martes, 15 de agosto de 2017

Dejar la progesterona

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En la última visita a la clínica, la doctora me explicó cómo dejar la progesterona: un proceso que, según ella, debía empezar inmediatamente.

Para este tratamiento, llevaba una dosis de 600 mg. diarios, repartida en tres "tomas" de 200 mg. cada una. A mí me parece que es una cantidad bastante alta para tratarse de un ciclo natural, pero es la que prescriben en esta clínica y la que he utilizado en los dos tratamientos que he hecho con ellos.

En la clínica anterior, solo prescribían 600 mg. cuando se trataba de un ciclo sustituido de FIV (es decir, el que se hace después de la punción), porque se suponía que, al haber simulado una especie de menopausia mediante la nafarelina, el cuerpo no la producía por sí misma. En las transferencias en ciclo natural, sin embargo, llevé 400 mg.; y en las inseminaciones, 200 mg.

La doctora me explicó que dejaría la progesterona en dos semanas: durante la primera, ya no me pondría los 200 mg. del mediodía; en la segunda, quitaría los de la mañana; y empezaría la tercera sin medicación.

Cuando terminó, a mí se me había llenado la frente del sudorcillo frío que genera el miedo:

—Y esto... ¿cuándo empezaría?
—Hoy mismo.
—¿¿Hoy??
—¡Claro! ¿No has visto al embrión en la ecografía, que bien está, con su placenta y todo? ¡Ya no la necesitas!
—...
—...
—Qué miedo, ¿no?

El caso es que "hoy mismo" yo estaba de 8+4 semanas y se me hacía muy pronto. Siempre me había imaginado que llevaría la progesterona, al menos, hasta la semana doce; aunque también es verdad que nunca había llegado al momento de que me explicaran cómo dejarla, pues hasta ahora siempre la había dejado de golpe, ante un negativo o un aborto.

Lo cierto es que las razones de la doctora eran impecables. Como ella misma nos había explicado durante la ecografía, el cordón umbilical del embrión ya estaba bien formado y la placenta había empezado a funcionar; por eso mismo, la vesícula vitelina estaba más pequeña, ya que su función había terminado. Cuando la placenta "se hace cargo" del embarazo, el cuerpo lúteo que hay en nuestro ovario empieza a desaparecer, y con ello, la producción de progesterona que llevaba a cabo. Por tanto, y a partir de ese momento, ya no es necesario "apoyar" su función mediante un suplemento de progesterona, que, poco a poco, se puede retirar.

Esa es la explicación racional. Pero, en mi cerebro, yo solo oía: "Miedo-miedo-miedo-es demasiado pronto-miedo". Así que me pasé el calendario de la doctora por el forro y decidí empezar con el proceso cuando cumpliera las nueve semanas. ¡Lo sé! Fueron solo tres días de rebeldía, pero a mí me sentaron fenomenal (!).

Los primeros días entré en un estado de alerta permanente. Volví a la psicosis de los sangrados del principio del embarazo y esperaba encontrarme con la sorpresa en cualquier momento. Pero no ocurrió. Ni la primera semana, ni la segunda, ni la tercera. A pesar de ello, yo seguía asustada, y cada vez que me tocaba bajar la dosis, me planteaba alternativas.

Una de las que barajé fue la de duplicar cada semana, es decir, pasarme quince días con 400 mg. y quince con 200 mg., para así alargar la medicación hasta el final del primer trimestre. Estuve a punto de hacerlo, pero al final decidí que, mientras no me encontrara con ningún contratiempo, lo haría como me había prescrito la doctora. Al fin y al cabo, si el protocolo diera problemas, ya lo habrían cambiado.

Por otra parte, quien se haya puesto progesterona sabe la plasta inmunda que genera, y más en estas cantidades. Así que, muy a mi pesar, debo reconocer que ir bajando la dosis fue un alivio en lo que a higiene y comodidad se refiere. Mucho más teniendo en cuenta que estamos en verano, y que cada vez que me ponía un bañador, aquello acababa de muy malas maneras. Da igual cuánto te laves antes: de ahí sigue saliendo plasta durante muuucho tiempo.

A mi favor diré que el miedo a dejar la progesterona forma parte de la dependencia alienante que te crea este medicamento. En mi opinión, su uso indiscutible en reproducción asistida acaba convenciéndonos a quienes la utilizamos de que nuestro cuerpo la necesita, de que no somos capaces de llevar un embarazo adelante sin su presencia.

Como ya expliqué en otra ocasión, creo que la necesidad de utilizar suplementos de progesterona debería comprobarse en cada paciente (algo que forma parte de los estudios de infertilidad en otros países y que se realiza mediante un análisis en la segunda parte del ciclo menstrual), para poder ajustar la dosis a las necesidades reales de cada mujer, llegando incluso a eliminarla. Porque, insisto, si tan buena es, ¿por qué no se la recetan a todas las mujeres? ¿Por qué, de hecho, las mujeres que no están en reproducción asistida se encuentran con tantos problemas para conseguirla?

Pero no seré yo quien se queje de sobremedicación a estas alturas. Mi experiencia reproductiva me obliga a asentir, medicarme y callar. La buena noticia es que ya puedo dar por superada una nueva fase del embarazo, y que, por primera vez, mi cuerpo sostiene otra vida sin la necesidad de utilizar progesterona :)

sábado, 12 de agosto de 2017

Revisión en Inmunología (II). Completando el diagnóstico

Como ya adelanté en mi anterior entrada, el factor anti-Xa no fue el único valor que me salió alterado en los análisis de Inmunología. Concretamente, el inmunólogo había decidido repetirme unas pruebas de anticuerpos que ya me habían hecho con anterioridad dos veces, por si acaso en esta ocasión "daban la cara". Estos fueron los valores para los que tuve que hacerme un análisis estando de seis semanas, ya que los resultados tardaban bastante. Y, para variar, el inmunólogo volvió a dar en el clavo con ellos.

Los anticuerpos en cuestión son la anti-beta-2 glicoproteína I (IgG e IgM) y la anti-cardiolipina (IgG e IgM). Para quienes puedan tener interés en ello, os dejo los resultados que he ido obteniendo cada vez que me los han analizado:

Haz clic para ampliar.

Como se puede comprobar, sus valores han sido siempre muy bajos, incluso directamente cero, mientras no he estado embarazada; pero, en cuanto he conseguido hacerme los análisis durante el embarazo, tal y como sospechaba el inmunólogo, se ha descubierto "el pastel".

Para entender un poco más lo que esto significa, es necesario conocer la diferencia entre los anticuerpos IgG y los IgM. Los primeros hacen referencia a condiciones inmunitarias permanentes, mientras que los segundos se refieren a estados agudos, es decir, a reacciones que tienen lugar en el cuerpo mientras la causa de las mismas está presente. En mi caso, estos últimos son los que se han elevado, precisamente, como reacción al embarazo.

En la consulta, el inmunólogo me explicó muy bien qué implicaban estos resultados en concreto, pues, generalmente, cualquier valor por debajo de 20 U/ml, o incluso por debajo de 10 U/ml, se considera negativo. Según la experiencia de este equipo de Inmunología, sin embargo, a partir de 5 U/ml, los anticuerpos ya tienen suficiente actividad como para modificar las condiciones del cuerpo y, en casos como el mío, contribuir en el fatal desenlace que, hasta el momento, han tenido mis embarazos.

Esta "contribución", sin embargo, no vendría en forma de trombosis, que es la manera que tienen estos anticuerpos de actuar, pues su concentración es demasiado baja para ello; sino que estaría provocando una inflamación de tejidos como los uterinos. Mientras que esta situación no tiene apenas capacidad para afectarme en mi vida cotidiana, sí que puede resultar letal para el embrión, pues sus capas más externas, responsables de la implantación y de la formación de la placenta, tienen numerosos receptores para estos anticuerpos.

A estas alturas de la explicación, a mí ya me daba vueltas la cabeza, y me dieron ganas de gritarle al inmunólogo: "Todo esto está muy bien, pero... ¿¿voy a abortar o no??". Por suerte, ya estábamos llegando a la conclusión, que no podía ser mejor: "La buena noticia es que estos anticuerpos se controlan con adiro y heparina, así que... ¡estás cubierta!". Cuando escuché esa frase, solté un "¡¡Menos mal!!" que se debió de oír por todo el hospital, porque ya me estaban temblando hasta las pestañas, pensando como pensaba, para variar, que el embarazo se estaba yendo a la porra.

Lo mejor de este descubrimiento es que ya tengo un nuevo elemento que añadir a mi diagnóstico: el famoso síndrome antifosfolípido (SAF); en mi caso, con el apellido de "obstétrico". Por si alguien no lo conoce, se trata de una enfermedad autoinmune por la que el cuerpo reacciona ante situaciones que no son realmente amenazantes (por ejemplo, un embarazo) como si lo fueran, generando un estado de hipercoagulabilidad que resulta peligroso para el propio cuerpo.

El SAF, además, es una de las causas de aborto y otras complicaciones obstétricas más reconocidas, mucho más que algunas trombofilias sobre cuyas consecuencias los médicos no se ponen de acuerdo (por ejemplo, las que yo tengo). Según me explicó el inmunólogo, con niveles como los míos, los problemas suelen aparecer durante el primer trimestre, en forma de abortos involuntarios causados por una mala implantación, que es la consecuencia del estado inflamatorio de los tejidos.

