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miércoles, 24 de julio de 2019

Me pregunto cuándo deja de doler


Me pregunto cuándo deja de doler. Cuándo la noticia de un embarazo (de esos rápidos, casi inesperados, de los de "huy, huy, es que ha sido a la primera, nada más empezar a intentarlo") deja de clavársete en el vientre, deja de ponerte cara de gilipollas, y peor aún, deja de hacerte sentir gilipollas.

Desde luego, no es al quedarte tú misma embarazada, ni tampoco al tener a tu hijo. No importa que la vida te sonría en otros aspectos, no importa que tu familia crezca de otras maneras. Porque el dolor se atenúa, pero no desaparece.

Supongo que el proceso de curación es largo, y que, además, hay que hacerlo después. A partir del momento en que crees que puedes empezar a disfrutar de tu victoria, ahí es cuando tienes que empezar a asumir lo que ha pasado.

O a lo mejor ya es demasiado tarde. Porque, a medida que me reconcilio con mi cuerpo, según voy superando las secuelas que me dejó el embarazo, pero sobre todo, el parto, la infertilidad se me vuelve a hacer extraña.

Yo era de esas que pensaba que me quedaría embarazada a la primera. Estaba convencida de que tendría buena suerte (pensamiento positivo, pensamiento positivo... ¡ja!), de que el karma me lo debía muchísimo, de que había llegado mi momento.

No tuve la prudencia de pensar que quizá me encontrara algún escollo, de que tal vez no todo fuera como la seda. Todos los médicos con los que había tratado me aseguraron que el Síndrome de Ovarios Poliquísticos no sería un problema, así que, ¿qué más podría ocurrir? Era mi momento. Había luchado mucho por llegar hasta él y nada podría detenerme.

Pero ya ves. Yo creía que era de esas, y me tocó ser de las otras. De las que van contando inseminaciones. De las que aceptan "una ayudita" que no sirve para nada. De las que se meten en movidas de FIV a pesar de sentir un rechazo horroroso, porque ahora sí que sale bien seguro. De las que abortan, de las que repiten, de las que siguen abortando. De las que inician un peregrinaje kafkiano en busca de respuestas. De las que se miran la tripa y se preguntan si alguna vez la verán henchida. De las que se pasan las tardes en blanco.

Y no entiendo por qué sigo fantaseando con ser de esas. Por qué a veces me descubro imaginando que yo también me quedo embarazada a la primera. Jugueteando con una muestra de semen, ¡ay!, no nos lo esperábamos. Fue tan fácil y tan rápido. Y nuestros ahorros siguen intactos.

No es todo el tiempo. Es solo con la noticia de esos embarazos. Entonces me da la sensación de que no he superado nada. De que todavía no me he reconciliado con la otra. Esa otra que soy yo, a la que le tocó perder tanto.

Quizá solo sea cansancio. Cansancio de haber sido la lesbiana repudiada, y encima, la lesbiana infértil. O a lo mejor son ganas. Ganas de cruzar al otro lado, allí donde la suerte ajena me la repampinfle porque estoy en paz con mi vida. Porque me siento orgullosa incluso.

Supongo que es una mezcla de ambos.

(Y todavía hay quien da por hecho que quedarme embarazada no me costó nada. ¡Quién lo iba  decir!, ¿verdad? La infertilidad no se ve en la cara).

jueves, 15 de noviembre de 2018

Y... ¿cómo es ser madre con infertilidad?

Me he pensado mucho el título de esta entrada. La primera opción que se me ocurría era: "Y... ¿cómo es ser madre TRAS la infertilidad?". Pero después me di cuenta de que la infertilidad, por más paradójico que resulte, no suele terminar cuando tienes un hijo. La infertilidad, en la mayoría de los casos, es una condición de tu cuerpo que te acompaña antes, durante y después del embarazo.

Reconozco que es algo que me ha costado admitir durante todos estos años. En general, las etiquetas me resultan esencialistas y limitadoras, así que, cuando veía que otras mujeres abrazaban la de "infértil", solo quería mirar hacia otro lado. Me decía a mí misma que no tenía tanto que ver con su significado como con el hecho de colgarse un nuevo "cartelito", pero ahora ya no estoy tan segura. Supongo que no quería reconocerme como infértil porque no quería aceptar todo lo que ello implica.

Curiosamente, ahora que soy madre es cuando ya no puedo seguir mirando hacia otro lado. Ser infértil importa: antes, durante y después. Ser infértil no es como no serlo, como no haberlo sido nunca. Y aunque yo no pueda hablar por boca de todas las mujeres infértiles, porque cada una tenemos nuestras circunstancias en todos los sentidos; sí que he identificado algunos rasgos de la maternidad infértil con los que, quizá, otras mujeres en mi misma situación pueden sentirse identificadas.

miércoles, 11 de julio de 2018

La no-consulta en Esterilidad de la Seguridad Social

Este es uno de los episodios más desagradables de mi andadura, y, de hecho, había tomado la decisión de no contarlo. Cuando escribí esta entrada, en la que exponía mis dudas acerca de la conveniencia de relatar todas y cada una de mis experiencias con la infertilidad, me refería, concretamente, a lo que voy a explicar ahora. Para mi total y absoluta desgracia (¡y me quedo corta!), me veo obligada a contarlo para que se entienda mi parto en todo su esplendor.

Como ya expliqué en su momento, cuando, después del tercer aborto, acudí a mi doctora de cabecera para que me derivase a Ginecología y Hematología, donde probar suerte con las nuevas pruebas que me tenía que hacer; ella decidió darme una cita con Esterilidad, para que decidieran allí si debían derivarme o no. Esta decisión me dejó sin la atención médica que necesitaba en ese momento, me impidió intentar hacerme unas pruebas a las que (¡creo!) tenía derecho y, por si esto fuera poco, también hizo que viviera una experiencia médica sumamente desagradable. Una experiencia que, además, no sirvió absolutamente para nada. Para nada bueno.

La espera previa a la cita era de cinco meses, algo que daba al traste con los tiempos necesarios para el tratamiento del que nació mi hija. Sin embargo, para ser una cita con Esterilidad, me parecía muy poco tiempo; de hecho, sospeché que algo extraño pasaba cuando, además, resultó que debía acudir a un centro de especialidades y no al hospital. Como descubrí después, lo que ocurría es que, antes de tener la consulta con Esterilidad, hay que pasar por el filtro de Ginecología, donde deciden si la derivación a Esterilidad es pertinente o no.

