miércoles, 25 de mayo de 2016

Nuestro expediente de adopción cumple un año

Tal día como hoy, hace justamente un año, Alma y yo entregamos el ofrecimiento para abrir un expediente de adopción nacional. Y hoy lo hemos celebrado como se merece: con bizcocho de chocolate casero y soplido de vela.


Durante este año han pasado muchas cosas. 

Recibimos la noticia de que se abría la lista de adopción nacional en Madrid con una gran alegría, pero también con bastante incredulidad. Después de haber descartado, muy dolorosamente, la posibilidad de formar nuestra familia a través de la adopción, no terminábamos de creernos que nuestra situación hubiera girado 180º. 

Pasamos varios meses convencidas, en secreto, de que los papeles no habrían llegado bien. No los entregamos directamente en el Instituto del Menor, sino a través de la ventanilla única de nuestro pueblo, así que nos temíamos lo peor. Sin embargo, las dos permanecimos calladas para no quitarle la ilusión a la otra, hasta que nos llegó la carta que confirmaba la apertura del expediente y, muertas de risa, supimos que habíamos estado compartiendo las mismas paranoias. Gracias a ese papel oficial, registrado y sellado, empezamos a creernos que, contra todo pronóstico, estábamos inmersas en esta aventura que es la adopción. 


lunes, 9 de mayo de 2016

Un sueño


Hace unos días tuve un sueño muy revelador.

Soñé que Alma y yo íbamos a comer con unas amigas a un restaurante. Yo estaba muy contenta porque el restaurante (que no existe) era precioso, muy acogedor, y se podía ir andando desde casa. Me parecía todo un lujo y me sentía muy afortunada. Para nuestras amigas, sin embargo, no era nada del otro mundo.

Cuando nos sentamos a la mesa, descubrimos que los anteriores comensales se habían dejado un par de platos de tapas. Algunas estaban mordisqueadas, pero la mayoría tenía una pinta estupenda. Así que Alma y yo nos pusimos a comérnoslas. Estaban buenísimas y nos pareció que habíamos tenido una suerte inmensa al poder comérnoslas sin que nos costara dinero. Mientras tanto, nuestras amigas no hacían más que quejarse porque tardaban mucho tiempo en servirnos y les horrorizaba que nos estuviésemos comiendo la comida de otros.

Desperté de este sueño bastante impactada. Cuando se lo conté a Alma, ella reaccionó igual que lo había hecho en el sueño: le pareció genial que nos hubiésemos dado un banquete a costa de otras personas. ¿Por qué íbamos a dejar de comernos esas tapas con la buena pinta que tenían?

Yo, sin embargo, sentía una contradicción. La parte de mí que vivía el sueño se sentía asombrada, encantada, muy afortunada. La parte de mí que lo observaba desde fuera mientras soñaba, se sentía horrorizada y muy apenada. Durante el sueño, no dejaba de atormentarme con la idea de que siempre nos tocaba conformarnos con lo peor. De que siempre teníamos que comernos las "sobras".

Como el sueño me impactó tanto, pensé mucho tiempo sobre él. Y me di cuenta de que realmente esas dos actitudes contradictorias son las que tengo hacia nuestro proyecto de familia. La parte de mí que lo vive día a día está encantada y se siente muy afortunada. Esa parte todavía no se cree que podamos llegar a adoptar algún día, y se desmaya de felicidad al pensar que, tal vez ahora, pueda quedarme embarazada gracias a un embrión que no lleve nuestros genes.

La parte de mí que lo vive todo desde fuera, esa parte que observa y juzga, se siente horrorizada por momentos. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Constantemente se hace las mismas preguntas, se ahoga en autocompasión y rabia, y desearía liarse a patadas con la Vida, el Destino... y con los Otros.

Y aún hay otra parte, otro coro de voces en mi cabeza, que en el sueño estaba representado por nuestras amigas. Esas amigas, todas madres en la realidad, que en mi inconsciente se erigían en portavoces de lo que debe ser y nosotras no podemos conseguir. Nada era suficiente para ellas, no compartían ninguno de nuestros motivos para sentirnos afortunadas y su actitud era de queja constante. Esas voces también viven en mi interior, también me atormentan con sus críticas y me generan inseguridad y malestar.

Ojalá pronto Alma y yo podamos volver a visitar ese restaurante de mi inconsciente, nos pongamos las botas con un montón de comida buenísima y no tengamos que escuchar ningún coro de voces que nos perturbe.

sábado, 30 de abril de 2016

El viaje


Tengo un grupo de amigas (y compañeras de trabajo) que, una vez al año, organizan un viaje exprés a una capital europea. La primera vez que se fueron, me parecieron unas locas; pero, cuando vi las fotos de lo bien que se lo habían pasado, supe que me apuntaría a la siguiente. Y así fue.

