viernes, 19 de mayo de 2017

A vueltas con la metformina

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La metformina no cae bien en la nueva clínica.
O, para ser más concreta, genera una buena dosis de indiferencia.

En la primera transferencia, una doctora de tantas me dijo que la dejara. Yo le hice caso, deseosa como estaba de no tomar ninguna pastilla; pero a los dos días me arrepentí, agobiada por la idea de que mi cuerpo fuera incapaz de ovular sin ayuda.

Esta vez, como teníamos cita con la presunta superdoctora a la que se le ocurrió que fuera a la consulta de Inmunología (y siempre le estaré agradecida por ello), decidí preguntarle por la metformina con el objetivo de resolver mis dudas de una vez para siempre.

Pero no lo conseguí.

Ojo a las frases que se marcó esta señora:

ㅡLa metformina se utiliza para evitar abortos en mujeres con SOP...

Hasta ahí bien: deduzco que como yo tengo SOP y he tenido tres abortos, la necesito.

ㅡ... pero tú no la necesitas. Porque no tienes granos. Y estás delgada.

Tócate el moño

ㅡEn cualquier caso, nosotros hemos consultado al Instituto No Sé Qué y nos han asegurado que no es teratogénica. De hecho, en países del Tercer Mundo se utiliza para tratar a mujeres diabéticas durante todo el embarazo, porque es mucho más asequible que la insulina y no tiene contraindicaciones graves.

Grandísimos datos.

El caso es que, según esta señora, puedo seguir tomando la metformina hasta la transferencia y después dejarla alegremente. Yo traté de profundizar en el tema, sacando a colación datos objetivos del tipo "En mis análisis de 2014 consta que no tengo resistencia a la insulina, pero...", para ver si así podíamos discutir de algo que no fuera el aspecto de mi cara. Porque, como le recordé, mi piel es muy capaz de generar un acné de tamaño XL, y ahora mismo no está ocurriendo por la única razón de que he tomado la píldora durante meses.

Pero dio igual. En esta clínica, la metformina no mola

Al principio me autoconvencí de que podía dejarla. Bueno, pensé, no está mal. Una pastilla menos, blablabla. Pero enseguida empecé a sentirme como la otra vez. No podía sacarme de la cabeza la frase: "La metformina se utiliza para evitar abortos en mujeres con SOP". Y es que, ¿acaso yo no soy una mujer con SOP? ¿Acaso yo no aborto? Entonces, ¿¿no será que necesito metformina??

Así que me puse a leer todo lo que encontré en Internet sobre el tema, porque ya no me fío. De nada ni de nadie. Y encontré que la metformina es buena, muy buena. Que no solo no me hace mal, sino que puede hacerme mucho bien. Y que no debo dejarla, digan lo que digan. Que pienso seguir tomándola, después de la transferencia y, si tengo suerte, durante el embarazo.

El motivo por el que dudaba entre tomarla o dejarla no era, como la otra vez, las ganas de librarme de pastillas. Lo que ocurre es que, desde la segunda FIV, sé que la metformina reduce la absorción de vitamina B12. Y ahora que también sé que tengo una mutación que la dificulta, provocando un aumento de la homocisteína y, con ello, una elevación de la coagulación, necesitaba decidir qué era preferible: potenciar al máximo la absorción de B12, dejando la metformina y arriesgándome a que mis ovarios poliquisteen a lo loco, o seguir con la metformina aun a riesgo de no absorber suficiente vitamina B12 y tener la coagulación más elevada de lo que me gustaría.

En principio, la primera opción me parecía la mejor, porque pensaba que tenía que centrarme en regular la coagulación. Pero, después de leer mucho, he llegado a la conclusión de que la metformina no es negociable. Que, probablemente, no vaya a ser negociable durante el resto de mi vida.

Algo que me ha dejado más tranquila, no obstante, es que, si bien tomar esta pastilla de manera aislada eleva la homocisteína, que de por sí ya suele estar elevada en mujeres con SOP (¡nuevo dato!); se ha comprobado que combinarla con vitamina B12 en cantidades masivas consigue tanto que la homocisteína baje como que los estragos del SOP se regulen. Así que me parece que tendré que abonarme a este combo forever.

La verdad es que los artículos que he leído me han dado mucha seguridad a la hora de tomar esta decisión. Pero me queda la tristeza de no poder contar con un médico que entienda el SOP y sepa manejarlo.

Tendré que seguir buscando...

domingo, 14 de mayo de 2017

Una reflexión sobre los orígenes y la identidad


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Te gustaría saber quién eres. Con poco o nada para orientarte, das por sentado que eres el producto de vastas migraciones prehistóricas, de conquistas, violaciones y secuestros, que los prolongados y tortuosos cruces de tu horda ancestral se han extendido por muchos territorios y reinos, porque tú no eres la única persona que ha viajado por el planeta y, ¿quién sabe quién engendró a quién para luego engendrar a quién [...]? Como no sabes nada de tus orígenes, hace mucho que decidiste presumir de que eres un compuesto de todas las razas [...], en parte africano, árabe, chino, indio y caucasiano, el crisol de muchas civilizaciones enfrentadas en un solo cuerpo. [...] Has decidido conscientemente ser todo el mundo, aceptar a todos los que llevas en tu interior con objeto de ser tú mismo de una forma más libre y plena, puesto que la cuestión de quién eres es un misterio y no albergas esperanzas de que algún día se resuelva.

La otra noche me encontré con este fragmento por casualidad. Pero fue una de esas casualidades maravillosas que, de improviso, provoca una rápida evolución en mi pensamiento, llenando de luz un espacio misterioso que, hasta entonces, había permanecido oscuro.

La relación entre el desconocimiento de los orígenes y la formación de la identidad me interesa muchísimo desde el momento en que Alma y yo vamos a formar una familia sin vínculos genéticos. Nuestros hijos no se parecerán ni a papá ni a mamá, no tendrán el aire del abuelo Pepito, ni siquiera serán el vivo retrato de su hermano. Vamos a romper un buen número de convenciones y me gustaría poder empoderarlos, empoderarnos todos, en una concepción de la identidad diferente pero igualmente plena. Incluso, en lo que puede tener de autónoma frente a las tradiciones que no se cuestionan, una concepción de la identidad mejor.

No voy a negar que alguna intuición tenía sobre el tema, una idea vaga sobre lo interesante que resulta sobrepasar los límites del clan para reconocer a la Humanidad como tu propia familia. Sobre lo bonito que parece no centrarse en un rasgo u otro (los ojos así, la boca asá), sino conocerse y reconocerse en lo que cada uno tiene de particular y, a la vez, de humano. Esa es la familia a la que yo quiero pertenecer, esa es la familia que yo quiero formar.

Sin embargo, no fue hasta que leí ese fragmento que pude estar segura de lo que quería decir. Porque el texto no pertenece a una obra que trate de la adopción ni está escrita por una persona adoptada: me lo encontré en el Diario de invierno de Paul Auster. 

