jueves, 31 de diciembre de 2015

Adiós, 2015


2015 ha sido un año de contrastes.

Fue el año en que superé mi aborto, pero también en el que sufrí un bioquímico.

El año en que nuestra segunda FIV fracasó estrepitosamente, pero también en el que abrimos nuestro expediente de adopción nacional.

Fue el año en que falleció mi abuela paterna, pero también en el que recuperé la relación con la familia de mi padre. 

Ha sido un año intenso que empecé llorando, y que seguramente acabe llena de emoción.

Adiós, 2015. Adiós.

martes, 22 de diciembre de 2015

Un cuento


Hoy era el último día de clase y les he llevado un cuento.
Tienen catorce años, pero yo se lo he leído como si tuvieran cinco.
Y les ha encantado. 

¿A quién no le gusta sentirse reconfortado con un cuento como cuando era niño?

No sé quién gobernará ahora ni sé qué pasará con la Ley de Educación. 
Lo que sí sé es lo que voy a hacer yo. 
Si hay una ley nueva que esté a favor de ello, yo estaré a favor de la ley. 
Si no, tendré que saltármela. 

Así de sencillo. 

jueves, 17 de diciembre de 2015

He vuelto a calcular


Cuando empecé la aventura de la reproducción asistida, pasaba muchos días (y muchísimas noches) calculando. Pensaba cosas como: "Si me viene la regla este día, podré hacerme la prueba este mes, así que la inseminación será el mes siguiente, y si me quedo embarazada, nuestro bebé nacerá no-sé-cuándo. Pero si no me viene la regla, entonces no llegaré a la prueba, por lo que habrá que retrasarlo todo un mes, y entonces...". 

Hoy me parece increíble la cantidad de tiempo que pude emplear en calcular de esa forma acontecimientos que no dependían de mí: cuándo me venía la regla, cómo sincronizarla con los días en que el centro de salud o el hospital hacía no-sé-qué-pruebas, cuándo me iba a quedar embarazada y para qué momento esperaría a mi bebé. Aunque supongo que, tal vez, calculaba precisamente por eso: porque nada dependía de mí, porque no podía hacer nada para adelantar, sincronizar o hacer que las cosas que deseaba ocurrieran; así que entretenía mi mente en lo que único en que podía contribuir de alguna manera, que era calcular.

Ironías de la vida, aunque ahora me parece ridículo andar obsesionada con las fechas en las que te viene la regla, he vuelto a calcular. Y mi flujo de conciencia va más o menos así: "Si el Instituto del Menor convoca tres o cuatro reuniones al año, y en cada reunión llaman a unas treinta personas, entonces tendremos que esperar más de cuatro años para que nos llamen por primera vez. Pero si la última vez tardaron seis años en llamar a más de mil quinientas personas y solo hubo trescientas asignaciones, quizás en un par de años la lista empiece a correr...".

Supongo que ambos procesos tienen en común algo muy positivo: la ilusión. Si calculo es porque tengo ganas, porque albergo una esperanza, porque siento que algo bueno está por venir. 

Afortunadamente, una puede tropezar dos veces en la misma piedra, pero no tropieza dos veces igual. Este camino me ha enseñado a relativizar el tiempo, y ya no sufro una agonía inenarrable por posponer las cosas un mes. 

Hoy creo que la perspectiva correcta no es aquella que observa el futuro con la estrechez mental de un catalejo, sino la que se abre a una panorámica de la propia vida, donde el tiempo adquiere una dimensión más equilibrada y los procesos recuperan su sentido.

Lo importante es que las cosas lleguen mientras una todavía esté dispuesta a acogerlas en su vida. Nada más.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Píldoras de gatosofía

Nuestra preciosa gata.

Estoy sentada en mi mesa, corrigiendo exámenes como si no hubiera mañana. Llega la gata y, de un salto sigiloso, se planta sobre las hojas blancas. Yo la cojo con suavidad y la bajo de la mesa, justo por el lado contrario al que se ha subido. Ella da la vuelta por detrás de la silla y vuelve a trepar encima de la mesa, con el objetivo de sentarse en mi regazo. Yo la bajo de nuevo, explicándole dulcemente que hoy no puede ser. Ella da la vuelta por detrás de la silla y, de un salto, se sube de nuevo. Yo la bajo sin mediar palabra. Ella vuelve a subir. Yo la bajo gritando, le digo que es una pesada, que me deje en paz, que estoy agobiadísima, que ahora mismo no puedo acariciarla, que se busque la vida, que se vaya. Ella da la vuelta por detrás de la silla y se sube de nuevo. Yo la miro con pena. La acaricio un poco, porque la vida no consiste en trabajar y sí en disfrutar de los buenos momentos. Dejo que baje a mi regazo. Intento seguir corrigiendo. La gata me muerde la muñeca porque quiere atención exclusiva. Yo resoplo y la empujo hacia el suelo. Ella da la vuelta por detrás de la silla y se vuelve a subir. Y así en un bucle infinito, hasta que la gata se cansa (milagrosamente) o yo me harto y le doy con la puerta en las narices (algo mucho más probable).

Después pienso sobre esta escena y siento que, en el fondo, admiro a mi gata. Esa es la actitud correcta ante la vida, me digo. Insistir e insistir cuando quieres algo. Aunque no lo consigas. Aunque te lleves empujones, gritos y blasfemias por el camino. Porque disfrutar de una mínima caricia u ovillarte apenas unos segundos en un cálido y mullido regazo... merece la pena.

Un rato después, vuelvo sobre la misma escena. No, sin duda esa NO es la actitud correcta. Insistir e insistir en algo imposible simplemente porque no te da la gana de entender que no puedes conseguirlo, llevándote empujones, gritos y blasfemias por el camino, quedándote con la miel en los labios tras disfrutar de una mínima caricia o de tu cuerpo hecho un ovillo en un cálido, mullido y cruelmente fugaz regazo.

Y así sigo, en un bucle infinito, preguntándome si llegará el momento en que me canse (milagrosamente) o será la vida quien se harte y me dé con la puerta en las narices (algo mucho más probable).

jueves, 10 de diciembre de 2015

Historia de nuestros embriones (II)


En la segunda FIV, fuimos observando entre cuatro y seis folículos antes de la hiperestimulación, un número menor que en la vez anterior, pero coherente con la nueva pauta de medicación. Tras la punción, obtuvimos diecisiete óvulos, de los que solamente seis eran maduros. Así que, en esta ocasión, no alcanzamos la horquilla de entre ocho y diez óvulos que se considera óptima.

Recuerdo que una vez, hace mucho tiempo, nuestra nuestra doctora nos advirtió de que estimular unos ovarios con SOP era muy puñetero. Y lo es porque la hiperestimulación es casi inevitable, porque tratar de minimizarla compromete el número de óvulos maduros que puede obtenerse y porque buscar un número suficiente de óvulos maduros a toda costa atenta directamente contra la salud.

Hoy entiendo el alcance de todo esto y, de hecho, es la principal razón por la que he decidido no intentar una tercera FIV. Pero en aquel momento me resultó devastador. Pensaba que, de repetirse las mismas proporciones que en la primera FIV, tendríamos suerte si conseguíamos un solo blasto. Y aunque con uno es suficiente, después de todo el esfuerzo que conlleva un tratamiento como este, tener que jugárselo todo a una sola carta resultaba descorazonador.

En esta ocasión, insistí bastante en que se revisaran las técnicas que se les aplicaban a los óvulos, para equilibrar la proporción entre FIV convencional e ICSI y, a ser posible, inclinar la balanza en favor de la primera. Y, aunque en ningún momento la doctora me dio la razón en que las técnicas aplicadas en la primera FIV habían sido desafortunadas, los resultados de este segundo intento no dejaron lugar a dudas.

Esta vez, emplearon la FIV convencional con cuatro óvulos, de los que fecundaron los cuatro. Con los otros dos emplearon la ICSI, y solo fecundó uno. Así que, aunque el número de óvulos que teníamos era menor, con esta proporción conseguimos una tasa de fecundación que prácticamente duplicó la de la primera FIV; y, además, contábamos con cinco embriones: uno más que la primera vez.

Estos resultados nos devolvieron la esperanza que habíamos perdido durante la estimulación, así que, nuevamente, nos atrevimos con el cultivo largo. Por desgracia, el resultado empeoró: a día 5, solo uno de los embriones había alcanzado el estadio de blasto con buena calidad; dos habían detenido su desarrollo y los otros dos iban más lentos.

El primer embrión me lo transfirieron en fresco, dando como resultado un negativo que nos destrozó como ningún otro. De los otros dos embriones, solo pudimos vitrificar a día 6 un blasto de mala calidad, que me transfirieron al mes siguiente en un ciclo sin esperanza que acabó convertido en nuestro negativo número seis.

Y con este último fracaso dimos por finalizadas nuestras aventuras con la FIV.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Historia de nuestros embriones (I)



Se me hace raro escribir sobre nuestros embriones. Pensar que cada uno de ellos pudo haberse convertido en nuestro hijo y que ninguno de ellos existe ya... Pero, a la vez, sé que necesito hacerlo: necesito contar su historia para transformarla en un recuerdo que me permita avanzar.