Generalmente, si esto se corrige, el embarazo se desarrolla con normalidad, sin que sea esperable que los anticuerpos se eleven más todavía. A pesar de ello, también me comentó la medicación que utilizaríamos si esto ocurría, aunque él apostaba porque no iba a ser el caso. Cuando los niveles son más altos, los problemas surgen en el segundo y tercer trimestre, dando lugar a una serie de complicaciones a cada cual más atroz.

Como ha pasado muy poquito tiempo desde esta consulta, todavía no he podido hacerme a la idea de lo que verdaderamente significa todo esto, ni incorporarlo a mi historia de vida (aún ando peleándome con el hecho de padecer trombofilias, así que...). Sin embargo, he de confesar que no me ha sorprendido lo más mínimo descubrir que el problema con mis embarazos eran los propios embarazos.

Fue algo que vi clarísimo con el último aborto. Todo iba fenomenal y, de pronto, ¡bum! Mi cuerpo se lo cargó. No sé cómo explicarlo, pero lo noté perfectamente. La culpa no la tenían los embriones, no. Era algo que mi cuerpo hacía. El embarazo subía como la espuma y mi cuerpo, ¡zas!, lo desparramaba por el suelo. Fue entonces cuando entendí que algo me pasaba. Y ahora, casi un año después, he comprobado que mi intuición no se equivocaba. Algo me pasa, es más: ¡me pasan muchas cosas...!

No puedo terminar esta entrada sin explicar que mis análisis también incluían otros parámetros que, a diferencia de todo lo que he explicado hasta ahora, sí que salieron bien: hormonas tiroideas, glucosa, homocisteína y vitamina D. Las dos primeras estaban dentro de ese paquete de "porsiacasos" que le interesaba al inmunólogo; aunque, por el momento, no parece que nada más haya decidido dar la cara. Las dos últimas eran para revisar la medicación, que está siendo todo un éxito. 

Para que su efecto se mantenga, debo seguir tomando el ácido fólico masivo (que regula la homocisteína) y las gotas de vitamina D. En este último caso, el inmunólogo se lo pensó dos veces, porque ahora mis niveles están altísimos. No obstante, terminó decidiendo no bajarme la dosis, ya que, según me explicó, esta vitamina contribuye a mantener el sistema inmune a raya, algo que me conviene muchísimo ahora que sabemos que también tengo SAF.

La próxima revisión "completa" tendré que hacérmela a finales del segundo trimestre. Espero no llevarme ningún susto más para entonces, pero, por encima de todo... ¡espero llegar!

martes, 8 de agosto de 2017

Revisión en Inmunología (I). Factor anti-Xa

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Otra de las "nuevas experiencias" que he podido vivir en este cuarto embarazo ha sido la de hacerme análisis durante la gestación. Es la primera vez que los médicos se han dado la prisa suficiente que ha dado tiempo a valorar algunos parámetros importantes para mi caso, y, a falta de un control hematológico por culpa de la mala baba de mi anterior doctora de cabecera, ha tenido que ser el inmunólogo quien se haya lanzado a la supervisión (y rescate) de mi estado.

Los análisis me los hice estando de seis y siete semanas, y tuve que repartirlos entre dos pinchazos porque algunos resultados tardaban más que otros y no había otra manera de cuadrarlos con una cita en torno a las ocho semanas, que es cuando me tocaba revisión. Al inmunólogo, además, se le había "olvidado" avisarme de estos análisis con tiempo; así que, nuevamente, tuvimos que pagarlos de nuestro bolsillo e ir a la carrera, agregando más estrés al ya estresante periodo entre ecografías.

Lo peor fue que recogimos los resultados un día después de la tercera ecografía, cuando todavía flotábamos en la ensoñación de haber visto a nuestro pequeño moverse alegremente y latir con fuerza. Así que ver varios parámetros alterados significó una nueva bofetada de realidad y un regreso a la espiral de terror preocupación que creíamos estar abandonando. 

miércoles, 2 de agosto de 2017

La tercera ecografía. Alta en reproducción asistida

Al final, resultó que el protocolo de nuestra clínica incluía tres ecografías gestacionales. No fue algo que nos comentaran explícitamente, solo nos iban citando de semana en semana. Yo creía que, en cuanto escucháramos claramente el latido (algo que ocurrió en la segunda ecografía), nos darían el alta; pero no fue así. En cualquier caso, a mí me pareció estupendo, porque de esta manera hemos podido ver a nuestro pequeño un montón de veces y vigilar su desarrollo en las semanas más delicadas: de la seis a la ocho.

A esta tercera ecografía fuimos bastante tranquilas. Creo que siempre vamos a sentir miedo en el último momento, porque somos muy conscientes de que pueden darnos una mala noticia. Pero la experiencia de la última vez nos dio ánimos para enfrentarnos a las siguientes con un poquito más de confianza.

En esta ocasión, además, todo fueron buenas noticias. Tanto el saco como el propio embrión habían crecido bastante, mientras que el segundo saquito se había quedado prácticamente estancado. La doctora se detuvo a enseñarnos un sinfín de detalles: la bolsa de líquido amniótico rodeando al embrión, el cordón umbilical, la vesícula vitelina en retroceso ante la actividad de la placenta... Fue increíble ver todo aquello en la pantalla, la verdad es que el ecógrafo tenía una resolución bastante buena.

Lo mejor, por supuesto, fue ver a nuestro pequeño. ¡Estaba tan grande, tan definido...! Confieso que ni entonces ni ahora doy crédito a la idea de estar albergando un ser en mi interior. ¡Se me hace tan extraño...! Para mí, es como si viviera en la pantalla del ecógrafo, como una especie de tamagochi al que alimentan y cuidan en la clínica, y al que nosotras, de vez en cuando, vamos a visitar.


De nuevo, escuchamos el latido de su corazón, más contundente si cabe que en la ecografía anterior. Por si todo esto fuera poco, la doctora tuvo el detalle de regalarnos otro momento mágico: me dio unos golpecitos en la tripa (yo flipé bastante, porque no sabía qué estaba haciendo)... ¡y el pequeño empezó a moverse! Alma y yo nos quedamos con la boca abierta, porque no sabíamos que los embriones podían moverse tan pronto (aunque después leímos que eran espasmos nerviosos, no movimientos voluntarios). En cualquier caso, ¡fue precioso! Hasta la enfermera dejó lo que estaba haciendo para asomarse a la pantalla y disfrutar del espectáculo.

Después de la exploración, nos entregaron varios informes: el del propio tratamiento, uno con información sobre los donantes (grupo sanguíneo, color de pelo y piel, altura, raza y constitución de ambos; y la edad de la mujer) y el informe de esta última ecografía. También nos dieron una hoja para rellenar una estadística con el resultado final del embarazo. Entonces llegó el momento de la despedida: hubo besos y abrazos emocionados, reiteración de enhorabuenas y la petición de que fuéramos a visitarles con nuestro pequeño cuando hubiera nacido. 

Al salir de la clínica, nosotras también nos abrazamos. Ahora sí que habíamos alcanzado un hito con mayúsculas, ahora sí que estábamos estrenando una experiencia completamente nueva. Según nos fuimos alejando, empezamos a tomar conciencia de que, tal vez, nunca más tendríamos que recorrer el camino inverso. De que, en el mejor de los mundos posibles, se habían acabado las clínicas de reproducción asistida. 

Han pasado tres años, siete meses y dieciséis días desde que pisamos por primera vez una clínica de reproducción asistida hasta que hemos logrado salir de otra de ellas con el alta médica bajo el brazo.

jueves, 27 de julio de 2017

La primera visita a la matrona

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Llegó. Llegó el momento. Por fin he visitado a una matrona por el motivo más deseado, y no para dejar que, nuevamente, me horade con un espéculo :)

Nada más recibir la beta, nos plantamos raudas y veloces en el médico de cabecera. No es que tuviéramos una prisa especial por compartir con ella la noticia del embarazo, pero sí teníamos una necesidad imperiosa de conseguir recetas para la heparina.

La historia es larga y truculenta, así que procuraré resumirla. Antes teníamos una doctora de cabecera que era una gilipollas integral un completo desastre. Fue aquella que me derivó a Esterilidad en octubre, a pesar de haberle explicado claramente que lo que yo necesitaba era una consulta de Hematología. La misma que volvió a negarme la dichosa derivación en diciembre, a pesar de contar con un informe de Inmunología que indicaba que padecía, al menos, una trombofilia que debía ser confirmada. La mismísima que, antes de comenzar el último tratamiento, se negó a recetarme la heparina amparándose en la prohibición de recetar medicamentos pautados por médicos privados, mientras nos confesaba que, en realidad, no quería hacerse responsable del tratamiento porque no tenía ninguna experiencia (y no quería, literalmente, "que su firma estuviera en una receta").

Aun así, y como la inminencia del tratamiento la ponía entre la espada y la pared, decidió lavarse las manos derivándome a Hematología de una puñetera vez por fin. Esta derivación, claro, llegaba seis meses tarde, me impedía contar con la supervisión de un hematólogo desde el principio del embarazo y, encima, nos obligaba a gastarnos los cuartos en una heparina sin financiar. Para quien no lo sepa, la heparina es un medicamento perfectamente asequible con financiación pública (unos 4 o 5 euros la caja de diez inyecciones), pero extremadamente caro sin ella (más de 50 euros la misma caja).

