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miércoles, 1 de julio de 2020

Causas de infertilidad y COVID-19


Menuda pareja la del título, ¿verdad? Por un lado, la infertilidad, esa tragedia íntima que las mujeres tendemos a vivir de manera personal desde tiempos inmemoriales. Por otro, la enfermedad del momento, causante de una pandemia mundial que, en mayor o menor medida, nos afecta a todos los seres humanos. ¿Acaso dos condiciones tan aparentemente distanciadas pueden estar relacionadas? La respuesta, por desgracia, es afirmativa.

Personalmente, reconozco que no le presté ninguna atención a la pandemia hasta aquella tarde de lunes en que Alma llegó a casa del trabajo y me dio la noticia de que cerraban los centros educativos. Aun entonces, pasado el primer impacto, la situación me parecía una simple extravagancia que duraría quince días. La cosa se puso mucho más fea cuando empezó la cuarentena, sobre todo porque tener a mi hija encerrada en casa me preocupaba bastante. Pero, durante varias semanas, seguí pensando que todas las medidas de seguridad las tomaba, de manera altruista, para proteger a los más débiles: en su mayoría, personas mayores como mis suegros o mis padres. Ya que yo, mujer "sana" menor de cuarenta, apenas sufriría una "gripe extraña" si me infectaba.

Al poco tiempo, sin embargo, un artículo del periódico me introdujo en el hasta entonces desconocido mundo de las "patologías previas". Empecé a leerlo por pura curiosidad, pero lo que descubrí me inquietó bastante: entre las variables que aumentaban el riesgo de padecer un cuadro grave (poco más que la edad y el género por aquel entonces), se hacía mención, casi de pasada, a los trastornos en la coagulación de la sangre.

No me lo esperaba. No esperaba encontrar ningún indicio de pertenecer a un grupo de riesgo. Pero así es: según ha ido avanzando el conocimiento que se tiene sobre la enfermedad, he ido descubriendo que sufro varias de esas "patologías previas" de las que la mayoría de la gente parece sentirse a salvo. 

No escribo esta entrada para asustar a nadie; tampoco quiero azuzar ninguna polémica, ni siquiera abrir un debate. La escribo porque siento la responsabilidad de  compartir lo que sé con otras mujeres que pudieran tener el mismo riesgo que yo.

Y para reivindicar, una vez más, que la infertilidad es más que un drama lorquiano: es UNA ENFERMEDAD. Una enfermedad ninguneada, minusvalorada, relegada a mero "capricho", a "cosas de mujeres". Porque creo que, precisamente ahora que la Ciencia vive un momento de humildad autoimpuesta, de solidaridad obligada, se dan los requisitos necesarios para que se escuche nuestra voz.

lunes, 11 de marzo de 2019

Crónicas lactantes (II). La lactancia empieza en el parto


Al contrario de lo que parece entender nuestra sociedad, el parto no es un mero trámite, ese trance molesto que las mujeres debemos atravesar para librarnos del "fardo" y volver a ser las de "antes", como si nada. 

Después de mucho aprender, reflexionar y vivir, yo siento que el parto es un eslabón trascendental en nuestros vínculos, ese retal primordial en la colcha que nos arropa. Como el alfa y el omega, el parto es culminación y principio, es embarazo y es crianza. 

El parto es parto y también nacimiento. Una persona nace a través de otra: acontecimiento hermoso, sagrado donde los haya. Nada de lo que lo rodee puede cambiar esto. En el hospital o en casa, respetado o violento, autónomo, instrumentalizado, quirúrgico. Una persona nace a través de otra, esa es su fuerza. 

Pero la consideración que se tiene en nuestra sociedad no lo honra. Y esta consideración (ideológica, moral, acientífica) tiene consecuencias. Consecuencias ideológicas y morales, pero también psicológicas, espirituales y, por supuesto, físicas. Las más inmediatas, pues comienzan a los pocos minutos de parir, ocurren sobre la lactancia. 

Aunque, claro, el parto se considera un mero trámite y la lactancia una especie de lotería biológica: tú tienes leche, tú no; la tuya es buena, la tuya no. Desquiciante. Mientras tanto, los hilos que conectan un suceso y otro, que explican esta y otras tantas experiencias de las mujeres, permanecen ocultos, inconscientes. 

Pero yo no me resigno. Gracias a otras mujeres he aprendido que mi parto (inducido, medicado, instrumentalizado... forzado) tuvo múltiples consecuencias, también sobre mi (nuestra) lactancia. Por ello, siento que debo hacer mi parte y explicarlas, para que dejen de estar ocultas, inconscientes.

Para devolverle a mi parto su honor de eslabón trascendental, de retal primordial, no solo en mi vida y en la de mi hija, sino como parte mínima pero importante de la experiencia vital de todas las mujeres que han parido, paren y parirán.

Así que aquí va mi pequeño memorial de agravios:


viernes, 25 de enero de 2019

SOP para mayores de 35 años


–No te preocupes, el SOP es una característica de los ovarios jóvenes: según te acerques a la treintena, sobre todo si tienes hijos, se te irá pasando.

Creo que desde ese rincón del tiempo se pueden escuchar mis carcajadas presentes. Porque, según me acerco a la cuarentena, y aun habiendo tenido una hija, mi SOP no solo no mejora, sino que cada vez da más miedo.

