sábado, 27 de junio de 2015

Era hoy



Hoy era el día en que tenías que haber venido al mundo. Hoy era la tan esperada fecha prevista de parto. Era hoy.

Tus dos mamás fantaseamos mucho con este día. Íbamos a empezar las vacaciones de verano contigo en casa. Teníamos dos meses por delante para cuidarte juntas y aprender a ser una familia. Estábamos muy contentas; pensábamos que, ni habiéndolo planeado, habría salido tan bien. ¿Nos atreveríamos a salir de viaje? ¿Qué destinos serían adecuados para un bebé recién nacido...?

Tu recuerdo ya no duele como antes. Como diría Montaigne, tu vida, aunque breve, fue completa. Fuiste deseado, celebrado y muy, muy querido. El privilegio de haber compartido tu existencia crece cada día. Tus fotos, aunque poco nítidas, llenaron los marcos de nuestra casa. El latido de tu corazón, aunque lento, llenó mis oídos de un ritmo que no olvidaré mientras viva. Me despedí de ti sollozando que no me arrepentía de nada y la alegría de esa convicción me acompaña todavía. 

Era hoy, y mañana será otro día.
Un pedacito de ti se quedó con nosotras y un pedacito de nosotras vuela contigo.

lunes, 15 de junio de 2015

Rutinas que curan



Desde que sembramos nuestro huerto urbano, he incorporado una nueva rutina: todos los días, antes de que anochezca, salgo a la terraza a cuidar de nuestras plantas. Las vigilo diariamente, aunque no siempre tenga que regarlas (y menos estos últimos días, en los que he tenido que acudir a su rescate varias veces para que no acabasen desbordadas).

Los gatos, que aman las rutinas más que cualquier ser humano, se unen a mí cada tarde. Si por alguna razón me retraso, ya tengo al gato maullando y ronroneándome en la pierna para que les abra la terraza. Como estas semanas han estado cambiando el pelo, he aprovechado también para darles un buen cepillado. El gato lo ha agradecido enormemente y la gata... bueno, la gata, poco a poco, ha aprendido a tolerarlo.

Lo bueno de tener seres vivos a tu cargo es que no valen excusas: hay que cuidarlos. Si crees que no pasa nada por dejar de supervisar el huerto un día, solo tienes que asomarte a la terraza la tarde siguiente y ver las tomateras cherry espachurradas. Así que no valen tristezas, ni cansancios, ni exámenes por corregir, ni neuras, ni nada. Hay que salir a la terraza, hay que regar, hay que cepillar a los gatos. Todo lo demás no es cuestión de vida o muerte, así que puede esperar a mañana.

Por todo esto, mi nueva rutina se ha convertido en una de esas rutinas que curan. Que te sacan de tu escondite y te obligan a reintegrarte, a comprometerte, a dejar de mirarte el ombligo, a hacerte cargo. A entender que el mundo no se para porque tu mundo parezca estar parado, aunque haya días en que para ti esto no tenga ningún sentido.

sábado, 30 de mayo de 2015

Anemia



Empiezo a recibir algunos resultados de las pruebas que me estoy haciendo dentro del estudio de fallo de implantación (o abortos de repetición). Hasta el momento no hemos descubierto nada especial, si bien me queda aproximadamente la mitad de las pruebas, como iré explicando más adelante.

Lo que sí ha descubierto mi doctora de cabecera ha sido que tengo anemia. Decidió aprovechar los análisis que me mandaba para comprobar mi estado general de salud, y aunque todo estaba perfecto, mejor incluso que en los últimos años, mis glóbulos rojos nos hacían señales de SOS desde el papel.

La anemia es una consecuencia bastante frecuente del aborto, y, en casos como el mío, prácticamente irremediable. Pero los médicos han tardado seis meses en diagnosticármela, y eso que he visto a más de cuatro diferentes desde que perdí mi embarazo.

lunes, 25 de mayo de 2015

Adopción nacional



Era jueves, el día posterior a nuestro primer aniversario de boda. Yo andaba saltando de blog en blog, haciendo un poco de tiempo antes de sumergirme en una apasionante (léase con tono irónico) tarde de correcciones, cuando el título de una entrada me llamó la atención: "Abre la nacional en Madrid". Cualquiera pensaría: "¿La qué?". Pero yo no tardé ni un segundo en saber lo que era: ¡la adopción!