Dejando a un lado el absurdo de que me deriven a Ginecología para que me deriven a Esterilidad para que decidan si deben derivarme a Ginecología (¡!), cuando llegó el día de la cita, acababan de pedirme nuevos análisis en Inmunología, así que pensé que, aparte de "entrar en el sistema" (que era para lo que pensaba aprovechar esta consulta), tal vez podría conseguir que me hicieran estos análisis. En cualquier caso, y después de esperar tres años para que la Seguridad Social dejara de discriminarme por ser lesbiana, lo que más deseaba era exponer mi caso. Hablar. Sentirme acogida por un servicio, la Sanidad Pública, del que soy una firme defensora.

Todos mis anhelos estallaron durante el primer minuto de la consulta. La ginecóloga no me preguntó nada, no me dejó hablar, no le importó un pimiento para qué iba yo allí. Tan solo me pidió el parte interconsulta, donde mi doctora de cabecera había escrito un escueto "Solicito valoración para Esterilidad por abortos", y me indicó que pasara detrás de la cortina y me desvistiera de cintura para abajo.

–Pero... ¿qué me van a hacer?

No entendía nada. Mi historia médica era compleja y yo llevaba una carpeta repleta de pruebas para enseñarle. No pensaba que fuera a hacerme nada, yo iba a esa consulta a hablar.

Me sentí tan vulnerable, tan pedazo de carne con ojos. Basta decir que, por aquel entonces, acababa de pasar por el trauma de la segunda biopsia de endometrio, esa carnicería a la que me sometieron tras la histeroscopia diagnóstica. Eso, por no hablar de las otras chorrocientas pruebas (citologías, exudados, una histerosalpingografía, otra biopsia de endometrio) que llevaba perfectamente documentadas en mi carpeta. Pero la ginecóloga no sabía nada de todo aquello porque no se había molestado en preguntarme, en hablar conmigo.

Lo primero que hizo fue gritarme, claro. Gritarme por no estar relajada mientras hundía sus dedos en mi cuerpo, mientras manejaba un ecógrafo sin ningún respeto por mi condición de ser humano:

–¡Estás tensa! ¡Mira tus piernas! ¡Yo así no puedo trabajar! ¡No puedo!

Todavía hoy, más de un año después, se me escapan las lágrimas al recordarlo. 

Pero entonces no lloré. No quise darle el gusto. Tan solo miré para otro lado mientras ella me sometía a aquella retahíla de vejaciones, y tomé una decisión: nunca más. Nunca más me prestaría a otra prueba ginecológica inútil. Estaba más que comprobado que mi problema no residía en el útero. Si alguna vez algún médico intentaba volver a ecografiarme, medirme el útero, meter sus dedos en mi vagina, simplemente diría que no. ¡Que no! Me negaría. 

Yo, que tanto me había preguntado dónde debía establecer los límites de esta aventura médica, me topé de golpe con uno. Porque, efectivamente, los límites existen, y son evidentes cuando te los encuentras. Afortunadamente, aquel pensamiento, aquella pequeña revolución, ese paréntesis en el absurdo, me hizo sentir empoderada, liberada, dueña de un trocito de mi existencia en medio del pavoroso huracán de la infertilidad.

Solo cuando salí de detrás de la cortina, empezaron las preguntas.

–¿Te quedaste embarazada de forma natural?

Claro. Cuando no te has dignado a mantener una mínima conversación con la persona que tienes enfrente, todo se vuelve ridículo. Después de que me ensartara como a un pincho moruno, tuve que explicarle que no, que yo era lesbiana, que aquella mujer que me acompañaba no era ni mi amiga ni mi hermana, sino mi pareja, y que si acudíamos ahora por primera vez a la Seguridad Social, era porque, hasta entonces, habíamos sido discriminadas por nuestra orientación sexual. Motivo por el cual nos habíamos visto obligadas a realizar nueve tratamientos en dos clínicas privadas, junto a un número importante de pruebas médicas que nos habrían permitido ahorrarnos el episodio de violencia ginecológica que acababa de acontecer.

Esto último no lo expresé con esas palabras, pero creo que se entendió.

Entonces pasó a preguntarme por mis abortos. En cuanto le dije con cuántas semanas había perdido el segundo embarazo, le faltó tiempo para asestarme una nueva puñalada:

–¡Ese no cuenta!

Sé que en la Seguridad Social tienen el "protocolo" de ignorar cualquier embarazo que no haya podido ser documentado mediante una ecografía; pero eso no lo hace menos doloroso. En este caso, además, la ginecóloga parecía contenta de ningunear mi experiencia, como si hubiera salido el número que le faltaba para cantar bingo. A regañadientes, no obstante, apuntó en el informe este aborto y el siguiente.

Luego me dijo que me iba a mandar unos análisis. Así, "unos análisis". Y ahí, ya, me planté. Si no eran los análisis que necesitaba, no iba a hacérmelos. No iba a esperar semanas, a perder otra mañana, a volver a esperar semanas... para que me dijeran, ¡no sé!, que tengo Síndrome de Ovarios Poliquísticos. Eso ya lo sabía. Sabía muchas cosas. Estaba en el nivel de complejidad que estaba y no iba a retroceder.

–Pero, ¿de qué son los análisis? Porque yo ya tengo muchas pruebas hechas.
–Pues de hormonas.
–Ya, pero, ¿de qué hormonas?
–Pues hormonas.

Era evidente que me estaba tratando como a una imbécil, y yo no podía más. Tres años y un máster involuntario en bioquímica me impedían seguir manteniendo ese diálogo de besugos. Así que puse la carpeta encima de la mesa, saqué todo el taco de pruebas y, muy despacio, volví a repetir la pregunta:

–¿Qué hor-mo-nas?

Ella resopló y me dijo algunos ejemplos, esperando, sin duda alguna, que yo me quedara boquiabierta como una gilipollas. Pero no fue así. Rebusqué entre mis papeles y los fui sacando todos, uno tras otro. El perfil hormonal básico, el del SOP, el estudio de trombofilia, el cariotipo, anticuerpos variados, celiaquía, tiroides, vitamina D... Etcétera. Ella se los iba pasando a la enfermera para que tomara nota. Cuando terminamos, me dijo que ya no me iba a mandar los análisis. Que lo tenía todo. ¡Menuda sorpresa!

Así que, por fin, me dio el volante para solicitar la consulta con Esterilidad. En cuanto salí por la puerta, me puse a llorar. A llorar y a gritar, que se me escuchaba por todo el centro de salud. Pero me dio igual. Aquello había sido el colmo de los colmos, un maltrato físico y emocional, un insulto a mi inteligencia, a mi dignidad. Y lo peor de todo: había sido inútil. Completamente inútil.

