Qué he hecho ahora? ¿Qué quieren...? Esperaba el ascensor blasfemando contra la inspección, la LOMCE y Cristina Cifuentes, cuando se me iluminó la bombilla. 

NO ES DEL TRABAJO.

Entonces lo supe. Era del Instituto del Menor. ¡Seguro!

Empecé a ponerme muy nerviosa y a sentir ganas de llorar y gritar al mismo tiempo. Desde hacía algunas semanas sabía que había algún movimiento, y aunque nosotras apenas estamos empezando, tenía la esperanza de que nos llegara algo. Aun así, mi mente racional seguro-anti-hostiones se puso en marcha. Solo pone "Comunidad", me decía. Podría ser hasta de la "comunidad de vecinos". 

Pero yo sabía que no lo era.

Sin embargo, decidí no decirle nada a Alma. Ya vivimos en una montaña rusa de emociones como para echar más leña al fuego por una intuición, independientemente de lo fuerte que sea. Lo único malo es que se me da como el culo mentir, así que, durante la comida, Alma no hacía más que mirarme y decirme: "Estás muy guapa hoy... ¡te brillan los ojos!".

Por la tarde no podía concentrarme. Tenía una montaña de exámenes que corregir, nuevas pruebas que poner y varias clases que preparar; pero solo fui capaz de buscar compulsivamente en Internet, hasta que encontré alguna prueba más de que, de hecho, el Instituto del Menor estaba mandando cartas.

Así que hoy, según volvía del trabajo, me he pasado por la oficina de Correos para recoger la notificación. Después de esperar un rato, ha tocado mi número y han ido a buscar la carta. He estado tentada de pedirle a la trabajadora de Correos que me dejara guardar el aviso como recuerdo; por suerte para mi imagen de no-madre histérica, he conseguido rectificar a tiempo (!).

Mientras la mujer me explicaba cómo rellenar el papelito rosa del certificado, yo no hacía más que columpiarme sobre el mostrador a ver si lograba ver algo del remitente. "Por favor, que no ponga Consejería de Educación. Por favor, que no sea del trabajo...".

Me quedé más tranquila cuando vi que encima de "Comunidad de Madrid" había un montón de letras pequeñas, lo que no ocurre en las cartas que me llegan del trabajo. Enseguida conseguí echarle el ojo al sello y, por fin, atisbé que ponía "Consejería de Asuntos Sociales". Todo esto ocurrió durante los segundos que tardó la señora en decirme que escribiera mi nombre, mi DNI y firmara el papelito rosa; segundos que, a mí, se me hicieron eternos.

Apenas tuve que echar una firma más en la PDA y... ¡ya tenía la carta en mis manos! Salí de la oficina con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos vidriosos de lágrimas. ¡Teníamos una carta del Instituto del Menor...!


Todavía tuve el cuajo de aguantar hasta casa para abrir el sobre, solo por no destrozarlo y, esta vez sí, guardar un bonito recuerdo :D

Las buenas noticias:

  1. Ya tenemos abierto un expediente de adopción a nuestro nombre.
  2. Insisten en que la mayoría de los niños son menores de un año.
  3. Entramos en el primer tercio de la lista de espera.
  4. Y, por nuestra edad, tenemos más de seis años de margen.

A cambio, ya sabemos que esta carta solo implica que los papeles les llegaron bien: iniciamos un proceso largo y sin ninguna garantía.

Después de leer los tres folios de cabo a rabo, le preparé una sorpresita a Alma: recorté unos corazones rosas y le dejé la carta encima de su mesa.


Cuando llegó del trabajo, aguanté el tipo como pude, hasta que fue a dejar las cosas. Enseguida la escuché volver corriendo por el pasillo, riéndose a carcajadas. "¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué es esto?!", gritaba. Me encantó verla tan emocionada y saber que había convertido la intuición de una noticia en una bonita sorpresa.

Hace seis meses, la adopción era un camino vedado para nosotras.
Y ahora tenemos una carta.  

viernes, 30 de octubre de 2015

Fechas queridas


Estoy días transito fechas muy queridas: se cumple el primer aniversario de mi embarazo. Hace un año que disfrutaba del milagro de haberme quedado embarazada, que trataba de hacerme a la idea de que, contra todo pronóstico, me había pasado a mí. Me daba miedo creérmelo por si algo malo pasaba, pero todavía conservaba la inocencia de preguntarme: ¿qué va a pasar?

He estado recordando los últimos días de la betaespera, esos días en los que sentí que, esta vez sí, iba a tener suerte. Los días precedentes habían transcurrido como en cualquier otro intento, con momentos de esperanza y momentos de desesperación. Pero, al acercarse el día de la beta, mi cuerpo empezó a cambiar. En los ciclos anteriores, que fueron negativos, cualquier síntoma de embarazo provocado por la progesterona disminuía al acercarse este día; pero, esta vez, ocurrió todo lo contrario. Mi pelo y mi piel estaban distintos, la hinchazón que sufría debido al SHO no bajaba, los pechos adquirieron una tonalidad rosada que nunca antes había visto.

