viernes, 3 de agosto de 2018

Mi parto (III)

Qué extraño fue llegar a nuestro hospital, a un lugar tan conocido y, a la vez, tan ajeno en aquella circunstancia. Sabíamos que existía una remota posibilidad de que aquello que estábamos viviendo ocurriera, y ya habíamos planeado que, si no podía dar a luz en Hospital Elegido, iríamos a nuestro hospital. Pero, sencillamente, no queríamos estar allí.

En la admisión de urgencias se sorprendieron de que llegásemos derivadas de otro hospital. Afortunadamente, tardaron muy poco tiempo en atendernos, porque la sala de espera, al contrario que en Hospital Elegido, estaba vacía.

Me cuesta recordar esa parte de la noche: era tarde, estaba muy cansada y llevaba ya muchas horas sin dormir. El impacto de lo que vendría después, además, parece haber dejado mi cerebro sin capacidad para memorizar los detalles.

A pesar de llevar el informe de Hospital Elegido, que incluía el registro de los monitores, la ginecóloga que nos atendió decidió repetir el proceso completo. La sola idea de volver a pasar por unos monitores me resultaba agotadora. Aun así, no me quedó más remedio que dejarme enchufar a la máquina, otra vez. En esta ocasión, al menos, pedí que me permitieran sentarme en un sillón, como en Hospital Elegido, en lugar de tumbarme en una camilla de la que no me sentía con fuerzas de levantarme. 

Para entonces, mis pantalones del pijama también estaban empapados. Así que, antes de sentarme, me volví a cambiar de compresa y me los quité. Para mi desgracia, en nuestro hospital no tenían bragas desechables, y yo no me había llevado ninguna de Hospital Elegido, así que tuvimos que escarbar en la maleta para sacar las que pensaba ponerme para volver a casa, que eran prácticamente las únicas que llevaba. Y como no tenía más pantalones, me tuve que sentar en bragas, con una compresa que calaba y una sábana por encima.

Después de los monitores, me hicieron un tacto que apenas ha dejado poso en mi memoria. Alma dice recordar que la ginecóloga nos explicó que, aunque todavía no estaba de parto, la cosa tenía buena pinta, porque ya había borrado el cuello del útero en un 80%. A mí, lo de borrar el cuello me pareció rarísimo, porque entendía que, si había dilatado entre uno y dos centímetros, era porque el cuello del útero ya estaba borrado.

De los que nos dijeron a continuación sí que no he podido olvidarme: me iban a dejar ingresada hasta la mañana siguiente, y, si hacia las diez no había comenzado el parto activo, me lo inducirían. Fue la segunda gran bofetada de esta historia (aunque, increíblemente, no sería la última): después de pasarme semanas temiendo una inducción, allí estaba, segura de que me provocarían el parto.

Cuando llegamos a la habitación, había empezado a amanecer. Bajamos las persianas para intentar mantener la penumbra y Alma se acostó en el sofá. Yo me debatía entre las dos opciones que se me ocurrían en ese momento: sabía que, para favorecer el parto, debía moverme, caminar, hacer ejercicios; pero me sentía incapaz. Estaba agotada, me sentía derrotada, no encontraba fuerzas mentales ni físicas para enfrentarme al viento de mi desgracia. Además, sentía que, si no descansaba, aunque fuera un par de horas, no podría enfrentarme al parto. 

Al final, decidí recostarme en la cama, con el respaldo prácticamente vertical, para intentar que la gravedad favoreciera la dilatación mientras yo descansaba. Conseguí dormitar algunos ratos, siempre con la mano en mi vientre; dándome cuenta, muy a mi pesar, de que las contracciones no aumentaban.

Pasadas las nueve entraron con el desayuno. La mujer que lo trajo no entendía por qué manteníamos las persianas bajadas. Tratamos de explicárselo, pero a ella le dio igual:

–¡Yo así no puedo trabajar!

Y las subió hasta arriba.

Este era el tipo de cosas que yo buscaba evitar cuando decidí dar a luz en Hospital Elegido. Buscaba un ambiente donde se respetaran mis decisiones y, ya de paso, la fisiología del parto. Mantener la penumbra no era un capricho: era un intento desesperado de favorecer la producción de oxitocina. En cualquier caso, me pregunto si es tan difícil respetar el bienestar de una paciente, entiendas o no sus motivos: 

–De acuerdo: si tú estás más cómoda, subo un poco esta persiana para dejar la bandeja y me voy.

A mí me parece sencillo, no sé.

A las diez vinieron a buscarme para llevarnos al paritorio. Nos atendió una matrona que parecía muy simpática, pero cuyo lado oscuro no tardó en aparecer:

–Así que venís de Hospital Elegido... ¡Las que queréis un parto natural, luego acabáis gritando por la epidural!

Estábamos de pie, esperando en el pasillo, y el sol daba de pleno en los ventanales:

–Qué buen día hace hoy, ¿verdad?

Entiendo que son detalles, pero, para mí, arruinaban completamente el ambiente que deseaba para el parto. Mucho más cuando, desde mi punto de vista, son perfectamente evitables, y los motivos por los que resultan nocivos me parecen bastante fáciles de entender.

Sin embargo, no me quedó más remedio que relativizar su importancia, debido a lo que ocurrió a continuación. Entramos en la sala de Obstetricia y allí, como en una película del terror más oscuro, la vi. Era ella. La ginecóloga de la no-consulta en Esterilidad

No sé cómo no me desmayé, cómo no vomité, cómo no salí corriendo en pleno ataque de pánico. Hacía más de un año de aquella visita, pero yo no había olvidado su cara. Alma tampoco. Las dos nos quedamos petrificadas, evitando la mirada de la otra, como si con eso pudiésemos conseguir que aquella aparición se esfumase y nuestra mala suerte se mantuviese en límites tolerables. 

Me subí al sillón, todavía ojiplática, y la matrona me hizo un tacto:

–¡Huy, huy, huy! En Hospital Elegido han sido muy optimistas... ¿Uno o dos centímetros? ¡Pero si no has dilatado NADA!

Yo no sabía ni qué decir, estaba muda de espanto. Entonces, la matrona le pidió al otro ginecólogo que repitiera el tacto, por si acaso. "Es que él tiene los dedos más largos".

Acto seguido, el hombre empezó a gritarme:

–¡¿Por qué no bajas el culo?! ¡¡Te he dicho que lo bajes!!

Yo no tenía conciencia de que ese señor me hubiera dirigido la palabra. Hasta la matrona se quedó blanca. Por supuesto, me hizo un daño horrible para corroborar que, según su criterio, no había dilatado nada. 

Cuando salimos de allí, no hacía más que repetirme: "Si todo va bien, los ginecólogos no intervienen. Si todo va bien, no volveré a verlos". Estaba lívida, temblaba, apenas podía procesar lo que estaba ocurriendo.

La matrona me preguntó entonces si había traído el plan de parto. "No", balbuceé. Y ella me dirigió una mirada reprobatoria, del tipo: "Mucho parto natural y luego mira...".

Era mentira, claro. ¡Por supuesto que lo llevaba!. Lo había preparado concienzudamente durante varias semanas, imprimiendo hasta dos versiones; incluso se lo había mandado a las matronas por correo electrónico para que me dieran su visto bueno, como así hicieron. Pero llevaba el modelo de Hospital Elegido. Y solo de pensar en recibir más comentarios despectivos sentía que me faltaba el aire. Lo último que quería es que esa señora siguiera mofándose del parto que había planeado, así que no se lo di.

En un principio, tenía la idea de rellenar también el de nuestro hospital, para dejar el plan B bien atado y poder estar completamente tranquila. Pero, en el último momento, decidí que no lo haría. En primer lugar, porque, al lado del modelo de Hospital Elegido, el de nuestro hospital era irrisorio. Saltaba a la vista que, a pesar de incluir algunos detalles positivos (lo tremendo es que en otros hospitales todavía no lo hagan, como evitar el enema o el rasurado), su plan de parto era más postureo que otra cosa. Y, por otra parte, ¡estaba harta de los planes B! ¿Por qué me tenía que poner siempre en lo peor? ¿Por qué no confiar tranquilamente en que todo saldría, más o menos, como lo había imaginado?

Pues porque no, hija mía. Porque los planes A nunca te salen bien.

La matrona nos explicó que, una vez rota la bolsa, se pueden esperar 24 horas a que se desencadene el parto sin que haya riesgo de sepsis.

–Pero aquí nunca inducimos los partos por la noche, ¿sabes? Porque estáis muy cansadas.

Me encanta. Yo no había dormitado ni tres horas, pero ellos ya habían decidido que, por la noche, estaría mucho más cansada. Las catorce horas que me robaron me habrían permitido dormir y moverme hasta el aburrimiento, y quién sabe lo que habría ocurrido en ese caso. Pero no, yo iba a estar muy cansada, y que su turno acabara de empezar no tenía nada que ver.

–Así que Hospital Elegido estaba lleno, ¿eh? Eso aquí nunca nos pasa.

Y lo decía como si le pareciera un motivo de orgullo.

Ante sus comentarios, yo solo acertaba a poner cara de póker. Temía que, si le decía lo que pensaba, si mostraba un atisbo de incomodidad siquiera, la cosa se pusiera más fea todavía. Mi síndrome de Estocolmo no había hecho nada más que empezar, y aún alcanzaría cotas sorprendentes.

