domingo, 5 de marzo de 2017

Indignación, alegría y un deseo

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A pesar de la indignación que me consume desde que supe de la existencia del famoso autobús que promueve la transfobia, estoy contenta.

Y estoy contenta porque creo que, en los últimos años, la comunidad LGBTIQ estamos traspasando una frontera muy importante: la que nos separaba de la infancia.

Primero fue la legalización de nuestras familias. No el permiso para su existencia, no: porque nuestra comunidad ha formado familias desde siempre. Sino su reconocimiento legal, y con él, el respeto a nuestros derechos: los de los progenitores hacia sus hijos y los de los hijos hacia sus progenitores.

En los últimos años, además, se ha roto un tabú muy importante: el que existía sobre la propia infancia LGBTIQ. Al parecer, los miembros de nuestra comunidad nacimos adultos, o incluso surgimos bajo una col: de otra manera no se explica que se aparte a los niños de nosotros, cuando muchos de ellos son como nosotros. 

Por eso la realidad LGBTIQ debe ser conocida por la infancia, porque la infancia LGBTIQ también existe. Y por eso nuestros derechos, los derechos de los adultos, son también los derechos de los niños. Porque la infancia LGBTIQ también es infancia y, como tal, ha de ser protegida: protegida de gentuza que la haga sufrir cruelmente por el mero hecho de atreverse a ser lo que son, lo que siempre hemos sido y lo que siempre vamos a seguir siendo.

Todos estos pasos que estamos dando, finalmente, muestran que, poco a poco, se va superando otro prejuicio: el que nos considera seres degenerados, pervertidos, desviados y peligrosos. En nombre de ese prejuicio se nos ha intentado apartar durante tanto tiempo de los niños, negándoles de ese modo el desarrollo natural de su propia identidad. 

Parece que la sociedad y, sobre todo, quienes se encargan de legislar y juzgar, empiezan a subsanar ese error histórico. El que, por otro lado, tanto ha contribuido a estigmatizarnos, marginarnos y victimizarnos.

A veces me surge el deseo de que mis hijos sean también personas LGBTIQ. La única razón que me mueve a ello es garantizarles una familia que los comprenda y proteja, frente a la clase de energúmenos que todavía andan sueltos. Y es que ser rechazado por tu propia familia es terrorífico: lo sé porque lo he vivido.

Sin embargo, albergo un deseo mayor todavía, y es que algún día deje de ser necesario que personas como yo tengamos este tipo de pensamientos. Porque algún día todos los niños se críen seguros, en su familia y en su sociedad.

Incluidos los niños LGBTIQ.

martes, 28 de febrero de 2017

El teléfono vuelve a sonar

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Esta vez me pilló en medio de una reunión. No recuerdo por qué extraño motivo, tenía el teléfono encendido. Empezó a vibrar de pronto y yo casi me muero de vergüenza. En la pantalla aparecía uno de esos números que me suele llamar para venderme cosas que no quiero. Bajé el sonido para evitar la vibración y guardé el teléfono. 

A los diez minutos empezó a sonar de nuevo. ¡Qué pesados! Con ganas de esconderme debajo de la mesa, volví a mirar la pantalla. Pero ya no era el número de antes. Eran ELLOS. El nombre de la clínica aparecía bien grande en mi pantalla.

─¡Ay...!

Cuando llegué a casa, Alma me recibió con una sonrisa. Yo también sonreía. Hablamos de cualquier cosa mientras me quitaba los zapatos y el abrigo. Ninguna de las dos decíamos nada, hasta que lo dijimos.

─¡Han llamado!

Fue Alma quien cogió el teléfono. Le explicaron que ya nos llegaba el turno en la lista de espera para la adopción de embriones, y que en quince días volverían a llamarnos para que fuéramos a consulta con las pruebas nuevas. En realidad, esto puede querer decir cualquier cosa, porque la vez anterior nos dejaron esperando casi un mes por una llamada de la doctora que nunca se produjo, para después meternos prisa con una consulta que no nos habían pedido que pidiéramos.