Durante todo este periplo (del que, como digo, me he ahorrado los detalles más escalofriantes), la práctica totalidad de personas con las que compartimos nuestra desgracia nos recomendó que cambiáramos de médico de cabecera. La culminación llegó cuando también nuestra doctora de la clínica nos dio el mismo consejo. Según su experiencia, la amplia mayoría de médicos de cabecera recetaban la heparina sin ningún problema, y solo de vez en cuando aparecía algún imbécil iluminado que se negaba. Así que, después de haber pagado el primer mes de tratamiento de nuestro bolsillo, decidimos probar suerte con otra doctora, convencidas, por fin, de que sería muy difícil ir a peor.

En el centro de salud no nos pusieron ninguna pega (de hecho, nos recordaron nuestro derecho a cambiarnos de médico cuantas veces hiciera falta), y en la primera cita con la nueva doctora le anunciamos tanto el embarazo como la necesidad que tengo de un tratamiento. Tal y como nos habían advertido, le bastó el informe del Inmunología (informe que la anterior doctora apenas se dignó a mirar) para recetarme, no solo la heparina, sino también las cajas que necesitaba de progesterona. Y, aunque solamente contábamos con la beta como confirmación del embarazo, nos dio varios folletos de información nutricional y nos derivó a la matrona. Lo mismito que su compañera, vaya...

¡Qué puedo decir...! En aquellos días en los que me bajaba las bragas en medio del pasillo de mi casa porque estaba segura de estar sangrando, una derivación a la matrona me parecía poco menos que un pasaje a Marte. Pero no importaba. Lo importante era que la tenía, que tenía el papel en mis manos, aunque me pareciera que entre aquellas cinco semanas que recién estrenaba y las ocho semanas que anunciaban mi cita mediaba un abismo insalvable. La primera vez que me quedé embarazada, esperamos vanamente a que nos diesen el alta en la clínica para acudir al médico de cabecera, así que nunca antes había llegado a vivir esta experiencia, ni siquiera en su lado burocrático.

A pesar de mi incredulidad, las semanas pasaron y llegó la fecha de acudir a la matrona. Reconozco que iba con muchísimo miedo, pues dada mi acumulación de malas experiencias con diferentes profesionales de la salud, no puedo evitar que la balanza se me incline hacia el lado de que un médico nuevo sea un nuevo gilipollas. En este caso, temía encontrarme a la típica enfermera mandona que me chillase y me echase broncas sin que yo supiera por dónde me venían las hostias.

viernes, 21 de julio de 2017

Hitos y treguas

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Todos los embarazos tienen sus hitos; pero, cuando se trata de un embarazo después de una o varias pérdidas, los hitos cambian. Cambia su número, cambia su significado, cambia su importancia. En este embarazo he alcanzado ya muchos de ellos; y, con cada uno, la Vida me ha regalado una tregua maravillosa.

Primero fueron los de la betaespera. Notar los primeros síntomas de embarazo y perder, poco a poco, el miedo a un nuevo negativo, al vacío más absoluto, a la nada. Levantarse cada día con la ilusión de verlos aparecer, uno por uno, y confiar en no volver a sufrir un bioquímico temprano. Reunir el valor suficiente para enfrentar el primer test de embarazo y respirar en la tregua del positivo. Repetirlo varias veces, ver aumentar su intensidad, y alcanzar un nuevo descanso en la esperanza de llegar a la beta, en la ilusión de que, esta vez sí, el valor sea bueno.

Recibir la beta y ganarse la paz de las cifras: la satisfacción de saber que, aunque todo empezara a ir mal de manera inmediata, alcanzaría para llegar a la primera ecografía. Reposar en la tranquilidad de no tener que salir corriendo a repetir ningún análisis ante la evidencia de una nueva pérdida. Darse el lujo de acudir al médico de cabecera para anunciar el embarazo, y volver a casa con varios folletos sobre nutrición y una cita para la matrona. Traspasar esas fronteras por primera vez, vivir lo que no se pudo vivir en ocasiones anteriores, aunque sea bajo los efectos de la incredulidad y la desesperanza.

Acudir a la primera ecografía y alcanzar un nuevo hito: el de la confirmación, la certeza. Renovar día a día esa tregua intermitente que ofrece cada ocasión de ir al baño y comprobar que no, que no ha habido sangrados. Pisar el terreno resbaladizo de los síntomas nuevos, desconocidos. Asistir al milagro de que este cuarto embarazo se transforme, poco a poco, en el primero. Amanecer cada mañana con el pensamiento de un día más, de una victoria nueva, a pesar de ese miedo que se agarra con fuerza al corazón, que nunca descansa. Hacerse unos análisis que, por primera vez, saben a triunfo, alejan la derrota.

Sacudirse el pánico a golpe de latido, tener una segunda ecografía que mirar y escuchar cuantas veces sean necesarias para darle un respiro al alma. Un alma que, aunque sabe que esto apenas comienza, por momentos se confiesa agotada. Ver cómo, con cada batalla ganada, el horizonte se ensancha, y en el cielo empieza a brillar una ilusión tímida que se atreve a soñar con altas, con matronas, con tripas que crecen, con ecografías de las doce semanas.

En esto consiste, para mí, estar embarazada: alcanzar hitos, traspasar fronteras, disfrutar pequeñas treguas... y volver a la carga.

martes, 18 de julio de 2017

La segunda ecografía

Solo hemos tardado diez días en volver a ver a nuestro pequeño; sin embargo, a mí me ha dado tiempo a caer en la crisis más profunda de todas las que llevo en este embarazo.

Entre las semanas cinco y seis, empecé a notar un cambio en los síntomas que había tenido hasta entonces. Las náuseas, que me habían acompañado de manera muy intensa desde antes de ver el primer test positivo, empezaron a cambiar, transformándose en un mal cuerpo difuso. Hacia la mitad de la semana seis, podía decir que me encontraba bastante bien: desayunaba despacio y comía porciones pequeñas a lo largo del día; pero, en general, parecía que mi estómago había vuelto a su ser. Justo en el momento en el que mis síntomas de embarazo debían intensificarse, yo me encontraba mejor.

Cualquier mujer que haya sufrido un aborto sabe que este panorama es aterrador. Yo también sé lo que es sentirse embarazada y, de pronto, empezar a notar que esos síntomas desaparecen. Hasta tres veces he vivido la paradoja de notar una mejoría física y comprender que ese bienestar solo podía ser malo. Hasta tres veces he recibido la mala noticia que sigue a esas sensaciones: la pérdida, cruel e inapelable, del embarazo.

Como en otras ocasiones, no obstante, esta vez también he tratado de mantener la calma. Entablé un sinfín de conversaciones conmigo misma donde intentaba convencerme de que todo iba bien, de que lo que tanto temía no se volvería a repetir. Hice una lista con los argumentos más sólidos que encontré: análisis, tratamiento, beta, primera ecografía... Busqué distracciones hasta debajo de las piedras y así atravesé, con toda la cordura que me fue posible reunir, el umbral de las siete semanas. Pero fue entonces, a dos días de la segunda ecografía, cuando me rompí.

Las náuseas parecían estar volviendo, pero ese volver no hacía más que evidenciar durante cuánto tiempo habían estado ausentes. Durante dos días, las sentí con fuerza, pero al tercero desaparecieron otra vez. Me sentía tan bien como si nunca hubiera estado embarazada. Durante todo el día procuré aguantarme el miedo y la incertidumbre, pero a última hora de la tarde ya no pude más. Tuve un ataque de llanto y todas las emociones negativas que había estado relativizando emergieron a la vez.

Estaba segura de que lo había perdido, de que su corazón había dejado de latir. Y la idea era horrible. Me sentía tan vacía, echaba tanto de menos el embarazo. Alma intentó razonar conmigo, calmarme, transmitirme la misma seguridad que ella tenía de que todo iba bien. Pero al final la arrastré a mi pozo de desesperación y las dos acabamos destrozadas, presas de una angustia extrema, sin recursos para sobrevivir hasta el día de la consulta.

Para cuando llegó, yo ya llevaba varios días barajando qué tipo de aborto escogería esta vez, preguntándome si no sería demasiado volver a hacerlo con pastillas en pleno verano, si no me convendría más optar por el legrado. Cuando entramos por la puerta, iba tan desencajada que lo primero que hizo la doctora fue preguntarme si me encontraba bien, si tenía ganas de vomitar. Le explicamos que estábamos muy preocupadas por la ecografía y ella le restó importancia: "Ah, bueno, si solo es eso... ¡Seguro que está bien!". Cuando dijo aquello, me dieron ganas de saltar sobre la mesa y apretarle la garganta: "¿Bien? ¿¿Bien?? ¿Es que todavía no te has enterado? ¿Es que no entiendes que a mí nada me puede salir bien?".

Por suerte, ella tenía razón... y yo no :)

jueves, 13 de julio de 2017

Yo SÍ tomo pastillas

Todas las inyecciones, vitaminas y pastillas
que me han acompañado y acompañan en este tratamiento.

Hay mucha gente orgullosa de no tomar pastillas. "Cuando me duele la cabeza, me aguanto" es una de sus frases preferidas. Yo también crecí con esa idea y, hasta hace unos años, la compartía. Con el paso del tiempo, sin embargo, me he dado cuenta de que es una gilipollez completa.

Solamente pueden vivir sin medicamentos quienes no los necesitan, quienes no están enfermos. Y eso no es algo que, en sí mismo, tenga demasiado mérito. Cualquiera puede aguantar un dolor leve o moderado de cabeza, y si alguien decide tomarse una pastilla para aliviarlo, seguramente hará bien, que para eso se han inventado. Cuando hablamos de asuntos más serios, sin embargo, se diluyen las heroicidades de ese tipo, aunque se alzan otras: las de asumir la enfermedad, las de aceptar nuestras necesidades. 