Lo valioso, lo que realmente me ha hecho comprender que mi intuición es una gran idea, es que Paul Auster no desconoce sus orígenes. En el libro, en ese mismo fragmento, habla de su padre y de su madre. Habla de sus abuelos y de sus países de origen. Sabe quién engendró a quién del mismo modo en que lo sabe cualquier persona que se haya criado en su familia biológica. Por si esto no fuera poco, el escritor también tiene a su disposición una fuerte vinculación étnica, ya que es judío.

Sin embargo, esa misma persona que no alberga ninguna duda acerca de sus raíces biológicas ni del origen último de su comunidad, se siente desorientado acerca de su identidad, incapaz de conformarla a partir de quienes oficialmente le precedieron. Y, por ese motivo, decide construirse una, dársela a sí mismo. Una identidad que, de manera profundamente humana, lo vincula con los demás. Con todos los demás.

Creo que este fragmento explora hasta qué punto nuestra identidad no viene dada por nuestros orígenes, sino que cada persona es responsable de crearla en la dirección que considere. Que no somos nuestra herencia genética, entre otras cosas porque, ¿acaso la conocemos realmente o estamos seguros de ella? No somos lo que fueron otros antes que nosotros, sino lo que nosotros mismos hemos sido, somos y seremos; no somos los vínculos que nos vienen dados, sino los que nosotros mismos forjamos. Nos parecemos a nosotros mismos en primer lugar y, en segundo lugar, nos parecemos a la Humanidad. Somos nosotros, somos humanos, antes de ser los hijos de... quien sea.

Una cosa es querer conocer esa "horda ancestral" y otra muy distinta hacer que tu identidad dependa de ella. Quienes conocemos nuestros vínculos biológicos tenemos esa curiosidad satisfecha; quienes no lo hacen, pueden sentir unas sanas y legítimas ganas de satisfacerla. E incluso atreverse a ello. Pero tanto unos como otros haremos mal en descansar el peso de nuestra identidad sobre el único pilar de nuestros ancestros. Porque cada ser humano es mucho más que un vínculo genético. Somos quienes nos hacemos y, además, somos todos juntos, en una interdependencia que nos vincula a un mundo lleno de riqueza.

Los orígenes biológicos son lo que son: ni más ni menos. Para unos, cotidianos; para otros, desconocidos; para unos y otros, fuente de satisfacción y orgullo, o bien de rechazo y dolor. Una identidad que los trascienda, sin embargo, es igualmente valiosa para todos. Y no me cabe duda de que, a partir de ella, no solo se ponen los cimientos de una personalidad más poderosa y auténtica, sino de una sociedad mejor.

domingo, 7 de mayo de 2017

Recuperando la ovulación

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Para este tratamiento he tomado la decisión de dejar la píldora con un mes de antelación. En el anterior, hubo cierta controversia sobre esto: la primera doctora que nos vio, nos dijo que era necesario; la última, que no hacía falta, que muchísimas mujeres se quedaban embarazadas justo después de dejar la píldora y que yo podía ser una de ellas. Y, efectivamente, lo fui. Así que no he dejado la píldora porque tenga miedo de no quedarme embarazada. Mis razones son otras.

Lo primero que me he planteado es el vínculo nefasto entre los anticonceptivos orales y la coagulación elevada. Las cifras no dejan lugar a dudas: la hiperhomocisteinemia multiplica el riesgo de sufrir un evento trombótico (léase, un aborto) por 2,5, mientras que la ingesta de anticonceptivos orales lo hace por 4. Y como de la primera no me puedo librar debido a la mutación que tengo, he decidido librarme de la segunda. Lo consulté con el inmunólogo para ver qué le parecía, pero él prefirió remitirme a mi ginecóloga. Y como "mis" ginecólogas de la clínica no parecen tener un criterio unificado, al final he tomado yo sola la decisión.

Por otro lado, en el último tratamiento lo pasé bastante mal mientras esperaba a que mi cuerpo, cual bella durmiente, despertara del sopor de la píldora. El ciclo en el que me quedé embarazada fue un ciclo muy largo, tuve que hacerme muchas ecografías porque mis ovarios se peleaban por ovular, me mordí las uñas durante días hasta que vimos a mi endometrio crecer... Todo formaba parte de un proceso normal, pero a mí me generó muchísima inquietud. Así que, esta vez, he preferido darle a mi cuerpo la oportunidad de amenizarnos la espera con un ciclo más corto y menos extremo. En realidad, no confío en lograr la regularización absoluta en un solo mes, pero cuento, por ejemplo, con que mi endometrio crezca de una manera menos errática después de pasar por una regla "de verdad".

Todo esto no ha impedido, sin embargo, que haya pasado bastantes nervios este mes, mientras contaba los días para ver aparecer de nuevo los signos evidentes de la ovulación. Si mis cálculos no fallan, va a ser un ciclo de 35 días, lo esperable en una mujer SOP que acaba de dejar la píldora. En este caso, en vez de ovular a los 14 días, lo he hecho a los 21, pero... ¡de qué manera!

Mis ovarios han despertado del letargo como leones después de una hibernación. ¿Que los leones no hibernan? Claro. Pero si lo hicieran, te destrozarían viva cuando despertasen, tal y como lo han hecho mis ovarios. He sentido dolores de tripa horribles casi cada día, pinchazos sin fin en el ovario derecho (y en el izquierdo, para no ser menos), mareo, bajones de tensión, dolores de cabeza, cansancio extremo. Mis hormonas han salido a escena con tal fuerza, que hasta la pobre Alma, que nunca se desvía de los 26 días que duran sus ciclos, ya va por más de 30 sin que su regla se atreva a asomarse por casa.

Lo peor es que no solo se trataba de tener paciencia y aguantar el dolor, sino de superar el miedo a no ovular. ¿Que por qué tengo miedo a no ovular si siempre ovulo? Pues porque tengo SOP. Y a las mujeres SOP siempre nos meten miedo con el no-ovulas, no-ovulas. Y no es verdad. Muchas mujeres SOP ovulamos todos los meses. Y muchas mujeres SOP que no ovulan, lo consiguen después de regular su sistema endocrino, por ejemplo, tomando metformina y bajando de peso. Pero el SOP es tan desconocido y a los médicos les importa tan poco... que al final una ya no sabe qué pensar. Y como las mujeres SOP tenemos tendencias depresivas (¡para no tenerlas!), a veces nos da por pensar que no podemos. Que no vamos a poder nunca. 

Pero es mentira. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Que por mayo era por mayo

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Lo reconozco: hace tiempo que mayo se ha convertido en mi mes preferido.

Supongo que, en parte, tiene que ver con el tiempo. La primavera llega en todo su esplendor (aunque esté año empezó a asomar sus patitas en febrero... cosas del cambio climático), noto cómo se eleva mi nivel de energía y vuelvo a sentir ganas de salir, de hacer, de vivir...

El mes de mayo también es muy importante para nuestra pareja: en mayo empezamos a salir, en mayo nos casamos y en mayo abrimos nuestro expediente de adopción nacional. No tuvimos la intención de hacer coincidir todas estas fechas (ni siquiera la de la boda, que fue todo un periplo): simplemente, salió así. Por eso, a veces siento que mayo es el mes en el que todo pasa, un paréntesis mágico que se abre una vez al año para recordarnos que no hay nada imposible.