Estábamos en enero y la cita con Esterilidad nos la dieron para noviembre: esos tiempos sí que me cuadraban. Por suerte, para cuando llegó yo ya estaba embarazada de seis meses. Aun así, me dieron ganas de ir. Quería, sencillamente, ocupar mi espacio, ese espacio que se me había hurtado durante tanto tiempo. Al final, sin embargo, Alma me convenció de que era mucho más solidario anular la cita para que otra familia pudiera aprovecharla. Y así lo hice. O, al menos, así intenté hacerlo, porque ponerse en contacto telefónico con el hospital se reveló como una tarea inútil.

Relatar este episodio me recuerda cuánto hay todavía que sanar en mi interior, cuánto dolor he acumulado a lo largo de estos años. Ni siquiera la existencia de mi hija, una culminación grandiosa para todo este proceso, ha logrado realizar el milagro. Supongo que necesito tiempo, mucho tiempo. Y escribir mucho, ¡muchísimo!, sobre todo ello.

domingo, 15 de abril de 2018

La tercera visita a la matrona

Vuelvo la vista atrás para recordar con inmenso cariño una de las mayores sorpresas que me deparó el embarazo.

La tercera visita a la matrona llegó cuando estaba de treinta semanas. 
Una semana antes, empezamos el tan esperado "Curso de Educación Maternal".

Nuestras expectativas eran nulas. La primera visita a la matrona nos había quitado las pocas esperanzas que albergábamos de conocer a una profesional en la que poder confiar. Y la segunda no hizo más que agravar la situación. Así que, para cuando llegó el curso, yo ya me daba con un cantito en los dientes si aprendía alguna cosa.

La primera clase empezó fatal: mucha gente, una dinámica de presentaciones que fue un desastre, la matrona que no terminaba de arrancar... Yo miraba constantemente el reloj. "Un rato más y nos vamos", pensaba. Todavía estaba muy activa y sentía que no tenía tiempo que perder.

Pero, de pronto, ¡bum! En cuanto la matrona se puso a hablar del parto, nos dejó con la boca abierta. Resultó que era una firme defensora del parto respetado y del empoderamiento de las mujeres. Durante la charla, no hice más que asentir, sonreír y aprender a valorar a una señora que, desde entonces, ha resultado una ayuda indispensable para superar los retos iniciales de la maternidad.

Por si esto fuera poco, la matrona tuvo a bien no cumplir sus amenazas de la segunda visita y utilizar un lenguaje inclusivo para tener en cuenta la diversidad de nuestra familia. Vamos, que de vez en cuando, además de "padre" también dijo "pareja" o "acompañante" (!).

El caso es que salimos de la clase entusiasmadas, alucinando con la metamorfosis de la misma matrona que me había recomendado hartarme a bollos o que incluso parecía habernos querido disuadir de asistir al curso.

Cuando volvimos a la consulta con ella, la felicitamos. Ella también parecía contenta de haber "superado la prueba" después de su anterior (y única) experiencia con lesbianas. A día de hoy creo que, en parte, su comportamiento obedecía a una torpeza social que le impedía relacionarse con nosotras de manera normalizada. Evidentemente, a nadie le hace ilusión que la persona que tiene enfrente se ponga nerviosa para mal simplemente porque te muestres como eres; pero también es verdad que, cuando hay buena voluntad, es algo que mejora a base de tiempo y naturalidad. Al fin y al cabo, todos nos hemos criado en una sociedad homófoba, así que, por más que nos joda canse, conviene que tengamos paciencia.

En esa tercera visita me pusieron la vacuna trivalente. "No te preocupes", me dijo la matrona. "La dosis es para un feto, así que no notarás ninguna reacción. Como mucho, alguna molestia en el brazo". ¿Molestia? ¡¿Molestia le llaman a no poder levantar el brazo durante una semana?! ¡Qué dolor más horrible!

Por aquel entonces, solía bromear con que la siguiente dosis se la iban a poner directamente a la niña, que ya estaba bien de que yo pusiera el brazo... Pero ahora, cuando pienso en lo que me dolió y miro a mi hija, ¡me arrepiento tanto de aquellas palabras! Veinte dosis me pondría hoy si pudiera librarla del pinchazo traicionero... ¡Qué duro va a ser ponerle las primeras vacunas! (Y las segundas y todas, me temo, porque me estoy revelando como una madre moñas donde las haya...).

El caso es que, a lo largo del curso, fuimos afianzando la relación con la matrona. Nos encantaron todas y cada una de sus clases porque, además de aprender muchas cosas útiles, consolidamos nuestra visión de lo que debería de ser la experiencia del parto. Yo, particularmente, perdí el poco miedo que sentía hacia la experiencia, confiada en que, si seguía sus indicaciones, todo iría estupendamente. ¡Lástima que después nada saliera como esperaba...!

A pesar de nuestra desgana inicial, al final solo nos perdimos una clase, debido a una segunda visita a urgencias que ya explicaré. Por desgracia, fue la clase dedicada a la lactancia materna. Hoy estoy segura de que, si hubiera podido asistir, mi experiencia habría sido mucho más positiva, y quizá me habría ahorrado alguno de los millones de problemas con los que me he encontrado.

En esa sesión también reforzaron el "simulacro" de expulsivo, que yo no llegué a hacer nunca porque formaba parte de unas clases en las que se hacía ejercicio y a las que yo no pude asistir al coincidir con las semanas en que estuve de reposo. De nuevo, estoy segura de que mi experiencia en el parto habría sido diferente si hubiera aprendido a hacerlo; la mala suerte, sin embargo, parece algo consustancial a mi periplo reproductivo, así que supongo que, a estas alturas, ya debería tenerla asumida.

En nuestro calendario de citas, todavía teníamos programada una cuarta visita con la matrona, que habría podido servir para paliar nuestras carencias con respecto al curso. Sin embargo, los hados volvieron a conjurarse en nuestra contra y nunca pudimos asistir a la consulta, porque la fecha prevista coincidió justamente con el día del nacimiento de nuestra hija.

domingo, 3 de diciembre de 2017

La segunda visita a la matrona

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Estando de diecisiete semanas, acudimos a nuestra segunda consulta con la matrona: la última cita de las programadas en la "rueda" del primer trimestre, a pesar de que ya lleváramos un tiempo transitando el segundo.

Si la primera vez alucinamos pepinillos con sus consejos sobre "comer muchos bollos" para coger todos esos kilos que debía ganar, esta vez hemos aterrizado de lleno en el territorio de lo inenarrable; a pesar de lo cual, voy a hacer un esfuerzo para explicar lo que pasó.

