domingo, 26 de julio de 2015

Lost & found



Estaba en una tienda, probándome la camiseta que le queríamos regalar a una de mis amigas en agradecimiento por haber cuidado de nuestros gatos mientras estábamos de vacaciones, cuando corrí la cortina para preguntarle a Alma qué le parecía. Un niño rubito de apenas tres años se asomó entonces a mi probador.

– ¿Qué te parece? –le pregunté al pequeño–. ¿Estoy guapa?

El niño sonrió y se fue, y Alma y yo nos quedamos hablando sobre la camiseta. Al poco rato, caminábamos por el pasillo del centro comercial, preguntándonos dónde podríamos encontrar los pantalones cortos que buscábamos, cuando volvimos a ver al mismo niño rubito caminando sin su mamá. Alma se había fijado en ella mientras esperaba a que yo me cambiara, y no la veía por ninguna parte, así que me adelanté para preguntarle al niño si se había perdido. Él me miró lo justo para comprobar si me conocía y siguió caminando muy deprisa. Esperamos un poco para ver si aparecía la madre del niño, pero el niño se acercaba peligrosamente a las escaleras mecánicas, así que volví a adelantarme y le agarré suavemente del hombro:

– Estás perdido, ¿verdad? Dame la manita, corazón, vamos a buscar a tu mamá.

El pequeño necesitó un segundo para pasar de la desconfianza a la confianza y agarrarse a mi mano con fuerza, así que no me quedó ninguna duda de que estaba realmente perdido y, aunque no lo había parecido hasta entonces, probablemente muy asustado. 

Enseguida nos topamos con una mujer que era guardia de seguridad y Alma le contó lo que había pasado. Mientras tanto, yo le expliqué al niño que aquella señora iba a llamar a su mamá por teléfono y que ella vendría a buscarlo en un momentito. El pobre no debió de darle ningún crédito a mis palabras, porque no se soltaba de mi mano, aunque finalmente conseguimos que se fuera con la mujer. Alma no se quedó nada tranquila y quiso que los siguiéramos hasta que encontraran a su mamá, pero a mí me pareció que el momento lesbianas-psicóticas-persiguen-niño-perdido-por-si-pueden-adoptarlo era perfectamente prescindible.

– A nosotras nunca se nos perderán nuestros niños en un centro comercial, ¿verdad?
– Claro que no –me aseguró Alma–, porque nosotras nunca traeremos a nuestros niños a un centro comercial.

El karma sabe que nuestros hijos serán forofos de los centros comerciales y que se nos perderán una cantidad vergonzante de veces, pero esa tarde sentí que íbamos a ser las mejores madres del mundo y que nuestros hijos, fueran del color que fueran, tuvieran la genética que tuvieran y hubieran estado en la tripa que hubieran estado, nos reconocerían como las personas con quien formar un vínculo de confianza, amor y respeto a lo largo del tiempo, y que a ese vínculo entre todos le llamaríamos familia.

Y me sonó genial.

martes, 14 de julio de 2015

El tiempo entre tratamientos



Cuando pensaba que no podía haber nada más desesperante que una betaespera, este camino que recorro me ha llevado a conocer algo peor: el tiempo entre tratamientos.

Hasta ahora, apenas he parado entre uno y otro. Me hice las tres primeras inseminaciones seguidas y, antes de la cuarta, nos tomamos un bien merecido mes de vacaciones. Yo pensaba que a lo mejor necesitaba más tiempo para continuar, pero a las dos o tres semanas ya estaba deseando ir a por la siguiente. Después del último negativo, empezamos con el protocolo para la FIV, y tras perder el embarazo, esperé apenas un mes más de los tres recomendados para la segunda transferencia embrionaria.

Y ahora, de pronto... nada.

Hay gente que nos recomienda que nos tomemos un tiempo. Y lo entiendo: solo con leer el párrafo anterior, le faltaría el aliento a cualquiera. Verlo así, todo junto, marea; pero cuando se está viviendo en primera persona, la sensación es diferente.

