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lunes, 28 de agosto de 2023

La pauta de medicación (y lo que no pudo ser)

Durante nuestra primera consulta, el inmunólogo me explicó que, en principio, para este tratamiento repetiríamos la misma pauta de medicación que habíamos seguido en el embarazo de mi hija, ya que, evidentemente, había resultado más que adecuada. Sin embargo, teniendo en cuenta los nuevos descubrimientos en cuanto a mi genotipo de KIR, así como a la reacción autoinmune que me había provocado la covid, el inmunólogo me preguntó si estaba dispuesta a probar algo más:

–Por supuesto –le respondí.

Todavía recuerdo con cariño las reticencias que albergué durante tantos años hacia la medicación en reproducción asistida. Mis reparos, mis miedos a estar sobremedicada, a que eso fuera, precisamente, la causa de mis fracasos reproductivos. Y es que, aunque a veces lamento la cantidad de tiempo perdido en el proceso de formar una familia, en momentos como este comprendo que no he perdido nada. Todos estos años han provocado una transformación muy profunda en mi interior, transformación que es imposible hacer de un día para otro. Y aunque ahora me exprese con naturalidad, con desahogo, sé que durante mucho tiempo fui un animalillo asustado, temblando ante el asalto de la medicina sobre mi cuerpo.

Lo cierto es que el inmunólogo tampoco me propuso algo muy descabellado: tan solo emplear un nuevo medicamento. La agraciada fue la hidroxicloroquina: se trata de un antipalúdico, es decir, un medicamento contra la malaria, que también se emplea para tratar enfermedades autoinmunes como el lupus. Cómo un medicamento utilizado para acabar con un parásito termina funcionando para otra cosa completamente distinta es una de esas historias fascinantes de la medicina que no tiene sentido explicar aquí.

En principio, lo único que la hidroxicloroquina tenía de especial es que tardaba bastante en hacer efecto sobre el sistema inmune, por lo que debía empezar a tomarla en el ciclo anterior a aquel en el que haríamos el tratamiento. Esto fue lo que convirtió un diagnóstico de febrero en un tratamiento en abril. Pero así es la vida en reproducción asistida: los enero, febrero a más tardar acaban floreciendo en primavera. ¡Qué se le va a hacer!

Una vez tuve clara la pauta de medicación, la compartí con mis compañeras del grupo de OVO/ADE de la Asociación MSPE. Muchas de ellas habían tomado también hidroxicloroquina, algunas con buenos resultados. Así que no le di mayor importancia hasta que una de las chicas que leyeron mis mensajes me escribió por privado, preguntándome si realmente me iba a atrever a tomarla, porque a ella le aterraban los efectos secundarios.

Reconozco que mi primera reacción fue de condescendencia. He tomado tantos medicamentos a lo largo de mi vida que tenían prospectos infinitos cual papiros egipcios, repletos de efectos secundarios tremebundos que nunca llegaban a pasar, que suponía que este no sería más que otro que añadir a la colección. ¿Qué diferencia podía haber, por ejemplo, con las píldoras anticonceptivas que tomé durante años, cuyo prospecto ocupaba más que el propio blíster, y que no me mataron de un trombo porque extrañamente la Vida había elegido para mí otro destino?

Sin embargo, he llegado a acostumbrarme a cierta reacción de mi inconsciente por la cual una idea se me queda dando vueltas en la mente, llamando a las puertas de mi consciente con insistencia, hasta que entiendo que tiene algo importante que decir. Así que dejé la condescendencia a un lado y busqué por mí misma algunos de los efectos secundarios sobre los que esta chica me había advertido.

Dos de ellos me llamaron especialmente la atención. El primero, la retinopatía por hidroxicloroquina: una pérdida irreversible de visión que tiene lugar por la acumulación del medicamento en la retina, pérdida que puede continuar incluso una vez suspendido el tratamiento, ya que sus efectos son prolongados. El caso es que yo ya tengo experiencia con la pérdida de visión causada por los tratamientos: concretamente, por la hormona foliculoestimulante (FSH) que me inyecté en las dos últimas inseminaciones y durante la estimulación de las dos FIV. El resto de mi pérdida de visión ha sido provocada por las descompensaciones, también de origen hormonal, que provoca el SOP no controlado que he sufrido durante años. Así que no pude evitar echarme a temblar al pensar en una nueva amenaza para mis maltrechos ojos. Después, la espanté como quien espanta una avispa, con miedo pero con determinación. ¿Por qué me iba a pasar a mí todo lo malo del Universo? ¿Y por qué no?

El segundo efecto que llamó mi atención, aunque en comparación parezca un detalle sin importancia, fue el encanecimiento repentino del pelo. Para mí, sin embargo, era una posibilidad que daba al traste con un importante reto vital en el que me encuentro inmersa: el de no teñirme las canas. Es algo que hago por compromiso feminista, de respeto al cuerpo y de autoaceptación; pero no sabía si sería capaz de mantenerlo si mi pelo se volvía completamente gris de un día para otro. Y aunque, comparado con una pérdida de visión irreversible, o incluso la ceguera total, parece que tiene una solución sencilla (pues te tiñes y ya está), no estaba segura de querer renunciar a un compromiso vital que, hasta cierto punto, forma parte de mi identidad. Pero ¿acaso un hijo no es más importante que teñirse el pelo?, me preguntaba. Pues sí, claro... pero, al mismo tiempo... pues no.

Por si el cuadro no estaba lo suficientemente completo, otros efectos secundarios también parecían pensados por y para mí: hipoglucemias severas, urticaria y erupciones cutáneas, disminución de peso, fotofobia, fatiga... Reconozco, no obstante, que apenas tuve corazón para preocuparme por ellos, obsesionada como estaba con los dos anteriores.

La verdad es que no sé es cómo logré sobreponerme al miedo que le cogí a este medicamento y empezar a tomarlo. Más aún en aquellos meses en que un montón de ideas loquísimas acerca del riesgo que corría si me quedaba embarazada embotaban mi mente: un embarazo exacerbaría la covid persistente, un embarazo pondría mi cuerpo al límite, un embarazo me mataría y dejaría a mi hija huérfana... Creo que solo lo logré aplicando una buena dosis de inconsciencia: para minimizar el riesgo de retinopatía, se recomendaba realizar una revisión oftalmológica preventiva, y de hecho, varias chicas del grupo de OVO/ADE se la habían hecho. Pero yo me sentía incapaz de enfrentarme a todo el proceso que implica la solicitud de pruebas que desconocía a un nuevo especialista médico de quien no tenía referencias, así que condensé la pauta preventiva en la compra y uso de unas gafas de sol nuevas. Lo cual, a pesar de su mediocridad profiláctica, da buena cuenta de mi compromiso con un tratamiento que, por lo demás, me aterrorizaba.

Lo que finalmente ocurrió, sin embargo, no se pareció a ninguno de los escenarios apocalípticos que había imaginado.

viernes, 21 de julio de 2023

La vuelta a reproducción asistida


Mi recuerdo oficial de la reproducción asistida siempre ha sido espantoso: una sucesión de pruebas carniceras, desencuentros con el espéculo, tratamientos frustrantes, miles y miles de euros malgastados, sangre, abortos. Mi corazón roto en mil pedazos. En comparación, la adopción se me antojaba un paraíso: alineada con mis valores, sin necesidad de poner el cuerpo, tan solo exigía paciencia (¿pero acaso la reproducción asistida no lo hace?) al módico precio de cero euros.

Por eso me resistí, durante tanto tiempo, a enfrentarme a otro tratamiento. ¿Anhelaba volver a ver un positivo, asistir a la transformación de mi cuerpo, notar los movimientos de un bebé en mi interior, dar a luz de nuevo? Sin duda. ¿Estaba dispuesta a sacrificar otra vez todo lo que había sacrificado para tener a mi hija? Ni en un millón de años: reeditar el ensañamiento físico, la tortura psicológica y la ruina económica no era una opción. Mi opción era adoptar, con o sin pareja. Adoptar: eso quería, ese era mi siguiente paso, mi destino, el camino adecuado.

Hasta que comprendí que era imposible.

Así que, tras pasar unos meses elaborando el duelo, empecé a imaginarlo. Empecé a imaginarme a mí misma atravesando la puerta de una consulta, apenas cubierta de cintura para abajo por una sabanita desechable, abierta de piernas sobre un potro ginecológico. Conjuré la memoria de mi cuerpo y le obligué a enfrentarse, siquiera mentalmente, a ecógrafos, espéculos, sondas. Inyecciones, hormonas, anticoagulantes. Vía oral y vía vaginal. Extracciones, pruebas, resultados. Hematomas, sangre. Negativos. Abortos. Dolor físico y dolor psicológico. Todo lo que para mí significaba la reproducción asistida.

Y sentí que no iba a ser capaz.