El SOP es una condición endocrina del cuerpo que te acompaña, no sé si desde que naces, pero desde luego sí hasta que te mueres. Supongo que, con la menopausia, dejará de observarse el síntoma que le da nombre, porque la ausencia de ovulación implicará también la ausencia de folículos. Lamentablemente, el sistema endocrino no reside en los ovarios, sino en las hormonas, y estas sí que te acompañan hasta el último día.

Creo que las mujeres con SOP sufrimos un infradiagnóstico y, en general, una infravaloración de nuestra condición. Lo cual no es ninguna sorpresa, porque esto le pasa a cualquier mujer, y más si sufre una enfermedad "de mujeres". Entre las muchas consecuencias de esta situación, una de las que más me molestan es que apenas se reconozcan las relaciones que los diferentes síntomas del SOP mantienen entre sí.

Si estás gorda, calva, llena de pelos y granos, si te viene la regla cada tres meses o cada quince días, en cantidades ingentes y con un dolor inenarrable, y lo mejor, si además estás deprimida (que es mi síntoma preferido porque... ¿cómo no deprimirse?)... pues nada. ¿Qué te va a decir un médico? Absolutamente nada. 

Que adelgaces. Que te hagas la depilación láser. Que no te toques los granitos. Que te eches cremas o te tomes una pastilla para adolescentes. Que no te estreses. Que uses ibuprofeno. Que te des a los antidepresivos o a los ansiolíticos. Y que pruebes con la píldora.

Y eso es lo que yo hacía: cuando los ovarios se me ponían flamencos, me tomaba la píldora y a descansar. ¿Curaba eso el SOP? No, porque el SOP no tiene cura. ¿Paliaba la deriva chunga de la enfermedad? ¡Ni mucho menos! Pero que se me "regularan" algunos síntomas para mí era suficiente.

El problema es que, a partir de los treinta y cinco, se acabó lo que se daba. Sé que hay mujeres que siguen tomando la píldora a pesar de la edad, pero yo no puedo hacerlo porque me arriesgo a sufrir una trombosis. Aunque, según mi inmunólogo, si no me ha dado una trombosis con todos los años que he tomado la píldora, seguramente ya no me dé; con una niña pequeña no estoy para jugar a la ruleta rusa. Porque dos trombofilias y un SAF obstétrico ponen muchas balas en mi recámara.

Entonces, ¿cuál es la solución? Pues la solución-solución, no lo sé; pero sí que puedo explicar lo que me está funcionando a mí. Algo que ningún médico ha sabido aconsejarme y en lo que, sin embargo, tengo puestas todas mis esperanzas: vivir desde ya como si fuera diabética.

El origen último del SOP es el mismo que el de la diabetes: un problema con el metabolismo de la glucosa. Y aunque mi cuerpo, tras la diabetes gestacional, parece metabolizar la glucosa como si no tuviera ningún problema, en realidad es solo una apariencia. ¿Y cómo lo sé, si mi curva postparto salió estupenda? Pues porque me lo veo en la cara: dulce que tomo, grano que me sale. No necesito ningún médico para que me lo explique.

Habida cuenta de que esto va a ser así hasta la menopausia, y que después llega lo gordo (diabetes, problemas cardiovasculares, cáncer), más me vale poner monedas en el lado de la salud y reequilibrar la balanza, porque el lado chungo está a tope. Así que, aprovechando todo lo que aprendí en el embarazo (¡quién lo iba a decir!), he recuperado la dieta contra la diabetes y la he hecho mía para siempre.

A grandes rasgos, consiste en eliminar los azúcares simples mientras proporcionas al cuerpo cantidades constantes aunque moderadas de los complejos, para así evitar picos de glucosa pero mantener al páncreas trabajando. Y con azúcares simples no me refiero solo a los dulces, sino también a los azúcares "escondidos", sobre todo en los lácteos y el embutido  (¡el embutido es Satán, en serio!). 

Ahora mismo, tomo hidratos de carbono cinco veces al día. Y como la lactancia me tiene fundida, quien dice cinco, dice seis o incluso siete. La fruta no la he restringido porque tampoco tuve que hacerlo en el embarazo, y de lácteos tomo leche semidesnatada, quesos "normales" (los "light" están podridos de azúcar, es impresionante) y yogur natural. Además, procuro comer toda la verdura que puedo y raciones de proteínas estándar.

Y me va muy bien. Mi acné es leve, se me ha caído el pelo menos tras el embarazo que en otros momentos de mi vida, no me noto un hirsutismo especial y estoy hecha un fideo. Si no canto victoria es porque todavía no me ha venido la regla y no sé cuánto efecto estará teniendo sobre todo esto el tener la prolactina por las nubes. Temo que con el regreso de los estrógenos se vaya todo al garete, así que seguiremos informando.

Una de las cosas que más me ha ayudado con la dieta ha sido que esté coincidiendo con la introducción de la alimentación complementaria de mi hija. Porque lo que no quiero para mí, no lo quiero para ella, y viceversa. Así que estoy aprendiendo a cocinar sin azúcar para las dos: ¿puede existir una motivación mayor? Solo me falta que Alma, que es una adicta al dulce, se pase al lado oscuro con nosotras :)

Pero no todo es dieta en la vida de la persona diabética: cuando hablo de "vivir" como si tuviera diabetes, me refiero también a la necesidad de hacer ejercicio. Durante el embarazo, hice pilates y natación para embarazadas; ahora, cuido de un bebé  (gasto calórico asegurado), le doy de mamar (por si se me había ocurrido la feliz idea de guardarme algún gramo de grasa para mi disfrute exclusivo) y hago pilates una vez por semana, que hasta el momento es todo lo que me puedo permitir. Bromas aparte, mi compromiso con el deporte es grande, y espero poder ir ampliando el tiempo que le dedico a medida que mi hija crece.

