domingo, 15 de octubre de 2017

La tripa crece (semanas 13 a 16)

Cuando salí de la tercera ecografía y comprendí lo que significaba enfrentarme a un mes completo sin tener noticias de nuestro pequeño, me planteé la posibilidad de comprar un doppler fetal. Era algo que ya había barajado antes, porque lo consideraba el equivalente a los test de embarazo tempranos: una especie de salvavidas para aquellas mujeres que nos enfrentamos al embarazo después de una o varias pérdidas.

Este uso concreto, el que permite monitorizar el bienestar fetal, es muy polémico. Pero yo, como en el caso de los test de embarazo, lo defiendo: porque el bienestar de la mujer gestante también debe ser una prioridad, y porque el sufrimiento que acarrea la incertidumbre no es ninguna broma. Tampoco animo a que se escuche el corazón del bebé a diario, igual que no me parece sano hacerse un test de embarazo cada vez que se va al baño. Pero entre eso y pasar semanas y meses "a pelo", creo que existe un equilibrio que merece la pena encontrar. 

En mi caso, sin embargo, terminé por considerarlo innecesario. Porque lo que yo no sabía cuando salí de la tercera ecografía es que mi tripa estaba a punto de empezar a crecer, y que lo haría a un ritmo suficiente como para permitirme reconectar con mi cuerpo y aprender a disfrutar, poco a poco, de la buena marcha de este embarazo:


Tampoco fue un proceso que tuviera lugar de un día para otro. Al principio, cada vez que me fotografiaba, buscaba en Internet imágenes de otras tripas del mismo tiempo que la mía para compararlas. Supongo que se trata de una inseguridad propia de embarazada primeriza un tanto psicótica, que desconoce lo que es normal o anormal en cualquier embarazo, y, sobre todo, en su propio cuerpo. Porque ahora entiendo que esto de las "formas" y los "tamaños" tiene más que ver con tu propia constitución y la de tu bebé que con el desarrollo "adecuado" o "inadecuado" del embarazo. En esas semanas, sin embargo, todo era nuevo para mí y el asunto me ponía un poco nerviosa.

Por otra parte, no todo ha sido un camino de rosas. Entre las semanas quince y dieciséis, sufrí una pequeña gran "crisis de confianza", que empezó cuando, una mañana, me levanté con la tripa mucho más plana de lo normal. En las fotos se aprecia ligeramente que, sobre todo en las semanas catorce y quince, iba muy redondita. Y, de pronto, ¡pluf!, se aplanó. Al hacerme la foto de las dieciséis semanas y compararla con las anteriores, me entraron los siete males, porque me parecía que había encogido. Yo intentaba ser razonable conmigo misma y me decía que, aun en el peor de los casos, la tripa podía dejar de crecer, pero no encogerse. Sin embargo, toda la lógica del mundo no pudo evitarme algunos días de pánico que, por fortuna, eran justamente los que quedaban para la siguiente ecografía.

¿Y qué había pasado? ¡Pues que el pequeño se había movido! Al menos desde la semana doce tenía la cabecita apoyada en mi abdomen, lo que le daba esa forma redondeada. Pero a finales de la semana quince, se giró completamente, hundiendo su cabeza en la parte baja de mi útero y dejando los piececitos hacia arriba. Por lo que, en cierto sentido, mi tripa sí que había encogido, pero no lo había hecho el bebé, que continuaba creciendo, aunque fuera desde una postura distinta.

Entiendo que esta "crisis" también es propia de la primeriza que todavía ignora que, cuando un bebé cambia de postura, el tamaño de la tripa varía ;)

Alguna locurilla más hubo por el camino, como cuando me entró la neura de que no fuera mi bebé lo que estuviera aumentando de tamaño, sino el hematoma que me vieron en la semana doce. Reconozco, no obstante, que fueron comeduras de tarro pasajeras, pues en estas semanas empecé a sentir que me había ganado de sobra el derecho a relajarme y disfrutar de aquello por lo que tanto había luchado. ¡Casi nada! 


jueves, 12 de octubre de 2017

Morados

Resultado de imagen de morado

Cuando recuerdo con qué alivio, incluso con qué orgullo, hablaba sobre mis diez primeros pinchazos de heparina, no puedo más que sonreír desde la experiencia. ¡Qué ingenua era! ¡Qué pronto canté victoria, sin adivinar la que se me venía encima...!