Pasamos al paritorio (donde, por supuesto, había una ventana por donde entraba un sol que cegaba) y la matrona nos trajo el consentimiento para la inducción. Después de que lo firmara, me colocó los monitores y me puso la vía para la oxitocina.

–Entonces, ¿no quieres la epidural?
–Por el momento, no. Voy a probar.

Yo sabía que las contracciones que provoca la oxitocina sintética no son para aguantarlas, pero quería retrasar la anestesia todo lo posible. La idea era no perder el movimiento para ayudar a mi hija en su camino, además de intentar reducir al máximo su exposición a la anestesia y así favorecer el comienzo de la lactancia. 

De nuevo, preferí sentarme en un sillón a recostarme en la cama, y la matrona encendió la máquina. En cuanto la perfusión empezó a hacer efecto, el monitor comenzó a marcar contracciones muy fuertes; aunque, para mí, no eran dolorosas. 

–Si quieres, luego te traigo una pelota de pilates.
–Mejor tráela ya.

La matrona iba y venía, subiendo poco a poco la cantidad de oxitocina. En un momento dado, me di cuenta de que seguir en el sillón era una tontería, así que salté sobre la pelota de pilates para empezar a moverme. A pesar de que las contracciones eran cada vez más fuertes, fue sentarme en la pelota y relajarme por completo. Por fin me sentía en casa, haciendo los ejercicios que conocía, concentrándome en fluir aunque no fuera al ritmo de mi cuerpo sino al que marcaba la máquina.

De pronto, el monitor dejó de marcar contracciones, aunque a mí me seguían doliendo. 

–¿Esta de cuánto ha sido? –le preguntaba a Alma.
–¿Cuál? Aquí no marca nada...
–¿Cómo que no? ¡Si ha sido una contracción tremenda!
–Pues aquí ponía 15...
–¿¿15?? ¿¿No será 150??

Cuando volvió la matrona, se sorprendió mucho de mi estado de relajación: efectivamente, las contracciones habían dejado de ser efectivas, por mucho que dolieran. Así que subió bastante a la oxitocina.

Ahí ya sí que la cosa se puso seria. Las contracciones eran extremadamente dolorosas y yo empecé a gemir como gemían las mujeres que sí estaban de parto. Alma alucinaba y yo, en el fondo, también: es sorprendente cómo se transforma nuestra voz en el parto, como parece que la Tierra se estremece y ruge por nuestra garganta.

El trance, sin embargo, no era completo. En la puerta de nuestro paritorio, la matrona y otras enfermeras charlaban animadamente, riéndose y pegando voces como si estuvieran en la puerta de una discoteca. Yo me moría de la rabia y apenas podía resistir las ganas de tirar los monitores al suelo y salir a llamarles la atención. ¡Era una falta de respeto absoluta! 

Parto natural, parto natural... ¡no! Lo que yo quería era un parto respetado. Lo único que pedía era RESPETO. Respeto era lo que buscaba en Hospital Elegido, y respeto era lo que no encontraba por ninguna parte en nuestro hospital.

A las seis horas (¡seis!), la matrona me hizo un tacto y me dijo que, por fin, había alcanzado los tres centímetros. Entonces entendí que tenía que pedir la epidural. Si hubiera sabido que me quedaban, ¡no sé!, dos o tres horas, quizás la habría evitado. Pero, a ese ritmo, podía tener más de diez horas por delante, y eso no era capaz de soportarlo.

–Pues sí que has aguantado –admitió la matrona cuando se lo comuniqué.

Aunque solo estábamos dos mujeres de parto, la anestesista tardó media hora en venir; un tiempo que se me hizo larguísimo, porque, una vez que tomé la decisión de pedir la epidural, cada contracción de más se me hacía un mundo. La matrona me recordó que debía estarme muy quieta, incluso aunque me viniera una contracción; yo solo pensaba que, con la mala suerte que me gasto, de fijo que me quedaba parapléjica. Por suerte, en el último momento la matrona tuvo las luces de apagar la máquina de la oxitocina mientras me pinchaban.

La anestesista era una mujer dicharachera que se puso a hablar con la matrona como si yo no estuviera allí (¡qué raro!). Por su conversación, me enteré de que ninguna de las dos tenía hijos, lo cual me llamó bastante la atención. Sobre todo, recordé la frase de la matrona sobre "gritar por la epidural" y me pareció una falta de respeto mucho más grande. ¿Cómo se daba el lujo de hablar de ese modo tan despectivo de las mujeres de parto si ella no sabía lo que se sentía...?

Por si esto fuera poco, empezaron a comentar la "buena pinta" que tenía mi caso. "Yo creo que las dos de hoy paren, ¿verdad?". A lo mejor a ellas les resultaba simpático, pero a mí me daba cien patadas. Ya me parecía terrible que hicieran quinielas con las mujeres que estábamos allí en un trance semejante, y que hablasen de parir o no parir cuando todas parimos; pero, ¿encima tenían la desfachatez de comentarlo en mi cara? ¡Era increíble!

A pesar de lo desagradable de la conversación y del miedo que yo tenía, todo fue más rápido y menos doloroso de lo que esperaba. Primero me pincharon una cantidad pequeña para comprobar que no me daba una reacción alérgica, y después me pusieron el catéter (que, según la anestesista, entró por mi espalda "como si fuera mantequilla"). Afortunadamente, la anestesia empezó a hacerme efecto de manera inmediata.

Fue el momento más agradable del día (y de la noche). Me recosté en la cama, las contracciones desaparecieron y, después de tantísimo dolor, el bienestar fue absoluto. Tanto Alma como yo aprovechamos para domir un poco y, cuando al cabo de una hora la matrona volvió para hacerme otro tacto, nos dio la buena noticia de que ya estaba de cuatro centímetros.

Pero, como no podía ser de otra manera, la felicidad fue fugaz.

(continuará...)

lunes, 30 de julio de 2018

Mi parto (II)

Llegamos a Hospital Elegido sin contratiempos. Durante el trayecto, comprobé que las contracciones no eran regulares, ni siquiera muy seguidas, y que no eran nada dolorosas. A pesar de ello, yo iba haciendo mis respiraciones, más por calmarme que por otra cosa. 

Con cada bache o movimiento brusco, me resentía bastante, y el miedo a que mi hija pudiera sufrir algún daño sin la amortiguación del líquido amniótico aumentaba. No obstante, notaba sus movimientos con normalidad, algo que me aportaba cierta calma en medio de aquella vorágine de sensaciones.

En nuestras visitas anteriores, habíamos buscado aparcamientos alternativos por si no conseguíamos dejar el coche muy cerca de la entrada; sin embargo, esa noche logramos aparcar en la misma puerta de urgencias. Estábamos muy contentas. Discutimos brevemente si dejar la maleta en el coche para volver más tarde a por ella o llevarnos todos los bártulos, y al final decidimos llevárnoslos. 

La recepción en urgencias fue muy sencilla. No tuve que explicar, como en El Simulacro, una sensación difusa de "poder estar de parto":

–He roto aguas.
–¿Estás a término?
–Sí.

Y ya está.

El rato que estuvimos en la sala de espera fue de película. Yo no quería sentarme porque me daba vergüenza dejar la silla mojada, y tampoco estaba muy incómoda de pie. Nos colocamos en un sitio discreto, pero dio igual. En apenas unos minutos, el líquido amniótico había formado un charco alrededor de mis zapatos. La gente me miraba de reojo y yo no sabía dónde meterme. Nunca olvidaré a una niña que me miraba boquiabierta con todo el descaro propio de la edad: aunque le hice alguna monería, ella apenas podía apartar la mirada del charco, señalándome y diciéndole a su padre que mirara.

En esos momentos, me acordaba de la conversación que había tenido un par de semanas antes con mi prima Oli, contándole lo que nos había explicado la matrona sobre el parto:

–Es que los partos no son como en las películas, ¿sabes? No rompes aguas y hay que ir corriendo al hospital...

Claro.

Por suerte, el escarnio no duró demasiado, y a los pocos minutos nos atendieron:

–Siéntate aquí.
–¿Es necesario?
–¿Por?
–Porque mira cómo voy...

Me quedé de pie mientras tomaban nota, y también esperé de pie a que viniera el celador que nos acompañaría a Obstetricia. En ese rato, llegó otra pareja que también estaba de parto, de quienes Alma se acordaba porque también habían estado el día de la visita guiada. 

El momento celador también fue de broma. Nos dijo que le acompañáramos y prácticamente echó a correr. Yo le seguía de cerca, como si me fuera la vida en ello, dejando mi reguerito de líquido por los pasillos. Algunos metros por detrás, Alma trataba de alcanzarnos arrastrando la maleta y la bolsa que llevábamos. Mucho más atrás, la otra pareja perdía comba con cada contracción, porque la chica tenía que pararse (¡lógicamente!) y el celador no dejaba de correr. Cuando llegamos a los ascensores, solamente quedaba yo, así que él tuvo que desandar el laberinto por donde nos había llevado (en serio: ¿quién diseña los hospitales?) y recoger a Alma y a la otra pareja.

Una vez en Obstetricia, nos tocó esperar bastante, porque la otra pareja pasó primero. Esto es algo que a Alma la saca de quicio, porque no respetar un escrupuloso orden de llegada le parece arbitrario. Yo me lo tomé con humor, aunque reconozco que llegó un momento en que la espera se me hizo muy larga.