En medio de aquel naufragio de recuerdos, sin embargo, una mano invisible aferró la mía y me obligó a a avanzar. Sin decir nada, sin tratar de cuestionar lo inapelable, me acompañó a lo largo de los meses, de las dudas y los miedos, de la absoluta certeza de estar enajenada, hasta aquella mañana de diciembre, lluviosa y dulce, en que pisé la nueva clínica por primera vez.

A partir de ahí, todo fue muy diferente a lo que recordaba.

lunes, 13 de febrero de 2023

Mi experiencia con los test de ovulación


Utilizar test de ovulación era una experiencia que se me había quedado pendiente de mi primera tanda de tratamientos. Había visto a otras chicas que seguía por Internet publicar entradas sobre su uso y resultados, y me había producido cierta envidia. Sentía que era una de esas experiencias que me estaban vedadas al buscar un embarazo mediante reproducción asistida: algo que superé cuando decidí utilizar test de embarazo sin esperar a la beta, pero que no había logrado todavía con los de ovulación.

Por otra parte, soy consciente de que todos los tratamientos que llevo en el cuerpo los he hecho en la primera mitad de la treintena, pero ahora ya paso de los cuarenta, por lo que me surgía la duda de si podría volver a intentar quedarme embarazada en ciclo natural. Fue algo que pregunté en las consultas informativas que hice durante el proceso de selección de clínica, y en todos los casos me dijeron que, si me venía la regla de manera regular, se podía intentar. De hecho, la doctora que finalmente me atiende me explicó que era preferible hacerlo así que mediante un proceso de estimulación. 

Reconozco, sin embargo, que no las tenía todas conmigo. Efectivamente, la regla me sigue viniendo sin ningún cambio aparente; de hecho, tras el embarazo, me viene más regular y más abundante que nunca en mi vida, así que me siento mucho más fértil (!?) en ese sentido. Pero, ¿significa eso que ovulo? Y, sobre todo, ¿quería esperar a descubrirlo cuando estuviera haciendo el tratamiento, con el chasco consecuente si la respuesta era negativa, o prefería comprobarlo por mí misma en la intimidad de mi cuarto de baño? 

Finalmente, me decidí a hacerme los dichosos test, para sacarme la espinita de envidia que tenía clavada desde mi anterior experiencia, y también para comprobar por mí misma lo que ahora estaba en un entredicho razonable. Así que me tocó hacer otro estudio de mercado para conseguir una buena marca de test, fiables y económicos. Me inclinaba por la misma que ya había utilizado para los test de embarazo, y aunque acabó siendo la elegida, durante algunos días estuve valorando unas cuantas.

(Tengo que confesar que me aburre soberanamente esto de los estudios de mercado. No entiendo cuál es la gracia de comparar un montón de opciones que deberían ser todas iguales de buenas y que, sin embargo, te dan la sensación de ser todas el mismo timo. Cuanto mayor me hago, más sueño con una especie de supermercado soviético donde haya una sola marca de cada cosa, siempre buena y siempre fiable, sin el embrollo capitalista que no aporta absolutamente nada. Pero supongo que este es un tema para otra entrada.)

Lo que más me amargó del proceso, en cualquier caso, fue conseguir un pack en el que solo vinieran test de ovulación. Me traumatizaba vivamente comprar también test de embarazo: en primer lugar, porque no sabía si llegaría a tener siquiera la posibilidad de utilizarlos, pero también porque no quería que se me pasaran de fecha y encontrarme otra vez en la situación de comprobar el buen desarrollo de un embarazo con test caducados. 

Al final (porque la cosa tampoco es tan complicada, pero yo es que tiendo a hacerme un lío con todo), acabé comprándome un montón de test baratos, fiables y solo de ovulación para, con la primera regla del curso, estrenarlos llena de alegría e ilusión.

miércoles, 1 de julio de 2020

Causas de infertilidad y COVID-19


Menuda pareja la del título, ¿verdad? Por un lado, la infertilidad, esa tragedia íntima que las mujeres tendemos a vivir de manera personal desde tiempos inmemoriales. Por otro, la enfermedad del momento, causante de una pandemia mundial que, en mayor o menor medida, nos afecta a todos los seres humanos. ¿Acaso dos condiciones tan aparentemente distanciadas pueden estar relacionadas? La respuesta, por desgracia, es afirmativa.

Personalmente, reconozco que no le presté ninguna atención a la pandemia hasta aquella tarde de lunes en que Alma llegó a casa del trabajo y me dio la noticia de que cerraban los centros educativos. Aun entonces, pasado el primer impacto, la situación me parecía una simple extravagancia que duraría quince días. La cosa se puso mucho más fea cuando empezó la cuarentena, sobre todo porque tener a mi hija encerrada en casa me preocupaba bastante. Pero, durante varias semanas, seguí pensando que todas las medidas de seguridad las tomaba, de manera altruista, para proteger a los más débiles: en su mayoría, personas mayores como mis suegros o mis padres. Ya que yo, mujer "sana" menor de cuarenta, apenas sufriría una "gripe extraña" si me infectaba.

Al poco tiempo, sin embargo, un artículo del periódico me introdujo en el hasta entonces desconocido mundo de las "patologías previas". Empecé a leerlo por pura curiosidad, pero lo que descubrí me inquietó bastante: entre las variables que aumentaban el riesgo de padecer un cuadro grave (poco más que la edad y el género por aquel entonces), se hacía mención, casi de pasada, a los trastornos en la coagulación de la sangre.

No me lo esperaba. No esperaba encontrar ningún indicio de pertenecer a un grupo de riesgo. Pero así es: según ha ido avanzando el conocimiento que se tiene sobre la enfermedad, he ido descubriendo que sufro varias de esas "patologías previas" de las que la mayoría de la gente parece sentirse a salvo. 

No escribo esta entrada para asustar a nadie; tampoco quiero azuzar ninguna polémica, ni siquiera abrir un debate. La escribo porque siento la responsabilidad de  compartir lo que sé con otras mujeres que pudieran tener el mismo riesgo que yo.

Y para reivindicar, una vez más, que la infertilidad es más que un drama lorquiano: es UNA ENFERMEDAD. Una enfermedad ninguneada, minusvalorada, relegada a mero "capricho", a "cosas de mujeres". Porque creo que, precisamente ahora que la Ciencia vive un momento de humildad autoimpuesta, de solidaridad obligada, se dan los requisitos necesarios para que se escuche nuestra voz.

domingo, 2 de febrero de 2020

Seis meses con la regla


Cuando se iban a cumplir dos años de la célebre Fecha de Última Regla (FUR) y mi hija tenía quince meses, la menstruación volvió a llamar a mi puerta.

Reconozco que llevaba esperándola mucho tiempo. Tres meses después del parto, empecé a notar movimiento en los ovarios. Y creí que, con mi mala suerte característica, sería una de las pocas mujeres a quienes les viene la regla a pesar de la Lactancia Materna Exclusiva (LME). Sin embargo, me equivoqué. Y pasados esos primeros meses de "sensaciones extrañas", hasta me dio igual.

Solo cuando mi hija cumplió su primer año, empecé a preguntarme en qué momento volvería. La matrona nos había explicado que podía tardar mucho, sobre todo al seguir dando el pecho, y que cualquier lapso de tiempo era normal. Yo confiaba en ello y no estaba preocupada, pero empecé a tener una vaga sensación de no quererla y, sin embargo, necesitarla.

Soy de las que piensan que, a pesar de que nos enseñen a vivir la regla como un engorro, o incluso aunque podamos argumentar que objetivamente lo es, lo cierto es que forma parte indisociable de la salud de nuestro cuerpo, así que es previsible que su ausencia prolongada nos haga echarla de menos, aun cuando, de alguna manera, creamos que no es así.

Por más que la esperara, sin embargo, reconozco que no la vi venir. Los síntomas premenstruales fueron muy diferentes a los que conocía, y, de hecho, solo comprendí que eran "síntomas" una vez que volví a ver el papel higiénico manchado de sangre una mañana, y entendí de golpe todas las "rarezas" de las semanas anteriores.

miércoles, 24 de julio de 2019

Me pregunto cuándo deja de doler


Me pregunto cuándo deja de doler. Cuándo la noticia de un embarazo (de esos rápidos, casi inesperados, de los de "huy, huy, es que ha sido a la primera, nada más empezar a intentarlo") deja de clavársete en el vientre, deja de ponerte cara de gilipollas, y peor aún, deja de hacerte sentir gilipollas.

Desde luego, no es al quedarte tú misma embarazada, ni tampoco al tener a tu hijo. No importa que la vida te sonría en otros aspectos, no importa que tu familia crezca de otras maneras. Porque el dolor se atenúa, pero no desaparece.

Supongo que el proceso de curación es largo, y que, además, hay que hacerlo después. A partir del momento en que crees que puedes empezar a disfrutar de tu victoria, ahí es cuando tienes que empezar a asumir lo que ha pasado.

O a lo mejor ya es demasiado tarde. Porque, a medida que me reconcilio con mi cuerpo, según voy superando las secuelas que me dejó el embarazo, pero sobre todo, el parto, la infertilidad se me vuelve a hacer extraña.