Los primeros pinchazos de heparina son fáciles; y evitar los moratones subsecuentes, también. Porque la tripa pre-heparina es un terreno "virgen" donde hincar la aguja con libertad y mucho margen. Pero cuando empiezas a acumular cajas y cajas de inyecciones, el panorama cambia, haciendo realidad tus peores pesadillas.

He aquí un poco de lo que yo he descubierto hasta ahora:

1. Una tripa morada puede ser producto de un solo pinchazo. Cuando yo veía esas imágenes terribles por Internet, esas en las que media tripa está teñida de un color cercano al negro, pensaba: "Pero, ¿¿qué se ha hecho?? ¿Cómo se pincha así cada día?". Desgraciadamente, he comprobado en mis propias carnes que basta un mal pinchazo para dejarte la mitad del abdomen fuera de juego. Los morados de heparina no son de este mundo. Un solo error y ¡zas! se te queda la barriga como si acabaras de pasar la prueba de ingreso en una banda de maleantes. Y no solo es el color, no: lo peor es cómo duelen. Parece que te han pegado con un bate de béisbol y duele como si te hubieran pegado con un bate de béisbol. O, al menos, como yo imagino que debe de doler.

domingo, 8 de octubre de 2017

Tiempo de compartir

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En un principio, pretendía hacerme pasar por una embarazada normal y no dar la noticia de mi embarazo hasta la semana doce, como se suele decir, "por precaución". Pero lo cierto es que la fecha llegó y pasó y yo seguía sintiendo el mismo vértigo ante la posibilidad de anunciarlo, el mismo miedo paralizante que había sentido al contarlo en cualquier otra semana anterior. Así que el plan de fingirse normal y gritarlo a los cuatro vientos una vez superada la ecografía no fue posible. 

Lo que me hizo espabilar (y comprender que los miedos naturales de abortadora recurrente se me estaban quedando enquistados) fue el obvio, evidente e insoslayable crecimiento de mi tripa. Acostumbrada a vivir mis embarazos en la clandestinidad, el hecho de que este amenazara con anunciarse solo acabó con todo el margen de maniobra del que pretendía disfrutar. ¡Los embarazos no pueden ocultarse para siempre! ¡Tenía que empezar a decirlo!

Y empecé. Y cada vez que lo hacía (cada vez que lo hago, de hecho) sentía que estaba firmando una sentencia de muerte. El terror y la tristeza se apoderaban de mi mirada y, más que anunciar la llegada de una nueva vida, parecía que estaba dándome el pésame a mí misma. Este suplicio, afortunadamente, ha sido solo una parte del proceso. Porque enseguida aparecía la alegría incontenible de quien recibía la noticia para rescatarme cuando más lo necesitaba. 

No siempre era la primera emoción que surgía: también ha habido mucha sorpresa, disfrazada a veces de incredulidad. No han sido ni una ni dos las personas que han tardado en reaccionar, soltando alguna frase de compromiso mientras su mirada se perdía en el horizonte de las cábalas. Pero, al final, siempre ha llegado la sonrisa, el abrazo, los aspavientos contenidos, incluso el llanto. 

Yo no sabía que dar la noticia de un embarazo podía ser así (¡cómo iba a saberlo!). Parece como si hubiera encontrado las palabras mágicas que abren las compuertas del cariño y todo el amor, el consuelo, la confianza, el reconocimiento que durante mucho tiempo no he recibido o que mis interlocutores no han terminado de saber expresar, ha escapado para arroparme y hacerme sentir que, esta vez sí, la Vida me sonríe sin dobleces. Resulta abrumador y extraño a un tiempo, pero también me está ayudando a reconciliarme con mi experiencia.

Poco a poco me voy dejando embargar por una calma desconocida: la tranquilidad de saber que nuestro bebé será muy bien recibido, que se sentirá colmado de besos y abrazos y juegos y cuidados. Ya no somos solo nosotras quienes soñamos con su llegada, quienes planeamos amarlo y cuidarlo, quienes deseamos conocerlo y estar con él. Son muchas más las personas que también lo esperan, que ya le han hecho un hueco en su vida y en sus planes, contando con su presencia para dentro de unos pocos meses.

