miércoles, 30 de julio de 2014

Historia de mis ovarios poliquísticos



La primera vez que me diagnosticaron el síndrome de ovarios poliquísticos tenía veintitrés años. Acudí a mi ginecóloga (que por entonces era privada) con un susto tremendo, porque en solo un mes me había venido la regla dos veces y en cantidades obscenas, dejándome por los suelos. Además, en más o menos el mismo tiempo sufrí un brote inenarrable de acné (hasta algún profesor de la Universidad habló conmigo por lo llamativo del tema, haciéndome pasar una vergüenza infinita) y se me estaba cayendo el pelo. Yo no sabía si todos estos síntomas estaban relacionados entre sí (que lo estaban) ni cuál era su causa, pero fue tal el miedo que pasé ante aquel terremoto somático que, después de un año siendo vegetariana, volví a la dieta omnívora sin que nadie me lo aconsejara, por si acaso.

Los médicos suelen jactarse de diagnosticar el síndrome de ovarios poliquísticos con tan solo mirarte a la cara, porque la mayoría de sus síntomas externos, para desgracia de quienes lo padecemos, son evidentes. Es algo que me ha pasado varias veces, y también conozco a otras chicas muy cercanas a las que les ha ocurrido. Sin embargo, sus aciertos terminan ahí; tras el diagnóstico, llega el aluvión de sandeces que, generalmente, te solucionan poco o nada.

lunes, 28 de julio de 2014

Las pruebas de diagnóstico en reproducción asistida (II)



Junto a las pruebas que valoran el estado general de la salud ginecológica de la pareja, la futura madre gestante debe hacerse otras pruebas que son básicas para evaluar el estado de su fertilidad. Y aunque en un primer momento parecen sencillas, se pueden complicar bastante y dilatar el proceso en el tiempo, como ocurrió en mi caso.

En principio, se trata solamente de dos pruebas: una ecografía y un análisis de sangre. Ambas deben realizarse entre el tercer y quinto día de la regla, que es cuando se puede estudiar la reserva ovárica de la futura madre gestante. Si, por cualquier circunstancia, no se pueden llevar a cabo durante esos días, es necesario esperar a la siguiente regla, algo que a mí me ocurrió dos veces.

Por otro lado (y esta es una información muy valiosa que me habría ahorrado bastante tiempo), la primera prueba que debe realizarse es la ecografía. Esta prueba, además, tiene que llevarla a cabo el médico de la clínica de reproducción asistida, que es el experto en valorar la fertilidad. Dependiendo de lo que encuentre, habrá que realizar un análisis u otro, además de otras pruebas complementarias. En mi caso, este punto no me quedó muy claro, así que, ante la perspectiva de poder realizar todas las pruebas por la Seguridad Social, pedí cita con mi doctora de cabecera y anulé la cita que habíamos pedido en la clínica. ¡Error!

viernes, 11 de julio de 2014

El piano



Una de las cosas que más me enamoró de Alma cuando la conocí fue su amor por la música. Y no me refiero solo al gusto por escucharla, sino también y muy especialmente al placer de ejecutarla: Alma sabe tocar la guitarra, varios instrumentos de percusión (batería, xilófono, djembé...) y, por supuesto, el piano.

Creo que nunca podré olvidar el día en que me invitó a casa de sus padres y tocó unas piezas que había compuesto para mí. Me pareció que no podía existir un ser más hermoso que ella acariciando aquellas teclas, moviéndose suavemente al compás de la música; y que no podía haber un acto de amor más grande que el que ella me regalaba en aquellos instantes.

Cuando nos fuimos a vivir juntas, Alma tuvo que dejar el piano en casa de sus padres. Intentó sustituirlo por un teclado durante un tiempo, pero no era lo mismo: para una persona que aprecia el tacto de los instrumentos, la sutileza de las cuerdas no se puede comparar con un zafio sonido grabado.

Hace poco, sin embargo, me propuso que nos trajésemos el piano. Se había dado cuenta de que realmente lo echaba de menos y de que le haría muy feliz poder tenerlo en casa para tocarlo cuando quisiera. Dicho y hecho: contactamos con una empresa de transporte de pianos y desde hace unos días lo tenemos en casa.

lunes, 7 de julio de 2014

Maruja feliz



Disfruto mucho de estos primeros días de vacaciones, en los que dejo de ser una profesora estresada para convertirme en una maruja entregada

Procuro levantarme pronto. Desayuno delante de una revista, o de la tablet. Si tengo suerte, me toca Pilates; si no, intento hacer algo de ejercicio por mi cuenta. Compro fruta y verdura en el supermercado. Preparo algún plato rico para cenar. Recojo la casa, escribo, leo. Hago la comida y me tumbo en el sofá con un gato a cada lado. Cuando Alma llega de trabajar, la estampa se asemeja a un manual para mujeres de los años 50.