Aunque parezca increíble, hacía apenas unos días que Alma y yo habíamos estado visitando la página web del Instituto Madrileño de la Familia y el Menor, leyendo información sobre adopciones especiales y acogimientos. La adopción siempre ha sido para nosotras una opción igual de atractiva que la maternidad biológica, y si finalmente hemos optado por esta última ha sido, entre otras cosas, porque veíamos inviable adoptar. Nosotras no podemos acceder a la adopción internacional como pareja y, en este momento de nuestra vida, no estamos dispuestas a hacernos pasar por algo diferente a lo que somos. Aunque sabíamos que la adopción nacional en Madrid estaba cerrada desde 2008, la posibilidad de hacer un acogimiento o una adopción especial llevaba algunas semanas haciéndonos runrún en la cabeza.

Así que encontrarme de casualidad con este notición me pareció una broma. Tuve que leer varias veces el título de la entrada, leerme después la entrada entera y visitar la página de la Comunidad de Madrid, donde la convocatoria que habíamos visto cerrada hacía solo unos días se había vuelto a abrir, para terminar de creérmelo. Me pasé toda la tarde lloriqueando, corrigiendo exámenes con mano temblorosa y una sonrisa bobalicona pintada en la cara. No quería ni decírselo a Alma, porque sabía que entonces estallaría de emoción y me pasaría varias horas en shock. Así que esperé a que viniera a buscarme para cenar y entonces le solté la bomba:

– Tía, ha ocurrido un milagro. ¡No te lo vas a creer...!
  

martes, 12 de mayo de 2015

Diez años juntas



Este mes cumplimos nuestro décimo aniversario. Ya han pasado diez años desde aquella tarde en la que hablamos de que ella y yo quizás. No hubo beso, ni petición formal para salir. Como me dijo Alma hace unos días, tan solo fue la primera vez en la que nos referimos a nosotras como una posibilidad. Las dos emprendíamos un camino hacia lo desconocido. Diez años después, todavía lo recorremos. Juntas. Enamoradas. Mano con mano, codo con codo, boca con boca. Felices ambas de haber llegado hasta aquí.

domingo, 3 de mayo de 2015

Huerting



El fin de semana pasado nos dedicamos a hacer huerting: compramos unas macetas, sustrato, fertilizante y unos cuantos sobres de semillas; las plantamos como más o menos nos pareció, las regamos con cuidado y las dejamos en la terraza, tapadas con film transparente agujereado.

Al día siguiente cayó una tormenta de campeonato. Tuvimos que acudir en socorro de nuestras macetas, porque se estaban anegando. Pensamos: "Ya está, ya se murieron todas las semillas, seguro". Pero las seguimos observando, regando una vez que se secaron, con la calma que aporta el haber dejado los sobre vacíos en la creencia de que algo saldría, por estadística, y si no, bueno, otra vez tendríamos más cuidado y lo haríamos mejor.

Ha pasado una semana y casi todas las macetas están llenas de brotes. Los tomates cherry, asomando su tallo encorvado antes de erguir las dos hojitas. La albahaca, que ya hasta se gira hacia donde le viene el sol. El tomillo, tímido pero aguerrido. Las lechugas, una legión de color verde que amenaza con acabar devorándonos antes de ser devoradas.

Una pequeña alegría, algo nuevo que hacer juntas, el alivio de ver crecer las plantas que están fuera del alcance de los gatos, la esperanza de comernos algo de lo que sembramos y, sobre todo, la reconciliación con el ciclo de la vida, que se renueva constantemente por más piedras (superpoblación, tormentas, manos inexpertas) que se encuentre en el camino.

miércoles, 22 de abril de 2015

Vivir la diferencia



Cuando comprendí que me gustaban las mujeres tenía más o menos veintitrés años. Para mí, fue un periodo muy bonito de autodescubrimiento y liberación, pero también me resultó muy duro darme cuenta de que era diferente.