Yo era de esas que pensaba que me quedaría embarazada a la primera. Estaba convencida de que tendría buena suerte (pensamiento positivo, pensamiento positivo... ¡ja!), de que el karma me lo debía muchísimo, de que había llegado mi momento.

No tuve la prudencia de pensar que quizá me encontrara algún escollo, de que tal vez no todo fuera como la seda. Todos los médicos con los que había tratado me aseguraron que el Síndrome de Ovarios Poliquísticos no sería un problema, así que, ¿qué más podría ocurrir? Era mi momento. Había luchado mucho por llegar hasta él y nada podría detenerme.

Pero ya ves. Yo creía que era de esas, y me tocó ser de las otras. De las que van contando inseminaciones. De las que aceptan "una ayudita" que no sirve para nada. De las que se meten en movidas de FIV a pesar de sentir un rechazo horroroso, porque ahora sí que sale bien seguro. De las que abortan, de las que repiten, de las que siguen abortando. De las que inician un peregrinaje kafkiano en busca de respuestas. De las que se miran la tripa y se preguntan si alguna vez la verán henchida. De las que se pasan las tardes en blanco.

Y no entiendo por qué sigo fantaseando con ser de esas. Por qué a veces me descubro imaginando que yo también me quedo embarazada a la primera. Jugueteando con una muestra de semen, ¡ay!, no nos lo esperábamos. Fue tan fácil y tan rápido. Y nuestros ahorros siguen intactos.

No es todo el tiempo. Es solo con la noticia de esos embarazos. Entonces me da la sensación de que no he superado nada. De que todavía no me he reconciliado con la otra. Esa otra que soy yo, a la que le tocó perder tanto.

Quizá solo sea cansancio. Cansancio de haber sido la lesbiana repudiada, y encima, la lesbiana infértil. O a lo mejor son ganas. Ganas de cruzar al otro lado, allí donde la suerte ajena me la repampinfle porque estoy en paz con mi vida. Porque me siento orgullosa incluso.

Supongo que es una mezcla de ambos.

(Y todavía hay quien da por hecho que quedarme embarazada no me costó nada. ¡Quién lo iba  decir!, ¿verdad? La infertilidad no se ve en la cara).

viernes, 25 de enero de 2019

SOP para mayores de 35 años


–No te preocupes, el SOP es una característica de los ovarios jóvenes: según te acerques a la treintena, sobre todo si tienes hijos, se te irá pasando.

Creo que desde ese rincón del tiempo se pueden escuchar mis carcajadas presentes. Porque, según me acerco a la cuarentena, y aun habiendo tenido una hija, mi SOP no solo no mejora, sino que cada vez da más miedo.

El SOP es una condición endocrina del cuerpo que te acompaña, no sé si desde que naces, pero desde luego sí hasta que te mueres. Supongo que, con la menopausia, dejará de observarse el síntoma que le da nombre, porque la ausencia de ovulación implicará también la ausencia de folículos. Lamentablemente, el sistema endocrino no reside en los ovarios, sino en las hormonas, y estas sí que te acompañan hasta el último día.

Creo que las mujeres con SOP sufrimos un infradiagnóstico y, en general, una infravaloración de nuestra condición. Lo cual no es ninguna sorpresa, porque esto le pasa a cualquier mujer, y más si sufre una enfermedad "de mujeres". Entre las muchas consecuencias de esta situación, una de las que más me molestan es que apenas se reconozcan las relaciones que los diferentes síntomas del SOP mantienen entre sí.

Si estás gorda, calva, llena de pelos y granos, si te viene la regla cada tres meses o cada quince días, en cantidades ingentes y con un dolor inenarrable, y lo mejor, si además estás deprimida (que es mi síntoma preferido porque... ¿cómo no deprimirse?)... pues nada. ¿Qué te va a decir un médico? Absolutamente nada. 

Que adelgaces. Que te hagas la depilación láser. Que no te toques los granitos. Que te eches cremas o te tomes una pastilla para adolescentes. Que no te estreses. Que uses ibuprofeno. Que te des a los antidepresivos o a los ansiolíticos. Y que pruebes con la píldora.

Y eso es lo que yo hacía: cuando los ovarios se me ponían flamencos, me tomaba la píldora y a descansar. ¿Curaba eso el SOP? No, porque el SOP no tiene cura. ¿Paliaba la deriva chunga de la enfermedad? ¡Ni mucho menos! Pero que se me "regularan" algunos síntomas para mí era suficiente.

El problema es que, a partir de los treinta y cinco, se acabó lo que se daba. Sé que hay mujeres que siguen tomando la píldora a pesar de la edad, pero yo no puedo hacerlo porque me arriesgo a sufrir una trombosis. Aunque, según mi inmunólogo, si no me ha dado una trombosis con todos los años que he tomado la píldora, seguramente ya no me dé; con una niña pequeña no estoy para jugar a la ruleta rusa. Porque dos trombofilias y un SAF obstétrico ponen muchas balas en mi recámara.

Entonces, ¿cuál es la solución? Pues la solución-solución, no lo sé; pero sí que puedo explicar lo que me está funcionando a mí. Algo que ningún médico ha sabido aconsejarme y en lo que, sin embargo, tengo puestas todas mis esperanzas: vivir desde ya como si fuera diabética.

El origen último del SOP es el mismo que el de la diabetes: un problema con el metabolismo de la glucosa. Y aunque mi cuerpo, tras la diabetes gestacional, parece metabolizar la glucosa como si no tuviera ningún problema, en realidad es solo una apariencia. ¿Y cómo lo sé, si mi curva postparto salió estupenda? Pues porque me lo veo en la cara: dulce que tomo, grano que me sale. No necesito ningún médico para que me lo explique.

Habida cuenta de que esto va a ser así hasta la menopausia, y que después llega lo gordo (diabetes, problemas cardiovasculares, cáncer), más me vale poner monedas en el lado de la salud y reequilibrar la balanza, porque el lado chungo está a tope. Así que, aprovechando todo lo que aprendí en el embarazo (¡quién lo iba a decir!), he recuperado la dieta contra la diabetes y la he hecho mía para siempre.

A grandes rasgos, consiste en eliminar los azúcares simples mientras proporcionas al cuerpo cantidades constantes aunque moderadas de los complejos, para así evitar picos de glucosa pero mantener al páncreas trabajando. Y con azúcares simples no me refiero solo a los dulces, sino también a los azúcares "escondidos", sobre todo en los lácteos y el embutido  (¡el embutido es Satán, en serio!). 

Ahora mismo, tomo hidratos de carbono cinco veces al día. Y como la lactancia me tiene fundida, quien dice cinco, dice seis o incluso siete. La fruta no la he restringido porque tampoco tuve que hacerlo en el embarazo, y de lácteos tomo leche semidesnatada, quesos "normales" (los "light" están podridos de azúcar, es impresionante) y yogur natural. Además, procuro comer toda la verdura que puedo y raciones de proteínas estándar.

Y me va muy bien. Mi acné es leve, se me ha caído el pelo menos tras el embarazo que en otros momentos de mi vida, no me noto un hirsutismo especial y estoy hecha un fideo. Si no canto victoria es porque todavía no me ha venido la regla y no sé cuánto efecto estará teniendo sobre todo esto el tener la prolactina por las nubes. Temo que con el regreso de los estrógenos se vaya todo al garete, así que seguiremos informando.

Una de las cosas que más me ha ayudado con la dieta ha sido que esté coincidiendo con la introducción de la alimentación complementaria de mi hija. Porque lo que no quiero para mí, no lo quiero para ella, y viceversa. Así que estoy aprendiendo a cocinar sin azúcar para las dos: ¿puede existir una motivación mayor? Solo me falta que Alma, que es una adicta al dulce, se pase al lado oscuro con nosotras :)

Pero no todo es dieta en la vida de la persona diabética: cuando hablo de "vivir" como si tuviera diabetes, me refiero también a la necesidad de hacer ejercicio. Durante el embarazo, hice pilates y natación para embarazadas; ahora, cuido de un bebé  (gasto calórico asegurado), le doy de mamar (por si se me había ocurrido la feliz idea de guardarme algún gramo de grasa para mi disfrute exclusivo) y hago pilates una vez por semana, que hasta el momento es todo lo que me puedo permitir. Bromas aparte, mi compromiso con el deporte es grande, y espero poder ir ampliando el tiempo que le dedico a medida que mi hija crece.

Como decía una de mis enfermeras de Endocrinología, lo que es saludable para una persona diabética, lo es para cualquier persona, así que no puedo más que animar a quienes me leéis a uniros también a la cruzada contra el azúcar. Vuestra salud os lo agradecerá... ¡seguro! ;)

sábado, 11 de noviembre de 2017

¿Qué significa ser diabética?