Mis ovarios hiperestimularon en las dos FIV, así que llegamos a observar más de veinte folículos en cada una. Evidentemente, no todos contenían un óvulo, ni mucho menos un óvulo maduro, ya que la hiperestimulación tuvo lugar en los dos últimos días de medicación: es decir, sin que quedara apenas tiempo para que los óvulos se formaran o crecieran.

En la primera punción obtuvimos dieciséis óvulos, nueve de ellos maduros: precisamente el número de folículos que se observaban desde el principio, antes de la hiperestimulación. Nuestra doctora buscaba entre ocho y diez, así que dimos en el blanco. De estos nueve óvulos, sin embargo, fecundaron solo cuatro: una tasa muy bajita que nos desalentó bastante en su momento.

Hay varias causas posibles. En primer lugar, al padecer SOP, mis ovarios no desechan correctamente los óvulos de cada mes, por lo que existe la posibilidad de que algunos de los que conseguimos fueran en realidad óvulos "viejos", que empezaron a madurar en otro ciclo. En segundo lugar, puede que el donante que escogieron no fuera en realidad demasiado compatible conmigo, o quizá no tan sano como parecía. Y, por último, tal vez las técnicas empleadas no fueran las más adecuadas.

En nuestra clínica, todas las FIV son FIV-ICSI, pues aplican una FIV convencional a la mitad de los gametos y una ICSI a la otra mitad. En mi caso, por razones que nunca nos explicaron, solo aplicaron FIV convencional a tres óvulos, de los que fecundaron dos, mientras que a los otros seis les hicieron ICSI, obteniendo solamente dos embriones.

Generalmente, la ICSI es una técnica que se aplica cuando los espermatozoides no tienen buena movilidad, algo que no debería ocurrir al utilizar un donante; pero que está contraindicada cuando la calidad de los óvulos es baja, ya que la inyección puede romper su membrana. Los óvulos de mala calidad, sin embargo, tienen una tasa mucho mayor de fecundación cuando se les aplica una FIV convencional.

En mi caso, la diferencia entre la tasa de fecundación con una y otra técnica me deja dos cosas claras. En primer lugar, que si mis óvulos se comportan como lo hacen aquellos que tienen baja calidad, será porque, probablemente, tienen baja calidad. Y, en segundo lugar, que en la clínica metieron la pata con las técnicas: si hubieran aplicado la FIV convencional a más óvulos, seguramente habríamos obtenido más embriones.

A pesar de ello, nuestra doctora consideró que cuatro era un número suficiente para intentar hacer un cultivo largo y conseguir blastos. En aquel momento, a mí me pareció la mejor opción, porque creía que las perspectivas de embarazo eran mejores así. Hoy sé que este es un tema muy controvertido sobre el que no todos los médicos opinan igual, ya que con el cultivo largo se pierden la mitad de los embriones, sin que se pueda dar por hecho que no habrían sido evolutivos de haberlos transferido antes.

Y eso fue exactamente lo que nos pasó a nosotras. Aunque todos los embriones estaban vivos a día 5, dos de ellos iban muy retrasados en su desarrollo, y al día siguiente nos confirmaron que no podíamos vitrificarlos. Otro de los embriones (obtenido con FIV convencional, por cierto) era un blasto de buena calidad que me transfirieron en fresco y del que me quedé embarazada, aunque la aventura terminó en un aborto diferido a las ocho semanas. El cuarto embrión (de peor calidad; con este desconozco la técnica que utilizaron), lo vitrificamos y transferimos seis meses después, dando como resultado un bioquímico

Y así llegamos a los embriones que conseguimos en la segunda FIV.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Las ideas raras


Desde que nuestra última FIV fracasó y comprendí que había llegado la hora de dejar de contar con mis óvulos para el próximo tratamiento, mi cabeza empezó a poblarse de ideas raras. Y con ellas comenzó el duelo genético.

No creí que fuera a pasar por ello porque no pensé que tuviera ningún apego especial con mis genes. Y ahora tampoco creo que lo tenga. Esas ideas raras emergieron de las profundidades de mi inconsciente, como un mal rollo atávico que llevara siglos en nuestra especie.

Por ejemplo: de repente empecé a pensar que le estaba fallando a mi familia. No a mis padres en concreto, no: a la estirpe entera, como si tal cosa existiese. En mi mente surgió una voz que me acusaba de estar dilapidando una herencia preciosa que los miembros de mis familia se habían esforzado por transmitir durante siglos: era inadmisible que ahora pretendiera hacerles el tocomocho con un churumbel que no se les pareciera ni en el envés de las uñas.

Resulta muy sencillo demostrar lo absurdo de esta idea, pues en mi familia nadie espera que yo tenga hijos. Se da por hecho que, al ser lesbiana, mi destino ineludible es tener gatos. En caso de extrema excentricidad, se podría entender que tuviera un perro. Pero... ¿hijos? Eso no viene de serie en las ovejas negras de mi especie. De hecho, cuando las Navidades pasadas se le encendió la bombilla a una de mis tías y pensó en la posibilidad remota de que Alma y yo formáramos una familia, se produjo una conmoción colectiva. 

En cuanto a la pérdida de mi herencia genética, tampoco creo que haya que tirarse de los pelos. Si bien mis hijos habrían gozado de una salud bastante buena, no creo que se hubieran librado de la miopía. Y para mí que heredar este cuerpazo que me gasto (!) no les saldría a cuenta sabiendo que el SOP que me impide ser madre es el regalo envenenado que encontrarían en el fondo del paquete. Además, yo soy de las que opinan que la mayor parte de lo que somos viene de nuestras experiencias, no de la maletita que un óvulo y un espermatozoide traían consigo.

Con el paso de los días, afortunadamente, las ideas raras se van asentando, volviendo al poso extraño del que jamás deberían haber emergido.

El duelo genético, no obstante, ha traído algunos dolores genuinos. A estos, sin embargo, me cuesta menos encontrarles su lado positivo :)
   

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Es distinto


En estos días me he dado cuenta de que la adopción y la reproducción asistida me suscitan emociones muy diferentes.

Y no solo desde mi situación actual, en la que es lógico haber acumulado mucha negatividad contra la reproducción asistida y sentirse fresca e inocente en cuanto a la adopción. Me refiero al comienzo de los dos procesos, que ha sido muy distinto.

La primera vez que visitamos la clínica de reproducción asistida, Alma y yo volvimos a casa enfadadas y abatidas. Y no porque tuviéramos una mala experiencia, todo lo contrario: nos trataron muy bien, nos dijeron que seguramente el proceso iba a ser breve y sencillo debido a mi edad y a mi aparente estado de salud (!), y nos aconsejaron intentar hacernos todas las pruebas posibles a través de la Seguridad Social. No podíamos pedir más.

Aun así, sentíamos que la reproducción asistida nos obligaba a pasar por muchos aros que, si de nosotras hubiera dependido, habríamos evitado. Y no me refiero a las pruebas u otras intervenciones médicas que no apetecen, sino a algo más profundo. Personalmente, no estoy de acuerdo en medicalizar un proceso sin necesidad, violentando el cuerpo con fármacos, borrando todo atisbo de intimidad para la pareja y cobrando por ello miles de euros. No era ni mucho menos la manera que habría elegido para formar una familia, pero me veía obligada a hacerlo si quería concebir un hijo que fuera legalmente nuestro desde el primer día.

Sin embargo, este breve-pero-intenso devaneo con la adopción nos ha llenado de una inmensa alegría. Lo que hemos hecho hasta ahora no es más que un rollo burocrático (presentar papeles y recibir una carta de confirmación), equiparable a la primera visita a una clínica; pero la diferencia es patente.

Supongo que se debe a que el proceso de adopción sí nos parece adecuado. Está gestionado por un organismo público sin ánimo de lucro (!) y las exigencias de formación, papeleo y estudio psicosocial resultan, en principio, sumamente lógicas. Además, la adopción nacional sobresale por algo que es fundamental para nosotras: la no-discriminación entre parejas homosexuales y heterosexuales.

Entiendo que, según vayamos avanzando, iré descubriendo otras partes más amargas de la adopción; pero insisto: el inicio de ambos procesos ha sido bien distinto.

No puedo dejar de pensar, por ejemplo, en mi (in)capacidad para compartirlos. Cuando Alma y yo pisamos por primera vez nuestra clínica, yo ya tenía abierto este blog. Y me fue imposible relatar la experiencia. De hecho, no expliqué ninguna prueba, ni las inseminaciones, ni siquiera la primera FIV en tiempo real, porque todo aquello me generaba un rechazo que me lo impedía.

Sin embargo, la otra tarde, nada más recibir el aviso de Correos, me puse a redactar la entrada en la que contaba que nos había llegado una carta del Instituto del Menor, sin estar segura siquiera de que así fuera.

