lunes, 30 de marzo de 2015

El nuevo intento



He leído muchas veces que, cuando buscas un embarazo después de una pérdida, la búsqueda se fragmenta en hitos. Ya no puedes confiar en que, llegado un determinado momento, habrás conseguido lo que deseabas. Sabes que hay muchas piedras en el camino y que sortear cada una de ellas es un fin en sí mismo. Por eso me enorgullezco de los hitos que ya he conseguido:

Hito nº 1. Llamar a la clínica
Puede parecer sencillo pero, hasta el momento, es el que más me ha costado. Volver a llamar a la clínica, volver a pedir cita para una ecografía, volver a empezar. Fue como si dejaran caer mi corazón desde una altura considerable y estuviera rebotando durante cinco días. Por la mañana estaba contenta. ¡Todo iba a ir bien! ¡Seguro! Por la tarde me sentía hundida. ¿Empezar otra vez? ¡No puedo con ello! El malestar continuaba durante la mañana siguiente, pero por la tarde... ¡Todo iba a ir bien! ¡Seguro...! Fue agotador.

Hito nº 2. Ecografías
Saber que haríamos la transferencia embrionaria sin estimulación me animaba. Nada de pinchazos, nada de hormonas, simplemente observar cómo mi cuerpo hacía la magia de todos los meses. Este hito, sin embargo, se hizo largo, pues desde que perdí el embarazo mis ciclos han durado más de treinta días. En la primera ecografía, la del décimo día, no se vio ningún folículo dominante. Tres días después, parecía que uno despuntaba, pero el endometrio, de 6 mm, no había crecido. Dos días más y el folículo prometía, pero no tanto como el endometrio, que ya estaba de 9 mm. Otros dos días y el folículo estaba listo; el endometrio, campeón de campeones, medía 11 mm. El análisis de estradiol terminó de confirmar las buenas noticias.

viernes, 27 de marzo de 2015

Marzo



Recuerdo el año pasado por estas mismas fechas. La memoria es tan intensa que el mundo me parece un inmenso déjà vu, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo y estuviera viviendo en dos momentos a la vez.

Yo quería empezar los tratamientos en marzo. Veía las ramas de los árboles cuajadas de yemas, las primeras flores, sentía la calidez de los rayos del sol, y deseaba lanzarme a fluir con todo ello, dejándome arrastrar por la inmensa ola de vida que parecía estar bañándolo todo.

Pero no fue posible. La histerosalpingografía se retrasó un mes, hubo que repetir los análisis de hormonas al descubrir que mis ovarios eran poliquísticos, y cuando por fin pensé que tendríamos luz verde para la primera inseminación, la doctora nos sorprendió con la noticia de que debía medicarme con metformina durante al menos un mes antes de empezar.

Me sentía como si estuviera perdiendo el tren. La primavera llegaba y yo no podía acompañarla. Para cuando iniciamos los tratamientos, el mundo se había colmado de frutos. Todo rebosaba de vida y yo me había quedado atrás.

Lo bueno que tiene la Naturaleza es que, si esperas lo suficiente, el ciclo siempre vuelve a comenzar. Y esta nueva primavera ha llegado con la promesa de atravesar mi vientre y dejarlo sembrado de alegría.

Nuestro segundo embrión nos espera, mi cuerpo está preparado y marzo me parece un mes estupendo para el deshielo :)

miércoles, 25 de marzo de 2015

¿Y si los planes de la Vida son mejores que los míos?



No creo en Dios. No creo que exista ningún ser en el Universo que esté intentando guiar mis pasos, ni dirigiéndome hacia ningún lugar en concreto. No creo que nadie haya creado un plan para mí, ni que me mande señales para que yo lo entienda y lo complete.

No creo en el Destino. No pienso que estemos aquí para nada, ni que sigamos un camino previamente escrito, ni que nuestras vidas tengan un fin. No creo que la vida de nadie tenga un fin, ni que la Humanidad entera tenga un fin.

Yo creo que la Vida es azarosa, y que nuestra necesidad de una coherencia casi casi narrativa hace que establezcamos relaciones de causa y efecto que no estaban ahí. Las cosas no ocurren por algo, pero nos gusta pensar que sí, ya que este tipo de ideas aportan sentido a nuestra vida y nos llenan de consuelo y felicidad.

