lunes, 29 de diciembre de 2014

Imaginar



Antes de empezar nuestros tratamientos, Alma y yo tuvimos que pasar una consulta obligatoria con la psicóloga de la clínica. La verdad es que no entendíamos la necesidad de esta consulta, pues creíamos tener las cosas bastante claras. Aun así, supusimos que en ella nos daría algunas claves para afrontar el proceso y, sobre todo, que nos explicaría cómo tratar el tema con nuestro futuro hijo. Y como nos parecían temas interesantes, afrontamos la visita con la mejor voluntad.

La decepción fue completa. No era la primera vez que íbamos a una consulta psicológica: las dos hemos estado en terapia individual y también de pareja. Sin embargo, la conexión personal con esta señora fue nula. Y no solo no tratamos los temas esperados, sino que fue un timo en el sentido literal de la palabra: pagamos el precio de una hora, pero nos atendió media hora escasa, durante la cual se dedicó a mirarnos fijamente a los ojos y a preguntarnos muy despacio de qué queríamos hablar.

No obstante, para intentar aprovechar siquiera el desembolso económico, yo me quedé con una técnica que estuvo explicándonos detalladamente durante un cuarto de hora: la visualización positiva. Que básicamente se resume en imaginar tu vida con tu pareja y tus hijos para así focalizar la mente hacia el éxito. Algo que nos invitaba a hacer cada mañana y cada noche hasta conseguir "nuestro objetivo".

Para que luego nos adviertan sobre los peligros de obsesionarse con el tema.

El caso es que yo lo intentaba (de vez en cuando, claro), pero no me salía. Todo lo que llegaba a imaginar era el día en que me anunciasen el positivo: cómo lloraría profundamente emocionada, cómo llamaría a tal y a cual y cómo volvería a llorar, cómo me sentiría la persona más afortunada del mundo, etc. (luego ni siquiera fue así, por cierto). Reconozco que no poder imaginarlo me preocupó durante un tiempo. ¿Acaso no estaba preparada para conseguirlo? ¿Es que "nuestro objetivo" se encontraba demasiado lejos?

De un tiempo a esta parte, sin embargo, siento como si mi mente se hubiera abierto, y ahora puedo imaginar lo que aquella señora nos sugería. Y más que imaginar, siento la presencia de esa vida que todavía no existe. 

Imagino que nuestro bebé duerme en una minicuna junto a la cama, y casi noto su respiración cuando alargo mi brazo. Percibo el olor y el tacto de su ropa, aunque no tengamos ninguna prenda, e incluso me he despertado de madrugada sintiendo que mi hijo me llamaba, cuando no era más que el gato soltando un maullido repentino. Veo su sillita en el coche, aunque no esté ni nunca hayamos tenido una, y nos imagino a Alma y a mí llegando a cualquier lado con un bebé en brazos o con un niño de la mano. 

De pronto, no tengo ninguna duda de que esa vida está ahí, a nuestro alcance.

La certeza es a veces tan intensa que me hace preguntarme si será que ya estoy preparada para lograrlo, si "nuestro objetivo" se encuentra cerca... o si me estoy volviendo loca por el camino.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Dieta vegetariana y embarazo



Me sorprende leer cómo algunas chicas que escriben blogs sobre la búsqueda de un embarazo han decidido adoptar una dieta vegetariana para favorecer el proceso. Y digo que me sorprende porque yo, vegetariana desde hace más de cinco años, nunca pensé en lograr un embarazo gracias a la dieta vegetariana, sino a pesar de ella.

Por si acaso me había perdido algo en los últimos tiempos, he estado haciendo algunas búsquedas sobre el tema, sin encontrar nada concluyente. ¿Ser vegetariana favorece la fertilidad? ¿Es esa la razón de que hayáis decidido probar con esta dieta? Si es así, me encantaría que me recomendaseis alguna lectura, porque yo no tengo ninguna referencia.

En cualquier caso, me gustaría compartir la información que yo manejo sobre el tema, para que tampoco nos llamemos a engaño.

lunes, 22 de diciembre de 2014

La pesadilla de cada navidad



La Navidad es para mí, sin duda alguna, la peor época del año. Me da pavor. Desde que empiezo a notar las aglomeraciones de gente comprando, las primeras luces, los anuncios de juguetes y colonias... mi cuerpo comienza a ponerse alerta y solo quiero salir corriendo, enterrarme en una cueva y despertar bien pasado el año nuevo.

En mi familia, la Navidad ha sido siempre una época de conflictos. Era el momento preferido de mi abuela para recordarnos a todos lo infeliz que se sentía y darnos la noticia de que no pensaba invitar a nadie a su casa. Recuerdo esperar su fatídica llamada durante la mañana de Nochebuena (avisar con tiempo es cargarse el dramatismo), con un nudo en el estómago y el miedo de no poder representar aquella noche las reuniones familiares repletas de sonrisas y abrazos que veía por la tele.

Nunca sabía cómo íbamos a pasar las Navidades. Los problemas que se habían conseguido mantener soterrados el resto del año, estallaban en estas fechas como fuegos artificiales. Durante algunos años, mis padres decidieron cambiar de planes y visitar a la familia más alejada, esa con la que no convives el resto del tiempo y con la que los roces son más suaves. Pasábamos así dos o tres Navidades tranquilas, pero al cabo de los años, estos planes también se agotaban. 

Tras la infancia y la adolescencia, superados los problemas con el resto de la familia a base de aislamiento, llegó lo que jamás esperé que ocurriera: estalló la guerra en mi propia casa. Mi hermano decidió pasarse las cenas encerrado en su habitación y yo tuve que aguantar la cara de mis padres sabiendo que me consideraban una idiota enajenada que creía haberse convertido en lesbiana. Por si esto fuera poco, mi madre decidió retomar el papel de mujer vapuleada por la vida que tan bien había representado mi abuela anteriormente, y pasearse por la casa haciéndonos saber a todos lo triste que se sentía, como si solo ella en el universo albergara un corazón el pecho.

Cuando mi psicóloga me reveló que yo era una persona muy familiar, entendí el profundo malestar que me provocaban las Navidades, pues en esta época del año es cuando se muestra con mayor intensidad que mi familia no se parece a lo que en los diferentes momentos de mi vida habría deseado. También comprendí entonces por qué, a pesar de renegar de estas festividades, desde que empecé a vivir en mi propia casa me he esforzado por mantener algo de ilusión en estas fechas, cocinando, decorando, invitando, regalando y tratando de volver a prender la hoguera de calor familiar que tantas veces me ha faltado.

Ni siquiera en esta Navidad de AUSENCIA con mayúsculas pienso dejar de intentarlo.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Tres meses



Hoy habrías cumplido tres meses.

Era fácil recordar la fecha, porque coincidía con el inicio de las vacaciones.

No sabes cuántas veces pensé en este día. Lo imaginaba desde lejos y soñaba con que ya habríamos superado las semanas de mayor peligro. Sentía que entonces habría obtenido el permiso (¿de qué? ¿de quién?) para disfrutar plenamente del embarazo. 

Me preguntaba si tendría ya tripita. La gente me decía que sí, que como estoy delgada se me notaría enseguida; pero a mí me parecía imposible. No, todavía no serías evidente, aún podría guardarte solo para mí muchos días.

Imaginaba que ya tendríamos tu ecografía de las doce semanas, esa donde ya se distinguirían tu cabecita de bebé humano, tus brazos, tus piernas. La pondríamos enmarcada en el salón, como si se tratase de una fotografía. Y a la vuelta de las vacaciones, la llevaría al instituto para hablarles de ti a mis compañeros, y les diría: "Mirad lo que me han traído los Reyes Magos".

Pero no.
Hoy no puedo celebrar que hayamos cumplido tres meses. 

Celebro, sin embargo, tu recuerdo. La alegría que trajiste, la esperanza. Sé que, en algún rincón de mi cuerpo, un trocito de ti se ha fundido conmigo, y se quedará ahí para siempre, hasta que me muera contigo.

domingo, 14 de diciembre de 2014

¿Por qué no hablar?



Últimamente pienso mucho en ese consejo tan extendido de no hablar de un embarazo hasta que no se supere el primer trimestre. De pronto, me recuerda a las advertencias que recibíamos cuando éramos pequeños sobre hablar con desconocidos. No hay que hablar con desconocidos. Pero nadie nos explicaba por qué, cuál era el peligro. Nadie nos permitía decidir si queríamos evitarlo eligiendo nuestro propio camino.

La sociedad, a veces, nos defiende del dolor sin pedirnos permiso. O tal vez ni siquiera nos defienda. Tal vez se defienda a sí misma. No hables del embarazo antes de tiempo, no vaya a ser que tu bebé se muera y todos tengamos que ponernos tristes. Mejor hagamos como si no existiera. Mejor finge para nosotros que no existe. Así, cuando se vaya, no lo sentiremos, como tampoco tú deberías sentirlo.

Hace tiempo, mucho antes de todo esto, hablé con una amiga del tema. Pensábamos lo mismo. Hay que hablar del embarazo a quien hablarías de la pérdida. A quien se enteraría. A quien haría preguntas. No se trata de confianza, se trata del precio de ocultar algo que, sin duda, está ocurriendo.