Esto no quiere decir, por supuesto, que en realidad nunca haya querido quedarme embarazada, que lo mío sea la adopción y que haya boicoteado todo el proceso de reproducción asistida de manera inconsciente. Ojalá las cosas fueran tan sencillas. Lo que quiere decir es que, desde un principio, he estado en desacuerdo con cómo se hacen muchas cosas en reproducción asistida, lo que me ha creado un gran malestar que, afortunadamente, no está presente en este nuevo proceso.
         

jueves, 19 de noviembre de 2015

He vuelto con la píldora


La píldora y yo tenemos una relación de amor-odio que dura ya muchos años.

Hace casi seis que decidí dejarla, porque pensaba que el momento de quedarme embarazada se acercaba (ingenua) y quería limpiar mi cuerpo de hormonas antes de empezar el proceso (absurda).

Durante este tiempo, he estado tentada de volver con ella muchas veces, pero siempre pensaba que el esfuerzo merecería la pena. Y no, no la ha merecido. De hecho, existe la posibilidad de que la decisión que tomé casi seis años atrás haya sido, en parte, la causa de que todavía no sea madre. Pero no hagamos leña del árbol caído. El caso es que he vuelto con ella y ya está.

El último ciclo ha sido terrorífico. Después de tres meses hormonada, he sufrido un efecto rebote antológico. Así que, venirme la regla y lanzarme a los brazos del blíster ha sido todo uno. No sé si alguna vez he tenido tantas ganas de tomarme la pastillita (creo recordar que sí), pero esta ocasión sin duda puede subirse al podio de las tres mejores.

La receta es para seis meses. Yo me he comprado una caja de tres. Pienso tomármela entera y poner mis ovarios a dormir. Después, ya veremos.

Lo que tengo absolutamente claro es que no iba a aguantar los efectos secundarios del SOP ni un minuto más.

domingo, 8 de noviembre de 2015

No con mis óvulos


Antes de que nos llegara la carta del Instituto del Menor y la adopción se convirtiera en monotema, les comenté a varias de mis amigas que, casi con toda seguridad, el próximo tratamiento no lo haríamos con mis óvulos.

Fueron varias conversaciones, con amigas distintas y en momentos diferentes, pero todas me dijeron lo mismo: que estaba exagerando. Que quedarse embarazada es muy difícil, que todo podía achacarse a la mala suerte, que tenía que seguir intentándolo, que en mis óvulos no había nada malo.

La verdad es que la homogeneidad de sus reacciones me ha desconcertado. El duelo genético me está resultando infinitamente más duro de lo que me esperaba (de hecho, no me esperaba dificultad alguna) y ver que, mientras yo capeo las cien mil ideas raras que pueblan mi mente, el resto del mundo cree que, simplemente, exagero... me hace sentir muy confundida.

Una parte de mí quisiera creerlas, como quisiera confiar en nuestra doctora cuando nos dice que todavía estamos dentro de la estadística, que no tiene por qué ocurrir nada raro, que una vez me quedé embarazada, que dos de mis embriones fueron de calidad excelente. Es la misma parte de mí que, cuando navega por Internet, solo se fija en los casos de quienes tienen algún problema en el útero, obviando aquellos que, después de cien mil pruebas e intentos, acabaron renunciando a los genes de la madre para conseguir su embarazo.

Por suerte o por desgracia, otra parte de mí me recuerda que el único contacto que la mayoría de mis amigas ha tenido con la reproducción asistida es mi caso. Que quienes insisten en que no debe de haber nada malo en mis óvulos son también quienes siguen confundiendo una inseminación artificial con una fecundación in vitro sin terminar de entender en qué consiste ninguna de las dos. Sus ánimos son bienintencionados, igual que lo son los de nuestra doctora (o, al menos, eso quiero creer), pero la que se pincha las hormonas, la que revienta de dolor con cada hiperestimulación, la que pasa un miedo terrible antes de la punción, la que sufre cuando la mayoría del los óvulos no fecunda o la mayoría de los embriones se para, la que recibe la noticia de un negativo, un bioquímico o un aborto después de haberse dejado la piel, el corazón y los ahorros por el camino... soy yo.

Así que soy yo, junto con Alma, quien tiene que tomar una decisión. Y la decisión está clara: podría seguir intentándolo, pero sé que no debo. Sé que no debo someter a mi cuerpo a más maltrato inútil, ni a nuestras mentes a más frustración. Si bien existe la posibilidad de que haya problemas más allá de mis ovarios, es una posibilidad remota; mientras que la falibilidad de mis óvulos está más que comprobada.

Eso no quiere decir que esté siendo fácil. Eso no quiere decir que no haya días es que no fantasee con un intento más. Pero sé que no tiene sentido. La segunda FIV iba a ser la buena. Y ha salido mal.

Toca recoger los bártulos y avanzar.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

¡Nos ha llegado una carta!

Cuando ayer llegué a casa del trabajo y abrí el buzón, me encontré con un resguardo de Correos: me habían enviado una notificación y en el remitente ponía "Comunidad".


Como yo trabajo para la Comunidad de Madrid, lo primero que pensé fue en alguna burocracia horrible. ¿Qué he hecho ahora? ¿Qué quieren...? Esperaba el ascensor blasfemando contra la inspección, la LOMCE y Cristina Cifuentes, cuando se me iluminó la bombilla. 

NO ES DEL TRABAJO.

Entonces lo supe. Era del Instituto del Menor. ¡Seguro!

Empecé a ponerme muy nerviosa y a sentir ganas de llorar y gritar al mismo tiempo. Desde hacía algunas semanas sabía que había algún movimiento, y aunque nosotras apenas estamos empezando, tenía la esperanza de que nos llegara algo. Aun así, mi mente racional seguro-anti-hostiones se puso en marcha. Solo pone "Comunidad", me decía. Podría ser hasta de la "comunidad de vecinos". 

Pero yo sabía que no lo era.

Sin embargo, decidí no decirle nada a Alma. Ya vivimos en una montaña rusa de emociones como para echar más leña al fuego por una intuición, independientemente de lo fuerte que sea. Lo único malo es que se me da como el culo mentir, así que, durante la comida, Alma no hacía más que mirarme y decirme: "Estás muy guapa hoy... ¡te brillan los ojos!".

Por la tarde no podía concentrarme. Tenía una montaña de exámenes que corregir, nuevas pruebas que poner y varias clases que preparar; pero solo fui capaz de buscar compulsivamente en Internet, hasta que encontré alguna prueba más de que, de hecho, el Instituto del Menor estaba mandando cartas.

Así que hoy, según volvía del trabajo, me he pasado por la oficina de Correos para recoger la notificación. Después de esperar un rato, ha tocado mi número y han ido a buscar la carta. He estado tentada de pedirle a la trabajadora de Correos que me dejara guardar el aviso como recuerdo; por suerte para mi imagen de no-madre histérica, he conseguido rectificar a tiempo (!).

Mientras la mujer me explicaba cómo rellenar el papelito rosa del certificado, yo no hacía más que columpiarme sobre el mostrador a ver si lograba ver algo del remitente. "Por favor, que no ponga Consejería de Educación. Por favor, que no sea del trabajo...".

Me quedé más tranquila cuando vi que encima de "Comunidad de Madrid" había un montón de letras pequeñas, lo que no ocurre en las cartas que me llegan del trabajo. Enseguida conseguí echarle el ojo al sello y, por fin, atisbé que ponía "Consejería de Asuntos Sociales". Todo esto ocurrió durante los segundos que tardó la señora en decirme que escribiera mi nombre, mi DNI y firmara el papelito rosa; segundos que, a mí, se me hicieron eternos.

Apenas tuve que echar una firma más en la PDA y... ¡ya tenía la carta en mis manos! Salí de la oficina con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos vidriosos de lágrimas. ¡Teníamos una carta del Instituto del Menor...!


Todavía tuve el cuajo de aguantar hasta casa para abrir el sobre, solo por no destrozarlo y, esta vez sí, guardar un bonito recuerdo :D

Las buenas noticias:

  1. Ya tenemos abierto un expediente de adopción a nuestro nombre.
  2. Insisten en que la mayoría de los niños son menores de un año.
  3. Entramos en el primer tercio de la lista de espera.
  4. Y, por nuestra edad, tenemos más de seis años de margen.

A cambio, ya sabemos que esta carta solo implica que los papeles les llegaron bien: iniciamos un proceso largo y sin ninguna garantía.

Después de leer los tres folios de cabo a rabo, le preparé una sorpresita a Alma: recorté unos corazones rosas y le dejé la carta encima de su mesa.


Cuando llegó del trabajo, aguanté el tipo como pude, hasta que fue a dejar las cosas. Enseguida la escuché volver corriendo por el pasillo, riéndose a carcajadas. "¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué es esto?!", gritaba. Me encantó verla tan emocionada y saber que había convertido la intuición de una noticia en una bonita sorpresa.

Hace seis meses, la adopción era un camino vedado para nosotras.
Y ahora tenemos una carta.  

viernes, 30 de octubre de 2015

Fechas queridas


Estoy días transito fechas muy queridas: se cumple el primer aniversario de mi embarazo. Hace un año que disfrutaba del milagro de haberme quedado embarazada, que trataba de hacerme a la idea de que, contra todo pronóstico, me había pasado a mí. Me daba miedo creérmelo por si algo malo pasaba, pero todavía conservaba la inocencia de preguntarme: ¿qué va a pasar?

