sábado, 19 de enero de 2019

Escalofríos


Hace unos días me llamaron de la clínica. Querían recabar los datos perinatales del embarazo: si había llegado al parto, cómo había nacido mi hija, si habíamos tenido algún problema de salud, etc. Me lo preguntaron todo de manera muy amable y prudente, pero fue precisamente ese exceso de tacto lo que hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda.

Cada vez que me tocaba enfrentarme a un nuevo negativo o a un aborto (y fueron nueve veces en total), siempre imaginaba que mi vida se escindía y que, en un universo paralelo, todo salía bien y mi hijo nacía. En algún lugar, imaginaba, esa persona que no era yo disfrutaba de mi sueño hecho realidad.

El otro día, mientras hablaba por teléfono, me di cuenta de que por fin soy esa persona. Y un escalofrío volvió a sacudir mi cuerpo cuando pensé que, en otra vida, una yo que no soy yo recibió un nuevo negativo, sufrió otro aborto. Y tuvo que seguir adelante en un mundo donde mi hija no existe.

El velo que separa ambas realidades es tan fino... Un solo error, un simple acierto, puede llevarte a caer de uno u otro lado. Apenas un detalle que, sin embargo, da origen a todo un universo, porque esa pequeña diferencia es la vida de nuestros hijos. Unos hijos que, durante muchísimo tiempo, solo pudieron poblar nuestra imaginación, hasta que el pequeño gran milagro al que le debemos su vida permitió que por fin se encarnaran.

domingo, 13 de enero de 2019

La reunión informativa


Se me agolpan tantas emociones cuando toco el tema de la adopción que, aunque escribí con muchas ganas esta entrada para explicar cómo viví la reunión informativa, he retrasado una y otra vez su publicación para seguir buscando las palabras que mejor expresen lo que sentí.

Empezaré por el principio. Habíamos planeado cuidadosamente el itinerario porque la Dirección General de la Familia y el Menor (actual IMMF) nos pillaba muy lejos de casa. Había que coger mucho transporte público y había que andar por calles que, al menos yo, no controlaba para nada. Además, cualquier intento de salir de casa las tres a la vez nos puede llevar toda una mañana, así que la noche anterior dejamos todo preparado y madrugamos un montón para ser capaces de llegar puntuales.

El plan era muy bonito, pero la realidad fue ligeramente distinta. Para empezar, yo me dormí más de veinte minutos después de apagar el despertador, algo que no me suele pasar nunca; en vez de meterme corriendo en la ducha, tuve que dar de mamar a la niña mientras Alma ocupaba mi puesto; y acabé desayunando cualquier cosa de pie frente al frigorífico. A pesar de todo ello, conseguimos salir de casa con solo cinco minutos de retraso.

Una vez en el metro, Alma respiró tranquila. Yo no. Yo seguí con un nudo en el estómago durante todo el camino, mirando el reloj compulsivamente cada cinco minutos, hasta que nos plantamos en la puerta del centro con quince minutos de antelación. 

Era la primera vez que lo pisábamos, pero intenté hacerlo mío desde el principio. Como si de una clínica de reproducción asistida o de un hospital se tratara, sabía que volveríamos muchas veces a aquel edificio, y que, si todo iba como planeábamos, algún día saldríamos de allí con nuestro hijo (!).

Junto a la puerta había una cola para pasar por un arco de seguridad. Sé que se trata de un edificio oficial, pero reconozco que me sorprendieron tantísimas precauciones. Antes de cruzar el arco, tuvimos que explicar para qué íbamos. "Venimos a la reunión informativa de adopción nacional". Mi propia voz me sonó extraña, como salida de un sueño, y reconozco que por un momento pensé que nos dirían algo así como: "Pero si no hay ninguna reunión convocada" o "Pero si eso no es aquí, sino en la otra punta de Madrid". Evidentemente, no fue así. Y entramos.

