martes, 18 de julio de 2017

La segunda ecografía

Solo hemos tardado diez días en volver a ver a nuestro pequeño; sin embargo, a mí me ha dado tiempo a caer en la crisis más profunda de todas las que llevo en este embarazo.

Entre las semanas cinco y seis, empecé a notar un cambio en los síntomas que había tenido hasta entonces. Las náuseas, que me habían acompañado de manera muy intensa desde antes de ver el primer test positivo, empezaron a cambiar, transformándose en un mal cuerpo difuso. Hacia la mitad de la semana seis, podía decir que me encontraba bastante bien: desayunaba despacio y comía porciones pequeñas a lo largo del día; pero, en general, parecía que mi estómago había vuelto a su ser. Justo en el momento en el que mis síntomas de embarazo debían intensificarse, yo me encontraba mejor.

Cualquier mujer que haya sufrido un aborto sabe que este panorama es aterrador. Yo también sé lo que es sentirse embarazada y, de pronto, empezar a notar que esos síntomas desaparecen. Hasta tres veces he vivido la paradoja de notar una mejoría física y comprender que ese bienestar solo podía ser malo. Hasta tres veces he recibido la mala noticia que sigue a esas sensaciones: la pérdida, cruel e inapelable, del embarazo.

Como en otras ocasiones, no obstante, esta vez también he tratado de mantener la calma. Entablé un sinfín de conversaciones conmigo misma donde intentaba convencerme de que todo iba bien, de que lo que tanto temía no se volvería a repetir. Hice una lista con los argumentos más sólidos que encontré: análisis, tratamiento, beta, primera ecografía... Busqué distracciones hasta debajo de las piedras y así atravesé, con toda la cordura que me fue posible reunir, el umbral de las siete semanas. Pero fue entonces, a dos días de la segunda ecografía, cuando me rompí.

Las náuseas parecían estar volviendo, pero ese volver no hacía más que evidenciar durante cuánto tiempo habían estado ausentes. Durante dos días, las sentí con fuerza, pero al tercero desaparecieron otra vez. Me sentía tan bien como si nunca hubiera estado embarazada. Durante todo el día procuré aguantarme el miedo y la incertidumbre, pero a última hora de la tarde ya no pude más. Tuve un ataque de llanto y todas las emociones negativas que había estado relativizando emergieron a la vez.

Estaba segura de que lo había perdido, de que su corazón había dejado de latir. Y la idea era horrible. Me sentía tan vacía, echaba tanto de menos el embarazo. Alma intentó razonar conmigo, calmarme, transmitirme la misma seguridad que ella tenía de que todo iba bien. Pero al final la arrastré a mi pozo de desesperación y las dos acabamos destrozadas, presas de una angustia extrema, sin recursos para sobrevivir hasta el día de la consulta.

Para cuando llegó, yo ya llevaba varios días barajando qué tipo de aborto escogería esta vez, preguntándome si no sería demasiado volver a hacerlo con pastillas en pleno verano, si no me convendría más optar por el legrado. Cuando entramos por la puerta, iba tan desencajada que lo primero que hizo la doctora fue preguntarme si me encontraba bien, si tenía ganas de vomitar. Le explicamos que estábamos muy preocupadas por la ecografía y ella le restó importancia: "Ah, bueno, si solo es eso... ¡Seguro que está bien!". Cuando dijo aquello, me dieron ganas de saltar sobre la mesa y apretarle la garganta: "¿Bien? ¿¿Bien?? ¿Es que todavía no te has enterado? ¿Es que no entiendes que a mí nada me puede salir bien?".

Por suerte, ella tenía razón... y yo no :)



No nos hizo sufrir. En cuanto introdujo el ecógrafo, exclamó: "¡Está bien!". Y nos dejó verlo en la pantalla:


Me cuesta expresar con palabras lo que sentí en ese momento: nuestro pequeño había crecido, ya tenía forma humana, su corazón latía con fuerza, era precioso y yo... ¡yo llevaba varios días llorando su pérdida! Entre mi realidad y la realidad se había abierto un abismo que ni yo misma sabía explicar. Pero no importaba. ¡No importaba! En ese momento, solo podía prestar atención al hermoso milagro que, de nuevo, insistía en llamar a nuestra puerta.

Me puse a llorar, claro. Lloré durante toda la exploración. Lloré al salir de la clínica. Lloré en el coche. Y lloré mucho, muchísimo, en casa. Lloraba de puro alivio, de puro miedo, de pura incredulidad.

Grabamos un vídeo con el latido de su corazón. Fue una sugerencia de la doctora, porque nosotras solo éramos capaces de mirar la pantalla anonadadas. De hecho, tuve que ayudar a la pobre Alma con el móvil porque ella apenas atinaba, mientras la doctora se reía de nuestro evidente estado de shock.