Entre mis amigas de toda la vida y yo se abrió un abismo que, por aquel entonces, consideré insalvable. Muchas de las cosas que habíamos compartido hasta entonces (salidas, confidencias, ligues, etc.) parecían estar esfumándose. Algo intangible pero implacable nos separaba y yo no sabía cómo salvar ese vacío. No quería separarme de ellas, pero ya no podía correr a abrazarlas.

Con el paso de los años he conseguido entender muchas cosas, curarme muchas heridas, volver a estrechar los lazos con las personas a las que quiero y que me quieren, independientemente de las diferencias. El hecho de que me gusten las mujeres ha pasado a ser una circunstancia más en mi vida, no una letra escarlata que llevo grabada a fuego en la frente. 

Una de las experiencias que me han ayudado en este camino es darme cuenta de que, por lo demás, tengo muchas cosas en común con mis amigas. Independizarse, tener pareja, encontrar trabajo, lidiar con facturas, reformas, suegros, vecinos. Nada de esto es muy trascendente, pero todo junto forma más o menos una rutina que podemos compartir.

Pensé que la maternidad pronto formaría parte de esta lista. Pero no ha sido así. De nuevo, me ha tocado a mí vivir la diferencia. Mis amigas tienen a sus hijos, con algún contratiempo por el camino, pero nada remotamente parecido al circo que yo tengo montado. Evidentemente, sabía que mi "acceso" a la maternidad tendría lugar por una puerta diferente, pero no esperaba que esa puerta condujera a un laberinto.

Saberme diferente me resulta doloroso. Compararme con los demás es clavarme un millón de cuchillos en el alma. Pienso constantemente porqueamí porqueamí porquesiempreamí. Y entiendo que lo realmente duro no es pensar que tú tienes algo que te hace distinto. Lo realmente duro es entender hasta qué punto esa diferencia te condena a la soledad.

sábado, 18 de abril de 2015

Dice la doctora



Dice la doctora que sufrir un aborto es normal, dos abortos es normal y tres abortos es normal. Que no es una estadística simpática pero que forma parte de la reproducción humana y, por tanto, no dice nada malo de mí ni de mi cuerpo.

Dice la doctora que los embarazos bioquímicos son tan frecuentes que ni siquiera hay estadísticas. Que si no estuviera en reproducción asistida, se me habría retrasado la regla dos días, me hubiera hecho un test de embarazo que habría salido negativo y jamás habría llegado a saber que un embrión intentó quedarse conmigo sin conseguirlo.

Dice la doctora que la tasa de fecundación de mis óvulos es baja en comparación con la media, pero perfectamente normal para las mujeres que tenemos SOP. Que los óvulos que se consiguen en la estimulación no siempre son óvulos nuevos de ese mes, sino que pueden llevar dando vueltas varios meses sin que los ovarios sean capaces de desecharlos completamente, y que por eso no fecundan bien.

Dice la doctora que el número de blastos que conseguimos en relación con el número de óvulos fecundados sí que está en la media, por lo que no parece existir un problema muy grave con mis óvulos ni con los embriones que forman. Que, además, los dos intentaron quedarse, lo que ya de por sí es algo bueno, aunque ninguno de ellos diera lugar a un embarazo evolutivo.

Dice la doctora que, a pesar de todo ello, entiende que los tratamientos de reproducción asistida son muy costosos en todos los sentidos, por lo que no quiere seguir probando sin más hasta que me haga un estudio completo de "fallo de implantación" (también conocido como de "abortos de repetición"), aunque todavía no haya tenido ningún "fallo de implantación" (o "aborto") alarmante o fuera de la estadística. Que solo me lo manda para que sigamos tranquilamente con los tratamientos, a sabiendas de que tengo un 95% de probabilidades de que todo salga bien.