He estado recordando los últimos días de la betaespera, esos días en los que sentí que, esta vez sí, iba a tener suerte. Los días precedentes habían transcurrido como en cualquier otro intento, con momentos de esperanza y momentos de desesperación. Pero, al acercarse el día de la beta, mi cuerpo empezó a cambiar. En los ciclos anteriores, que fueron negativos, cualquier síntoma de embarazo provocado por la progesterona disminuía al acercarse este día; pero, esta vez, ocurrió todo lo contrario. Mi pelo y mi piel estaban distintos, la hinchazón que sufría debido al SHO no bajaba, los pechos adquirieron una tonalidad rosada que nunca antes había visto.

También he recordado la llamada. Desde el primer momento, el tono de voz de nuestra doctora me hizo saber que pronunciaría la palabra mágica: "Positivo". Mi reacción, sin embargo, fue muy distinta a la que había esperado. No sentí una alegría desbordante ni me puse a llorar. Ni siquiera pensé en el embrión. La emoción que me embargó fue la de un intenso y liberador alivio. Ya estaba. Ya había acabado la pesadilla. No tendría que volver a la clínica para ver cómo seguíamos. No volvería a pasar por pinchazos, operaciones y otros suplicios. Lo habíamos conseguido.

En aquel momento me culpé mucho por aquella reacción. ¿Por qué mi emoción principal no era la alegría por el embarazo? ¿Cómo podía ser más importante el alivio? Con el tiempo, sin embargo, me he perdonado. He comprendido que, en ese instante tan crítico, emergió todo el malestar que había acumulado durante los tratamientos. Eso no significa que no estuviera contenta o que quisiera menos a nuestro embrión. Lo que demuestra es el gran sufrimiento, físico y psicológico, que conlleva la reproducción asistida.

En estos días, tan parecidos a aquellos, recuerdo también mis momentos secretos. Esos momentos casi mágicos en que, de pronto, recordaba que estaba embarazada. Me veo a mí misma caminando por los pasillos del instituto, riendo en silencio cuando nadie me veía, sintiéndome tan afortunada como una recién enamorada que acaba de descubrir que es correspondida. Recién enamorada: así es exactamente como me sentía.

A veces la gente no entiende cómo, después de una pérdida, te pueden quedar ganas de volver a intentarlo. En mi caso, ese embarazo, aunque breve, me llenó de confianza. Si lo había conseguido una vez, podía volver a lograrlo. Si lo había sentido una vez, podía volver a sentirlo. Y, ahora que había comprobado lo maravilloso que era, no pararía hasta conseguirlo.

Ese efecto tan positivo, sin embargo, se va diluyendo con el tiempo. Aquel embarazo me parece hoy un sueño, algo que apenas me rozó y que, por tanto, no puede volver a pasarme. Me he gastado toda la confianza que me regaló en los descalabros posteriores, y vuelvo a pensarlo como algo imposible, algo que no me puede ocurrir a mí.

Mis lágrimas, suaves y calientes, insisten en desdecirme. 
Fue real. Y puede volver a pasar.
 

domingo, 25 de octubre de 2015

La última FIV


Antes de empezar nuestra segunda FIV, Alma y yo estábamos de acuerdo en que sería la última. Íbamos a realizar este intento en condiciones óptimas: llevaba ya mucho tiempo con la metformina, tomaba también una medicación para prevenir los abortos, nos sentíamos llenas de fuerza, ganas y esperanza, y, encima, estábamos de vacaciones, así que el estrés se reducía al mínimo. Si, con todo eso, la FIV salía mal, entonces tendríamos que entender que mi cuerpo no daba más de sí.

Y eso es precisamente lo que  ha ocurrido. Según nuestra doctora, seguimos dentro de las estadísticas, porque es normal hacer hasta tres FIV para conseguir un embarazo, sin que ello signifique que ocurre algo malo o que es imposible lograrlo. Sin embargo, no estamos dispuestas a enfrentarnos a una tercera FIV tan solo para salirnos de las estadísticas: ya lo hicimos con nuestra cuarta inseminación y no dejo de arrepentirme. Hasta aquí hemos llegado.

El motivo fundamental por el que todavía no hemos conseguido nuestro objetivo es mi SOP. Este trastorno hace que sea prácticamente imposible estimular mis ovarios sin provocar una hiperestimulación, lo cual dificulta el conseguir un número suficiente de óvulos maduros y de calidad en cada ciclo. Con esto debería bastar para explicar lo que ha ocurrido hasta el momento, aunque quizá mis óvulos tengan mala calidad en sí mismos. Mientras que el riesgo de hiperestimulación es casi inevitable en el SOP, la mala calidad ovocitaria ocurre solo en algunos casos: en el mío, parece que el lote viene completo.

Sé que podríamos intentarlo más veces y sé que podría salir bien. A la tercera, a la cuarta, a la quinta. Mi cuerpo va reaccionando mejor a todo el proceso y al menos conseguimos un embrión de buena calidad en cada ciclo. Pero, ¿qué sentido tiene? Nuestros recursos, nuestras fuerzas, nuestro tiempo son limitados. Los embriones, aunque bonitos, o no se implantan o se paran. ¿Es solo cuestión de suerte? Podría ser, pero yo creo que la buena suerte necesita más que un empujoncito, y en nuestro caso, eso pasa por dejar de pedirle peras a mi maltrecho sistema endocrino.

Vamos a tomarnos un tiempo, a descansar, a disfrutar de la vida que sí tenemos, a pensar en nuestras posibilidades y a planear nuestro siguiente asalto. No sé cuál será ni cuándo ocurrirá, aunque sé que tendrá lugar: eso, desde luego. No voy a rendirme, no abandonaré mi sueño de formar una familia, pero sí tendré que asumir que no va a ser cuando ni como suponía.

Mi vida sigue resistiéndose a resultarme sencilla.

lunes, 19 de octubre de 2015

Vestida de otoño


Me siento vestida de otoño.

Las hojas que hasta ahora cubrían mi cuerpo han terminado su ciclo. Pronto empezarán a amarillear y se desprenderán de las ramas, alfombrando poco a poco el suelo. 

Me quedaré desnuda y el frío me encontrará sin abrigo. Pero no tendré miedo. Mis ojos permanecerán abiertos mientras el viento y la nieve adormecen mi cuerpo. La escarcha dibujará en mi rostro la sonrisa de quien sabe que, tras el silencio y la muerte, se fragua una nueva primavera. 

Un día todavía lejano volveré a sentir el cosquilleo que despierte mis raíces. Volveré a notar el hervor de las yemas bajo mi piel. Me cubriré nuevamente de flores y recuperaré la esperanza de combarme bajo el peso de los frutos. 

Eso pienso y eso sé mientras contemplo el cielo; mientras entiendo, con una tristeza infinita, que la lluvia apenas ha empezado a caer.

martes, 6 de octubre de 2015

Un sueño


La otra noche tuve un sueño precioso.

Alma y yo hacíamos una especie de mudanza interior. Teníamos que juntar las dos habitaciones de estudio en una sola. Estábamos en nuestra casa, pero, como suele pasar en los sueños, no era exactamente nuestra casa. Y la habitación elegida para el cuarto común no se parecía a ninguna de las que tenemos: era especialmente luminosa porque estaba llena de ventanas. 

No había que comprar muebles nuevos, todos estaban ya en casa, colocados en otras habitaciones. Y había muchos: dos mesas de estudio, dos sillas de oficina comodísimas, cajoneras... hasta una cómoda. Por momentos, yo me preguntaba de dónde había salido tanto mueble, y me sorprendía al comprobar que había suficientes para llenar todas las paredes (incluso encontraba uno que no cabía en la habitación y lo ponía en el salón).

Para vestir las ventanas, decidimos llevar los estores que teníamos en otras habitaciones. A mí me parecía que iba a ser un desastre, que no pegarían unos con otros y que no se ajustarían a las ventanas. Pero ocurrió todo lo contrario: de repente, teníamos un montón de estores blancos, con una caída preciosa, que se ajustaban perfectamente a las ventanas. Y había para todas, aunque eran muchas y de anchos diferentes. Yo no daba crédito al resultado. ¿De verdad todos esos estores estaban en nuestra casa...?

Fue un sueño de satisfacción, de alegría, de abundancia. Y lo mejor de todo era sentir que, para montar aquella habitación tan estupenda, no habíamos tenido que comprar nada. Todo lo que necesitábamos estaba ya en casa, solo había que cambiarlo de sitio, solo teníamos que llevarlo juntas a esa habitación común.

Al final del sueño, miraba de reojo hacia el pasillo. Porque yo sabía que, si había sido necesario juntar nuestros dos cuartos de estudio en una sola habitación, era porque necesitábamos dejar uno de ellos libre. Sabía también que aquella habitación ya estaba preparada, pero que no debía apresurarme a verla, por más que, a través de la puerta entreabierta, se adivinaran sus muebles.