Por aquel entonces, llevaba muchos años sin montar en avión. Sufría una fobia que se desarrolló paralelamente a mi depresión y tuve que emplear varias sesiones de terapia tan solo para atreverme a a plantarle cara a ese miedo irracional que se había instalado en mi mente. Ese miedo irracional que, en los momentos más exacerbados, ni siquiera me dejaba pisar un tren. Por suerte, aquel primer viaje coincidió con la recta final de la medicación y pude trabajarlo con mi psicóloga como un reto postdepresivo más. 

Participé en estos viajes durante varios años, divirtiéndome de lo lindo y quedándome siempre con ganas de repetir. Comprendiendo lo importante que era para mí, no solo enfrentarme a mis miedos, sino volver a disfrutar con esa clase de experiencias vivificantes que la depresión me había arrebatado.

Hace dos años, sin embargo, lo volví a dejar. Estos viajes los planeamos siempre con al menos seis meses de antelación y, desde que empezamos la búsqueda del embarazo, me parecía imposible seguir haciéndolo así. Porque, desde el principio, fue inconcebible para mí la idea de no haberme quedado embarazada en seis meses: y, cuanto más tiempo pasaba, más inconcebible se volvía la idea de no haberme quedado embarazada en seis meses más.

En octubre del año pasado, sin embargo, se me volvió a presentar la oportunidad de apuntarme al viaje. Los dos negativos de la segunda FIV habían pasado sobre mí como una apisonadora y sabía que pasaría algún tiempo antes de volverlo a intentar; así que, en el último momento, dije que sí.

miércoles, 30 de marzo de 2016

La adopción demonizada


A medida que voy saltando de página en página y leo aquí y allá diferentes artículos sobre adopción, se va conformando en mi mente una visión demonizada de la misma que me horroriza.

Persiste la demonización clásica de la madre biológica (al padre biológico ni se le nombra, claro), esa mujer lasciva y egoísta que abandona a su hijo como quien se deshace de un fardo. Y me toca las narices. Me tocas las narices porque yo no creo que "dar en adopción" sea un sinónimo de "abandonar". A mí me parece un acto de responsabilidad, difícil y doloroso, que merece al menos nuestro respeto. ¿Qué sabemos los demás sobre las circunstancias que rodean la vida de esa mujer y de su embarazo como para juzgarla? ¿Por qué, si ella decide que dar a su hijo en adopción es la mejor decisión que puede tomar, no podemos estar de acuerdo? 

viernes, 25 de marzo de 2016

Dieta para el SOP


Como ya expliqué en otra ocasión, el síndrome de ovarios poliquísticos (SOP) es un trastorno endocrino que afecta al metabolismo de la glucosa. Descubrirlo me llevó casi diez años, y lo hice gracias a que la doctora de nuestra primera clínica me recetó metformina para mejorarlo. A mí me mosqueó, desde el primer momento, que fuera un antidiabético, y no me conformé con que me dijera que no tenía que acompañarlo de ninguna dieta. Gracias a mis investigaciones, descubrí AESOP y aprendí otras maneras de lidiar con este síndrome.

Si el SOP estaba relacionado con el metabolismo de la glucosa y un antidiabético lo mejoraba, a mí me parecía evidente que la dieta no podía ser ajena a todo este proceso. Tampoco tuve que rebuscar debajo de las piedras para descubrir que tenía razón, así que me sorprende que los médicos no tengan esta misma información, no la consideren relevante o prefieran no darla a conocer por motivos que a mí se me escapan. Lo cierto es que, hasta el momento, NINGÚN médico (y he conocido a unos cuantos) me ha hablado de dieta cuando yo le he hablado de SOP.

viernes, 18 de marzo de 2016

Nunca el tiempo es perdido


Llevo muchos años intentando que la maternidad forme parte de mi vida, muchos más de los que llevo en reproducción asistida. Y aunque he pasado momentos de gran angustia viendo cómo el tiempo se me escurre entre los dedos, cada día que pasa estoy más segura de que este periodo de mi existencia tiene valor por sí mismo.

Poco a poco voy comprendiendo que, de alguna extraña manera, está bien así. En mi vida están pasando cosas que, desde luego, es mejor que pasen antes de que sea madre. No estaban planeadas ni puedo controlarlas, pero son buenas: uno de esos regalos que, a veces, la Vida deja en tu puerta, simplemente porque sí.

Frente a la sensación de descontrol que me ha invadido en otras ocasiones, va ganando fuerza la serenidad. Estoy aprendiendo tantas lecciones, estoy creciendo tanto... Cuando pienso en mí misma hace dos años, a punto de comenzar el primer tratamiento, me siento a años luz de mis pensamientos de entonces, de mis ideas, de mis sentimientos.