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Hace unos días tuve mi última consulta con la endocrina. Según sus propias palabras, tanto mis glucemias como el aumento de peso son "perfectos", propios de una mujer que no tuviera diabetes. "Pero la prueba de la glucosa te salió mal, así que eres diabética". Durante el resto del embarazo, me controlarán las enfermeras y, tres meses después de dar a luz, tendré que repetirme la dichosa prueba para que "nos aseguremos" de que todo ha regresado a la normalidad.

Cuando se lo conté a Alma, ella dio voz a los pensamientos que invadieron mi mente al saber que la "normalidad" implicaba una prueba de glucosa "normal":

–Pero... ¡te va a volver a salir mal! ¡Te van a decir que eres diabética!

Como ya expliqué en su momento, mis pruebas de glucosa salieron MAL con mayúsculas. Yo no soy de las que se pasaron "por poco" de los límites: yo reventé el concepto mismo de límite; por lo que estoy absolutamente segura de que no se trata solo del embarazo, sino del funcionamiento de mi páncreas en general. Así me lo hizo saber también una de las enfermeras de Endocrinología: mi páncreas no tolera la entrada masiva de glucosa en mi organismo, ni durante el embarazo, ni fuera de él. Así que me estoy haciendo a la idea de que pronto obtendré la etiqueta de diábética, sin apellidos.

Pero, ¿qué significa ser diabética? Después de recibir el diagnóstico, cuando empecé a recuperarme del golpe y me volvieron las fuerzas, estuve investigando un poco sobre el Test O'Sullivan. Y lo que encontré me gustó bastante. Porque resulta que no somos solo las embarazadas a quienes nos sienta mal esta prueba las que tenemos una perspectiva crítica sobre ella, sino que dicha perspectiva también existe entre los profesionales de la salud. 

Una de las críticas que se le hacen a este test es el hecho de que se diagnostique una enfermedad basándose en un escenario creado de manera artificial que apenas tiene correspondencia con la vida real. Es decir, que nuestro páncreas nunca se va a tener que enfrentar a la ingesta masiva de glucosa tras un ayuno prolongado, puesto que no comemos así. De hecho, existen alternativas a la prueba, como hacerla tras un desayuno copioso que contenga diferentes grupos de alimentos; o también monitorizar las glucemias durante el periodo de tiempo que se estime oportuno. Es verdad que estas alternativas no permiten estandarizar los resultados, ya que no se controla la cantidad exacta de glucosa que se ingiere. Pero sí que demuestran, sobre todo en el segundo caso, cuál es el funcionamiento real del páncreas.

En este sentido, yo me pregunto cuál habría sido mi diagnóstico si viviera en un país donde, por ejemplo, se monitorizaran las glucemias en vez de realizar el Test O'Sullivan. Por pura curiosidad, he hecho las medias de mis glucemias desde que las mido dos veces por semana, y los resultados son los siguientes:

Haz clic en la imagen para ampliarla.

Además, de todas las glucemias, un 35% está por debajo de 70 (es decir, que son hipoglucemias), mientras que solo un 2,5% se encuentra por encima de 95 (el máximo antes de las comidas) o 120 (el máximo después de las comidas, que sube a 140 tras la cena, porque las mido una hora después para poder acostarme temprano).

Por supuesto, estas glucemias se enmarcan dentro de una dieta en la que no se incluye nada de azúcar y los hidratos de carbono complejos están repartidos a lo largo del día (no diré restringidos, porque solo lo están en apariencia: en cada comida no puedes pasarte de una cantidad determinada, pero si sumas todos los del día, resulta un auténtico atiborre). No obstante, se trata de una contexto más que suficiente para que mi páncreas se comporte como si no tuviera ningún problema; si bien es verdad que, en las contadas ocasiones en que me ha desviado mucho de la dieta, lo he notado (definitivamente, ponerse hasta las cejas de judías pintas con arroz no es una opción).

En cualquier caso, aunque considere que el dichoso O'Sullivan es más un atentado contra la salud que una prueba fiable, y aunque mis glucemias no se parezcan en nada a las de una persona diabética, no cuestiono la realidad: la mayor parte de las embarazadas salen airosas de esta prueba y a mí casi me revienta por dentro. Mi páncreas no tiene un funcionamiento normal y yo soy consciente de ello: como he dicho en otras ocasiones, por eso tengo SOP; de lo contrario, no lo tendría.

Por tanto, si ser diabética significa esto, que mi páncreas no soporta el azúcar y que debo eliminarlo de mi dieta, a la vez que equilibro la ingesta de hidratos de carbono... pues tampoco es ninguna novedad. Nunca lo había visto en cifras, pero los estragos que provoca en mi cuerpo los tenía yo medidos de otras maneras. Por ejemplo, una vez estuve en una comida campestre y me pimplé yo sola una botella de refresco. Bueno, pues al día siguiente me levanté con la cara arrasada de granos. También en este embarazo, cuando empecé a tomarme las cuatro galletitas maría de la merienda, sufrí un brote de acné que me traía por la calle de la amargura. Fue sustituirlas por galletas sin azúcar y disfrutar de una cutis por el que habría matado durante los últimos doce años. Así que no, sorpresa ninguna.

De hecho, si ser diabética oficial me da la fuerza que a veces me falta para resistirme a algunos dulces e implica un mejor cuidado de mi salud en todos los sentidos... pues bienvenido sea. No es que me haga una ilusión particular tener que ir a revisiones o controles frecuentes (aunque tampoco sé muy bien cómo va), pero ir rebotando de Ginecología a Dermatología durante más de una década, sin diagnóstico y sin solución a mis problemas, tampoco era ninguna bicoca. 

Tal y como comentamos muchas veces la enfermera de Endrocrinología y yo, la dieta que sigo es una dieta saludable, sin restricciones importantes (más bien con racionalizaciones importantes), de la que la mayor parte de la población se beneficiaría. Porque el azúcar no es bueno, no solo jode el páncreas, aunque este es un tema que daría para otras entradas. En ese contexto, además, no necesitaría otros cuidados médicos: ya me dijo la endocrina que ni siquiera me recomendaba la metformina para mi vida cotidiana, aunque si quería volver a quedarme embarazada, no le parecía mal que la utilizara para mejorar mis posibilidades.

Lo que me molesta de esta situación, con lo que no termino de estar de acuerdo, es el hecho de que se me diagnostique de diabetes en vez de explicar mi cuadro a partir del SOP. Porque eso implica, de nuevo, volver a infravalorar ese diagnóstico y la propia enfermedad, seguir obviando sus consecuencias y dejar sin tratamiento muchos de los síntomas que conlleva. 

Mientras los médicos sigan considerando que el SOP es una enfermedad de gordas histéricas sin apenas consecuencias, las mujeres que lo sufrimos seguiremos viendo cómo nuestra calidad de vida disminuye y acaba derivando en enfermedades "serias" que podrían haberse evitado. La infertilidad, el sobrepeso, el acné, la alopecia y la depresión (que a mí me parece una consecuencia obvia de lo anterior) se seguirán valorando como achaques independientes sin ninguna gravedad, y cuando la falta de cuidados nos produzca diabetes de la chunga o problemas cardiovasculares, los médicos seguirán sin ver el cuadro completo y sin ofrecernos, por tanto, el tratamiento interdisciplinar que requerimos.

Así que lo que me importa ahora no es que me diagnostiquen o no de diabetes, sino saberme obligada a continuar, quién sabe durante cuánto tiempo, la desoladora batalla por el SOP.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Diabetes gestacional

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Nota mental: entregarme sin tardanza a los juegos de azar, 
porque está visto que ME TOCA TODO.

Que tenía bastantes boletos para la diabetes gestacional ya lo sabía, porque sufrir SOP ya implica una alteración en el metabolismo de la glucosa. Así que, cuando la matrona me avisó de que me iba a programar el famoso test O'Sullivan para el primer trimestre, después de haberle explicado que tomaba metformina y el motivo por el que lo hacía, me sentí aliviada y reconocida a un tiempo. Aunque fuera por parte de la misma matrona que, cinco minutos antes, me había aconsejado que me atiborrara de bollos porque necesitaba engordar muchos kilos.

El día de la prueba, que coincidió con el análisis del primer trimestre, la enfermera que supervisó cómo me tomaba el dichoso mejunje me bajó de la nube de un guantazo: "Sabes que tienes que hacerte la curva, ¿verdad? Hay varios motivos para mandarla en el primer trimestre... Tú... ¿cuántos años tenías?". La pregunta me humilló profundamente. No porque el protocolo a partir de los treinta y cinco sea hacer la curva antes, que me parece estupendo; sino porque yo creía que la matrona era sensible al SOP y a sus estragos, y resultó que no lo era.

Nota mental: los sanitarios sensibles al SOP y a sus estragos 
NO EXISTEN.

Al principio, llevé la prueba muy bien. Me dieron a elegir sabor y yo escogí el de limón. Estaba fresquito y rico y me lo bebí en un par de tragos. Luego volví a sentarme en la sala de espera, más contenta que unas castañuelas (y más inocente que el asa de un cubo).