Estos son mis pensamientos racionales. 
Mi experiencia, sin embargo, los contradice un tanto.

Me gusta hacer planes. Siempre me ha gustado. Desde pequeña, he imaginado mi futuro y he proyectado mi voluntad sobre él. A la Vida, sin embargo, le encanta desbaratármelos. Y he de reconocer que, la mayoría de las veces, me los desbarata para bien. Sus planes son mejores que los míos. Me jode reconocerlo y no quiero que pase cuando lo veo venir. Pero así es como suele ser.

Ahora mismo me pregunto si todo lo que me ha pasado está bien. Si de algún modo absurdo tenía que ocurrir justamente como ha ocurrido. Si el momento es ahora y no cuando yo creía que era. Si hacía falta todo esto. Si algunas cosas no pueden ser cuando yo quiero porque algunas cosas no deben ser cuando quiero yo.

Es todo tonto, raro e incoherente. Pero más que en la razón, yo confío en la intuición.
Y ahora mismo tengo la intuición de que las cosas tenían que ser así.

domingo, 22 de marzo de 2015

La odisea de la FIV (V). SHO



En el último control ecográfico antes de la punción, le hice muchísimas preguntas a nuestra doctora sobre el riesgo de sufrir un Síndrome de Hiperestimulación Ovárica. Las mujeres con SOP lo padecemos con mayor frecuencia, y yo ya había tenido malas experiencias con ello. Como todos los síndromes ginecológicos (o eso me parece a mí), a este también le han puesto un nombre que no obedece exactamente a la realidad: igual que si sufres SOP no tiene por qué haber quistes en tus ovarios, el SHO no solo se produce cuando los ovarios han sido estimulados.

En realidad, es una reacción de hipersensibilidad a la presencia de una hormona, la gonadotropina coriónica (ya sea "alfa", la que te inyectas para que maduren los óvulos; o "humana", segregada durante el primer trimestre de embarazo y detectada por los tests). Como digo, yo ya había tenido malas experiencias con esta hormona, sobre todo durante mi primera inseminación, en la que, de hecho, no estimularon mis ovarios. Ese mismo día, pasadas las treinta y seis horas que tarda en hacer efecto la dichosa hormona, dejé de ir al baño, me hinché como un globo y me pegué la vomitona del siglo. Por aquel entonces, ni siquiera sabía que la inyección tardaba más de un día en hacer efecto, así que me pasé dos días comiendo arroz hervido, creyendo que me había agarrado una gastroenteritis.

jueves, 19 de marzo de 2015

La odisea de la FIV (IV). Punción



Si algo me aterraba más que ponerme una cantidad obscena de inyecciones durante quién sabe cuántos días (al final fueron doce, que se dice pronto), era pasar por quirófano. La anestesia me producía un pánico irrefrenable, y me sentía la más tonta del mundo por ello: había leído muchos relatos sobre punciones y sus autoras parecían desfilar hacia el quirófano silbando alegremente. En mi caso, desde que recibí el último negativo y supe que tendría que someterme a una FIV, no hubo un solo día en que  no pensara en la anestesia y un escalofrío me recorriera la espalda.

Hasta la punción, solamente había pasado por quirófano una vez: cuando tenía cuatro años y me operaron de vegetaciones. Afortunadamente, por aquel entonces me enfrenté a la anestesia con una gran curiosidad: yo pensaba que no podía existir nada en el universo que me obligara a dormirme si no quería, y tenía la ilusión de resistirme a sus efectos. Y aunque hoy creo que no volvería a montar un drama semejante por una intervención tan rápida como una punción, sé también que no podría evitar que se me pasaran por la cabeza algunas ideas siniestras al saber que volverían a sedarme. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

El centro de mi vida



Hace unos días, Alma se refirió a la maternidad como "el centro" de mi vida, y la verdad es que me molestó bastante. No porque considere que la maternidad es un "centro inadecuado" para la vida de nadie, ya que cada uno sabe lo que hace con su vida; ni porque pensara que estaba subrayando mi presunta obsesión con la maternidad, porque no creo que sea el caso. Me molestó, simplemente, porque es mentira.