Ocultar un embarazo es sencillo pero, ¿ocultar un aborto? Los inexcusables días de baja, el dolor, la palidez, la pérdida de peso, las lágrimas. ¿Qué dirás? ¿Cuál será tu excusa? ¿Te rompiste un pie? ¿Te operaron del estómago? Y cada vez que lo digas, ¿cómo te sentirás? ¿Se te clavará en el alma la existencia de tu bebé? ¿Sentirás que lo estás traicionando? ¿O te convencerás a ti misma de que no existió, de que no fue nada?

Entiendo el fondo del consejo. Quiere evitarte que tengas que repetir, una y otra vez, la mala noticia. Pero, ¿acaso hay alternativa? Tal vez, con tu tía del pueblo, a la que no ves más de una vez al año, por mucho que la quieras. Pero no con ese compañero de trabajo con el que apenas hablas, que ha tenido que cubrirte varias horas de guardia y que te pregunta por cortesía. Me torcí un tobillo. Vaya, qué mala suerte.

Creo que, en el fondo, el consejo es perverso. Ocúltalo y sufre en silencio. Vivimos muy bien olvidados de la muerte. No, no nos la recuerdes. No queremos asumirla, ni siquiera contigo. Los bebés son alegría y nunca se mueren. Si no ha nacido, no ha existido. A saber qué has hecho. ¿Un aborto? Eso es delito. 

¿Acaso no es más natural, más sencillo, decir que estás embarazada y después decir que lo has perdido? Se murió, estoy triste, estos días no estoy para nada. Tranquila, entendemos tu dolor, la muerte siempre es una putada, tómate un descanso, pide un abrazo si lo necesitas.

Debemos madurar como individuos y como sociedad. Asumir la alegría y la tristeza, la bendición y la pérdida. Dejar de ocultarnos lo feo para celebrar aún más lo bello. Perder el miedo, liberarnos, ser más compasivos, más humanos. 

Las desgracias siguen existiendo aunque no se hable de ellas.

martes, 9 de diciembre de 2014

El tiempo relativizado


Miscellaneous Sand Clock Wallpaper

Ha pasado un año desde nuestra primera visita a la clínica de reproducción asistida.

Por aquel entonces, me dedicaba frenéticamente a hacer cálculos. Calculaba las fechas en que me tenía que venir la regla, calculaba cuánto tardaría cada prueba, calculaba cuándo estaría embarazada. 

Dos o tres meses, calculaba yo.
Solo las pruebas de diagnóstico me llevaron cuatro. 

Si hace un año hubiera sabido dónde me encontraría ahora, estoy segura de que no lo habría soportado. Hacía ya tiempo que sentía que había llegado mi momento, pero diferentes circunstancias externas me obligaron a postergarlo. Por eso llegué hace un año con la lengua fuera, harta de superar obstáculos, deseosa de recibir el premio que creía haberme ganado.

Desde entonces hasta ahora, sin embargo, el tiempo se ha ido relativizando. Se me fue apagando el ansia, la impaciencia, los cálculos. Antes creía que el paso del tiempo era insoportable, hoy sé que no todo lo que trae el tiempo es malo.

La inocencia se viste de entrega. Las dudas alumbran posibilidades. La incertidumbre se reduce, el valor aumenta. Por supuesto que preferiría sostener a nuestro bebé entre los brazos, pero ahora entiendo que el dolor se alivia un poco cuando, al menos, el paso del tiempo conseguimos relativizarlo.

martes, 2 de diciembre de 2014

El dolor necesario



Tras la pérdida, el duelo.

Para mí es como encontrarse atrapada dentro de un espeso banco de niebla. Has perdido el rumbo, no sabes hacia dónde diriges tus pasos y temes estar caminando en círculos. 

Pero hay que avanzar, no debes quedarte parada. Hay que avanzar, enfrentarte a la niebla, porque solo así conseguirás llegar al otro lado.

Resulta tentador quedarse sentada, esperando a que la niebla se disipe. Sin enfrentarse a las lágrimas, al miedo, al dolor. 

Es una mala elección. La niebla se cobija entre tus huesos, se apodera de tu alma, y aunque parezca que ha salido el sol, ella sigue dentro de ti.

Lo sé porque me ha pasado. Mi depresión fue el resultado de un duelo mal vivido. De no querer enfrentarme con la pérdida, de mirar hacia otro lado cuando debía estar atravesando el páramo del dolor.

No importa. Una puede retrasarlo cuanto quiera. La niebla resiste durante años. Y, al final, tienes que pasarlo, llorarlo, caminar con miedo, no ver nada, temer el vacío... y llegar al otro lado. 

Donde brilla un sol real, que calienta tus huesos y te devuelve la vida.

Hoy avanzo con miedo, confundida, con los brazos extendidos y las manos frente a mis ojos, temerosa de mis propios pasos. 

Pero no me voy a quedar parada.

Porque sé que existe el otro lado.
Porque quiero alcanzarlo.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Uno de cada cinco



Todos los médicos que me han atendido en estos días me dicen lo mismo: que la pérdida gestacional en las primeras semanas de embarazo es tan común que para ellos no tiene ninguna relevancia clínica. Uno de cada cinco embarazos se pierde durante esas semanas, y si se contabilizasen también aquellos que son interpretados como un retraso de la regla, seguramente serían la mitad.

Entonces, ¿cómo puedo sentirme atravesada por la fatalidad, si lo que me ha ocurrido es algo frecuente, nada extraordinario? ¿Por qué se me parte el alma y siento que, aunque cicatrice, no dejará de dolerme nunca? 

Los médicos insisten, además, en que haberme quedado embarazada es algo muy positivo, que si me ha ocurrido una vez, seguramente volverá a pasarme, y que pronto tendré un bebé entre los brazos y me habré olvidado de todo esto. Mujer legrada, al año parida, decía uno de ellos.

Y yo asiento, porque el hecho de quedarme embarazada ya no se me hace un mundo, como cuando no conseguía más que negativos. Lo que ahora me parece una gran hazaña es poder llevar un embarazo a término, superar las primeras semanas. Y lo que pienso es que sí, que volveré a conseguirlo, pero entonces, ¿quién me asegura que no lo perderé de nuevo?

Dicen los médicos que la Naturaleza es sabia. Sabia pero cruel, matizó uno de ellos. Cuando el cuerpo dice que no, es que no, y hay que respetarlo. El cuerpo sabe lo que hace, sabe lo que lleva dentro. Y es mucho mejor así, según los médicos.

El cuerpo sabe lo que hace, pero yo no lo entiendo. Quizá en mi egoísmo ciego solo quería verlo nacer, sin importarme que su vida fuera más un suplicio que una vida. ¿Quién soy yo para decidir qué vida merece la pena ser vivida? Estaba completamente entregada a la tarea de asegurarle un lugar en el mundo, y dudo que algún día llegue a comprender la decisión de mi cuerpo.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Buscar la vida, encontrar la muerte



Tenía la ilusión de relatar cronológicamente los acontecimientos de los últimos meses: la preparación de la FIV, la punción y todo lo que la rodeó, la betaespera... para acabar con la mejor de las noticias. Desgraciadamente, ya no puedo hacerlo como planeaba. Así que he decidido empezar por el final.

La FIV tuvo éxito. Logramos nuestro positivo. Y a las ocho semanas, se paró.

En la profunda inocencia que todavía me llenaba hace tan solo unos días, creía que lo peor que te podía pasar en este camino era cosechar una ristra de negativos. La incertidumbre, el miedo, la frustración... me parecían un precio suficientemente alto para lo que quería conseguir.

El dolor que ahora me consume, el vacío que se ha formado en mi interior, me han hecho comprender que dar la vida significa, invariablemente, firmar una sentencia de muerte. Si tienes suerte, tardará décadas en cumplirse, y tú, que la firmaste, no tendrás que enfrentarte con el horror. Es el orden de cosas que hemos considerado natural, porque nos permite seguir caminando por esa cara de la moneda que rebosa de vida, ignorando la verdad que se esconde al otro lado.

Cuando la pérdida se produce antes, delante de tus ojos, en el interior de tu cuerpo, ese horror cuya existencia preferimos ignorar se apodera de ti. Saliste a buscar la vida y te encontraste con la muerte. No era lo que tenía que pasar, pero ha pasado. Y te ha pasado a ti.

Mi camino se ha borrado. Rodeada por un bosque de fantasmas, solo acierto a encogerme, deshacerme por dentro... y llorar.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Mis dudas sobre la inseminación artificial



Después de cuatro inseminaciones artificiales, hay algunas cosas que aún no me quedan claras. Y una que entiendo mejor que cuando empecé. Empezaré con esta última.

La reproducción asistida fue creada para mujeres con problemas de fertilidad que estén en una pareja heterosexual. No fue creada para mujeres sin problemas de fertilidad, tengan marido, mujer o carezcan de pareja. Sin embargo, muchas mujeres que pertenecemos a estos grupos acudimos a reproducción asistida, y allí nos calzan a todas el mismo protocolo, sea cual sea nuestro caso.

Te pueden prometer que intentarán ser lo menos invasivos posibles, porque saben que tú no tienes ningún problema de fertilidad. Pero al final vas a pasar por el mismo protocolo que pasamos todas. Y si no, que me expliquen algunas de las dudas que me surgen sobre este tema:

1. ¿Por qué estimulan unos ovarios que funcionan perfectamente?