Finalmente, pasamos a monitores. Allí terminé de comprobar lo que me temía prácticamente desde que rompí aguas: tenía muchas contracciones y eran fuertes, pero no eran de parto. Y no solo lo comprobé con la máquina: también se nos hizo evidente cuando escuchamos los gritos de otras mujeres que tenían contracciones de parto, y entendimos que eso no era lo que me estaba pasando a mí.

Otra cosa que entendí en los monitores es que estaba bastante asustada. Siempre pensé que el parto me podía dar miedo, aunque no lo sintiera durante el embarazo; pero, para variar, no calibré bien qué tipo de miedo me daría. Porque seguía sin sentir miedo a lo que podía pasarme a mí, pero tenía muchísimo miedo a lo que podía pasarle a mi hija. Y lo entendí porque, en un momento dado, en el monitor apareció la palabra "Bradicardia" y a mí casi me da un síncope.

Para entonces, ya había pasado por monitores muchas veces, y sabía que, en ocasiones, el detector del latido fetal o bien lo pierde, o bien se acopla con el tuyo y, de pronto, parece que las pulsaciones se han detenido o ralentizado muchísimo. Esa noche, sin embargo, fui incapaz de mantener la mente fría cuando ocurrió, y llamamos corriendo a la matrona para ver qué pasaba. Ella me tranquilizó, me volvió a colocar el detector y todo volvió a la normalidad.

–No te preocupes –me dijo. –Aunque no estemos aquí, estamos viendo tu monitor en una sala, y si pasa algo, nos damos cuenta enseguida.

Para mi desgracia, esta pequeña anécdota fue un auténtico mise en abîme de lo que viviría muchas horas después.

Después de los monitores, pasamos a la consulta de la matrona para que me hiciera un tacto, y con él terminó de confirmar que no estaba "de parto": había dilatado entre uno y dos centímetros, pero no se considera que existe un parto "activo" hasta los tres. Después de la exploración, la matrona nos ofreció unas bragas desechables y una compresa limpia. Consecuentemente, decidí cambiarme también de pantalones, aunque no tenía mucho dónde elegir: llevaba otros vaqueros para cuando saliera del hospital, que no podía ponerme porque los iba a mojar seguro, y los pantalones del pijama. Así que no me quedó más remedio que ponerme estos últimos.

La ginecóloga corroboró el diagnóstico de su compañera, además de recordarme que tenía el estreptococo positivo. Y entonces llegó el momento estelar de la noche:

–Tengo que daros una mala noticia: en estos momentos, tenemos todos los paritorios llenos, así que os tengo que derivar a otro hospital.

Y remató:

–Nos hemos pasado el mes entero con los paritorios vacíos, pero hoy parece que os habéis puesto todas de acuerdo: eres la cuarta mujer que derivo a otro hospital, y no creo que seas la última.

Mi cara era un poema. Estaba en shock. En mi mente, solo podía repetir: "No, no, no, por favor, no". No podía creerlo. No podía ser verdad. No me podía pasar a mí, también.

Después de informarme, de hablar con gente, de dictarles mi historial cuando fuimos a urgencias, de acudir a la visita guiada, de explicar a todo el mundo por qué quería dar a luz allí, de trasladar mi expediente a la carrera, de prepararme concienzudamente para el parto que podían ofrecerme, hasta de hacer la maleta con lo que ellos nos habían recomendado que llevásemos... nada. No podía ser.

Y yo sabía lo que eso significaba: que mi parto no se iba a parecer ¡en nada! a lo que había planeado.

La ginecóloga se deshizo en atenciones. Nos ofreció derivarnos al hospital que quisiéramos. Nos ofreció una ambulancia. Llamó a nuestro hospital (¿adónde íbamos a ir si no?) para explicarles lo que había ocurrido. Me dio empapadores, me animó a llevarme todas las compresas y bragas desechables que necesitara.

Yo apenas podía responder. Apenas podía pensar. En ese momento me abandoné, me rendí completamente. Sentía que, después de todo, ¡de TODO!, no podía seguir luchando contra la adversidad. Cinco meses después, aún siento una punzada en el estómago cuando alguien nombra Hospital Elegido, aún se me encoge el corazón cuando paso por allí.

Decidimos trasladarnos en nuestro propio coche, porque a mí se me hacía un mundo separarme de Alma o de nuestra cosas. Todavía puedo sentir el frío que me invadió cuando salí a la calle en pijama; aún recuerdo vivamente el tacto de la toalla, completamente helada, que quité de mi asiento para colocar el empapador.

Era casi las cuatro de la mañana cuando pusimos rumbo a nuestro hospital.

(continuará...)

lunes, 23 de julio de 2018

Mi parto (I)

Todo empezó en la semana 39, aunque yo no supe verlo. Caí presa de una revolución hormonal y, durante dos o tres días, me sentí como la mugre. Nuncavoyaparir, estoesunputoinfierno, porquéamí-porquéamí. Pero, como no era ni la primera ni la segunda vez que me pasaba (¡aunque sí la última!), en el momento no me pareció nada significativo.

Lo que sí me pareció significativo es que me salió un grano. Y así se lo hice saber a Alma:

–Tía, yo creo que voy a parir, porque mira qué grano...

Ella no daba crédito. He de decir que, desde finales del primer trimestre, cuando empecé la dieta para la diabetes, tenía un cutis de impresión (que seguramente nunca vuelva). Así que, ver mi piel de porcelana (bueno, tampoco era para tanto...) mancillada por un granaco me hizo pensar. Y lo que pensé es que había leído muchas historias de betaesperas positivas con grano, así que, ¿por qué no podía anunciar también el parto?

El día en que cumplíamos los nueve meses, se produjo la exacerbación máxima de un síntoma que llevaba sintiendo desde la semana 34: los calambres en las ingles. Al principio, habían sido descargas muy dolorosas, pero breves. Solía sentirlas al anochecer, normalmente antes o durante la cena, y no todos los días. Con el paso de las semanas, este síntoma empezó a intensificarse: prácticamente era diario, me daban varios calambres seguidos y, a veces, el dolor se prolongaba por las piernas.

Yo procuraba paliarlo haciendo ejercicios de los que nos habían enseñado en pilates para embarazadas: óvalos de pelvis, gatos, caballos... También intentaba algunos de los que había aprendido con la matrona, como apoyarse sobre el respaldo de una silla formando un ángulo recto. El que mejor me iba, sin duda, era el de apoyar la espalda en la pared y doblar las piernas como si estuviera sentada en una silla. No obstante, en los últimos días casi nada me aliviaba, y solía pasar un mal rato en el que incluso llegaba a gritar de dolor.

Aquella noche creí que no lo contaba. Hice todos los ejercicios mil veces, pero el dolor era insoportable. Me recuerdo apoyada en la pared del salón, con la cena a medio terminar, mirando cómo pasaban los créditos del último capítulo de la serie que estábamos viendo y expresando en alto mi hartazgo:

–¡Si de esta no se coloca, yo ya no sé lo que hace falta!

Se acercaba la medianoche y yo seguía hecha polvo. Alma se metió en la cama mientras yo repetía los ejercicios sobre la cuna y en la pared de nuestro cuarto. De pronto, el dolor cesó. Eran las doce y estaba agotada, así que yo también me metí en la cama y me dormí inmediatamente.

No había pasado ni media hora cuando me desperté de golpe, con una sensación muy fuerte de que algo se escurría por mi entrepierna. No sé cómo logré levantarme de un salto, con el tripón incorporado, y dar las cuatro zancadas que me separaban del baño, prácticamente dormida y sin saber muy bien qué pasaba. Apenas había cruzado el umbral de la puerta cuando, de repente, ¡¡FASSSS!! El líquido amniótico empezó a salir a borbotones.

Sentí el impulso de desnudarme de cintura para abajo, y después... nada. Me quedé mirando cómo una cantidad ingente de agua se escurría entre mis piernas e iba formando un charco en el suelo. Y digo mirando porque lo que se dice ver no veía ni torta: evidentemente, no se me había ocurrido coger las gafas mientras volaba por la habitación, y, recién levantada, mi miopía adquiere unos niveles que rozan la ceguera.

Aunque parezca mentira, me costó un rato reaccionar y entender que estaba rompiendo aguas. Entonces, recordé las indicaciones de la matrona sobre la necesidad de comprobar de qué color era el líquido amniótico. Pero, como el suelo del cuarto de baño es oscuro, no podía distinguirlo, así que me metí en la bañera, que es blanca. La verdad es que la situación era bastante cómica: desnuda de cintura para abajo, intentando agacharme para ver algo con el tripón de por medio, mientras iba dejando todo el cuarto de baño perdido. 

El caso es que no logré discernir si aquello era o no era transparente. Había jirones sanguinolentos por todas partes (después entendí que era el tapón mucoso, que se desprendió de golpe aquella noche) y no me acordaba de si el color rosado era bueno o malo. Lo que sí recordé, de pronto, es que las contracciones se intensifican tras la ruptura de la bolsa, así que me quedé paralizada, esperando, casi casi escuchando para oír si venían las contracciones infernales. 

Pero no vinieron. Así que, bastante más espabilada, me dispuse a despertar a Alma, quien, a todo esto, dormía a pierna suelta. Nada más abrir la puerta del cuarto de baño, la gata vino trotando alegremente hacia mí, pero, en cuanto vio las cataratas del Niágara que se habían desatado, salió corriendo despavorida.

–Alma.

La llamé bajito, porque no quería despertar a los vecinos.