A los diez minutos, claro, la cosa empezó a ponerse fea. Me entró una taquicardia que pensé que no lo contaba y unas ganas de vomitar el limoncito rico que casi no lo cuento. Lo peor fue que me pilló completamente de improviso, pues no me imaginaba que pudiera ocurrir de ese modo. Yo pensaba (¡ingenua de mí!) que el mejunje te daba asco al primer sorbo o no te daba; sobre otros efectos secundarios tipo taquicardia no había oído hablar en mi vida. Pero resulta que estas cosas pasan, tal y como pude comprobar en mis propias carnes.

A la media hora, afortunadamente, me recuperé, sin vómitos ni colapsos cardiacos de por medio. Esperamos al segundo pinchazo, desayuné tostadas con tomate y café con leche, y nos marchamos a casa. Ya en casa, pasadas tres horas de la ingesta del veneno (que otro nombre no merece el puto limón), otra vez jarana: una hipoglucemia a la altura de la hiperglucemia que me había provocado una taquicardia. Mareos, sudores fríos, temblores, atiborre de galletas repletas de azúcar (más veneno para el veneno) y una siesta-desmayo de la que pensé que no me despertaba.

Nos dieron los resultados el mismo día de la ecografía de las doce semanas. Y resultó que la curva había salido alterada: los 73 mg. de glucosa en ayunas se transformaron en 249 una hora después del envenenamiento consentido. Porque yo no soy de las que supera ligeramente el límite, no: ¡yo me quedé bien a gusto! Poca taquicardia me dio para la potencia letal que adquiere la glucosa en mi organismo...

—Hay que hacerte la curva larga —me dijo la ginecóloga, que había adornado el resultado con tres signos de admiración—. Aunque con estos valores... te volverá a salir alterada.

En aquel momento, lo de alterada o no alterada me daba bastante igual. Lo que realmente me acojonaba era tener que volver a enfrentarme al mejunje asesino. Si 50 g. de glucosa me habían puesto al borde del colapso, ¿qué no harían 100 g. ...?

Todavía en la semana doce, volvimos a la carga. Pedí otra vez el sabor limón, pero intenté tomármelo más despacio. Me sentía como Sócrates frente a la cicuta, pero sin un ápice de dignidad. La enfermera que me tocó, sin embargo, no se anduvo con chiquitas, y me metió toda la prisa que pudo, reloj en mano. Yo le expliqué que estaba asustada porque en la curva corta me había dado una taquicardia. Ella lo consultó con otra enfermera y me hicieron una prueba de glucosa "exprés" pinchándome en el dedo. El valor saldría bajo (mis glucemias en ayunas siempre son bajas), porque cuchichearon algo así como "Está bien" y me azuzaron para que terminara.

En cuanto me senté en la sala de espera, me puse a hacer respiraciones para intentar controlar la taquicardia. Y la verdad es que, entre que ya no me pillaba de sorpresa y que parecía que iba a dar a luz allí mismo, no lo pasé tan mal como la vez anterior. Eso no quiere decir, claro, que no notara mis venas palpitando como si se fueran a salir del brazo durante la media hora que me pasé apretándome el pinchazo (porque cortar el sangrado cuando llevas adiro es una odisea aparte).

Lo mejor llegó cuando, en pleno fragor de la batalla, se me sienta al lado un hombre que no olía precisamente a rosas. Semana doce, 100 g. de glucosa deseosos de escapar de mi estómago, una mano inutilizada y la otra ocupada en cortar el chorro de sangre que brotaba de mi brazo. Apoteósico.

Nota mental: si algo MÁS puede salir mal, SALDRÁ MAL, ¡seguro!

Finalmente, los hados debieron apiadarse de mi alma y logré aguantar el hedor sin vomitarme encima, hasta que el hombre se marchó adonde quiera que fuera. Segundo pinchazo, tercer pinchazo y cuarto pinchazo. Las enfermeras alucinaban porque no se me habían quedado moratones, pero yo ya estaba muy cansada de la vida para explicarles lo del adiro y la media hora apretando.

Lo que sí compartí con ellas fueron mis miedos a la hipoglucemia que se me venía encima. "Eso te pasaría porque la otra vez te irías sin desayunar". Claro. Embarazada, doblemente sangrada y en ayunas, y me voy a ir sin desayunar. Al final tuve que arreglar el asunto como buenamente supe, para variar, y me desayuné un café con todo el azucarillo (algo que hacía AÑOS que no probaba) y un cruasán hasta arriba de mermelada: una muerte dulce en toda regla. El caso es que funcionó, no solo para evitar la temida hipoglucemia, sino como grandiosa despedida del mundo azucarado. Porque sí, la curva larga también me salió alterada: 74-316-271-71. 

Diabética perdida, vaya.

domingo, 4 de junio de 2017

La regla y el adiro

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AVISO PARA NAVEGANTAS: Cuando hablo sobre la regla y el adiro, no me refiero a la regla CON adiro, porque este tratamiento se suspende durante los días de la regla. Como es bien sabido, el adiro es una forma de aspirina y provoca unas hemorragias que pueden llegar a ser muy peligrosas si se toma durante la menstruación. 

Dicho esto... ¡qué gusto! ¡Qué alivio tan inmenso tener la regla después de haber tomado adiro!

Yo siempre he tenido reglas muy dolorosas, porque expulso coágulos como dedos que obligan a mi cuello del útero a dilatarse un poquito. Consecuentemente, sufro contracciones que hacen de la regla un auténtico suplicio: incluso ha llegado a ser invalidante en algunos momentos.

En el contexto de mi historia médica, cualquiera que lea "coágulos" pensará: "Claro". Pero ningún médico de los que me han visto desde mi más tierna adolescencia ha acertado a atar cabos. Y no será porque yo no haya descrito mi situación hasta el último detalle. Lo máximo que he llegado a recibir ha sido un diagnóstico de sospecha de endometriosis, descartado a golpe de ecografías, histerosalpingografía, biopsia de endometrio e histeroscopia.

La primera vez que me vino la regla después de tomar adiro, entendí que algo pasaba. Estaba comiendo en casa de mis padres y, cuando quise darme cuenta, me encontraba sentada sobre un charquito de sangre. A mí jamás me había ocurrido nada parecido, porque mi regla avisa que está llegando cuando todavía se encuentra a varios kilómetros, a través de un redoble de útero que no puede pasar desapercibido. Sin embargo, aquella vez llegó sigilosa, en forma de un endometrio perfectamente licuado que para mí era una experiencia desconocida. Y así ha sido cada una de las veces que lo he vuelto a tomar, permitiéndome disfrutar de una regla completamente fluida y sin dolores, aunque llegara sin aviso previo (!).

Lo mejor del cuadro es que tiene una explicación (aunque sea una que he tenido que encontrar por mi cuenta, sin la ayuda de ningún médico). Lo sorprendente es que está tan relacionada con las trombofilias como con el SOP. Y es que, al parecer, algunas mujeres con SOP tenemos alterados ciertos valores hematológicos que provocan un aumento de nuestra coagulación.

Uno de ellos es la homocisteína: mientras que la población sana presenta unos valores entorno a 6, algunas mujeres SOP la tenemos a 9, que es justamente el valor que me daba a mí en los dos últimos análisis. Otra prueba de que algún evento trombótico tenemos en marcha es que solemos presentar la proteína C elevada, aunque sus valores fluctúan a lo largo del ciclo, siendo mayores durante la fase folicular: desde la regla hasta la ovulación.

En este sentido, mis problemas de coagulación forman parte del tipo de SOP que yo padezco, por más que ningún médico con el que me haya topado se haya dado cuenta. Si además le sumamos una mutación genética que afecta directamente a los niveles de homocisteína y varios factores de coagulación disparados (concretamente, el X y el XII), se entiende por qué el adiro me sienta de maravilla y mis reglas son un paseo de su mano.

Para mí, es como haber descubierto América. Lo triste es que no tengo mucha esperanza de encontrar algún médico (endocrino, ginecólogo, hematólogo) que no me tome por loca, que vea el cuadro completo. 

Aunque con esto, como con tantas otras cosas, me resisto a perderla :)

viernes, 19 de mayo de 2017

A vueltas con la metformina

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La metformina no cae bien en la nueva clínica.
O, para ser más concreta, genera una buena dosis de indiferencia.

En la primera transferencia, una doctora de tantas me dijo que la dejara. Yo le hice caso, deseosa como estaba de no tomar ninguna pastilla; pero a los dos días me arrepentí, agobiada por la idea de que mi cuerpo fuera incapaz de ovular sin ayuda.

Esta vez, como teníamos cita con la presunta superdoctora a la que se le ocurrió que fuera a la consulta de Inmunología (y siempre le estaré agradecida por ello), decidí preguntarle por la metformina con el objetivo de resolver mis dudas de una vez para siempre.

Pero no lo conseguí.