Mis dos primeras inseminaciones fueron sin estimulación, algo que agradecí hasta el infinito. En primer lugar, porque así me ahorraba unos cuantos pinchazos, tantos en términos físicos como económicos. En segundo lugar, porque de este modo pude comprobar lo que ya imaginaba: que mi síndrome de ovarios poliquísticos no tenía tantas repercusiones ginecológicas como parecía. Es decir, que ovulaba.

Tras el segundo negativo, la doctora nos anunció que debíamos estimular mis ovarios, pues de lo contrario disminuirían mis posibilidades de concebir. Esto fue algo que nunca entendí bien. ¿No tenían todos los intentos las mismas probabilidades? ¿Por qué de pronto se desplomaban? A pesar de mis dudas, accedí al tratamiento. Porque confiaba en la doctora, que forzosamente debía saber más que yo; porque después de dos negativos necesitaba probar algo nuevo que me devolviera la ilusión; y porque pensé que, si conseguía más folículos gracias a la estimulación, tendría más posibilidades de concebir.

Las dos estimulaciones arrojaron el mismo resultado: un folículo maduro y uno inmaduro cuyo óvulo, con toda probabilidad, no tuvo tiempo de madurar. Cuando le pregunté a la doctora por el éxito o el fracaso de esta nueva técnica, me respondió algo que me dejó boquiabierta. "Ha ido todo muy bien: tenemos un folículo muy bonito". El folículo bonito fue el único que apareció en los informes. Y yo me quedé paladeando una duda: ¿acaso no era un folículo bonito lo que mi cuerpo producía naturalmente cada mes, sin necesidad de gastarse un dineral en hormonas ni pasar por el suplicio de inyectárselas?

lunes, 17 de noviembre de 2014

El mandala amarillo



Es curioso cómo llega a nuestra mente la apetencia de una forma, de un color. Paseando por mi cuaderno de mandalas, me detuve en un círculo de formas bastante sencillas, y tuve claro que aquel sería el mandala amarillo.

Lo coloreé durante los tratamientos de inseminación artificial. Tenía la voluntad de que el amarillo me aportase la luminosidad que necesitaba en aquellos días tan oscuros, que simbolizase la luz al final del túnel que tanto deseaba.

Cuando lo miro ahora, sin embargo, me transmite una sensación de amargura, de esperanza truncada. Sus formas me sugieren vaginas abiertas y úteros cerrados. Manos dispuestas, alas caídas y un proceso frágil y doloroso.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Los negativos



Menudo día, el de la beta.

Para mí, comienza siempre con alivio. Al menos, esa noche ya no me acuesto en la incertidumbre. Para bien o para mal, la betaespera ha acabado y voy a salir de dudas. 

Siento que el análisis es como un sangrado medieval. En la muestra se llevan mis nervios. Me quedo más calmada, sé que ya está todo hecho.

En dos ocasiones tuve que esperar hasta la tarde para recibir los resultados. No me atrevo a coger esa llamada en el instituto y después meterme en clase, me resulta inconcebible. Las otras dos veces estábamos de vacaciones, una de ellas recién llegadas de nuestra luna de miel, y recibimos las llamadas poco antes de comer. 

Enfrenté dos negativos sola; los otros dos, con Alma a mi lado.

Mi doctora siempre dice la misma frase: "Esto ha dado negativo". Es parca en palabras. Tan solo una vez dijo algo parecido a "Es una pena". Con el tiempo he entendido que tampoco debe de ser fácil para ella. ¿Cuántos negativos tendrá que comunicar por cada positivo? Seguramente la proporción no sea agradable.

Mis reacciones suelen ser lentas. Solo una vez me eché a llorar enfurecida; tan segura estaba de que era positivo. Pegué puñetazos a la almohada, grité, maldije y me quedé dormida. En las demás ocasiones, tardé varias horas, incluso varios días, en comenzar a procesar la noticia. No siempre lloré, pero sí me encerré en mí misma, no quise hablar con nadie, procuré lamer mis heridas en la intimidad, una tendencia que me caracteriza. A los días, a la semana, ya podía hablar de ello, normalmente con el siguiente ciclo programado y esforzándome por recuperar las fuerzas perdidas.

Los negativos son una bofetada de realidad, pero a veces es bueno. Para mí, el primero y el último fueron los más positivos en este aspecto. El primero, porque entendí que todo aquel proceso que habíamos iniciado era real, que si existía un negativo era porque en algún momento existiría un positivo, que íbamos a ser madres, que era verdad y que iba a ocurrir. El último, porque estaba llena de miedo al pensar que tendría que enfrentarme a una FIV, y de pronto mis temores se materializaron y supe que aquel era el camino, que ya no debía resistirme más sino entregarme a ello, como cuando un avión enfila la pista de despegue y entiendes que ya es demasiado tarde para bajar.

Personalmente, no considero que lo peor del negativo sea el negativo. No te has quedado embarazada, bueno, lo puedes volver a intentar. Para mí, lo peor es preguntarse si alguna vez va a ocurrir. Si me dijeran que debo pasar por diez negativos antes de tener a mi bebé, me parecería bien. Pero no existe un número, ni una certeza. Los negativos no suenan a "Sigue intentándolo", a "Esta vez no". Los negativos suenan a "Nunca", a "Jamás".

Ahí radica su dolor.

martes, 28 de octubre de 2014

La clase de hoy



Este año tengo un grupo de alumnos bastante especial, que va con retraso en mi asignatura o la lleva suspensa de otros cursos. Verdaderamente tienen muchas dificultades: incluso cuando ponen su mayor empeño, no llegan a comprender muchas cosas, y para mí supone un reto enseñarles.

No es la primera vez que tengo un grupo así, pero, por alguna razón, este año he podido hacerme con ellos. Normalmente, junto a las dificultades de aprendizaje aparecen problemas de comportamiento, muchas veces como defensa ante el fracaso, que no son fáciles de solucionar. Pero estos alumnos me respetan, diría que incluso me quieren, y tienen muchas ganas de demostrarme de lo que son capaces.

Así que el otro día, como premio a su esfuerzo, tuvimos una clase de lectura libre. Les llevé unos cuantos libros de la biblioteca para que, simplemente, leyeran. No tenían que hacer un resumen, ni rellenar un cuestionario, ni pasar un examen. Al principio estaban un poco recelosos, no entendían muy bien la idea de "solo leer", cada uno a su ritmo, en silencio, sin que nadie les corrigiera los errores de pronunciación o les hiciera preguntas insidiosas para comprobar que había partes que no habían entendido. Pero, después, la lectura obró su magia y la mayoría se engancharon a las letras hasta que sonó el timbre que señala el fin de la clase (alguno incluso más allá).

Yo también me llevé un libro para leer. Cuando alguno alzaba la vista, me descubría concentrada (aunque con el rabillo del ojo estuviera supervisando lo que hacían), y regresaba a su hoja para seguir leyendo. Estoy segura de que algunos batieron su récord de tiempo sumergidos en un libro.

miércoles, 22 de octubre de 2014

La cigüeña llega a todas partes



Esta entrada está dedicada a Cigüeña Blanca, del blog La cigüeña no viene a Alemania, que hace poco me nominó a un premio, algo que me hizo mucha ilusión. Aprovecho para mandarle todo mi ánimo y positividad, y recordarle que la cigüeña llega a todas partes... ¡Alemania incluida! ¡Claro que sí!

Para recoger el premio, era necesario nombrar once blogs que tuvieran menos de cien seguidores, pero me temo que casi todos los blogs que yo leo ya han sido nominados, así que esta primera parte no la voy a poder cumplir. De todas formas, os invito a pasaros por mi lista de blogs, donde encontraréis algunos que no tratan sobre maternidad pero que también son muy interesantes...

La segunda condición era plantear once nuevas preguntas, algo que creo que tampoco voy a poder cumplir, porque no se me ocurren demasiadas. En relación a la reproducción asistida, estas son las que me gustaría plantear (sentíos libres de contestarlas si queréis):

1. ¿Cuál fue el motor que te ayudó a sobreponerte a los negativos y seguir intentándolo?
2. ¿Llegaste a desconfiar tanto de tu médico como para cambiarte de clínica? 
3. En caso afirmativo, ¿qué fue lo que ocurrió? ¿Estás contenta con tu decisión?
4. ¿Notaste algún síntoma distinto cuando tu betaespera fue positiva?
5. ¿En qué crees que podrían mejorar los protocolos de reproducción asistida?
6. Las personas que te conocen, ¿leen tu blog? ¿Por qué?

Y hasta aquí puedo leer...

En fin, me temo que la única condición del premio que voy a poder cumplir es la de contestar a las once preguntas que planteó Cigüeña. ¡Allá van!

domingo, 19 de octubre de 2014

¿Por qué tengo síntomas de embarazo si no estoy embarazada?



Dicen las malas lenguas que la peor parte de un tratamiento de reproducción asistida es la betaespera, es decir, el periodo que va desde la aplicación de una técnica (inseminación artificial o transferencia de embriones) y la beta o prueba de embarazo. 