Estoy no quiere decir que haya alcanzado el nirvana de la reproducción y que ya no sienta miedo, ni dolor, ni tristeza. Para nada. Estos sentimientos negativos y muchos otros siguen ahí, como es lógico; pero ahora los vivo de una manera distinta. Quizá porque he aprendido algo más de esta compleja trama que es la vida; también de aquellos capítulos que tratan sobre la maternidad.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Mensaje en una bolsita


Hace algo más de un año, cuando todavía estaba inmersa en el duelo por mi aborto, asistí a un taller para reconectar con el útero. Fue un taller muy bonito, donde aprendí unas cuantas curiosidades científicas, pero que también me permitió aflojar el nudo de sentimientos que me ahogaba y liberar un tanto la carga mental y física. 

En medio de ese montón de experiencias maravillosas, me ocurrió algo muy tonto que hoy me deja con la boca abierta. Durante el descanso del taller, nos tomamos un té de esos que llevan un mensaje en el cartón de la bolsita. Las mujeres que asistían al taller conmigo empezaron a comentar el que le había tocado a cada una. Yo leí el mío muy rápido y, disimuladamente, lo separé del hilo y me lo guardé en el bolsillo. Cuando llegué a mi casa, lo puse junto a una colección de notitas que tengo encima de mi mesa, y ahí ha estado todo este tiempo.

El mensaje era: "Empty yourself and let the Universe fill you", 'Vacíate a ti misma y deja que el Universo te llene'.

No sé por qué entonces me resultó tan significativo. En aquel momento, estaba convencida de que me quedaría embarazada en la segunda transferencia embrionaria (como de hecho ocurrió, aunque volviera a perderlo). Y aún estaba dispuesta a pasar por otra FIV. La renuncia a mis genes no era una opción inmediata ni la adopción una opción posible; pero supongo que, en algún rincón de mi interior, una parte de mí se iba preparando para ello. Una parte de mí sabía que podía pasar y que habría asumirlo y que sería bueno. 

He leído el cartón cientos de veces desde entonces, como un mantra, como un mensaje mágico que venía a exteriorizar algo que llevaba dentro. Y, como tantas otras cosas de mi vida, sus palabras van cobrando cada vez mayor sentido :)

viernes, 4 de marzo de 2016

Momentos


La mayor parte de los días me siento segura y contenta con las decisiones que hemos tomado para continuar este camino. Siento que las cosas cobran cada vez más sentido y que eso solo puede ser bueno.

Pero a veces tengo momentos en los que me vengo abajo y todo se vuelven miedos y tristezas, como si no hubiera nada bueno en el horizonte y todo lo vivido tan solo nos hubiera acercado a un terrible e inevitable final.

Lo sé. Es tétrico y radical, pero no puedo evitarlo.

El otro día, por ejemplo, viendo el primer vídeo de Clara (en el que repasaba su aventura hasta lograr el embarazo, precisamente con un embrión de calidad D que hoy es un bebé precioso y sano), no pude evitar pensar en mis propios embriones.

Nunca pienso en ellos. Independientemente de lo que opine sobre cuándo un ser humano empieza a serlo, en su momento no establecí ningún vínculo con ellos y, por eso, para mí, no son más que "oportunidades" perdidas. No los siento como "mis hijos", aunque estrictamente pudieran serlo.

Pero desde que sé que no habrá más "oportunidades" así, que no habrá más embriones formados con mis óvulos, los pienso de otra manera. Su existencia me duele, se me clava. Hubo nueve posibilidades de tener un hijo que fuera genéticamente mío, y la mayoría se perdió antes de regresar a mi cuerpo.

No me gusta lamentarme sobre lo que hemos vivido hasta aquí; principalmente, porque no hay vuelta atrás, pero también porque, de existir una "cura" a nuestro dolor, solo la encontraremos más adelante, en el futuro que construyamos, no en los lamentos.

Pero, recordando historias como la de Clara, no puedo evitar plantearme cosas. ¿Y si no los hubiesen llevado todos a blastos? ¿Y si me hubieran transferido embriones de tres o cuatro días? Todos estaban vivos en ese estadio, ¿por qué desecharlos? ¿Y si nuestro pequeño milagro se ahogó en una placa de Petri cuando podía haber vivido en mi útero? ¿Y si me los hubieran transferido de dos en dos? ¿Habrían mejorado entonces las posibilidades? ¿Habrían salido uno o incluso los dos adelante? Y en el caso de la segunda FIV, ¿qué habría ocurrido si no hubiera tomado Adiro hasta el positivo? ¿Y si mi embrión bonito se "escurrió" en un útero que se deshacía en sangre con solo rozarlo?