–Alma.

La escuchaba dormir plácidamente desde el cuarto de baño.

–Alma.

Al principio me entró la risa nerviosa, pero después entendí que nos podíamos tirar así toda la noche.

–¡Alma!
–...
–¡¡Alma!!
–...
–¡¡¡ALMAAAAAA!!!

A tomar por culo los vecinos.

–¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
–¡¡¡QUE HE ROTO AGUAS!!!

A diferencia de mí, ella es capaz de ser operativa nada más levantarse, así que se puso en marcha inmediatamente. Vino al baño, comprobó el desaguisado, me trajo las gafas y unas bragas secas, y empezó a preparar la maleta. Por suerte, después de El Simulacro habíamos decidido dejar preparada la bolsa de la niña y también habíamos perfeccionado la lista con nuestras cosas, así que tardó muy poco tiempo en tenerlo todo listo.

La matrona nos había explicado que, si rompíamos aguas y estas eran claras, teníamos un margen de unas dos horas para llegar al hospital. A la hora de la verdad, sin embargo, yo no las tenía todas conmigo. Mi plan inicial era pasar la mayor parte de la dilatación en casa, pero empezar rompiendo aguas me descolocó totalmente, porque no me lo esperaba.

Parece de broma pero, de hecho, apenas dos días antes, hablando del parto con mi madre, ella me advirtió de que, probablemente, tuvieran que romperme la bolsa. "Ninguna de las mujeres de nuestra familia ha roto aguas, siempre nos han tenido que romper la bolsa. A tu abuela, a tu tía, a mí... Así que, seguramente, a ti te pasará lo mismo".

Supongo que a estas alturas no queda duda posible de que yo tengo el gen torcido de la familia. Romper aguas, aparte de impresionarme vivamente, me metió la bicha en el cuerpo. Notaba el cuerpo de mi hija con mucha más claridad, notaba también las contracciones (que no eran regulares ni dolorosas) de manera mucho más intensa, y todo ello me preocupaba.

No tenía miedo al parto, pero sí temía por el bienestar de mi hija. Que una cosa es que te digan en un curso que no pasa nada, y otra muy distinta verte en la situación. Así que ni ducha relajante ni Cristo que la fundara: necesitaba llegar al hospital cuanto antes para que me aseguraran que mi niña estaba bien. Y los escasos 20-25 minutos que tardamos en salir de casa se me hicieron eternos.

Eternos y muy incómodos. Porque el líquido amniótico no dejaba de salir. A mí me parecía imposible que solo hubiera un litro, porque un litro se había desparramado ya por el suelo del baño y por la bañera, y aquello seguía brotando como si de un manantial se tratara (¡y lo que me quedaba!). Intenté ponerme la ropa interior utilizando las compresas postparto, pero gasté tres en el intento. Cada vez que me venía una contracción o simplemente intentaba levantarme del váter, aquello se desbordaba.

Al final, me puse la cuarta compresa, me enfundé los vaqueros, me empapé de arriba abajo, y me entregué al destino. Estaba claro que, o salía así de casa, o no salía. Me acordaba mucho de una chica a la que conocí en una reunión de La Liga de la Leche, quien, hablando del parto, me aconsejó que, si rompía aguas en casa, me preparara psicológicamente. "Porque sale mucho líquido. MUCHO. No hay quien lo pare". Efectivamente, no había quien lo parara. Ni siquiera la irrisoria toalla de manos que cogí al vuelo mientras salíamos, para que no se mojara el coche.

En cuanto enfilamos la autovía para Hospital Elegido, me sentí mejor. Era un camino conocido, porque habíamos ido ya tres veces: una de prueba, otra el día de El Simulacro, y una tercera para la visita guiada. Además, la atención que iba a recibir allí me generaba una confianza plena. En breve, mi niña estaría en buenas manos.

Era lunes por la noche y hasta el viernes por la tarde no volveríamos a casa.

(continuará...)

miércoles, 11 de julio de 2018

La no-consulta en Esterilidad de la Seguridad Social

Este es uno de los episodios más desagradables de mi andadura, y, de hecho, había tomado la decisión de no contarlo. Cuando escribí esta entrada, en la que exponía mis dudas acerca de la conveniencia de relatar todas y cada una de mis experiencias con la infertilidad, me refería, concretamente, a lo que voy a explicar ahora. Para mi total y absoluta desgracia (¡y me quedo corta!), me veo obligada a contarlo para que se entienda mi parto en todo su esplendor.

Como ya expliqué en su momento, cuando, después del tercer aborto, acudí a mi doctora de cabecera para que me derivase a Ginecología y Hematología, donde probar suerte con las nuevas pruebas que me tenía que hacer; ella decidió darme una cita con Esterilidad, para que decidieran allí si debían derivarme o no. Esta decisión me dejó sin la atención médica que necesitaba en ese momento, me impidió intentar hacerme unas pruebas a las que (¡creo!) tenía derecho y, por si esto fuera poco, también hizo que viviera una experiencia médica sumamente desagradable. Una experiencia que, además, no sirvió absolutamente para nada. Para nada bueno.

La espera previa a la cita era de cinco meses, algo que daba al traste con los tiempos necesarios para el tratamiento del que nació mi hija. Sin embargo, para ser una cita con Esterilidad, me parecía muy poco tiempo; de hecho, sospeché que algo extraño pasaba cuando, además, resultó que debía acudir a un centro de especialidades y no al hospital. Como descubrí después, lo que ocurría es que, antes de tener la consulta con Esterilidad, hay que pasar por el filtro de Ginecología, donde deciden si la derivación a Esterilidad es pertinente o no.

Dejando a un lado el absurdo de que me deriven a Ginecología para que me deriven a Esterilidad para que decidan si deben derivarme a Ginecología (¡!), cuando llegó el día de la cita, acababan de pedirme nuevos análisis en Inmunología, así que pensé que, aparte de "entrar en el sistema" (que era para lo que pensaba aprovechar esta consulta), tal vez podría conseguir que me hicieran estos análisis. En cualquier caso, y después de esperar tres años para que la Seguridad Social dejara de discriminarme por ser lesbiana, lo que más deseaba era exponer mi caso. Hablar. Sentirme acogida por un servicio, la Sanidad Pública, del que soy una firme defensora.

Todos mis anhelos estallaron durante el primer minuto de la consulta. La ginecóloga no me preguntó nada, no me dejó hablar, no le importó un pimiento para qué iba yo allí. Tan solo me pidió el parte interconsulta, donde mi doctora de cabecera había escrito un escueto "Solicito valoración para Esterilidad por abortos", y me indicó que pasara detrás de la cortina y me desvistiera de cintura para abajo.

–Pero... ¿qué me van a hacer?

No entendía nada. Mi historia médica era compleja y yo llevaba una carpeta repleta de pruebas para enseñarle. No pensaba que fuera a hacerme nada, yo iba a esa consulta a hablar.

Me sentí tan vulnerable, tan pedazo de carne con ojos. Basta decir que, por aquel entonces, acababa de pasar por el trauma de la segunda biopsia de endometrio, esa carnicería a la que me sometieron tras la histeroscopia diagnóstica. Eso, por no hablar de las otras chorrocientas pruebas (citologías, exudados, una histerosalpingografía, otra biopsia de endometrio) que llevaba perfectamente documentadas en mi carpeta. Pero la ginecóloga no sabía nada de todo aquello porque no se había molestado en preguntarme, en hablar conmigo.

Lo primero que hizo fue gritarme, claro. Gritarme por no estar relajada mientras hundía sus dedos en mi cuerpo, mientras manejaba un ecógrafo sin ningún respeto por mi condición de ser humano:

–¡Estás tensa! ¡Mira tus piernas! ¡Yo así no puedo trabajar! ¡No puedo!

Todavía hoy, más de un año después, se me escapan las lágrimas al recordarlo. 

Pero entonces no lloré. No quise darle el gusto. Tan solo miré para otro lado mientras ella me sometía a aquella retahíla de vejaciones, y tomé una decisión: nunca más. Nunca más me prestaría a otra prueba ginecológica inútil. Estaba más que comprobado que mi problema no residía en el útero. Si alguna vez algún médico intentaba volver a ecografiarme, medirme el útero, meter sus dedos en mi vagina, simplemente diría que no. ¡Que no! Me negaría. 

Yo, que tanto me había preguntado dónde debía establecer los límites de esta aventura médica, me topé de golpe con uno. Porque, efectivamente, los límites existen, y son evidentes cuando te los encuentras. Afortunadamente, aquel pensamiento, aquella pequeña revolución, ese paréntesis en el absurdo, me hizo sentir empoderada, liberada, dueña de un trocito de mi existencia en medio del pavoroso huracán de la infertilidad.

Solo cuando salí de detrás de la cortina, empezaron las preguntas.

–¿Te quedaste embarazada de forma natural?

Claro. Cuando no te has dignado a mantener una mínima conversación con la persona que tienes enfrente, todo se vuelve ridículo. Después de que me ensartara como a un pincho moruno, tuve que explicarle que no, que yo era lesbiana, que aquella mujer que me acompañaba no era ni mi amiga ni mi hermana, sino mi pareja, y que si acudíamos ahora por primera vez a la Seguridad Social, era porque, hasta entonces, habíamos sido discriminadas por nuestra orientación sexual. Motivo por el cual nos habíamos visto obligadas a realizar nueve tratamientos en dos clínicas privadas, junto a un número importante de pruebas médicas que nos habrían permitido ahorrarnos el episodio de violencia ginecológica que acababa de acontecer.