Esto fue algo que entendí cuando sufrí la depresión. En un primer momento, la idea de tomar pastillas me parecía horrible; pero cuando somníferos, ansiolíticos y antidepresivos me ayudaron a recuperar mi identidad, me devolvieron la vida que había perdido, tuve que plegarme a la evidencia. Había enfermado y las pastillas me habían curado; sin pastillas, no lo habría conseguido. Desde mi punto de vista, por tanto, el verdadero mérito no reside precisamente en hacerse el héroe a costa de seguir enfermo.

A pesar de este aprendizaje, cuando inicié mi aventura con la reproducción asistida, volví a sentir mucho rechazo hacia unos protocolos que me parecían sobremedicados. Durante la mayor parte del tiempo, mantuve esa sensación porque me parecía que los tratamientos que me proponían no estaban justificados. Ni siquiera tras mis dos primeros abortos y con la homocisteína por las nubes terminaba de confiar en la necesidad de tomar tantísimas pastillas. Incluso en la primera recepción de embriones celebré el haberme librado de muchas de ellas. Creo que solo comprendí hasta qué punto padecía alguna clase de enfermedad cuando sufrí mi tercer aborto, cuando perdí dos embriones preciosos fruto de la donación de óvulos de una chica jovencísima. 

A la evidencia, por supuesto, es necesario añadirle un razonamiento adecuado. Creo que eso fue lo que me faltó en la primera clínica, lo que ni siquiera he intentado encontrar en la segunda. A mí no me vale que me den argumentos puramente estadísticos. No me vale que me digan que el 30% de las mujeres no-sé-qué, porque yo no sé si soy el 30% de las mujeres. Necesito pruebas que me lo confirmen, pruebas claras, con sentido, y eso es algo que la mayor parte de los médicos con los que me he encontrado durante estos años no han sabido darme.

Por suerte, al final, logré un diagnóstico que arrojó luz sobre mi maltrecha experiencia. Y, con el diagnóstico, llegó un tratamiento farmacológico que, a día de hoy, permite que un embrión se desarrolle en mi seno. ¿Qué habría pasado si se me hubiera ocurrido insistir en que yo no tomo pastillas? Nuestro embrión estaría muerto. Y todos los embriones que hubieran venido después habrían corrido su misma suerte.

Por eso creo que es muy importante aprender a aceptar la enfermedad. Y la medicación subsecuente. A pesar de su incomodidad, de sus efectos secundarios. Y también hay que saber dar gracias por que exista. Hace treinta años, yo me habría quedado estéril. No se conocían ni aplicaban las técnicas y los tratamientos que yo estoy utilizando. Pero hoy disfruto del privilegio de albergar en mi cuerpo el latido de un corazón que no es el mío. Y eso es lo verdaderamente importante. 

He de decir que sigo pensando que gran parte de los protocolos que se aplican en reproducción asistida están injustificados y sobremedicados. Opino también que la industria farmacéutica tiene montado un negocio ilítico a costa del sufrimiento de muchas personas, y no solo infértiles. 

El proceso al que me refiero, sin embargo, es otro. Un proceso que se nutre de la mejor ciencia médica y del desarrollo personal más profundo, alejado de la mala praxis y del enriquecimiento inmoral. El proceso de acoger uno de los aspectos más desagradables de la vida, de hacerlo tuyo y de trascenderlo.

Gracias a él, hoy puedo decir, orgullosa, que yo SÍ tomo pastillas.

Mi dosis diaria actual.
La misma que mantiene latiendo el corazón de nuestro pequeño.

miércoles, 5 de julio de 2017

La primera ecografía

En nuestra clínica tienen un protocolo diferente a otras en lo que respecta a la atención del embarazo. Como ya expliqué, la beta te la hacen catorce días después de la transferencia embrionaria, independientemente de los días que tuvieran los embriones: algo con lo que no estoy de acuerdo porque me parece que prolongan innecesariamente la betaespera. A cambio, acortan la ecoespera haciéndote dos ecografías: la primera, una semana después de la beta; y la segunda, dos semanas después. Con esto sí que estoy de acuerdo, claro: te permite descartar de manera temprana un embarazo ectópico, la ecoespera se hace más corta y conlleva el privilegio de ver dos veces tu embarazo nada más empezar.

Así que nuestra primera ecografía llegó muy pronto. La idea, como digo, era comprobar que el embarazo se estuviera desarrollando en el útero y que lo estuviera haciendo bien. En nuestro caso, además, había que comprobar cuántos saquitos embrionarios había, puesto que, con la beta tan alta que habíamos obtenido, no se podía descartar un embarazo múltiple.

A pesar de lo bien que está empezando este embarazo, admito que me enfrenté a la ecografía con un sentimiento de intensa tristeza. No podía evitar los recuerdos de mi primer embarazo, que también parecía ir muy bien hasta que fuimos a la primera ecografía y, donde teníamos que haber visto un embrión con latido, solo apareció un saco vacío. Nunca llegamos a superar esa etapa: repetimos la ecografía una semana después y el embrión ya fue visible, pero su latido era muy lento. Después de varios episodios de sangrados, visitas a urgencias y una baja laboral, nos confirmaron que el latido había cesado una semana más tarde.

Por supuesto que siento miedo a que algo así se repita; pero la tristeza de estos días atrás era incluso más intensa que el miedo. Tristeza por lo que sí pasó, tristeza por lo que sí perdí. Mi primer embarazo, el único que he vivido llena de inocencia, esperanza, alegría. Mi primer embrión, un embrión que llevaba mis genes, a quien me vinculé de manera inmediata e intensa, con quien mantuve una relación breve pero muy hermosa. El embrión que me enseñó el milagro de la vida, el mismo embrión que me enseñó a enfrentarme a la muerte.

Sé que este sentimiento de tristeza no forma parte de un duelo incompleto, pero comprendo la inevitabilidad de los recuerdos. Además, en estas primeras semanas de embarazo estoy entendiendo que tengo mucho que llorar, mucha tristeza acumulada, mucho miedo y mucha frustración que debo ir aliviando para poder llenarme de las emociones positivas que también van reclamando su espacio.

Mentiría si dijera que esa tristeza no ha empañado la alegría de la primera ecografía, aunque comprendo que haya sido así. Pero tampoco puedo decir que me haya impedido sentir esperanza, ilusión, alivio, confianza. Porque esta ecografía ha sido una experiencia estupenda en sí misma :)


sábado, 1 de julio de 2017

Mi opinión sobre los test de embarazo

He dado por terminada la etapa de los test de embarazo :)

Reconozco que, después de conocer la beta, perdí el miedo a sufrir un aborto de un día para otro, así que me relajé bastante con respecto a las rayas de los test y su intensidad. De todas formas, decidí terminar los que me quedaban: así completaba mi escalera de color y me libraba de unos test caducados con los que no me quería volver a pelear. Seguí haciéndome los test cada dos días, y el resultado fue este:


Como se puede observar, la diferencia entre los tres primeros es bastante clara, pero, a partir de ahí, les cuesta más cambiar de intensidad. No sé si la culpa la tiene la fecha de caducidad; en cualquier caso, me parece importante compartir mi experiencia por lo que pudiera aportar a otras chicas que, como yo, se asusten al ver dos test seguidos que sean iguales. A mí me ha quedado claro que esto puede pasar sin que por ello signifique que el embarazo va mal.

Viendo este tipo de fotos, habrá quien piense que quienes las hacemos somos unas exageradas y unas histéricas de los test. Que más nos valdría no hacernos ninguno porque no somos capaces de gestionar la información que nos aportan. Es una idea que anda por ahí y que yo misma compartía al principio de esta aventura. Sin embargo, hace ya tiempo que estoy muy, muy en desacuerdo con ella.

sábado, 24 de junio de 2017

Beta


No, no es la fecha de las próximas olimpiadas.
Ni el momento de revisar los objetivos del milenio.
Ni un mensaje en código Morse.

Es la cifra de mi beta: dos-mil-veinte.

Tengo que precisar que no se trata de una beta hecha el día de la falta. En nuestra clínica, por alguna razón que se me escapa, hacen el análisis dos semanas después de la transferencia embrionaria. Lo mismo les da que sean embriones de tres días que de cinco: ellos cuentan dos semanas y andando. Es una práctica que a mí me resulta muy sospechosa, además de profundamente cruel con las pacientes. No obstante, yo he tenido la suerte de haber recibido dos positivos en los dos tratamientos que he hecho con ellos, así que, al menos, no he tenido que medicarme inútilmente durante más días de los necesarios. Sobre todo en este último tratamiento, que voy hasta las cejas. 

El caso es que esta beta me la hicieron cuatro días después del día de la falta, es decir, estando de 4+5 semanas o 19 dpo. Si el valor se hubiera estado duplicando cada dos días, correspondería, aproximadamente, a una beta de 500 el día de la falta.

Dicho esto... ¡¡MADRE MÍA!!

martes, 20 de junio de 2017

Allá vamos :)


Una semana después de la transferencia, me lie la manta a la cabeza y me hice un test de embarazo. No sé por qué. Había llevado una betaespera muy tranquila (¡la más tranquila de todas!) y sabía que un negativo daría al traste con mi buen ánimo, que empezaría a ponerme muy nerviosa, que se desatarían todos los infiernos.