Ojo a las frases que se marcó esta señora:

ㅡLa metformina se utiliza para evitar abortos en mujeres con SOP...

Hasta ahí bien: deduzco que como yo tengo SOP y he tenido tres abortos, la necesito.

ㅡ... pero tú no la necesitas. Porque no tienes granos. Y estás delgada.

Tócate el moño. 

ㅡEn cualquier caso, nosotros hemos consultado al Instituto No Sé Qué y nos han asegurado que no es teratogénica. De hecho, en países del Tercer Mundo se utiliza para tratar a mujeres diabéticas durante todo el embarazo, porque es mucho más asequible que la insulina y no tiene contraindicaciones graves.

Grandísimos datos.

El caso es que, según esta señora, puedo seguir tomando la metformina hasta la transferencia y después dejarla alegremente. Yo traté de profundizar en el tema, sacando a colación datos objetivos del tipo "En mis análisis de 2014 consta que no tengo resistencia a la insulina, pero...", para ver si así podíamos discutir de algo que no fuera el aspecto de mi cara. Porque, como le recordé, mi piel es muy capaz de generar un acné de tamaño XL, y ahora mismo no está ocurriendo por la única razón de que he tomado la píldora durante meses.

Pero dio igual. En esta clínica, la metformina no mola. 

Al principio me autoconvencí de que podía dejarla. Bueno, pensé, no está mal. Una pastilla menos, blablabla. Pero enseguida empecé a sentirme como la otra vez. No podía sacarme de la cabeza la frase: "La metformina se utiliza para evitar abortos en mujeres con SOP". Y es que, ¿acaso yo no soy una mujer con SOP? ¿Acaso yo no aborto? Entonces, ¿¿no será que necesito metformina??

Así que me puse a leer todo lo que encontré en Internet sobre el tema, porque ya no me fío. De nada ni de nadie. Y encontré que la metformina es buena, muy buena. Que no solo no me hace mal, sino que puede hacerme mucho bien. Y que no debo dejarla, digan lo que digan. Que pienso seguir tomándola, después de la transferencia y, si tengo suerte, durante el embarazo.

El motivo por el que dudaba entre tomarla o dejarla no era, como la otra vez, las ganas de librarme de pastillas. Lo que ocurre es que, desde la segunda FIV, sé que la metformina reduce la absorción de vitamina B12. Y ahora que también sé que tengo una mutación que la dificulta, provocando un aumento de la homocisteína y, con ello, una elevación de la coagulación, necesitaba decidir qué era preferible: potenciar al máximo la absorción de B12, dejando la metformina y arriesgándome a que mis ovarios poliquisteen a lo loco, o seguir con la metformina aun a riesgo de no absorber suficiente vitamina B12 y tener la coagulación más elevada de lo que me gustaría.

En principio, la primera opción me parecía la mejor, porque pensaba que tenía que centrarme en regular la coagulación. Pero, después de leer mucho, he llegado a la conclusión de que la metformina no es negociable. Que, probablemente, no vaya a ser negociable durante el resto de mi vida.

Algo que me ha dejado más tranquila, no obstante, es que, si bien tomar esta pastilla de manera aislada eleva la homocisteína, que de por sí ya suele estar elevada en mujeres con SOP (¡nuevo dato!); se ha comprobado que combinarla con vitamina B12 en cantidades masivas consigue tanto que la homocisteína baje como que los estragos del SOP se regulen. Así que me parece que tendré que abonarme a este combo forever.

La verdad es que los artículos que he leído me han dado mucha seguridad a la hora de tomar esta decisión. Pero me queda la tristeza de no poder contar con un médico que entienda el SOP y sepa manejarlo.

Tendré que seguir buscando...

domingo, 7 de mayo de 2017

Recuperando la ovulación

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Para este tratamiento he tomado la decisión de dejar la píldora con un mes de antelación. En el anterior, hubo cierta controversia sobre esto: la primera doctora que nos vio, nos dijo que era necesario; la última, que no hacía falta, que muchísimas mujeres se quedaban embarazadas justo después de dejar la píldora y que yo podía ser una de ellas. Y, efectivamente, lo fui. Así que no he dejado la píldora porque tenga miedo de no quedarme embarazada. Mis razones son otras.

Lo primero que me he planteado es el vínculo nefasto entre los anticonceptivos orales y la coagulación elevada. Las cifras no dejan lugar a dudas: la hiperhomocisteinemia multiplica el riesgo de sufrir un evento trombótico (léase, un aborto) por 2,5, mientras que la ingesta de anticonceptivos orales lo hace por 4. Y como de la primera no me puedo librar debido a la mutación que tengo, he decidido librarme de la segunda. Lo consulté con el inmunólogo para ver qué le parecía, pero él prefirió remitirme a mi ginecóloga. Y como "mis" ginecólogas de la clínica no parecen tener un criterio unificado, al final he tomado yo sola la decisión.

Por otro lado, en el último tratamiento lo pasé bastante mal mientras esperaba a que mi cuerpo, cual bella durmiente, despertara del sopor de la píldora. El ciclo en el que me quedé embarazada fue un ciclo muy largo, tuve que hacerme muchas ecografías porque mis ovarios se peleaban por ovular, me mordí las uñas durante días hasta que vimos a mi endometrio crecer... Todo formaba parte de un proceso normal, pero a mí me generó muchísima inquietud. Así que, esta vez, he preferido darle a mi cuerpo la oportunidad de amenizarnos la espera con un ciclo más corto y menos extremo. En realidad, no confío en lograr la regularización absoluta en un solo mes, pero cuento, por ejemplo, con que mi endometrio crezca de una manera menos errática después de pasar por una regla "de verdad".

Todo esto no ha impedido, sin embargo, que haya pasado bastantes nervios este mes, mientras contaba los días para ver aparecer de nuevo los signos evidentes de la ovulación. Si mis cálculos no fallan, va a ser un ciclo de 35 días, lo esperable en una mujer SOP que acaba de dejar la píldora. En este caso, en vez de ovular a los 14 días, lo he hecho a los 21, pero... ¡de qué manera!

Mis ovarios han despertado del letargo como leones después de una hibernación. ¿Que los leones no hibernan? Claro. Pero si lo hicieran, te destrozarían viva cuando despertasen, tal y como lo han hecho mis ovarios. He sentido dolores de tripa horribles casi cada día, pinchazos sin fin en el ovario derecho (y en el izquierdo, para no ser menos), mareo, bajones de tensión, dolores de cabeza, cansancio extremo. Mis hormonas han salido a escena con tal fuerza, que hasta la pobre Alma, que nunca se desvía de los 26 días que duran sus ciclos, ya va por más de 30 sin que su regla se atreva a asomarse por casa.

Lo peor es que no solo se trataba de tener paciencia y aguantar el dolor, sino de superar el miedo a no ovular. ¿Que por qué tengo miedo a no ovular si siempre ovulo? Pues porque tengo SOP. Y a las mujeres SOP siempre nos meten miedo con el no-ovulas, no-ovulas. Y no es verdad. Muchas mujeres SOP ovulamos todos los meses. Y muchas mujeres SOP que no ovulan, lo consiguen después de regular su sistema endocrino, por ejemplo, tomando metformina y bajando de peso. Pero el SOP es tan desconocido y a los médicos les importa tan poco... que al final una ya no sabe qué pensar. Y como las mujeres SOP tenemos tendencias depresivas (¡para no tenerlas!), a veces nos da por pensar que no podemos. Que no vamos a poder nunca. 

Pero es mentira. 

lunes, 17 de abril de 2017

Welcome back, pastillero

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Con la llegada de la regla ha dado comienzo el primer mes de mi nuevo tratamiento. Un mes que consiste, principalmente, en la toma masiva de vitaminas y otros medicamentos para ir regulando la coagulación y preparando así mi cuerpo para un (posible) (nuevo) embarazo.

Es inevitable que repetir este protocolo nos recuerde, a Alma y a mí, a nuestra segunda FIV: ese último tratamiento que hicimos utilizando mis óvulos y que fue uno de los hitos de nuestro camino en cuanto a bofetadas en la cara se refiere.

Esta vez, sin embargo, me enfrento a la locura medicamentosa con otro espíritu. Si bien iniciamos nuestra segunda FIV sabiendo que mi homocisteína estaba muy alta, y que, por tanto, podía haber sido la causa de los dos primeros abortos; a mí todavía no me terminaba de cuadrar el diagnóstico.

Tal vez fuera porque no terminaba de confiar en nuestra doctora. La manera en que interpretó mi primer estudio de trombofilia, mirándose unos apuntes que tenía en la carpeta, no invitaba a pensar, precisamente, que la señora controlara del tema. 

En su defensa diré, no obstante, que por lo menos ella completó las pruebas que me habían mandado en la Seguridad Social hasta verificar la hiperhomocisteinemia; no como el hematólogo que me hizo el estudio, que me mandó a casa con la seguridad de que no tenía ningún problema de trombofilias (¡trombofilias yo!), cuando el inmunólogo, solo con ver esos mismos análisis, ya me sentenció.