No creo que mi vida tenga ningún centro: hay muchas cosas que me importan. Me importa mi pareja, mis amigas, las relaciones personales, conocer gente. Me importa mi trabajo, mis alumnos, aprender, enseñar, ir mejorando. Me  importa nuestro planeta, los animales, cómo nos tratamos los unos a los otros, luchar por lo que considero justo. Me importan mis gatos y el perro que algún día tendré. Me importa cuidarme, comer bien, cocinar, hacer deporte. Me importa muchísimo aprovechar el tiempo que me ha sido dado para disfrutar de todo lo que esté a mi alcance: el aire libre, el mar, la siesta, el arte, la cultura, la ciencia. 

La maternidad también me importa. Es algo importantísimo para mí que he querido en mi vida desde siempre. Es una experiencia que no me quiero perder. Es algo con lo que sueño desde que era pequeña y por lo que lucho desde hace varios años. Es una ilusión, una esperanza, una alegría. Es un proyecto que deseo vivir plenamente. Pero no es el centro de mi vida.

De hecho, después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión de que, si mi vida tuviera algún centro (que no es el caso, como ya he explicado), sería la Literatura. Al principio suena raro, pero en realidad, la Literatura es para mí una forma de vida y un proyecto personal. Cuando todo lo demás falla, mi único refugio seguro es la Literatura. Ella ha sido mi compañera desde que puedo recordar, ella me ha acompañado y me acompaña en los diferentes momentos de mi vida, ella me consuela, me asombra, me devuelve la esperanza, me divierte. Si solo quedara mi mente, podría sumergirla en universos de belleza y ficción y, solo así, rescatar algún retazo de felicidad.

Esto no quiere decir que esté dispuesta a renunciar a la maternidad, o que no la merezca porque no la deseo de manera pura y única. Esto quiere decir que, afortunadamente, mi vida es variada y plena en muchos sentidos, lo cual me aporta unas buenas dosis de felicidad y salud mental que me permiten relacionarme de una manera bastante positiva con todo lo demás. Y desde esta perspectiva, para mi gusto adecuada, es desde donde deseo convertirme en mamá.

sábado, 21 de febrero de 2015

La odisea de la FIV (III). Estimulación



Y llegó el momento de empezar a pincharse, tras una semana de haber dejado la píldora y tres días después de que me viniera la regla.

Aunque yo ya me había tenido que pinchar en mis dos últimas inseminaciones, la estimulación para la FIV me daba pavor. Me había acostumbrado a unos pinchazos irrisorios, de entre 25 y 50 Ul, pero sabía que ahora tendría que inyectarme cantidades mayores, y me sentía incapaz de enfrentarme a la aguja.

Durante los primeros cuatro días, sin embargo, apenas me tuve que inyectar 75 Ul. A mí me parecía que no iba a ser suficiente para conseguir una buena cantidad de folículos, pues con las dosis anteriores no habíamos llegado ni a dos. Sin embargo, mi doctora prefería comenzar así, porque los ovarios con SOP tienen una tendencia casi irresistible a la hiperestimulación. Además, si acaso no era suficiente, siempre estábamos a tiempo de aumentar la dosis.

Y eso fue lo que pasó. Después de cuatro días de pinchazos, en el primer control ecográfico no se vio ningún folículo. Yo, que había ido preparada para memorizar todas las medidas que la doctora le dictara a la enfermera, me quedé en shock cuando vi que sacaba el ecógrafo sin decir nada, después de haberme urgado a conciencia, apretándome los ovarios y haciéndome bastante daño.

martes, 17 de febrero de 2015

Me importa un comino el rey Pepino



Cuando era pequeña tenía un libro que se llamaba así: Me importa un comino el rey Pepino. No recuerdo muy bien de qué iba, solo sé que había un rey Pepino muy desagradable que se había instalado en el sótano. Por alguna razón, hoy me ha venido a la mente, y solo tengo ganas de gritar:

– ¡Me importa un comino el rey Pepinoooooooo!

En el libro de Las voces olvidadas, explican que la fase del duelo que más nos cuesta transitar a las mujeres es la ira. Vivimos el shock y la negación, nos entregamos a la tristeza, negociamos y aceptamos. Pero muchas veces no somos capaces de enfadarnos.