Quiera decir lo que quiera decir, sin embargo, nos han llamado.

El tratamiento tardará, y lo sabemos. Todavía estamos a la espera de unos resultados y debemos acudir a una segunda cita en Inmunología. Además, la medicación para evitar otro aborto se empieza a tomar al menos un mes antes de cualquier intento. Estas dos circunstancias ya significan más de dos meses de espera... y lo que te rondaré, morena.

Pero nos han llamado.

Y mi corazón se ha puesto a latir como loco. Primero, de ansiedad. Ansiedad por cuadrar citas, ansiedad por resultados, ansiedad por protocolos, ansiedad por verle la cara, otra vez, a mi doctora de cabecera. Y después, de miedo. Miedo por el tratamiento, por mis reacciones emocionales, por el resultado. Ante todo y sobre todo, por el resultado.

Alma, sin embargo, está muy contenta. De su mano, poco a poco, voy encontrando algo de serenidad. Nos han llamado, y un nuevo intento es una nueva esperanza.

Podemos hacerlo.

sábado, 18 de febrero de 2017

Escribir o no escribir

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Me gusta mucho escribir. Me gusta desde siempre, prácticamente desde que aprendí. A lo largo de mi vida, he escrito mucho: muchos diarios, muchas cartas y correos electrónicos, muchas entradas en distintos blogs... y algún que otro poema, canción, relato.

Escribir más se encuentra cada año entre mis buenos propósitos, porque me aporta felicidad y alegría, me crea placer estético y me permite apropiarme de mis experiencias, reconstruirlas a través de la Literatura. 

Hay tantas cosas que quisiera contar... Sin embargo, también hay otras que quisiera olvidar para siempre. Arrugarlas como hojas de papel y desecharlas cuanto antes de mi memoria.

Gran parte de las experiencias que relato en este blog pertenecen a este último tipo. A pesar de ello, hace algún tiempo que decidí comprometerme con esta experiencia, apropiarme también de ella, aunque sea desagradable, aunque la mayor parte del tiempo no me provoque más que ganas de salir huyendo.

A cada paso, no obstante, me surgen dudas. No sé si escribir este blog es bueno para mi salud mental. No sé si obligarme a relatar experiencias tan negativas como las que estoy viviendo me ayuda o me hunde más todavía. 

Cuando me ocurre algo doloroso, mi primer impulso es dormir, dormir mucho, y a la mañana siguiente, que puede ser después de muchas mañanas, procurar ver la vida desde una perspectiva más optimista. Mirar hacia delante con confianza y regresar al pasado solo cuando me sirve de lección constructiva. Normalmente, esto solo ocurre con el tiempo, por eso no sé qué sentido tiene relatarlo "en directo".

Yo no soy de esas personas a quienes les gusta regodearse en los aspectos truculentos de la existencia. A mí me gusta fijarme en los pequeños grandes detalles que hacen que la vida merezca la pena. Tampoco me satisface elaborar un relato pormenorizado de los agravios que recibo. Incluso aunque sepa que, a veces, es necesario, que es sano cagarse en todo, despotricar, blasfemar y poner reclamaciones. Mi primer impulso es siempre vaciar mi corazón del lodo, dejar espacio para que vuelva a fluir el agua clara, y pensar que quienes actúan de malas maneras recibirán el castigo del karma.

Pero tampoco estoy segura de que sea esa la actitud correcta. No se puede ir por la vida como Caperucita por el bosque. Porque la vida no consiste solo en recoger flores y merendar con la abuelita: también hay que enfrentarse al lobo. Enfrentarse al lobo y hablar del lobo. Porque irse a dormir para despertarse a la mañana siguiente con el ánimo renovado no hace que el lobo desaparezca.