Llegamos entonces a un mostrador de información. Nos pidieron que firmásemos en unas hojas de control. Yo empecé a pasar folios sin encontrar nuestros nombres, diciéndole a Alma: "No nos veo, no nos veo", y pensando: "Ahora no estamos, verás; ahora nos dicen que ha sido todo un error". Pero no lo era: nuestros nombres estaban casi al final de la lista porque, como bien sabemos, hemos entrado en esta convocatoria muy por los pelos.

Cuando les devolví las hojas, me alcanzaron una carpeta. "Y esto es vuestro", me dijeron. A mí me empezaron a temblar las manos: me había bastado un solo vistazo para ver escrito "Adopción nacional" sobre un mosaico que representaba unos niños. Y no pude volverlo a mirar. Solo me alcanzó el ánimo para sentarme en la sala de espera y aguantarme las lágrimas, concentrada en un punto invisible sobre el horizonte y pensando que era el ser más ridículo de la galaxia.

No era solo por estarlo viviendo. Era porque allí, en un edificio real, con una reunión real, una hoja de firmas real y una carpeta real, entendí que aquello iba de niños reales. Más allá del hilo rojo, aquello iba de desamparo, de familias rotas, de nuevas familias. Me cuesta encontrar las palabras para explicar cómo, pero sé que en ese momento, de manera puramente emocional, empecé a entenderlo.

Por suerte, apenas habían pasado unos minutos cuando una mujer muy amable nos condujo a la sala de reuniones. Yo me sorbí los mocos de golpe y nos subimos en el ascensor. La reunión empezó un poco más tarde, porque el ponente decidió dar unos minutos de cortesía para algunas familias que, aun habiendo confirmado su asistencia a la reunión, nunca se presentarían.

Durante la reunión nos explicaron todos los entresijos del proceso. Me gustaría dedicarles una entrada aparte, porque la adopción nacional es diferente a la internacional, que es la más se suele conocer, y también lo son sus condiciones y sus tiempos. Además, lo que a mí me dejó catatónica durante días fue toda la información que nos dieron sobre las madres biológicas y sus bebés.

jueves, 3 de enero de 2019

SÍ SE PUEDE, pero...

Quería empezar el año con esta entrada, con un SÍ SE PUEDE bien grande, lleno de ánimos y esperanza, dedicado con todo mi cariño a quienes estrenan el 2019 inmersos en esa devastadora experiencia que es la lucha contra la infertilidad.

El título no es aleatorio, ni una frase hecha tan bienintencionada como falsa. Es algo de lo que estoy profundamente convencida, algo que he ido entendiendo a lo largo de los muchos años en que he librado mi propia batalla. SÍ SE PUEDE, con letras luminosas, gigantes. Y un "pero" pequeñito, pero un "pero" al fin y al cabo.

SÍ SE PUEDE, pero...

... no será cuando tú quieras. Creo que esta es la primera lección que nos enseña la infertilidad: para algunas personas, la planificación familiar no es más que un chiste de mal gusto. Cuando esta desgracia te atraviesa, no hay nada que puedas planificar, aunque te pases días y días, noches y noches haciendo cálculos. No serás madre a la edad que deseabas, tu hijo o hija no llegará cuando calculas. Olvidarse del tiempo, relativizarlo al menos, es una de las peleas más arduas, pero solo con esa victoria lograrás cierta paz. Y, en la guerra contra la infertilidad, vas a necesitar toda la paz que consigas reunir.

... no será porque tú quieras. Lograr un embarazo pese a la infertilidad no es solo cuestión de voluntad. Por mucho que te empeñes, esas condiciones que te impiden quedarte embarazada como deseas no van a desaparecer. Ni siquiera aunque te vayas de vacaciones al Caribe para relajarte. Hacen falta buenos médicos, mejores diagnósticos, más medicación de la que te gustaría e incluso cirugía. El hecho de que de vez en cuando se produzca un milagro no implica que el milagro vaya a ser el tuyo. Mejor concentrar la energía en obtener la atención sanitaria que necesitas  (todo un logro en sí mismo) que en permanecer en un estado de concentración imposible que solo te va a hacer sentir más angustiada y culpable.