Y a veces siento que, solo por eso, solo por esa inmensa red de brazos que esperan para acunarlo, este bebé sabrá recorrer el camino que le falta, podrá resistirse a las trampas de mi cuerpo... y nacerá.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Diabetes gestacional

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Nota mental: entregarme sin tardanza a los juegos de azar, 
porque está visto que ME TOCA TODO.

Que tenía bastantes boletos para la diabetes gestacional ya lo sabía, porque sufrir SOP ya implica una alteración en el metabolismo de la glucosa. Así que, cuando la matrona me avisó de que me iba a programar el famoso test O'Sullivan para el primer trimestre, después de haberle explicado que tomaba metformina y el motivo por el que lo hacía, me sentí aliviada y reconocida a un tiempo. Aunque fuera por parte de la misma matrona que, cinco minutos antes, me había aconsejado que me atiborrara de bollos porque necesitaba engordar muchos kilos.

El día de la prueba, que coincidió con el análisis del primer trimestre, la enfermera que supervisó cómo me tomaba el dichoso mejunje me bajó de la nube de un guantazo: "Sabes que tienes que hacerte la curva, ¿verdad? Hay varios motivos para mandarla en el primer trimestre... Tú... ¿cuántos años tenías?". La pregunta me humilló profundamente. No porque el protocolo a partir de los treinta y cinco sea hacer la curva antes, que me parece estupendo; sino porque yo creía que la matrona era sensible al SOP y a sus estragos, y resultó que no lo era.

Nota mental: los sanitarios sensibles al SOP y a sus estragos 
NO EXISTEN.

Al principio, llevé la prueba muy bien. Me dieron a elegir sabor y yo escogí el de limón. Estaba fresquito y rico y me lo bebí en un par de tragos. Luego volví a sentarme en la sala de espera, más contenta que unas castañuelas (y más inocente que el asa de un cubo).

A los diez minutos, claro, la cosa empezó a ponerse fea. Me entró una taquicardia que pensé que no lo contaba y unas ganas de vomitar el limoncito rico que casi no lo cuento. Lo peor fue que me pilló completamente de improviso, pues no me imaginaba que pudiera ocurrir de ese modo. Yo pensaba (¡ingenua de mí!) que el mejunje te daba asco al primer sorbo o no te daba; sobre otros efectos secundarios tipo taquicardia no había oído hablar en mi vida. Pero resulta que estas cosas pasan, tal y como pude comprobar en mis propias carnes.

A la media hora, afortunadamente, me recuperé, sin vómitos ni colapsos cardiacos de por medio. Esperamos al segundo pinchazo, desayuné tostadas con tomate y café con leche, y nos marchamos a casa. Ya en casa, pasadas tres horas de la ingesta del veneno (que otro nombre no merece el puto limón), otra vez jarana: una hipoglucemia a la altura de la hiperglucemia que me había provocado una taquicardia. Mareos, sudores fríos, temblores, atiborre de galletas repletas de azúcar (más veneno para el veneno) y una siesta-desmayo de la que pensé que no me despertaba.

Nos dieron los resultados el mismo día de la ecografía de las doce semanas. Y resultó que la curva había salido alterada: los 73 mg. de glucosa en ayunas se transformaron en 249 una hora después del envenenamiento consentido. Porque yo no soy de las que supera ligeramente el límite, no: ¡yo me quedé bien a gusto! Poca taquicardia me dio para la potencia letal que adquiere la glucosa en mi organismo...

—Hay que hacerte la curva larga —me dijo la ginecóloga, que había adornado el resultado con tres signos de admiración—. Aunque con estos valores... te volverá a salir alterada.

En aquel momento, lo de alterada o no alterada me daba bastante igual. Lo que realmente me acojonaba era tener que volver a enfrentarme al mejunje asesino. Si 50 g. de glucosa me habían puesto al borde del colapso, ¿qué no harían 100 g. ...?