Y, como no podía ser de otra manera, me pregunto si este mayo será también el comienzo de esa aventura que tanto ansiamos, si el mes de las flores llegará para devolvernos la esperanza de manera definitiva. Ahora que todavía queda lejos el próximo tratamiento, ahora que aún hay tiempo para que pase todo lo bueno, me gusta pensar que sí, que las cosas irán tal y como deseamos.

Que pondremos a mayo un broche perfecto.

jueves, 27 de abril de 2017

Sobre los límites

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Uno de los temas que traté con la psicóloga de la clínica en nuestra primera cita fue el de los límites. Como le expliqué a ella, siento que a mi alrededor flota la idea de que debemos poner unos límites muy claros a los tratamientos de reproducción asistida. Y no por motivos incuestionables, como una condición médica insalvable o la imposibilidad de seguir pagándolos; sino por otras razones más difusas. Algo así como que, en algún momento, una tiene que pararse y decir: "¡Basta! ¡Hasta aquí!".

Evidentemente, yo no estoy en ese momento de decir basta-hasta-aquí, y eso me produce cierta desazón. Temo haber perdido la perspectiva, estar sufriendo algún tipo de enajenación mental que me impida pensar con claridad y ver, como parecen ver otras personas, que ya he sobrepasado todos los límites. Siento mucha vergüenza cuando imagino que todo el mundo considera imposible que yo lleve un embarazo adelante: todo el mundo, menos yo.

Y no es que nadie me lo haya dicho a la cara. Nunca he escuchado algo ni remotamente parecido a: "Tía, estás loca, no tienes ninguna posibilidad, no sigas intentándolo, es una pérdida de tiempo y dinero, sería mejor que recapacitases y tomaras conciencia de cómo te estás engañando". Pero, a veces, cuando recibo comentarios del tipo: "Bueno, todavía os queda la adopción" o "¿Y ahora qué vais a hacer? ¿Volverlo a intentar?", siento que esa es la idea que subyace. 

Así que le expliqué a la psicóloga mi razonamiento por si ella notaba alguna incongruencia. Lo que yo me planteo es que, a pesar del tiempo que llevo en reproducción asistida, acabo de ser diagnosticada y me enfrento al primer tratamiento con una medicación adecuada para mi problema. Yo no tengo la culpa de haber hecho nueve tratamientos destinados al fracaso. Tampoco tengo la responsabilidad de que los médicos no hayan sido capaces de interpretar mi caso hasta ahora. Por otra parte, y aunque resulte doloroso reconocerlo, para presentar un cuadro de abortos de repetición primero se te tienen que repetir los abortos. Y, en mi caso, este cuadro no ha quedado claro hasta que no he abortado también con los óvulos de una donante. 

En resumen: no puedo decir que me sienta como si estuviera empezando de nuevo, porque toda mi experiencia pesa, pero tampoco puedo negar que estos tres años han cobrado sentido en el momento en que he recibido un diagnóstico congruente. Para mí, sería absurdo abandonar ahora, justamente cuando, por primera vez, tengo posibilidades reales de conseguirlo.

A la psicóloga no le pareció que mi discurso diera muestras de enajenación mental. Sin embargo, me ayudó a comprender mucho mejor qué era un límite y hasta qué punto se trataba de una cuestión personal. 

domingo, 23 de abril de 2017

Antes de abandonarme, haz una llamada

El viernes me hice el último análisis antes del tratamiento. Y me pasé media hora haciendo cola delante de este cartel:


No era la primera vez que lo veía, ya me he hecho otros análisis en este Centro de Salud. Sin embargo, cada vez que me toca esperar en esa sala, es como si todo lo demás desapareciera, como si todo el espacio se viera ocupado por su sola presencia. No puedo dejar de mirarlo, no puedo dejar de pensar y de sentir.

Y pienso que, tal vez, dentro de dos o tres años, una mujer mirará este mismo cartel y, después de un viaje que solo puede ser durísimo, tomará una decisión. Y entonces mi teléfono sonará. El mío. Para decirme que, al día siguiente, podremos ir a recoger a nuestro bebé.

La cascada de emociones es casi insoportable. Dicen que no debemos idealizar a la madre biológica, que no debemos engañarnos imaginando una persona que puede ser muy diferente a la idea que nos hacemos de ella. Pero yo no puedo más que sentir un enorme respeto por su decisión. Una decisión que (estoy casi segura) yo no sería capaz de tomar.

Siempre he sido una firme defensora de la interrupción voluntaria del embarazo. Y lo sigo siendo. Así que me cuesta muchísimo imaginar que una mujer decida vivir el embarazo de un bebé que va a dar en adopción. Supongo que, en realidad, las cosas no son tan sencillas. Que la decisión se toma con el tiempo. Que no es algo que se tenga claro desde el principio. Que habrá idas y venidas. Aun así, vivir un embarazo completo para entregar después a tu hijo con la esperanza de que tenga una vida mejor... buf. Me pone los pelos de punta.

Entonces vuelvo a recordar: no hay que idealizar a la madre biológica. Es una persona como otra cualquiera. Llena de complejidad. Sin embargo, no puedo dejar de ver en su decisión una muestra inabarcable de generosidad hacia su hijo. Por llevarlo en sus entrañas, con todo lo que eso implica. Por traerlo al mundo. Por actuar con determinación y responsabilidad. A pesar de que esa decisión la vaya a acompañar por el resto de sus días.

Hago un esfuerzo e intento imaginar una situación menos romántica. La madre biológica no supo que estaba embarazada hasta que fue demasiado tarde para abortar. Me cuesta pensarlo, pero entiendo que puede ocurrir. Aun así, me parece que la generosidad sigue presente. Creo que, en cierto sentido, quedarte con un niño al que realmente no puedes criar puede ser una solución sencilla y egoísta. Para no tener que cargar con el peso de haberlo dado en adopción. Para no tomar conciencia de la situación que conllevó su existencia (que también puede ser muy compleja). 

Intento llevar la situación al límite. A lo mejor le dio igual. A lo mejor le importaba un bledo estar embarazada (¿es eso posible?). A lo mejor sintió alivio cuando dio a su hijo en adopción. A lo mejor se quitó un peso de encima. Y pienso: "¡Por supuesto!". Y es que, ¿acaso no tiene derecho? Si esos son sus sentimientos, si no quería tener un hijo por la razón que fuera y se quedó embarazada por la razón que fuera, ¿no tiene el derecho de hacer uso de este mecanismo social que es la adopción? ¿Por qué culparla, por qué ver algo malo en una situación desafortunada a la que ella le ha dado una buena solución?

No creo que las personas seamos buenas o malas por naturaleza. Creo que todos somos complejos. Pero estoy segura de que, en la decisión de dar un bebé en adopción, hay noches en vela involucradas, hay nervios, dudas, hay miedo, alivio, alegría, orgullo, vergüenza. Y al final hay una decisión correcta. Y esa decisión tiene todo mi respeto, e incluso mi admiración.