Esto último no lo expresé con esas palabras, pero creo que se entendió.

Entonces pasó a preguntarme por mis abortos. En cuanto le dije con cuántas semanas había perdido el segundo embarazo, le faltó tiempo para asestarme una nueva puñalada:

–¡Ese no cuenta!

Sé que en la Seguridad Social tienen el "protocolo" de ignorar cualquier embarazo que no haya podido ser documentado mediante una ecografía; pero eso no lo hace menos doloroso. En este caso, además, la ginecóloga parecía contenta de ningunear mi experiencia, como si hubiera salido el número que le faltaba para cantar bingo. A regañadientes, no obstante, apuntó en el informe este aborto y el siguiente.

Luego me dijo que me iba a mandar unos análisis. Así, "unos análisis". Y ahí, ya, me planté. Si no eran los análisis que necesitaba, no iba a hacérmelos. No iba a esperar semanas, a perder otra mañana, a volver a esperar semanas... para que me dijeran, ¡no sé!, que tengo Síndrome de Ovarios Poliquísticos. Eso ya lo sabía. Sabía muchas cosas. Estaba en el nivel de complejidad que estaba y no iba a retroceder.

–Pero, ¿de qué son los análisis? Porque yo ya tengo muchas pruebas hechas.
–Pues de hormonas.
–Ya, pero, ¿de qué hormonas?
–Pues hormonas.

Era evidente que me estaba tratando como a una imbécil, y yo no podía más. Tres años y un máster involuntario en bioquímica me impedían seguir manteniendo ese diálogo de besugos. Así que puse la carpeta encima de la mesa, saqué todo el taco de pruebas y, muy despacio, volví a repetir la pregunta:

–¿Qué hor-mo-nas?

Ella resopló y me dijo algunos ejemplos, esperando, sin duda alguna, que yo me quedara boquiabierta como una gilipollas. Pero no fue así. Rebusqué entre mis papeles y los fui sacando todos, uno tras otro. El perfil hormonal básico, el del SOP, el estudio de trombofilia, el cariotipo, anticuerpos variados, celiaquía, tiroides, vitamina D... Etcétera. Ella se los iba pasando a la enfermera para que tomara nota. Cuando terminamos, me dijo que ya no me iba a mandar los análisis. Que lo tenía todo. ¡Menuda sorpresa!

Así que, por fin, me dio el volante para solicitar la consulta con Esterilidad. En cuanto salí por la puerta, me puse a llorar. A llorar y a gritar, que se me escuchaba por todo el centro de salud. Pero me dio igual. Aquello había sido el colmo de los colmos, un maltrato físico y emocional, un insulto a mi inteligencia, a mi dignidad. Y lo peor de todo: había sido inútil. Completamente inútil.

Estábamos en enero y la cita con Esterilidad nos la dieron para noviembre: esos tiempos sí que me cuadraban. Por suerte, para cuando llegó yo ya estaba embarazada de seis meses. Aun así, me dieron ganas de ir. Quería, sencillamente, ocupar mi espacio, ese espacio que se me había hurtado durante tanto tiempo. Al final, sin embargo, Alma me convenció de que era mucho más solidario anular la cita para que otra familia pudiera aprovecharla. Y así lo hice. O, al menos, así intenté hacerlo, porque ponerse en contacto telefónico con el hospital se reveló como una tarea inútil.

Relatar este episodio me recuerda cuánto hay todavía que sanar en mi interior, cuánto dolor he acumulado a lo largo de estos años. Ni siquiera la existencia de mi hija, una culminación grandiosa para todo este proceso, ha logrado realizar el milagro. Supongo que necesito tiempo, mucho tiempo. Y escribir mucho, ¡muchísimo!, sobre todo ello.

viernes, 6 de julio de 2018

La tripa crece (final)

Un hurra por mi camiseta, que aguantó hasta el final :)

Hace unos días recordábamos con unas amigas la llegada del primer bebé a nuestro grupo, seis años atrás. Estuvimos viendo unas fotos de la última vez que nos juntamos antes de que naciera, y a mí me vino a la memoria una conversación que tuve con su mamá. Al preguntarle qué tal se encontraba, cómo se sentía, ella me dijo que no veía el momento de librarse de la tripa. 

Reconozco que su respuesta me dejó muy impactada. Podía entender que tuviera ganas de conocer a su bebé, pero, ¿librarse de la tripa? ¿Por qué, si era algo maravilloso? Por aquel entonces, yo ya llevaba un tiempo sintiendo la urgencia de ponerme en camino, de vivir un embarazo, y no me imaginaba teniendo la necesidad de abandonar ese estado cuanto antes.

Es una de tantas cosas que no entiendes hasta que te pasa. Porque, a pesar de haber recorrido un camino largo y tortuoso, llegado el final de mi  propio embarazo, yo tampoco veía el momento de librarme de la tripa :)

Supongo que fue una mezcla de muchas cosas. Cuando empecé el reposo, todavía tenía una tripa manejable y me sentía con fuerzas para llevarla. Sin embargo, cuando el reposo terminó, aquello había crecido muchísimo y mi tono muscular estaba bajo mínimos. Y aunque hubo momentos durante las últimas semanas en que me sentí llena de energía, mucho más capaz que en las semanas anteriores, lo cierto es que, finalmente, mi tripa se volvió un fardo inmanejable.

Como suele pasar, lo peor era tumbarse en la cama. La verdad es que fue entonces cuando empecé a profundizar en el respeto que merece nuestro útero, porque había veces en que, intentando darme la vuelta, no entendía cómo mi tripa no se rajaba y el bebé se escurría por un lado. Para maniobrar de esa manera, tenía que sujetarme la tripa con las dos manos, empujándola al compás del resto de mi cuerpo; cada vez que lo hacía, podía notar perfectamente el contorno de mi hija, su peso en mis manos, y no daba crédito a que todo aquello (el bebé, la placenta, los miles de litros de líquido amniótico) estuviera firmemente contenido por un órgano que, en su estado normal, apenas tiene el tamaño de una pera (!).

Lo cierto es que sentía unas ganas irrefrenables de parir. Así, llanamente: ganas de parir. Era algo que me llamaba mucho la atención, porque yo pensaba que, según se acercara el momento, me iría asustando. Sobre todo porque, durante el embarazo, apenas había sentido miedo hacia el parto. Quizá un poco, al cumplir los seis meses, cuando entendí que aquello ya era imparable y que el final se acercaba. Pero enseguida me puse a leer como una loca sobre el parto, y se me pasó el susto. Así que yo pensaba que todo el miedo saldría al final; pero no, fue al contrario: no veía el momento de empezar a sentir contracciones y saber que el momento había llegado.

Mis ganas de parir también estaban causadas por un miedo que sí que tenía: el de no ponerme de parto y que me lo tuvieran que inducir. Necesitaba sentir que mi cuerpo estaba listo para tranquilizarme sobre la posibilidad de que no lo consiguiera.

Esto me trajo mucho malestar durante las últimas semanas. Las recomendaciones, las advertencias que te hacen hacia el final del embarazo, tuvieron en mí el efecto de hacerme sentir responsable sobre lo que mi cuerpo hacía o dejaba de hacer. Focalicé toda mi ansiedad en lo que más me costaba, que era salir a dar un paseo cada tarde. Estábamos en pleno febrero, hacía un frío de mil demonios, anochecía temprano y yo tenía una tripa que parecía que me había tragado un elefante. Ahora entiendo que me costara andar, y mucho más hacerlo sola. Pero entonces solo me machacaba pensando que, si no caminaba, no me pondría de parto, y que, si me lo inducían, sería por mi culpa.

De verdad que hoy pienso que no es así para nada. El embarazo, desde el principio hasta el final, es un mecanismo bastante autónomo, que, para bien y para mal, no podemos dirigir mediante nuestra voluntad. Una cosa es potenciar nuestra salud, que es una idea estupenda, y otra, pretender controlar el desarrollo de nuestra gestación, algo imposible. Y a mí me parece que esos discursos tan abundantes sobre todo lo que debes hacer para preparar tu parto no hacen honor a la verdad de nuestros cuerpos, sino que nos cargan con una responsabilidad que ya quisiéramos que fuera nuestra.

A comienzos de la semana 38 tuvimos la que sería nuestra última revisión médica. Todo iba muy bien: en el monitor ya se registraban más contracciones y nuestra niña había alcanzado un peso estupendo: 3,100 kg. En esta ocasión había una estudiante de prácticas, así que la ginecóloga, que no era la que nos había atendido anteriormente, quiso enseñarle alguna cosa especial durante la ecografía. Y lo que vimos fue a nuestra pequeña bebiendo líquido amniótico. ¡Fue tan bonito...! Solo pudimos ver sus labios y su lengua, porque el resto de la cara seguía fuera del alcance de los ultrasonidos, pero fue una imagen hermosísima con la que despedirnos de la vida intrauterina de nuestra hija.

La belleza de esta imagen, sin embargo, no nos distrajo de nuestro objetivo principal, que era consultar sobre la necesidad de inducir el parto en la semana 40 debido a mi SAF. Afortunadamente, esta ginecóloga no estaba de acuerdo con un protocolo semejante, y nos explicó que, en mi caso, el único motivo para inducir el parto antes de tiempo sería que el bebé fuera macrosómico a causa a la diabetes; cosa que, evidentemente, no estaba ocurriendo, por lo que no había ninguna razón para no esperar hasta pasadas las 41 semanas.