Esto era algo que yo no entendía muy bien antes de empezar con mis tratamientos. Es decir, comprendía que no debía de ser fácil esperar entre diez y quince días para saber si estabas embarazada, pero me parecía un tanto exagerado pensar que eso era lo peor del tratamiento, por encima de los pinchazos, de los traumáticos encuentros con el espéculo, o incluso de las pruebas de diagnóstico. En mi inocencia, creía que se trataba simplemente de llenar el tiempo lo máximo posible y tener paciencia.

Y esto es así para la primera parte de la betaespera; en el caso de la inseminación artificial, los primeros cinco o seis días. Durante ese periodo, los espermatozoides realizan el viaje hasta el óvulo, lo fecundan y el cigoto resultante desciende por las trompas de Falopio hasta el útero. No hay ninguna diferencia entre que ocurra todo esto y que, como seguramente me pasó a mí las cuatro veces que lo intenté, no ocurra absolutamente nada. Que tu cuerpo lleve un cigoto flotando o que se haya convertido en un cementerio de espermatozoides da lo mismo.

Al día siguiente de la aplicación de la técnica, debes empezar a medicarte con una hormona llamada progesterona. Normalmente, se presenta en forma de unos comprimidos ovalados muy suavecitos que pueden tomarse por vía oral o introducirse por vía vaginal (a mí esta doble posibilidad siempre me ha hecho sentir como uno de esos gusanos que consisten en un tubo con agujeros en los extremos, y en los que no se sabe muy bien dónde está la boca y dónde el culo). En mi caso, después de las inseminaciones tuve que ponerme un comprimido diario por vía vaginal.

Durante los cinco o seis primeros días, los efectos secundarios de la progesterona fueron siempre los mismos: somnolencia y cierto mareo al cambiar de postura. A mí no se me hicieron nada pesados: en primer lugar, porque, para quienes sufrimos de insomnio, el sueño profundo que provocan es una bendición; y, en segundo lugar, porque ese tipo de mareo en particular es el mismo que te producen los antidepresivos, así que ya me lo conocía. Estos dos efectos secundarios son los únicos que venían en el prospecto, así que, en el primer intento, me auguraba a mí misma una betaespera feliz.

Nada más lejos de la realidad.

martes, 14 de octubre de 2014

La vida de los animales



Como vegetariana y defensora de los animales, soy especialmente sensible a ciertos comentarios del tipo: "La gente tiene mascotas porque no quiere tener hijos", "Cómo pueden preocuparse de cerdos y vacas cuando hay tanta hambre en el mundo", "Les importa más la vida de un perro que la vida de una persona".

Entre otras cosas, me parece que este es un pensamiento basado en la versión más casposa de la lucha entre las especies, donde el mundo es una pequeña tarta de cumpleaños y sus habitantes somos niños grandes que debemos abofetearnos y meternos los dedos en los ojos para conseguir un pequeño lametón de nata.

Yo no puedo compartirla. Estoy convencida de que la existencia es un hermoso cuerno de la abundancia donde todos podemos conseguir lo necesario para colmar nuestras necesidades, básicas y no tan básicas. En el mundo hay suficiente alimento para que todos podamos crecer vigorosamente y relamernos de gusto, suficiente espacio para correr, jugar, dar vueltas y henchirnos los pulmones de aire limpio, suficiente agua para beber, bañarse, nadar y salpicar a otros, suficiente alegría para que todos riamos, suficientes amigos para que todos tengamos, tantas cosas por hacer que nadie, ni uno solo, estamos de sobra.

La única condición para disfrutar de esta abundancia es coger solo lo que te corresponde y ser solidario. Una condición que, evidentemente, no se está cumpliendo. Y así nos luce el pelo, a humanos y no humanos.

No creo que las personas que defendemos la vida y el bienestar de los animales lo hagamos a costa de la vida y el bienestar de las personas. No existe tal "costa". Hay para todos.

Mi experiencia me indica, de hecho, que las personas que defienden a los animales son personas también profundamente solidarias con los seres humanos. Y al contrario: no concibo la idea de que alguien que se conmueve ante la mirada de dolor de un semejante no sea capaz de sentir una punzada de empatía cuando esa mirada es irradiada por los ojos de otra especie.

sábado, 11 de octubre de 2014

El mandala rojo



El cuaderno de mandalas que Alma me regaló sugería que se colorearan en un orden preciso, recorriendo un camino de sanación espiritual. Sin embargo, yo preferí hojear sus páginas en busca de inspiración, deteniéndome en las formas de cada uno hasta encontrar el que mejor armonizara con mi estado de ánimo. También me dejé guiar por la apetencia de un color, puesto que, como ya expliqué, pretendía colorearlos basándome en escalas monocromáticas.

Y así, después de darle unas cuantas vueltas al cuaderno, terminé deteniéndome en uno de los dibujos, que incluía unas formas parecidas a las de un corazón. Una vez elegido, no tuve ninguna duda sobre la escala que utilizaría para colorearlo: acababa de encontrar el mandala rojo.

En el cuaderno, este mandala se titulaba "La aceptación". Lo estuve coloreando mientras me hacía las pruebas de diagnóstico, y creo que lo empecé precisamente cuando tuve claro, después de muchos meses peleándome conmigo misma, que no compartiría con mis padres el proceso que estaba iniciando.

Mientras lo completaba, verdaderamente me sentía invadida por la aceptación. Una aceptación emocional de mi pasado: de todo el dolor que había embargado mi alma, de la desesperación, de la lucha, de las experiencias que me habían llenado de miedo e incomprensión. Me sentía invadida por la aceptación, pero también por el amor. Amé todas y cada una de esas emociones, las arrullé con el vaivén de las pinturas hasta conseguir calmarlas, dejando atrás la rabia y el rencor. Las necesitaba dormidas, vivas pero no activas, mientras despertaba el torrente de fuerzas renovadas que requería esa aventura que apenas comenzaba.


Cuando contemplo este mandala desde el momento presente, me doy cuenta de que el dolor que simboliza no es solo emocional, sino también físico. No solo estaba aceptando la pasada entrega de mi alma, sino también, quizá sin saberlo, la futura rendición de mi cuerpo a un ejército invasor que horadaría su carne bajo la promesa de regalarme esa hermosa flor que veía en mis sueños.

Ahora pienso que tal vez este mandala representa, de una manera mucho más completa, la aceptación de la maternidad: un nuevo estado que te obliga a trascender tu historia, tu cuerpo, a entregarte en brazos de la Naturaleza y sus caprichos, a dejarte conquistar por ese inmenso calor que te habita y que esperas que prenda también en una nueva vida.

La lucha, las ganas, la aceptación... pero también la idea que cerraba el pequeño párrafo que acompañaba el mandala: el derecho, necesario e imprescindible, a recuperarse.

lunes, 6 de octubre de 2014

Burrocracias



En la última semana he estado bastante "entretenida" (léase con sorna) escribiendo unos cuantos informes para la Inspección sobre el número de aprobados que pretendo lograr este curso (obligatoriamente superior al que tuve el año pasado) y las maravillas extraordinarias que voy a llevar a cabo (perogrulladas pedagógicas engoladas de retórica) para conseguirlo.

Mientras tanto, mis alumnos de doce y trece años han aprendido que una persona sorda no tiene por qué estar muda, han completado la tarea de tocar los textos escritos en Braille que encuentren en su ascensor o en cajas de medicamentos e intentar adivinar lo que pone, han resuelto sus dudas existenciales acerca de la comunicación de los peces y han preguntado en casa cuánto cuesta la tarifa de Internet, a ver si en realidad era gratis todo eso que ellos creen que lo es.

Nada de esto aparece en ninguna programación ni en ningún informe, pero convierte mis clases en frondosos bosques de brazos levantados para compartir, preguntar, expresar. Mis alumnos también han aprendido a respetar los cuatro márgenes del cuaderno, han copiado los enunciados de los ejercicios, los han corregido utilizando un boli rojo o verde y se han llevado para casa unos pocos deberes de Pragmática. Porque una cosa no quita la otra: muchos contenidos tradicionales son útiles y necesarios; la Pedagogía actual y los contenidos originales, también.

Pero esto es algo que la Administración no quiere entender. En los campos prediseñados de sus formularios solo caben cifras, cruces para indicar Sí o No. En ninguno de sus informes encontraría su hueco Daniel, un niño sordo de mi clase que, en medio del clima de respeto que me enorgullezco de fomentar, se atrevió a confesarles a sus compañeros lo que la mayoría, sino todos, ignoraba: que por un oído no oye nada, aunque por el otro escucha muy bien. No tengo informes para explicar el silencio que arropó a Daniel mientras hablaba, la lección de vida que todos mis alumnos aprendieron aquel día, las toneladas de autoestima que Daniel se ganó para sí mismo gracias a su acto de valentía.

Lo que ocurre cotidianamente en un aula no cabe en la zafiedad de una cifra. Las escuelas no son empresas ni pueden gestionarse mediante algoritmos informáticos. La educación trata de personas trabajando con personas sobre las experiencias (previas y futuras) de otras personas. La tarea es inabarcable, irreducible, inclasificable.

El escaso tiempo que nos dejan, sin embargo, para pensar en la magia, ahora se ve nuevamente cercenado por la obligación de rellenar burrocracias. Me queda el consuelo de que mis alumnos pronto aprenderán que el arte inunda las calles, prepararán un regalo especial para un ser querido y descubrirán el arcoiris de colores y formas con el que la Naturaleza ha pintado a las personas.