En primer lugar, me pesó y me volvió a repetir que tenía mucho que engordar. De verdad que, a estas alturas, empiezo a estar hasta el mismísimo sobre estas "charlas" acerca de mi peso. No solo por el malestar que personalmente me causan, sino porque creo que se trata de una irresponsabilidad por parte de los profesionales sanitarios. ¿Acaso no son conscientes de lo vulnerables que somos las mujeres a desarrollar enfermedades como la anorexia y la bulimia? ¿Qué les hace pensar que, en este sentido, el embarazo es un periodo diferente de nuestra vida? ¿No se dan cuenta de que se trata, incluso, de un momento vital en que nuestra vulnerabilidad aumenta? Entonces, ¿a qué viene ese machaque continuo sobre nuestro peso?

En fin.

Esta vez aguanté el chaparrón como pude, confiando en que, cuando le enseñara a la señora los resultados de mis dos curvas de glucosa, se comería todas sus palabras. Pero no lo hizo. Es más: le dio exactamente igual estar recomendando a una mujer con diabetes gestacional que se cebara. Simplemente, cambió de tema, como si una cosa no tuviera que ver con la otra.

Mientras ella farfullaba sobre la diabetes tan horrible que padezco, yo, haciendo acopio de unas fuerzas que hoy sería incapaz de encontrarme, le comenté que existía la posibilidad de que las pruebas me hubieran sentado especialmente mal debido a mi SOP, pero que esos niveles no se correspondieran con el funcionamiento normal de mi páncreas.

–Jo, jo, jo... ¡No! ¡No! Con estas curvas no cabe duda de que tengas diabetes. Jo, jo, jo... El funcionamiento normal de tu páncreas... Tienes diabetes, dia-be-tes...

Alevosamente (insisto: hoy no me habría molestado ni en dirigirle la palabra), le dejé el cuadrante de mis glucemias encima de la mesa.

–Huy, huy... ¡pero si esto está bajísimo! Huy, ¡no, no, no! Tú debes de ser de esas personas a las que la curva de glucosa les da un falso positivo.

Por si acaso, quiero aclarar que yo no creo que mis curvas de glucosa sean una tontería, yo creo que son la prueba de algo muy serio: simplemente me cuestiono si ese "algo muy serio" es diabetes o, mejor dicho, si es "solo" diabetes. En cualquier caso, los bandazos en la opinión de esta señora me dejaron patidifusa.

Afortunadamente, después llegó el momento más dulce de la consulta, por el que todas las estupideces que tuvimos que aguantar pasaron a un segundo plano: el momento de escuchar el latido de nuestra pequeña.

Cuando lo cuento, la gente me pregunta si es que no lo había escuchado antes, ya que su recuerdo me emociona profundamente. Y sí, por supuesto, lo había escuchado ya cuatro veces, e incluso lo había visto parpadear en la pantalla del ecógrafo una quinta más. Pero, para mí, sigue siendo un milagro, una experiencia emocionante donde las haya. Más aún cuando, en ausencia de imágenes, todos mis sentidos se embargaron con él.

La matrona tenía una enfermera en prácticas (con quien me encantaría tomarme un café y comentar las mejores jugadas de su "maestra") que estuvo hurgando en mi barriga con el micrófono. Encontró el latido del cordón umbilical muy rápido, pero el del corazón le costó un poco más. No me importó: de hecho, añadió más emoción todavía a la experiencia. Cuando por fin logró captarlo, nos envolvió un sonido contundente: el galope perfecto de una yegua salvaje. A mí se me saltaron las lágrimas y me invadió una profunda emoción.

–Es una niña, ¿verdad? –dijo la matrona, por una vez, asistida por la profesionalidad. 

Y es que, al parecer, los corazones de las niñas se escuchan más alto y más fuerte que los de los niños, por lo que, solo con oírlos, se puede llegar a conocer el sexo del feto.

Todavía henchida de orgullo por la fuerza de nuestra pequeña, me volví a sentar en la silla para asistir al momento más surrealista de toda la consulta:

–¿Vais a querer ir a las clases preparto?
–Sí, por supuesto –respondimos al unísono.
–Bueno, os lo pregunto porque hay mucha gente... De hecho, ya están casi llenas...

La señora empezó a meterse en un jardín extraño del que solo pudimos deducir que trataba de disuadirnos de ir a aquellas clases.

–Si venís, os tengo que advertir de que seguramente os sintáis mal. Porque yo llevo ya muchos años dando las mismas clases, me las sé de memoria, y en ellas me dirijo a parejas.

Yo, con el trote veloz de mi hija todavía palpitándome en el oído, no llegué a entender qué quería decir. Pero Alma fue más avispada:

–¿Te refieres a parejas heterosexuales?

La señora continuó adentrándose en el jardín.

–Es que llevo tantos años dando estas clases... Y hago mucho hincapié en el padre, nombro continuamente al padre... Y vosotras os sentiréis mal. Ya me pasó con unas chicas hace unos años: que vinieron a la primera clase y ya no volvieron.

Alma enmudeció, roja de ira. Yo me debatía entre echarme a reír a carcajadas o montar en cólera. Al final, opté por tomármelo de la mejor manera posible (seguramente, debido al chute de endorfinas que acababa de recibir) y le dije que, mientras una de cada cuatro veces que fuera a nombrar al padre lo sustituyera por "pareja", nos daríamos por satisfechas. Que con que recordara que estábamos ahí, era suficiente.

Cuando salimos, claro, dijimos muchas cosas más. Alma sacó toda la indignación que llevaba dentro, mientras yo seguía sin saber cómo valorar lo que acababa de ocurrir. ¿Cómo te tomas que alguien te advierta amablemente de que piensa comportarse de manera homófoba en tu presencia? ¿Es un detalle la advertencia? ¿Es menos homófobo un comportamiento cuya inconveniencia se conoce pero no se cuestiona?

Y, sobre todo, ¿por qué la ausencia de aquella pareja lesbiana después de la primera clase no ha provocado ningún cambio positivo en esta señora? Si ella cree que no volvieron por su actitud discriminadora, ¿cómo es que no ha intentado mejorar desde entonces? ¿Por qué no aprovecha la oportunidad de redención que le ofrecemos? Aunque, para mí, lo más obvio y peor es que ni siquiera haya contemplado que el motivo por el cual no volvieron fuera otro, como que su clase les pareciera una puñetera basura...

Ya queda poco para empezar el dichoso curso de preparación al parto, y las perspectivas no pueden ser peores. Me gustaría poder aprender y ganar confianza con la clases, sin tener que estar alerta para defendernos del ninguneo al que esta mujer ya nos ha advertido que nos someterá. Pero no doy un duro por la calidad de los contenidos, habida cuenta de que esta señora es consciente de llevar veinte años dando las mismas charlas sin ninguna intención de actualizarse.

