miércoles, 23 de abril de 2014

Mi diario de maternidad


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Hace meses que escribo un diario de maternidad. Empecé apuntando las fechas importantes, cuándo nos habíamos hecho cada prueba y cómo había ido, pequeñas anécdotas... También le pegué algunas fotos de revistas que me resultan evocadoras. Y últimamente he añadido unas cuantas reflexiones y sentimientos. 

Para mí, escribir un diario es algo bastante natural. Comencé mi primer diario con catorce años, y no dejé de escribir en él casi cada día hasta los dieciocho, así que guardo un registro minucioso de la mayor parte de mi adolescencia. Después, he tenido temporadas de volver a escribir incluso varias veces al día, y otras de no poner una palabra durante meses. Con el tiempo, mis diarios se han ido haciendo menos anecdóticos y han pasado a tener un carácter más reflexivo, aunque siempre han cumplido una función fundamental en mi vida: la de desahogo.

Este diario, sin embargo, es diferente.

sábado, 12 de abril de 2014

Nuestro donante ideal (I)



Afortunadamente, Alma y yo estamos muy de acuerdo en todo lo que tiene que ver con uno de los temas más peliagudos de la maternidad biológica lesbiana: el donante. Por desgracia, las opciones que preferimos no son posibles ahora mismo en España.

Para nosotras, el donante ideal sería una persona de confianza, que quisiera colaborar en la creación de nuestra familia e implicarse con nuestro hijo en la medida en que ambos lo eligieran. Es decir, teniendo un contacto continuado con él, como cualquier otro familiar o amigo cercano, que se iría estrechando o no en la medida en que ambos tuvieran feeling y desearan pasar más o menos tiempo juntos. 

Lo cierto es que no tenemos ningún amigo o familiar que quisiera ser nuestro donante, ni tampoco con quien nosotras quisiéramos compartir este proyecto. Cuando lo hemos hablado con algún chico de nuestro entorno, hemos terminado concluyendo, por un lado o por otro, que no era algo que deseáramos hacer juntos. A pesar de ello, la posibilidad de conocer otro candidatos fuera de nuestro círculo también existe, como descubrimos haciendo algunas búsquedas en Internet, y nada impediría que alguno de ellos se convirtiera en esa persona de confianza para nosotras.

domingo, 9 de marzo de 2014

La reproducción asistida es mi aliada




Hace algunas semanas que descubrí la página que acompaña a esta fotografía, y he de reconocer que su lectura me ha ayudado mucho a normalizar el proceso que estoy viviendo.

Han pasado tres meses desde que Alma y yo asistimos a la primera consulta en la clínica de reproducción asistida. Desde entonces, mi vida se ha convertido en una sucesión interminable de consultas médicas, pruebas, análisis y medicamentos. Todavía no hemos empezado con la fase reproductiva y yo ya me siento agotada y, en muchos momentos, incapaz de seguir adelante. Sufro estrés, ansiedad e insomnio. Me encuentro inexplicablemente enferma. Mis reglas, hasta ahora regulares, se han descontrolado. Y a menudo me descubro preguntándome cuál era el fin de todo esto.

Lo peor es sentir que no debería sentir lo que siento. Que debería estar contenta y agradecida (como han llegado a decirme) porque la ciencia me permita ser madre. Que debería haber contado (pues ya lo sabía de antemano y no es ninguna sorpresa) con un proceso semejante. Sin embargo, yo me siento enajenada de mi cuerpo, inspeccionada y expuesta, constantemente evaluada. Tengo miedos que no imaginaba, preocupaciones que me asaltan por primera vez en mi vida, dudas absurdas y ridículas y que me hacen sufrir enormemente. Y no estoy contenta, no. No era este el camino hacia la maternidad que yo imaginaba.

Así que me tengo que repetir, para convencerme, que la reproducción asistida es mi aliada, no mi enemiga.

domingo, 9 de febrero de 2014

Celebrarme



Cuando era más jovencita, admiraba en algunas personas de mi misma edad la capacidad que tenían para celebrarse: para convertir sus fechas importantes, como el cumpleaños, en un día especial. Me gustaba que tuvieran el detalle de preparar un bizcocho o una tarta, que organizaran una cena o una comida en su casa. Envidiaba el reconocimiento que recibían, la sensación de fiesta que generaban. Me daba cuenta de cómo un pequeño gesto conseguía poner en marcha toda una marea de buenas sensaciones, de alegría. Entendía que lo que recibían a cambio era mucho más de lo que daban, y mucho más de lo que yo me atrevía a desear.