Si no fuera por eso... ¡qué terrible, qué insoportable el desastre!

sábado, 27 de septiembre de 2014

Mis zonas erróneas



Estamos condicionados a buscar justicia en esta vida; y cuando no lo conseguimos 
sentimos enfado, ansiedad o frustración. En realidad, sería igualmente productivo 
que buscáramos la fuente de la eterna juventud o algún otro mito por el estilo. 
La justicia no existe. Nunca ha existido y jamás existirá. 
Simplemente el mundo no ha sido organizado de esa manera.

Hace muchos años leí un libro titulado Tus zonas erróneas. Su autor es Wayne W. Dyer y es uno de los mejores libros de autoayuda (llamadlo psicología aplicada si os hace sentir mejor) que he leído.

Particularmente, me llamó la atención el capítulo denominado "La trampa de la injusticia". En el libro, el autor va explicando por qué diferentes núcleos de pensamiento son "erróneos" (es decir, nos hacen sufrir inútilmente), y en este trata sobre cómo una idea obsesiva de la justicia nos deja estancados en el dolor y nos impide avanzar.

Estos días me he acordado de ese capítulo. Hace un par de tardes tuve una de esas experiencias-ajá que me hizo comprender cómo seguía estancada en un pozo sin fondo de quejas acerca de la injusticia de mi situación, añadiendo una buena cantidad de sufrimiento innecesario a un proceso ya de por sí bastante doloroso.

La última versión de estos pensamientos me repite que es injusto que la búsqueda de nuestro bebé se esté complicando tanto. Yo he puesto toda la carne en el asador con este proyecto, como lo hice con muchos otros anteriores. Y casi todos se complicaron, así que no es justo que este se complique también. 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Los ciclos de inseminación artificial



El tiempo pasa, los tratamientos se suceden y yo me voy sintiendo preparada para revivirlos, cocinarlos y guardarlos en la alacena de las experiencias; es decir, para escribir sobre ellos.

Mis ciclos de inseminación artificial han terminado. 
Han sido cuatro, todos ellos con resultado negativo.

Empezamos en primavera y terminamos en verano. Los ciclos impares estuvieron llenos de ilusión y alegría, casi casi de certeza positiva. Los ciclos pares salieron melancólicos, suaves, como un lento deslizarse hacia el negativo.

Al principio optamos por el tratamiento más sencillo. Mis análisis SOP habían salido muy bien y no tenía las hormonas masculinas alteradas, así que la doctora nos propuso intentar un ciclo sin estimulación, para comprobar si mi cuerpo era capaz de ovular por sí mismo. Todo lo que teníamos para perder era tiempo: si mi cuerpo no ovulaba, tendríamos que dejar pasar un mes para intentar otro ciclo, esta vez estimulado. A mí me encantó la idea de comprobar por fin cuál era el alcance de este dichoso trastorno, además de evitar los pinchazos (dolorosos, caros y emocionalmente devastadores) que tanto temía.

Y mi cuerpo se portó: del elevado número de folículos inicial, solo quedó el dominante, como en cualquier ciclo sano, que creció sin problemas y, a juzgar por las diferentes pruebas, desarrolló un óvulo maduro que (inyección mediante, pues de esta sí que no te libras) llegó hasta la ovulación. Todo fue bien, excepto el negativo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Reencuentros



Los primeros días de curso están llenos de reencuentros.

Reencuentros con los compañeros, en esos agradables días de trabajo-solo-con-adultos, donde tenemos tiempo y espacio para ponernos al día sobre las vacaciones y los nuevos proyectos, para compartir ideas, actividades, trucos, alegrías y tristezas, aderezando las mañanas con desayunos bien acompañados que duran más de diez minutos. Esos días placenteros, con horarios sorpresa, que no volverán hasta junio.

Reencuentros con los alumnos del curso anterior, con los que vuelves a tener en clase, y se alegran y sonríen y dan palmas cuando te ven entrar por la puerta, y te desarman el plan que te habías montado sobre empezar las clases muy seria, y tienes que sonreír y alegrarte y admitir que tú también te alegras infinitamente de verles. Reencuentros también con aquellos que no verás este curso, y que te llaman desde la otra punta del patio o te acompañan por las escaleras, y te regalan una sonrisa para después cambiarla por una mueca que pretende ser de enfado, y te recriminan que este año los hayas "abandonado", sin atender a tus explicaciones de por qué no has podido elegir su clase.

Reencuentros con el centro que ya es tu centro, con lo que te gusta y lo que no, con lo que aprendiste el curso anterior y lo que dejaste para cuando tuvieras más confianza, más experiencia o más fuerzas. Reencuentros con lo que sembraste durante tantos meses y que por fin ha brotado, prometiendo, incluso, alguna flor.

Sin más adioses ni despedidas ni incertidumbres ni miedos de lo necesario.
Así ya se puede empezar un curso.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Lo que SÍ es el síndrome de ovarios poliquísticos



El síndrome de ovarios poliquísticos es un trastorno endocrino que afecta al metabolismo de la glucosa.

He tardado casi diez años en llegar a esta frase, y para mí ha significado una liberación inmensa.

Desde que me diagnosticaron, siempre había tenido la intuición de que mi problema no era meramente ginecológico, que su origen debía de estar en algún lugar distinto a mis ovarios. Como es lógico, aquella intuición quedó relegada a un plano íntimo durante años frente a los pavorosos desajustes de mi cuerpo, las ecografías inequívocas y el diagnóstico médico. Cuando le pregunté a mi ginecóloga de entonces cuál era el origen último de lo que me pasaba, ella me respondió en tono jocoso: "La causa del síndrome de ovarios poliquísticos es desconocida. Si yo la supiera, ya me habrían dado el premio Nobel". 

Me atreví a buscar otra interpretación de lo que me ocurría por primera vez hace unos años, después de que mi nuevo ginecólogo me diera la noticia de que ni tenía el síndrome ni nunca lo había tenido (!). Como mis reglas se habían estabilizado y no se veía nada especial en las ecografías, seguí investigando por el segundo síntoma que más me preocupaba: el acné.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Mi proyecto mandala


El maletín de colores y mi cuaderno nuevo.
Me encanta colorear. No pintar ni dibujar, sino colorear. Por este motivo, Alma me regaló, hace algunos años, un maletín de lápices de colores, acuarelas y pinturas de cera. Siempre había querido tener uno y se lo había hecho saber frente a más de un escaparate, así que me encantó que lo recordara y que tuviese el detalle de regalármelo.

Pensé entonces en utilizarlo para colorear mandalas. El interés por la filosofía budista me venía de mucho tiempo atrás, y me pareció una manera perfecta de conjugar dos de mis aficiones. Así que busqué plantillas de mandalas para colorear por Internet, me descargué unas cuantas y empecé a trabajar en una de ellas.

Desde el primer momento, las emociones se agolparon en mi garganta. Colorear, en sí mismo, me parece una actividad que recuerda a la meditación; si, además, se colorea un mandala, la experiencia resulta muy intensa. A pesar de todo ello, no pude terminarlo, como no fui capaz de completar ninguno de mis proyectos durante seis largos años.

Fue una época muy frustrante para mí. No sabía que sufría una depresión, solo sentía que algo en mí había cambiado. Tenía muy pocas ilusiones, y cuando una de ellas prendía lo suficiente, siempre se terminaba apagando antes de tiempo. Había soñado durante mucho tiempo con aquellos momentos que por fin me tocaba vivir: la independencia, mi primera casa, convivir con mi pareja... Había elaborado multitud de planes y, aunque la realidad sea siempre un filtro que separa aquellos que son viables de las meras ensoñaciones, para mí se había convertido en una apisonadora que me dejaba sin ninguno.

No entendía por qué me quedaba sin fuerzas para culminar actividades tan sencillas como rellenar un círculo de colores. Pero así era. El centro de mi primer mandala se quedó vacío y el maletín de colores se perdió en el fondo de un armario.

martes, 2 de septiembre de 2014

La cara de mi gato



La semana pasada nos tocó madrugar para hacerme un análisis (¡otro más!) y nuestros gatos, muy sensibles a los horarios, se quedaron desconcertados. Claro que el desconcierto fue mayor cuando regresamos apenas una hora después.

La cara de mi gato era un poema.

Entiendo que las personas que creen que los animales no tienen sentimientos, no podrán asumir que los expresen mediante gestos. Pero quienes convivimos con animales y procuramos superar nuestros prejuicios, sabemos no solo que sienten, sino que nos lo hacen saber a través de su expresión corporal. 

Estoy segura de que todos los gatos ponen caras. Pero es que el mío se lleva la palma.

Nada más darme cuenta de cómo nos miró según entramos por la puerta, supe que el flujo de su conciencia cuando nos vio salir había sido algo parecido a esto:

"Mmmiau... Vaya horarios que nos gastamos hoy. Quizá mis plegarias han sido finalmente escuchadas y se han acabado las vacaciones. ¡Por fin voy a librarme de estas dos petardas! Dedicaré la mañana a patear a Grano en el Culo sin que nadie me eche la bronca, me comeré todo el pienso para que muera de inanición, y después dormiré una siesta de cinco horas en el sofá sin que nadie venga a tocarme las orejas. Mmmiau... ¡Va a ser genial!".