También he recordado la llamada. Desde el primer momento, el tono de voz de nuestra doctora me hizo saber que pronunciaría la palabra mágica: "Positivo". Mi reacción, sin embargo, fue muy distinta a la que había esperado. No sentí una alegría desbordante ni me puse a llorar. Ni siquiera pensé en el embrión. La emoción que me embargó fue la de un intenso y liberador alivio. Ya estaba. Ya había acabado la pesadilla. No tendría que volver a la clínica para ver cómo seguíamos. No volvería a pasar por pinchazos, operaciones y otros suplicios. Lo habíamos conseguido.

En aquel momento me culpé mucho por aquella reacción. ¿Por qué mi emoción principal no era la alegría por el embarazo? ¿Cómo podía ser más importante el alivio? Con el tiempo, sin embargo, me he perdonado. He comprendido que, en ese instante tan crítico, emergió todo el malestar que había acumulado durante los tratamientos. Eso no significa que no estuviera contenta o que quisiera menos a nuestro embrión. Lo que demuestra es el gran sufrimiento, físico y psicológico, que conlleva la reproducción asistida.

En estos días, tan parecidos a aquellos, recuerdo también mis momentos secretos. Esos momentos casi mágicos en que, de pronto, recordaba que estaba embarazada. Me veo a mí misma caminando por los pasillos del instituto, riendo en silencio cuando nadie me veía, sintiéndome tan afortunada como una recién enamorada que acaba de descubrir que es correspondida. Recién enamorada: así es exactamente como me sentía.

A veces la gente no entiende cómo, después de una pérdida, te pueden quedar ganas de volver a intentarlo. En mi caso, ese embarazo, aunque breve, me llenó de confianza. Si lo había conseguido una vez, podía volver a lograrlo. Si lo había sentido una vez, podía volver a sentirlo. Y, ahora que había comprobado lo maravilloso que era, no pararía hasta conseguirlo.

Ese efecto tan positivo, sin embargo, se va diluyendo con el tiempo. Aquel embarazo me parece hoy un sueño, algo que apenas me rozó y que, por tanto, no puede volver a pasarme. Me he gastado toda la confianza que me regaló en los descalabros posteriores, y vuelvo a pensarlo como algo imposible, algo que no me puede ocurrir a mí.

Mis lágrimas, suaves y calientes, insisten en desdecirme. 
Fue real. Y puede volver a pasar.
 

domingo, 25 de octubre de 2015

La última FIV


Antes de empezar nuestra segunda FIV, Alma y yo estábamos de acuerdo en que sería la última. Íbamos a realizar este intento en condiciones óptimas: llevaba ya mucho tiempo con la metformina, tomaba también una medicación para prevenir los abortos, nos sentíamos llenas de fuerza, ganas y esperanza, y, encima, estábamos de vacaciones, así que el estrés se reducía al mínimo. Si, con todo eso, la FIV salía mal, entonces tendríamos que entender que mi cuerpo no daba más de sí.

Y eso es precisamente lo que  ha ocurrido. Según nuestra doctora, seguimos dentro de las estadísticas, porque es normal hacer hasta tres FIV para conseguir un embarazo, sin que ello signifique que ocurre algo malo o que es imposible lograrlo. Sin embargo, no estamos dispuestas a enfrentarnos a una tercera FIV tan solo para salirnos de las estadísticas: ya lo hicimos con nuestra cuarta inseminación y no dejo de arrepentirme. Hasta aquí hemos llegado.

El motivo fundamental por el que todavía no hemos conseguido nuestro objetivo es mi SOP. Este trastorno hace que sea prácticamente imposible estimular mis ovarios sin provocar una hiperestimulación, lo cual dificulta el conseguir un número suficiente de óvulos maduros y de calidad en cada ciclo. Con esto debería bastar para explicar lo que ha ocurrido hasta el momento, aunque quizá mis óvulos tengan mala calidad en sí mismos. Mientras que el riesgo de hiperestimulación es casi inevitable en el SOP, la mala calidad ovocitaria ocurre solo en algunos casos: en el mío, parece que el lote viene completo.

Sé que podríamos intentarlo más veces y sé que podría salir bien. A la tercera, a la cuarta, a la quinta. Mi cuerpo va reaccionando mejor a todo el proceso y al menos conseguimos un embrión de buena calidad en cada ciclo. Pero, ¿qué sentido tiene? Nuestros recursos, nuestras fuerzas, nuestro tiempo son limitados. Los embriones, aunque bonitos, o no se implantan o se paran. ¿Es solo cuestión de suerte? Podría ser, pero yo creo que la buena suerte necesita más que un empujoncito, y en nuestro caso, eso pasa por dejar de pedirle peras a mi maltrecho sistema endocrino.