Como decía una de mis enfermeras de Endocrinología, lo que es saludable para una persona diabética, lo es para cualquier persona, así que no puedo más que animar a quienes me leéis a uniros también a la cruzada contra el azúcar. Vuestra salud os lo agradecerá... ¡seguro! ;)

jueves, 6 de diciembre de 2018

Diabetes gestacional: estado de la cuestión

Tengo que decir que, después del susto inicial y de aprender a controlar la dieta para evitar las hipoglucemias (y alguna hiperglucemia ocasional), la diabetes gestacional fue bastante sencilla de llevar. Y aunque tuve mucho miedo de necesitar insulina (más que nada porque, con la barriga hecha un cristo por culpa de la heparina, no imaginaba dónde narices me iba a pinchar una nueva inyección), finalmente, incluso pasando más de un mes en reposo, no fue necesario.

Además, guardo un recuerdo muy bonito de mis enfermeras de Endocrinología. Solía ir a las revisiones hecha un flan, preocupada por algunos de mis niveles de glucosa o, sencillamente, angustiada por el devenir de la enfermedad. El inicio del tercer trimestre fue particularmente duro: se me metió en la cabeza que las hiperglucemias se iban a descontrolar y me bloqueé muchísimo, pero ellas supieron acogerme incluso en esos momentos de caos emocional.

El tema del peso, no obstante, siempre fue controvertido. Por un lado, la matrona me insistía en que debía engordar más, y, por otro, las enfermeras me advertían de que tenía que controlarme muchísimo. La angustia era grande porque, a todo esto, yo sentía que ni una cosa ni la otra estaban en mi mano. De hecho, aunque seguía la dieta a rajatabla, solía comer menos de lo que prescribía porque las cantidades me resultaban exageradísimas (sobre todo, para la cena). A pesar de ello, empecé engordando despacio para después coger mucha más velocidad.

Son cosas que hacía mi cuerpo solo: yo no podía escoger los gramos que engordaba a la semana por mucho que me concentrara en ello. Y cuando me llamaban la atención sobre el peso, en cualquiera de los dos sentidos, no sabía cómo reaccionar, más allá de agobiarme muchísimo o echarme a temblar ante los resultados de las siguientes glucemias. Por suerte, esta esquizofrenia se calmó al final, cuando pudieron calcular los percentiles de peso de mi hija y se disiparon los fantasmas tanto del bebé macrosómico como del bebé famélico.

La última revisión con las enfermeras fue muy emotiva. Ambas vinieron a desearme lo mejor para el parto, me recordaron que podía llamarlas por teléfono si me surgía algún problema en las tres semanas que quedaban, me pidieron que les presentase a la niña cuando naciera, nos abrazamos... Después de esta experiencia, me ha quedado claro que una buena enfermera vale más que veinticinco médicos en lo que al cuidado de los pacientes se refiere.

El seguimiento de mi diabetes gestacional, sin embargo, no terminaba aquí. Tres meses después del parto, debía hacerme una nueva curva de glucosa (¡horror!) para verificar que todo había vuelto a la normalidad y descartar que fuera diabética... o no.

Confieso que después de dar a luz me desquité pero bien de los seis meses que había pasado a dieta. Todo comenzó en el propio hospital, cuando Alma me trajo una napolitana de chocolate para desayunar (por segunda vez) que, hasta el momento, ha sido el dulce que con mayor gusto me he comido en mi vida entera. A partir de ahí y durante toda la cuarentena, aquello se convirtió en una bacanal azuzada por todo aquel que me conocía: venga a traerme dulces, venga a animarme a que aprovechara... y yo venga a aprovechar.

Una vez finalizada la cuarentena, sin embargo, comprobé que el pelazo y el cutis de los que había disfrutado hasta entonces empezaban a perder su lozanía, así que entendí que el sortilegio del embarazo estaba llegando a su fin y que mis nefastas condiciones endocrinas regresaban. La cercanía de la curva de glucosa, además, me iba metiendo el miedo en el cuerpo. ¿Y si era diabética? Porque, con mis boletos y mis antecedentes, seguro que era diabética. No me quedó más remedio que empezar a cortarme con el dulce hasta que llegó el gran día.

Aunque ya habíamos pisado nuestro hospital la semana posterior al parto, cuando tuvimos que llevar a la niña para que vigilaran su peso, a medida que aparecía en el horizonte se nos volvió a poner un nudo en la garganta de recuerdos. "A ver qué nos pasa hoy", dije yo en tono de broma, para distender el momento. "Porque con la mala suerte que tengo...".

domingo, 13 de mayo de 2018

La tripa crece (semanas 33 a 36)


Cuanto más tiempo pasa, más extraño me parece hablar del embarazo. Miro las fotos de la tripa y mi cuerpo me resulta ajeno, como si esa no fuera yo. Y no termino de entender por qué me pasa. Como últimamente el cerebro me funciona a medio gas, me quedo con la idea de que fueron muchos años luchando por algo que duró tan solo unos meses, que se hizo largo por momentos pero que, una vez concluido, parece haber pasado en un abrir y cerrar de ojos.

Las semanas que ahora comento fueron mucho más positivas que las anteriores. De pronto, el embarazo pareció encarrilarse y coger velocidad. Cada día dejó de ser una agonía y yo volví a recuperar un poco de la fuerza y el ánimo perdidos... aunque la seguridad en mí misma sufriera nuevos varapalos.