Para enfrentarse a ese cartel hace falta ser muy valiente. Y las madres biológicas lo son.
Yo solo espero poder estar a su altura como madre de adopción.

lunes, 17 de abril de 2017

Welcome back, pastillero

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Con la llegada de la regla ha dado comienzo el primer mes de mi nuevo tratamiento. Un mes que consiste, principalmente, en la toma masiva de vitaminas y otros medicamentos para ir regulando la coagulación y preparando así mi cuerpo para un (posible) (nuevo) embarazo.

Es inevitable que repetir este protocolo nos recuerde, a Alma y a mí, a nuestra segunda FIV: ese último tratamiento que hicimos utilizando mis óvulos y que fue uno de los hitos de nuestro camino en cuanto a bofetadas en la cara se refiere.

Esta vez, sin embargo, me enfrento a la locura medicamentosa con otro espíritu. Si bien iniciamos nuestra segunda FIV sabiendo que mi homocisteína estaba muy alta, y que, por tanto, podía haber sido la causa de los dos primeros abortos; a mí todavía no me terminaba de cuadrar el diagnóstico.

Tal vez fuera porque no terminaba de confiar en nuestra doctora. La manera en que interpretó mi primer estudio de trombofilia, mirándose unos apuntes que tenía en la carpeta, no invitaba a pensar, precisamente, que la señora controlara del tema. 

En su defensa diré, no obstante, que por lo menos ella completó las pruebas que me habían mandado en la Seguridad Social hasta verificar la hiperhomocisteinemia; no como el hematólogo que me hizo el estudio, que me mandó a casa con la seguridad de que no tenía ningún problema de trombofilias (¡trombofilias yo!), cuando el inmunólogo, solo con ver esos mismos análisis, ya me sentenció.

También es posible que el rechazo que sentía hacia el tratamiento formara parte del rechazo generalizado que sentía hacia las FIV. Yo no quería pincharme, no quería llevar mi cuerpo al límite, no quería pasar por quirófano. Lo tenía muy claro y, sin embargo, lo llevé a cabo como una especie de sacrificio ineludible, una idea con la que cada día estoy menos de acuerdo.

Esta vez, sin embargo, tengo un diagnóstico que me hace sentir más segura. Entiendo que los suplementos de vitaminas del grupo B van a formar parte de mi dieta de aquí a que me muera, puesto que, con la mutación que tengo, es imposible que mi cuerpo mejore su metabolismo de manera natural. Y aunque sé que la heterocigosis no es la versión más peligrosa, en mi caso constituye un agravante del fiestón protrombótico que hay montado en mis venas.

El adiro, por su parte, lo he recibido con los brazos abiertos desde el primer día. La presencia de una trombofilia en mis pruebas es inapelable: no solo el factor XII ha subido como la espuma en los dos últimos años, sino que también lo han hecho otras proteínas anticoagulantes que procuran contrarrestar sus efectos, como la antitrombina III y la proteína C.

Para mí, sin embargo, la prueba definitiva de que necesito un protocolo especial llegó con el último aborto. Ya no puedo mantener la fantasía de que el problema reside en mis óvulos, porque, con unos embriones estupendos procedentes de óvulos ajenos, el embarazo tampoco salió adelante. Hoy recuerdo con ternura la alegría que me llevé cuando me dijeron que no tenía que tomar ningún medicamento especial en el último tratamiento; pero también me tiro de los pelos: esa no es mi realidad y he tenido que aprenderlo de la manera más dolorosa.

En comparación con la segunda FIV, no obstante, mi pastillero se ha aligerado un tanto, aunque no por ello me haya librado de montar un tetris con las pastillas que tengo que tomarme debido a sus incompatibilidades.

jueves, 13 de abril de 2017

Consulta en psicología

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Nuestro último tratamiento fue psicológicamente devastador para mí. No solo por su resultado, que también, sino por la montaña rusa de emociones a la que me vi expuesta antes incluso de empezar la betaespera.

Evidentemente, todos los tratamientos son intensos desde el punto de vista emocional, pero he de confesar que el vértigo de este último me pilló por sorpresa. Entiendo que, en el fondo, una parte de mí estaba "demasiado" tranquila: era un tratamiento muy sencillo desde el punto de vista físico y estaba convencida de que iba a funcionar. No había contemplado ni remotamente el aterrador despertar de la bestia en mi interior.

Pero despertó. Y fue un suplicio. Había días en que me sentía hundida, días en que solo quería salir corriendo, días (y noches, muchas noches) en que el viento de mi desgracia arrasaba con todo. Y me culpaba por ello. Y me decía cosas horribles por no poder permanecer positiva y en calma. Y lo único que lograba es que la bestia se hiciera más y más poderosa. 

Apenas me soportaba a mí misma, así que mucho menos soportaba las insistentes preguntas de Alma: "¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?". "¡Qué me va a pasar!", pensaba. "Que mi vida es una puta basura, que no soporto el yugo de las hormonas, que no quiero pasar miedo, que no quiero ser desgraciada, que estoy hasta las mismísimas de este abuso existencial". Y así, un día tras otro. No fue bueno para mí y tampoco lo fue para nuestra relación.

La parte positiva es que de cualquier experiencia se puede obtener una enseñanza, y yo he aprendido que no quiero repetir el mismo error. Mi estabilidad emocional ya no es lo que era después de tres años de peregrinaje en reproducción asistida, y no quiero que esto repercuta, además, en mi relación con Alma. Por eso, desde el primer momento, he tenido claro que el próximo tratamiento lo haré con apoyo psicológico.

Así que, aprovechando que ya nos tocaba pedir cita con la ginecóloga de la clínica, pregunté por el servicio de atención psicológica. En nuestra clínica, este servicio es gratuito, uno de los detalles que nos hizo decantarnos por ella. Me explicaron que la psicóloga se pondría en contacto conmigo, y la verdad es que no tardó en hacerlo. También pude conseguir una cita muy rápido, y tengo que decir que la experiencia fue estupenda.

sábado, 8 de abril de 2017

Y por fin, un diagnóstico

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Casi tres meses después de mi primera visita a la consulta de Inmunología Reproductiva, he vuelto. Con una nueva tanda de resultados bajo el brazo, la mayoría pagados de mi bolsillo ante la falta de atención prácticamente absoluta que he recibido por parte de la Seguridad Social.

Aunque podía haber recogido los análisis unos días antes de la consulta, decidí esperar hasta el mismo día de la cita para salvaguardar mi salud mental. Sabía que iba a buscar una interpretación para mis resultados, fueran los que fueran, hasta en el último rincón de Internet; así que preferí que no pasara mucho tiempo entre mi primera lectura de los análisis y la interpretación del doctor.

Y no pasó. Fue solo media hora. Pero... ¡qué media hora!

Recogí el sobre, fui al baño y, cuando salí, me senté ceremoniosamente en una sala de espera cualquiera. Y lo abrí. Y lo leí.

Leí: "Factor XII, CONFIRMADO".
Leí: "Portadora en heterocigosis de la mutación C677T del gen de la MTHFR".

Y me eché a reír y a llorar al mismo tiempo.
Y tuve que salir de aquel hospital laberíntico para seguir desahogándome bajo el sol.