Aquello me dejó más tranquila, pero reconozco que ya tenía la bicha metida en el cuerpo y que nada ni nadie me devolvería la confianza perdida. Supongo que esto no dice mucho a favor de mi equilibrio emocional, pero, ¿acaso no es evidente que mi equilibrio emocional, después de todo, pendía de un hilo delicado, fino, casi inexistente...?

El caso es que, esta vez, la visita podría haber sido redonda, pero entonces, seguramente, no habría sido una de mis visitas. En esta ocasión, le tocó a la matrona romper el embrujo: "Por cierto, tienes el estreptococo positivo". ¡Ag! ¡Qué puedo decir...! La noticia me entró por un oído y me salió por el de enfrente, porque mi capacidad para asumir diagnósticos adversos se había desbordado hacía ya mucho tiempo.

Sabía que eso implicaba estar atada a un gotero durante el parto, algo que, definitivamente, no formaba parte de mis planes. A esas alturas, sin embargo, ya no me encontraba las fuerzas para enfrentarme a la adversidad. Tenía la sensación de que cada cosa que me buscaban, la encontraban; así que solo podía esperar a que el embarazo acabara cuanto antes para que no me diagnosticaran nada más.

Y aunque yo no daba un duro por ello, lo cierto es que el embarazo estaba llegando a su final. De hecho, la nueva paranoia que me entró en la semana 38 fue que la niña, después de haber estado colocada, al menos, desde la semana dieciséis, se hubiera dado la vuelta. Porque, de alguna manera, la notaba distinta; y creía que, con mi mala suerte característica, se habría puesto de nalgas o en cualquier otra postura semejante que impidiera, siquiera, intentar un parto natural.

Pero no. Lo que mi pequeña hacía era prepararse para salir :)

jueves, 7 de junio de 2018

Revivir el embarazo

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Estoy muy emocionada: se cumple un año de los primeros hitos del embarazo (la última regla, el primer pinchazo de heparina, la transferencia...) y recordarlos me llena de alegría. ¡Es tan placentero echar la vista atrás y revivir esos momentos de incertidumbre, angustia e incluso parálisis emocional desde la certeza presente de que todo iba a salir bien...! Saber, como sé hoy, que aquella regla era la última regla, que aquel pinchazo funcionaría, que uno de los dos embriones que me transfirieron se convertiría en nuestra hija. 

No olvido lo mal que lo pasé; sin embargo, ya mientras lo estaba viviendo era consciente de que la memoria y su máquina del tiempo conseguirían convertirlo en un montón de buenos recuerdos. Y lo sabía porque era algo que me había ocurrido en los anteriores embarazos.

Guardo muchísimos recuerdos hermosos del primero. A veces me asaltan sin que me dé cuenta; otras, soy yo la que, todavía hoy, sale a su encuentro. Ocho semanas dan para un buen puñado de anécdotas, y más cuando el vínculo con el embrión no se ve amenazado por el miedo. 

El segundo y el tercero fueron mucho más breves, pero también dejaron mi memoria poblada de momentos. Recuerdo el cansancio del segundo embarazo, los bostezos, a mi madre exclamando: "¡Pues sí que tienes sueño...!". Recuerdo desabrocharme el botón de los pantalones sentada en el coche, haciendo espacio para aquel SHO ligero, confiada en que algo se movía, en que algo había, aunque fuera poco, aunque no fuera suficiente.

No olvido tampoco aquella tarde en la betaespera de mi tercer embarazo, cuando paseaba junto a Alma y una amiga, y me sentía ahogada e incapaz de seguir su ritmo. El SHO volvió a ser evidente mientras cenábamos, y una segunda raya confirmó mis sospechas a los pocos días. ¡Cómo olvidar la sonrisa de Alma mientras la veíamos aparecer juntas, por primera vez, en la intimidad de nuestro cuarto de baño...!

Así que ahora, ante la perspectiva de revivir un embarazo completo, el embarazo de nuestra querida hija, me siento llena de alegría. Cada aniversario me sabe a triunfo, me llena de paz, me sana las heridas.

Tengo la esperanza de que, cuando el proceso culmine, cuando celebremos el primer cumpleaños de nuestra pequeña, esa tierra de nadie que ahora habito, entre la ansiedad de tantos años de búsqueda y el extrañamiento hacia mi nueva vida, se convierta en ese lugar hermoso que siempre imaginé que sería formar mi propia familia.

domingo, 3 de junio de 2018

Tercera revisión en Inmunología

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Estas semanas que estoy relatando trajeron también la última revisión en Inmunología. Concretamente, me hice los análisis del tercer trimestre cuando estaba de 32 semanas y fui a la consulta de 34. La importancia de acudir a esta visita era otro de los motivos por los que temía que se me adelantara el parto, ya que, aunque en la consulta del segundo trimestre el inmunólogo ya me había adelantado algunas de las pautas que tendría que seguir, no habría sabido muy bien cómo aplicarlas en caso de dar a luz antes de tiempo. Por suerte, al final no fue necesario.

En esta ocasión, los análisis tampoco trajeron ninguna sorpresa: tal y como el inmunólogo había predicho, una vez más, todos los valores se mantuvieron en niveles normales, con escasa variación con respecto al segundo trimestre. Como curiosidad, mencionaré que la actividad del factor anti-Xa había descendido de 0,46 a 0,34 UI/ml, probablemente como consecuencia del aumento de peso. Sin embargo, seguía dentro del rango que necesitaba (0,2-0,5 UI/ml), cosa que no ocurrió en el primer trimestre, cuando la actividad de los anticuerpos era más intensa a pesar de que yo hubiera adelgazado un par de kilos. De nuevo se demuestra, por tanto, que para tratar el SAF la heparina no debe pautarse por peso, sino teniendo en cuenta la respuesta inmune de cada organismo en cada momento.

Una vez revisados los análisis, dedicamos la consulta a organizar la medicación de cara al parto y el posparto. Para empezar, debía dejar el adiro cuando estuviera de 35+6, el mismo día en que dejaba la progesterona: una razón más por la que me horrorizaba ponerme de parto con anterioridad, ya que me arriesgaba a sufrir una hemorragia. No obstante, el inmunólogo se cercioró de que no estuviera sufriendo ya algunas hemorragias pequeñas que hicieran sospechar de que los efectos del adiro eran demasiado fuertes, pues, según me explicó, en caso necesario también podía retirarse algunas semanas antes. Finalmente, y a pesar del amago de parto prematuro que había sufrido, pude mantener la medicación hasta el final.

Por otro lado, y según me había adelantado en la revisión del segundo trimestre, me bajó la dosis de heparina de 5.000 a 4.500 UI, con el objetivo de ampliar el margen de seguridad de cara a la epidural. Al parecer, con esta dosis solo es necesario esperar 12 horas entre pinchazo de heparina y epidural, mientras que, con una dosis mayor, la espera es de 24 horas. Esta separación es necesaria por la manera en que se administra la epidural, que, bajo la influencia de la heparina, puede provocar un hematoma en la zona de la columna: una situación muy grave cuyas consecuencias suelen ser nefastas.

Confieso que, entre mis preocupaciones, no se encontraba la imposibilidad de ponerme la epidural. En primer lugar, porque estaba convencida de que sabría cuándo me estaba poniendo de parto y, sencillamente, no me pincharía la heparina: esto es lo que hice, por ejemplo, el día de El Simulacro, en el no me puse la dosis diaria hasta que no volvimos del hospital. Por otro lado, además, mi plan era aguantar sin epidural todo lo posible, así que me parecía imposible que no llegaran a pasar las 12 horas de rigor; e incluso contemplaba la posibilidad, en caso de ser necesario o de ser capaz, de no utilizar anestesia en absoluto.

El miedo que yo tenía era que, por el motivo que fuera, me tuvieran que practicar una cesárea de urgencia. ¿Qué ocurriría entonces con la anestesia? El inmunólogo me dijo que, en ese caso, no habría nada que plantearse: la epidural estaba absolutamente contraindicada si no habían pasado las 12 horas, así que me pondrían anestesia general. Este escenario me también aterrorizaba: no poder ver nacer a mi bebé, no disfrutar del piel con piel inicial ni empezar la lactancia, conocerla muchas horas después... Nada indicaba que mi parto tuviera que ser así, pero fue otro de los miedos que se me acumularon en las últimas semanas de embarazo.

En cualquier caso, el inmunólogo me recomendó que, para minimizar el riesgo de ponerme de parto sin margen para la epidural, procurara inyectarme la heparina por las mañanas, ya que los partos suelen desencadenarse por la noche. La verdad es que esto era algo que yo ya hacía desde el principio (otro motivo por el que me sentía confiada con respecto a la epidural) y por eso no dejo de recomendarlo siempre que me preguntan cuándo es mejor ponerse la inyección.

En cuanto al resto de la medicación (ácido fólico 5 mg, vitaminas prenatales y vitamina D), debía mantenerlo hasta el parto. Después, y durante seis semanas, tendría que seguir pinchándome la heparina (cuya administración reanudaría 24 horas después del parto) y la vitamina D. Esta pauta era necesaria, en primer lugar, porque el riesgo de sufrir una trombosis aumenta muchísimo durante el postparto, y también porque los tratamientos largos con heparina descalcifican los huesos, algo que la vitamina D contribuye a minimizar.