Vamos a tomarnos un tiempo, a descansar, a disfrutar de la vida que sí tenemos, a pensar en nuestras posibilidades y a planear nuestro siguiente asalto. No sé cuál será ni cuándo ocurrirá, aunque sé que tendrá lugar: eso, desde luego. No voy a rendirme, no abandonaré mi sueño de formar una familia, pero sí tendré que asumir que no va a ser cuando ni como suponía.

Mi vida sigue resistiéndose a resultarme sencilla.

lunes, 19 de octubre de 2015

Vestida de otoño


Me siento vestida de otoño.

Las hojas que hasta ahora cubrían mi cuerpo han terminado su ciclo. Pronto empezarán a amarillear y se desprenderán de las ramas, alfombrando poco a poco el suelo. 

Me quedaré desnuda y el frío me encontrará sin abrigo. Pero no tendré miedo. Mis ojos permanecerán abiertos mientras el viento y la nieve adormecen mi cuerpo. La escarcha dibujará en mi rostro la sonrisa de quien sabe que, tras el silencio y la muerte, se fragua una nueva primavera. 

Un día todavía lejano volveré a sentir el cosquilleo que despierte mis raíces. Volveré a notar el hervor de las yemas bajo mi piel. Me cubriré nuevamente de flores y recuperaré la esperanza de combarme bajo el peso de los frutos. 

Eso pienso y eso sé mientras contemplo el cielo; mientras entiendo, con una tristeza infinita, que la lluvia apenas ha empezado a caer.

martes, 6 de octubre de 2015

Un sueño


La otra noche tuve un sueño precioso.

Alma y yo hacíamos una especie de mudanza interior. Teníamos que juntar las dos habitaciones de estudio en una sola. Estábamos en nuestra casa, pero, como suele pasar en los sueños, no era exactamente nuestra casa. Y la habitación elegida para el cuarto común no se parecía a ninguna de las que tenemos: era especialmente luminosa porque estaba llena de ventanas. 

No había que comprar muebles nuevos, todos estaban ya en casa, colocados en otras habitaciones. Y había muchos: dos mesas de estudio, dos sillas de oficina comodísimas, cajoneras... hasta una cómoda. Por momentos, yo me preguntaba de dónde había salido tanto mueble, y me sorprendía al comprobar que había suficientes para llenar todas las paredes (incluso encontraba uno que no cabía en la habitación y lo ponía en el salón).

Para vestir las ventanas, decidimos llevar los estores que teníamos en otras habitaciones. A mí me parecía que iba a ser un desastre, que no pegarían unos con otros y que no se ajustarían a las ventanas. Pero ocurrió todo lo contrario: de repente, teníamos un montón de estores blancos, con una caída preciosa, que se ajustaban perfectamente a las ventanas. Y había para todas, aunque eran muchas y de anchos diferentes. Yo no daba crédito al resultado. ¿De verdad todos esos estores estaban en nuestra casa...?

Fue un sueño de satisfacción, de alegría, de abundancia. Y lo mejor de todo era sentir que, para montar aquella habitación tan estupenda, no habíamos tenido que comprar nada. Todo lo que necesitábamos estaba ya en casa, solo había que cambiarlo de sitio, solo teníamos que llevarlo juntas a esa habitación común.

Al final del sueño, miraba de reojo hacia el pasillo. Porque yo sabía que, si había sido necesario juntar nuestros dos cuartos de estudio en una sola habitación, era porque necesitábamos dejar uno de ellos libre. Sabía también que aquella habitación ya estaba preparada, pero que no debía apresurarme a verla, por más que, a través de la puerta entreabierta, se adivinaran sus muebles.

Saber que esa otra habitación estaba allí me llenó de una secreta confianza.
Aunque todavía no hubiera llegado el momento de utilizarla.

sábado, 3 de octubre de 2015

Y mientras tanto, la vida sigue



Cuando me encuentro mal, me resulta inverosímil que siga amaneciendo. Cada mañana, espero un cataclismo que refleje lo que siento en mi interior, pero la vida se obstina en transcurrir al ritmo de siempre, ignorándome.

Tiene sentido. Si por cada persona que se pusiera a morir la vida colapsara, habríamos durado dos días. Además, por mucho que quiera arrancarme a patadas con el motor que mueve el mundo, es mejor que siga funcionando: tarde o temprano, yo también acabo por subirme al tren.

Ha empezado el curso. Como un buen amigo que te tiende una mano, me ha ayudado a reintegrarme en la rutina. Este año tengo grupos muy estimulantes y cada minuto que dedico a preparar las clases termina mereciendo la pena. Parece que por fin he acumulado la suficiente experiencia como para disfrutar de cierta sensación de control, y aunque tengo mucho que hacer, entiendo que es mejor concentrarse en cosas que van a algún sitio que en los lamentos que me conducen siempre al mismo pozo amargo. 

Es la ventaja de tener un trabajo absorbente. No sabes cómo librarte de él cuando quisieras dedicarle tiempo a tu vida personal, pero si necesitas que te rescate de ti misma, te espera con los brazos abiertos.

No tengo todo lo que quiero, pero tengo mucho de lo que quiero. La vida sigue y yo con ella. 

Y está bien.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...