... no será como tú quieras. Nadie desea la reproducción asistida, pero algunas personas la necesitamos. Seguir adelante implica todo un rosario de renuncias que pueden hacer que te cuestiones tu propio deseo de maternidad. Con esto no quiero decir que solo quien es capaz de renunciar "merece" tener hijos. Eso sería una soberana estupidez. Lo que quiero decir es que, por más que nos engañemos, algunos no podemos tener hijos como los demás. Punto. No hay paliativos posibles. Así que nos toca dejar ir la fantasía de que podría ser siquiera parecido y, a partir de ahí, atrevernos a escribir nuestra propia historia. 

En ella puede haber hijos. O no haberlos. Cada persona va encontrando sus límites con el tiempo. Lo que sí que hay es paz de espíritu, alegría y una herida que duele menos. Lo he visto en infinidad de casos de familias cuyos hijos han llegado de maneras muy diversas. Y también en quienes han aceptado sus propios límites, transformando su camino según lo transitaban. El dolor de la infertilidad se acaba. Y en la otra orilla brilla un sol estupendo.

SÍ SE PUEDE.
¡SÍ SE PUEDE!

... a pesar de los peros :)

lunes, 31 de diciembre de 2018

Gracias, 2018

No hay duda de que 2018 ha sido uno de los años más señalados de mi vida. 

El año que por fin empezaba embarazada, el año en que nacía mi hija. 

A lo largo de sus meses me he ido construyendo como madre: una de las aventuras más apasionantes y duras en las que me he embarcado jamás. Esa por la que tanto había luchado, la que tanto me ha costado vivir.

Nunca olvidaré la impresión de escucharla gemir bajito sobre mi tripa de recién parida, nuestras interminables horas de lactancia, su primera mirada, su primera sonrisa. La alegría inmensa de verla dándose la vuelta, sentándose, poniéndose de pie. Su atención cuando le canto, le cuento un cuento o le explico lo que vamos a hacer. Sus carcajadas, que iluminan mi vida. Sus manos sobre mi piel.

2018 me ha traído la paz, la sensación de estar colmada, de haber sido bendecida. Por si todo esto fuera poco (¡que no lo es!), este año se ha cerrado con la noticia inesperada de haber sido convocadas de la lista de adopción nacional. Todavía me cuesta pensarlo sin emocionarme hasta las lágrimas. Todavía lucho por asumir esta preciosa oportunidad de manera serena, sin aprestarme de nuevo para la batalla, que parece lo único que sé hacer.

El último día de trabajo antes de las vacaciones todo el mundo hablaba de la lotería. Hacían bromas con todo el dinero que les iba a tocar y con cómo se lo iban a gastar. Yo, que no había comprado ningún décimo, sonreía para mis adentros. Ojalá tocara, aunque yo no me llevara ni un pellizco. Ojalá la suerte se repartiera muchísimo, porque este año 2018... toda la suerte del mundo me ha tocado a mí.

jueves, 13 de diciembre de 2018

¡Nos han llamado de la lista de adopción nacional!

No sé cuántas veces tendré que escribirlo para empezar a creérmelo; pero, por si acaso, voy a ponerlo una vez más: ¡nos han llamado de la lista de adopción nacional!

No nos lo esperábamos, ¡para nada! Porque, aunque el tercer año de "embarazo burocrático" fue diferente al anterior y la lista avanzó más de cien números, en los últimos meses solo nos llegaban noticias desalentadoras que hacían presagiar un nuevo año en blanco: asignaciones que no llegaban, plazos que se alargaban, estadísticas en mínimos históricos...

Por eso, a la altura del tercer aniversario de la apertura de nuestro expediente, empecé a hacerme a la idea de que, tal vez, las cosas no iban a salir como deseaba. Tenía toda la pinta de que, como mínimo, mis previsiones se alargarían en el tiempo. Evidentemente, no era la primera vez que me enfrentaba a algo así, por lo que me agarré a la esperanza de que, aunque el proceso se dilatara, al menos, todavía seguiría siendo posible.