Todavía en la semana doce, volvimos a la carga. Pedí otra vez el sabor limón, pero intenté tomármelo más despacio. Me sentía como Sócrates frente a la cicuta, pero sin un ápice de dignidad. La enfermera que me tocó, sin embargo, no se anduvo con chiquitas, y me metió toda la prisa que pudo, reloj en mano. Yo le expliqué que estaba asustada porque en la curva corta me había dado una taquicardia. Ella lo consultó con otra enfermera y me hicieron una prueba de glucosa "exprés" pinchándome en el dedo. El valor saldría bajo (mis glucemias en ayunas siempre son bajas), porque cuchichearon algo así como "Está bien" y me azuzaron para que terminara.

En cuanto me senté en la sala de espera, me puse a hacer respiraciones para intentar controlar la taquicardia. Y la verdad es que, entre que ya no me pillaba de sorpresa y que parecía que iba a dar a luz allí mismo, no lo pasé tan mal como la vez anterior. Eso no quiere decir, claro, que no notara mis venas palpitando como si se fueran a salir del brazo durante la media hora que me pasé apretándome el pinchazo (porque cortar el sangrado cuando llevas adiro es una odisea aparte).

Lo mejor llegó cuando, en pleno fragor de la batalla, se me sienta al lado un hombre que no olía precisamente a rosas. Semana doce, 100 g. de glucosa deseosos de escapar de mi estómago, una mano inutilizada y la otra ocupada en cortar el chorro de sangre que brotaba de mi brazo. Apoteósico.

Nota mental: si algo MÁS puede salir mal, SALDRÁ MAL, ¡seguro!

Finalmente, los hados debieron apiadarse de mi alma y logré aguantar el hedor sin vomitarme encima, hasta que el hombre se marchó adonde quiera que fuera. Segundo pinchazo, tercer pinchazo y cuarto pinchazo. Las enfermeras alucinaban porque no se me habían quedado moratones, pero yo ya estaba muy cansada de la vida para explicarles lo del adiro y la media hora apretando.

Lo que sí compartí con ellas fueron mis miedos a la hipoglucemia que se me venía encima. "Eso te pasaría porque la otra vez te irías sin desayunar". Claro. Embarazada, doblemente sangrada y en ayunas, y me voy a ir sin desayunar. Al final tuve que arreglar el asunto como buenamente supe, para variar, y me desayuné un café con todo el azucarillo (algo que hacía AÑOS que no probaba) y un cruasán hasta arriba de mermelada: una muerte dulce en toda regla. El caso es que funcionó, no solo para evitar la temida hipoglucemia, sino como grandiosa despedida del mundo azucarado. Porque sí, la curva larga también me salió alterada: 74-316-271-71. 

Diabética perdida, vaya.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Se van las náuseas

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A medida que avanzamos por el segundo trimestre, se va afianzando un síntoma clásico del embarazo: la desaparición de las náuseas.

Reconozco que no daba un duro por ello. Tengo alguna amiga con SOP que ha sufrido náuseas hasta el tercer trimestre, aun estando permanentemente medicada, y me imaginaba que a mí también me tocaría algo parecido. Pero no: cumpliendo un calendario de libro, según hemos ido dejando atrás la semana doce, también se han ido disipando las náuseas.

Ahora mismo solo me queda una especie de "naúseas nerviosas": cuando me tengo que enfrentar a alguna prueba (ya sea médica o "vital", como dar la noticia de mi embarazo), vuelvo a sufrirlas durante horas. Pero tengo claro que están ligadas a un estado emocional alterado, y no a la alteración hormonal a la que, contra todo pronóstico, mi cuerpo parece haberse acostumbrado.

Y es curioso. Porque, aunque las náuseas son un síntoma de embarazo desagradable, cuando miro hacia atrás y recuerdo la "aventura" que hemos vivido juntas, me invade una fuerte sensación de nostalgia.

viernes, 15 de septiembre de 2017

La tripa crece (semanas 9 a 12)

En este embarazo, como en los anteriores, he tenido mucha tripa desde el principio. Su origen no está, evidentemente, en el tamaño de los embriones, sino en el Síndrome de Hiperestimulación Ovárica (SHO) que sufro. Esta reacción de mi cuerpo ante la hormona del embarazo (HCG) hace que, durante toda la betaespera y la mayor parte del primer trimestre de embarazo, me vaya a la cama cada día con una tripa de unos cuatro o cinco meses.