Grano en el Culo, evidentemente, es nuestra gata.

Por eso, cuando vio que volvíamos mucho antes de que le hubiera dado tiempo siquiera a iniciar su maquiavélico plan, nos dedicó una mirada elocuente que, traducida a nuestro idioma, quería decir: "Pero... ¿¡qué c**o hacéis aquí!?". 

Su mañana, claro está, fue algo diferente a lo que había planeado. Aun así, tuvo tiempo para patear a la gata en un descuido, dedicarnos miradas de odio intenso hasta la hora de la siesta, y dormir a pierna suelta ocupando lo que él considera "su sofá".

Tranquilo, Pequeño Gordo, que la Providencia finalmente te ha escuchado y nuestras bienamadas vacaciones ya han quedado atrás.

sábado, 30 de agosto de 2014

Histerosalpingografía



No podía dejar de dedicarle una entrada a la reina de las pruebas de diagnóstico: la histerosalpingografía. ¿El qué? Creo que todas las que nos la hemos hecho recordamos cuánto nos costó aprendernos el dichoso nombrecito, aunque solo fuera para poder hablar de ella. Ahí empieza el calvario; luego viene todo lo demás.

La histerosalpingografía es una radiografía del útero ("histero") y de las trompas de Falopio ("salpingo"). Como estos órganos son blandos, es necesario introducir un líquido de contraste para iluminarlos. El contraste se introduce mediante una cánula que pasa por el cuello del útero, el cual ha sido previamente localizado gracias al espéculo. En fin, toda una odisea cuando estás empezando, pero un procedimiento de rutina después, pues así es como se realizan también tanto la inseminación artificial como la transferencia de embriones.

Aunque esta prueba no está en la lista de las más básicas, muchas chicas pasamos por ella. Las razones son variadas: en mi caso, como suelo tener reglas bastante dolorosas, existe cierta sospecha de que padezca endometriosis (¡horror!). Si bien la histerosalpingografía no sirve para diagnosticar esta enfermedad, sí que permite descartar algunos de sus efectos secundarios, como la obstrucción de las trompas de Falopio (que impediría realizar una inseminación artificial exitosa) o la acumulación de tejido dentro del útero (en forma de miomas, pólipos, etc.). 

Una amiga, que estuvo en un caso parecido al mío, ya me advirtió de que si decía que mis reglas eran muy dolorosas, tendría que pasar por esta prueba. Ella conocía a otras mujeres que le habían asegurado que era más dolorosa que un parto, así que yo estaba dispuesta a intentar evitarla. Pero, cuando me vi delante de la doctora, me sentí incapaz. ¿Y si realmente tenía algún problema que esta prueba me ayudara a identificar? Así que confesé cómo, de vez en cuando, la regla me patea el útero al borde del desmayo, y la doctora me hizo el volante para la prueba.

martes, 26 de agosto de 2014

Re-luna de miel



Cuando Alma y yo nos conocimos, una de las primeras cosas que tuvimos en común fue nuestra fascinación por Alemania. Ambas habíamos visitado el país antes de empezar a salir juntas y nos había enamorado: la gente, los paisajes, la historia... ¡y los escaparates llenos de dulces! Como ninguna de las dos había estado en la capital, sin embargo, el viaje a Berlín se convirtió de manera natural en uno de los planes idiosincrásicos de nuestra relación.

A pesar de ello, los años pasaban y entre nuestros destinos nunca se encontraba Berlín. Durante mucho tiempo, yo me sentí incapaz de coger un avión, ya que una de las formas que tomó mi depresión fue un insuperable miedo a volar. En los momentos más duros, ni siquiera era capaz de coger un tren sin pasarme todo el viaje temblando, así que imaginarme despegando fue durante años algo simplemente inalcanzable para mí.

Cuando por fin recuperé las fuerzas y volví a coger un avión, nuestra relación empezó a hacer aguas por todas partes y las ilusiones que durante años nos habían motivado se fueron quedando atrás. Finalmente, el año pasado decidimos separarnos sin saber, como es lógico, si íbamos a volver. Entre todas mis tristezas de entonces, recuerdo una que me hacía sufrir bastante: "Y al final... ¡ni siquiera fuimos a Berlín!".

Así que este verano, después del disgusto y el cansancio acumulados tras varios negativos, decidimos planear un viaje especial. Necesitábamos hacer algo que no habríamos hecho si me hubiera quedado embarazada (porque ahora soy capaz de viajar en avión, pero me tengo que drogar), además de darnos un premio que nos revitalizara individualmente y le diera un respiro a nuestra relación. Y aunque la cuenta bancaria se había quedado temblando, nos liamos la manta a la cabeza y pasamos cinco días de vacaciones en Berlín.

Fue un viaje inolvidable. No solo porque nos lo pasamos fenomenal y cumplimos uno de los sueños que tenemos en común, sino por todo lo que lo hemos disfrutado después, montando nuestro primer álbum digital, viendo un montón de películas y documentales alemanes en versión original, chapurreando las cuatro palabras que (en mi caso, porque Alma ya sabía) he aprendido en alemán...

Tan especial ha sido y tanto lo hemos alargado, que no dudamos en considerar ya el viaje a Berlín como nuestra re-luna de miel.

sábado, 23 de agosto de 2014

Nuestro donante ideal (II)



Hace unos días volvimos a ver la película de Los chicos están bien, que trata sobre el encuentro de dos adolescentes (hijos de mujeres lesbianas y nacidos por reproducción asistida) con su donante. Está ambientada en EEUU, donde esta situación es posible, según la cinta, siempre que los hijos sean mayores de edad y previo permiso del donante.

Esta película nos recordó a nuestra segunda opción de donante ideal, que es exactamente la que se muestra en ella: un donante, para nosotras anónimo, al que nuestros hijos puedan acceder algún día si así lo desean. ¿Por qué? Bueno, creo que en la película se muestran bastante bien algunos de los motivos que pueden llevar (o no) a una persona nacida por reproducción asistida al deseo de conocer sus orígenes genéticos.

En este caso, la hija mayor, que acaba de cumplir dieciocho años, no siente la necesidad de conocer a su donante y, además, quiere proteger a sus madres. Sin embargo, su hermano, de quince años, tiene una gran curiosidad por sus orígenes y añora (o, más bien, cree añorar) la relación que podría tener con un padre (es decir, con un progenitor que fuera un hombre).

Otro aspecto que me gusta mucho de esta película es que expone muy hábilmente varias de las reacciones que puede tener una persona una vez que cumple el deseo de conocer a su donante: curiosidad, ilusión, desengaño, cariño, compenetración, rechazo. Junto a esto, va exponiendo también, de manera sutil, cuál es la influencia de las madres en la identidad de sus hijos y cuál es la del donante. 

Estos dos aspectos me resultan muy interesantes porque no aparecen reflejados de una manera ideal: los protagonistas no encuentran su grial perdido al conocer a su donante, pero para ellos (y también para sus madres) es una experiencia enriquecedora (aunque dura) que les ayuda a comprender quiénes son.

sábado, 16 de agosto de 2014

Una persona muy familiar



Recuerdo el día en que mi psicóloga me dijo que yo era una persona muy familiar. Salí de la consulta pensando que, después de tantas horas de terapia, no me conocía absolutamente nada. ¿Familiar yo, cuando desde mi más tierna adolescencia había abjurado del concepto mismo de familia? ¿Yo, que me había mofado de las desavenencias familiares y había renegado de la mayoría de mis parientes? ¿Cómo podía ser una persona muy familiar, si no creía en la familia?

Sus argumentos, no obstante, resultaban bastante convincentes. Yo tenía que ser una persona muy familiar cuando el rechazo de mis padres me había sumido en una depresión tan imperceptible como profunda. Debía serlo si el miedo a sufrir el mismo rechazo por parte del resto de mis parientes me había provocado tal ansiedad que acabé dando con mis huesos en el hospital. La familia era importante para mí desde el momento en que sentía cómo la simple idea de no tener hijos me aniquilaba vitalmente, paralizándome desde las entrañas.

A pesar de ello, tardé mucho tiempo en comprenderlo. Como muchas cosas que se tratan en terapia, siguió flotando en mi mente mucho después de que yo lo hubiese rechazado por absurdo. Poco a poco, no obstante, fui entendiendo que tal vez mi postura intelectual ante la familia no era más que un escudo frente al dolor.

sábado, 9 de agosto de 2014

Paciencia



Para conseguir las metas que me propongo en la vida, tengo muchas actitudes positivas. Soy una persona constante, fuerte, valiente. Me esfuerzo al máximo y me levanto todas las veces que haga falta. Recupero la ilusión cuando la pierdo, convoco en mi mente todas las imágenes positivas que hagan falta, me empodero a través del conocimiento y de las compañeras que hago en el camino. Por suerte o por desgracia, he tenido que enfrentarme a muchos retos en la vida y creo que he salido bastante airosa de casi todos ellos; peeero me falta algo que parece ser clave para conservar la alegría durante el camino: la paciencia.