Y entonces, de un tiempo a esta parte, ¡bum! La situación volvió a darse la vuelta y cogió un ritmo trepidante: varias asignaciones seguidas, plazos cada vez más cortos y, en noviembre, por fin, ¡una nueva informativa! Esta vez, avanzaron unos ochenta expedientes de golpe, que son muchísimos. El nuestro estaba ya a solo 120 números, y yo no me pude resistir a fantasear: ¿y si nos llamaban en un año? ¡Un año solo! No me lo podía creer.

De pronto, alguien dijo en el grupo de Facebook que seguramente convocarían una nueva informativa a principios de año, porque había muy pocas familias menores de 40 disponibles. Yo no daba crédito. ¿Dos informativas seguidas? ¿En serio? Preferí hacerme a la idea de que era tan solo un rumor. Sin embargo, a los pocos días se confirmaba: no solo habían convocado una nueva informativa, sino que era en diciembre.

Como suele ocurrir en estos casos, la gente iba avisando en el grupo si habían sido convocados, para que los demás nos pudiéramos ir haciendo una idea de cuántos expedientes se había avanzado. Yo tenía el corazón en la boca, no hacía más que ponerle emoticonos de asombro a todo, y cuando vi que habían llamado a un expediente por encima del cuatrocientos, casi me da algo. ¿De verdad estábamos a solo cincuenta números? Eso podía ser una única informativa. ¿¿De verdad estábamos a una única informativa de que nos llamaran?? No podía creerlo. Sabía que, después de dos reuniones seguidas, podía pasar más de un año para la tercera. Pero estábamos ahí, ahí mismo... ¡Era una pasada!

Y entonces, sin comerlo ni beberlo, llego un día a casa y Alma me suelta:

–Nos han convocado a una reunión informativa.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Diabetes gestacional: estado de la cuestión

Tengo que decir que, después del susto inicial y de aprender a controlar la dieta para evitar las hipoglucemias (y alguna hiperglucemia ocasional), la diabetes gestacional fue bastante sencilla de llevar. Y aunque tuve mucho miedo de necesitar insulina (más que nada porque, con la barriga hecha un cristo por culpa de la heparina, no imaginaba dónde narices me iba a pinchar una nueva inyección), finalmente, incluso pasando más de un mes en reposo, no fue necesario.

Además, guardo un recuerdo muy bonito de mis enfermeras de Endocrinología. Solía ir a las revisiones hecha un flan, preocupada por algunos de mis niveles de glucosa o, sencillamente, angustiada por el devenir de la enfermedad. El inicio del tercer trimestre fue particularmente duro: se me metió en la cabeza que las hiperglucemias se iban a descontrolar y me bloqueé muchísimo, pero ellas supieron acogerme incluso en esos momentos de caos emocional.

El tema del peso, no obstante, siempre fue controvertido. Por un lado, la matrona me insistía en que debía engordar más, y, por otro, las enfermeras me advertían de que tenía que controlarme muchísimo. La angustia era grande porque, a todo esto, yo sentía que ni una cosa ni la otra estaban en mi mano. De hecho, aunque seguía la dieta a rajatabla, solía comer menos de lo que prescribía porque las cantidades me resultaban exageradísimas (sobre todo, para la cena). A pesar de ello, empecé engordando despacio para después coger mucha más velocidad.

Son cosas que hacía mi cuerpo solo: yo no podía escoger los gramos que engordaba a la semana por mucho que me concentrara en ello. Y cuando me llamaban la atención sobre el peso, en cualquiera de los dos sentidos, no sabía cómo reaccionar, más allá de agobiarme muchísimo o echarme a temblar ante los resultados de las siguientes glucemias. Por suerte, esta esquizofrenia se calmó al final, cuando pudieron calcular los percentiles de peso de mi hija y se disiparon los fantasmas tanto del bebé macrosómico como del bebé famélico.

La última revisión con las enfermeras fue muy emotiva. Ambas vinieron a desearme lo mejor para el parto, me recordaron que podía llamarlas por teléfono si me surgía algún problema en las tres semanas que quedaban, me pidieron que les presentase a la niña cuando naciera, nos abrazamos... Después de esta experiencia, me ha quedado claro que una buena enfermera vale más que veinticinco médicos en lo que al cuidado de los pacientes se refiere.