Si me dijeran que, tras esperar seis meses, me quedaría embarazada, los esperaría. Pero sentir que debo dejar pasar el tiempo porque sí, sin ningún objetivo aparente, sin necesitarlo para descansar o prepararse, sin quererlo... es inaguantable. Según yo lo veo, este camino es como deshojar una margarita: el embarazo llegará después de arrancar el último pétalo, así que, ¿por qué pararse a mirar los dos, tres o cinco pétalos que te quedan...?

Reconozco que ya no tengo tanta prisa como al principio, que un mes arriba o un mes abajo no me revienta el calendario porque... bueno, hace tiempo que todos mis calendarios reventaron. Pero estos tres meses que llevo de pruebas, de esperar resultados, de no saber cuál será el próximo tratamiento... están acabando con mis nervios. En este tiempo he sufrido más ansiedad (y he tomado más ansiolíticos) que en todo mi periplo anterior en reproducción asistida, aborto incluido. 

Afortunadamente, ya queda poco para recibir los últimos resultados y saber si, tal y como esperamos, podemos aventurarnos a una segunda FIV.

Nunca pensé que diría esto, pero... ¡lo estoy deseando!

miércoles, 1 de julio de 2015

Mi experiencia con la metformina



Cuando me diagnosticaron SOP en la clínica, tuve que empezar a tomar metformina. Según nuestra doctora, habría sido suficiente con utilizarla un mes antes de quedarme embarazada, que fue lo que tuve que esperar antes de la primera IA. Sin embargo, al seguir todavía en la búsqueda, mi experiencia con la metmorfina llega ya casi al año y medio.

Los dos o tres primeros meses con ella fueron bastante duros. Aunque se supone que no provoca hipoglucemias, a mí me dejaba por los suelos. Además, sufría mareos y agotamiento, me faltaba la respiración cuando hacía el más mínimo esfuerzo y también tuve desarreglos digestivos cuyos detalles me voy a ahorrar.

Puede que todo esto parezca terrible, y lo fue bastante en su momento; sin embargo, a día de hoy tengo que hacer un esfuerzo por recordar aquellos efectos secundarios, porque hace tiempo que las pastillas no me producen ninguno. Lo que sí que he empezado a notar, de manera más acusada unos seis meses después de iniciar el tratamiento, son sus beneficios.

sábado, 27 de junio de 2015

Era hoy



Hoy era el día en que tenías que haber venido al mundo. Hoy era la tan esperada fecha prevista de parto. Era hoy.

Tus dos mamás fantaseamos mucho con este día. Íbamos a empezar las vacaciones de verano contigo en casa. Teníamos dos meses por delante para cuidarte juntas y aprender a ser una familia. Estábamos muy contentas; pensábamos que, ni habiéndolo planeado, habría salido tan bien. ¿Nos atreveríamos a salir de viaje? ¿Qué destinos serían adecuados para un bebé recién nacido...?

Tu recuerdo ya no duele como antes. Como diría Montaigne, tu vida, aunque breve, fue completa. Fuiste deseado, celebrado y muy, muy querido. El privilegio de haber compartido tu existencia crece cada día. Tus fotos, aunque poco nítidas, llenaron los marcos de nuestra casa. El latido de tu corazón, aunque lento, llenó mis oídos de un ritmo que no olvidaré mientras viva. Me despedí de ti sollozando que no me arrepentía de nada y la alegría de esa convicción me acompaña todavía. 

Era hoy, y mañana será otro día.
Un pedacito de ti se quedó con nosotras y un pedacito de nosotras vuela contigo.

lunes, 15 de junio de 2015

Rutinas que curan



Desde que sembramos nuestro huerto urbano, he incorporado una nueva rutina: todos los días, antes de que anochezca, salgo a la terraza a cuidar de nuestras plantas. Las vigilo diariamente, aunque no siempre tenga que regarlas (y menos estos últimos días, en los que he tenido que acudir a su rescate varias veces para que no acabasen desbordadas).

Los gatos, que aman las rutinas más que cualquier ser humano, se unen a mí cada tarde. Si por alguna razón me retraso, ya tengo al gato maullando y ronroneándome en la pierna para que les abra la terraza. Como estas semanas han estado cambiando el pelo, he aprovechado también para darles un buen cepillado. El gato lo ha agradecido enormemente y la gata... bueno, la gata, poco a poco, ha aprendido a tolerarlo.