Saber que esa otra habitación estaba allí me llenó de una secreta confianza.
Aunque todavía no hubiera llegado el momento de utilizarla.

sábado, 3 de octubre de 2015

Y mientras tanto, la vida sigue



Cuando me encuentro mal, me resulta inverosímil que siga amaneciendo. Cada mañana, espero un cataclismo que refleje lo que siento en mi interior, pero la vida se obstina en transcurrir al ritmo de siempre, ignorándome.

Tiene sentido. Si por cada persona que se pusiera a morir la vida colapsara, habríamos durado dos días. Además, por mucho que quiera arrancarme a patadas con el motor que mueve el mundo, es mejor que siga funcionando: tarde o temprano, yo también acabo por subirme al tren.

Ha empezado el curso. Como un buen amigo que te tiende una mano, me ha ayudado a reintegrarme en la rutina. Este año tengo grupos muy estimulantes y cada minuto que dedico a preparar las clases termina mereciendo la pena. Parece que por fin he acumulado la suficiente experiencia como para disfrutar de cierta sensación de control, y aunque tengo mucho que hacer, entiendo que es mejor concentrarse en cosas que van a algún sitio que en los lamentos que me conducen siempre al mismo pozo amargo. 

Es la ventaja de tener un trabajo absorbente. No sabes cómo librarte de él cuando quisieras dedicarle tiempo a tu vida personal, pero si necesitas que te rescate de ti misma, te espera con los brazos abiertos.

No tengo todo lo que quiero, pero tengo mucho de lo que quiero. La vida sigue y yo con ella. 

Y está bien.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Negativo



Todo había salido mejor, pero el resultado fue peor.

Incluso la transferencia. La doctora me dijo que tenía apuntado en su informe que la otra vez el acceso al útero había sido complicado. Yo comprobé después que había apuntado en mi diario que aquel día hubo una intensa pelea con el espéculo. Pero esta vez todo fue más sencillo, rápido, casi indoloro. Y, de pronto, ya estábamos juntos, mi embrión y yo, y la alegría que sentía era inmensa.

Diez días después, llegó la bofetada. 

Impredecible, inconcebible, irracional.

Nuestra doctora insiste: todo ha salido mejor. No es fruto de mi imaginación. No puede decir que las cosas no vayan bien, excepto por el pequeño gran detalle de que todavía no me he quedado embarazada. O sí: me quedé embarazada una vez. Y, en realidad, no llevamos tantos intentos. Y es normal que estemos cansadas, sobre todo por las inseminaciones. Pero todo ha salido mejor, y hay que tener paciencia. 

Eso dice ella. 
Nosotras nos quedamos sin palabras.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Punción



Saber que tenía que volverme a enfrentar a una punción ya no me causó tanto miedo como la primera vez. Aunque pasar por quirófano no me haga especial ilusión, la punción ha dejado de ser mi particular túnel al final de la luz. Supongo que porque mi primera experiencia fue positiva, y también porque, durante este tiempo, he aprendido que una sedación es diferente de una anestesia, ya que puedes seguir respirando por ti misma sin necesidad de intubarte. Y por algún motivo, racional o irracional, ese detalle ha sido suficiente para que haya perdido gran parte del miedo.

Aun así, la tarde anterior a la punción y la mañana de la misma me entró bastante pánico. Habría querido salir corriendo, y no paraba de decirle a Alma que, de tener el papel del consentimiento en mis manos, lo revocaría sin pensarlo. En el camino hacia el quirófano, dejé de ser una paciente tranquila y comprensiva para convertirme en la típica histérica-toca-pelotas. Cada vez que la enfermera, o el anestesista, o la doctora me preguntaban cómo estaba, yo respondía: "Aterrada". Si alguna vez tengo que volver a entrar en quirófano (dentro de muchos años y por motivos diferentes), prometo mejorar este punto, que a juzgar por las caras que me ponían, no debe sentar nada bien a los sanitarios.

He de decir que, esta vez, Alma también me confesó que estaba asustada. La enfermera le dijo que tardaríamos unos 45 minutos, por si le apetecía salir a tomarse algo mientras tanto, pero ella no quiso abandonar la sala de espera ni para ir al baño (!). Después me contó que, cuando vio salir a nuestra doctora del quirófano y ni siquiera la miró, pensó: "Ya está, ya está, se ha muerto y no quieren decirme nada".

Tal para cual.

sábado, 29 de agosto de 2015

Estimulación



Y llegó el momento de empezar con los pinchazos.

Esta vez comenzamos con una dosis de 100 Ul, justamente la que yo pensaba que sería adecuada en mi primera FIV. Esta pauta me puso muy contenta y aumentó mi sensación de que en este intento las cosas podían ir mejor. 

No obstante, después de cinco días pinchándome, fuimos a revisión y no se veía ningún folículo, exactamente igual que me pasó la primera vez. Yo ya me lo imaginaba, porque no notaba demasiado "movimiento" en los ovarios; aunque la doctora consideró que la cosa no iba nada mal. Y la verdad es que, al contrario que la vez anterior, me lo tomé bastante bien: solo me preocupaba que me volvieran a duplicar la dosis otra vez.

Pero no fue así: me subieron a 125 Ul y, dos días después, ya teníamos siete folículos de entre 10 y 13 mm asomando. Si bien eran menos que la otra vez, yo seguía muy optimista, segura de que pronto habría más y que, en cualquier caso, siete podía ser un buen número si la calidad de los óvulos era buena.

El chasco llegó tres días después, cuando vimos que solo cuatro folículos habían crecido lo suficiente (18-19 mm), mientras que los demás se estaban quedado atrás. Nuestra doctora seguía muy contenta, porque decía que la estimulación estaba siendo mucho más controlada que la otra vez. Sin embargo, para mí fue un palo enorme.

No sé qué me pasó, pero aquel fue el peor día de todo el tratamiento. Pensé que, si se repetía la progresión de la vez anterior, tendríamos suerte si llegábamos a conseguir un solo embrión. Una vocecita en mi conciencia me repetía, muy bajito, que con un solo embrión es suficiente. Pero a mí no me convencía. Después de todo el dinero gastado, de todo el esfuerzo físico, necesitaba tener más de una oportunidad. Aunque no sirviera para nada; aunque, como la primera vez, el primer embrión fuera el único que saliera realmente adelante.

El caso es que me pasé todo el día hundida, con la mente llena de pensamientos pesimistas y el cuerpo rebosante de ganas de abandonar. No solo el tratamiento, sino todo. La vida, qué sé yo (!).

Al día siguiente me arrastré hasta la consulta para descubrir que ya teníamos cinco folículos preparados (de entre 18 y 21 mm) y tres más con posibilidades (de 16 mm). Aquello me dejó mucho más tranquila, y consiguió que saliera del infierno emocional en el que había entrado.

La mala noticia fue que mi ovario derecho había hiperestimulado. Mientras en el izquierdo solo había cinco folículos (dos grandes, uno mediano y dos pequeños), en el derecho había más de doce (tres grandes, dos medianos y un porrón de pequeños). Esto fue bastante curioso porque, durante todos los controles, el ovario derecho era el que tenía menos folículos. Y, de reprente, ¡bum! Se llenó. 

Esta diferencia entre los dos ovarios me ha permitido comprobar que no se lleva igual una FIV cuando hay hiperestimulación que cuando no la hay. Si bien los folículos pequeños no sirven para nada en términos reproductivos, aumentan mucho el tamaño del ovario y duelen. La diferencia entre un lado y el otro de mi tripa es evidente: mientras que el lado derecho me tira y pincha como la otra vez, en el lado izquierdo es como si no hubiera pasado prácticamente nada.

Esta descompensación me ha hecho quedarme más tranquila sobre mi malestar durante la primera FIV. Aquella vez lo pasé tan mal, tuve tantos dolores y me sentí tan imbécil... Había leído muchas experiencias de FIV y a nadie parecía haberle pasado lo que a mí. Pero claro, casi todos los casos que conocía eran de chicas con baja respuesta ovárica, que conseguían 3 o 4 folículos y se recuperaban rapidísimo. En esta ocasión ya me ha quedado claro que la experiencia no es igual (no podía serlo, pero ahora lo he comprobado en mis carnes) cuando una lleva más de veinte folículos en total, como me pasó a mí.

Y aunque la progresión de mis estrógenos había sido muy armónica y estaban en niveles que incluso se podían considerar bajos, el último día, como resultado de la hiperestimulación del ovario derecho, doblaron su cantidad. Esto me pone, paradójicamente, en una situación de mayor riesgo de sufrir SHO que la otra vez, a pesar de que la cantidad total de estrógenos sea bastante menor (!!).

sábado, 22 de agosto de 2015

Control de reposo ovárico



Aunque la doctora nos había dicho que, si teníamos mucha prisa, podíamos seguir el protocolo corto para la segunda FIV, finalmente decidimos volver a intentarlo con el protocolo largo, y así tratar de optimizar la respuesta de mis ovarios.

Esta vez tomé la píldora durante 28 días, para cuadrar el tratamiento entre las vacaciones de la doctora y el comienzo de las clases, que para nosotras es un periodo de trabajo muy intenso. Y la verdad es que me sentó tan bien que no me habría importado seguirla tomando unos cuantos mesecitos (!).