En esta ocasión pasé la primera mitad de la betaespera, cuando mi cuerpo se encuentra bajo los efectos de la HCG sintética que lleva la inyección rompefolis, con una hinchazón moderada, que apenas me molestaba hasta la noche. La verdad es que, antes del tratamiento, estuve leyendo muchísimo sobre cómo minimizar el SHO, puesto que una de sus consecuencias es elevar la coagulación sanguínea, que es lo que me faltaba para hacer un pleno al quince. Así que, nada más pincharme la HCG, me puse manos a la obra con mi plan de choque, que incluía un par de tés rojos al día (el mejor diurético que conozco), bebidas isotónicas sin azúcar (este detalle es importante cuando se tiene SOP) como fuente de hidratación principal y una dieta rica en proteínas. 

Cualquiera que me lea pensará: "¿Pero no hacías eso en los otros tratamientos? ¿No es eso lo que hace todo el mundo?". Y yo tendré que confesar que no, que desde la segunda FIV mandé las bebidas isotónicas a freír monas y me pasé todas las precauciones contra el SHO por el arco del triunfo. Porque me parecían supercherías que ya no soportaba, porque no creía que tuvieran nada que ver con que los embriones se implantaran o se dejaran de implantar y porque, bueno, el SHO convierte tu cuerpo en un test de embarazo con patas. Y, para un privilegio que me otorgan mis achaques, quería disfrutarlo. 

Esta vez, sin embargo, cuando leyendo sobre trombofilias me encontré con el SHO como un agravante que, por sí mismo, ya recomendaba la administración de heparina... se me quitó la tontería. Así que volví a convertirme en una betaesperante responsable y puse todo de mi parte para no terminar de fastidiar una situación que ya estaba bastante fastidiada. Afortunadamente, puedo asegurar que mi plan de choque fue efectivo, pues, como digo, durante la primera mitad de la betaespera apenas me hinché. Aunque creo que haber tenido la coagulación más controlada gracias al combo adiro+heparina seguramente tuvo que algo que ver.

A pesar de mis precauciones, dos días después de la transferencia... ¡baboom! Mi tripa volvió a hincharse desde primera hora de la tarde y yo empecé a sospechar que dentro de mi cuerpo había una nueva fuente de HCG haciendo de las suyas. Tengo que decir que la hinchazón que provoca el SHO es muy característica, pues se nota especialmente a la altura del estómago, no en la parte baja del abdomen; casi casi parece que tienes la tripa al revés. Además, se pone bastante dura, con la piel tirante, y es molesta. Con esto quiero decir que se trata de una hinchazón muy diferente a la que provoca la progesterona, siempre en la parte baja del abdomen y muy similar al síndrome premenstrual. 

Y sí, tener señales de tu embarazo dos días después de la transferencia, mucho antes de que cualquier test pueda darte positivo, es una pasada (y me convierte en una persona odiosa, lo sé). Por eso estaba tan enganchada al SHO en las tres betaesperas anteriores que no quería minimizarlo, sino todo lo contrario. Y por eso la última betaespera fue tan tranquila: todavía no sabía cómo iba a desarrollarse el embarazo, pero tenía la confianza de que había empezado bien.

El caso es que, después del positivo y a medida que el embarazo avanzaba, empecé a pensar en hacerme las típicas fotos que muestran cómo crece la tripa semana a semana. El problema es que captar la tripa de embarazo sin las interferencias del SHO era muy complicado porque, según aumentaba la HCG, me iba hinchando durante más tiempo cada día, empezando tras el desayuno y llegando incluso a levantarme hinchada por la mañana. 

Al final, encontré una "ventana" de no-hinchazón justo después del pinchazo mañanero de heparina  (que relaja bastante la tripa) y el desayuno. Así fue cómo, con Alma todavía restregándose las legañas y yo a medio peinar, empezamos a hacer las fotos que documentan cómo crece nuestro pequeño "por fuera".