Cuando quiero algo, lo quiero ya. Mi cerebro no entiende que alguien pueda querer algo y, a la vez, tolerar que tarde años en llegar. Siento en mi interior que eso no es querer porque, cuando yo quiero algo y no lo tengo, reviento. Sigo esforzándome, sigo buscando, sigo creyendo que algún día lo tendré... pero no lo hago tranquilamente, en paz y armonía, no. Se me sale el ansia por los ojos y no paro quieta ni un momento.

Me pasó cuando era adolescente y quería tener pareja. Volvió a ocurrir durante las oposiciones, las dos veces que Alma y yo buscamos una casa donde vivir, los días en los que esperábamos que nos diesen a nuestros gatos. Y, por supuesto, ahora que deseamos un embarazo.

La teoría me la tengo muy sabida. Cuando estás en calma, las cosas fluyen mejor. A veces, nuestra propia ofuscación no nos deja ver la riqueza que tenemos delante de los ojos. Al final, todo llega y se nos olvida la angustia del proceso. ¿Para qué pasarlo mal cuando se puede hacer igual y pasarlo bien? Bla. Bla. Bla.

Yo me repito la teoría como un mantra, la parte racional de mí la entiende perfectamente, pero, al final, no me vale de nada. Tengo incluso la intuición de que, si fuera más paciente, perdería parte de mi fuerza. Si puedo estar en total armonía con el momento presente, ¿para qué romper el equilibrio y lanzarme a la búsqueda de algo más? 

Es verdad que, con la edad, me he ido apaciguando. Ya no me angustio tanto, conozco infinidad de técnicas para controlar mi obsesión y nunca centro mi vida en una sola cosa. Aun así, hay momentos en que estrangularía al destino, lo patearía en el suelo y me tiraría sobre él con el codo apuntando a su estómago. Porque yo también me canso de seguir sus planes, me harto muchísimo de las vueltas que le da a todo y apenas resisto las ganas de abandonar. 

Es entonces cuando tengo que respirar profundamente y repetirme la palabra que más odio en el universo: PACIENCIA.

sábado, 2 de agosto de 2014

La caja de herramientas



Dentro del proyecto para deshacerme del caos que estoy llevando a cabo este verano, he logrado un hito que me ha puesto especialmente contenta: comprar una caja de herramientas.

Es increíble la cantidad de cachivaches que pueden acumularse cuando una casa está llena de muebles del Ikea: tornillos sueltos, clavos, piezas de contorno inverosímil, arandelas y, por supuesto, las omnipresentes llaves Allen. Si a esto se le suman las presuntamente buenas intenciones de padre y suegro al principio de nuestra independencia, que les llevaron a endiñarnos una buena cantidad de herramientas sueltas que ellos, sospechosamente, ya no necesitaban; y los estragos de una mudanza, la cual disemina por cualquier parte tacos, escarpias, más arandelas y multitud de piezas de plástico diferentes (que una se pregunta si no pertenecerán a algo que se quedó en nuestra antigua casa)... se obtiene como resultado un montón de cajas, cajitas, bolsas y bolsitas medio llenas y medio vacías que te asaltan donde menos te lo esperas.

Así que me he pasado dos días la mar de entretenida recolectando todas las piezas que he podido encontrar (aunque no descarto que sigan apareciendo) y clasificándolas dentro de los compartimientos de nuestra nueva caja de herramientas. ¡El sueño de cualquier lesbiana...! Está bien, está bien: el sueño de cualquier lesbiana adicta al bricolaje o, como es mi caso, a ordenar cosas pequeñas :)

miércoles, 30 de julio de 2014

Historia de mis ovarios poliquísticos



La primera vez que me diagnosticaron el síndrome de ovarios poliquísticos tenía veintitrés años. Acudí a mi ginecóloga (que por entonces era privada) con un susto tremendo, porque en solo un mes me había venido la regla dos veces y en cantidades obscenas, dejándome por los suelos. Además, en más o menos el mismo tiempo sufrí un brote inenarrable de acné (hasta algún profesor de la Universidad habló conmigo por lo llamativo del tema, haciéndome pasar una vergüenza infinita) y se me estaba cayendo el pelo. Yo no sabía si todos estos síntomas estaban relacionados entre sí (que lo estaban) ni cuál era su causa, pero fue tal el miedo que pasé ante aquel terremoto somático que, después de un año siendo vegetariana, volví a la dieta omnívora sin que nadie me lo aconsejara, por si acaso.

Los médicos suelen jactarse de diagnosticar el síndrome de ovarios poliquísticos con tan solo mirarte a la cara, porque la mayoría de sus síntomas externos, para desgracia de quienes lo padecemos, son evidentes. Es algo que me ha pasado varias veces, y también conozco a otras chicas muy cercanas a las que les ha ocurrido. Sin embargo, sus aciertos terminan ahí; tras el diagnóstico, llega el aluvión de sandeces que, generalmente, te solucionan poco o nada.

lunes, 28 de julio de 2014

Las pruebas de diagnóstico en reproducción asistida (II)



Junto a las pruebas que valoran el estado general de la salud ginecológica de la pareja, la futura madre gestante debe hacerse otras pruebas que son básicas para evaluar el estado de su fertilidad. Y aunque en un primer momento parecen sencillas, se pueden complicar bastante y dilatar el proceso en el tiempo, como ocurrió en mi caso.

En principio, se trata solamente de dos pruebas: una ecografía y un análisis de sangre. Ambas deben realizarse entre el tercer y quinto día de la regla, que es cuando se puede estudiar la reserva ovárica de la futura madre gestante. Si, por cualquier circunstancia, no se pueden llevar a cabo durante esos días, es necesario esperar a la siguiente regla, algo que a mí me ocurrió dos veces.

Por otro lado (y esta es una información muy valiosa que me habría ahorrado bastante tiempo), la primera prueba que debe realizarse es la ecografía. Esta prueba, además, tiene que llevarla a cabo el médico de la clínica de reproducción asistida, que es el experto en valorar la fertilidad. Dependiendo de lo que encuentre, habrá que realizar un análisis u otro, además de otras pruebas complementarias. En mi caso, este punto no me quedó muy claro, así que, ante la perspectiva de poder realizar todas las pruebas por la Seguridad Social, pedí cita con mi doctora de cabecera y anulé la cita que habíamos pedido en la clínica. ¡Error!

viernes, 11 de julio de 2014

El piano



Una de las cosas que más me enamoró de Alma cuando la conocí fue su amor por la música. Y no me refiero solo al gusto por escucharla, sino también y muy especialmente al placer de ejecutarla: Alma sabe tocar la guitarra, varios instrumentos de percusión (batería, xilófono, djembé...) y, por supuesto, el piano.

Creo que nunca podré olvidar el día en que me invitó a casa de sus padres y tocó unas piezas que había compuesto para mí. Me pareció que no podía existir un ser más hermoso que ella acariciando aquellas teclas, moviéndose suavemente al compás de la música; y que no podía haber un acto de amor más grande que el que ella me regalaba en aquellos instantes.

Cuando nos fuimos a vivir juntas, Alma tuvo que dejar el piano en casa de sus padres. Intentó sustituirlo por un teclado durante un tiempo, pero no era lo mismo: para una persona que aprecia el tacto de los instrumentos, la sutileza de las cuerdas no se puede comparar con un zafio sonido grabado.

Hace poco, sin embargo, me propuso que nos trajésemos el piano. Se había dado cuenta de que realmente lo echaba de menos y de que le haría muy feliz poder tenerlo en casa para tocarlo cuando quisiera. Dicho y hecho: contactamos con una empresa de transporte de pianos y desde hace unos días lo tenemos en casa.

lunes, 7 de julio de 2014

Maruja feliz



Disfruto mucho de estos primeros días de vacaciones, en los que dejo de ser una profesora estresada para convertirme en una maruja entregada

Procuro levantarme pronto. Desayuno delante de una revista, o de la tablet. Si tengo suerte, me toca Pilates; si no, intento hacer algo de ejercicio por mi cuenta. Compro fruta y verdura en el supermercado. Preparo algún plato rico para cenar. Recojo la casa, escribo, leo. Hago la comida y me tumbo en el sofá con un gato a cada lado. Cuando Alma llega de trabajar, la estampa se asemeja a un manual para mujeres de los años 50.

Durante el curso, las tareas de la casa se me hacen muy cuesta arriba. Trabajo muchísimo y, cuando llega el fin de semana, lo último que me apetece es limpiar, planchar o fregar. Pero cuando cambio el boli rojo por el trapo con dedicación exclusiva, parece que todo fluye. ¡Es tan bonito ser solo ama de casa! ¡Sentir que llegas a todo, que la mierda no te acecha en cada esquina...!

No quiero decir con esto que me gustaría dedicarme solo a la casa; pero entre el estrés laboral más absoluto y unas tareas domésticas asequibles aderezadas con un montón de tiempo libre para mis cosas... ¡elijo lo segundo! Lástima que no me sobre el dinero, y sobre todo, lástima que no pueda coger media jornada porque sí.

Mientras esa vida que sueño se materializa, me conformo con poder disfrutar de este paréntesis vacacional como maruja feliz.

viernes, 4 de julio de 2014

Las pruebas de diagnóstico en reproducción asistida (I)



Antes de comenzar un tratamiento de reproducción asistida, las mujeres debemos someternos a unas pruebas de diagnóstico para que en la clínica puedan valorar cuál es el procedimiento que más nos conviene.