Para empezar, la semana 33 me sorprendió con una notable mejoría en las contracciones. Después de quince días de reposo relativo y progesterona, por fin dejé de sentirlas cada hora y empecé a estar cómoda sentada o de pie durante periodos más largos. Quiero hacer hincapié en esto por si alguien que me lee pasa por algo parecido: la progesterona y el reposo no obran milagros. Funcionan, pero no de la manera inmediata en que lo harían otras medicaciones más fuertes, así que hay que tener paciencia. Lo cual es muy fácil de decir a toro pasado, pero prácticamente imposible de cumplir en el momento (!).

En cuanto alcancé la semana 34, me quedé mucho más tranquila: esas semanas críticas sobre las que me había advertido mi ginecóloga (que fueron la causa principal del reposo) habían pasado. Las perspectivas de un parto prematuro eran mucho más halagüeñas, y aunque yo esperaba llegar, al menos, a la semana 36, me conformé con haber conjurado el mayor peligro.

No obstante, seguía convencida de que el parto se adelantaría. De hecho, me convencí mucho más cuando empecé a notar un nuevo síntoma que me acompañaría hasta el último día: los dichosos calambres en la ingles. Sentí el primero justamente el día que cumplía las 34, y casi me desmayo del dolor y del susto. Después supe que, con toda probabilidad, eran la consecuencia de que la pequeña se estuviera encajando en el canal del parto, pues algunos bebés se toman su tiempo para hacerlo, y la mía estaba entre ellos.

En esta semana tuvimos una nueva ecografía de control. Para mí había sido como una línea de meta imaginaria que, durante las semanas de reposo, me parecía imposible llegar a cruzar. Lo que no me esperaba recibir, una vez alcanzada, era algo tan diferente a la tan esperada enhorabuena.

La ginecóloga empezó preguntándome qué tal me encontraba y yo le comenté mi mejoría con respecto a las primeras semanas de reposo, que tan duras me habían parecido.

–¡Pero tampoco habrás estado todo el día tumbada...!

miércoles, 10 de enero de 2018

Soy una discapacitada química

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Recibir el diagnóstico de diabetes gestacional fue para mí como un descenso a los infiernos. Me pasé tres días mirando a la pared, catatótica; planteándome, por primera vez, si al buscar con tanto ahínco el embarazo no me habría equivocado. Después de tanto años en el empeño (no solo los pasados en reproducción asistida, sino también todos los anteriores), la mera sugerencia de haber cometido un error de ese calibre me resultó devastadora.

De pronto, me vi obligada a asumir que el embarazo le sentaba a mi cuerpo como un tiro. El pobre se había resistido con todas sus fuerzas a la implantación de los embriones, poniendo en guardia al sistema inmune y coagulándose como si no hubiera un mañana. Una vez forzado a aceptar lo inaceptable, había empezado a hacer aguas, comenzando por un páncreas que se declaraba incapaz de soportar la carga metabólica extra que le habían endiñado.

Estos eran mis pensamientos en aquellos días. Pero, entonces, como una estrella que titila en la distancia, se me ocurrió la feliz idea de establecer una analogía entre mi situación y la de otras personas que también podrían empeñarse en llevar su cuerpo a un extremo para el que, en apariencia, no estaba preparado.

¿Qué le diría yo a un ciego cuya mayor ilusión en la vida fuera convertirse en escritor? ¿Sería algo parecido a: "Joder, ¿no tienes otra cosa con la que entretenerte? Es que pareces masoca, tío. Puedes dedicar tu vida a millones de cosas, no te empeñes en la más difícil, porque es evidente que tu cuerpo no está hecho para eso"? 

Y si la persona en cuestión careciera de miembros inferiores, ¿la disuadiría de practicar deportes tales como la natación, el atletismo o incluso el fútbol? ¿Le diría algo como: "Venga ya, hombre, bastante tienes con poder desplazarte en tu silla de ruedas, con acceder a uno de cada cinco bares para reunirte en él con tus amigos, con tener amigos incluso. No quieras ir más allá de lo que tu cuerpo te permite, ten la humildad de aceptar sus limitaciones, que hace un par de siglos te habrían dejado morir en una esquina"?

No, nunca les diría eso. Yo los animaría a intentar superarse, a dejar a un lado la obviedad de sus limitaciones y centrarse en desarrollar sus potencialidades. Porque, como cualquier otra persona, las tienen, y son muchas. La voluntad no puede obrar milagros, pero sí es capaz de abrir caminos donde antes solo había muros infranqueables. 

"Busca los apoyos necesarios", les diría. Busca las prótesis, la asistencia técnica. Busca las alternativas en tu propio cuerpo. Busca quien te apoye, quien crea, como tú, en lo imposible. Y no te rindas, sobre todo, no renuncies. Porque renunciar es morir en vida. Intentarlo, aunque se consiga solo un poquito, aunque no se ganen medallas olímpicas ni se publique ningún libro, ya merece la pena. Intentarlo con todas tus fuerzas, independientemente del resultado, será un triunfo íntimo, una sonrisa satisfecha que te acompañará el resto de tu vida.

Esa fue la idea que me salvó. Entender que, a pesar de mis muchas limitaciones, todavía puedo superarme. Que puedo buscar el apoyo, la asistencia. Que tengo derecho a intentarlo con todas mis fuerzas. Que puedo llegar a conseguirlo, aunque sea de una manera imperfecta. Que yo también puedo andar el camino, aunque sea un camino alternativo. Que puedo cruzar la meta, aunque no llegue la primera.