Para darle más emoción al asunto, la noche de antes, mientras enredaba con los sobres en los que vienen los test, descubrí que estaban caducados. ¡Caducados! Es lo que tiene llevar tanto tiempo buscando el embarazo: se te caducan los medicamentos, se te caduca la paciencia y... ¡se te caducan los test! Después de hacer algunas búsquedas en Internet, comprendí que el problema residía en que los test ya no tendrían suficiente reactivo y podrían dar un falso negativo. Si bien, en mi caso, habían caducado en enero (tampoco es que se hubieran pasado hace años), el riesgo de llevarme un palo, incluso un palo "falso", aumentaba.

Aun así, lo hice. En mi anterior betaespera, había leído que el día 12 dpo (después de la ovulación) los test ultrasensibles ya debían dar positivo. Aquella vez, sin embargo, esperé hasta el día 15 dpo para hacerme el primer test. Pero en esta ocasión, cual Bella Durmiente atraída irrefrenablemente por el huso de la rueca, fui incapaz de resistirme.

Por suerte, dio POSITIVO.

miércoles, 14 de junio de 2017

Los embriones de Schrödinger

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Ya está.
Ya estoy.
Ya estamos.

Hemos llegado a ese momento de la betaespera donde nuestros embriones están vivos y muertos a la vez, como el famoso gato de la mecánica cuántica. Han pasado suficientes días desde la transferencia como para que, si no se han implantado, ambos estén muertos. Pero todavía nos quedan bastantes días por delante para poder comprobar que, efectivamente, están vivos.

Por mi parte, estoy contenta. Este tratamiento está siendo el más tranquilo de todos los que hemos hecho (y son muchos). La primera ecografía de control fue la última, pues mi cuerpo solo ha necesitado un mes para regularse y conseguir un ciclo de treinta días. Así que, afortunadamente, la decisión de dejar la píldora con un mes de antelación fue todo un acierto. En el tratamiento anterior, a la altura de la ovulación ya estaba para que me encerrasen, después de pasar por cuatro ecografías erráticas; pero esta vez lo estoy llevando con una dignidad pasmosa.

No tengo explicación para ello. Supongo que la medicación me ha llenado de esperanza. Y los dos blastos. Y el hacer una adopción de embriones, que no tiene nada que ver con los nervios de una FIV. Racionalmente, la balanza se inclina a nuestro favor. Y aunque no las tengo todas conmigo, tampoco pierdo la esperanza.

Y eso es suficiente.

viernes, 9 de junio de 2017

Primeros pasos con la heparina

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Ahora que estoy cerca de terminar la primera caja de heparina, puedo decir que... ¡no es para tanto!

Yo le tenía mucho miedo. Para no dañar mi autoestima, me decía que le tenía "respeto"; pero, en realidad, estaba giñada. Giñada porque no me gustaba la idea de tener que ponerme una inyección cada día, y giñada por las cosas que había visto y oído acerca de la heparina. Ya sabéis: fotos de moratones inmensos, descripciones minuciosas del escozor horrible que provoca el líquido entrando en tu cuerpo... Por supuesto, se trata de experiencias reales de mujeres reales, pero ahora sé que también se puede vivir de otra manera.

Antes de empezar a pincharme, leí muchos foros, blogs, página de Internet, y también vi unos cuantos vídeos en YouTube. Además de encontrarme con horrores, también aprendí unos cuantos trucos que me han venido fenomenal. Supongo que, al final, cada una tiene que descubrir lo que le va bien mediante ensayo y error; pero, por lo que pudiera aportar, voy a explicar cómo me pongo yo las inyecciones.

domingo, 4 de junio de 2017

La regla y el adiro

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AVISO PARA NAVEGANTAS: Cuando hablo sobre la regla y el adiro, no me refiero a la regla CON adiro, porque este tratamiento se suspende durante los días de la regla. Como es bien sabido, el adiro es una forma de aspirina y provoca unas hemorragias que pueden llegar a ser muy peligrosas si se toma durante la menstruación. 

Dicho esto... ¡qué gusto! ¡Qué alivio tan inmenso tener la regla después de haber tomado adiro!

Yo siempre he tenido reglas muy dolorosas, porque expulso coágulos como dedos que obligan a mi cuello del útero a dilatarse un poquito. Consecuentemente, sufro contracciones que hacen de la regla un auténtico suplicio: incluso ha llegado a ser invalidante en algunos momentos.

En el contexto de mi historia médica, cualquiera que lea "coágulos" pensará: "Claro". Pero ningún médico de los que me han visto desde mi más tierna adolescencia ha acertado a atar cabos. Y no será porque yo no haya descrito mi situación hasta el último detalle. Lo máximo que he llegado a recibir ha sido un diagnóstico de sospecha de endometriosis, descartado a golpe de ecografías, histerosalpingografía, biopsia de endometrio e histeroscopia.

La primera vez que me vino la regla después de tomar adiro, entendí que algo pasaba. Estaba comiendo en casa de mis padres y, cuando quise darme cuenta, me encontraba sentada sobre un charquito de sangre. A mí jamás me había ocurrido nada parecido, porque mi regla avisa que está llegando cuando todavía se encuentra a varios kilómetros, a través de un redoble de útero que no puede pasar desapercibido. Sin embargo, aquella vez llegó sigilosa, en forma de un endometrio perfectamente licuado que para mí era una experiencia desconocida. Y así ha sido cada una de las veces que lo he vuelto a tomar, permitiéndome disfrutar de una regla completamente fluida y sin dolores, aunque llegara sin aviso previo (!).

Lo mejor del cuadro es que tiene una explicación (aunque sea una que he tenido que encontrar por mi cuenta, sin la ayuda de ningún médico). Lo sorprendente es que está tan relacionada con las trombofilias como con el SOP. Y es que, al parecer, algunas mujeres con SOP tenemos alterados ciertos valores hematológicos que provocan un aumento de nuestra coagulación.

Uno de ellos es la homocisteína: mientras que la población sana presenta unos valores entorno a 6, algunas mujeres SOP la tenemos a 9, que es justamente el valor que me daba a mí en los dos últimos análisis. Otra prueba de que algún evento trombótico tenemos en marcha es que solemos presentar la proteína C elevada, aunque sus valores fluctúan a lo largo del ciclo, siendo mayores durante la fase folicular: desde la regla hasta la ovulación.

En este sentido, mis problemas de coagulación forman parte del tipo de SOP que yo padezco, por más que ningún médico con el que me haya topado se haya dado cuenta. Si además le sumamos una mutación genética que afecta directamente a los niveles de homocisteína y varios factores de coagulación disparados (concretamente, el X y el XII), se entiende por qué el adiro me sienta de maravilla y mis reglas son un paseo de su mano.

Para mí, es como haber descubierto América. Lo triste es que no tengo mucha esperanza de encontrar algún médico (endocrino, ginecólogo, hematólogo) que no me tome por loca, que vea el cuadro completo. 

Aunque con esto, como con tantas otras cosas, me resisto a perderla :)

jueves, 25 de mayo de 2017

Nuestro expediente de adopción cumple dos años


Hoy celebramos el segundo aniversario de nuestro expediente de adopción, y debo reconocer que mi primer impulso ha sido escribir una entrada bastante amarga. Porque este segundo año de espera ha sido duro, muy duro. Después he comprendido, sin embargo, que nunca debe ser ese el espíritu de esta fecha. Porque hace apenas dos años y unos pocos días, ni siquiera contábamos con la posibilidad de adoptar. Así que, por muy cuesta arriba que se haga, mucho peor fue creer, durante tanto tiempo, que la posibilidad misma de vivir este proceso era algo que siempre nos estaría vetado.

Parece que fue ayer cuando escribí que nuestro expediente de adopción cumplía un año. Recuerdo haber visto el mensaje en el contador y sentir que se me hacía un mundo volver a transitar un año entero de espera. Y lo cierto es que así ha sido; pero también es cierto que, a pesar de todo, ¡lo hemos logrado!

Este segundo año ha sido muy difícil porque no se ha parecido en nada al anterior. Mientras que durante el primero hubo tres reuniones informativas y vimos avanzar la lista de espera más de cien números, en este segundo año no ha habido ninguna. Cero. Nada. Por lo que respecta a nuestro expediente, es como si el año entero hubiera pasado en blanco.

Esto no quiere decir que no haya habido movimiento, claro. Otras familias han hecho sus cursos, han recibido visitas, han obtenido el certificado de idoneidad. Se han convocado reuniones "preparto", han sonado teléfonos, ha habido asignaciones que nos han encogido el corazón.

Pero muchas veces, demasiadas, he sentido que nosotras seguíamos igual de lejos que hace un año. Que, aunque en teoría estamos cada vez más cerca, en la práctica parece que nos vamos alejando.

viernes, 19 de mayo de 2017

A vueltas con la metformina

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La metformina no cae bien en la nueva clínica.
O, para ser más concreta, genera una buena dosis de indiferencia.

En la primera transferencia, una doctora de tantas me dijo que la dejara. Yo le hice caso, deseosa como estaba de no tomar ninguna pastilla; pero a los dos días me arrepentí, agobiada por la idea de que mi cuerpo fuera incapaz de ovular sin ayuda.

Esta vez, como teníamos cita con la presunta superdoctora a la que se le ocurrió que fuera a la consulta de Inmunología (y siempre le estaré agradecida por ello), decidí preguntarle por la metformina con el objetivo de resolver mis dudas de una vez para siempre.

Pero no lo conseguí.

Ojo a las frases que se marcó esta señora:

ㅡLa metformina se utiliza para evitar abortos en mujeres con SOP...

Hasta ahí bien: deduzco que como yo tengo SOP y he tenido tres abortos, la necesito.