Reía de alegría, de alivio, de certeza. Por fin podía estar segura de que no estoy bajo un designio aciago, de que el dedo de Dios no me apunta para estrangularme. Tengo una trombofilia confirmada, tengo una mutación genética que la agrava. Hay una causa para mis abortos, y es una causa que tiene tratamiento.

Lloraba de puro miedo. Tengo una trombofilia... ¡¿qué diablos significa eso?! ¿Hasta qué punto está en peligro mi salud y por qué nadie se ha preocupado por ello? ¿Acaso debería seguir un tratamiento, modificar mi estilo de vida, tomar determinadas precauciones en situaciones determinadas? Acababa de descubrir un mundo que, hasta el momento, me era desconocido, porque nadie en mi familia ha sido diagnosticado de trombofilia ni ha tenido ningún episodio trombótico ni cardiovascular. ¡Ni siquiera puedo estar segura de quién me ha transmitido el regalito envenenado de la mutación!

En medio de aquella vorágine de emociones, le mandé unos mensajes a Alma, que no dudó en llamarme haciendo gala de su mejor humor:

–¡Tía! ¿En serio eres una mutante...?

domingo, 26 de marzo de 2017

Ya tenemos embriones

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Cuando recibimos la llamada de la clínica para decirnos que ya éramos las siguientes en la lista de espera de adopción de embriones, sabíamos que podía pasar cualquier cosa. Es más, sabíamos que podía pasar cualquier cosa, excepto la que nos dijeron que pasaría: que la doctora se pondría en contacto con nosotras después de quince días.

Así que nos lo tomamos con mucha calma. Al contrario que la vez anterior, no viví pegada al móvil durante semanas ni llamamos varias veces para ver qué pasaba. Simplemente, nos dedicamos a esperar. Lo cierto es que no tenemos prisa. En parte porque sabemos que el proceso es lento y que hay cosas que no podemos acelerar. Y en parte, supongo, porque hemos perdido definitivamente la inocencia y, aunque conservamos la suficiente esperanza como para volver a intentarlo, tampoco sentimos un deseo desenfrenado por precipitarnos hacia una nueva decepción.

El caso es que, pasado un mes, el teléfono sonó. Me despertaron de una siesta con el mismo protocolo que la primera vez: querían explicarnos las características de los embriones que nos habían asignado para comprobar si los aceptábamos. Y mi respuesta fue la misma que la vez anterior: ¡por supuesto que sí!

En esta ocasión son dos blastos, de las mismas calidades que nuestros embriones anteriores: B y C. La verdad es que el hecho de que fueran blastos llenó mi mente de distintos pensamientos, que llegaron despacio pero acabaron atropellándose por ahí dentro.

Lo primero que pensé fue: "¡Vaya! ¡Sí que es fácil conseguir blastos de esta manera!". Y es que nosotras ya hemos conseguido antes dos parejas de blastos como esta: uno bueno y otro regular. Pero cada una nos costó una FIV, con todo lo que eso implica: varios miles de euros, dos meses de tratamiento, una buena colección de hormonas para tomar, pinchar e inhalar, quirófano, mucho dolor e incluso una baja laboral.

Así que, por un lado, me sentí aliviada: nada de eso volverá a repetirse. Ya no es necesario. Al haber renunciado a mi genética, los tratamientos son mucho más sencillos (física, emocional y económicamente) para mí. Pero, a la vez, se me quedó una interesante cara de idiota, y volví a darle vueltas a una cuestión que me atormenta desde hace un tiempo: ¿en qué momento decidimos embarcarnos en las FIV? ¿Por qué no lo pensamos con más calma, por qué no valoramos otras opciones, si una parte de nosotras tenía clarísimo que ambas constituían un mal trago al que no nos queríamos enfrentar?

En fin.

Lo siguiente que me invadió fue una horda de malos recuerdos. ¿Blastos otra vez? No pude evitar que me recordaran a las primeras transferencias embrionarias, que me supieran a fracaso, a inmenso dolor. Debo confesar que haber probado con embriones en día +3 en el anterior tratamiento fue una novedad que me llenó de esperanza, aunque solo fuera por la mera novedad. Sin embargo, sé que no debo idealizar ese tratamiento, porque utilizar aquellos embriones también me llenó de miedo. Miedo por esos dos días extra que debían pasar flotando en mi útero, sin nada que hacer más allá de sobrevivir a unas condiciones que difieren bastante de las naturalmente óptimas. 

Y entonces llegaron los pensamientos optimistas.

Los blastos implican menos pinchazos de heparina, una implantación que, de producirse, tendrá lugar de manera inmediata, y, sobre todo y por encima de todo, una betaespera más corta. Además, son dos: dos blastos que, por primera vez, me pondré juntos. ¡Vivan los blastos!

Por lo demás, mentiría si dijera que he sentido amor a primera vista, como la otra vez. Lo que he sentido han sido nervios, miedo y muchas ganas de ocupar mi mente en otras cosas hasta que llegue el momento. Tengo claro que el éxito o el fracaso de este tratamiento depende más de la medicación antiabortos que de cualquier otra cosa, así que no me quiero volver loca con los embriones. Sé que las perspectivas son buenas, y eso me alegra, pero tampoco puedo decir que sea una novedad: llevo tres años de perspectivas estupendas y no he hecho más que comerme los mocos.

Así que, por ahora, mucha calma.
Ya cruzaremos los dedos cuando se acerque el momento.

domingo, 5 de marzo de 2017

Indignación, alegría y un deseo

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A pesar de la indignación que me consume desde que supe de la existencia del famoso autobús que promueve la transfobia, estoy contenta.

Y estoy contenta porque creo que, en los últimos años, la comunidad LGBTIQ estamos traspasando una frontera muy importante: la que nos separaba de la infancia.

Primero fue la legalización de nuestras familias. No el permiso para su existencia, no: porque nuestra comunidad ha formado familias desde siempre. Sino su reconocimiento legal, y con él, el respeto a nuestros derechos: los de los progenitores hacia sus hijos y los de los hijos hacia sus progenitores.

En los últimos años, además, se ha roto un tabú muy importante: el que existía sobre la propia infancia LGBTIQ. Al parecer, los miembros de nuestra comunidad nacimos adultos, o incluso surgimos bajo una col: de otra manera no se explica que se aparte a los niños de nosotros, cuando muchos de ellos son como nosotros. 

Por eso la realidad LGBTIQ debe ser conocida por la infancia, porque la infancia LGBTIQ también existe. Y por eso nuestros derechos, los derechos de los adultos, son también los derechos de los niños. Porque la infancia LGBTIQ también es infancia y, como tal, ha de ser protegida: protegida de gentuza que la haga sufrir cruelmente por el mero hecho de atreverse a ser lo que son, lo que siempre hemos sido y lo que siempre vamos a seguir siendo.

Todos estos pasos que estamos dando, finalmente, muestran que, poco a poco, se va superando otro prejuicio: el que nos considera seres degenerados, pervertidos, desviados y peligrosos. En nombre de ese prejuicio se nos ha intentado apartar durante tanto tiempo de los niños, negándoles de ese modo el desarrollo natural de su propia identidad. 

Parece que la sociedad y, sobre todo, quienes se encargan de legislar y juzgar, empiezan a subsanar ese error histórico. El que, por otro lado, tanto ha contribuido a estigmatizarnos, marginarnos y victimizarnos.