Mi discapacidad es química. Mis prótesis son inyecciones, mis asistencias son pastillas. Mi embarazo no es perfecto, pero está siendo. Y, a pesar de las dificultades, estoy disfrutándolo como un triunfo íntimo, con una sonrisa satisfecha que me acompañará el resto de mi vida.

domingo, 3 de diciembre de 2017

La segunda visita a la matrona

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Estando de diecisiete semanas, acudimos a nuestra segunda consulta con la matrona: la última cita de las programadas en la "rueda" del primer trimestre, a pesar de que ya lleváramos un tiempo transitando el segundo.

Si la primera vez alucinamos pepinillos con sus consejos sobre "comer muchos bollos" para coger todos esos kilos que debía ganar, esta vez hemos aterrizado de lleno en el territorio de lo inenarrable; a pesar de lo cual, voy a hacer un esfuerzo para explicar lo que pasó.

En primer lugar, me pesó y me volvió a repetir que tenía mucho que engordar. De verdad que, a estas alturas, empiezo a estar hasta el mismísimo sobre estas "charlas" acerca de mi peso. No solo por el malestar que personalmente me causan, sino porque creo que se trata de una irresponsabilidad por parte de los profesionales sanitarios. ¿Acaso no son conscientes de lo vulnerables que somos las mujeres a desarrollar enfermedades como la anorexia y la bulimia? ¿Qué les hace pensar que, en este sentido, el embarazo es un periodo diferente de nuestra vida? ¿No se dan cuenta de que se trata, incluso, de un momento vital en que nuestra vulnerabilidad aumenta? Entonces, ¿a qué viene ese machaque continuo sobre nuestro peso?

En fin.

Esta vez aguanté el chaparrón como pude, confiando en que, cuando le enseñara a la señora los resultados de mis dos curvas de glucosa, se comería todas sus palabras. Pero no lo hizo. Es más: le dio exactamente igual estar recomendando a una mujer con diabetes gestacional que se cebara. Simplemente, cambió de tema, como si una cosa no tuviera que ver con la otra.

Mientras ella farfullaba sobre la diabetes tan horrible que padezco, yo, haciendo acopio de unas fuerzas que hoy sería incapaz de encontrarme, le comenté que existía la posibilidad de que las pruebas me hubieran sentado especialmente mal debido a mi SOP, pero que esos niveles no se correspondieran con el funcionamiento normal de mi páncreas.

–Jo, jo, jo... ¡No! ¡No! Con estas curvas no cabe duda de que tengas diabetes. Jo, jo, jo... El funcionamiento normal de tu páncreas... Tienes diabetes, dia-be-tes...

Alevosamente (insisto: hoy no me habría molestado ni en dirigirle la palabra), le dejé el cuadrante de mis glucemias encima de la mesa.

–Huy, huy... ¡pero si esto está bajísimo! Huy, ¡no, no, no! Tú debes de ser de esas personas a las que la curva de glucosa les da un falso positivo.

Por si acaso, quiero aclarar que yo no creo que mis curvas de glucosa sean una tontería, yo creo que son la prueba de algo muy serio: simplemente me cuestiono si ese "algo muy serio" es diabetes o, mejor dicho, si es "solo" diabetes. En cualquier caso, los bandazos en la opinión de esta señora me dejaron patidifusa.

Afortunadamente, después llegó el momento más dulce de la consulta, por el que todas las estupideces que tuvimos que aguantar pasaron a un segundo plano: el momento de escuchar el latido de nuestra pequeña.

Cuando lo cuento, la gente me pregunta si es que no lo había escuchado antes, ya que su recuerdo me emociona profundamente. Y sí, por supuesto, lo había escuchado ya cuatro veces, e incluso lo había visto parpadear en la pantalla del ecógrafo una quinta más. Pero, para mí, sigue siendo un milagro, una experiencia emocionante donde las haya. Más aún cuando, en ausencia de imágenes, todos mis sentidos se embargaron con él.

La matrona tenía una enfermera en prácticas (con quien me encantaría tomarme un café y comentar las mejores jugadas de su "maestra") que estuvo hurgando en mi barriga con el micrófono. Encontró el latido del cordón umbilical muy rápido, pero el del corazón le costó un poco más. No me importó: de hecho, añadió más emoción todavía a la experiencia. Cuando por fin logró captarlo, nos envolvió un sonido contundente: el galope perfecto de una yegua salvaje. A mí se me saltaron las lágrimas y me invadió una profunda emoción.

–Es una niña, ¿verdad? –dijo la matrona, por una vez, asistida por la profesionalidad. 

Y es que, al parecer, los corazones de las niñas se escuchan más alto y más fuerte que los de los niños, por lo que, solo con oírlos, se puede llegar a conocer el sexo del feto.

Todavía henchida de orgullo por la fuerza de nuestra pequeña, me volví a sentar en la silla para asistir al momento más surrealista de toda la consulta:

–¿Vais a querer ir a las clases preparto?
–Sí, por supuesto –respondimos al unísono.
–Bueno, os lo pregunto porque hay mucha gente... De hecho, ya están casi llenas...

La señora empezó a meterse en un jardín extraño del que solo pudimos deducir que trataba de disuadirnos de ir a aquellas clases.

–Si venís, os tengo que advertir de que seguramente os sintáis mal. Porque yo llevo ya muchos años dando las mismas clases, me las sé de memoria, y en ellas me dirijo a parejas.