Aquí van las cuatro primeras :)

domingo, 10 de septiembre de 2017

De cribados, donantes y burocracias

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Tras la primera visita a la matrona, nos programaron lo que en nuestro hospital llaman la "rueda obstétrica" del primer trimestre: analítica, ecografía y nueva visita a la matrona. Así que, estando de nueve semanas, me hice los análisis que permiten completar después el denominado "cribado" del primer trimestre. En la Comunidad de Madrid, este cribado informa del porcentaje de probabilidades de que el feto presente la trisomía 21 (Síndrome de Down) o la trisomía 18 (Síndrome de Edwards).


Los resultados del cribado nos los dieron el mismo día de la ecografía de las doce semanas, cuando recogieron los datos morfológicos necesarios (longitud céfalo-caudal, medida de la traslucencia nucal, presencia de hueso nasal y flujo sanguíneo en el ductus venoso). Para completar el cribado, además, necesitaban conocer la edad de la madre; pero, como en nuestro caso se trata de una adopción de embriones, la edad que se tiene en cuenta es la de la donante, no la mía. Por ello, entregamos a la ginecóloga el informe con los datos de los donantes que nos habían dado en la clínica

Lo que vino después me hizo darme cuenta de que, aunque los médicos estén más o menos familiarizados con las diferentes técnicas de reproducción asistida, el sistema, en sí mismo, no reconoce nuestra diversidad.

martes, 5 de septiembre de 2017

Un libro muy especial

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Como he explicado alguna vez, no creo en Dios ni en el Destino, pienso que la existencia es un caos absurdo y que si mañana todo nuestro sistema solar explotara, el resto del Universo ni lo notaría. Por incoherente que pueda sonar lo que voy a decir, eso no implica que no sea capaz de acoger lo extraordinario en mi experiencia cotidiana, que no sea capaz de agradecer las pequeñas y grandes palmaditas que la Vida me da en la espalda, que no celebre los "detalles" como "señales" de que transito un hermoso camino lleno de significado. Pensamiento paradójico, dicen que se llama.

Hace poco tuve una de esas experiencias que te devuelven algún tipo de esperanza existencial, y la tuve gracias a la manera tan inesperada en que me llegó el libro de la imagen: Qué se puede esperar cuando se está esperando.

Lo conocía, claro. Supongo que cualquiera que lleve algún tiempo en este mundillo de la maternidad ha oído hablar sobre él. Recuerdo incluso una Feria del Libro, hace algunos años, en que lo sostuve en mis manos, pero no me atreví a comprarlo. Así que, de una manera inconsciente, formaba parte de las chorrocientas espinitas que se me han ido clavando durante todos estos años de maternidad frustrada. Y no parecía estar en la lista de las que iban a desclavarse en breve.

Pero entonces llegó Huro, del blog Pasito a Paso, y me dijo que quería regalármelo. Así, de pronto, como un soplo de viento fresco tras un día caluroso. Su ofrecimiento me hizo sentir muy especial, la verdad. Y no pude resistirme a interpretarlo como una de esas palmaditas vitales que tanta falta me hacen: "Venga, anímate, que a partir de ahora todo va a ir bien".

Conocerla también formó parte de la experiencia. No era la primera vez que quedaba con alguien de Internet ni que descubría la cantidad de cosas que se pueden tener en común con una persona que, hasta ese momento, me era casi desconocida. Pero creo que nunca dejaré de sorprenderme y emocionarme con esa clase de encuentros. Porque sí, Huro y yo tenemos muchas cosas en común, cosas que pudimos compartir en una conversación agradable y fluida como a veces no soy capaz de compartirlas con las personas más cercanas.

Así que gracias, muchas gracias, amiga, por tu generosidad, tu apertura y tu simpatía. Valoro el haberte conocido como un regalo muy especial y me alegro de que sigamos en contacto. Tan solo lamento estar pasando un momento tan intenso emocionalmente, tan lleno de altibajos que no siempre me permiten disfrutar de todo lo bueno que me está sucediendo ni corresponder las atenciones que recibo. Soy consciente de ello, así que, por lo menos, quería encontrar el momento y el lugar para dedicarte estas palabras :D

Sobre el libro, puedo decir que realmente es la "Biblia" de la embarazada. Contiene tantísima información que, en ocasiones, resulta abrumadora. Por eso creo que no es de esos libros que se pueden leer como una novela, de la primera a la última página, sino que más bien es un libro de consulta, de los que se leen de manera fragmentaria, según qué nos vaya interesando en cada momento o cómo nos sintamos. 