El seguimiento de mi diabetes gestacional, sin embargo, no terminaba aquí. Tres meses después del parto, debía hacerme una nueva curva de glucosa (¡horror!) para verificar que todo había vuelto a la normalidad y descartar que fuera diabética... o no.

Confieso que después de dar a luz me desquité pero bien de los seis meses que había pasado a dieta. Todo comenzó en el propio hospital, cuando Alma me trajo una napolitana de chocolate para desayunar (por segunda vez) que, hasta el momento, ha sido el dulce que con mayor gusto me he comido en mi vida entera. A partir de ahí y durante toda la cuarentena, aquello se convirtió en una bacanal azuzada por todo aquel que me conocía: venga a traerme dulces, venga a animarme a que aprovechara... y yo venga a aprovechar.

Una vez finalizada la cuarentena, sin embargo, comprobé que el pelazo y el cutis de los que había disfrutado hasta entonces empezaban a perder su lozanía, así que entendí que el sortilegio del embarazo estaba llegando a su fin y que mis nefastas condiciones endocrinas regresaban. La cercanía de la curva de glucosa, además, me iba metiendo el miedo en el cuerpo. ¿Y si era diabética? Porque, con mis boletos y mis antecedentes, seguro que era diabética. No me quedó más remedio que empezar a cortarme con el dulce hasta que llegó el gran día.

Aunque ya habíamos pisado nuestro hospital la semana posterior al parto, cuando tuvimos que llevar a la niña para que vigilaran su peso, a medida que aparecía en el horizonte se nos volvió a poner un nudo en la garganta de recuerdos. "A ver qué nos pasa hoy", dije yo en tono de broma, para distender el momento. "Porque con la mala suerte que tengo...".

jueves, 15 de noviembre de 2018

Y... ¿cómo es ser madre con infertilidad?

Me he pensado mucho el título de esta entrada. La primera opción que se me ocurría era: "Y... ¿cómo es ser madre TRAS la infertilidad?". Pero después me di cuenta de que la infertilidad, por más paradójico que resulte, no suele terminar cuando tienes un hijo. La infertilidad, en la mayoría de los casos, es una condición de tu cuerpo que te acompaña antes, durante y después del embarazo.

Reconozco que es algo que me ha costado admitir durante todos estos años. En general, las etiquetas me resultan esencialistas y limitadoras, así que, cuando veía que otras mujeres abrazaban la de "infértil", solo quería mirar hacia otro lado. Me decía a mí misma que no tenía tanto que ver con su significado como con el hecho de colgarse un nuevo "cartelito", pero ahora ya no estoy tan segura. Supongo que no quería reconocerme como infértil porque no quería aceptar todo lo que ello implica.

Curiosamente, ahora que soy madre es cuando ya no puedo seguir mirando hacia otro lado. Ser infértil importa: antes, durante y después. Ser infértil no es como no serlo, como no haberlo sido nunca. Y aunque yo no pueda hablar por boca de todas las mujeres infértiles, porque cada una tenemos nuestras circunstancias en todos los sentidos; sí que he identificado algunos rasgos de la maternidad infértil con los que, quizá, otras mujeres en mi misma situación pueden sentirse identificadas.

miércoles, 17 de octubre de 2018

El último pinchazo

The Last One | Mikhail Palinchak | Flickr

Todo pasa y todo llega, y aunque me pareciera imposible después de diez meses medicándome con heparina, el último pinchazo también llegó.

Sorprendentemente, los últimos meses de embarazo fueron un paseo en cuanto a morados se refiere. A juzgar por mi experiencia durante el primer y el segundo trimestre, había llegado a la conclusión de que, en algún momento, tendría que emigrar los pinchazos a otra zona de mi cuerpo, pues llegaría un punto en el que la tripa no daría más de sí. Para variar, sin embargo, me equivocaba. 