Yo, con el trote veloz de mi hija todavía palpitándome en el oído, no llegué a entender qué quería decir. Pero Alma fue más avispada:

–¿Te refieres a parejas heterosexuales?

La señora continuó adentrándose en el jardín.

–Es que llevo tantos años dando estas clases... Y hago mucho hincapié en el padre, nombro continuamente al padre... Y vosotras os sentiréis mal. Ya me pasó con unas chicas hace unos años: que vinieron a la primera clase y ya no volvieron.

Alma enmudeció, roja de ira. Yo me debatía entre echarme a reír a carcajadas o montar en cólera. Al final, opté por tomármelo de la mejor manera posible (seguramente, debido al chute de endorfinas que acababa de recibir) y le dije que, mientras una de cada cuatro veces que fuera a nombrar al padre lo sustituyera por "pareja", nos daríamos por satisfechas. Que con que recordara que estábamos ahí, era suficiente.

Cuando salimos, claro, dijimos muchas cosas más. Alma sacó toda la indignación que llevaba dentro, mientras yo seguía sin saber cómo valorar lo que acababa de ocurrir. ¿Cómo te tomas que alguien te advierta amablemente de que piensa comportarse de manera homófoba en tu presencia? ¿Es un detalle la advertencia? ¿Es menos homófobo un comportamiento cuya inconveniencia se conoce pero no se cuestiona?

Y, sobre todo, ¿por qué la ausencia de aquella pareja lesbiana después de la primera clase no ha provocado ningún cambio positivo en esta señora? Si ella cree que no volvieron por su actitud discriminadora, ¿cómo es que no ha intentado mejorar desde entonces? ¿Por qué no aprovecha la oportunidad de redención que le ofrecemos? Aunque, para mí, lo más obvio y peor es que ni siquiera haya contemplado que el motivo por el cual no volvieron fuera otro, como que su clase les pareciera una puñetera basura...

Ya queda poco para empezar el dichoso curso de preparación al parto, y las perspectivas no pueden ser peores. Me gustaría poder aprender y ganar confianza con la clases, sin tener que estar alerta para defendernos del ninguneo al que esta mujer ya nos ha advertido que nos someterá. Pero no doy un duro por la calidad de los contenidos, habida cuenta de que esta señora es consciente de llevar veinte años dando las mismas charlas sin ninguna intención de actualizarse.

¿Atravesaremos nosotras la barrera de la primera clase...?

sábado, 11 de noviembre de 2017

¿Qué significa ser diabética?

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Hace unos días tuve mi última consulta con la endocrina. Según sus propias palabras, tanto mis glucemias como el aumento de peso son "perfectos", propios de una mujer que no tuviera diabetes. "Pero la prueba de la glucosa te salió mal, así que eres diabética". Durante el resto del embarazo, me controlarán las enfermeras y, tres meses después de dar a luz, tendré que repetirme la dichosa prueba para que "nos aseguremos" de que todo ha regresado a la normalidad.

Cuando se lo conté a Alma, ella dio voz a los pensamientos que invadieron mi mente al saber que la "normalidad" implicaba una prueba de glucosa "normal":

–Pero... ¡te va a volver a salir mal! ¡Te van a decir que eres diabética!

Como ya expliqué en su momento, mis pruebas de glucosa salieron MAL con mayúsculas. Yo no soy de las que se pasaron "por poco" de los límites: yo reventé el concepto mismo de límite; por lo que estoy absolutamente segura de que no se trata solo del embarazo, sino del funcionamiento de mi páncreas en general. Así me lo hizo saber también una de las enfermeras de Endocrinología: mi páncreas no tolera la entrada masiva de glucosa en mi organismo, ni durante el embarazo, ni fuera de él. Así que me estoy haciendo a la idea de que pronto obtendré la etiqueta de diábética, sin apellidos.

Pero, ¿qué significa ser diabética? Después de recibir el diagnóstico, cuando empecé a recuperarme del golpe y me volvieron las fuerzas, estuve investigando un poco sobre el Test O'Sullivan. Y lo que encontré me gustó bastante. Porque resulta que no somos solo las embarazadas a quienes nos sienta mal esta prueba las que tenemos una perspectiva crítica sobre ella, sino que dicha perspectiva también existe entre los profesionales de la salud. 

Una de las críticas que se le hacen a este test es el hecho de que se diagnostique una enfermedad basándose en un escenario creado de manera artificial que apenas tiene correspondencia con la vida real. Es decir, que nuestro páncreas nunca se va a tener que enfrentar a la ingesta masiva de glucosa tras un ayuno prolongado, puesto que no comemos así. De hecho, existen alternativas a la prueba, como hacerla tras un desayuno copioso que contenga diferentes grupos de alimentos; o también monitorizar las glucemias durante el periodo de tiempo que se estime oportuno. Es verdad que estas alternativas no permiten estandarizar los resultados, ya que no se controla la cantidad exacta de glucosa que se ingiere. Pero sí que demuestran, sobre todo en el segundo caso, cuál es el funcionamiento real del páncreas.

En este sentido, yo me pregunto cuál habría sido mi diagnóstico si viviera en un país donde, por ejemplo, se monitorizaran las glucemias en vez de realizar el Test O'Sullivan. Por pura curiosidad, he hecho las medias de mis glucemias desde que las mido dos veces por semana, y los resultados son los siguientes:

Haz clic en la imagen para ampliarla.