Cuando lo leí, me di cuenta de que justamente eso me pasaba a mí. Me ha pasado en todos los duelos. Puedo quedarme paralizada y negar lo que ha ocurrido durante años, puedo llorar y llorar hasta secarme por dentro, puedo llegar a acuerdos con la vida y, finalmente, aceptar las cartas que me han tocado. Pero me cuesta enfadarme. A veces, simplemente, no me enfado.

Y ese no-enfadarse queda flotando en mi cabeza, como una nube negra que perturba mi mente, constante aunque sutil.

Ayer, sin embargo, me enfadé. 

Las circunstancias no son importantes. Lo importante es que, de pronto, vi pasar un montón de aspectos de mi vida por delante de mis ojos, sentí una pena terrible de mí misma, y estallé.

Hace muchos años, leí un artículo escrito por un monje budista en el que explicaba el poder que otorga la ira para "ver más claro". En él decía que, si no cedemos ante la violencia que nos provoca, si conseguimos centrarnos en ese momento de máxima tensión emocional, podemos comprender muchas cosas que, en un estado de calma, no apreciamos.

Yo siempre había pensado que la gente que se enfada es maleducada y no se sabe controlar. Sin embargo, después de leer aquel artículo, me di cuenta de que enfadarse también era necesario: solo cuando conseguía enfadarme dejaba de perdonarlo todo y juntaba las fuerzas necesarias para poner límites y recomponer mi vida. Solo cuando conseguía enfadarme veía claramente cómo era la realidad y por dónde discurría el camino que debía seguir.

Ayer lo vi otra vez.

viernes, 13 de febrero de 2015

Vuelve la luz



Los días se están alargando. 
Con un susurro, derriten lentamente los campos anegados de rocío.
Es como si pudiera oírlo, no sé.

La última vez que disfruté de una tarde iluminada, la vida bullía dentro de mí. 
Después, mi corazón se fue llenando de sombras, y esa chispa de vida se apagó.

Ahora miro el reloj y sonrío. 
Cada minuto que le robamos a la noche se convierte en una victoria frente a la oscuridad.
Cada rayo de sol que amanece orgulloso me regala una esperanza, una promesa, un sí.

Sueño con días interminables para colmarme de primavera.

lunes, 9 de febrero de 2015

La odisea de la FIV (II). Hormonas



Comencé la preparación para la FIV tomando la píldora.

En mi caso, no deja de ser paradójico haber tenido que acudir a ella para intentar quedarme embarazada, cuando hace casi cinco años que la dejé pensando que "limpiar" mi cuerpo de hormonas me ayudaría en el proceso. Por aquel entonces, no tenía mucha idea sobre las cantidades ingentes de hormonas que conlleva cualquier tratamiento de reproducción asistida, y aún suponía que podría tener éxito con uno que fuera mínimamente invasivo (!).

Durante los años que estuve sin tomar la píldora, sufrí un acné inenarrable, se me cayó el pelo a jirones y empecé una carrera desbocada hacia el sobrepeso. Pero me mantenía firme en mi decisión porque confiaba en que el momento de empezar la búsqueda estaría a la vuelta de la esquina. Al final, no resultó así, y como una bofetada del destino, tuve que acudir a la píldora de nuevo.

A pesar de ello, me consolaba con la idea de que, durante las tres semanas que duraría el tratamiento, mi SOP se regularía un poco. Pero eso tampoco ocurrió. Seguí teniendo los mismos síntomas que había tenido durante los meses anteriores, unidos a los dolores de cabeza que me provocan estas pastillas. Además, tuve pérdidas durante la segunda semana de medicación, algo que me causó no pocos quebraderos de cabeza. Según el prospecto, sin embargo, era de lo más normal.

En la semana de descanso, me vino la "regla": ese manchado indoloro y ridículo que te provoca la píldora. A la doctora de la clínica le pareció muy buena señal, aunque yo no le di demasiada importancia. Durante todos los años que tomé la píldora, no me faltó la regla ni un solo mes; como tampoco me falta cuando no la tomo. Reconozco que este tipo de fiestas ("¡Qué bien! ¡Te ha venido la regla!", como si no me viniera todos los meses y no se lo hubiera dicho) me plantean serias dudas acerca de muchas cosas.

Cuando llevaba dos semanas tomando la píldora, empecé a inhalar otra hormona distinta, que me estuve aplicando dos veces al día hasta dos días antes de la punción.

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