martes, 12 de mayo de 2015

Diez años juntas



Este mes cumplimos nuestro décimo aniversario. Ya han pasado diez años desde aquella tarde en la que hablamos de que ella y yo quizás. No hubo beso, ni petición formal para salir. Como me dijo Alma hace unos días, tan solo fue la primera vez en la que nos referimos a nosotras como una posibilidad. Las dos emprendíamos un camino hacia lo desconocido. Diez años después, todavía lo recorremos. Juntas. Enamoradas. Mano con mano, codo con codo, boca con boca. Felices ambas de haber llegado hasta aquí.

domingo, 3 de mayo de 2015

Huerting



El fin de semana pasado nos dedicamos a hacer huerting: compramos unas macetas, sustrato, fertilizante y unos cuantos sobres de semillas; las plantamos como más o menos nos pareció, las regamos con cuidado y las dejamos en la terraza, tapadas con film transparente agujereado.

Al día siguiente cayó una tormenta de campeonato. Tuvimos que acudir en socorro de nuestras macetas, porque se estaban anegando. Pensamos: "Ya está, ya se murieron todas las semillas, seguro". Pero las seguimos observando, regando una vez que se secaron, con la calma que aporta el haber dejado los sobre vacíos en la creencia de que algo saldría, por estadística, y si no, bueno, otra vez tendríamos más cuidado y lo haríamos mejor.

Ha pasado una semana y casi todas las macetas están llenas de brotes. Los tomates cherry, asomando su tallo encorvado antes de erguir las dos hojitas. La albahaca, que ya hasta se gira hacia donde le viene el sol. El tomillo, tímido pero aguerrido. Las lechugas, una legión de color verde que amenaza con acabar devorándonos antes de ser devoradas.

Una pequeña alegría, algo nuevo que hacer juntas, el alivio de ver crecer las plantas que están fuera del alcance de los gatos, la esperanza de comernos algo de lo que sembramos y, sobre todo, la reconciliación con el ciclo de la vida, que se renueva constantemente por más piedras (superpoblación, tormentas, manos inexpertas) que se encuentre en el camino.

miércoles, 22 de abril de 2015

Vivir la diferencia



Cuando comprendí que me gustaban las mujeres tenía más o menos veintitrés años. Para mí, fue un periodo muy bonito de autodescubrimiento y liberación, pero también me resultó muy duro darme cuenta de que era diferente.

Entre mis amigas de toda la vida y yo se abrió un abismo que, por aquel entonces, consideré insalvable. Muchas de las cosas que habíamos compartido hasta entonces (salidas, confidencias, ligues, etc.) parecían estar esfumándose. Algo intangible pero implacable nos separaba y yo no sabía cómo salvar ese vacío. No quería separarme de ellas, pero ya no podía correr a abrazarlas.

Con el paso de los años he conseguido entender muchas cosas, curarme muchas heridas, volver a estrechar los lazos con las personas a las que quiero y que me quieren, independientemente de las diferencias. El hecho de que me gusten las mujeres ha pasado a ser una circunstancia más en mi vida, no una letra escarlata que llevo grabada a fuego en la frente. 

Una de las experiencias que me han ayudado en este camino es darme cuenta de que, por lo demás, tengo muchas cosas en común con mis amigas. Independizarse, tener pareja, encontrar trabajo, lidiar con facturas, reformas, suegros, vecinos. Nada de esto es muy trascendente, pero todo junto forma más o menos una rutina que podemos compartir.

Pensé que la maternidad pronto formaría parte de esta lista. Pero no ha sido así. De nuevo, me ha tocado a mí vivir la diferencia. Mis amigas tienen a sus hijos, con algún contratiempo por el camino, pero nada remotamente parecido al circo que yo tengo montado. Evidentemente, sabía que mi "acceso" a la maternidad tendría lugar por una puerta diferente, pero no esperaba que esa puerta condujera a un laberinto.