Así que ese es mi dilema: escribir o no escribir. Obligarme a relatar lo que quisiera olvidar u olvidarlo tal y como deseo. Apropiarme de las experiencias negativas dando testimonio de ellas o dejar que se transformen en experiencias positivas con el tiempo. 

Es posible que, como ocurre tantas veces, mi dilema sea un falso dilema. Se trata, más bien, de saber entreverar la escritura con el tiempo. Algunos temas piden un golpe de calor y otros, un reposo prolongado que los haga coger cuerpo. 

No sé qué tal se lleva esto con la escritura de un blog. 
Habrá que comprobarlo...

lunes, 6 de febrero de 2017

Ya no seré una madre joven

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Acabo de cumplir los 35, y con ello, entro a formar parte oficialmente del grupo de las madres "mayores".

No ha sido ninguna sorpresa. Hace tiempo que sé que, por mucha prisa que se diera la Vida, ya no salían las cuentas. Hace tiempo también que me preparo para asumir los retos de esta maternidad, la única que todavía es posible para mí. Y pretendo asumirlos de manera positiva.

Pero me jode, para qué vamos a engañarnos.
Me jode, fundamentalmente, porque no estaba en mis planes.

Yo quería ser una madre joven. Me he criado con una madre joven rodeada de otras madres jóvenes, todas muy beligerantes con la causa. Todas muy orgullosas de su juventud y en perpetuo desprecio hacia las madres mayores. 

Que no podría seguir sus pasos era obvio. Ellas no fueron madres jóvenes por decisión propia. Ellas lo fueron por sus circunstancias: embarazos no deseados, carreras laborales inexistentes o truncadas, matrimonios tempranos, falta de estudios medios o superiores. A la edad en que mi madre me tuvo a mí, yo todavía estudiaba en la Universidad. Y entre mis planes más inmediatos no se encontraba, ni remotamente, formar una familia.

Pero todavía soñaba con la idea de tener un hijo antes de los treinta. Eso era lo que, en mi caso concreto, yo consideraba equivalente a "joven". Sin embargo, las circunstancias que me rodeaban cuando llegó el momento siguieron siendo adversas para la maternidad: a los estudios superiores, el desarrollo de una carrera profesional o los retos de la independencia económica, se unió el condicionante de ser lesbiana. Que podría no haberme condicionado en absoluto, pero me condicionó y retrasó mi proyecto de convertirme en madre.

Una vez superados todos estos retos, una vez recompuesta y lista, recién estrenados los treinta, para afrontar la aventura de formar una familia... llegó la infertilidad.

Y aquí estoy, mediando la década. 
Más allá de mis peores cálculos. 
Jodida pero contenta.

Y digo contenta porque, si algo me ha enseñado todo este proceso, es que soy buena enfrentando retos. No quiero decir que lo sea por naturaleza, sino que lo he acabado siendo por pura supervivencia. Y si he llegado hasta aquí con todo lo que he tenido en contra, puedo seguir. 

Hasta donde haga falta. 
Joven... o vieja ;)

viernes, 3 de febrero de 2017

Mi primer libro sobre adopción

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Me encanta leer; no solamente Literatura, sino también libros en los que pueda aprender sobre los temas que me interesan, que me inviten a reflexionar y a sentir de otra manera.

Con todo el tiempo que llevo dándole vueltas a la idea de la maternidad, mucho más del que llevo en reproducción asistida, podría haberme leído ya varias estanterías completas de libros que me enseñaran de todo. Sin embargo, hasta el momento no me he atrevido ni a comprar ni a coger prestado de la Biblioteca ninguno.

Cero. Nada.

Tenía miedo a invocar alguna especie de gafe, como por si leer libros sobre embarazo nunca me fuera a quedar embarazada, o si por leer libros sobre crianza nunca fuera a criar ningún hijo.

Muchas veces me he sentido idiota por ello. Son tantos los padres y madres que explican cómo nutrieron sus periodos de espera con libros que después les resultaron utilísimos, que en ocasiones me maldigo pensando que he desperdiciado un montón de años en angustiarme tontamente cuando podría haberme estado preparando para lo que estaba por venir.