Y es verdad, como dicen algunas reseñas, que gran parte de la información que contiene se puede encontrar en Internet; pero también lo es que un libro como este te da una confianza que no siempre te ofrecen la Red, aparte de incluir muchos detalles que no son tan fáciles de encontrar. Llamadme antigua, además, pero leer en papel, para mí, constituye un placer que las pantallas todavía no han logrado igualar.

No quise quedar con Huro hasta que no pasamos la ecografía de las doce semanas. Sentía que ese momento iba a marcar un antes y un después en mi embarazo, y, de hecho, así ha sido. Desde entonces, mi vida se ha llenado de acontecimientos maravillosos, pero la llegada de este libro tuvo el honor de ser uno de los primeros :)

viernes, 25 de agosto de 2017

La ecografía de las doce semanas

Esta vez tuvimos que esperar cuatro semanas para volver a ver a nuestro pequeño. ¡Una auténtica ecoespera, y no la semana escasa que pasamos entre la beta y la primera ecografía...! La verdad es que no sabía cómo iba a ser capaz de sobrevivir tanto tiempo sin noticias del embarazo, y después de pasarlo, solo puedo decir que me he tirado casi un mes conteniendo la respiración.

Al principio empezamos con fuerza. Todas las ecografías habían salido muy bien, y la tercera, especialmente, nos había llenado de confianza. Pero el palo de los análisis de Inmunología fue difícil de superar, sobre todo para mí. No obstante, con el paso de los días y un par de entradas para el blog (!), conseguí racionalizar la experiencia y recuperar la calma. El hecho de que, además, hubiera dejado la progesterona sin ningún sangrado, también me ayudó a no perder la cabeza. Y aunque hubo alguna crisis de síntomas antes de que llegara la gran fecha, en general puedo decir que pasamos los últimos días con bastante dignidad.

A pesar de ello, reconozco que seguía sin querer hablar del embarazo. A veces me planteaba, no obstante, hasta qué punto había convertido la ecografía de las doce semanas en un fetiche. ¿Acaso estaba en tanto peligro durante las semanas previas, especialmente después de la ecografía de las ocho semanas? Y lo que es casi más importante, ¿podía estar segura de que todo iba a ir bien después de esta ecografía? ¿Quién me aseguraba que todo el peligro habría pasado y que el embarazo se desarrollaría sin sobresaltos? En realidad, entendía que mi obsesión con esta fecha no obedecía a la racionalidad, pero ya era demasiado tarde para recoger todas las emociones que había volcado en ella.

El día D, sin embargo, fue harina de otro costal. Me puse tan nerviosa que, cuando la enfermera me tomó la tensión, me salió 14/8. "¿Estás nerviosa?", me preguntó. A mí me dieron ganas de responderle: "Nerviosa no, hija. ¡Estoy al borde del colapso...!". Durante la entrevista con la ginecóloga, no di pie con bola, presa como estaba de un efecto túnel de los gordos:

–¿Estás medicada?
–Sí.
–¿Y qué tomas?
–Eh... Eh...
–...
–Heparina... Ehhh...

Tardé mil años en recitar la lista de medicamentos y aun se me olvidaron algunos. Menos mal que en el informe de Inmunología venían casi todos y la doctora pudo completarla. Lo peor llegó con las preguntas de siempre, claro:

–¿Es tu primer embarazo?
–Sí.
–... –Alma dándome algunos segundos para ver si era capaz de reaccionar...
–...
–...
–¡Ay, no, no, no! Antes de este, tuve tres abortos.
–O sea, que es tu cuarto embarazo, ¿no?
–... –la galaxia entera dando vueltas sobre mi cabeza....
–...
–Sí...

Creo que, con esa respuesta, tanto la ginecóloga como la enfermera comprendieron mi estado de catatonia profunda. Así que no retrasaron más el momento de pasar a la camilla. Para mi alegría, la ecografía fue abdominal; aunque puedo asegurar que, a esas alturas, ya me daba igual lo que me hicieran: solo quería que me dijeran si el pequeño estaba bien.