Además, de todas las glucemias, un 35% está por debajo de 70 (es decir, que son hipoglucemias), mientras que solo un 2,5% se encuentra por encima de 95 (el máximo antes de las comidas) o 120 (el máximo después de las comidas, que sube a 140 tras la cena, porque las mido una hora después para poder acostarme temprano).

Por supuesto, estas glucemias se enmarcan dentro de una dieta en la que no se incluye nada de azúcar y los hidratos de carbono complejos están repartidos a lo largo del día (no diré restringidos, porque solo lo están en apariencia: en cada comida no puedes pasarte de una cantidad determinada, pero si sumas todos los del día, resulta un auténtico atiborre). No obstante, se trata de una contexto más que suficiente para que mi páncreas se comporte como si no tuviera ningún problema; si bien es verdad que, en las contadas ocasiones en que me ha desviado mucho de la dieta, lo he notado (definitivamente, ponerse hasta las cejas de judías pintas con arroz no es una opción).

En cualquier caso, aunque considere que el dichoso O'Sullivan es más un atentado contra la salud que una prueba fiable, y aunque mis glucemias no se parezcan en nada a las de una persona diabética, no cuestiono la realidad: la mayor parte de las embarazadas salen airosas de esta prueba y a mí casi me revienta por dentro. Mi páncreas no tiene un funcionamiento normal y yo soy consciente de ello: como he dicho en otras ocasiones, por eso tengo SOP; de lo contrario, no lo tendría.

Por tanto, si ser diabética significa esto, que mi páncreas no soporta el azúcar y que debo eliminarlo de mi dieta, a la vez que equilibro la ingesta de hidratos de carbono... pues tampoco es ninguna novedad. Nunca lo había visto en cifras, pero los estragos que provoca en mi cuerpo los tenía yo medidos de otras maneras. Por ejemplo, una vez estuve en una comida campestre y me pimplé yo sola una botella de refresco. Bueno, pues al día siguiente me levanté con la cara arrasada de granos. También en este embarazo, cuando empecé a tomarme las cuatro galletitas maría de la merienda, sufrí un brote de acné que me traía por la calle de la amargura. Fue sustituirlas por galletas sin azúcar y disfrutar de una cutis por el que habría matado durante los últimos doce años. Así que no, sorpresa ninguna.

De hecho, si ser diabética oficial me da la fuerza que a veces me falta para resistirme a algunos dulces e implica un mejor cuidado de mi salud en todos los sentidos... pues bienvenido sea. No es que me haga una ilusión particular tener que ir a revisiones o controles frecuentes (aunque tampoco sé muy bien cómo va), pero ir rebotando de Ginecología a Dermatología durante más de una década, sin diagnóstico y sin solución a mis problemas, tampoco era ninguna bicoca. 

Tal y como comentamos muchas veces la enfermera de Endrocrinología y yo, la dieta que sigo es una dieta saludable, sin restricciones importantes (más bien con racionalizaciones importantes), de la que la mayor parte de la población se beneficiaría. Porque el azúcar no es bueno, no solo jode el páncreas, aunque este es un tema que daría para otras entradas. En ese contexto, además, no necesitaría otros cuidados médicos: ya me dijo la endocrina que ni siquiera me recomendaba la metformina para mi vida cotidiana, aunque si quería volver a quedarme embarazada, no le parecía mal que la utilizara para mejorar mis posibilidades.

Lo que me molesta de esta situación, con lo que no termino de estar de acuerdo, es el hecho de que se me diagnostique de diabetes en vez de explicar mi cuadro a partir del SOP. Porque eso implica, de nuevo, volver a infravalorar ese diagnóstico y la propia enfermedad, seguir obviando sus consecuencias y dejar sin tratamiento muchos de los síntomas que conlleva. 

Mientras los médicos sigan considerando que el SOP es una enfermedad de gordas histéricas sin apenas consecuencias, las mujeres que lo sufrimos seguiremos viendo cómo nuestra calidad de vida disminuye y acaba derivando en enfermedades "serias" que podrían haberse evitado. La infertilidad, el sobrepeso, el acné, la alopecia y la depresión (que a mí me parece una consecuencia obvia de lo anterior) se seguirán valorando como achaques independientes sin ninguna gravedad, y cuando la falta de cuidados nos produzca diabetes de la chunga o problemas cardiovasculares, los médicos seguirán sin ver el cuadro completo y sin ofrecernos, por tanto, el tratamiento interdisciplinar que requerimos.

Así que lo que me importa ahora no es que me diagnostiquen o no de diabetes, sino saberme obligada a continuar, quién sabe durante cuánto tiempo, la desoladora batalla por el SOP.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Diabetes gestacional

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Nota mental: entregarme sin tardanza a los juegos de azar, 
porque está visto que ME TOCA TODO.

Que tenía bastantes boletos para la diabetes gestacional ya lo sabía, porque sufrir SOP ya implica una alteración en el metabolismo de la glucosa. Así que, cuando la matrona me avisó de que me iba a programar el famoso test O'Sullivan para el primer trimestre, después de haberle explicado que tomaba metformina y el motivo por el que lo hacía, me sentí aliviada y reconocida a un tiempo. Aunque fuera por parte de la misma matrona que, cinco minutos antes, me había aconsejado que me atiborrara de bollos porque necesitaba engordar muchos kilos.