Saberme diferente me resulta doloroso. Compararme con los demás es clavarme un millón de cuchillos en el alma. Pienso constantemente porqueamí porqueamí porquesiempreamí. Y entiendo que lo realmente duro no es pensar que tú tienes algo que te hace distinto. Lo realmente duro es entender hasta qué punto esa diferencia te condena a la soledad.

sábado, 18 de abril de 2015

Dice la doctora



Dice la doctora que sufrir un aborto es normal, dos abortos es normal y tres abortos es normal. Que no es una estadística simpática pero que forma parte de la reproducción humana y, por tanto, no dice nada malo de mí ni de mi cuerpo.

Dice la doctora que los embarazos bioquímicos son tan frecuentes que ni siquiera hay estadísticas. Que si no estuviera en reproducción asistida, se me habría retrasado la regla dos días, me hubiera hecho un test de embarazo que habría salido negativo y jamás habría llegado a saber que un embrión intentó quedarse conmigo sin conseguirlo.

Dice la doctora que la tasa de fecundación de mis óvulos es baja en comparación con la media, pero perfectamente normal para las mujeres que tenemos SOP. Que los óvulos que se consiguen en la estimulación no siempre son óvulos nuevos de ese mes, sino que pueden llevar dando vueltas varios meses sin que los ovarios sean capaces de desecharlos completamente, y que por eso no fecundan bien.

Dice la doctora que el número de blastos que conseguimos en relación con el número de óvulos fecundados sí que está en la media, por lo que no parece existir un problema muy grave con mis óvulos ni con los embriones que forman. Que, además, los dos intentaron quedarse, lo que ya de por sí es algo bueno, aunque ninguno de ellos diera lugar a un embarazo evolutivo.

Dice la doctora que, a pesar de todo ello, entiende que los tratamientos de reproducción asistida son muy costosos en todos los sentidos, por lo que no quiere seguir probando sin más hasta que me haga un estudio completo de "fallo de implantación" (también conocido como de "abortos de repetición"), aunque todavía no haya tenido ningún "fallo de implantación" (o "aborto") alarmante o fuera de la estadística. Que solo me lo manda para que sigamos tranquilamente con los tratamientos, a sabiendas de que tengo un 95% de probabilidades de que todo salga bien.

Dice la doctora, no obstante, que si en mis pruebas sale la más mínima sombra de algo, me piensa forrar a pastillas, así que no tengo de qué preocuparme.

Todo esto dice la doctora y, por el momento, a mí me parece bien.

domingo, 12 de abril de 2015

Mi sexta betaespera (y su resultado)



Esta vez empecé la betaespera muy tranquila y confiada. Solo tenía que esperar diez días para hacerme la prueba de embarazo y la dosis de progesterona era menor que en la transferencia anterior: según me explicó la doctora, cuando se realiza la transferencia después de una punción, nuestro cuerpo no segrega la progesterona propia del ciclo, por lo que hay que suplementarla; pero, al realizar la tranferencia en ciclo natural, solamente es necesario reforzarla.

A pesar de mi optimismo, 200 mg de progesterona cada doce horas fueron suficiente para tumbarme. Lo pasé peor que nunca porque nunca había tenido tanta progesterona en mi cuerpo: tenía la tensión por los suelos, me sentía mareada continuamente y la mayor parte del tiempo no podía levantarme del sofá. Psicológicamente, para mí fue terrible verme otra vez teniendo que hacer reposo forzado, porque es muy difícil liberar la mente cuando el cuerpo te recuerda constantemente por qué estás así. En cualquier caso, yo me esforcé por salir, pasear, ir al cine e incluso conducir, con grave peligro para mi integridad, la de Alma y la de todos aquellos que se cruzaron en nuestro camino sin saber que el coche lo llevaba una hormona borracha.

Así pasaron los primeros días, y hacia la mitad de la betaespera, el cuerpo me dio una pequeña tregua. Aun teniendo que soportar esas náuseas falsas que me provocan las pastillas, el mundo parecía haberse quedado quieto y, poco a poco, fui dejando atrás todo el odio, la rabia y la frustración que albergaba hacia las hormonas sintéticas.