En mi caso, no obstante, podría haber sido suficiente con una profilaxis de tres semanas, pues la actividad de mis anticuerpos es muy baja. Para asegurarnos, habría tenido que repetirme los análisis tras el parto, ya que, según me explicó el inmunólogo, la placenta es lo que altera el sistema inmune, por lo que, una vez expulsada, este debería recuperar su equilibrio. El problema, sin embargo, es que se trata de unos análisis muy caros, que solo hemos costeado mientas ha sido absolutamente necesario. Después de diez meses de tratamiento con heparina, no íbamos a desplazarnos a la otra punta de Madrid con una niña recién nacida solo para ahorrarnos algunos pinchazos. Al inmunólogo tampoco le pareció necesario, por lo que, finalmente, hice la profilaxis completa.

Por otro lado, le pregunté sobre la necesidad de hacer un seguimiento de mi SAF una vez finalizado el embarazo. Y él me dijo que, en principio, no era necesario, ya que mi SAF es obstétrico y, por tanto, fuera del embarazo es como si no lo tuviera. No obstante, si en algún momento notaba "algo raro" (esas cosas tan raras que te ocurren con las enfermedades autoinmunes), me recomendó que intentara conseguir una cita en Inmunología de la Seguridad Social, puesto que una nueva visita a Hematología probablemente no me reportase nada, tal y como ocurrió la primera y la segunda vez que fui.

Una vez aclarados todos estos puntos, llegó el momento de la despedida. Como siempre, el inmunólogo fue muy cariñoso y atento, y a mí se me hizo un nudo en la garganta, porque, ¿cómo te despides del médico a quien le debes la vida de tu hija? ¿Qué palabras harían justicia al inmenso agradecimiento que sientes...? Estoy segura de que nada de lo que dije hizo honor a todo lo que le debemos; tan solo deseo que se sienta plenamente satisfecho con la labor que realiza, pues para mí es, sin duda, el mejor profesional con el que me he encontrado a lo largo de todos estos años, no solo porque conmigo haya dado en el clavo, sino por su altura científica y humana. Algo que debería ser básico en cualquier profesional sanitario, y que, tristemente, no abunda, ni en un sentido, ni en otro (ni en los dos).

Mientras subía la calle en la que tenía el coche aparcado, no podía dejar de pensar en el primer día en que pisé aquella consulta, en la sensación de irrealidad al saberme candidata a padecer alguna enfermedad "rara". Recordaba cómo lloré cuando supe que padecía dos trombofilias que, por sí solas, ya explicaban mi historial reproductivo. Y la cara de alucinada que se me quedó al descubrir que, además, también sufría SAF.

Pero ya estaba. ¡Ya estaba!
La pesadilla había concluido.

Acaricié mi tripa de casi 35 semanas y supe que lo habíamos conseguido :)

(Os dejo una lista con los resultados de mis análisis a lo largo de estos años para que podáis consultar o comparar datos: es algo que yo también hice en su momento y que me vino muy bien).

domingo, 27 de mayo de 2018

Nuestro expediente de adopción cumple tres años


Mayo, el mes en el que empieza todo, nos ha traído esta vez el tercer aniversario de nuestro expediente de adopción. Parece mentira, pero hace ya tres años que comenzamos nuestro primer embarazo burocrático, y aquí seguimos, expectantes, atentas a lo que el futuro quiera depararnos.

Este año también ha sido muy diferente al anterior. Es curioso cómo, a veces, lo malo llama a lo malo, y lo bueno llama a lo bueno. Y es que, si bien el segundo año de nuestra aventura adoptiva, completamente yermo en cuanto a avances en la lista, coincidió con un durísimo tercer aborto, que trajo consigo una intensa peregrinación médica y la certeza, cada vez más fuerte, de que nos acercábamos al final del camino y de que, tal vez, no podría ser; en este tercer año hemos disfrutado, ¡por fin!, de nuestro deseado embarazo junto con una generosa ración de buenas noticias respecto al proceso de adopción: el mismo día en que nos confirmaban la beta positiva, tenía lugar la tan ansiada cuarta reunión informativa y, a lo largo del año, se han celebrado dos reuniones más. En total, la lista ha avanzado en 135 expedientes y ya nos quedan menos de 200 para que llegue nuestro turno. 

No me canso de decirlo, pero, para mí, la adopción nunca ha sido un plan B: siempre ha sido un plan tan A como el embarazo. En este sentido, recuerdo una conversación que tuve este verano, en la que hablaba con nuestra cuñada de lo bien que nos vendría una mejora en nuestra situación laboral:

–También de cara a la adopción –le decía yo.
–¿Qué adopción?
–La adopción, la adopción nacional. ¿No os lo habíamos contado...?
–¡Ah, sí, claro! Pero pensaba que, con el embarazo, eso ya lo habíais olvidado.

Pues no, no lo hemos olvidado. Porque eso, la posibilidad de adoptar, fue mi tabla de salvación durante el duelo genético, el impulso que necesitábamos para decidirnos por la adopción de embriones, una esperanza repentina que iluminó nuestro proyecto de familia, guiándonos hacia lo que realmente queríamos y no habíamos sabido elegir. Eso, apenas una posibilidad, hace que hoy podamos disfrutar de la familia que hemos creado sabiendo que es perfecta para nosotras, a pesar de que la adopción de embriones sea un camino absolutamente marginal entre las mujeres lesbianas. 

De hecho, ni siquiera mi embarazo habría sido igual sin el horizonte de la adopción. A cada paso que daba mi cuerpo, yo no podía evitar pensar en cómo lo viviría una mujer que fuera a dar a su hijo en adopción. ¿Cómo será mirar tu tripa y decidir que la criatura que alberga no se quede contigo? ¿Cómo enfrentarse a los rigores del embarazo, a las pruebas médicas, a la exigencia de cuidarse, cuando no deseas vivir ese proceso en tu cuerpo? ¿Qué monstruos no poblarán tu posparto bajo el yugo de unas hormonas que no entienden que ese bebé no estaba destinado a ser tu hijo? 

Mi experiencia me sugiere, una vez más, que se trata de una vivencia llena de ambivalencia. ¿De qué manera no sobrecogerse ante la primera contracción, ante la primera patada? ¿Cómo evitar, siquiera, cierta curiosidad por lo que ocurre bajo tus costillas? ¡Imposible! Tiene que ser una vivencia tremendamente compleja: esa historia de la mala mujer que abandona a su hijo no es más que una simplificación cruel e injusta.

Así que, para mí, haber podido vivir un embarazo no solo no me aleja de la adopción, sino que me acerca a ella desde la empatía de saber lo que es gestar, lo que es parir, y no acercarme siquiera a imaginar lo que es dar un bebé en adopción. Y digo un bebé porque, en la Comunidad de Madrid, la mayoría de las adopciones son fruto de renuncias hospitalarias, es decir, de mujeres que dejaron a su bebé en el hospital tras dar a luz.

Lo cierto es que, durante el embarazo, no dejé de tener en mente nuestro expediente de adopción ni un solo momento, ni tampoco lo hago ahora que nuestra hija ya ha nacido. Para mí, esa posibilidad forma parte de nuestra familia desde hace tres años, y por eso me gusta dedicar este aniversario a recordarlo, a darle el espacio que se merece en nuestra vida.


Hoy creo, sin embargo, que mis cálculos iniciales estaban equivocados: pensaba que en cuatro o cinco años culminaríamos el proceso, y ahora me parece que la cifra estará más cerca de los seis. No importa, mientras siga siendo posible. Y, si algún día deja de serlo, importará, por supuesto, pero no por ello dejaremos de considerar esta espera como un preciado tesoro que guardar para siempre en nuestro corazón.

Aunque yo creo que vendrás, pequeño :)

Por eso, cada año me empeño en celebrar esta fecha, para que nunca dudes de lo mucho que te pensamos, lo mucho que te esperamos y lo muchísimo que te quisimos, tantos años antes de que dejaras de ser lo que todavía eres: una hermosa posibilidad.

domingo, 20 de mayo de 2018

El Simulacro

Me desperté a las seis de la mañana con un dolor abdominal intenso que iba y venía. Abrí un ojo para mirar la hora y lo volví a cerrar. Cuando el dolor regresó, miré el reloj otra vez. Así hasta que comprobé que el intervalo no llegaba a los cinco minutos. "Estoy de parto", me dije. Por un instante, sentí miedo; pero, inmediatamente, pensé: "Mi hija va a nacer". Y me sentí feliz. Intenté tranquilizarme y seguir durmiendo, con la idea de descansar todo lo posible y coger fuerzas para lo que imaginaba que vendría después.

No aguanté demasiado. El dolor era muy intenso y decidí que me convenía más moverme, dinamizar mi cuerpo para que se fuera relajando y no entorpeciera el paso del bebé. Me senté al borde de la cama, abrí bien las piernas y me eché hacia delante, tal y como nos había enseñado la matrona durante el curso. Alma se despertó al poco rato. "Creo que estoy de parto", le dije. Y sonreí. Algo dentro de mí se sentía plenamente satisfecho: a pesar del reposo y la progesterona, a pesar de la desconfianza que regresaba, estaba ocurriendo lo que yo había predicho. Mi cuerpo sabía parir.