ㅡ... pero tú no la necesitas. Porque no tienes granos. Y estás delgada.

Tócate el moño

ㅡEn cualquier caso, nosotros hemos consultado al Instituto No Sé Qué y nos han asegurado que no es teratogénica. De hecho, en países del Tercer Mundo se utiliza para tratar a mujeres diabéticas durante todo el embarazo, porque es mucho más asequible que la insulina y no tiene contraindicaciones graves.

Grandísimos datos.

El caso es que, según esta señora, puedo seguir tomando la metformina hasta la transferencia y después dejarla alegremente. Yo traté de profundizar en el tema, sacando a colación datos objetivos del tipo "En mis análisis de 2014 consta que no tengo resistencia a la insulina, pero...", para ver si así podíamos discutir de algo que no fuera el aspecto de mi cara. Porque, como le recordé, mi piel es muy capaz de generar un acné de tamaño XL, y ahora mismo no está ocurriendo por la única razón de que he tomado la píldora durante meses.

Pero dio igual. En esta clínica, la metformina no mola

Al principio me autoconvencí de que podía dejarla. Bueno, pensé, no está mal. Una pastilla menos, blablabla. Pero enseguida empecé a sentirme como la otra vez. No podía sacarme de la cabeza la frase: "La metformina se utiliza para evitar abortos en mujeres con SOP". Y es que, ¿acaso yo no soy una mujer con SOP? ¿Acaso yo no aborto? Entonces, ¿¿no será que necesito metformina??

Así que me puse a leer todo lo que encontré en Internet sobre el tema, porque ya no me fío. De nada ni de nadie. Y encontré que la metformina es buena, muy buena. Que no solo no me hace mal, sino que puede hacerme mucho bien. Y que no debo dejarla, digan lo que digan. Que pienso seguir tomándola, después de la transferencia y, si tengo suerte, durante el embarazo.

El motivo por el que dudaba entre tomarla o dejarla no era, como la otra vez, las ganas de librarme de pastillas. Lo que ocurre es que, desde la segunda FIV, sé que la metformina reduce la absorción de vitamina B12. Y ahora que también sé que tengo una mutación que la dificulta, provocando un aumento de la homocisteína y, con ello, una elevación de la coagulación, necesitaba decidir qué era preferible: potenciar al máximo la absorción de B12, dejando la metformina y arriesgándome a que mis ovarios poliquisteen a lo loco, o seguir con la metformina aun a riesgo de no absorber suficiente vitamina B12 y tener la coagulación más elevada de lo que me gustaría.

En principio, la primera opción me parecía la mejor, porque pensaba que tenía que centrarme en regular la coagulación. Pero, después de leer mucho, he llegado a la conclusión de que la metformina no es negociable. Que, probablemente, no vaya a ser negociable durante el resto de mi vida.

Algo que me ha dejado más tranquila, no obstante, es que, si bien tomar esta pastilla de manera aislada eleva la homocisteína, que de por sí ya suele estar elevada en mujeres con SOP (¡nuevo dato!); se ha comprobado que combinarla con vitamina B12 en cantidades masivas consigue tanto que la homocisteína baje como que los estragos del SOP se regulen. Así que me parece que tendré que abonarme a este combo forever.

La verdad es que los artículos que he leído me han dado mucha seguridad a la hora de tomar esta decisión. Pero me queda la tristeza de no poder contar con un médico que entienda el SOP y sepa manejarlo.

Tendré que seguir buscando...

domingo, 14 de mayo de 2017

Una reflexión sobre los orígenes y la identidad


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Te gustaría saber quién eres. Con poco o nada para orientarte, das por sentado que eres el producto de vastas migraciones prehistóricas, de conquistas, violaciones y secuestros, que los prolongados y tortuosos cruces de tu horda ancestral se han extendido por muchos territorios y reinos, porque tú no eres la única persona que ha viajado por el planeta y, ¿quién sabe quién engendró a quién para luego engendrar a quién [...]? Como no sabes nada de tus orígenes, hace mucho que decidiste presumir de que eres un compuesto de todas las razas [...], en parte africano, árabe, chino, indio y caucasiano, el crisol de muchas civilizaciones enfrentadas en un solo cuerpo. [...] Has decidido conscientemente ser todo el mundo, aceptar a todos los que llevas en tu interior con objeto de ser tú mismo de una forma más libre y plena, puesto que la cuestión de quién eres es un misterio y no albergas esperanzas de que algún día se resuelva.

La otra noche me encontré con este fragmento por casualidad. Pero fue una de esas casualidades maravillosas que, de improviso, provoca una rápida evolución en mi pensamiento, llenando de luz un espacio misterioso que, hasta entonces, había permanecido oscuro.

La relación entre el desconocimiento de los orígenes y la formación de la identidad me interesa muchísimo desde el momento en que Alma y yo vamos a formar una familia sin vínculos genéticos. Nuestros hijos no se parecerán ni a papá ni a mamá, no tendrán el aire del abuelo Pepito, ni siquiera serán el vivo retrato de su hermano. Vamos a romper un buen número de convenciones y me gustaría poder empoderarlos, empoderarnos todos, en una concepción de la identidad diferente pero igualmente plena. Incluso, en lo que puede tener de autónoma frente a las tradiciones que no se cuestionan, una concepción de la identidad mejor.

No voy a negar que alguna intuición tenía sobre el tema, una idea vaga sobre lo interesante que resulta sobrepasar los límites del clan para reconocer a la Humanidad como tu propia familia. Sobre lo bonito que parece no centrarse en un rasgo u otro (los ojos así, la boca asá), sino conocerse y reconocerse en lo que cada uno tiene de particular y, a la vez, de humano. Esa es la familia a la que yo quiero pertenecer, esa es la familia que yo quiero formar.

Sin embargo, no fue hasta que leí ese fragmento que pude estar segura de lo que quería decir. Porque el texto no pertenece a una obra que trate de la adopción ni está escrita por una persona adoptada: me lo encontré en el Diario de invierno de Paul Auster. 

Lo valioso, lo que realmente me ha hecho comprender que mi intuición es una gran idea, es que Paul Auster no desconoce sus orígenes. En el libro, en ese mismo fragmento, habla de su padre y de su madre. Habla de sus abuelos y de sus países de origen. Sabe quién engendró a quién del mismo modo en que lo sabe cualquier persona que se haya criado en su familia biológica. Por si esto no fuera poco, el escritor también tiene a su disposición una fuerte vinculación étnica, ya que es judío.

Sin embargo, esa misma persona que no alberga ninguna duda acerca de sus raíces biológicas ni del origen último de su comunidad, se siente desorientado acerca de su identidad, incapaz de conformarla a partir de quienes oficialmente le precedieron. Y, por ese motivo, decide construirse una, dársela a sí mismo. Una identidad que, de manera profundamente humana, lo vincula con los demás. Con todos los demás.

Creo que este fragmento explora hasta qué punto nuestra identidad no viene dada por nuestros orígenes, sino que cada persona es responsable de crearla en la dirección que considere. Que no somos nuestra herencia genética, entre otras cosas porque, ¿acaso la conocemos realmente o estamos seguros de ella? No somos lo que fueron otros antes que nosotros, sino lo que nosotros mismos hemos sido, somos y seremos; no somos los vínculos que nos vienen dados, sino los que nosotros mismos forjamos. Nos parecemos a nosotros mismos en primer lugar y, en segundo lugar, nos parecemos a la Humanidad. Somos nosotros, somos humanos, antes de ser los hijos de... quien sea.

Una cosa es querer conocer esa "horda ancestral" y otra muy distinta hacer que tu identidad dependa de ella. Quienes conocemos nuestros vínculos biológicos tenemos esa curiosidad satisfecha; quienes no lo hacen, pueden sentir unas sanas y legítimas ganas de satisfacerla. E incluso atreverse a ello. Pero tanto unos como otros haremos mal en descansar el peso de nuestra identidad sobre el único pilar de nuestros ancestros. Porque cada ser humano es mucho más que un vínculo genético. Somos quienes nos hacemos y, además, somos todos juntos, en una interdependencia que nos vincula a un mundo lleno de riqueza.

Los orígenes biológicos son lo que son: ni más ni menos. Para unos, cotidianos; para otros, desconocidos; para unos y otros, fuente de satisfacción y orgullo, o bien de rechazo y dolor. Una identidad que los trascienda, sin embargo, es igualmente valiosa para todos. Y no me cabe duda de que, a partir de ella, no solo se ponen los cimientos de una personalidad más poderosa y auténtica, sino de una sociedad mejor.

domingo, 7 de mayo de 2017

Recuperando la ovulación

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Para este tratamiento he tomado la decisión de dejar la píldora con un mes de antelación. En el anterior, hubo cierta controversia sobre esto: la primera doctora que nos vio, nos dijo que era necesario; la última, que no hacía falta, que muchísimas mujeres se quedaban embarazadas justo después de dejar la píldora y que yo podía ser una de ellas. Y, efectivamente, lo fui. Así que no he dejado la píldora porque tenga miedo de no quedarme embarazada. Mis razones son otras.

Lo primero que me he planteado es el vínculo nefasto entre los anticonceptivos orales y la coagulación elevada. Las cifras no dejan lugar a dudas: la hiperhomocisteinemia multiplica el riesgo de sufrir un evento trombótico (léase, un aborto) por 2,5, mientras que la ingesta de anticonceptivos orales lo hace por 4. Y como de la primera no me puedo librar debido a la mutación que tengo, he decidido librarme de la segunda. Lo consulté con el inmunólogo para ver qué le parecía, pero él prefirió remitirme a mi ginecóloga. Y como "mis" ginecólogas de la clínica no parecen tener un criterio unificado, al final he tomado yo sola la decisión.