Cuando quedaban unos días para la beta, empecé a sentir inequívocos síntomas de embarazo. Ah, ¿pero eso existe? Por suerte o por desgracia, yo ya he comprobado que en mí sí. 

lunes, 30 de marzo de 2015

El nuevo intento



He leído muchas veces que, cuando buscas un embarazo después de una pérdida, la búsqueda se fragmenta en hitos. Ya no puedes confiar en que, llegado un determinado momento, habrás conseguido lo que deseabas. Sabes que hay muchas piedras en el camino y que sortear cada una de ellas es un fin en sí mismo. Por eso me enorgullezco de los hitos que ya he conseguido:

Hito nº 1. Llamar a la clínica
Puede parecer sencillo pero, hasta el momento, es el que más me ha costado. Volver a llamar a la clínica, volver a pedir cita para una ecografía, volver a empezar. Fue como si dejaran caer mi corazón desde una altura considerable y estuviera rebotando durante cinco días. Por la mañana estaba contenta. ¡Todo iba a ir bien! ¡Seguro! Por la tarde me sentía hundida. ¿Empezar otra vez? ¡No puedo con ello! El malestar continuaba durante la mañana siguiente, pero por la tarde... ¡Todo iba a ir bien! ¡Seguro...! Fue agotador.

Hito nº 2. Ecografías
Saber que haríamos la transferencia embrionaria sin estimulación me animaba. Nada de pinchazos, nada de hormonas, simplemente observar cómo mi cuerpo hacía la magia de todos los meses. Este hito, sin embargo, se hizo largo, pues desde que perdí el embarazo mis ciclos han durado más de treinta días. En la primera ecografía, la del décimo día, no se vio ningún folículo dominante. Tres días después, parecía que uno despuntaba, pero el endometrio, de 6 mm, no había crecido. Dos días más y el folículo prometía, pero no tanto como el endometrio, que ya estaba de 9 mm. Otros dos días y el folículo estaba listo; el endometrio, campeón de campeones, medía 11 mm. El análisis de estradiol terminó de confirmar las buenas noticias.

viernes, 27 de marzo de 2015

Marzo



Recuerdo el año pasado por estas mismas fechas. La memoria es tan intensa que el mundo me parece un inmenso déjà vu, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo y estuviera viviendo en dos momentos a la vez.

Yo quería empezar los tratamientos en marzo. Veía las ramas de los árboles cuajadas de yemas, las primeras flores, sentía la calidez de los rayos del sol, y deseaba lanzarme a fluir con todo ello, dejándome arrastrar por la inmensa ola de vida que parecía estar bañándolo todo.

Pero no fue posible. La histerosalpingografía se retrasó un mes, hubo que repetir los análisis de hormonas al descubrir que mis ovarios eran poliquísticos, y cuando por fin pensé que tendríamos luz verde para la primera inseminación, la doctora nos sorprendió con la noticia de que debía medicarme con metformina durante al menos un mes antes de empezar.

Me sentía como si estuviera perdiendo el tren. La primavera llegaba y yo no podía acompañarla. Para cuando iniciamos los tratamientos, el mundo se había colmado de frutos. Todo rebosaba de vida y yo me había quedado atrás.

Lo bueno que tiene la Naturaleza es que, si esperas lo suficiente, el ciclo siempre vuelve a comenzar. Y esta nueva primavera ha llegado con la promesa de atravesar mi vientre y dejarlo sembrado de alegría.

Nuestro segundo embrión nos espera, mi cuerpo está preparado y marzo me parece un mes estupendo para el deshielo :)

miércoles, 25 de marzo de 2015

¿Y si los planes de la Vida son mejores que los míos?



No creo en Dios. No creo que exista ningún ser en el Universo que esté intentando guiar mis pasos, ni dirigiéndome hacia ningún lugar en concreto. No creo que nadie haya creado un plan para mí, ni que me mande señales para que yo lo entienda y lo complete.

No creo en el Destino. No pienso que estemos aquí para nada, ni que sigamos un camino previamente escrito, ni que nuestras vidas tengan un fin. No creo que la vida de nadie tenga un fin, ni que la Humanidad entera tenga un fin.