Durante el curso, las tareas de la casa se me hacen muy cuesta arriba. Trabajo muchísimo y, cuando llega el fin de semana, lo último que me apetece es limpiar, planchar o fregar. Pero cuando cambio el boli rojo por el trapo con dedicación exclusiva, parece que todo fluye. ¡Es tan bonito ser solo ama de casa! ¡Sentir que llegas a todo, que la mierda no te acecha en cada esquina...!

No quiero decir con esto que me gustaría dedicarme solo a la casa; pero entre el estrés laboral más absoluto y unas tareas domésticas asequibles aderezadas con un montón de tiempo libre para mis cosas... ¡elijo lo segundo! Lástima que no me sobre el dinero, y sobre todo, lástima que no pueda coger media jornada porque sí.

Mientras esa vida que sueño se materializa, me conformo con poder disfrutar de este paréntesis vacacional como maruja feliz.

viernes, 4 de julio de 2014

Las pruebas de diagnóstico en reproducción asistida (I)



Antes de comenzar un tratamiento de reproducción asistida, las mujeres debemos someternos a unas pruebas de diagnóstico para que en la clínica puedan valorar cuál es el procedimiento que más nos conviene.

Algunas de estas pruebas son comunes para las dos futuras mamás: se trata de un análisis de sangre y de dos cultivos. El primero incluye una serología, que sirve para descartar algunas enfermedades que podrían afectar al embarazo (VIH, hepatitis, varicela, rubeola, toxoplasmosis, etc.). En el caso de los cultivos, se toman muestras de la vagina (con un palillo que lleva un algodoncito en la punta) y del cuello del útero (utilizando nuestro bienamado espéculo, y después, el mismo algodoncito), también con el objetivo de descartar enfermedades (gonorrea, clamidia, hongos, etc.). La madre no gestante debe hacerse estas pruebas para evitar posibles contagios, ya que la mayoría de estas enfermedades son infecciosas.

Otras pruebas solo debe hacérselas la futura madre gestante: una revisión ginecológica completa (que incluya una citología y una exploración de mama) y un análisis para determinar el grupo sanguíneo (necesario para seleccionar un donante compatible y que puede ser incluido en el análisis anterior; si tú ya conoces tu grupo sanguíneo y puedes demostrarlo, como era mi caso, no necesitas comprobarlo de nuevo).

miércoles, 2 de julio de 2014

Observar a los animales



No entiendo cómo pueden existir personas que todavía defiendan que los animales no sienten. Basta con observar casi cualquier animal para darse cuenta de sus emociones, así que a veces pienso que estas personas jamás se han tomado la molestia de hacerlo con ninguno.

Yo lo veo cada día en mis gatos. Evidentemente, son capaces de sentir dolor (¿quién puede defender todavía que esto no ocurre?); pero también otras emociones, como miedo, curiosidad, hartazgo, placer, cariño o enfado. Cuanto más convivo con ellos, más me doy cuenta de que, en realidad, estamos muy cerca los unos de los otros.

Sin embargo, no creo que haga falta convivir con un animal para observarlo. Basta con ver un documental para apreciar que los animales son seres capaces de una amplia gama de emociones, tanto positivas como negativas. Solo es necesario mirarles a los ojos para entenderlo.

Y no creo que esto sea privativo de los animales más cercanos a nosotros. Hace unos días veía un documental sobre unos peces que guardaban sus huevos en la boca para evitar a los depredadores. Una especie enemiga, sin embargo, había aprendido a mezclar sus huevos con los de este pez para que fueran protegidos en su boca mientras iban devorando los retoños ajenos. Cuando el pez expulsó lo que creía que iban a ser sus crías y se encontró con tres peces de la especie enemiga, se quedó paralizado. No sé cómo lo sentirá el pez exactamente, pero estoy segura de que no le resultó indiferente.

Supongo que, para muchas personas, aceptar que los animales tienen sentimientos les obligaría a realizar una serie de cambios en su estilo de vida que no están dispuestos a asumir. Solo por ese motivo, puramente egoísta, continúan negando lo evidente. Para otras personas, entre las que tengo el orgullo de encontrarme, esto resulta simplemente inconcebible. No solo se llama egoísmo, sino también crueldad: algo ante lo que no es posible mantenerse indiferente.

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