Durante nuestra primera consulta, el inmunólogo me explicó que, en principio, para este tratamiento repetiríamos la misma pauta de medicación que habíamos seguido en el embarazo de mi hija, ya que, evidentemente, había resultado más que adecuada. Sin embargo, teniendo en cuenta los nuevos descubrimientos en cuanto a mi genotipo de KIR, así como a la reacción autoinmune que me había provocado la covid, el inmunólogo me preguntó si estaba dispuesta a probar algo más:
lunes, 28 de agosto de 2023
La pauta de medicación (y lo que no pudo ser)
viernes, 21 de julio de 2023
La vuelta a reproducción asistida
Mi recuerdo oficial de la reproducción asistida siempre ha sido espantoso: una sucesión de pruebas carniceras, desencuentros con el espéculo, tratamientos frustrantes, miles y miles de euros malgastados, sangre, abortos. Mi corazón roto en mil pedazos. En comparación, la adopción se me antojaba un paraíso: alineada con mis valores, sin necesidad de poner el cuerpo, tan solo exigía paciencia (¿pero acaso la reproducción asistida no lo hace?) al módico precio de cero euros.
Por eso me resistí, durante tanto tiempo, a enfrentarme a otro tratamiento. ¿Anhelaba volver a ver un positivo, asistir a la transformación de mi cuerpo, notar los movimientos de un bebé en mi interior, dar a luz de nuevo? Sin duda. ¿Estaba dispuesta a sacrificar otra vez todo lo que había sacrificado para tener a mi hija? Ni en un millón de años: reeditar el ensañamiento físico, la tortura psicológica y la ruina económica no era una opción. Mi opción era adoptar, con o sin pareja. Adoptar: eso quería, ese era mi siguiente paso, mi destino, el camino adecuado.
Hasta que comprendí que era imposible.
Así que, tras pasar unos meses elaborando el duelo, empecé a imaginarlo. Empecé a imaginarme a mí misma atravesando la puerta de una consulta, apenas cubierta de cintura para abajo por una sabanita desechable, abierta de piernas sobre un potro ginecológico. Conjuré la memoria de mi cuerpo y le obligué a enfrentarse, siquiera mentalmente, a ecógrafos, espéculos, sondas. Inyecciones, hormonas, anticoagulantes. Vía oral y vía vaginal. Extracciones, pruebas, resultados. Hematomas, sangre. Negativos. Abortos. Dolor físico y dolor psicológico. Todo lo que para mí significaba la reproducción asistida.
Y sentí que no iba a ser capaz.
En medio de aquel naufragio de recuerdos, sin embargo, una mano invisible aferró la mía y me obligó a a avanzar. Sin decir nada, sin tratar de cuestionar lo inapelable, me acompañó a lo largo de los meses, de las dudas y los miedos, de la absoluta certeza de estar enajenada, hasta aquella mañana de diciembre, lluviosa y dulce, en que pisé la nueva clínica por primera vez.
A partir de ahí, todo fue muy diferente a lo que recordaba.
lunes, 13 de febrero de 2023
Mi experiencia con los test de ovulación
Reconozco, sin embargo, que no las tenía todas conmigo. Efectivamente, la regla me sigue viniendo sin ningún cambio aparente; de hecho, tras el embarazo, me viene más regular y más abundante que nunca en mi vida, así que me siento mucho más fértil (!?) en ese sentido. Pero, ¿significa eso que ovulo? Y, sobre todo, ¿quería esperar a descubrirlo cuando estuviera haciendo el tratamiento, con el chasco consecuente si la respuesta era negativa, o prefería comprobarlo por mí misma en la intimidad de mi cuarto de baño?
Finalmente, me decidí a hacerme los dichosos test, para sacarme la espinita de envidia que tenía clavada desde mi anterior experiencia, y también para comprobar por mí misma lo que ahora estaba en un entredicho razonable. Así que me tocó hacer otro estudio de mercado para conseguir una buena marca de test, fiables y económicos. Me inclinaba por la misma que ya había utilizado para los test de embarazo, y aunque acabó siendo la elegida, durante algunos días estuve valorando unas cuantas.