Pero, ¿y si "lo que estaba por venir" no es nada? ¿Qué hago yo con mis estanterías llenas de aprendizajes que nunca llevaré a la práctica? ¿Acaso no se convertirán en estanterías llenas de dolor y frustración?

Estos han sido mis pensamientos durante muchos años. Sin embargo, poco a poco he ido cambiando la perspectiva. Tengo más que comprobado que el miedo a cualquier cosa es mucho peor que "cualquier cosa"; así que, si quiero emplear mi tiempo de espera en leer y después resulta que no lleva a nada... pues mira. Aprovecharé esos libros para hacer una catarsis que me ayude a superar el duelo: los venderé, los regalaré, los sortearé por Internet o los quemaré en una hoguera de san Juan. 

Soluciones hay muchas :)

Esto no quiere decir que me haya vuelto loca y haya llenado una habitación de libros sobre maternidad. Solo quiere decir que he abierto una tímida rendija a la posibilidad de ir haciendo algunas lecturas sin pensar que voy a invocar ningún gafe. Porque, sinceramente, los gafes ya están aquí sin que nadie los haya invocado, así que tampoco creo que la cosa vaya a empeorar demasiado porque yo me dé algún que otro caprichito.

Por eso, este año le pedí a mi Reina Maga preferida que me regalara un libro sobre adopción. Elegí la adopción porque es un tema relacionado con la maternidad que me anima, me ensancha el corazón y me abre la mente. Además, ahora mismo es el camino que me resulta más sencillo (¡paradójicamente!) y sobre el que todavía albergo unas esperanzas casi intactas. No me da miedo leer sobre adopción porque aún es una realidad por explorar, por vivir.

La obra escogida ha sido Mariposas en el corazón, un libro colectivo recientemente editado que recoge cinco experiencias de adopción contadas en primera persona. El envío estuvo lleno de contratiempos, pero al final llegó a casa uno de esos días en que realmente necesitaba una alegría para poder seguir adelante. Solo con echarle un vistazo ya se me formó un nudo en la garganta lleno de emoción, nervios y empatía. Así que, contraviniendo mi primer impulso, lo voy leyendo con calma, poco a poco. Prefiero disfrutar intensamente del viaje, aunque confieso que el primer paseo por sus páginas ya ha merecido la pena.

¡Prometo reseña! 

lunes, 30 de enero de 2017

Maternar

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Encontré por primera vez esta palabra en el blog de Amapola, a quien agradezco profundamente que me la haya descubierto :)

Reconozco que al principio no me gustaba. En mi mente se asociaba con "sustituir", con "conformarse". Hacer de madre con hijos que no eran tuyos para darte con un cantito en los dientes al no poder acceder por ti misma a la maternidad. Desahogar ese sentimiento amoroso, tristemente abocado a malgastarse, con niños que nunca serán tus hijos y que nunca te reconocerán como madre.

A pesar de que no me gustaba, no conseguía apartarla de mi mente. Revoloteaba junto a mis oídos y, a veces, se susurraba. La palabra "maternar" tenía algo que sí me gustaba, aunque tardé algún tiempo en descubrirlo.


viernes, 27 de enero de 2017

Histeroscopia diagnóstica

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Me ha costado más de un mes decidirme a escribir esta entrada, porque trata de una de las experiencias más traumáticas que he vivido hasta el momento. Durante muchos días se convirtió en un recuerdo digno de poblar mis peores pesadillas, y he necesitado que su viveza se fuera apagando poco a poco para poder hablar de ello de la manera más despersonalizada posible.

No fue por la histeroscopia: la histeroscopia fue bien. No me pareció una prueba en absoluto dolorosa, aunque sí un poco molesta. Según me había explicado el doctor que me atendió en la primera consulta, empleaban suero en vez de aire, por lo que solamente sentí ciertas molestias al final, mientras evacuaba el suero. En conjunto, puedo decir que fue una prueba más liviana que la histerosalpingografía.