¿Atravesaremos nosotras la barrera de la primera clase...?

domingo, 5 de marzo de 2017

Indignación, alegría y un deseo

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A pesar de la indignación que me consume desde que supe de la existencia del famoso autobús que promueve la transfobia, estoy contenta.

Y estoy contenta porque creo que, en los últimos años, la comunidad LGBTIQ estamos traspasando una frontera muy importante: la que nos separaba de la infancia.

Primero fue la legalización de nuestras familias. No el permiso para su existencia, no: porque nuestra comunidad ha formado familias desde siempre. Sino su reconocimiento legal, y con él, el respeto a nuestros derechos: los de los progenitores hacia sus hijos y los de los hijos hacia sus progenitores.

En los últimos años, además, se ha roto un tabú muy importante: el que existía sobre la propia infancia LGBTIQ. Al parecer, los miembros de nuestra comunidad nacimos adultos, o incluso surgimos bajo una col: de otra manera no se explica que se aparte a los niños de nosotros, cuando muchos de ellos son como nosotros. 

Por eso la realidad LGBTIQ debe ser conocida por la infancia, porque la infancia LGBTIQ también existe. Y por eso nuestros derechos, los derechos de los adultos, son también los derechos de los niños. Porque la infancia LGBTIQ también es infancia y, como tal, ha de ser protegida: protegida de gentuza que la haga sufrir cruelmente por el mero hecho de atreverse a ser lo que son, lo que siempre hemos sido y lo que siempre vamos a seguir siendo.

Todos estos pasos que estamos dando, finalmente, muestran que, poco a poco, se va superando otro prejuicio: el que nos considera seres degenerados, pervertidos, desviados y peligrosos. En nombre de ese prejuicio se nos ha intentado apartar durante tanto tiempo de los niños, negándoles de ese modo el desarrollo natural de su propia identidad. 

Parece que la sociedad y, sobre todo, quienes se encargan de legislar y juzgar, empiezan a subsanar ese error histórico. El que, por otro lado, tanto ha contribuido a estigmatizarnos, marginarnos y victimizarnos.

A veces me surge el deseo de que mis hijos sean también personas LGBTIQ. La única razón que me mueve a ello es garantizarles una familia que los comprenda y proteja, frente a la clase de energúmenos que todavía andan sueltos. Y es que ser rechazado por tu propia familia es terrorífico: lo sé porque lo he vivido.

Sin embargo, albergo un deseo mayor todavía, y es que algún día deje de ser necesario que personas como yo tengamos este tipo de pensamientos. Porque algún día todos los niños se críen seguros, en su familia y en su sociedad.

Incluidos los niños LGBTIQ.

lunes, 6 de febrero de 2017

Ya no seré una madre joven

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Acabo de cumplir los 35, y con ello, entro a formar parte oficialmente del grupo de las madres "mayores".

No ha sido ninguna sorpresa. Hace tiempo que sé que, por mucha prisa que se diera la Vida, ya no salían las cuentas. Hace tiempo también que me preparo para asumir los retos de esta maternidad, la única que todavía es posible para mí. Y pretendo asumirlos de manera positiva.

Pero me jode, para qué vamos a engañarnos.
Me jode, fundamentalmente, porque no estaba en mis planes.

Yo quería ser una madre joven. Me he criado con una madre joven rodeada de otras madres jóvenes, todas muy beligerantes con la causa. Todas muy orgullosas de su juventud y en perpetuo desprecio hacia las madres mayores. 

Que no podría seguir sus pasos era obvio. Ellas no fueron madres jóvenes por decisión propia. Ellas lo fueron por sus circunstancias: embarazos no deseados, carreras laborales inexistentes o truncadas, matrimonios tempranos, falta de estudios medios o superiores. A la edad en que mi madre me tuvo a mí, yo todavía estudiaba en la Universidad. Y entre mis planes más inmediatos no se encontraba, ni remotamente, formar una familia.

Pero todavía soñaba con la idea de tener un hijo antes de los treinta. Eso era lo que, en mi caso concreto, yo consideraba equivalente a "joven". Sin embargo, las circunstancias que me rodeaban cuando llegó el momento siguieron siendo adversas para la maternidad: a los estudios superiores, el desarrollo de una carrera profesional o los retos de la independencia económica, se unió el condicionante de ser lesbiana. Que podría no haberme condicionado en absoluto, pero me condicionó y retrasó mi proyecto de convertirme en madre.

Una vez superados todos estos retos, una vez recompuesta y lista, recién estrenados los treinta, para afrontar la aventura de formar una familia... llegó la infertilidad.

Y aquí estoy, mediando la década. 
Más allá de mis peores cálculos. 
Jodida pero contenta.

Y digo contenta porque, si algo me ha enseñado todo este proceso, es que soy buena enfrentando retos. No quiero decir que lo sea por naturaleza, sino que lo he acabado siendo por pura supervivencia. Y si he llegado hasta aquí con todo lo que he tenido en contra, puedo seguir. 

Hasta donde haga falta. 
Joven... o vieja ;)

lunes, 8 de febrero de 2016

La (nueva) primera visita a la (nueva) clínica


Después de una búsqueda breve pero informada, nos decidimos a visitar una nueva clínica. Habíamos hecho una pequeña lista según nuestras preferencias, pero lo que nos encontramos en la primera de ellas fue suficiente para convencernos: debemos de ser chicas fáciles, pues lo mismo nos ocurrió la primera vez ;)

A lo largo de todo este tiempo, nuestros criterios para elegir clínica han cambiado. Junto a la importancia de una primera visita gratuita (está claro que las clínicas que no la hacen nos tienen perdidas como clientes), hemos añadido la cercanía a casa. Y aunque todas las clínicas nos pillan lejos (es lo que tiene vivir en un pueblo), en esta ahorramos algo de tiempo: justo lo que ganamos en comodidad y tranquilidad.

Seguimos manteniendo la condición de que en la página web se haga una referencia explícita a las parejas lesbianas, pero ahora también queremos que se visibilice el modelo que hemos elegido para formar nuestra familia: no deja de resultar paradójico cómo muchas clínicas, algunas de muchísimo renombre, apenas publicitan la mitad de los tratamientos que realmente hacen. ¿Cuál puede ser el motivo? Nosotras no queremos premiar con nuestra confianza (¡ni con nuestro dinero!) esta manera de actuar, por mucho prestigio que tengan las clínicas que lo hacen.