Algunas de estas pruebas son comunes para las dos futuras mamás: se trata de un análisis de sangre y de dos cultivos. El primero incluye una serología, que sirve para descartar algunas enfermedades que podrían afectar al embarazo (VIH, hepatitis, varicela, rubeola, toxoplasmosis, etc.). En el caso de los cultivos, se toman muestras de la vagina (con un palillo que lleva un algodoncito en la punta) y del cuello del útero (utilizando nuestro bienamado espéculo, y después, el mismo algodoncito), también con el objetivo de descartar enfermedades (gonorrea, clamidia, hongos, etc.). La madre no gestante debe hacerse estas pruebas para evitar posibles contagios, ya que la mayoría de estas enfermedades son infecciosas.

Otras pruebas solo debe hacérselas la futura madre gestante: una revisión ginecológica completa (que incluya una citología y una exploración de mama) y un análisis para determinar el grupo sanguíneo (necesario para seleccionar un donante compatible y que puede ser incluido en el análisis anterior; si tú ya conoces tu grupo sanguíneo y puedes demostrarlo, como era mi caso, no necesitas comprobarlo de nuevo).

miércoles, 2 de julio de 2014

Observar a los animales



No entiendo cómo pueden existir personas que todavía defiendan que los animales no sienten. Basta con observar casi cualquier animal para darse cuenta de sus emociones, así que a veces pienso que estas personas jamás se han tomado la molestia de hacerlo con ninguno.

Yo lo veo cada día en mis gatos. Evidentemente, son capaces de sentir dolor (¿quién puede defender todavía que esto no ocurre?); pero también otras emociones, como miedo, curiosidad, hartazgo, placer, cariño o enfado. Cuanto más convivo con ellos, más me doy cuenta de que, en realidad, estamos muy cerca los unos de los otros.

Sin embargo, no creo que haga falta convivir con un animal para observarlo. Basta con ver un documental para apreciar que los animales son seres capaces de una amplia gama de emociones, tanto positivas como negativas. Solo es necesario mirarles a los ojos para entenderlo.

Y no creo que esto sea privativo de los animales más cercanos a nosotros. Hace unos días veía un documental sobre unos peces que guardaban sus huevos en la boca para evitar a los depredadores. Una especie enemiga, sin embargo, había aprendido a mezclar sus huevos con los de este pez para que fueran protegidos en su boca mientras iban devorando los retoños ajenos. Cuando el pez expulsó lo que creía que iban a ser sus crías y se encontró con tres peces de la especie enemiga, se quedó paralizado. No sé cómo lo sentirá el pez exactamente, pero estoy segura de que no le resultó indiferente.

Supongo que, para muchas personas, aceptar que los animales tienen sentimientos les obligaría a realizar una serie de cambios en su estilo de vida que no están dispuestos a asumir. Solo por ese motivo, puramente egoísta, continúan negando lo evidente. Para otras personas, entre las que tengo el orgullo de encontrarme, esto resulta simplemente inconcebible. No solo se llama egoísmo, sino también crueldad: algo ante lo que no es posible mantenerse indiferente.

martes, 24 de junio de 2014

Proust está en el patio



Ocurrió un día de primavera. Cruzaba el patio de mi instituto y, de pronto, tenía once años y me sentía tan llena de energía que apenas podía refrenar mis ganas de correr, trepar y reírme a carcajadas. Una hora más tarde, mientras desandaba el camino, había cumplido los trece y la capa de melancolía y miedos invernales comenzaba a deshelarse en un tímido conato de esperanza. Al término del recreo, según esperaba a mi grupo para subir a clase, llegué a los quince y sentí cómo crecían en mi interior el ineludible impulso de amar y la certeza de que encontraría su reflejo, algún día como aquel, muchos años más tarde.

Al principio no quise descubrir de dónde provenía aquel intenso olor a flores que había bañado también los patios de mi infancia. Preferí deleitarme en su aroma, mezclado con mis recuerdos, y en el intenso sentimiento de pertenencia que me generaba. Según avanzó la primavera, no obstante, me fue imposible seguir ignorando aquel enorme árbol repleto de grandes flores que se alzaba majestuoso junto en el centro del patio.

Hace algunos días volví a mi antiguo instituto. Mientras recorría el camino que había seguido durante tantos años, el corazón me palpitaba en la garganta. Temía sentir una nostalgia insuperable, volver a ahogarme en un pozo vacío como cuando me marché de allí. Sin embargo, nada de eso ocurrió. Me divertí muchísimo con mis compañeros, disfruté de su cariño y conjuré gratos recuerdos entre sonrisas; pero no tuve ganas de volver.

Por alguna razón que supera la cotidianidad del día a día, las anécdotas concretas, sé que ahora pertenezco a mi nuevo instituto. Aunque hace solo un año que lo habito, creo que he mullido las paredes lo suficiente como para poder llamarlo mi hogar. Un sentimiento que pasa, ineludiblemente, por árbol que habita en el patio.

viernes, 20 de junio de 2014

Asumir el proceso de reproducción asistida



Antes de tomar la decisión de ser madre, pasé muchos años leyendo e investigando sobre maternidad lesbiana y reproducción asistida. Seguía varios blogs escritos por mujeres que compartían tanto el proceso de búsqueda como el embarazo y la crianza, leía artículos sobre técnicas de reproducción asistida y sobre la crianza de niños en una familia homoparental, veía películas y documentales sobre el tema, etc.

A veces tenía la sensación de que todo ese trabajo no me estaba preparando para ser madre, y que tendría que tomármelo más en serio cuando me pusiera realmente en camino. Sin embargo, cuando finalmente Alma y yo nos decidimos, me di cuenta de que, poco a poco y de una manera bastante agradable y natural, había ido asumiendo casi todos los aspectos de la maternidad lesbiana. Entendía que las personas que nos querían, nosotras como pareja y como individuos, nuestros propios hijos y, evidentemente, el resto de sociedad, tendrían que asumir la existencia de nuestra familia. Todo lo que yo podía ofrecer a favor de este proceso estaba ya preparado, tanto en mi mente como en mi corazón. Además, había tenido mucho tiempo para tomar unas cuantas decisiones estratégicas y para superar unas cuantas pruebas que la vida me había puesto por el camino.

Lo que no había comprendido hasta entonces era que aún me quedaba una cosa por asumir: el propio proceso de reproducción asistida.

miércoles, 18 de junio de 2014

La dieta vegetariana puede ser variada



Hace poco, una amiga de Alma me preguntaba si la dieta vegetariana, al ser menos variada, me resultaba demasiado monótona. No lo hizo con intención alevosa: ella es una gran cocinera y yo le estaba explicando algunas recetas, así que el contexto era de curiosidad genuina.

En términos generales, la dieta vegetariana es menos variada que la omnívora. Esta afirmación se basa en un hecho incontestable: si juntamos todo lo que se puede comer en el mundo mundial y eliminamos la carne y el pescado, o incluso todo aquello que tiene origen animal, por fuerza quedan menos ingredientes de los que había al principio.

Sin embargo, la realidad de la cocina vegetariana, y de cualquier tipo de cocina, es otra bien distinta. Nadie utiliza absolutamente todo lo que se puede comer para elaborar sus recetas cotidianas, ni siquiera para los días especiales. Por tanto, de nuestro montón inicial, todos eliminamos una parte, y la parte que elimina un cocinero que utilice ingredientes de origen animal puede ser equivalente a la parte que elimina uno que no lo hace.

sábado, 14 de junio de 2014

Operación anticaspa



Caminaba hacia el instituto en que trabajo pensando en todo lo que tenía que hacer aquella mañana mientras oía cómo detrás de mí un hombre mayor, vestido de chándal y acompañado de un amigo, iba blasfemando contra el alcalde del pueblo y contra no sé cuántas cosas más.

En ese momento nos cruzamos con tres de los alumnos del instituto, los tres negros y ninguno de ellos mayor de catorce años. El único chico iba montado en un monopatín y coreaba: "¡Holanda! ¡Holanda!". Las dos chicas que iban con él se reían. Yo no entendí a qué se refería porque no me interesa el fútbol y porque es muy difícil sacarme de mi ensimismamiento matutino. 

Pero aquel hombre mayor lo logró. Según pasaron los chicos, empezó a refunfuñar:

– Anda y vete a tu puto país... –y un montón de improperios sexistas, homófobos y especistas más.

Ante tal habilidad discriminatoria, no pude hacer menos que darme la vuelta y enfrentarle:

– Pero hombre... ¡que es solo un chaval!

El susodicho se quedó un poco pasmado. Supongo que no todos los días se recibe una reprimenda de una treintañera ataviada con mochila y zapatillas que se dirige a un instituto sin que se sepa muy bien para qué.

– Es que son gentuza, señorita –o algo así se atrevió a decir.

Imbuida por una mezcla de drama queen en vena y el espíritu de una x-men de las malas, me di el gustazo de mirarle de arriba a abajo muy lentamente (o, al menos, a mí me pareció una cantidad suficientemente teatrera de tiempo) y decirle alto, claro y muy despacio:

– ¡Qué vergüenza!

Después de mostrarle mi desprecio, y sin dejarle opción a réplica, me di la vuelta y, como la señora que soy (ya no señorita), entré triunfalmente en mi instituto sin mirar ni una sola vez atrás.

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