Por otro lado, en el último tratamiento lo pasé bastante mal mientras esperaba a que mi cuerpo, cual bella durmiente, despertara del sopor de la píldora. El ciclo en el que me quedé embarazada fue un ciclo muy largo, tuve que hacerme muchas ecografías porque mis ovarios se peleaban por ovular, me mordí las uñas durante días hasta que vimos a mi endometrio crecer... Todo formaba parte de un proceso normal, pero a mí me generó muchísima inquietud. Así que, esta vez, he preferido darle a mi cuerpo la oportunidad de amenizarnos la espera con un ciclo más corto y menos extremo. En realidad, no confío en lograr la regularización absoluta en un solo mes, pero cuento, por ejemplo, con que mi endometrio crezca de una manera menos errática después de pasar por una regla "de verdad".

Todo esto no ha impedido, sin embargo, que haya pasado bastantes nervios este mes, mientras contaba los días para ver aparecer de nuevo los signos evidentes de la ovulación. Si mis cálculos no fallan, va a ser un ciclo de 35 días, lo esperable en una mujer SOP que acaba de dejar la píldora. En este caso, en vez de ovular a los 14 días, lo he hecho a los 21, pero... ¡de qué manera!

Mis ovarios han despertado del letargo como leones después de una hibernación. ¿Que los leones no hibernan? Claro. Pero si lo hicieran, te destrozarían viva cuando despertasen, tal y como lo han hecho mis ovarios. He sentido dolores de tripa horribles casi cada día, pinchazos sin fin en el ovario derecho (y en el izquierdo, para no ser menos), mareo, bajones de tensión, dolores de cabeza, cansancio extremo. Mis hormonas han salido a escena con tal fuerza, que hasta la pobre Alma, que nunca se desvía de los 26 días que duran sus ciclos, ya va por más de 30 sin que su regla se atreva a asomarse por casa.

Lo peor es que no solo se trataba de tener paciencia y aguantar el dolor, sino de superar el miedo a no ovular. ¿Que por qué tengo miedo a no ovular si siempre ovulo? Pues porque tengo SOP. Y a las mujeres SOP siempre nos meten miedo con el no-ovulas, no-ovulas. Y no es verdad. Muchas mujeres SOP ovulamos todos los meses. Y muchas mujeres SOP que no ovulan, lo consiguen después de regular su sistema endocrino, por ejemplo, tomando metformina y bajando de peso. Pero el SOP es tan desconocido y a los médicos les importa tan poco... que al final una ya no sabe qué pensar. Y como las mujeres SOP tenemos tendencias depresivas (¡para no tenerlas!), a veces nos da por pensar que no podemos. Que no vamos a poder nunca. 

Pero es mentira. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Que por mayo era por mayo

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Lo reconozco: hace tiempo que mayo se ha convertido en mi mes preferido.

Supongo que, en parte, tiene que ver con el tiempo. La primavera llega en todo su esplendor (aunque esté año empezó a asomar sus patitas en febrero... cosas del cambio climático), noto cómo se eleva mi nivel de energía y vuelvo a sentir ganas de salir, de hacer, de vivir...

El mes de mayo también es muy importante para nuestra pareja: en mayo empezamos a salir, en mayo nos casamos y en mayo abrimos nuestro expediente de adopción nacional. No tuvimos la intención de hacer coincidir todas estas fechas (ni siquiera la de la boda, que fue todo un periplo): simplemente, salió así. Por eso, a veces siento que mayo es el mes en el que todo pasa, un paréntesis mágico que se abre una vez al año para recordarnos que no hay nada imposible.

Y, como no podía ser de otra manera, me pregunto si este mayo será también el comienzo de esa aventura que tanto ansiamos, si el mes de las flores llegará para devolvernos la esperanza de manera definitiva. Ahora que todavía queda lejos el próximo tratamiento, ahora que aún hay tiempo para que pase todo lo bueno, me gusta pensar que sí, que las cosas irán tal y como deseamos.

Que pondremos a mayo un broche perfecto.

jueves, 27 de abril de 2017

Sobre los límites

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Uno de los temas que traté con la psicóloga de la clínica en nuestra primera cita fue el de los límites. Como le expliqué a ella, siento que a mi alrededor flota la idea de que debemos poner unos límites muy claros a los tratamientos de reproducción asistida. Y no por motivos incuestionables, como una condición médica insalvable o la imposibilidad de seguir pagándolos; sino por otras razones más difusas. Algo así como que, en algún momento, una tiene que pararse y decir: "¡Basta! ¡Hasta aquí!".

Evidentemente, yo no estoy en ese momento de decir basta-hasta-aquí, y eso me produce cierta desazón. Temo haber perdido la perspectiva, estar sufriendo algún tipo de enajenación mental que me impida pensar con claridad y ver, como parecen ver otras personas, que ya he sobrepasado todos los límites. Siento mucha vergüenza cuando imagino que todo el mundo considera imposible que yo lleve un embarazo adelante: todo el mundo, menos yo.

Y no es que nadie me lo haya dicho a la cara. Nunca he escuchado algo ni remotamente parecido a: "Tía, estás loca, no tienes ninguna posibilidad, no sigas intentándolo, es una pérdida de tiempo y dinero, sería mejor que recapacitases y tomaras conciencia de cómo te estás engañando". Pero, a veces, cuando recibo comentarios del tipo: "Bueno, todavía os queda la adopción" o "¿Y ahora qué vais a hacer? ¿Volverlo a intentar?", siento que esa es la idea que subyace. 

Así que le expliqué a la psicóloga mi razonamiento por si ella notaba alguna incongruencia. Lo que yo me planteo es que, a pesar del tiempo que llevo en reproducción asistida, acabo de ser diagnosticada y me enfrento al primer tratamiento con una medicación adecuada para mi problema. Yo no tengo la culpa de haber hecho nueve tratamientos destinados al fracaso. Tampoco tengo la responsabilidad de que los médicos no hayan sido capaces de interpretar mi caso hasta ahora. Por otra parte, y aunque resulte doloroso reconocerlo, para presentar un cuadro de abortos de repetición primero se te tienen que repetir los abortos. Y, en mi caso, este cuadro no ha quedado claro hasta que no he abortado también con los óvulos de una donante. 

En resumen: no puedo decir que me sienta como si estuviera empezando de nuevo, porque toda mi experiencia pesa, pero tampoco puedo negar que estos tres años han cobrado sentido en el momento en que he recibido un diagnóstico congruente. Para mí, sería absurdo abandonar ahora, justamente cuando, por primera vez, tengo posibilidades reales de conseguirlo.

A la psicóloga no le pareció que mi discurso diera muestras de enajenación mental. Sin embargo, me ayudó a comprender mucho mejor qué era un límite y hasta qué punto se trataba de una cuestión personal. 

domingo, 23 de abril de 2017

Antes de abandonarme, haz una llamada

El viernes me hice el último análisis antes del tratamiento. Y me pasé media hora haciendo cola delante de este cartel:


No era la primera vez que lo veía, ya me he hecho otros análisis en este Centro de Salud. Sin embargo, cada vez que me toca esperar en esa sala, es como si todo lo demás desapareciera, como si todo el espacio se viera ocupado por su sola presencia. No puedo dejar de mirarlo, no puedo dejar de pensar y de sentir.

Y pienso que, tal vez, dentro de dos o tres años, una mujer mirará este mismo cartel y, después de un viaje que solo puede ser durísimo, tomará una decisión. Y entonces mi teléfono sonará. El mío. Para decirme que, al día siguiente, podremos ir a recoger a nuestro bebé.

La cascada de emociones es casi insoportable. Dicen que no debemos idealizar a la madre biológica, que no debemos engañarnos imaginando una persona que puede ser muy diferente a la idea que nos hacemos de ella. Pero yo no puedo más que sentir un enorme respeto por su decisión. Una decisión que (estoy casi segura) yo no sería capaz de tomar.

Siempre he sido una firme defensora de la interrupción voluntaria del embarazo. Y lo sigo siendo. Así que me cuesta muchísimo imaginar que una mujer decida vivir el embarazo de un bebé que va a dar en adopción. Supongo que, en realidad, las cosas no son tan sencillas. Que la decisión se toma con el tiempo. Que no es algo que se tenga claro desde el principio. Que habrá idas y venidas. Aun así, vivir un embarazo completo para entregar después a tu hijo con la esperanza de que tenga una vida mejor... buf. Me pone los pelos de punta.

Entonces vuelvo a recordar: no hay que idealizar a la madre biológica. Es una persona como otra cualquiera. Llena de complejidad. Sin embargo, no puedo dejar de ver en su decisión una muestra inabarcable de generosidad hacia su hijo. Por llevarlo en sus entrañas, con todo lo que eso implica. Por traerlo al mundo. Por actuar con determinación y responsabilidad. A pesar de que esa decisión la vaya a acompañar por el resto de sus días.

Hago un esfuerzo e intento imaginar una situación menos romántica. La madre biológica no supo que estaba embarazada hasta que fue demasiado tarde para abortar. Me cuesta pensarlo, pero entiendo que puede ocurrir. Aun así, me parece que la generosidad sigue presente. Creo que, en cierto sentido, quedarte con un niño al que realmente no puedes criar puede ser una solución sencilla y egoísta. Para no tener que cargar con el peso de haberlo dado en adopción. Para no tomar conciencia de la situación que conllevó su existencia (que también puede ser muy compleja). 