Yo creo que la Vida es azarosa, y que nuestra necesidad de una coherencia casi casi narrativa hace que establezcamos relaciones de causa y efecto que no estaban ahí. Las cosas no ocurren por algo, pero nos gusta pensar que sí, ya que este tipo de ideas aportan sentido a nuestra vida y nos llenan de consuelo y felicidad.

Estos son mis pensamientos racionales. 
Mi experiencia, sin embargo, los contradice un tanto.

Me gusta hacer planes. Siempre me ha gustado. Desde pequeña, he imaginado mi futuro y he proyectado mi voluntad sobre él. A la Vida, sin embargo, le encanta desbaratármelos. Y he de reconocer que, la mayoría de las veces, me los desbarata para bien. Sus planes son mejores que los míos. Me jode reconocerlo y no quiero que pase cuando lo veo venir. Pero así es como suele ser.

Ahora mismo me pregunto si todo lo que me ha pasado está bien. Si de algún modo absurdo tenía que ocurrir justamente como ha ocurrido. Si el momento es ahora y no cuando yo creía que era. Si hacía falta todo esto. Si algunas cosas no pueden ser cuando yo quiero porque algunas cosas no deben ser cuando quiero yo.

Es todo tonto, raro e incoherente. Pero más que en la razón, yo confío en la intuición.
Y ahora mismo tengo la intuición de que las cosas tenían que ser así.

domingo, 22 de marzo de 2015

La odisea de la FIV (V). SHO



En el último control ecográfico antes de la punción, le hice muchísimas preguntas a nuestra doctora sobre el riesgo de sufrir un Síndrome de Hiperestimulación Ovárica. Las mujeres con SOP lo padecemos con mayor frecuencia, y yo ya había tenido malas experiencias con ello. Como todos los síndromes ginecológicos (o eso me parece a mí), a este también le han puesto un nombre que no obedece exactamente a la realidad: igual que si sufres SOP no tiene por qué haber quistes en tus ovarios, el SHO no solo se produce cuando los ovarios han sido estimulados.

En realidad, es una reacción de hipersensibilidad a la presencia de una hormona, la gonadotropina coriónica (ya sea "alfa", la que te inyectas para que maduren los óvulos; o "humana", segregada durante el primer trimestre de embarazo y detectada por los tests). Como digo, yo ya había tenido malas experiencias con esta hormona, sobre todo durante mi primera inseminación, en la que, de hecho, no estimularon mis ovarios. Ese mismo día, pasadas las treinta y seis horas que tarda en hacer efecto la dichosa hormona, dejé de ir al baño, me hinché como un globo y me pegué la vomitona del siglo. Por aquel entonces, ni siquiera sabía que la inyección tardaba más de un día en hacer efecto, así que me pasé dos días comiendo arroz hervido, creyendo que me había agarrado una gastroenteritis.

jueves, 19 de marzo de 2015

La odisea de la FIV (IV). Punción



Si algo me aterraba más que ponerme una cantidad obscena de inyecciones durante quién sabe cuántos días (al final fueron doce, que se dice pronto), era pasar por quirófano. La anestesia me producía un pánico irrefrenable, y me sentía la más tonta del mundo por ello: había leído muchos relatos sobre punciones y sus autoras parecían desfilar hacia el quirófano silbando alegremente. En mi caso, desde que recibí el último negativo y supe que tendría que someterme a una FIV, no hubo un solo día en que  no pensara en la anestesia y un escalofrío me recorriera la espalda.

Hasta la punción, solamente había pasado por quirófano una vez: cuando tenía cuatro años y me operaron de vegetaciones. Afortunadamente, por aquel entonces me enfrenté a la anestesia con una gran curiosidad: yo pensaba que no podía existir nada en el universo que me obligara a dormirme si no quería, y tenía la ilusión de resistirme a sus efectos. Y aunque hoy creo que no volvería a montar un drama semejante por una intervención tan rápida como una punción, sé también que no podría evitar que se me pasaran por la cabeza algunas ideas siniestras al saber que volverían a sedarme. 

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