(Tengo que confesar que me aburre soberanamente esto de los estudios de mercado. No entiendo cuál es la gracia de comparar un montón de opciones que deberían ser todas iguales de buenas y que, sin embargo, te dan la sensación de ser todas el mismo timo. Cuanto mayor me hago, más sueño con una especie de supermercado soviético donde haya una sola marca de cada cosa, siempre buena y siempre fiable, sin el embrollo capitalista que no aporta absolutamente nada. Pero supongo que este es un tema para otra entrada.)
Lo que más me amargó del proceso, en cualquier caso, fue conseguir un pack en el que solo vinieran test de ovulación. Me traumatizaba vivamente comprar también test de embarazo: en primer lugar, porque no sabía si llegaría a tener siquiera la posibilidad de utilizarlos, pero también porque no quería que se me pasaran de fecha y encontrarme otra vez en la situación de comprobar el buen desarrollo de un embarazo con test caducados.
Al final (porque la cosa tampoco es tan complicada, pero yo es que tiendo a hacerme un lío con todo), acabé comprándome un montón de test baratos, fiables y solo de ovulación para, con la primera regla del curso, estrenarlos llena de alegría e ilusión.
miércoles, 1 de julio de 2020
Causas de infertilidad y COVID-19
Menuda pareja la del título, ¿verdad? Por un lado, la infertilidad, esa tragedia íntima que las mujeres tendemos a vivir de manera personal desde tiempos inmemoriales. Por otro, la enfermedad del momento, causante de una pandemia mundial que, en mayor o menor medida, nos afecta a todos los seres humanos. ¿Acaso dos condiciones tan aparentemente distanciadas pueden estar relacionadas? La respuesta, por desgracia, es afirmativa.
Al poco tiempo, sin embargo, un artículo del periódico me introdujo en el hasta entonces desconocido mundo de las "patologías previas". Empecé a leerlo por pura curiosidad, pero lo que descubrí me inquietó bastante: entre las variables que aumentaban el riesgo de padecer un cuadro grave (poco más que la edad y el género por aquel entonces), se hacía mención, casi de pasada, a los trastornos en la coagulación de la sangre.
Y para reivindicar, una vez más, que la infertilidad es más que un drama lorquiano: es UNA ENFERMEDAD. Una enfermedad ninguneada, minusvalorada, relegada a mero "capricho", a "cosas de mujeres". Porque creo que, precisamente ahora que la Ciencia vive un momento de humildad autoimpuesta, de solidaridad obligada, se dan los requisitos necesarios para que se escuche nuestra voz.
domingo, 2 de febrero de 2020
Seis meses con la regla
miércoles, 24 de julio de 2019
Me pregunto cuándo deja de doler
viernes, 25 de enero de 2019
SOP para mayores de 35 años
Nunca olvidaré lo que me dijo la primera ginecóloga que me diagnosticó el Síndrome de Ovarios Poliquísticos:
Si estás gorda, calva, llena de pelos y granos, si te viene la regla cada tres meses o cada quince días, en cantidades ingentes y con un dolor inenarrable, y lo mejor, si además estás deprimida (que es mi síntoma preferido porque... ¿cómo no deprimirse?)... pues nada. ¿Qué te va a decir un médico? Absolutamente nada.
Pero no todo es dieta en la vida de la persona diabética: cuando hablo de "vivir" como si tuviera diabetes, me refiero también a la necesidad de hacer ejercicio. Durante el embarazo, hice pilates y natación para embarazadas; ahora, cuido de un bebé (gasto calórico asegurado), le doy de mamar (por si se me había ocurrido la feliz idea de guardarme algún gramo de grasa para mi disfrute exclusivo) y hago pilates una vez por semana, que hasta el momento es todo lo que me puedo permitir. Bromas aparte, mi compromiso con el deporte es grande, y espero poder ir ampliando el tiempo que le dedico a medida que mi hija crece.
Como decía una de mis enfermeras de Endocrinología, lo que es saludable para una persona diabética, lo es para cualquier persona, así que no puedo más que animar a quienes me leéis a uniros también a la cruzada contra el azúcar. Vuestra salud os lo agradecerá... ¡seguro! ;)
sábado, 11 de noviembre de 2017
¿Qué significa ser diabética?
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sábado, 30 de septiembre de 2017
Diabetes gestacional