Por otro lado, aunque seguimos buscando unos precios razonables (¿a quién le sobra el dinero después de dos años de pruebas y tratamientos?), estamos dispuestas a pagar un poco más por las prestaciones que buscamos. Particularmente, a lo largo de este tiempo he llegado a la conclusión de que resulta casi imprescindible que las clínicas cuenten con una tecnología tipo embryoscope, pues el desarrollo embrionario temprano puede llegar a ser (como lo ha sido en mi caso) muy traicionero. Cuando un embrión tipo A no se implanta o muere, mientras que un embrión tipo D sale adelante, seguramente influyen más factores que la casualidad o el milagro: factores que la ciencia desconoce y que este tipo de tecnología está ayudando a esclarecer.

Además, en esta nueva búsqueda hemos descubierto que muchas clínicas tienen atención psicológica gratuita. Este es un punto que nos parece importantísimo cuando los tratamientos se complican, pues anima a hacer uso de un servicio que contribuye a aliviar los aspectos más dolorosos de los tratamientos. Aunque también es verdad que, una vez metidas en el tsunami de gastos que conlleva la reproducción asistida, el dinero que cuesta una consulta puede considerarse un daño colateral más: en nuestro caso, la razón fundamental de que nunca pidiéramos una cita con la psicóloga de la primera clínica fue que la consulta obligatoria nos pareció un timo en toda regla, por lo que habría sido absurdo gastarse el dinero en hablar con una persona que no nos generaba ninguna confianza.

Finalmente, un detalle con el que soñamos (aunque sabemos que suele ser el punto débil de casi todas las clínicas) es una buena atención al paciente. No tanto por parte de los médicos como del resto de personal que te atiende. Las pacientes de reproducción asistida pasamos por momentos muy difíciles, y no solemos encontrarnos el estoicismo cuando nos hacen comentarios del tipo: "Como lleváis tanto tiempo aquí...". Si en las clínicas supieran cuántos clientes pierden debido a los comentarios desafortunados, seguramente invertirían algo más en cuidar lo que sueltan por sus bocas.

El caso es que esta nueva clínica que hemos visitado ha cumplido con todos nuestros requisitos... y más.

sábado, 23 de enero de 2016

Decidimos decidir


Una de las fuentes de mayor negatividad en la búsqueda de nuestro embarazo ha sido sentir que no controlábamos ningún aspecto del proceso. Que nos veíamos obligadas a hacer cosas sobre las que no habíamos podido tomar ninguna decisión.

Tuvimos que acudir a una clínica de reproducción asistida privada porque así lo dictan las leyes. Las que (paradójicamente) amparan nuestro modelo de familia, y también las que lo discriminan. En un mundo ideal, desde luego, habríamos escogido otro camino: no solo para lograr nuestro embarazo sino, principalmente, para configurar nuestra familia por y para nuestros hijos.

Tampoco sentimos que contaran con nosotras para elegir los tratamientos. No me refiero a que nos impusieran un tratamiento que no quisiéramos seguir, pues, evidentemente, nuestro consentimiento es un requisito moral y legal que no nos han hurtado (ni nos habrían podido hurtar) en ningún momento. 

Me refiero a que no nos han explicado todas las alternativas (con sus pros y sus contras adaptados a nuestro caso particular) para que nosotras pudiésemos elegir el protocolo. Muy al contrario, se nos ha aplicado un protocolo estándar, el mismo que siguen la mayoría de las mujeres que acuden a reproducción asistida.

Hasta donde yo sé, todos los médicos hacen esto, y lo hacen con buena fe: procuran empezar por los tratamientos menos invasivos para ir aumentando la complejidad según sea necesario. Desde un punto de vista estrictamente racional, resulta un planteamiento impecable; pero yo creo que cometen un error bastante grave: no implicar a los pacientes en la toma de decisiones.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Las ideas raras


Desde que nuestra última FIV fracasó y comprendí que había llegado la hora de dejar de contar con mis óvulos para el próximo tratamiento, mi cabeza empezó a poblarse de ideas raras. Y con ellas comenzó el duelo genético.

No creí que fuera a pasar por ello porque no pensé que tuviera ningún apego especial con mis genes. Y ahora tampoco creo que lo tenga. Esas ideas raras emergieron de las profundidades de mi inconsciente, como un mal rollo atávico que llevara siglos en nuestra especie.

Por ejemplo: de repente empecé a pensar que le estaba fallando a mi familia. No a mis padres en concreto, no: a la estirpe entera, como si tal cosa existiese. En mi mente surgió una voz que me acusaba de estar dilapidando una herencia preciosa que los miembros de mis familia se habían esforzado por transmitir durante siglos: era inadmisible que ahora pretendiera hacerles el tocomocho con un churumbel que no se les pareciera ni en el envés de las uñas.

Resulta muy sencillo demostrar lo absurdo de esta idea, pues en mi familia nadie espera que yo tenga hijos. Se da por hecho que, al ser lesbiana, mi destino ineludible es tener gatos. En caso de extrema excentricidad, se podría entender que tuviera un perro. Pero... ¿hijos? Eso no viene de serie en las ovejas negras de mi especie. De hecho, cuando las Navidades pasadas se le encendió la bombilla a una de mis tías y pensó en la posibilidad remota de que Alma y yo formáramos una familia, se produjo una conmoción colectiva. 

En cuanto a la pérdida de mi herencia genética, tampoco creo que haya que tirarse de los pelos. Si bien mis hijos habrían gozado de una salud bastante buena, no creo que se hubieran librado de la miopía. Y para mí que heredar este cuerpazo que me gasto (!) no les saldría a cuenta sabiendo que el SOP que me impide ser madre es el regalo envenenado que encontrarían en el fondo del paquete. Además, yo soy de las que opinan que la mayor parte de lo que somos viene de nuestras experiencias, no de la maletita que un óvulo y un espermatozoide traían consigo.

Con el paso de los días, afortunadamente, las ideas raras se van asentando, volviendo al poso extraño del que jamás deberían haber emergido.

El duelo genético, no obstante, ha traído algunos dolores genuinos. A estos, sin embargo, me cuesta menos encontrarles su lado positivo :)
   

domingo, 26 de julio de 2015

Lost & found



Estaba en una tienda, probándome la camiseta que le queríamos regalar a una de mis amigas en agradecimiento por haber cuidado de nuestros gatos mientras estábamos de vacaciones, cuando corrí la cortina para preguntarle a Alma qué le parecía. Un niño rubito de apenas tres años se asomó entonces a mi probador.

– ¿Qué te parece? –le pregunté al pequeño–. ¿Estoy guapa?