A medida que fui cogiendo peso, la piel de mi barriga también fue ganando grosor. Con el mayor tamaño de la tripa, además, aumentó la superficie donde hincar las agujas, lo que hizo que las dificultades disminuyeran y me evitó tener que pincharme en otro lugar. Esto no quiere decir que me librara definitivamente de los morados, pero lo cierto es que me había dibujado un panorama mental bastante chungo que, por suerte, no llegó a hacerse realidad.

Lo mejor, sin embargo, llegó a partir de la semana 36, cuando dejé de tomar el adiro. Fue entonces cuando descubrí que, en realidad, la culpa de los morados no la tiene la heparina, sino esa puñetera pastillita blanca que te deja las venas temblando. Fue dejar el adiro y, esta vez sí, los morados desaparecieron para nunca más volver.

De hecho, me había hecho unas cuantas fotos sin camiseta para guardar un recuerdo íntimo de la transformación de mi cuerpo, y la única en la que sale mi tripa inmaculada es la de los nueve meses. En todas las anteriores, la barriga aparece surcada por nubarrones de colores: verde, morado, amarillo, negro, rojo... ¡Belly painting a mí!

Según me había recomendado el inmunólogo, una vez diera a luz, debía esperar 24 horas para volver a ponerme la inyección, completando después seis semanas de profilaxis. A la hora de la verdad, hubo un carnaval de recomendaciones médicas que me hicieron recordar todo lo pasado en cuanto al tratamiento del SAF y las trombofilias. 

Primero vinieron unas enfermeras a traerme un recado de la ginecóloga para que pusiera la heparina cinco días, ni uno más. A mí, evidentemente, me entró por un oído y me salió por el otro. Otra de las doctoras que me visitó mientras estuve ingresada, me indicó que completara las seis semanas de tratamiento, pero, en el informe de alta, me pusieron solo tres.

En fin. El caso es que, como no podía ser de otra manera, yo seguí las indicaciones de mi inmunólogo y me dispuse a pasarme la cuarentena entera con las agujas a mano. Pincharse en una tripa postparto, además, es la gloria, claro: allí había piel colgona de sobra para hincar las agujas.

Lo que yo no había calibrado correctamente es el caos absoluto en que se convierte la vida con un bebé recién nacido. Así que, desde el primer momento, la hora de pincharme la heparina empezó a ser... cualquiera. Mañana, tarde, noche... Una vez superado el miedo a perder a mi pequeña, y sabiendo que la profilaxis era muy muy muy conservadora en mi caso, me relajé bastante, hasta el punto de llegar a saltarme la inyección diaria en más de una ocasión. Concretamente, me la salté cinco días, casi todos hacia el final de la cuarentena. Y es que, pasadas las primeras tres semanas, aquello se me empezó a hacer muy cuesta arriba, y más todavía cuando superé el primer mes. 

El caso es que había planeado un último pinchazo ceremonial, incluso me planteaba la posibilidad de grabarlo en vídeo, para darle al momento la importancia que se merecía. Al final, sin embargo, no hubo ceremonia ni vídeo ni nada parecido. De hecho, ni siquiera hubo último pinchazo como tal: simplemente, se me olvidó ponerme la inyección dos días seguidos, y como ya había superado la cuarentena, lo dejé :)

No puedo terminar esta entrada sin mencionar lo difícil que es deshacerse de las cajas de heparina vacías, porque, en principio, no te las aceptan en un punto Sigre de reciclaje de medicamentos debido a las agujas. Nosotras, de todas formas, hemos ido endiñándolas por las farmacias como buenamente hemos sabido, pero hemos tenido cajones (y maleteros) repletos de cajas durante meses. De hecho, todavía tenemos una caja y media guardada en el mueble del baño (con las cinco inyecciones que nunca me puse incluidas), que espero que desaparezca dentro de poco porque los cosméticos para bebés ocupan lo que no está escrito.

Y ahora que lo pienso: tal vez no hubo último pinchazo ceremonial, pero todavía estoy a tiempo de hacer algo especial con las últimas heparinas... 