El día de la prueba, que coincidió con el análisis del primer trimestre, la enfermera que supervisó cómo me tomaba el dichoso mejunje me bajó de la nube de un guantazo: "Sabes que tienes que hacerte la curva, ¿verdad? Hay varios motivos para mandarla en el primer trimestre... Tú... ¿cuántos años tenías?". La pregunta me humilló profundamente. No porque el protocolo a partir de los treinta y cinco sea hacer la curva antes, que me parece estupendo; sino porque yo creía que la matrona era sensible al SOP y a sus estragos, y resultó que no lo era.

Nota mental: los sanitarios sensibles al SOP y a sus estragos 
NO EXISTEN.

Al principio, llevé la prueba muy bien. Me dieron a elegir sabor y yo escogí el de limón. Estaba fresquito y rico y me lo bebí en un par de tragos. Luego volví a sentarme en la sala de espera, más contenta que unas castañuelas (y más inocente que el asa de un cubo).

A los diez minutos, claro, la cosa empezó a ponerse fea. Me entró una taquicardia que pensé que no lo contaba y unas ganas de vomitar el limoncito rico que casi no lo cuento. Lo peor fue que me pilló completamente de improviso, pues no me imaginaba que pudiera ocurrir de ese modo. Yo pensaba (¡ingenua de mí!) que el mejunje te daba asco al primer sorbo o no te daba; sobre otros efectos secundarios tipo taquicardia no había oído hablar en mi vida. Pero resulta que estas cosas pasan, tal y como pude comprobar en mis propias carnes.

A la media hora, afortunadamente, me recuperé, sin vómitos ni colapsos cardiacos de por medio. Esperamos al segundo pinchazo, desayuné tostadas con tomate y café con leche, y nos marchamos a casa. Ya en casa, pasadas tres horas de la ingesta del veneno (que otro nombre no merece el puto limón), otra vez jarana: una hipoglucemia a la altura de la hiperglucemia que me había provocado una taquicardia. Mareos, sudores fríos, temblores, atiborre de galletas repletas de azúcar (más veneno para el veneno) y una siesta-desmayo de la que pensé que no me despertaba.

Nos dieron los resultados el mismo día de la ecografía de las doce semanas. Y resultó que la curva había salido alterada: los 73 mg. de glucosa en ayunas se transformaron en 249 una hora después del envenenamiento consentido. Porque yo no soy de las que supera ligeramente el límite, no: ¡yo me quedé bien a gusto! Poca taquicardia me dio para la potencia letal que adquiere la glucosa en mi organismo...

—Hay que hacerte la curva larga —me dijo la ginecóloga, que había adornado el resultado con tres signos de admiración—. Aunque con estos valores... te volverá a salir alterada.

En aquel momento, lo de alterada o no alterada me daba bastante igual. Lo que realmente me acojonaba era tener que volver a enfrentarme al mejunje asesino. Si 50 g. de glucosa me habían puesto al borde del colapso, ¿qué no harían 100 g. ...?

Todavía en la semana doce, volvimos a la carga. Pedí otra vez el sabor limón, pero intenté tomármelo más despacio. Me sentía como Sócrates frente a la cicuta, pero sin un ápice de dignidad. La enfermera que me tocó, sin embargo, no se anduvo con chiquitas, y me metió toda la prisa que pudo, reloj en mano. Yo le expliqué que estaba asustada porque en la curva corta me había dado una taquicardia. Ella lo consultó con otra enfermera y me hicieron una prueba de glucosa "exprés" pinchándome en el dedo. El valor saldría bajo (mis glucemias en ayunas siempre son bajas), porque cuchichearon algo así como "Está bien" y me azuzaron para que terminara.

En cuanto me senté en la sala de espera, me puse a hacer respiraciones para intentar controlar la taquicardia. Y la verdad es que, entre que ya no me pillaba de sorpresa y que parecía que iba a dar a luz allí mismo, no lo pasé tan mal como la vez anterior. Eso no quiere decir, claro, que no notara mis venas palpitando como si se fueran a salir del brazo durante la media hora que me pasé apretándome el pinchazo (porque cortar el sangrado cuando llevas adiro es una odisea aparte).

Lo mejor llegó cuando, en pleno fragor de la batalla, se me sienta al lado un hombre que no olía precisamente a rosas. Semana doce, 100 g. de glucosa deseosos de escapar de mi estómago, una mano inutilizada y la otra ocupada en cortar el chorro de sangre que brotaba de mi brazo. Apoteósico.

Nota mental: si algo MÁS puede salir mal, SALDRÁ MAL, ¡seguro!

Finalmente, los hados debieron apiadarse de mi alma y logré aguantar el hedor sin vomitarme encima, hasta que el hombre se marchó adonde quiera que fuera. Segundo pinchazo, tercer pinchazo y cuarto pinchazo. Las enfermeras alucinaban porque no se me habían quedado moratones, pero yo ya estaba muy cansada de la vida para explicarles lo del adiro y la media hora apretando.

Lo que sí compartí con ellas fueron mis miedos a la hipoglucemia que se me venía encima. "Eso te pasaría porque la otra vez te irías sin desayunar". Claro. Embarazada, doblemente sangrada y en ayunas, y me voy a ir sin desayunar. Al final tuve que arreglar el asunto como buenamente supe, para variar, y me desayuné un café con todo el azucarillo (algo que hacía AÑOS que no probaba) y un cruasán hasta arriba de mermelada: una muerte dulce en toda regla. El caso es que funcionó, no solo para evitar la temida hipoglucemia, sino como grandiosa despedida del mundo azucarado. Porque sí, la curva larga también me salió alterada: 74-316-271-71. 

Diabética perdida, vaya.

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