La verdad es que las instalaciones de este hospital están fenomenal, lo que quizá sea una de las pocas ventajas que tenga acudir a un hospital nuevo. Así, mientras la ginecóloga hacía su trabajo en el monitor del ecógrafo, nosotras podíamos ver la misma imagen en una pantalla más grande que teníamos enfrente. Creo que, de no haber sido así, no habría aguantado la exploración sin desmayarme (!).

Por suerte, en cuanto vi aparecer una cabecita de bebé en la pantalla, entendí que nuestro pequeño había crecido mucho y que, seguramente, estaba bien. No diré que me relajé, porque eso sería decir demasiado; pero sí que el nudo en mi garganta se aflojó y pude disfrutar del espectáculo. El cual, por cierto, fue bastante largo, porque el pequeño estaba dormido (en ese estado fetal que se parece al sueño) y costó bastante que se moviera para poder hacerle las mediciones.

sábado, 19 de agosto de 2017

La espera agridulce

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Hace unos días, llevada por la intuición, abrí de nuevo Las voces olvidadas, un libro que ha sabido acompañarme y darme el consuelo que necesitaba en muchos de los momentos dolorosos que he atravesado a lo largo de estos últimos años. Recordaba que tenía un capítulo dedicado a la experiencia del embarazo después de una o varias pérdidas, y sentía que necesitaba leerlo.

La primera parte del capítulo, dedicada a las emociones de las mujeres que nos enfrentamos a esta experiencia, se titula "La espera agridulce". El título en sí mismo ya es un gran acierto, y las palabras que lo siguen, también. Releerlas me llenó de lágrimas, pero también de un profundo e intenso alivio. Vuelvo a comprender que no estoy loca, que no me enfrento sola a esta situación, que somos muchas quienes la hemos padecido, que debemos alzar nuestras voces para ser reconocidas y respetadas. 

La nueva gestación tras la pérdida [...] es una situación que va a suponer un desgaste físico y emocional muy importante. [...] El miedo es paralizante. Sentir que puede volver a ocurrir es aterrador. Es una prueba de resistencia [...], una maratón psíquica. Se ha perdido la inocencia de la espera para siempre. Pero tenemos una buena noticia: no todo el tiempo se vive en esta angustia. Hay treguas. Hay ratos de paz, de sosiego, de ilusión y de esperanza renovada. Como en una montaña rusa, la angustia vuelve. ¡Cuántas veces la mamá piensa que se habrá vuelto loca: por las supersticiones, por la hipervigilancia extrema...! [...] Un embarazo tras pérdida es así: saberlo y aceptarlo es mucho mejor, porque la angustia de pensar que este estado afecta negativamente al nuevo bebé asalta a menudo y acrecienta el padecimiento.

Me gusta la manera en que se expresan en esta obra, sin edulcorantes, sin juicios. No se recrean en el dolor, pero tampoco lo eluden: "Un embarazo tras pérdida es así". Me encantaría que todo el mundo lo supiera, para que, cuando algunas mujeres vivimos una buena parte del embarazo asustadas, lloramos de puro miedo sin causa aparente, o incluso parece que perdemos el contacto con la realidad; quienes nos rodean pudieran comprender que se trata de la actitud normal tras una (o varias) experiencias traumáticas. 

Para que pudiéramos sentirnos acogidas y respetadas, para que no tuviéramos que enfrentarnos a la vergüenza de sentirnos débiles y tristes cuando los demás opinan que deberíamos sentirnos alegres y empoderadas. Y, sobre todo, para que nadie nos dijera, con la mejor de las intenciones, que nos relajemos, que no hay ningún peligro, que todo va fenomenal; porque no estamos locas, nuestros cuerpos han sufrido una herida (o varias) y la única manera de sanarla es atravesando el dolor, no ignorándolo. Aunque el embarazo actual se desarrolle de manera perfecta, antes ha habido otros que no lo han hecho: los demás pueden haber aprendido a obviarlos, pero nosotras no podemos.

Son muchos los párrafos de este libro que yo misma podría haber firmado, párrafos en los que se describen situaciones muy concretas y que me hacen sentir menos sola en esta experiencia:

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