Lo sé. Son pensamientos inútiles y absurdos. Pero a veces siento que preferiría que esos embriones nunca hubiesen existido. Que, desde el primer momento, me hubieran dicho que era imposible tener hijos con mis óvulos. Que nunca lo hubiésemos intentado. Que hubiera salido mal al 100%. Que mis óvulos no hubieran fecundado, que se hubiesen roto, qué sé yo. 

Porque si nunca hubiera tenido ninguna esperanza, ahora mismo no tendría ninguna duda. En mi interior podría sentir la misma rabia, pero no encontraría ningún rincón en mi mente que se preguntara "¿Y si...? ¿Y si...?". 

Tengo claro que no quiero pasar por otra FIV, pero a veces recuerdo esas nueve posibilidades y pienso en si no debería darme otras. En si no nos habremos precipitado con esta decisión y lo que deberíamos hacer es darnos tiempo para curar nuestras heridas.

La respuesta es no. Lo sé, lo sabemos.

Pero a veces, simplemente, tengo momentos.

domingo, 28 de febrero de 2016

Mise en abîme


Cuando en la Edad Media componían relatos, les gustaba diseminar pequeños guiños sobre el desenlace a lo largo de toda la historia. El público generalmente conocía el final y, por más paradójico que resulte, las anticipaciones sobre cómo iba a terminar tal o cual personaje aumentaban la emoción del relato. Uno de los recursos para hacer esto se llamaba "mise en abîme", y consistía en narrar un pequeño motivo que tuviera la misma estructura que la historia completa: un relato dentro de un relato, un desenlace previo al desenlace pero semejante a él.

En estos días ha venido a mi memoria este recurso porque siento que los dos procesos de adopción en que estoy inmersa se relacionan entre sí como un "mise en abîme": ambos han dado ya comienzo, en ambos media una lista de candidatos y un periodo de espera que culminará con una llamada, los dos requieren de una preparación previa (médica en un caso y psicosocial en otro) y espero que ambos terminen con la llegada a nuestra familia de quienes serán nuestros hijos, a pesar de que no compartamos con ellos nuestro material genético.

Como en los relatos medievales, este "mise en abîme" me crea mucha emoción: siento que la adopción de embriones será un pequeño gran anticipo de la adopción de un niño, por lo que el primer proceso me preparará para el segundo. En realidad, soy consciente de todas las diferencias que median entre ambos, pero también siento que son diferencias de "tamaño": en ambos casos estamos hablando de formar una familia con una peculiaridad que la hace distinta a la mayoría.

¿Y acaso no iba a ser ya distinta a la mayoría?

sábado, 13 de febrero de 2016

Adopción de embriones


No podemos negarlo: la adopción ha cambiado nuestras vidas. Hemos pasado de no planteárnosla por considerarla inviable en nuestro caso a descubrir que adoptar es uno de nuestros caminos preferidos para formar una familia. ¡Andamos como gallinitas cluecas con el tema!

Así que, después de mucho meditarlo, hemos llegado a la conclusión de que adoptar embriones es la manera más natural de seguir con la búsqueda de un embarazo: porque yo todavía quiero quedarme embarazada y porque aún no hemos renunciado a la idea de tener más de un hijo.

Como pareja lesbiana, se nos planteaba otra posibilidad: el método ROPA. Pero la hemos descartado porque no sentíamos que fuera una posibilidad para nosotras.

Los motivos son varios. En primer lugar, Alma no tiene demasiado interés en conservar su genética: no lo tenía cuando decidimos utilizar mis óvulos y no lo tiene ahora. Aun así, estaba dispuesta a pasar por estimulación y punción en el caso de que no pudiéramos utilizar mis gametos. Sin embargo, cuando llegó el momento, fui yo quien se sintió incapaz de enfrentarse a una nueva FIV. Que el peso recayera sobre Alma no representaba ningún alivio para mí: precisamente porque sé lo mal que se pasa, no podía pedirle eso a mi mujer. Así que decidimos que no repetiríamos el calvario por tercera vez.

Ser madres por adopción de embriones, aunque más sencillo y económico en lo que respecta a los tratamientos, también nos plantea nuevos retos. El más complicado, desde nuestro punto de vista, será acompañar a nuestro hijo en el proceso de incorporar a su vida y a su identidad el hecho de tener una familia genética completa, hermanos y progenitores incluidos. Puede que no quiera hablar del tema o puede que desee buscarlos para conocerlos: en cualquier caso, tendremos que estar a la altura. 

Por el momento, sin embargo, tan solo hemos decidido seguir buscándolo por este nuevo camino :)

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