Por aquel entonces, todavía era incapaz de celebrarme. Mantenía la intuición infantil de que son los otros quienes convierten tus días en especiales, los otros quienes organizan tus cumpleaños, los otros quienes se acuerdan de felicitarte o de hacerte un regalo. Aún sentía un pudor inmaduro hacia cualquier forma de autofestejo, temiendo que fuera interpretado como una imposición o exigencia, o bien como una expresión de mi egocentrismo. Y todo ello a pesar de tener la certeza de que la misma acción realizada por las personas que me rodeaban no era interpretada más que como una invitación generosa a la fiesta.

Poco a poco y muy lentamente, he ido adquiriendo la capacidad de celebrarme. He aprendido a organizar mis cumpleaños, a preparar comidas y cenas en mi casa, a sorprender a quienes me rodean con dulces en los días especiales. Si bien todavía estoy lejos de los detalles que admiro y de otros que se me han ido ocurriendo, me siento ya instalada en una sólida rutina de celebraciones autogestionadas. Y me he dado cuenta de que esta capacidad se apoya en dos actitudes que, aunque para mí siempre han tenido importancia, no he sido capaz de desarrollar sino con los años. 

lunes, 13 de enero de 2014

Elegir el camino



Desde pequeña he tenido la ilusión de ser madre. Probablemente sea la única ilusión típicamente "de chica" que haya tenido: nunca quise casarme de blanco o algo parecido, pero siempre soñé con tener una tropilla de críos.

En mi adolescencia decidí que tendría hijos biológicos, pero también adoptados. Me atraían las dos opciones y no quería perderme ninguna. Mantuve la idea durante toda la veintena y, cumplidos los treinta, me tocó decidir cuál de los dos caminos escogería primero. Y aunque esta decisión, en principio, no supone abandonar el otro camino, me ha costado muchísimo tomarla.

jueves, 2 de enero de 2014

Estrenando año



Una ciudad hermosa. Largos paseos bajo el sol.
Comer sin preocupaciones. Hacer el amor.
Dos uvas de más. Un beso.
Nuestras lentejas. Y un cine barato.

Contigo.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Formar una familia



En estos días de reuniones y celebraciones familiares, cobra más sentido para mí la idea de formar una familia. Mi propia familia.

En la que, desde el principio, el respeto, la empatía, la comprensión o el perdón sean valores fundamentales. En la que no tengamos miedo a compartirnos desde lo que somos, seres humanos, con nuestras limitaciones y nuestras grandezas. Donde la comunicación sea posible, incluso en los momentos dolorosos o difíciles, porque la honestidad tenga siempre las puertas abiertas y la escucha no conlleve juicio o control. Una familia en la que el amor te dé la mano o te abrace cuando lo necesites, y sepa retirarse en los momentos de necesaria soledad. En la que los lazos se construyan cada día y no se enrosquen en tu cuello dificultando tu respiración.

Una familia, mi propia familia, deseada y construida con el corazón. 

lunes, 16 de diciembre de 2013

Trabajos de alfarería



Sostener una idea entre mis dedos
(húmedo bloque de viscoso barro).
Otorgarle esa forma primigenia:
masa que alumbra el hueco de mis manos.
Hacer que gire lenta y suavemente 
en el papel del torno o del teclado.
Prender su carne y verla arder en llamas
del ladrillo la firmeza esperando,
para que enhiesto se sostenga y vuele
(Fénix de arcilla recién moldeado)
o se derrumbe y con desdén lo envíe
al triste limbo del hijo bastardo.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Las alas son para volar

- Un relato de Jorge Bucay -

Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
- Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, me parece que sería penoso que te limitaras a caminar, teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.
- Pero yo no sé volar - contestó el hijo.
- Es verdad... - dijo el padre y caminando lo llevó hasta el borde del abismo en la montaña.
- ¿Ves, hijo? Este es el vacío. Cuando quieras volar vas a pararte aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo y, extendiendo las alas, volarás.
El hijo dudó:
- ¿Y si me caigo...?

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