Se aceptan sugerencias ;)

domingo, 30 de septiembre de 2018

Nostalgia

Resultado de imagen de otoño

Septiembre ha sido un mes cargado de nostalgia.

No he podido dejar de pensar en el año pasado, cuando por fin se cumplió mi sueño de empezar el curso embarazada. Casi a diario he recordado la tripa, que por aquel entonces ya empezaba a despuntar, pero todavía sin las molestias del final. ¡La echo tanto de menos...!

Echo terriblemente de menos la sensación de mi cuerpo bullendo de vida, echo de menos notar a mi hija moviéndose en mi interior. Recuerdo, una y otra vez, esas ecografías más tranquilas, donde nos dieron la noticia de que esperábamos una niña, donde pudimos ver su carita por primera vez.

Fue tan hermoso, tan breve, tan intenso. Me sentía tan afortunada, después de todo, después de tanto. No fue perfecto, claro, porque nada lo es nunca: estuve muy activa, pero también me sentía muy cansada, por culpa de la anemia y del insomnio que me provocaba el síndrome de piernas inquietas.

Pero llevaba a mi hija conmigo. Mi hija. Por fin era una realidad, por fin mi cuerpo me daba una tregua, pequeñita, llena de achaques, pero suficiente. Suficiente para que ella creciera y se desarrollara sana, suficiente para que yo pudiera disfrutarlo.

A veces siento pena cuando pienso en que este haya sido mi único embarazo. Veo a otras mujeres embarazadas columpiando a sus hijos mayores en el parque y pienso: "¡Ay...!". Pero también sé que este embarazo ha bastado para colmar mi necesidad de vivir esta experiencia. Que mi hija basta para formar la familia que tanto anhelaba. La angustia existencial que me carcomía por dentro ya es cosa del pasado.

Ahora mismo, mi único objetivo es recuperar las fuerzas perdidas, la energía invertida en este proceso tan largo y costoso, para poder criar a mi hija con salud y alegría. No pierdo, sin embargo, la esperanza en el futuro. He sufrido mucho pero también he sido bendecida con la mayor de las dichas: por fin entiendo que la vida es una caja de sorpresas de todo tipo y que una nunca sabe lo que queda por vivir.

Y estoy segura de que mucho de ello será bueno :)

lunes, 10 de septiembre de 2018

Parir el parto


El relato de mi parto ha sido, sin duda alguna, uno de los escritos más difíciles a los que me he enfrentado. Me ha llevado mucho tiempo, mucha ansiedad, muchas lágrimas y muchas noches en vela. De hecho, la mayor parte la escribí a altas horas de la madrugada, y si no me pilló el amanecer frente a la pantalla fue porque mi pequeña me reclamó para que le diera de mamar.

A pesar de todo ello, era necesario. Revivir cada uno de aquellos momentos, con todo detalle. Era necesario para vaciar mi mente de muchos de ellos, entregándolos a la escritura. Era necesario para que mi corazón fuera encontrando el equilibrio que, hasta hace poco, se le escapaba.

En cualquier caso, sé que este relato de mi parto es un relato sesgado. Se trata, ni más ni menos, del único que he podido hacer en este momento de mi vida. Pero mi parto es una experiencia que seguiré reelaborando, y puede que mucho de lo que he dejado entrever en la manera de escribirlo (y mucho de lo que he expresado directamente) cambie con el tiempo. Y lo sé porque no ha dejado de cambiar desde que nació mi hija.

Al principio, con el subidón posparto (un estado cuya existencia desconocía, pues pensaba que era alumbrar la placenta y lanzarse por el precipicio del bajón hormonal), todo me parecía estupendo. ¡Increíble pero cierto! Por aquel entonces, mi pensamiento se resumía en que nadie había tenido la culpa de nada. Nadie había tenido la culpa de que rompiera aguas y, como todo lo demás había sido consecuencia directa de ello, tampoco podía responsabilizar a nadie de todo lo que vino después. Con un síndrome de Estocolmo bien asentado, además, me sentía muy agradecida por casi toda la atención que recibí.