También es posible que el rechazo que sentía hacia el tratamiento formara parte del rechazo generalizado que sentía hacia las FIV. Yo no quería pincharme, no quería llevar mi cuerpo al límite, no quería pasar por quirófano. Lo tenía muy claro y, sin embargo, lo llevé a cabo como una especie de sacrificio ineludible, una idea con la que cada día estoy menos de acuerdo.

Esta vez, sin embargo, tengo un diagnóstico que me hace sentir más segura. Entiendo que los suplementos de vitaminas del grupo B van a formar parte de mi dieta de aquí a que me muera, puesto que, con la mutación que tengo, es imposible que mi cuerpo mejore su metabolismo de manera natural. Y aunque sé que la heterocigosis no es la versión más peligrosa, en mi caso constituye un agravante del fiestón protrombótico que hay montado en mis venas.

El adiro, por su parte, lo he recibido con los brazos abiertos desde el primer día. La presencia de una trombofilia en mis pruebas es inapelable: no solo el factor XII ha subido como la espuma en los dos últimos años, sino que también lo han hecho otras proteínas anticoagulantes que procuran contrarrestar sus efectos, como la antitrombina III y la proteína C.

Para mí, sin embargo, la prueba definitiva de que necesito un protocolo especial llegó con el último aborto. Ya no puedo mantener la fantasía de que el problema reside en mis óvulos, porque, con unos embriones estupendos procedentes de óvulos ajenos, el embarazo tampoco salió adelante. Hoy recuerdo con ternura la alegría que me llevé cuando me dijeron que no tenía que tomar ningún medicamento especial en el último tratamiento; pero también me tiro de los pelos: esa no es mi realidad y he tenido que aprenderlo de la manera más dolorosa.

En comparación con la segunda FIV, no obstante, mi pastillero se ha aligerado un tanto, aunque no por ello me haya librado de montar un tetris con las pastillas que tengo que tomarme debido a sus incompatibilidades.

domingo, 13 de noviembre de 2016

La vida sigue... y el SOP también

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Aunque nunca consiguiera llevar un embarazo adelante, este viaje por la reproducción asistida ya me habría regalado algo que me acompañará durante el resto de mi vida: un diagnóstico inapelable de síndrome de ovarios poliquísticos y el atisbo desolador de cómo este trastorno afecta a mi vida cotidiana.

Cuando me hice los análisis para mi último tratamiento, descubrí un nuevo capítulo de esta novela de terror endocrino: la píldora me sube el colesterol y los triglicéridos. Como en ocasiones anteriores, fue como si toda mi vida pasara por delante y, de pronto, cobrara sentido. No es la primera vez que el colesterol me sale alto, ya me ocurrió en otra ocasión. Y en esa otra ocasión, también estaba tomando la píldora. El caso de los triglicéridos es más complicado, porque los eleva la píldora pero también el metabolismo de la glucosa, así que sus valores han sido más fluctuantes en mi vida (y ahora mismo no están ligeramente por encima del límite, como el colesterol: ahora mismo están elevadísimos).

Al igual que no es la primera vez que me salen estos valores, tampoco es la primera vez que asisto al surrealismo de la impresiones médicas. Esta vez me tocó escuchar que probablemente tuviera el colesterol y los triglicéridos disparados porque me habría pasado de una manera muy especial con la comida. "Ya sabes: barbacoas, cervecitas, los choricitos muy grasientos... Todo eso eleva el colesterol, pero no es grave".

Sé que le podría haber contestado muchas cosas. Me di cuenta cuando llegué a mi casa, después de haberme aguantado el impulso irrefrenable de lanzarme bajo las ruedas de cualquier coche, desesperada por mi situación. El número de barbacoas al que asistido este verano ha sido cero. Los chorizos grasientos que me he metido entre pecho y espalda han sido ninguno. Y las cervecitas... pues no sé. Un máximo de dos o tres por semana, muchas de ellas sin alcohol, y solo durante el verano. No podría asegurarlo, pero a mí me parece que doce latas de cerveza repartidas a lo largo de un mes no hace que unos niveles de colesterol perfectamente normales se eleven como la espuma. 

(O a lo mejor sí, ya no lo sé. A lo mejor, aparte de tener SOP, soy una alcohólica sonámbula que se pasa las noches de verano atiborrándose de choricitos en barbacoas que no recuerda. A estas alturas, todo podría ocurrir).

lunes, 26 de septiembre de 2016

Cuando el problema contiene la solución

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Perder este embarazo, perder un embarazo por tercera vez, me ha dejado llena de tristeza, de rabia, de soledad. Bajo todas esas emociones negativas, sin embargo, he encontrado cierta serenidad, cierta calma.

Ahora sé que me pasa algo.
También sé algo de lo que me pasa.

Y eso no es poco.

Yo no llegué a la reproducción asistida porque me ocurriera nada. Yo empecé este camino porque mi mujer es una mujer, no produce espermatozoides y juntas no podíamos crear una vida.

Después, apareció una piedra en el camino con forma de SOP. Había que ver cuánto me afectaba, y lo cierto es que no parecía que demasiado. No tengo resistencia a la insulina ni andrógenos. Ovulo todos los meses, o al menos, represento la comedia de la ovulación perfectamente. De vez en cuando fabrico un óvulo sano que, de vez en cuando, fecunda, implanta y crece.

Pero no se quedan conmigo. Ni los propios, ni los ajenos.

Puedo inventar una explicación diferente para cada una de mis pérdidas, y puede que todas las explicaciones que invente sean verdaderas. Sin embargo, la repetición, en sí misma, ha adquirido ya un significado.

Algo me pasa. No tiene pinta de ser algo grande, evidente, porque nunca ha dado la cara de ese modo. Pero, en este caso, como en la mayoría, el tamaño no importa. Ese algo está cumpliendo su función puntualmente, y ya es hora de plantarle cara.

El mero hecho de saber que mi experiencia reproductiva no es errática, sino que tiene algún sentido, aunque nunca sepa cuál es o nunca consiga llegar al otro lado, me aporta serenidad, me aporta calma. 

Llegué a reproducción asistida "por casualidad" y ahora sé que, en cualquier otra circunstancia, también habría llegado. Después de todo, estoy en el lugar adecuado y ahora, además, encaminada.

Aunque el camino no se parezca en nada al que había imaginado.

martes, 23 de agosto de 2016

¿Pastillero? ¿Qué pastillero?


Teniendo en cuenta los resultados de los últimos análisis, mis antecedentes y las características de un ciclo natural, en la clínica me han prescrito la siguiente pauta de medicación:

Ácido fólico. En un principio, al tener la homocisteína en valores normales, la doctora me recomendó tomar el típico suplemento de 400 mcg; pero, cuando le recordé que la había tenido alta, me recetó una caja de ácido fólico masivo (5 mg) para que me la tomara antes de la transferencia, por precaución. Después, ya podía tomar el suplemento normal.

Vitamina D. En los análisis que me hicieron antes de la segunda FIV, ya me salió que tenía insuficiencia (que no deficiencia) de vitamina D. Por alguna razón que todavía no he alcanzado a comprender, mi doctora de entonces me recetó un suplemento para el embarazo que contenía vitamina D junto a un chorro de otras vitaminas y minerales. Al repetirme los análisis, los valores apenas me habían subido, así que la doctora me dijo que tomara el sol y andando. Por supuesto, tomar el sol es importante, pero en esta clínica, además, me han recetado unas gotas de 0,1 mg/ml. Tenía que tomarme catorce al día hasta que se acabara el bote, de 10 ml, siempre antes de la transferencia.

Progesterona. Desde el día de la ovulación, me pongo un comprimido de 200 mg cada ocho horas, es decir, tres comprimidos diarios. Es la misma dosis que me recetaron con las transferencias "en fresco", pero nunca me había puesto tanta progesterona en un ciclo natural de vitrificados, pues entonces siempre me recetaban dos comprimidos al día. Teniendo en cuenta cómo me tumba esta señora, me preparé para el retorno de "la hormona borracha"; sin embargo, y contra todo pronóstico, hasta el momento no me ha sentado nada mal (!).

Metformina. Hubo cierto debate sobre ella, porque una de las doctoras quería que la dejase antes de la transferencia. Y, por un momento, yo me vine arriba y decidí hacerle caso y mandar la metformina a freír monas en cuanto se me acabara la caja. Ese "momento estelar" coincidió con el extraño que hizo mi cuerpo, que empezó a criar un folículo en un ovario para después hacerlo desaparecer y sacar dos en el otro. Nunca sabré si fue algo normal que mi cuerpo habría hecho sí o sí, o si el dejar la metformina durante 48 horas puso en peligro mi ovulación, o si yo ovulo naturalmente "raro" y la metfomina no tuvo nada que ver. Lo que sí sé es que de pronto me cagué muchísimo en mi estampa y me fui corriendo a la farmacia a comprar una caja nueva que me estoy tomando con más gusto que en mi vida. La dosis es la de siempre: 850 mg dos veces al día.