Al principio no, claro. Al principio sufrí unos dolores de cabeza terribles, que es la forma que tiene mi cuerpo de quejarse cuando le meto hormonas que no le gustan. Pasé cuatro tardes paralizada por el dolor, que no me permite hacer más que cerrar los ojos y lamentarme; pero después ya no me volvió a ocurrir, y todas las molestias que tuve fueron dolores de cabeza muy leves y dolores de pecho muy graves, aunque conocidos y esperados :)

Una de las mejoras que noté enseguida es que no tuve manchados durante el tratamiento, lo cual me sorprendió gratamente. En la primera FIV, los tuve durante toda la segunda semana, y aunque el prospecto decía que era de lo más normal, a mí me mosqueaban bastante.

Otra reacción positiva ha sido el efecto que ha tenido la píldora sobre mi acné. En la primera FIV, me consolaba pensando que, al menos, la píldora mejoraría mi piel; pero ocurrió al revés. Ya me había pasado en los dos tratamientos que seguí para el SOP: normalmente, los síntomas dermatológicos se exacerbaban durante los primeros meses, para después ir remitiendo hasta normalizarse.

Sin embargo, esta vez solo noté el efecto rebote durante un par de semanas. Después, el acné fue mejorando hasta desaparecer casi completamente; algo que, en los tratamientos anteriores, me habría costado al menos seis meses. No puedo dejar de relacionar estos cambios con la metformina, cuyo uso durante más de un año ha logrado ya muchas mejoras evidentes en mi salud.

Tres días antes de dejar la píldora, empecé con la inhalación de nafarelina, una hormona que inhibe el funcionamiento del hipotálamo para evitar reacciones hormonales "independientes" durante el tratamiento (como la ovulación espontánea). En la primera FIV, mantuve una lucha titánica con el dichoso inhalador, aunque después conseguí hacerme con él. Esta vez, la experiencia me ha ayudado a utilizarlo correctamente desde el principio, aunque he tenido que lidiar con mocos y estornudos hasta el punto de tomar una dosis doble en alguna ocasión, porque no me fiaba de que la dosis no hubiera acabado en el suelo después de salir disparada de mi nariz. Los efectos secundarios han sido similares a la otra vez: sofocos muy intensos y una ligera caída del cabello (¡horror!).

Después de una regla irrisoria, llegamos al control de reposo ovárico. 
Y la doctora nos dijo que todo estaba bien.

martes, 18 de agosto de 2015

El pastillero

Para bajar la homocisteína y regular la coagulación, nuestra doctora de la clínica me prescribió tres pastillas: ácido acetilsalicílico 100 mg, ácido fólico masivo (7,5 mg) y un complejo vitamínico del grupo B, que incluye B1, B6 y B12.

(Disculpad que no ponga las marcas comerciales, algunas muy conocidas; pero es que me parece que las farmacéuticas ya se lucran bastante con nuestras desgracias como para encima hacerles publicidad gratuita. En cualquier caso, si alguien quiere información más concreta, puede dejarme un comentario).

La doctora me lo vendió como la cosa más fácil del mundo: sustituyes el ácido fólico que tomas normalmente por estas tres pastillas y ya está.

No tenía ni que despeinarme.

El problema es que esas tres pastillas, sumadas al hierro, los dos comprimidos de metformina y la píldora para el reposo ovárico, hacen un total de siete pastillas. Por si eso fuera poco, resulta que el ácido fólico masivo es incompatible con el hierro, como también lo son el complejo vitamínico y el ácido acetilsalicílico con la metformina.

Entonces entendí que había llegado el momento de rendir homenaje a la gran Maru Pesuggi y comprarme un pastillero. Porque recordar cuándo me tenía que tomar cada pastilla tres veces al día y mantener unos niveles de cordura suficientes para enfrentarme a una segunda FIV... era misión imposible.

Así que, según salimos de la clínica, Alma y yo nos plantamos en el mega-chino de nuestro pueblo y pedimos un pastillero. Pero no una cajita mona, no, ni siquiera uno con siete huecos. ¡Un pastillero profesional! ¡Como el de mi abuelo! 


He de decir que es una de las mejores compras que he hecho en mi vida. Una vez a la semana, me siento con mis chorrocientas cajas de medicamentos y voy llenando huecos según el puzzle que ideé después de leerme los prospectos y descubrir la alegría de las incompatibilidades. UNA VEZ a la semana. El resto de los días, simplemente cojo el pastillero en cada comida y me tomo las pastillas que hay en el hueco. Sin pensar en nada. Además, los compartimentos de cada día pueden extraerse de manera individual, así que, cuando salgo a comer fuera, también puedo llevarme el pastillero en versión reducida.

Claro que, como bien explicaba Maru en su entrada, la cosa no termina con el pastillero. Tengo también el móvil lleno de alarmas para las hormonas que debo inhalar dos veces al día y para la inyección de la tarde. Y es que, si quieres cumplir con el objetivo de estar lo más despejada posible durante un tratamiento, te tienes que buscar unos buenos periféricos para tu cerebro, o de lo contrario, tu cabeza explota. Más cuando sabes que toda esta medicación debe mantener un equilibrio del que depende nada más y nada menos que la existencia y posterior supervivencia de tu bebé.

Parece una locura irrealizable... pero SE PUEDE.

sábado, 15 de agosto de 2015

Estudio de trombofilia



Esta es la prueba clásica dentro del estudio de fallo de implantación (o de abortos de repetición) y una de las que más asusta. No porque sea particularmente dolorosa o extraña (aunque a mí me sacaron ocho tubos de sangre... ¡OCHO!), sino por el presupuesto: más de MIL euros de análisis.

He de decir que, llegados a cierto punto en los tratamientos, no queda otra que seguir adelante o renunciar. Es decir: se me ocurren mil maneras fantásticas de gastarme ese dinero, pero si tiene que ser en un análisis, será; porque la alternativa es abandonar la búsqueda y, para mí, aún no ha llegado ese momento.

No obstante, y como siempre hacemos, Alma y yo preguntamos primero a mi doctora de la Seguridad Social, que siempre procura mandarnos todas las pruebas que están a su alcance. En esta ocasión tampoco nos defraudó, derivándome a Hematología sin ningún inconveniente. Tuve también muchísima suerte al pedir la cita, ya que me la dieron con pocas semanas.

Así que me planté en el hematólogo con el corazón en un puño y la cabeza llena de argumentos para conseguir que me hiciera la prueba. Cuando llegué a la consulta, había también una estudiante de prácticas, cuya presencia creo que fue decisiva para lo que pasó después. 

sábado, 8 de agosto de 2015

Biopsia de endometrio



Una de las pruebas que me han hecho dentro del estudio de fallo de implantación (o de abortos de repetición) es la biopsia de endometrio. Como es bastante frecuente y sé que compartir estas experiencias puede ayudar a otras chicas, he decidido dedicarle una entrada.

El procedimiento para recoger la muestra es similar a cualquier otro que requiera introducir algún instrumento en el útero: espéculo y cánula. Según nos explicó la doctora, esta última es más gruesa que la que utilizan en las transferencias de embriones, por lo que es necesario sedar a algunas mujeres para introducirla. Como la doctora estaba convencida de que no íbamos a encontrar nada raro en mi endometrio, me advirtió de que, si era necesario sedarme, no haríamos la prueba.

He de decir que nunca me he encontrado con ningún problema a la hora de pasar una cánula por el cuello del útero: ni en la histerosalpingografía, ni en las inseminaciones, ni en las transferencias embrionarias. Esta vez no me esperaba nada diferente; aun así, me tomé un ansiolítico para facilitar "el trabajo", siguiendo una recomendación que le hicieron a una amiga antes de hacerse una histerosalpingografía y que a mí me fue muy bien cuando tuve que pasar por ella.

Finalmente, la prueba transcurrió como esperaba. Le pedí a la ginecóloga (que no era mi doctora de reproducción asistida) que utilizase un espéculo pequeño, porque tengo comprobado que ese lo soporto perfectamente, mientras que el normal no me deja ni respirar. Después, levantaron el cuello del útero con una especie de cuchara e introdujeron la cánula. Yo no sentí ningún dolor y ella no tuvo que pelear demasiado; es decir, lo de siempre.

Entonces empezó lo bueno. La toma de la muestra dura solo unos minutos, pero es muy MUY dolorosa. A su lado, la histerosalpingografía es un paseo. La ginecóloga me advirtió de que me dolería como en una regla, pero lo cierto es que me dolió como en una regla HORRIBLE y sin acceso a ningún analgésico.

Con esto no quiero asustar a nadie, simplemente describir mi experiencia. Esta prueba es muy dolorosa, pero también muy breve: en unos minutos extrajeron la muestra y yo pude levantarme por mi propio pie. Al principio me sentí un poco mareada y pasé la tarde dolorida, pero a la mañana siguiente ya me encontraba bien, aunque tuve manchados ligeros durante tres días.

Los resultados de la biopsia fueron normales. Ese día también me hicieron citología, ecografía y exploración de mama, y todo estaba correcto; así que, en términos generales y a pesar de todo... ¡parece que mi aparato reproductor está estupendo!

domingo, 2 de agosto de 2015

Habemus plan



Después de analizar los últimos resultados y ajustar la medicación, 
por fin tenemos fecha para la segunda FIV.