Lo bueno de tener seres vivos a tu cargo es que no valen excusas: hay que cuidarlos. Si crees que no pasa nada por dejar de supervisar el huerto un día, solo tienes que asomarte a la terraza la tarde siguiente y ver las tomateras cherry espachurradas. Así que no valen tristezas, ni cansancios, ni exámenes por corregir, ni neuras, ni nada. Hay que salir a la terraza, hay que regar, hay que cepillar a los gatos. Todo lo demás no es cuestión de vida o muerte, así que puede esperar a mañana.

Por todo esto, mi nueva rutina se ha convertido en una de esas rutinas que curan. Que te sacan de tu escondite y te obligan a reintegrarte, a comprometerte, a dejar de mirarte el ombligo, a hacerte cargo. A entender que el mundo no se para porque tu mundo parezca estar parado, aunque haya días en que para ti esto no tenga ningún sentido.

sábado, 30 de mayo de 2015

Anemia



Empiezo a recibir algunos resultados de las pruebas que me estoy haciendo dentro del estudio de fallo de implantación (o abortos de repetición). Hasta el momento no hemos descubierto nada especial, si bien me queda aproximadamente la mitad de las pruebas, como iré explicando más adelante.

Lo que sí ha descubierto mi doctora de cabecera ha sido que tengo anemia. Decidió aprovechar los análisis que me mandaba para comprobar mi estado general de salud, y aunque todo estaba perfecto, mejor incluso que en los últimos años, mis glóbulos rojos nos hacían señales de SOS desde el papel.

La anemia es una consecuencia bastante frecuente del aborto, y, en casos como el mío, prácticamente irremediable. Pero los médicos han tardado seis meses en diagnosticármela, y eso que he visto a más de cuatro diferentes desde que perdí mi embarazo.

lunes, 25 de mayo de 2015

Adopción nacional



Era jueves, el día posterior a nuestro primer aniversario de boda. Yo andaba saltando de blog en blog, haciendo un poco de tiempo antes de sumergirme en una apasionante (léase con tono irónico) tarde de correcciones, cuando el título de una entrada me llamó la atención: "Abre la nacional en Madrid". Cualquiera pensaría: "¿La qué?". Pero yo no tardé ni un segundo en saber lo que era: ¡la adopción!

Aunque parezca increíble, hacía apenas unos días que Alma y yo habíamos estado visitando la página web del Instituto Madrileño de la Familia y el Menor, leyendo información sobre adopciones especiales y acogimientos. La adopción siempre ha sido para nosotras una opción igual de atractiva que la maternidad biológica, y si finalmente hemos optado por esta última ha sido, entre otras cosas, porque veíamos inviable adoptar. Nosotras no podemos acceder a la adopción internacional como pareja y, en este momento de nuestra vida, no estamos dispuestas a hacernos pasar por algo diferente a lo que somos. Aunque sabíamos que la adopción nacional en Madrid estaba cerrada desde 2008, la posibilidad de hacer un acogimiento o una adopción especial llevaba algunas semanas haciéndonos runrún en la cabeza.

Así que encontrarme de casualidad con este notición me pareció una broma. Tuve que leer varias veces el título de la entrada, leerme después la entrada entera y visitar la página de la Comunidad de Madrid, donde la convocatoria que habíamos visto cerrada hacía solo unos días se había vuelto a abrir, para terminar de creérmelo. Me pasé toda la tarde lloriqueando, corrigiendo exámenes con mano temblorosa y una sonrisa bobalicona pintada en la cara. No quería ni decírselo a Alma, porque sabía que entonces estallaría de emoción y me pasaría varias horas en shock. Así que esperé a que viniera a buscarme para cenar y entonces le solté la bomba:

– Tía, ha ocurrido un milagro. ¡No te lo vas a creer...!
  