Deambulé por la casa, probé varias posturas, siempre buscando la expansión de mi cuerpo. El dolor se volvía más intenso y las contracciones eran cada vez más contundentes. Por momentos, el miedo regresaba, pero yo procuraba atajarlo recordándome que aquello era lo mejor que podía pasar, que todo iba bien. Como la luz me resultaba muy molesta, mantuvimos las persianas bajadas para que las habitaciones estuvieran en penumbra. Y aunque había planeado pasar la dilatación escuchando música relajante, descubrí que el ruido también me perturbaba, que prefería el silencio. 

Alma se duchó y empezó a preparar la bolsa. Apenas unos días antes había estado haciendo una lista con lo que quería que nos llevásemos. No me gustaba la idea de tener las cosas en la maleta hechas un gurruño, porque todavía estaba de 36 semanas y no sabía cuándo me pondría de parto. Lo que sí veía  claro es que, llegado el momento, necesitaría centrarme en mi cuerpo, así que preferí hacer una lista y que fuera ella quien se ocupara de cogerlo todo.

Pasaban las horas y, aunque al principio no había querido desayunar, terminé forzándome a comer un sándwich, siempre con el pensamiento de que me esperaba un desgaste ingente que no podría enfrentar en ayunas. Llevaba todo el embarazo, además, preocupándome por cómo evitar las hipoglucemias durante el parto, así que no podía arriesgarme ahora que parecía que el momento había llegado. Y, aunque no conseguí terminármelo, de alguna manera ayudó a que el estómago se asentara.

Porque el caso es que me dolía el estómago. O, más bien, me dolía en algún lugar indefinido, perdido entre mis intestinos desplazados, pero reflejado en mi ombligo. Y eso me mosqueaba. Muy a mi pesar, notaba cierto desfase entre el dolor intermitente y las contracciones. A veces, coincidían; a veces, no. Y, en cualquier caso, no me esperaba que el dolor de parto fuera así, tan parecido a una indigestión. Lo que no podía negar es que había un dolor intermitente y había unas contracciones. Si no era el parto, ¿qué otra cosa podía ser?

Cuando salí de la ducha, entendí que mucho tenían que cambiar las cosas para que aquel día naciera nuestra hija. El dolor y las contracciones habían alcanzado un pico y, desde entonces, estaban disminuyendo. La ducha, concretamente, me relajó muchísimo, y ya habían pasado casi seis horas desde que todo empezó, tiempo suficiente para que el parto hubiera avanzado hasta el punto de resultar indiscutible.

Entonces, ¿qué hacíamos? ¿Nos íbamos al hospital, cuando, con toda probabilidad, nos mandarían de vuelta a casa? Pero, ¿y si estaba de parto aunque a mí no me lo pareciera? Había escuchado tantas historias de partos que no lo parecen... ¿Y si también era mi caso? Al final, decidimos ir a urgencias porque, al fin y al cabo, el dolor estaba ahí y las contracciones estaban ahí. Algo pasaba.

Esta vez, sin embargo, no fuimos a nuestro hospital de siempre. Esta vez fuimos a Hospital Elegido: el lugar donde, después de mucho informarme, deseaba dar a luz. Quería vivir un parto respetado, confiar en que no sufriría episodios de violencia obstétrica, que mi voluntad sería tenida en cuenta en todo momento y que recibiría un trato humano. En resumen, lo que cualquiera esperaría al ser atendida durante un parto aunque, desgraciadamente, la mayoría de las veces no sea así.

En urgencias nos valoraron de manera inmediata, una de las primeras diferencias que notamos entre Hospital Elegido y nuestro hospital, donde habríamos tenido que esperar como cualquier otro paciente. Después, nos sentamos un rato en unos sillones, hasta que vino un celador para acompañarnos a Ginecología. Allí pasamos otro rato en una sala de espera y, a continuación, una matrona me puso los monitores. Esta fue otra diferencia importante, pues me enchufaron a la máquina sentada en un sillón, no tumbada en una camilla. Y fue algo que agradecí muchísimo, ya que las camillas me resultaban muy estrechas para andar maniobrando con la tripa: el simple hecho de recostarse a mí me parecía toda una odisea.

Durante la hora que pasé en los monitores me terminó de quedar claro que de parto no estaba. Tenía muchísimas contracciones, algunas muy fuertes, las más fuertes que había registrado hasta el momento; pero no eran rítmicas ni coincidían, la mayor parte de las veces, con el dolor intermitente. La matrona, por si acaso, me hizo un tacto (un procedimiento odioso que, sin embargo, llevó a cabo con sumo cuidado), y confirmó que mi cuello del útero estaba todavía muy alto, por lo que no parecía que el parto fuera a desencadenarse ni siquiera en los días siguientes.

Ante mi pregunta de por qué tenía, entonces, tantísimas contracciones, me explicó que, cuando se sufren indigestiones y otros procesos parecidos, el útero suele irritarse. Para mí, esta explicación fue muy importante, ya que me daba mucha vergüenza la posibilidad de estar somatizando, debido al miedo recién estrenado a no ponerme nunca de parto.

Todo este protocolo fue diferente al que nos aplicaron en nuestro hospital la primera vez que fuimos a urgencias, ya que, por ejemplo, en ningún momento me midieron el cuello del útero. No sé si la diferencia tiene que ver con que ya estaba casi a término (al día siguiente cumplía las 37 semanas), o con que, en Hospital Elegido, las matronas parecen tener un protagonismo mayor. Y digo esto porque, en nuestro hospital, fueron dos ginecólogas quienes valoraron mi caso; mientras que, en Hospital Elegido, yo ya sabía que no estaba de parto antes de ver a ninguna ginecóloga.

No obstante, al final pasamos a consulta con una. Ella me preguntó si quería dar a luz en ese hospital, ya que no era nuestro hospital de referencia, y le dije que sí. Así que aprovechó para abrirnos una ficha y tomar nota de todos los datos del embarazo; lo cual, y teniendo en cuenta mi historial, nos llevó un buen rato. Como me faltaban los resultados de la prueba del estreptococo porque me habían tomado la muestra en la última consulta, me propuso repetirla por si acaso no me daba tiempo a que me los dieran en nuestro hospital. A mí me pareció una idea estupenda porque así me quedaba mucho más tranquila, y hasta me hizo ilusión que me hicieran ya una prueba allí.

Volvimos a casa contentas: no estaba de parto, pero El Simulacro había servido para practicar la salida de casa, conocer Hospital Elegido y que me abrieran una ficha para cuando verdaderamente fuera el día. No obstante, fue una experiencia agotadora, así que aquella tarde decidimos faltar a la última clase del curso de Educación Maternal, esa en la que nuestra matrona habló sobre el expulsivo y la lactancia. ¡Ag!

domingo, 13 de mayo de 2018

La tripa crece (semanas 33 a 36)


Cuanto más tiempo pasa, más extraño me parece hablar del embarazo. Miro las fotos de la tripa y mi cuerpo me resulta ajeno, como si esa no fuera yo. Y no termino de entender por qué me pasa. Como últimamente el cerebro me funciona a medio gas, me quedo con la idea de que fueron muchos años luchando por algo que duró tan solo unos meses, que se hizo largo por momentos pero que, una vez concluido, parece haber pasado en un abrir y cerrar de ojos.

Las semanas que ahora comento fueron mucho más positivas que las anteriores. De pronto, el embarazo pareció encarrilarse y coger velocidad. Cada día dejó de ser una agonía y yo volví a recuperar un poco de la fuerza y el ánimo perdidos... aunque la seguridad en mí misma sufriera nuevos varapalos.

Para empezar, la semana 33 me sorprendió con una notable mejoría en las contracciones. Después de quince días de reposo relativo y progesterona, por fin dejé de sentirlas cada hora y empecé a estar cómoda sentada o de pie durante periodos más largos. Quiero hacer hincapié en esto por si alguien que me lee pasa por algo parecido: la progesterona y el reposo no obran milagros. Funcionan, pero no de la manera inmediata en que lo harían otras medicaciones más fuertes, así que hay que tener paciencia. Lo cual es muy fácil de decir a toro pasado, pero prácticamente imposible de cumplir en el momento (!).

En cuanto alcancé la semana 34, me quedé mucho más tranquila: esas semanas críticas sobre las que me había advertido mi ginecóloga (que fueron la causa principal del reposo) habían pasado. Las perspectivas de un parto prematuro eran mucho más halagüeñas, y aunque yo esperaba llegar, al menos, a la semana 36, me conformé con haber conjurado el mayor peligro.

No obstante, seguía convencida de que el parto se adelantaría. De hecho, me convencí mucho más cuando empecé a notar un nuevo síntoma que me acompañaría hasta el último día: los dichosos calambres en la ingles. Sentí el primero justamente el día que cumplía las 34, y casi me desmayo del dolor y del susto. Después supe que, con toda probabilidad, eran la consecuencia de que la pequeña se estuviera encajando en el canal del parto, pues algunos bebés se toman su tiempo para hacerlo, y la mía estaba entre ellos.

En esta semana tuvimos una nueva ecografía de control. Para mí había sido como una línea de meta imaginaria que, durante las semanas de reposo, me parecía imposible llegar a cruzar. Lo que no me esperaba recibir, una vez alcanzada, era algo tan diferente a la tan esperada enhorabuena.

La ginecóloga empezó preguntándome qué tal me encontraba y yo le comenté mi mejoría con respecto a las primeras semanas de reposo, que tan duras me habían parecido.

–¡Pero tampoco habrás estado todo el día tumbada...!

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