¡Vivaaaa!

jueves, 30 de julio de 2015

El mandala azul



Este es el mandala que más tiempo me ha llevado completar.

Empecé a sentir la necesidad del color azul en la betaespera de la FIV. Sin embargo, casi en el mismo momento supe que aquel mandala sería diferente a los anteriores. Todavía no me explico cómo, pero desde el principio tuve claro que llevaría aparejado un aprendizaje liberador, aunque doloroso y profundo.

Esa fue precisamente la razón de que no pudiera empezar a pintarlo durante aquella betaespera. No quería aprender nada, ni mucho menos sufrir. Quería mi positivo, mi embarazo y mi bebé. Así que dejé el proyecto apartado; pero, cuando supe que estaba embarazada, volví a pensar en él.

En ese momento sí sentía la necesidad de una liberación. Ansiaba liberarme del miedo, de la mala experiencia que para mí había sido hasta entonces la reproducción asistida, de toda la negatividad acumulada. Pensaba que el color azul del mandala me permitiría hacer una limpieza espiritual que me ayudaría a disfrutar del embarazo que tanto había esperado. Pero algo me decía que no era esa su función, así que tampoco entonces pude empezarlo.

Cuando perdí el embarazo, pensé: "Ya está, ¿qué más puede ocurrir?". Me pareció el momento ideal para pintarlo. Creía que podría acompañarme en el duelo, que aquella era la lección que debía aprender, que el momento de liberarme de las cargas acumuladas había llegado. Entonces empecé a buscar la forma, pero no lograba decidirme. Me daba miedo lo que el dibujo pudiera significar. Me aterrorizaba pensar que, de alguna manera, el mandala azul terminara simbolizando el fin de mi camino hacia la maternidad.

Tuvo que llegar el segundo aborto, con toda su ansiedad, para que por fin pudiera entender de qué iba aquel mandala, cuál era su significado profundo y por qué pintarlo estaba siendo tan importante para mí.

domingo, 26 de julio de 2015

Lost & found



Estaba en una tienda, probándome la camiseta que le queríamos regalar a una de mis amigas en agradecimiento por haber cuidado de nuestros gatos mientras estábamos de vacaciones, cuando corrí la cortina para preguntarle a Alma qué le parecía. Un niño rubito de apenas tres años se asomó entonces a mi probador.

– ¿Qué te parece? –le pregunté al pequeño–. ¿Estoy guapa?

El niño sonrió y se fue, y Alma y yo nos quedamos hablando sobre la camiseta. Al poco rato, caminábamos por el pasillo del centro comercial, preguntándonos dónde podríamos encontrar los pantalones cortos que buscábamos, cuando volvimos a ver al mismo niño rubito caminando sin su mamá. Alma se había fijado en ella mientras esperaba a que yo me cambiara, y no la veía por ninguna parte, así que me adelanté para preguntarle al niño si se había perdido. Él me miró lo justo para comprobar si me conocía y siguió caminando muy deprisa. Esperamos un poco para ver si aparecía la madre del niño, pero el niño se acercaba peligrosamente a las escaleras mecánicas, así que volví a adelantarme y le agarré suavemente del hombro:

– Estás perdido, ¿verdad? Dame la manita, corazón, vamos a buscar a tu mamá.

El pequeño necesitó un segundo para pasar de la desconfianza a la confianza y agarrarse a mi mano con fuerza, así que no me quedó ninguna duda de que estaba realmente perdido y, aunque no lo había parecido hasta entonces, probablemente muy asustado. 

Enseguida nos topamos con una mujer que era guardia de seguridad y Alma le contó lo que había pasado. Mientras tanto, yo le expliqué al niño que aquella señora iba a llamar a su mamá por teléfono y que ella vendría a buscarlo en un momentito. El pobre no debió de darle ningún crédito a mis palabras, porque no se soltaba de mi mano, aunque finalmente conseguimos que se fuera con la mujer. Alma no se quedó nada tranquila y quiso que los siguiéramos hasta que encontraran a su mamá, pero a mí me pareció que el momento lesbianas-psicóticas-persiguen-niño-perdido-por-si-pueden-adoptarlo era perfectamente prescindible.

– A nosotras nunca se nos perderán nuestros niños en un centro comercial, ¿verdad?
– Claro que no –me aseguró Alma–, porque nosotras nunca traeremos a nuestros niños a un centro comercial.

El karma sabe que nuestros hijos serán forofos de los centros comerciales y que se nos perderán una cantidad vergonzante de veces, pero esa tarde sentí que íbamos a ser las mejores madres del mundo y que nuestros hijos, fueran del color que fueran, tuvieran la genética que tuvieran y hubieran estado en la tripa que hubieran estado, nos reconocerían como las personas con quien formar un vínculo de confianza, amor y respeto a lo largo del tiempo, y que a ese vínculo entre todos le llamaríamos familia.

Y me sonó genial.

martes, 14 de julio de 2015

El tiempo entre tratamientos



Cuando pensaba que no podía haber nada más desesperante que una betaespera, este camino que recorro me ha llevado a conocer algo peor: el tiempo entre tratamientos.

Hasta ahora, apenas he parado entre uno y otro. Me hice las tres primeras inseminaciones seguidas y, antes de la cuarta, nos tomamos un bien merecido mes de vacaciones. Yo pensaba que a lo mejor necesitaba más tiempo para continuar, pero a las dos o tres semanas ya estaba deseando ir a por la siguiente. Después del último negativo, empezamos con el protocolo para la FIV, y tras perder el embarazo, esperé apenas un mes más de los tres recomendados para la segunda transferencia embrionaria.

Y ahora, de pronto... nada.

Hay gente que nos recomienda que nos tomemos un tiempo. Y lo entiendo: solo con leer el párrafo anterior, le faltaría el aliento a cualquiera. Verlo así, todo junto, marea; pero cuando se está viviendo en primera persona, la sensación es diferente.

Si me dijeran que, tras esperar seis meses, me quedaría embarazada, los esperaría. Pero sentir que debo dejar pasar el tiempo porque sí, sin ningún objetivo aparente, sin necesitarlo para descansar o prepararse, sin quererlo... es inaguantable. Según yo lo veo, este camino es como deshojar una margarita: el embarazo llegará después de arrancar el último pétalo, así que, ¿por qué pararse a mirar los dos, tres o cinco pétalos que te quedan...?

Reconozco que ya no tengo tanta prisa como al principio, que un mes arriba o un mes abajo no me revienta el calendario porque... bueno, hace tiempo que todos mis calendarios reventaron. Pero estos tres meses que llevo de pruebas, de esperar resultados, de no saber cuál será el próximo tratamiento... están acabando con mis nervios. En este tiempo he sufrido más ansiedad (y he tomado más ansiolíticos) que en todo mi periplo anterior en reproducción asistida, aborto incluido. 

Afortunadamente, ya queda poco para recibir los últimos resultados y saber si, tal y como esperamos, podemos aventurarnos a una segunda FIV.

Nunca pensé que diría esto, pero... ¡lo estoy deseando!

miércoles, 1 de julio de 2015

Mi experiencia con la metformina



Cuando me diagnosticaron SOP en la clínica, tuve que empezar a tomar metformina. Según nuestra doctora, habría sido suficiente con utilizarla un mes antes de quedarme embarazada, que fue lo que tuve que esperar antes de la primera IA. Sin embargo, al seguir todavía en la búsqueda, mi experiencia con la metmorfina llega ya casi al año y medio.

Los dos o tres primeros meses con ella fueron bastante duros. Aunque se supone que no provoca hipoglucemias, a mí me dejaba por los suelos. Además, sufría mareos y agotamiento, me faltaba la respiración cuando hacía el más mínimo esfuerzo y también tuve desarreglos digestivos cuyos detalles me voy a ahorrar.

Puede que todo esto parezca terrible, y lo fue bastante en su momento; sin embargo, a día de hoy tengo que hacer un esfuerzo por recordar aquellos efectos secundarios, porque hace tiempo que las pastillas no me producen ninguno. Lo que sí que he empezado a notar, de manera más acusada unos seis meses después de iniciar el tratamiento, son sus beneficios.

sábado, 27 de junio de 2015

Era hoy



Hoy era el día en que tenías que haber venido al mundo. Hoy era la tan esperada fecha prevista de parto. Era hoy.

Tus dos mamás fantaseamos mucho con este día. Íbamos a empezar las vacaciones de verano contigo en casa. Teníamos dos meses por delante para cuidarte juntas y aprender a ser una familia. Estábamos muy contentas; pensábamos que, ni habiéndolo planeado, habría salido tan bien. ¿Nos atreveríamos a salir de viaje? ¿Qué destinos serían adecuados para un bebé recién nacido...?