Dice la doctora, no obstante, que si en mis pruebas sale la más mínima sombra de algo, me piensa forrar a pastillas, así que no tengo de qué preocuparme.

Todo esto dice la doctora y, por el momento, a mí me parece bien.

domingo, 12 de abril de 2015

Mi sexta betaespera (y su resultado)



Esta vez empecé la betaespera muy tranquila y confiada. Solo tenía que esperar diez días para hacerme la prueba de embarazo y la dosis de progesterona era menor que en la transferencia anterior: según me explicó la doctora, cuando se realiza la transferencia después de una punción, nuestro cuerpo no segrega la progesterona propia del ciclo, por lo que hay que suplementarla; pero, al realizar la tranferencia en ciclo natural, solamente es necesario reforzarla.

A pesar de mi optimismo, 200 mg de progesterona cada doce horas fueron suficiente para tumbarme. Lo pasé peor que nunca porque nunca había tenido tanta progesterona en mi cuerpo: tenía la tensión por los suelos, me sentía mareada continuamente y la mayor parte del tiempo no podía levantarme del sofá. Psicológicamente, para mí fue terrible verme otra vez teniendo que hacer reposo forzado, porque es muy difícil liberar la mente cuando el cuerpo te recuerda constantemente por qué estás así. En cualquier caso, yo me esforcé por salir, pasear, ir al cine e incluso conducir, con grave peligro para mi integridad, la de Alma y la de todos aquellos que se cruzaron en nuestro camino sin saber que el coche lo llevaba una hormona borracha.

Así pasaron los primeros días, y hacia la mitad de la betaespera, el cuerpo me dio una pequeña tregua. Aun teniendo que soportar esas náuseas falsas que me provocan las pastillas, el mundo parecía haberse quedado quieto y, poco a poco, fui dejando atrás todo el odio, la rabia y la frustración que albergaba hacia las hormonas sintéticas.

Cuando quedaban unos días para la beta, empecé a sentir inequívocos síntomas de embarazo. Ah, ¿pero eso existe? Por suerte o por desgracia, yo ya he comprobado que en mí sí. 

lunes, 30 de marzo de 2015

El nuevo intento



He leído muchas veces que, cuando buscas un embarazo después de una pérdida, la búsqueda se fragmenta en hitos. Ya no puedes confiar en que, llegado un determinado momento, habrás conseguido lo que deseabas. Sabes que hay muchas piedras en el camino y que sortear cada una de ellas es un fin en sí mismo. Por eso me enorgullezco de los hitos que ya he conseguido:

Hito nº 1. Llamar a la clínica
Puede parecer sencillo pero, hasta el momento, es el que más me ha costado. Volver a llamar a la clínica, volver a pedir cita para una ecografía, volver a empezar. Fue como si dejaran caer mi corazón desde una altura considerable y estuviera rebotando durante cinco días. Por la mañana estaba contenta. ¡Todo iba a ir bien! ¡Seguro! Por la tarde me sentía hundida. ¿Empezar otra vez? ¡No puedo con ello! El malestar continuaba durante la mañana siguiente, pero por la tarde... ¡Todo iba a ir bien! ¡Seguro...! Fue agotador.

Hito nº 2. Ecografías
Saber que haríamos la transferencia embrionaria sin estimulación me animaba. Nada de pinchazos, nada de hormonas, simplemente observar cómo mi cuerpo hacía la magia de todos los meses. Este hito, sin embargo, se hizo largo, pues desde que perdí el embarazo mis ciclos han durado más de treinta días. En la primera ecografía, la del décimo día, no se vio ningún folículo dominante. Tres días después, parecía que uno despuntaba, pero el endometrio, de 6 mm, no había crecido. Dos días más y el folículo prometía, pero no tanto como el endometrio, que ya estaba de 9 mm. Otros dos días y el folículo estaba listo; el endometrio, campeón de campeones, medía 11 mm. El análisis de estradiol terminó de confirmar las buenas noticias.

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