A veces me surge el deseo de que mis hijos sean también personas LGBTIQ. La única razón que me mueve a ello es garantizarles una familia que los comprenda y proteja, frente a la clase de energúmenos que todavía andan sueltos. Y es que ser rechazado por tu propia familia es terrorífico: lo sé porque lo he vivido.

Sin embargo, albergo un deseo mayor todavía, y es que algún día deje de ser necesario que personas como yo tengamos este tipo de pensamientos. Porque algún día todos los niños se críen seguros, en su familia y en su sociedad.

Incluidos los niños LGBTIQ.

martes, 28 de febrero de 2017

El teléfono vuelve a sonar

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Esta vez me pilló en medio de una reunión. No recuerdo por qué extraño motivo, tenía el teléfono encendido. Empezó a vibrar de pronto y yo casi me muero de vergüenza. En la pantalla aparecía uno de esos números que me suele llamar para venderme cosas que no quiero. Bajé el sonido para evitar la vibración y guardé el teléfono. 

A los diez minutos empezó a sonar de nuevo. ¡Qué pesados! Con ganas de esconderme debajo de la mesa, volví a mirar la pantalla. Pero ya no era el número de antes. Eran ELLOS. El nombre de la clínica aparecía bien grande en mi pantalla.

─¡Ay...!

Cuando llegué a casa, Alma me recibió con una sonrisa. Yo también sonreía. Hablamos de cualquier cosa mientras me quitaba los zapatos y el abrigo. Ninguna de las dos decíamos nada, hasta que lo dijimos.

─¡Han llamado!

Fue Alma quien cogió el teléfono. Le explicaron que ya nos llegaba el turno en la lista de espera para la adopción de embriones, y que en quince días volverían a llamarnos para que fuéramos a consulta con las pruebas nuevas. En realidad, esto puede querer decir cualquier cosa, porque la vez anterior nos dejaron esperando casi un mes por una llamada de la doctora que nunca se produjo, para después meternos prisa con una consulta que no nos habían pedido que pidiéramos.

Quiera decir lo que quiera decir, sin embargo, nos han llamado.

El tratamiento tardará, y lo sabemos. Todavía estamos a la espera de unos resultados y debemos acudir a una segunda cita en Inmunología. Además, la medicación para evitar otro aborto se empieza a tomar al menos un mes antes de cualquier intento. Estas dos circunstancias ya significan más de dos meses de espera... y lo que te rondaré, morena.

Pero nos han llamado.

Y mi corazón se ha puesto a latir como loco. Primero, de ansiedad. Ansiedad por cuadrar citas, ansiedad por resultados, ansiedad por protocolos, ansiedad por verle la cara, otra vez, a mi doctora de cabecera. Y después, de miedo. Miedo por el tratamiento, por mis reacciones emocionales, por el resultado. Ante todo y sobre todo, por el resultado.

Alma, sin embargo, está muy contenta. De su mano, poco a poco, voy encontrando algo de serenidad. Nos han llamado, y un nuevo intento es una nueva esperanza.

Podemos hacerlo.

sábado, 18 de febrero de 2017

Escribir o no escribir

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Me gusta mucho escribir. Me gusta desde siempre, prácticamente desde que aprendí. A lo largo de mi vida, he escrito mucho: muchos diarios, muchas cartas y correos electrónicos, muchas entradas en distintos blogs... y algún que otro poema, canción, relato.

Escribir más se encuentra cada año entre mis buenos propósitos, porque me aporta felicidad y alegría, me crea placer estético y me permite apropiarme de mis experiencias, reconstruirlas a través de la Literatura. 

Hay tantas cosas que quisiera contar... Sin embargo, también hay otras que quisiera olvidar para siempre. Arrugarlas como hojas de papel y desecharlas cuanto antes de mi memoria.

Gran parte de las experiencias que relato en este blog pertenecen a este último tipo. A pesar de ello, hace algún tiempo que decidí comprometerme con esta experiencia, apropiarme también de ella, aunque sea desagradable, aunque la mayor parte del tiempo no me provoque más que ganas de salir huyendo.

A cada paso, no obstante, me surgen dudas. No sé si escribir este blog es bueno para mi salud mental. No sé si obligarme a relatar experiencias tan negativas como las que estoy viviendo me ayuda o me hunde más todavía. 

Cuando me ocurre algo doloroso, mi primer impulso es dormir, dormir mucho, y a la mañana siguiente, que puede ser después de muchas mañanas, procurar ver la vida desde una perspectiva más optimista. Mirar hacia delante con confianza y regresar al pasado solo cuando me sirve de lección constructiva. Normalmente, esto solo ocurre con el tiempo, por eso no sé qué sentido tiene relatarlo "en directo".

Yo no soy de esas personas a quienes les gusta regodearse en los aspectos truculentos de la existencia. A mí me gusta fijarme en los pequeños grandes detalles que hacen que la vida merezca la pena. Tampoco me satisface elaborar un relato pormenorizado de los agravios que recibo. Incluso aunque sepa que, a veces, es necesario, que es sano cagarse en todo, despotricar, blasfemar y poner reclamaciones. Mi primer impulso es siempre vaciar mi corazón del lodo, dejar espacio para que vuelva a fluir el agua clara, y pensar que quienes actúan de malas maneras recibirán el castigo del karma.

Pero tampoco estoy segura de que sea esa la actitud correcta. No se puede ir por la vida como Caperucita por el bosque. Porque la vida no consiste solo en recoger flores y merendar con la abuelita: también hay que enfrentarse al lobo. Enfrentarse al lobo y hablar del lobo. Porque irse a dormir para despertarse a la mañana siguiente con el ánimo renovado no hace que el lobo desaparezca.

Así que ese es mi dilema: escribir o no escribir. Obligarme a relatar lo que quisiera olvidar u olvidarlo tal y como deseo. Apropiarme de las experiencias negativas dando testimonio de ellas o dejar que se transformen en experiencias positivas con el tiempo. 

Es posible que, como ocurre tantas veces, mi dilema sea un falso dilema. Se trata, más bien, de saber entreverar la escritura con el tiempo. Algunos temas piden un golpe de calor y otros, un reposo prolongado que los haga coger cuerpo. 

No sé qué tal se lleva esto con la escritura de un blog. 
Habrá que comprobarlo...

lunes, 6 de febrero de 2017

Ya no seré una madre joven

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Acabo de cumplir los 35, y con ello, entro a formar parte oficialmente del grupo de las madres "mayores".

No ha sido ninguna sorpresa. Hace tiempo que sé que, por mucha prisa que se diera la Vida, ya no salían las cuentas. Hace tiempo también que me preparo para asumir los retos de esta maternidad, la única que todavía es posible para mí. Y pretendo asumirlos de manera positiva.

Pero me jode, para qué vamos a engañarnos.
Me jode, fundamentalmente, porque no estaba en mis planes.

Yo quería ser una madre joven. Me he criado con una madre joven rodeada de otras madres jóvenes, todas muy beligerantes con la causa. Todas muy orgullosas de su juventud y en perpetuo desprecio hacia las madres mayores. 