Intento llevar la situación al límite. A lo mejor le dio igual. A lo mejor le importaba un bledo estar embarazada (¿es eso posible?). A lo mejor sintió alivio cuando dio a su hijo en adopción. A lo mejor se quitó un peso de encima. Y pienso: "¡Por supuesto!". Y es que, ¿acaso no tiene derecho? Si esos son sus sentimientos, si no quería tener un hijo por la razón que fuera y se quedó embarazada por la razón que fuera, ¿no tiene el derecho de hacer uso de este mecanismo social que es la adopción? ¿Por qué culparla, por qué ver algo malo en una situación desafortunada a la que ella le ha dado una buena solución?

No creo que las personas seamos buenas o malas por naturaleza. Creo que todos somos complejos. Pero estoy segura de que, en la decisión de dar un bebé en adopción, hay noches en vela involucradas, hay nervios, dudas, hay miedo, alivio, alegría, orgullo, vergüenza. Y al final hay una decisión correcta. Y esa decisión tiene todo mi respeto, e incluso mi admiración.

Para enfrentarse a ese cartel hace falta ser muy valiente. Y las madres biológicas lo son.
Yo solo espero poder estar a su altura como madre de adopción.

lunes, 17 de abril de 2017

Welcome back, pastillero

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Con la llegada de la regla ha dado comienzo el primer mes de mi nuevo tratamiento. Un mes que consiste, principalmente, en la toma masiva de vitaminas y otros medicamentos para ir regulando la coagulación y preparando así mi cuerpo para un (posible) (nuevo) embarazo.

Es inevitable que repetir este protocolo nos recuerde, a Alma y a mí, a nuestra segunda FIV: ese último tratamiento que hicimos utilizando mis óvulos y que fue uno de los hitos de nuestro camino en cuanto a bofetadas en la cara se refiere.

Esta vez, sin embargo, me enfrento a la locura medicamentosa con otro espíritu. Si bien iniciamos nuestra segunda FIV sabiendo que mi homocisteína estaba muy alta, y que, por tanto, podía haber sido la causa de los dos primeros abortos; a mí todavía no me terminaba de cuadrar el diagnóstico.

Tal vez fuera porque no terminaba de confiar en nuestra doctora. La manera en que interpretó mi primer estudio de trombofilia, mirándose unos apuntes que tenía en la carpeta, no invitaba a pensar, precisamente, que la señora controlara del tema. 

En su defensa diré, no obstante, que por lo menos ella completó las pruebas que me habían mandado en la Seguridad Social hasta verificar la hiperhomocisteinemia; no como el hematólogo que me hizo el estudio, que me mandó a casa con la seguridad de que no tenía ningún problema de trombofilias (¡trombofilias yo!), cuando el inmunólogo, solo con ver esos mismos análisis, ya me sentenció.

También es posible que el rechazo que sentía hacia el tratamiento formara parte del rechazo generalizado que sentía hacia las FIV. Yo no quería pincharme, no quería llevar mi cuerpo al límite, no quería pasar por quirófano. Lo tenía muy claro y, sin embargo, lo llevé a cabo como una especie de sacrificio ineludible, una idea con la que cada día estoy menos de acuerdo.

Esta vez, sin embargo, tengo un diagnóstico que me hace sentir más segura. Entiendo que los suplementos de vitaminas del grupo B van a formar parte de mi dieta de aquí a que me muera, puesto que, con la mutación que tengo, es imposible que mi cuerpo mejore su metabolismo de manera natural. Y aunque sé que la heterocigosis no es la versión más peligrosa, en mi caso constituye un agravante del fiestón protrombótico que hay montado en mis venas.

El adiro, por su parte, lo he recibido con los brazos abiertos desde el primer día. La presencia de una trombofilia en mis pruebas es inapelable: no solo el factor XII ha subido como la espuma en los dos últimos años, sino que también lo han hecho otras proteínas anticoagulantes que procuran contrarrestar sus efectos, como la antitrombina III y la proteína C.

Para mí, sin embargo, la prueba definitiva de que necesito un protocolo especial llegó con el último aborto. Ya no puedo mantener la fantasía de que el problema reside en mis óvulos, porque, con unos embriones estupendos procedentes de óvulos ajenos, el embarazo tampoco salió adelante. Hoy recuerdo con ternura la alegría que me llevé cuando me dijeron que no tenía que tomar ningún medicamento especial en el último tratamiento; pero también me tiro de los pelos: esa no es mi realidad y he tenido que aprenderlo de la manera más dolorosa.

En comparación con la segunda FIV, no obstante, mi pastillero se ha aligerado un tanto, aunque no por ello me haya librado de montar un tetris con las pastillas que tengo que tomarme debido a sus incompatibilidades.

jueves, 13 de abril de 2017

Consulta en psicología

Resultado de imagen de cerebro y corazón

Nuestro último tratamiento fue psicológicamente devastador para mí. No solo por su resultado, que también, sino por la montaña rusa de emociones a la que me vi expuesta antes incluso de empezar la betaespera.

Evidentemente, todos los tratamientos son intensos desde el punto de vista emocional, pero he de confesar que el vértigo de este último me pilló por sorpresa. Entiendo que, en el fondo, una parte de mí estaba "demasiado" tranquila: era un tratamiento muy sencillo desde el punto de vista físico y estaba convencida de que iba a funcionar. No había contemplado ni remotamente el aterrador despertar de la bestia en mi interior.

Pero despertó. Y fue un suplicio. Había días en que me sentía hundida, días en que solo quería salir corriendo, días (y noches, muchas noches) en que el viento de mi desgracia arrasaba con todo. Y me culpaba por ello. Y me decía cosas horribles por no poder permanecer positiva y en calma. Y lo único que lograba es que la bestia se hiciera más y más poderosa. 

Apenas me soportaba a mí misma, así que mucho menos soportaba las insistentes preguntas de Alma: "¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?". "¡Qué me va a pasar!", pensaba. "Que mi vida es una puta basura, que no soporto el yugo de las hormonas, que no quiero pasar miedo, que no quiero ser desgraciada, que estoy hasta las mismísimas de este abuso existencial". Y así, un día tras otro. No fue bueno para mí y tampoco lo fue para nuestra relación.

La parte positiva es que de cualquier experiencia se puede obtener una enseñanza, y yo he aprendido que no quiero repetir el mismo error. Mi estabilidad emocional ya no es lo que era después de tres años de peregrinaje en reproducción asistida, y no quiero que esto repercuta, además, en mi relación con Alma. Por eso, desde el primer momento, he tenido claro que el próximo tratamiento lo haré con apoyo psicológico.

Así que, aprovechando que ya nos tocaba pedir cita con la ginecóloga de la clínica, pregunté por el servicio de atención psicológica. En nuestra clínica, este servicio es gratuito, uno de los detalles que nos hizo decantarnos por ella. Me explicaron que la psicóloga se pondría en contacto conmigo, y la verdad es que no tardó en hacerlo. También pude conseguir una cita muy rápido, y tengo que decir que la experiencia fue estupenda.

sábado, 8 de abril de 2017

Y por fin, un diagnóstico

Resultado de imagen de hacer diana

Casi tres meses después de mi primera visita a la consulta de Inmunología Reproductiva, he vuelto. Con una nueva tanda de resultados bajo el brazo, la mayoría pagados de mi bolsillo ante la falta de atención prácticamente absoluta que he recibido por parte de la Seguridad Social.

Aunque podía haber recogido los análisis unos días antes de la consulta, decidí esperar hasta el mismo día de la cita para salvaguardar mi salud mental. Sabía que iba a buscar una interpretación para mis resultados, fueran los que fueran, hasta en el último rincón de Internet; así que preferí que no pasara mucho tiempo entre mi primera lectura de los análisis y la interpretación del doctor.

Y no pasó. Fue solo media hora. Pero... ¡qué media hora!

Recogí el sobre, fui al baño y, cuando salí, me senté ceremoniosamente en una sala de espera cualquiera. Y lo abrí. Y lo leí.

Leí: "Factor XII, CONFIRMADO".
Leí: "Portadora en heterocigosis de la mutación C677T del gen de la MTHFR".

Y me eché a reír y a llorar al mismo tiempo.
Y tuve que salir de aquel hospital laberíntico para seguir desahogándome bajo el sol.

Reía de alegría, de alivio, de certeza. Por fin podía estar segura de que no estoy bajo un designio aciago, de que el dedo de Dios no me apunta para estrangularme. Tengo una trombofilia confirmada, tengo una mutación genética que la agrava. Hay una causa para mis abortos, y es una causa que tiene tratamiento.

Lloraba de puro miedo. Tengo una trombofilia... ¡¿qué diablos significa eso?! ¿Hasta qué punto está en peligro mi salud y por qué nadie se ha preocupado por ello? ¿Acaso debería seguir un tratamiento, modificar mi estilo de vida, tomar determinadas precauciones en situaciones determinadas? Acababa de descubrir un mundo que, hasta el momento, me era desconocido, porque nadie en mi familia ha sido diagnosticado de trombofilia ni ha tenido ningún episodio trombótico ni cardiovascular. ¡Ni siquiera puedo estar segura de quién me ha transmitido el regalito envenenado de la mutación!

En medio de aquella vorágine de emociones, le mandé unos mensajes a Alma, que no dudó en llamarme haciendo gala de su mejor humor:

–¡Tía! ¿En serio eres una mutante...?

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