El niño sonrió y se fue, y Alma y yo nos quedamos hablando sobre la camiseta. Al poco rato, caminábamos por el pasillo del centro comercial, preguntándonos dónde podríamos encontrar los pantalones cortos que buscábamos, cuando volvimos a ver al mismo niño rubito caminando sin su mamá. Alma se había fijado en ella mientras esperaba a que yo me cambiara, y no la veía por ninguna parte, así que me adelanté para preguntarle al niño si se había perdido. Él me miró lo justo para comprobar si me conocía y siguió caminando muy deprisa. Esperamos un poco para ver si aparecía la madre del niño, pero el niño se acercaba peligrosamente a las escaleras mecánicas, así que volví a adelantarme y le agarré suavemente del hombro:

– Estás perdido, ¿verdad? Dame la manita, corazón, vamos a buscar a tu mamá.

El pequeño necesitó un segundo para pasar de la desconfianza a la confianza y agarrarse a mi mano con fuerza, así que no me quedó ninguna duda de que estaba realmente perdido y, aunque no lo había parecido hasta entonces, probablemente muy asustado. 

Enseguida nos topamos con una mujer que era guardia de seguridad y Alma le contó lo que había pasado. Mientras tanto, yo le expliqué al niño que aquella señora iba a llamar a su mamá por teléfono y que ella vendría a buscarlo en un momentito. El pobre no debió de darle ningún crédito a mis palabras, porque no se soltaba de mi mano, aunque finalmente conseguimos que se fuera con la mujer. Alma no se quedó nada tranquila y quiso que los siguiéramos hasta que encontraran a su mamá, pero a mí me pareció que el momento lesbianas-psicóticas-persiguen-niño-perdido-por-si-pueden-adoptarlo era perfectamente prescindible.

– A nosotras nunca se nos perderán nuestros niños en un centro comercial, ¿verdad?
– Claro que no –me aseguró Alma–, porque nosotras nunca traeremos a nuestros niños a un centro comercial.

El karma sabe que nuestros hijos serán forofos de los centros comerciales y que se nos perderán una cantidad vergonzante de veces, pero esa tarde sentí que íbamos a ser las mejores madres del mundo y que nuestros hijos, fueran del color que fueran, tuvieran la genética que tuvieran y hubieran estado en la tripa que hubieran estado, nos reconocerían como las personas con quien formar un vínculo de confianza, amor y respeto a lo largo del tiempo, y que a ese vínculo entre todos le llamaríamos familia.

Y me sonó genial.

sábado, 27 de junio de 2015

Era hoy



Hoy era el día en que tenías que haber venido al mundo. Hoy era la tan esperada fecha prevista de parto. Era hoy.

Tus dos mamás fantaseamos mucho con este día. Íbamos a empezar las vacaciones de verano contigo en casa. Teníamos dos meses por delante para cuidarte juntas y aprender a ser una familia. Estábamos muy contentas; pensábamos que, ni habiéndolo planeado, habría salido tan bien. ¿Nos atreveríamos a salir de viaje? ¿Qué destinos serían adecuados para un bebé recién nacido...?

Tu recuerdo ya no duele como antes. Como diría Montaigne, tu vida, aunque breve, fue completa. Fuiste deseado, celebrado y muy, muy querido. El privilegio de haber compartido tu existencia crece cada día. Tus fotos, aunque poco nítidas, llenaron los marcos de nuestra casa. El latido de tu corazón, aunque lento, llenó mis oídos de un ritmo que no olvidaré mientras viva. Me despedí de ti sollozando que no me arrepentía de nada y la alegría de esa convicción me acompaña todavía. 

Era hoy, y mañana será otro día.
Un pedacito de ti se quedó con nosotras y un pedacito de nosotras vuela contigo.

lunes, 25 de mayo de 2015

Adopción nacional



Era jueves, el día posterior a nuestro primer aniversario de boda. Yo andaba saltando de blog en blog, haciendo un poco de tiempo antes de sumergirme en una apasionante (léase con tono irónico) tarde de correcciones, cuando el título de una entrada me llamó la atención: "Abre la nacional en Madrid". Cualquiera pensaría: "¿La qué?". Pero yo no tardé ni un segundo en saber lo que era: ¡la adopción!

Aunque parezca increíble, hacía apenas unos días que Alma y yo habíamos estado visitando la página web del Instituto Madrileño de la Familia y el Menor, leyendo información sobre adopciones especiales y acogimientos. La adopción siempre ha sido para nosotras una opción igual de atractiva que la maternidad biológica, y si finalmente hemos optado por esta última ha sido, entre otras cosas, porque veíamos inviable adoptar. Nosotras no podemos acceder a la adopción internacional como pareja y, en este momento de nuestra vida, no estamos dispuestas a hacernos pasar por algo diferente a lo que somos. Aunque sabíamos que la adopción nacional en Madrid estaba cerrada desde 2008, la posibilidad de hacer un acogimiento o una adopción especial llevaba algunas semanas haciéndonos runrún en la cabeza.

Así que encontrarme de casualidad con este notición me pareció una broma. Tuve que leer varias veces el título de la entrada, leerme después la entrada entera y visitar la página de la Comunidad de Madrid, donde la convocatoria que habíamos visto cerrada hacía solo unos días se había vuelto a abrir, para terminar de creérmelo. Me pasé toda la tarde lloriqueando, corrigiendo exámenes con mano temblorosa y una sonrisa bobalicona pintada en la cara. No quería ni decírselo a Alma, porque sabía que entonces estallaría de emoción y me pasaría varias horas en shock. Así que esperé a que viniera a buscarme para cenar y entonces le solté la bomba:

– Tía, ha ocurrido un milagro. ¡No te lo vas a creer...!
  

miércoles, 22 de abril de 2015

Vivir la diferencia



Cuando comprendí que me gustaban las mujeres tenía más o menos veintitrés años. Para mí, fue un periodo muy bonito de autodescubrimiento y liberación, pero también me resultó muy duro darme cuenta de que era diferente.

Entre mis amigas de toda la vida y yo se abrió un abismo que, por aquel entonces, consideré insalvable. Muchas de las cosas que habíamos compartido hasta entonces (salidas, confidencias, ligues, etc.) parecían estar esfumándose. Algo intangible pero implacable nos separaba y yo no sabía cómo salvar ese vacío. No quería separarme de ellas, pero ya no podía correr a abrazarlas.

Con el paso de los años he conseguido entender muchas cosas, curarme muchas heridas, volver a estrechar los lazos con las personas a las que quiero y que me quieren, independientemente de las diferencias. El hecho de que me gusten las mujeres ha pasado a ser una circunstancia más en mi vida, no una letra escarlata que llevo grabada a fuego en la frente. 

Una de las experiencias que me han ayudado en este camino es darme cuenta de que, por lo demás, tengo muchas cosas en común con mis amigas. Independizarse, tener pareja, encontrar trabajo, lidiar con facturas, reformas, suegros, vecinos. Nada de esto es muy trascendente, pero todo junto forma más o menos una rutina que podemos compartir.