Que no podría seguir sus pasos era obvio. Ellas no fueron madres jóvenes por decisión propia. Ellas lo fueron por sus circunstancias: embarazos no deseados, carreras laborales inexistentes o truncadas, matrimonios tempranos, falta de estudios medios o superiores. A la edad en que mi madre me tuvo a mí, yo todavía estudiaba en la Universidad. Y entre mis planes más inmediatos no se encontraba, ni remotamente, formar una familia.

Pero todavía soñaba con la idea de tener un hijo antes de los treinta. Eso era lo que, en mi caso concreto, yo consideraba equivalente a "joven". Sin embargo, las circunstancias que me rodeaban cuando llegó el momento siguieron siendo adversas para la maternidad: a los estudios superiores, el desarrollo de una carrera profesional o los retos de la independencia económica, se unió el condicionante de ser lesbiana. Que podría no haberme condicionado en absoluto, pero me condicionó y retrasó mi proyecto de convertirme en madre.

Una vez superados todos estos retos, una vez recompuesta y lista, recién estrenados los treinta, para afrontar la aventura de formar una familia... llegó la infertilidad.

Y aquí estoy, mediando la década. 
Más allá de mis peores cálculos. 
Jodida pero contenta.

Y digo contenta porque, si algo me ha enseñado todo este proceso, es que soy buena enfrentando retos. No quiero decir que lo sea por naturaleza, sino que lo he acabado siendo por pura supervivencia. Y si he llegado hasta aquí con todo lo que he tenido en contra, puedo seguir. 

Hasta donde haga falta. 
Joven... o vieja ;)

viernes, 3 de febrero de 2017

Mi primer libro sobre adopción

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Me encanta leer; no solamente Literatura, sino también libros en los que pueda aprender sobre los temas que me interesan, que me inviten a reflexionar y a sentir de otra manera.

Con todo el tiempo que llevo dándole vueltas a la idea de la maternidad, mucho más del que llevo en reproducción asistida, podría haberme leído ya varias estanterías completas de libros que me enseñaran de todo. Sin embargo, hasta el momento no me he atrevido ni a comprar ni a coger prestado de la Biblioteca ninguno.

Cero. Nada.

Tenía miedo a invocar alguna especie de gafe, como por si leer libros sobre embarazo nunca me fuera a quedar embarazada, o si por leer libros sobre crianza nunca fuera a criar ningún hijo.

Muchas veces me he sentido idiota por ello. Son tantos los padres y madres que explican cómo nutrieron sus periodos de espera con libros que después les resultaron utilísimos, que en ocasiones me maldigo pensando que he desperdiciado un montón de años en angustiarme tontamente cuando podría haberme estado preparando para lo que estaba por venir.

Pero, ¿y si "lo que estaba por venir" no es nada? ¿Qué hago yo con mis estanterías llenas de aprendizajes que nunca llevaré a la práctica? ¿Acaso no se convertirán en estanterías llenas de dolor y frustración?

Estos han sido mis pensamientos durante muchos años. Sin embargo, poco a poco he ido cambiando la perspectiva. Tengo más que comprobado que el miedo a cualquier cosa es mucho peor que "cualquier cosa"; así que, si quiero emplear mi tiempo de espera en leer y después resulta que no lleva a nada... pues mira. Aprovecharé esos libros para hacer una catarsis que me ayude a superar el duelo: los venderé, los regalaré, los sortearé por Internet o los quemaré en una hoguera de san Juan. 

Soluciones hay muchas :)

Esto no quiere decir que me haya vuelto loca y haya llenado una habitación de libros sobre maternidad. Solo quiere decir que he abierto una tímida rendija a la posibilidad de ir haciendo algunas lecturas sin pensar que voy a invocar ningún gafe. Porque, sinceramente, los gafes ya están aquí sin que nadie los haya invocado, así que tampoco creo que la cosa vaya a empeorar demasiado porque yo me dé algún que otro caprichito.

Por eso, este año le pedí a mi Reina Maga preferida que me regalara un libro sobre adopción. Elegí la adopción porque es un tema relacionado con la maternidad que me anima, me ensancha el corazón y me abre la mente. Además, ahora mismo es el camino que me resulta más sencillo (¡paradójicamente!) y sobre el que todavía albergo unas esperanzas casi intactas. No me da miedo leer sobre adopción porque aún es una realidad por explorar, por vivir.

La obra escogida ha sido Mariposas en el corazón, un libro colectivo recientemente editado que recoge cinco experiencias de adopción contadas en primera persona. El envío estuvo lleno de contratiempos, pero al final llegó a casa uno de esos días en que realmente necesitaba una alegría para poder seguir adelante. Solo con echarle un vistazo ya se me formó un nudo en la garganta lleno de emoción, nervios y empatía. Así que, contraviniendo mi primer impulso, lo voy leyendo con calma, poco a poco. Prefiero disfrutar intensamente del viaje, aunque confieso que el primer paseo por sus páginas ya ha merecido la pena.

¡Prometo reseña! 

lunes, 30 de enero de 2017

Maternar

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Encontré por primera vez esta palabra en el blog de Amapola, a quien agradezco profundamente que me la haya descubierto :)

Reconozco que al principio no me gustaba. En mi mente se asociaba con "sustituir", con "conformarse". Hacer de madre con hijos que no eran tuyos para darte con un cantito en los dientes al no poder acceder por ti misma a la maternidad. Desahogar ese sentimiento amoroso, tristemente abocado a malgastarse, con niños que nunca serán tus hijos y que nunca te reconocerán como madre.

A pesar de que no me gustaba, no conseguía apartarla de mi mente. Revoloteaba junto a mis oídos y, a veces, se susurraba. La palabra "maternar" tenía algo que sí me gustaba, aunque tardé algún tiempo en descubrirlo.


viernes, 27 de enero de 2017

Histeroscopia diagnóstica

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Me ha costado más de un mes decidirme a escribir esta entrada, porque trata de una de las experiencias más traumáticas que he vivido hasta el momento. Durante muchos días se convirtió en un recuerdo digno de poblar mis peores pesadillas, y he necesitado que su viveza se fuera apagando poco a poco para poder hablar de ello de la manera más despersonalizada posible.

No fue por la histeroscopia: la histeroscopia fue bien. No me pareció una prueba en absoluto dolorosa, aunque sí un poco molesta. Según me había explicado el doctor que me atendió en la primera consulta, empleaban suero en vez de aire, por lo que solamente sentí ciertas molestias al final, mientras evacuaba el suero. En conjunto, puedo decir que fue una prueba más liviana que la histerosalpingografía.

De hecho, la histeroscopia, en sí misma, ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida. Pude seguir toda la exploración a través de una pantalla, y reconozco que ver mi útero por dentro me reconectó con mi cuerpo y con la belleza oculta de todo este proceso. 

Siempre me lo había imaginado de color rojo, tal y como aparece en las ilustraciones de cualquier libro, del mismo color que el endometrio cuando se desprende. Pero no. Era rosado. Un orbe rosado, suave, liso, surcado por multitud de capilares rojizos.