De hecho, la histeroscopia, en sí misma, ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida. Pude seguir toda la exploración a través de una pantalla, y reconozco que ver mi útero por dentro me reconectó con mi cuerpo y con la belleza oculta de todo este proceso. 

Siempre me lo había imaginado de color rojo, tal y como aparece en las ilustraciones de cualquier libro, del mismo color que el endometrio cuando se desprende. Pero no. Era rosado. Un orbe rosado, suave, liso, surcado por multitud de capilares rojizos.

Me sentí acongojada de pensar que aquel había sido el lugar en el que habían vivido mis tres pequeños durante las breves semanas que duraron sus vidas. Porque me pareció un buen lugar para acogerlos, un lugar digno de haber logrado parirlos a término. De manera intuitiva comprendí que allí no había ningún problema, y lo único que lamenté fue que no hubieran dejado entrar a Alma para que también hubiera disfrutado de la experiencia.

Mientras realizaban la prueba, el médico corroboró mis intuiciones, asegurándome que no tenía ningún problema. Mi útero tenía un tamaño normal y un aspecto normal. Se veía todo lo que se tenía que ver y no se veía nada que no debiera haber estado en un útero sano. La verdad es que me sorprendió lo poco que duró la exploración. Por alguna razón me había imaginado que rastrearían mi útero palmo a palmo, pero simplemente llenaron, entraron, vieron, salieron y vaciaron.

Respiré aliviada, pero el bienestar me duró bien poco.
Apenas comenzaba a evacuar el suero cuando empezó la carnicería.


lunes, 23 de enero de 2017

Mis veinte semanas de no-embarazo

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Después de perder mi tercer embarazo, he pasado un duelo muy profundo. No puedo decir si ha sido peor o mejor que el de mi primer aborto, porque, aunque parezca extraño, las circunstancias son muy distintas. Solo sé que han sido tardes y tardes, semanas, meses enteros de tristeza, angustia, ganas de tirar todas las toallas, dolor, rabia y desesperación. 

Siendo como soy una persona que ha sufrido una depresión, también he pasado mucho miedo. Miedo de volver a caer, de tener que frenar nuevamente todos los proyectos de mi vida para curarme, miedo de verme otra vez convertida en un cuerpo sin alma a quien no le importaría no levantarse mañana. Mi experiencia, no obstante, me ha enseñado que la depresión también se supera; la cuestión, sencillamente, es que no me apetece. No me apetece tener que superar eso, otra vez, también. Sin embargo, sé que la tristeza que se prolonga demasiado deja de ser adaptativa, y por momentos procuré asumir que, por más que me jodiera, probablemente estaba pasando. Y que, si así era, tendría que aceptarlo.

Y de pronto, un buen día de diciembre, cerca ya del fin de año, ¡pop! La botella de mi dolor se descorchó. De buenas a primeras, toda la tristeza retenida, la rabia, la desesperación, las pocas ganas de seguir luchando... salieron disparadas como champán agitado, dejándome apenas unos posos amargos.

Creía que me había vuelto loca, que es la hipótesis que manejo últimamente sobre casi todo. La sensación fue tan brutal, tan repentina, que temí que no fuera sino la otra cara de la depresión, como la euforia lo es de la ansiedad. A pesar de que el cielo encapotado se había despejado de repente, no me atreví a disfrutar de los rayos del sol hasta que no me acordé del calendario.

El calendario. Casi sin atreverme a mirar, fui contando las semanas de mi no-embarazo. Y mis sospechas se vieron confirmadas. Tal y como me ocurrió la primera vez, se habían cumplido veinte semanas, el tiempo que, por alguna razón que se me escapa, necesita mi cuerpo para recuperar su equilibrio hormonal.