Tu recuerdo ya no duele como antes. Como diría Montaigne, tu vida, aunque breve, fue completa. Fuiste deseado, celebrado y muy, muy querido. El privilegio de haber compartido tu existencia crece cada día. Tus fotos, aunque poco nítidas, llenaron los marcos de nuestra casa. El latido de tu corazón, aunque lento, llenó mis oídos de un ritmo que no olvidaré mientras viva. Me despedí de ti sollozando que no me arrepentía de nada y la alegría de esa convicción me acompaña todavía. 

Era hoy, y mañana será otro día.
Un pedacito de ti se quedó con nosotras y un pedacito de nosotras vuela contigo.

lunes, 15 de junio de 2015

Rutinas que curan



Desde que sembramos nuestro huerto urbano, he incorporado una nueva rutina: todos los días, antes de que anochezca, salgo a la terraza a cuidar de nuestras plantas. Las vigilo diariamente, aunque no siempre tenga que regarlas (y menos estos últimos días, en los que he tenido que acudir a su rescate varias veces para que no acabasen desbordadas).

Los gatos, que aman las rutinas más que cualquier ser humano, se unen a mí cada tarde. Si por alguna razón me retraso, ya tengo al gato maullando y ronroneándome en la pierna para que les abra la terraza. Como estas semanas han estado cambiando el pelo, he aprovechado también para darles un buen cepillado. El gato lo ha agradecido enormemente y la gata... bueno, la gata, poco a poco, ha aprendido a tolerarlo.

Lo bueno de tener seres vivos a tu cargo es que no valen excusas: hay que cuidarlos. Si crees que no pasa nada por dejar de supervisar el huerto un día, solo tienes que asomarte a la terraza la tarde siguiente y ver las tomateras cherry espachurradas. Así que no valen tristezas, ni cansancios, ni exámenes por corregir, ni neuras, ni nada. Hay que salir a la terraza, hay que regar, hay que cepillar a los gatos. Todo lo demás no es cuestión de vida o muerte, así que puede esperar a mañana.

Por todo esto, mi nueva rutina se ha convertido en una de esas rutinas que curan. Que te sacan de tu escondite y te obligan a reintegrarte, a comprometerte, a dejar de mirarte el ombligo, a hacerte cargo. A entender que el mundo no se para porque tu mundo parezca estar parado, aunque haya días en que para ti esto no tenga ningún sentido.

sábado, 30 de mayo de 2015

Anemia



Empiezo a recibir algunos resultados de las pruebas que me estoy haciendo dentro del estudio de fallo de implantación (o abortos de repetición). Hasta el momento no hemos descubierto nada especial, si bien me queda aproximadamente la mitad de las pruebas, como iré explicando más adelante.

Lo que sí ha descubierto mi doctora de cabecera ha sido que tengo anemia. Decidió aprovechar los análisis que me mandaba para comprobar mi estado general de salud, y aunque todo estaba perfecto, mejor incluso que en los últimos años, mis glóbulos rojos nos hacían señales de SOS desde el papel.

La anemia es una consecuencia bastante frecuente del aborto, y, en casos como el mío, prácticamente irremediable. Pero los médicos han tardado seis meses en diagnosticármela, y eso que he visto a más de cuatro diferentes desde que perdí mi embarazo.

lunes, 25 de mayo de 2015

Adopción nacional



Era jueves, el día posterior a nuestro primer aniversario de boda. Yo andaba saltando de blog en blog, haciendo un poco de tiempo antes de sumergirme en una apasionante (léase con tono irónico) tarde de correcciones, cuando el título de una entrada me llamó la atención: "Abre la nacional en Madrid". Cualquiera pensaría: "¿La qué?". Pero yo no tardé ni un segundo en saber lo que era: ¡la adopción!

Aunque parezca increíble, hacía apenas unos días que Alma y yo habíamos estado visitando la página web del Instituto Madrileño de la Familia y el Menor, leyendo información sobre adopciones especiales y acogimientos. La adopción siempre ha sido para nosotras una opción igual de atractiva que la maternidad biológica, y si finalmente hemos optado por esta última ha sido, entre otras cosas, porque veíamos inviable adoptar. Nosotras no podemos acceder a la adopción internacional como pareja y, en este momento de nuestra vida, no estamos dispuestas a hacernos pasar por algo diferente a lo que somos. Aunque sabíamos que la adopción nacional en Madrid estaba cerrada desde 2008, la posibilidad de hacer un acogimiento o una adopción especial llevaba algunas semanas haciéndonos runrún en la cabeza.

Así que encontrarme de casualidad con este notición me pareció una broma. Tuve que leer varias veces el título de la entrada, leerme después la entrada entera y visitar la página de la Comunidad de Madrid, donde la convocatoria que habíamos visto cerrada hacía solo unos días se había vuelto a abrir, para terminar de creérmelo. Me pasé toda la tarde lloriqueando, corrigiendo exámenes con mano temblorosa y una sonrisa bobalicona pintada en la cara. No quería ni decírselo a Alma, porque sabía que entonces estallaría de emoción y me pasaría varias horas en shock. Así que esperé a que viniera a buscarme para cenar y entonces le solté la bomba:

– Tía, ha ocurrido un milagro. ¡No te lo vas a creer...!
  

martes, 12 de mayo de 2015

Diez años juntas



Este mes cumplimos nuestro décimo aniversario. Ya han pasado diez años desde aquella tarde en la que hablamos de que ella y yo quizás. No hubo beso, ni petición formal para salir. Como me dijo Alma hace unos días, tan solo fue la primera vez en la que nos referimos a nosotras como una posibilidad. Las dos emprendíamos un camino hacia lo desconocido. Diez años después, todavía lo recorremos. Juntas. Enamoradas. Mano con mano, codo con codo, boca con boca. Felices ambas de haber llegado hasta aquí.

domingo, 3 de mayo de 2015

Huerting



El fin de semana pasado nos dedicamos a hacer huerting: compramos unas macetas, sustrato, fertilizante y unos cuantos sobres de semillas; las plantamos como más o menos nos pareció, las regamos con cuidado y las dejamos en la terraza, tapadas con film transparente agujereado.

Al día siguiente cayó una tormenta de campeonato. Tuvimos que acudir en socorro de nuestras macetas, porque se estaban anegando. Pensamos: "Ya está, ya se murieron todas las semillas, seguro". Pero las seguimos observando, regando una vez que se secaron, con la calma que aporta el haber dejado los sobre vacíos en la creencia de que algo saldría, por estadística, y si no, bueno, otra vez tendríamos más cuidado y lo haríamos mejor.

Ha pasado una semana y casi todas las macetas están llenas de brotes. Los tomates cherry, asomando su tallo encorvado antes de erguir las dos hojitas. La albahaca, que ya hasta se gira hacia donde le viene el sol. El tomillo, tímido pero aguerrido. Las lechugas, una legión de color verde que amenaza con acabar devorándonos antes de ser devoradas.

Una pequeña alegría, algo nuevo que hacer juntas, el alivio de ver crecer las plantas que están fuera del alcance de los gatos, la esperanza de comernos algo de lo que sembramos y, sobre todo, la reconciliación con el ciclo de la vida, que se renueva constantemente por más piedras (superpoblación, tormentas, manos inexpertas) que se encuentre en el camino.

miércoles, 22 de abril de 2015

Vivir la diferencia



Cuando comprendí que me gustaban las mujeres tenía más o menos veintitrés años. Para mí, fue un periodo muy bonito de autodescubrimiento y liberación, pero también me resultó muy duro darme cuenta de que era diferente.

Entre mis amigas de toda la vida y yo se abrió un abismo que, por aquel entonces, consideré insalvable. Muchas de las cosas que habíamos compartido hasta entonces (salidas, confidencias, ligues, etc.) parecían estar esfumándose. Algo intangible pero implacable nos separaba y yo no sabía cómo salvar ese vacío. No quería separarme de ellas, pero ya no podía correr a abrazarlas.

Con el paso de los años he conseguido entender muchas cosas, curarme muchas heridas, volver a estrechar los lazos con las personas a las que quiero y que me quieren, independientemente de las diferencias. El hecho de que me gusten las mujeres ha pasado a ser una circunstancia más en mi vida, no una letra escarlata que llevo grabada a fuego en la frente. 

Una de las experiencias que me han ayudado en este camino es darme cuenta de que, por lo demás, tengo muchas cosas en común con mis amigas. Independizarse, tener pareja, encontrar trabajo, lidiar con facturas, reformas, suegros, vecinos. Nada de esto es muy trascendente, pero todo junto forma más o menos una rutina que podemos compartir.

Pensé que la maternidad pronto formaría parte de esta lista. Pero no ha sido así. De nuevo, me ha tocado a mí vivir la diferencia. Mis amigas tienen a sus hijos, con algún contratiempo por el camino, pero nada remotamente parecido al circo que yo tengo montado. Evidentemente, sabía que mi "acceso" a la maternidad tendría lugar por una puerta diferente, pero no esperaba que esa puerta condujera a un laberinto.

Saberme diferente me resulta doloroso. Compararme con los demás es clavarme un millón de cuchillos en el alma. Pienso constantemente porqueamí porqueamí porquesiempreamí. Y entiendo que lo realmente duro no es pensar que tú tienes algo que te hace distinto. Lo realmente duro es entender hasta qué punto esa diferencia te condena a la soledad.

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