Me sentí acongojada de pensar que aquel había sido el lugar en el que habían vivido mis tres pequeños durante las breves semanas que duraron sus vidas. Porque me pareció un buen lugar para acogerlos, un lugar digno de haber logrado parirlos a término. De manera intuitiva comprendí que allí no había ningún problema, y lo único que lamenté fue que no hubieran dejado entrar a Alma para que también hubiera disfrutado de la experiencia.

Mientras realizaban la prueba, el médico corroboró mis intuiciones, asegurándome que no tenía ningún problema. Mi útero tenía un tamaño normal y un aspecto normal. Se veía todo lo que se tenía que ver y no se veía nada que no debiera haber estado en un útero sano. La verdad es que me sorprendió lo poco que duró la exploración. Por alguna razón me había imaginado que rastrearían mi útero palmo a palmo, pero simplemente llenaron, entraron, vieron, salieron y vaciaron.

Respiré aliviada, pero el bienestar me duró bien poco.
Apenas comenzaba a evacuar el suero cuando empezó la carnicería.


lunes, 23 de enero de 2017

Mis veinte semanas de no-embarazo

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Después de perder mi tercer embarazo, he pasado un duelo muy profundo. No puedo decir si ha sido peor o mejor que el de mi primer aborto, porque, aunque parezca extraño, las circunstancias son muy distintas. Solo sé que han sido tardes y tardes, semanas, meses enteros de tristeza, angustia, ganas de tirar todas las toallas, dolor, rabia y desesperación. 

Siendo como soy una persona que ha sufrido una depresión, también he pasado mucho miedo. Miedo de volver a caer, de tener que frenar nuevamente todos los proyectos de mi vida para curarme, miedo de verme otra vez convertida en un cuerpo sin alma a quien no le importaría no levantarse mañana. Mi experiencia, no obstante, me ha enseñado que la depresión también se supera; la cuestión, sencillamente, es que no me apetece. No me apetece tener que superar eso, otra vez, también. Sin embargo, sé que la tristeza que se prolonga demasiado deja de ser adaptativa, y por momentos procuré asumir que, por más que me jodiera, probablemente estaba pasando. Y que, si así era, tendría que aceptarlo.

Y de pronto, un buen día de diciembre, cerca ya del fin de año, ¡pop! La botella de mi dolor se descorchó. De buenas a primeras, toda la tristeza retenida, la rabia, la desesperación, las pocas ganas de seguir luchando... salieron disparadas como champán agitado, dejándome apenas unos posos amargos.

Creía que me había vuelto loca, que es la hipótesis que manejo últimamente sobre casi todo. La sensación fue tan brutal, tan repentina, que temí que no fuera sino la otra cara de la depresión, como la euforia lo es de la ansiedad. A pesar de que el cielo encapotado se había despejado de repente, no me atreví a disfrutar de los rayos del sol hasta que no me acordé del calendario.

El calendario. Casi sin atreverme a mirar, fui contando las semanas de mi no-embarazo. Y mis sospechas se vieron confirmadas. Tal y como me ocurrió la primera vez, se habían cumplido veinte semanas, el tiempo que, por alguna razón que se me escapa, necesita mi cuerpo para recuperar su equilibrio hormonal.

Entendí entonces que, además de haber estado inmersa en el duelo que naturalmente se pasa tras un aborto, también había estado expuesta a un terremoto hormonal. El terremoto que sufre mi cuerpo tras vivir la secuencia tratamiento-embarazo-aborto. Sé que esto no les pasa a todas las mujeres, pero algunas, quizá las más sensibles a los procesos hormonales, llegamos a vivir un pequeño puerperio.

La primera vez que leí sobre ello fue en el libro Las voces olvidadas. Me encantó reconocer en él muchas sensaciones que yo había interpretado como síntomas de alguna clase de enajenación mental transitoria. Porque no lo eran: eran los síntomas de mi cuerpo recuperándose de manera natural, de la misma manera en que lo habría hecho si hubiera llegado a sostener a mi bebé entre los brazos, pero muchas semanas, demasiados meses antes.

Ahora entiendo que he vuelto a pasar por lo mismo, reinterpreto mi malestar de los últimos meses, acepto el bienestar sobrevenido, las nuevas fuerzas y las nuevas ganas que tanto miedo me dieron al principio. Volvió a ocurrir, volví a caer y me he vuelto a levantar. Mi cuerpo y mi mente son fuertes y me van a seguir acompañando, aunque ni yo misma me lo crea, aunque no dé crédito ya después de tantísimas putadas.

Porque vamos a seguir dando la batalla :)

sábado, 14 de enero de 2017

Consulta en Inmunología Reproductiva

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Como sé que estas entradas suelen ser muy técnicas y hay quien no llegará a leer mis conclusiones si las escribo al final, empezaré por ellas: si después de tropecientos intentos, naturales o "asistidos", no acumulas más que negativos, bioquímicos o abortos sin causa aparente... VE A UNA CONSULTA DE INMUNOLOGÍA REPRODUCTIVA.

Ya está. No lo pienses más. No te pongas excusas, no albergues falsas esperanzas sobre el siguiente intento, no pienses que con cambiar de clínica/técnica/postura vas a lograrlo. No se trata de que tu ginecólogo sea un mal ginecólogo, de que tu clínica sea una mala clínica, de que tu médico de toda la vida sea un médico nefasto. Se trata de que los especialistas sirven para lo que sirven, y los inmunólogos reproductivos sirven. Y MUCHO.

Si solo lo dijera yo, se podría pensar que estoy bajo el influjo de niña-con-juguete-nuevo. Pero no solamente lo digo yo. Los foros de negativos de repetición, de bioquímicos de repetición, de abortos de repetición... están llenitos de mujeres que solo lo lograron cuando acudieron a estos especialistas como quien peregrina a Lourdes. Y en los foros no están todas las que son: seguramente hay muchísimos más casos con final feliz que no han dejado rastro en Internet.

Personalmente, estoy absolutamente convencida de que, si al final consigo llevar un embarazo adelante, será gracias a la Inmunología Reproductiva. Por eso, a cualquier mujer que se acerque a mí, real o virtualmente, con la duda de si acudir o no a este tipo de consultas, no podré hacer más que contestarle con una retahíla de adverbios: SÍ, CLARO, POR SUPUESTO.

Una vez que he dejado esto claro, ya podemos pasar a los detalles :)

lunes, 9 de enero de 2017

Buenos propósitos

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Empiezo el año llena de buenos propósitos, de pequeñas grandes ideas que hacen de mi día a día una experiencia plena, alejada del fluir monótono de los últimos meses.

Estas vacaciones han sido el revitalizante que necesitaba para volver a ser yo misma. Ese yo que es capaz de hacer cosas, que quiere (y puede) dirigir su vida más allá de la mera supervivencia.

No sabía hasta qué punto lo necesitaba. Parar, descansar, divertirme, viajar, pasar tiempo con las personas que quiero, asistir a los atardeceres sin angustia, desbrozar mis macetas, dormir largas siestas con mi gata, ver series, calentarme apenas bajo el sol del invierno.

Reconectar con la vida que, a pesar de todo, me rodea. 
Y desear, más que nunca, apropiarme de ella.

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