domingo, 4 de junio de 2017
La regla y el adiro

AVISO PARA NAVEGANTAS: Cuando hablo sobre la regla y el adiro, no me refiero a la regla CON adiro, porque este tratamiento se suspende durante los días de la regla. Como es bien sabido, el adiro es una forma de aspirina y provoca unas hemorragias que pueden llegar a ser muy peligrosas si se toma durante la menstruación.
viernes, 19 de mayo de 2017
A vueltas con la metformina
La metformina no cae bien en la nueva clínica.
O, para ser más concreta, genera una buena dosis de indiferencia.
En la primera transferencia, una doctora de tantas me dijo que la dejara. Yo le hice caso, deseosa como estaba de no tomar ninguna pastilla; pero a los dos días me arrepentí, agobiada por la idea de que mi cuerpo fuera incapaz de ovular sin ayuda.
Esta vez, como teníamos cita con la presunta superdoctora a la que se le ocurrió que fuera a la consulta de Inmunología (y siempre le estaré agradecida por ello), decidí preguntarle por la metformina con el objetivo de resolver mis dudas de una vez para siempre.
El motivo por el que dudaba entre tomarla o dejarla no era, como la otra vez, las ganas de librarme de pastillas. Lo que ocurre es que, desde la segunda FIV, sé que la metformina reduce la absorción de vitamina B12. Y ahora que también sé que tengo una mutación que la dificulta, provocando un aumento de la homocisteína y, con ello, una elevación de la coagulación, necesitaba decidir qué era preferible: potenciar al máximo la absorción de B12, dejando la metformina y arriesgándome a que mis ovarios poliquisteen a lo loco, o seguir con la metformina aun a riesgo de no absorber suficiente vitamina B12 y tener la coagulación más elevada de lo que me gustaría.
En principio, la primera opción me parecía la mejor, porque pensaba que tenía que centrarme en regular la coagulación. Pero, después de leer mucho, he llegado a la conclusión de que la metformina no es negociable. Que, probablemente, no vaya a ser negociable durante el resto de mi vida.
Algo que me ha dejado más tranquila, no obstante, es que, si bien tomar esta pastilla de manera aislada eleva la homocisteína, que de por sí ya suele estar elevada en mujeres con SOP (¡nuevo dato!); se ha comprobado que combinarla con vitamina B12 en cantidades masivas consigue tanto que la homocisteína baje como que los estragos del SOP se regulen. Así que me parece que tendré que abonarme a este combo forever.
La verdad es que los artículos que he leído me han dado mucha seguridad a la hora de tomar esta decisión. Pero me queda la tristeza de no poder contar con un médico que entienda el SOP y sepa manejarlo.
Tendré que seguir buscando...
domingo, 7 de mayo de 2017
Recuperando la ovulación

lunes, 17 de abril de 2017
Welcome back, pastillero
domingo, 13 de noviembre de 2016
La vida sigue... y el SOP también

lunes, 26 de septiembre de 2016
Cuando el problema contiene la solución
martes, 23 de agosto de 2016
¿Pastillero? ¿Qué pastillero?
domingo, 14 de agosto de 2016
El ciclo natural
miércoles, 10 de agosto de 2016
Reconectar con mis ovarios

viernes, 25 de marzo de 2016
Dieta para el SOP
jueves, 10 de diciembre de 2015
Historia de nuestros embriones (II)
En la segunda FIV, fuimos observando entre cuatro y seis folículos antes de la hiperestimulación, un número menor que en la vez anterior, pero coherente con la nueva pauta de medicación. Tras la punción, obtuvimos diecisiete óvulos, de los que solamente seis eran maduros. Así que, en esta ocasión, no alcanzamos la horquilla de entre ocho y diez óvulos que se considera óptima.
Recuerdo que una vez, hace mucho tiempo, nuestra nuestra doctora nos advirtió de que estimular unos ovarios con SOP era muy puñetero. Y lo es porque la hiperestimulación es casi inevitable, porque tratar de minimizarla compromete el número de óvulos maduros que puede obtenerse y porque buscar un número suficiente de óvulos maduros a toda costa atenta directamente contra la salud.
Hoy entiendo el alcance de todo esto y, de hecho, es la principal razón por la que he decidido no intentar una tercera FIV. Pero en aquel momento me resultó devastador. Pensaba que, de repetirse las mismas proporciones que en la primera FIV, tendríamos suerte si conseguíamos un solo blasto. Y aunque con uno es suficiente, después de todo el esfuerzo que conlleva un tratamiento como este, tener que jugárselo todo a una sola carta resultaba descorazonador.
En esta ocasión, insistí bastante en que se revisaran las técnicas que se les aplicaban a los óvulos, para equilibrar la proporción entre FIV convencional e ICSI y, a ser posible, inclinar la balanza en favor de la primera. Y, aunque en ningún momento la doctora me dio la razón en que las técnicas aplicadas en la primera FIV habían sido desafortunadas, los resultados de este segundo intento no dejaron lugar a dudas.
Esta vez, emplearon la FIV convencional con cuatro óvulos, de los que fecundaron los cuatro. Con los otros dos emplearon la ICSI, y solo fecundó uno. Así que, aunque el número de óvulos que teníamos era menor, con esta proporción conseguimos una tasa de fecundación que prácticamente duplicó la de la primera FIV; y, además, contábamos con cinco embriones: uno más que la primera vez.
Estos resultados nos devolvieron la esperanza que habíamos perdido durante la estimulación, así que, nuevamente, nos atrevimos con el cultivo largo. Por desgracia, el resultado empeoró: a día 5, solo uno de los embriones había alcanzado el estadio de blasto con buena calidad; dos habían detenido su desarrollo y los otros dos iban más lentos.
El primer embrión me lo transfirieron en fresco, dando como resultado un negativo que nos destrozó como ningún otro. De los otros dos embriones, solo pudimos vitrificar a día 6 un blasto de mala calidad, que me transfirieron al mes siguiente en un ciclo sin esperanza que acabó convertido en nuestro negativo número seis.
Y con este último fracaso dimos por finalizadas nuestras aventuras con la FIV.