Entendí entonces que, además de haber estado inmersa en el duelo que naturalmente se pasa tras un aborto, también había estado expuesta a un terremoto hormonal. El terremoto que sufre mi cuerpo tras vivir la secuencia tratamiento-embarazo-aborto. Sé que esto no les pasa a todas las mujeres, pero algunas, quizá las más sensibles a los procesos hormonales, llegamos a vivir un pequeño puerperio.

La primera vez que leí sobre ello fue en el libro Las voces olvidadas. Me encantó reconocer en él muchas sensaciones que yo había interpretado como síntomas de alguna clase de enajenación mental transitoria. Porque no lo eran: eran los síntomas de mi cuerpo recuperándose de manera natural, de la misma manera en que lo habría hecho si hubiera llegado a sostener a mi bebé entre los brazos, pero muchas semanas, demasiados meses antes.

Ahora entiendo que he vuelto a pasar por lo mismo, reinterpreto mi malestar de los últimos meses, acepto el bienestar sobrevenido, las nuevas fuerzas y las nuevas ganas que tanto miedo me dieron al principio. Volvió a ocurrir, volví a caer y me he vuelto a levantar. Mi cuerpo y mi mente son fuertes y me van a seguir acompañando, aunque ni yo misma me lo crea, aunque no dé crédito ya después de tantísimas putadas.

Porque vamos a seguir dando la batalla :)

sábado, 14 de enero de 2017

Consulta en Inmunología Reproductiva

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Como sé que estas entradas suelen ser muy técnicas y hay quien no llegará a leer mis conclusiones si las escribo al final, empezaré por ellas: si después de tropecientos intentos, naturales o "asistidos", no acumulas más que negativos, bioquímicos o abortos sin causa aparente... VE A UNA CONSULTA DE INMUNOLOGÍA REPRODUCTIVA.

Ya está. No lo pienses más. No te pongas excusas, no albergues falsas esperanzas sobre el siguiente intento, no pienses que con cambiar de clínica/técnica/postura vas a lograrlo. No se trata de que tu ginecólogo sea un mal ginecólogo, de que tu clínica sea una mala clínica, de que tu médico de toda la vida sea un médico nefasto. Se trata de que los especialistas sirven para lo que sirven, y los inmunólogos reproductivos sirven. Y MUCHO.

Si solo lo dijera yo, se podría pensar que estoy bajo el influjo de niña-con-juguete-nuevo. Pero no solamente lo digo yo. Los foros de negativos de repetición, de bioquímicos de repetición, de abortos de repetición... están llenitos de mujeres que solo lo lograron cuando acudieron a estos especialistas como quien peregrina a Lourdes. Y en los foros no están todas las que son: seguramente hay muchísimos más casos con final feliz que no han dejado rastro en Internet.

Personalmente, estoy absolutamente convencida de que, si al final consigo llevar un embarazo adelante, será gracias a la Inmunología Reproductiva. Por eso, a cualquier mujer que se acerque a mí, real o virtualmente, con la duda de si acudir o no a este tipo de consultas, no podré hacer más que contestarle con una retahíla de adverbios: SÍ, CLARO, POR SUPUESTO.

Una vez que he dejado esto claro, ya podemos pasar a los detalles :)

lunes, 9 de enero de 2017

Buenos propósitos

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Empiezo el año llena de buenos propósitos, de pequeñas grandes ideas que hacen de mi día a día una experiencia plena, alejada del fluir monótono de los últimos meses.

Estas vacaciones han sido el revitalizante que necesitaba para volver a ser yo misma. Ese yo que es capaz de hacer cosas, que quiere (y puede) dirigir su vida más allá de la mera supervivencia.

No sabía hasta qué punto lo necesitaba. Parar, descansar, divertirme, viajar, pasar tiempo con las personas que quiero, asistir a los atardeceres sin angustia, desbrozar mis macetas, dormir largas siestas con mi gata, ver series, calentarme apenas bajo el sol del invierno.

Reconectar con la vida que, a pesar de todo, me rodea. 
Y desear, más que nunca, apropiarme de ella.

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