Pensé que la maternidad pronto formaría parte de esta lista. Pero no ha sido así. De nuevo, me ha tocado a mí vivir la diferencia. Mis amigas tienen a sus hijos, con algún contratiempo por el camino, pero nada remotamente parecido al circo que yo tengo montado. Evidentemente, sabía que mi "acceso" a la maternidad tendría lugar por una puerta diferente, pero no esperaba que esa puerta condujera a un laberinto.

Saberme diferente me resulta doloroso. Compararme con los demás es clavarme un millón de cuchillos en el alma. Pienso constantemente porqueamí porqueamí porquesiempreamí. Y entiendo que lo realmente duro no es pensar que tú tienes algo que te hace distinto. Lo realmente duro es entender hasta qué punto esa diferencia te condena a la soledad.

martes, 17 de febrero de 2015

Me importa un comino el rey Pepino



Cuando era pequeña tenía un libro que se llamaba así: Me importa un comino el rey Pepino. No recuerdo muy bien de qué iba, solo sé que había un rey Pepino muy desagradable que se había instalado en el sótano. Por alguna razón, hoy me ha venido a la mente, y solo tengo ganas de gritar:

– ¡Me importa un comino el rey Pepinoooooooo!

En el libro de Las voces olvidadas, explican que la fase del duelo que más nos cuesta transitar a las mujeres es la ira. Vivimos el shock y la negación, nos entregamos a la tristeza, negociamos y aceptamos. Pero muchas veces no somos capaces de enfadarnos.

Cuando lo leí, me di cuenta de que justamente eso me pasaba a mí. Me ha pasado en todos los duelos. Puedo quedarme paralizada y negar lo que ha ocurrido durante años, puedo llorar y llorar hasta secarme por dentro, puedo llegar a acuerdos con la vida y, finalmente, aceptar las cartas que me han tocado. Pero me cuesta enfadarme. A veces, simplemente, no me enfado.

Y ese no-enfadarse queda flotando en mi cabeza, como una nube negra que perturba mi mente, constante aunque sutil.

Ayer, sin embargo, me enfadé. 

Las circunstancias no son importantes. Lo importante es que, de pronto, vi pasar un montón de aspectos de mi vida por delante de mis ojos, sentí una pena terrible de mí misma, y estallé.

Hace muchos años, leí un artículo escrito por un monje budista en el que explicaba el poder que otorga la ira para "ver más claro". En él decía que, si no cedemos ante la violencia que nos provoca, si conseguimos centrarnos en ese momento de máxima tensión emocional, podemos comprender muchas cosas que, en un estado de calma, no apreciamos.

Yo siempre había pensado que la gente que se enfada es maleducada y no se sabe controlar. Sin embargo, después de leer aquel artículo, me di cuenta de que enfadarse también era necesario: solo cuando conseguía enfadarme dejaba de perdonarlo todo y juntaba las fuerzas necesarias para poner límites y recomponer mi vida. Solo cuando conseguía enfadarme veía claramente cómo era la realidad y por dónde discurría el camino que debía seguir.

Ayer lo vi otra vez.

miércoles, 7 de enero de 2015

Reunión familiar



En mi familia hace más de veinte años que no nace ningún niño. Y los "mayores" tienen muchas ganas. Cada vez que nos juntamos (algo que ocurre con la misma frecuencia con que se alinean dos planetas), bombardean a mis primos con preguntas insidiosas. A quienes están en la treintena, para que no se les vaya a pasar el arroz. A los que todavía estrenan los veinte, para que procuren darles una alegría antes que sus primos mayores.

Hay preguntas para todos, menos para mí. Y eso que soy la prima mayor, a la que el arroz se le pasará antes, la única que tiene trabajo estable, casa en propiedad, pareja desde hace diez años. No es que yo piense que todo eso es necesario para tener hijos, ni mucho menos; pero sé que ellos sí.

Claro que yo soy lesbiana.

Estas situaciones me dejan atónita. Siento como si se repartieran gominolas y a la niña que las pide más alto y más claro no se las dieran. La prima que me sigue en edad, quien ha dejado bien claro que no le gustan los niños ajenos ni desea tenerlos propios, que atesora trabajos precarios y colecciona novios cadáver, además de vivir con su madre, tiene que aguantar las mayores dosis de bombardeos. Mientras tanto, yo recorro con la mirada toda la mesa, como un perrito mudo y triste, calibrando el alcance de mi clamorosa invisibilidad.

¿Por qué no me preguntan siquiera?

La última vez, sin embargo, ha sido distinta. Una de mis tías se ha liado la manta a la cabeza y, provocando un silencio ensordecedor en una reunión particularmente bulliciosa, se ha dirigido a mí para preguntarme:

– Y a ti, Remedios, ¿te gustan los niños?

No era tan difícil, ¿verdad? Aun así, yo me he sentido presa de una profunda emoción, como una niña harapienta ataviada con una tiara resplandeciente. 

Y he respondido que sí. Que mucho.

miércoles, 22 de octubre de 2014

La cigüeña llega a todas partes



Esta entrada está dedicada a Cigüeña Blanca, del blog La cigüeña no viene a Alemania, que hace poco me nominó a un premio, algo que me hizo mucha ilusión. Aprovecho para mandarle todo mi ánimo y positividad, y recordarle que la cigüeña llega a todas partes... ¡Alemania incluida! ¡Claro que sí!

Para recoger el premio, era necesario nombrar once blogs que tuvieran menos de cien seguidores, pero me temo que casi todos los blogs que yo leo ya han sido nominados, así que esta primera parte no la voy a poder cumplir. De todas formas, os invito a pasaros por mi lista de blogs, donde encontraréis algunos que no tratan sobre maternidad pero que también son muy interesantes...

La segunda condición era plantear once nuevas preguntas, algo que creo que tampoco voy a poder cumplir, porque no se me ocurren demasiadas. En relación a la reproducción asistida, estas son las que me gustaría plantear (sentíos libres de contestarlas si queréis):

1. ¿Cuál fue el motor que te ayudó a sobreponerte a los negativos y seguir intentándolo?
2. ¿Llegaste a desconfiar tanto de tu médico como para cambiarte de clínica? 
3. En caso afirmativo, ¿qué fue lo que ocurrió? ¿Estás contenta con tu decisión?
4. ¿Notaste algún síntoma distinto cuando tu betaespera fue positiva?
5. ¿En qué crees que podrían mejorar los protocolos de reproducción asistida?
6. Las personas que te conocen, ¿leen tu blog? ¿Por qué?

Y hasta aquí puedo leer...

En fin, me temo que la única condición del premio que voy a poder cumplir es la de contestar a las once preguntas que planteó Cigüeña. ¡Allá van!

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