Y ya está.

En comparación con el aspecto escalofriante de mi pastillero allá por la segunda FIV, esta pauta de medicación me tiene encantada. Ahora mismo tomo el mismo ácido fólico que cualquier aspirante a embarazada, la misma progesterona que cualquier mujer en reproducción asistida y la misma metformina que cualquier chica SOP.

Hay días en que me miro en el espejo y casi casi me parezco normal ;)

domingo, 14 de agosto de 2016

El ciclo natural


La mitad de mis tratamientos (las dos primeras inseminaciones y las dos transferencias de embriones vitrificados) han sido en ciclo natural, es decir, sin estimulación hormonal para provocar la ovulación.

Es un proceso curioso. De pronto, lo que probablemente ocurre en tu cuerpo todos los meses (uno de tus ovarios genera un folículo que va creciendo mientras el endometrio engrosa) se convierte en un suceso extraordinario, por el simple hecho de tenerlo monitorizado y, no nos olvidemos, de necesitarlo.

En este sentido, no puedo dejar de sonreír cuando recuerdo cómo viví mi primera inseminación. En la primera ecografía de control pudimos ver ya el famoso folículo y la doctora nos citó para tres días después. En esos días, que coincidieron con el fin de semana, nos fuimos con unos amigos a hacer una ruta de senderismo.

Yo no podía dejar de pensar que "llevaba un folículo". No sabía muy bien cómo imaginármelo, tampoco sabía muy bien qué debía hacer. Lo único que tenía claro es que ese folículo podía albergar la mitad de mi hijo y que deseaba poner todo de mi parte para que se desarrollara bien.

Pensaba que andar mucho podía hacer que creciera más rápido (!?), pero también estaba preocupada por si un tropiezo, un sobresfuerzo o un estornudo podían hacer que estallara (!!). No dejaba de "sentirlo" y me volvía loca saber que en mi cuerpo estaba ocurriendo algo importantísimo (aunque fuera mensual) en lo que yo no podía intervenir de ninguna manera. 

Y, de hecho, así es. No puedes hacer nada. El cuerpo tiene sus ritmos y, cuando pretendes aprovecharlos, no te queda más que estar atenta y confiar en la Naturaleza. Una Naturaleza que, mal que te pese, no va a cambiar su comportamiento porque tú estés ahí observando. 

Es una sensación parecida a la que se puede tener cuando monitorizan el latido de tu corazón. De pronto, algo tan cotidiano se vuelve completamente extraordinario, y da miedo. ¿Y si de pronto se para, así, de buenas a primeras? ¿Y si se salta un latido...?

A pesar de esta distorsión en la vivencia de un proceso que debería de ser muy sencillo, he de decir que hacer un tratamiento en ciclo natural es la cosa más cómoda del mundo. Sobre todo porque, prácticamente hasta la betaespera, no sientes que estás en tratamiento. Solo te acuerdas de ello cuando acudes a las ecografías de control. El resto del tiempo puedes hacer tu vida, porque no tienes nada más que hacer. 

Por supuesto, a esta liberación mental se le unen la ausencia de efectos secundarios de cualquier medicación y, de manera estelar, la ausencia de pinchazos, que, desde mi punto de vista, es lo que más condiciona la sensación de estar-en-tratamiento. Además, si el ciclo no tiene lugar según lo esperado, siempre se puede repetir al mes siguiente, con o sin medicación.

Aunque esto último, lo confieso, cae más bien del lado de la teoría. Precisamente en este ciclo previo a la transferencia de nuestros embriones adoptados he tomado conciencia de hasta qué punto, si bien no te juegas ni la mitad que en una FIV, que algo se tuerza puede resultar desquiciante.


miércoles, 10 de agosto de 2016

Reconectar con mis ovarios


Hace unos meses me compré el libro de Mónica Felipe-Larralde Cuerpo de Mujer. Reconectar con el útero. Para mí fue un acto simbólico de reconciliación con la búsqueda de mi embarazo, una especie de guiño todavía-no-pero-pronto-volveremos-a-la-carga.

Al poco de comprar el libro, me lo leí, me gustó y procedí a dejarlo colocadito en su estantería. Todavía no estaba en el momento de empezar a hacer los ejercicios. Aún era pronto para volver a entrar en mi cuerpo y destapar la caja de Pandora.

Sin embargo, desde que se planteó la posibilidad de empezar el tratamiento para la adopción de embriones, me sentí con fuerza para hacer algunos ejercicios. No era la primera vez que localizaba mi útero ni que lo relajaba, porque después de sufrir el primer aborto me apunté a un taller sobre este tema y aprendí a no tensar el útero en situaciones cotidianas; pero sí tenía un especial interés en ello porque consideraba que, una vez que había renunciado a mis óvulos, los ovarios ya no tenían ninguna función y el útero se erigía como único protagonista.

Nada más lejos de la realidad.


viernes, 25 de marzo de 2016

Dieta para el SOP


Como ya expliqué en otra ocasión, el síndrome de ovarios poliquísticos (SOP) es un trastorno endocrino que afecta al metabolismo de la glucosa. Descubrirlo me llevó casi diez años, y lo hice gracias a que la doctora de nuestra primera clínica me recetó metformina para mejorarlo. A mí me mosqueó, desde el primer momento, que fuera un antidiabético, y no me conformé con que me dijera que no tenía que acompañarlo de ninguna dieta. Gracias a mis investigaciones, descubrí AESOP y aprendí otras maneras de lidiar con este síndrome.

Si el SOP estaba relacionado con el metabolismo de la glucosa y un antidiabético lo mejoraba, a mí me parecía evidente que la dieta no podía ser ajena a todo este proceso. Tampoco tuve que rebuscar debajo de las piedras para descubrir que tenía razón, así que me sorprende que los médicos no tengan esta misma información, no la consideren relevante o prefieran no darla a conocer por motivos que a mí se me escapan. Lo cierto es que, hasta el momento, NINGÚN médico (y he conocido a unos cuantos) me ha hablado de dieta cuando yo le he hablado de SOP.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Historia de nuestros embriones (II)


En la segunda FIV, fuimos observando entre cuatro y seis folículos antes de la hiperestimulación, un número menor que en la vez anterior, pero coherente con la nueva pauta de medicación. Tras la punción, obtuvimos diecisiete óvulos, de los que solamente seis eran maduros. Así que, en esta ocasión, no alcanzamos la horquilla de entre ocho y diez óvulos que se considera óptima.

Recuerdo que una vez, hace mucho tiempo, nuestra nuestra doctora nos advirtió de que estimular unos ovarios con SOP era muy puñetero. Y lo es porque la hiperestimulación es casi inevitable, porque tratar de minimizarla compromete el número de óvulos maduros que puede obtenerse y porque buscar un número suficiente de óvulos maduros a toda costa atenta directamente contra la salud.

Hoy entiendo el alcance de todo esto y, de hecho, es la principal razón por la que he decidido no intentar una tercera FIV. Pero en aquel momento me resultó devastador. Pensaba que, de repetirse las mismas proporciones que en la primera FIV, tendríamos suerte si conseguíamos un solo blasto. Y aunque con uno es suficiente, después de todo el esfuerzo que conlleva un tratamiento como este, tener que jugárselo todo a una sola carta resultaba descorazonador.

En esta ocasión, insistí bastante en que se revisaran las técnicas que se les aplicaban a los óvulos, para equilibrar la proporción entre FIV convencional e ICSI y, a ser posible, inclinar la balanza en favor de la primera. Y, aunque en ningún momento la doctora me dio la razón en que las técnicas aplicadas en la primera FIV habían sido desafortunadas, los resultados de este segundo intento no dejaron lugar a dudas.

Esta vez, emplearon la FIV convencional con cuatro óvulos, de los que fecundaron los cuatro. Con los otros dos emplearon la ICSI, y solo fecundó uno. Así que, aunque el número de óvulos que teníamos era menor, con esta proporción conseguimos una tasa de fecundación que prácticamente duplicó la de la primera FIV; y, además, contábamos con cinco embriones: uno más que la primera vez.

Estos resultados nos devolvieron la esperanza que habíamos perdido durante la estimulación, así que, nuevamente, nos atrevimos con el cultivo largo. Por desgracia, el resultado empeoró: a día 5, solo uno de los embriones había alcanzado el estadio de blasto con buena calidad; dos habían detenido su desarrollo y los otros dos iban más lentos.

El primer embrión me lo transfirieron en fresco, dando como resultado un negativo que nos destrozó como ningún otro. De los otros dos embriones, solo pudimos vitrificar a día 6 un blasto de mala calidad, que me transfirieron al mes siguiente en un ciclo sin esperanza que acabó convertido en nuestro negativo número seis.

Y con este último fracaso dimos por finalizadas nuestras aventuras con la FIV.

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