Esta situación se mantuvo durante toda la cuarentena, incluso diría que mejoró un tanto, pues con el paso del tiempo me fui sintiendo más y más afortunada. Había leído muchos relatos de mujeres que habían sufrido un parto como el mío y su experiencia había sido traumática, repleta de secuelas físicas, mentales y emocionales. Sin embargo, yo me sentía en paz con lo que me había ocurrido, ocupada como estaba en que los retos de la maternidad no me sobrepasaran.

Con el fin de la cuarentena llegó también el final de esta tregua que mi mente me estaba dando. Y empecé a volver a ese paritorio. Un día, otro día, otro día más. Volví a hablar del parto, a verbalizar lo que había ocurrido, a angustiarme. No todo había sido casualidad, no todo había estado bien. Sin previo aviso, las imágenes regresaron a mi mente: la ginecóloga entre mis piernas, el ginecólogo apretando mi abdomen. Solían visitarme justo al borde del sueño, cuando la conciencia es más vulnerable, regalándome mis primeras noches de insomnio.

Junto a estos síntomas de estrés postraumático, emergió también un sentimiento que se había estado larvando durante toda la cuarentena: la culpa. ¿Y si yo había hecho algo que precipitara el parto? ¿Y si el miedo que tenía a una inducción fue la causa, precisamente, de que rompiera aguas y la pesadilla se hiciera realidad? Y una vez en el paritorio, ¿por qué no fui capaz de empujar? ¿Cómo no pude juntar toda la fuerza de mi cuerpo para ayudar a mi hija a nacer?

Esta impotencia, además, había dejado una huella en mi cuerpo. Mi hija tenía dos meses, tres meses, y yo sentía que todavía no había parido. Mi cuerpo no hacía más que buscar fuerzas, que juntar fuerzas para empujar. A veces, me descubría en tensión, pensando: "¡Ahora!". Lo hacía mi cuerpo solo, lo anhelaba. Habían pasado cuatro meses y yo todavía empujaba.

Fue en este punto donde la escritura vino en mi ayuda. Relatar el parto me ayudó, en primer lugar, a reconciliarme conmigo misma. Todas las cosas que me echaba en cara recobraron su equilibrio. Entendí que un parto puede empezar de cualquier manera, también rompiendo aguas. Y que si los protocolos de intervencionismo médico son tan denostados es porque verdaderamente llegan a impedir que el cuerpo haga lo que sabe, como ayudar a que un bebé descienda por el canal de parto y salga.

Además, reviviendo aquellos momentos comprendí también que, cuando imaginaba el parto, siempre olvidaba un pequeño gran detalle que a la hora de la verdad marcó la diferencia: que era mi hija quien nacía. Yo me había mentalizado para centrarme en mí misma: en mis sensaciones, en mi dolor, en mi fuerza, como si mi hija fuera un personaje secundario que solo al final cobraría cierto protagonismo. 

Pero cuando realmente llegó el momento, no fue así. Muchas de las decisiones que tomé, como salir corriendo hacia el hospital, fueron pensando en el bienestar de mi hija. Acertara o me equivocara, el simple hecho de haberlas tomado pensado en ella me dice que fueron correctas. Creo que ese cambio de mentalidad fue el que realmente me convirtió en madre, pero solo he sabido verlo cuando he vuelto la mirada atrás y me he observado desde fuera.

Por otro lado, el enfado y la indignación que siento cuando pienso en la atención médica que recibí no han hecho sino aumentar durante todo este tiempo. Poco a poco he ido superando mi síndrome de Estocolmo para entender que no todo estuvo bien. Sé que en mi parto hubo una dosis exagerada de mala suerte: que Hospital Elegido estuviera lleno, que fueran precisamente esos ginecólogos los que tuvieran guardia en nuestro hospital... Pero también hubo una importante cantidad de actuaciones nefastas cuyas consecuencias he pagado en mi cuerpo, en mi mente, en mi corazón.

Hoy más que nunca confío en que sea también la escritura lo que me ayude a ordenar mis ideas para aportar un granito de arena contra esa violencia obstétrica que, entre todos, hay que conseguir erradicar.

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