El segundo saco gestacional había cuadruplicado su tamaño, pero apenas se intuía una vesícula vitelina en su interior. La doctora nos insistió en que no se seguiría desarrollando y en que el útero lo reabsorbería sin mayor problema. Reconozco que el hecho de que haya crecido tanto me preocupa un poco, no porque dentro pueda estarse desarrollando un segundo embrión, algo que queda totalmente descartado; sino porque pueda afectar a nuestro pequeño, ya que, según parece en la ecografía, están muy pegados. Pero bueno, admito que es una preocupación menor, secundaria.

El día en que tuve la crisis, mientras Alma y yo llorábamos abrazadas, ella me dijo, medio en broma, medio en serio, que si finalmente todo estaba bien, me iba a caer una buena bronca. A mí me pareció muy justo, así que, después de la ecografía, esperaba que estuviera enfadada. Pero no lo estaba. En vez de la bronca, me regaló una de esas frases que te calan hasta lo más profundo:

—Tienes que confiar en él, Reme.

Y es verdad. No sé de dónde voy a sacar la confianza, porque me he dado cuenta de que ando extremadamente escasa, pero sé que es importante, sé que es necesario y sé que no debo quedarme solo en el intento, sino lograrlo.

Han tenido que pasar tres o cuatro días, no obstante, para que, al mirar por enésima vez la ecografía, al escuchar de nuevo el latido de su corazón, el mío haya conseguido avanzar un paso más allá de la incredulidad más sincera y albergar, tímida pero tenazmente, un sentimiento parecido al AMOR.

4 comentarios:

adrastea a dijo...

Me alegro hasta el infinito :-) Yo también tuve momentos de sentirme estupenda y pensar quetodo había terminado. Recuerdo una tarde en la que me notaba claramente premenstrual, menuda llorera me pegué. Y aquí está, guapísimo. Quedarán muchos sustos, seguro, no es por desanimarte, pero luego viene los"hoy creo que se mueve menos que ayer" pero, pasito a pasito y conteniendo el aliento, pasan las semanas. No, yo no disfruté mi embarazo, lo viví con mucho miedo de despertar del sueño, pero ahora disfruto de mi peque. Y como tú decías un día, tal vez hemos tenido que pasar todo esto porque era justo este niño el que tenía que ser nuestro hijo. Para mí es perfecto y ahora mismo no me importa todo lo que pasó, si me hubiera quedado antes no hubiera sido de él, y no me imagino siendo mami de otro bebé.

Huro dijo...

Que alegría que todo siga su curso!! En cuanto al miedo mi humilde opinión es que Bienvenida a la maternidad!! Lo digo porque yo no he sido nunca miedosa hasta que comencé esta aventura de ser madre y luego la cosa ha ido creciendo! Que si el miedo por no quedarte embarazada, que cuando lo estás porque siga adelante, en el parto porque todo salga bien y cuando nacen miedo a que no les pase nada ( a ellos o a nosotras) , miedo a dejarles en la guarde , a la fiebre más de 39 , a los saltos en la piscina y suma y sigue.. Te diría cariño que mires este miedo como un síntoma más de que tienes una vida en tu vientre y te aseguro que aprenderás a vivir con este miedo e incluso de disfrutar de tu hijo al mismo tiempo. Y la razón de poder hacerlo no es otra cosa que estos niños tan deseados tiran de tí como nada antes lo ha hecho. Besos gordos

Remedios Morales dijo...

Muchas gracias por tus palabras, Adrastea. Sienta bien saber que no soy la única que da por perdido su embarazo cuando, en realidad, va todo estupendamente. ¡Es tan duro...! Y me imagino todo lo que me queda todavía, no creas que no he pensado ya en eso de las pataditas... Al menos, me queda el consuelo de saber que tampoco seré la primera que aparezca en urgencias por ese motivo, jeje. De lo que estoy segura es de que, al final, todo habrá merecido la pena. Ahora mismo no puedo ni imaginármelo, pero quienes vais delante me lo confirmáis siempre :D

¡Ay, Huro! ¡Que eso yo también lo pienso! Que a lo mejor me quedo así para siempre, jajaja. Porque, efectivamente, ¿quién me asegura a mí que ahora tenga miedo de que el pequeño no crezca bien pero que después esté tan tranquila si enferma o tiene un accidente o...? ¡Nadie! De hecho, me asusta mucho la idea de convertirme en la típica madre miedosa o sobreprotectora. Por eso me ha alegrado mucho eso que has dicho de que se puede aprender a vivir con este miedo y disfrutar. Desde luego, más fuerza de voluntad que la que me infunde este pequeño no me la ha infundido nadie, pero... ¿seré capaz? ;)

Huro dijo...

Serás capaz claro que lo serás. Y siempre digo y me repito a mi misma que la maternidad es un proceso de ensayo/error. Que hay algo que te va bien sigue con ello , que te confundes pues no pasa nada mañana será un día mejor y probaremos algo nuevo que funcione. Reme de verdad, el mismo hecho de que te preguntes si podrás o no ya te hace una madre 100 puesto que te cuestionas como hacer las cosas y eso lo es todo. Un besazo

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