martes, 12 de mayo de 2015

Diez años juntas



Este mes cumplimos nuestro décimo aniversario. Ya han pasado diez años desde aquella tarde en la que hablamos de que ella y yo quizás. No hubo beso, ni petición formal para salir. Como me dijo Alma hace unos días, tan solo fue la primera vez en la que nos referimos a nosotras como una posibilidad. Las dos emprendíamos un camino hacia lo desconocido. Diez años después, todavía lo recorremos. Juntas. Enamoradas. Mano con mano, codo con codo, boca con boca. Felices ambas de haber llegado hasta aquí.

domingo, 3 de mayo de 2015

Huerting



El fin de semana pasado nos dedicamos a hacer huerting: compramos unas macetas, sustrato, fertilizante y unos cuantos sobres de semillas; las plantamos como más o menos nos pareció, las regamos con cuidado y las dejamos en la terraza, tapadas con film transparente agujereado.

Al día siguiente cayó una tormenta de campeonato. Tuvimos que acudir en socorro de nuestras macetas, porque se estaban anegando. Pensamos: "Ya está, ya se murieron todas las semillas, seguro". Pero las seguimos observando, regando una vez que se secaron, con la calma que aporta el haber dejado los sobre vacíos en la creencia de que algo saldría, por estadística, y si no, bueno, otra vez tendríamos más cuidado y lo haríamos mejor.

Ha pasado una semana y casi todas las macetas están llenas de brotes. Los tomates cherry, asomando su tallo encorvado antes de erguir las dos hojitas. La albahaca, que ya hasta se gira hacia donde le viene el sol. El tomillo, tímido pero aguerrido. Las lechugas, una legión de color verde que amenaza con acabar devorándonos antes de ser devoradas.

Una pequeña alegría, algo nuevo que hacer juntas, el alivio de ver crecer las plantas que están fuera del alcance de los gatos, la esperanza de comernos algo de lo que sembramos y, sobre todo, la reconciliación con el ciclo de la vida, que se renueva constantemente por más piedras (superpoblación, tormentas, manos inexpertas) que se encuentre en el camino.

miércoles, 22 de abril de 2015

Vivir la diferencia



Cuando comprendí que me gustaban las mujeres tenía más o menos veintitrés años. Para mí, fue un periodo muy bonito de autodescubrimiento y liberación, pero también me resultó muy duro darme cuenta de que era diferente.

Entre mis amigas de toda la vida y yo se abrió un abismo que, por aquel entonces, consideré insalvable. Muchas de las cosas que habíamos compartido hasta entonces (salidas, confidencias, ligues, etc.) parecían estar esfumándose. Algo intangible pero implacable nos separaba y yo no sabía cómo salvar ese vacío. No quería separarme de ellas, pero ya no podía correr a abrazarlas.

Con el paso de los años he conseguido entender muchas cosas, curarme muchas heridas, volver a estrechar los lazos con las personas a las que quiero y que me quieren, independientemente de las diferencias. El hecho de que me gusten las mujeres ha pasado a ser una circunstancia más en mi vida, no una letra escarlata que llevo grabada a fuego en la frente. 

Una de las experiencias que me han ayudado en este camino es darme cuenta de que, por lo demás, tengo muchas cosas en común con mis amigas. Independizarse, tener pareja, encontrar trabajo, lidiar con facturas, reformas, suegros, vecinos. Nada de esto es muy trascendente, pero todo junto forma más o menos una rutina que podemos compartir.

Pensé que la maternidad pronto formaría parte de esta lista. Pero no ha sido así. De nuevo, me ha tocado a mí vivir la diferencia. Mis amigas tienen a sus hijos, con algún contratiempo por el camino, pero nada remotamente parecido al circo que yo tengo montado. Evidentemente, sabía que mi "acceso" a la maternidad tendría lugar por una puerta diferente, pero no esperaba que esa puerta condujera a un laberinto.

Saberme diferente me resulta doloroso. Compararme con los demás es clavarme un millón de cuchillos en el alma. Pienso constantemente porqueamí porqueamí porquesiempreamí. Y entiendo que lo realmente duro no es pensar que tú tienes algo que te hace distinto. Lo realmente duro es entender hasta qué punto esa diferencia te condena a la soledad.

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