sábado, 22 de agosto de 2015

Control de reposo ovárico



Aunque la doctora nos había dicho que, si teníamos mucha prisa, podíamos seguir el protocolo corto para la segunda FIV, finalmente decidimos volver a intentarlo con el protocolo largo, y así tratar de optimizar la respuesta de mis ovarios.

Esta vez tomé la píldora durante 28 días, para cuadrar el tratamiento entre las vacaciones de la doctora y el comienzo de las clases, que para nosotras es un periodo de trabajo muy intenso. Y la verdad es que me sentó tan bien que no me habría importado seguirla tomando unos cuantos mesecitos (!).

Al principio no, claro. Al principio sufrí unos dolores de cabeza terribles, que es la forma que tiene mi cuerpo de quejarse cuando le meto hormonas que no le gustan. Pasé cuatro tardes paralizada por el dolor, que no me permite hacer más que cerrar los ojos y lamentarme; pero después ya no me volvió a ocurrir, y todas las molestias que tuve fueron dolores de cabeza muy leves y dolores de pecho muy graves, aunque conocidos y esperados :)

Una de las mejoras que noté enseguida es que no tuve manchados durante el tratamiento, lo cual me sorprendió gratamente. En la primera FIV, los tuve durante toda la segunda semana, y aunque el prospecto decía que era de lo más normal, a mí me mosqueaban bastante.

Otra reacción positiva ha sido el efecto que ha tenido la píldora sobre mi acné. En la primera FIV, me consolaba pensando que, al menos, la píldora mejoraría mi piel; pero ocurrió al revés. Ya me había pasado en los dos tratamientos que seguí para el SOP: normalmente, los síntomas dermatológicos se exacerbaban durante los primeros meses, para después ir remitiendo hasta normalizarse.

Sin embargo, esta vez solo noté el efecto rebote durante un par de semanas. Después, el acné fue mejorando hasta desaparecer casi completamente; algo que, en los tratamientos anteriores, me habría costado al menos seis meses. No puedo dejar de relacionar estos cambios con la metformina, cuyo uso durante más de un año ha logrado ya muchas mejoras evidentes en mi salud.

Tres días antes de dejar la píldora, empecé con la inhalación de nafarelina, una hormona que inhibe el funcionamiento del hipotálamo para evitar reacciones hormonales "independientes" durante el tratamiento (como la ovulación espontánea). En la primera FIV, mantuve una lucha titánica con el dichoso inhalador, aunque después conseguí hacerme con él. Esta vez, la experiencia me ha ayudado a utilizarlo correctamente desde el principio, aunque he tenido que lidiar con mocos y estornudos hasta el punto de tomar una dosis doble en alguna ocasión, porque no me fiaba de que la dosis no hubiera acabado en el suelo después de salir disparada de mi nariz. Los efectos secundarios han sido similares a la otra vez: sofocos muy intensos y una ligera caída del cabello (¡horror!).

Después de una regla irrisoria, llegamos al control de reposo ovárico. 
Y la doctora nos dijo que todo estaba bien.


En ese momento, sufrí una especie de derrumbe emocional. A duras penas logré aguantarme hasta que salimos de la clínica, pero nada más atravesar la puerta, me puse a llorar como una magdalena.

No sé por qué. La primera parte del tratamiento había salido muy bien, las noticias que nos habían dado eran buenas y podíamos continuar. Todo iba como esperábamos y yo estaba feliz.

Pero, de pronto, me asaltaron recuerdos muy vivos de mi primer embarazo, y también del aborto. No podía quitarme de la cabeza las imágenes de las ecografías, el latido de su corazón, la sacudida emocional que sentí cuando supe que saldría de mi cuerpo siete meses antes de lo que esperábamos. Fue como si todo lo que había vivido volviera a pasar ante mis ojos, como dicen que ocurre en el momento de la muerte. No podía dejar de llorar y de nombrar mi bebé.

Reconozco que esta reacción tan intensa me pilló desprevenida, porque hacía muchísimos meses que no recordaba el embarazo ni el aborto de esa manera. No es una herida abierta ni enterrada, es una herida a la que le dediqué tiempo y atención para que cicatrizara. Y, de pronto, volvía a abrirse con ímpetu, sacudiéndome por dentro como si acabara de pasar.

Ahora creo que esta explosión de emociones fue una especie de canto del cisne del dolor. Como si mi mente hubiera juntado todas las pequeñas tristezas que le quedaban dentro y las hubiera expulsado, limpiándose por dentro, preparándose para poder mirar al futuro con toda la esperanza y el optimismo que se merece. 

2 comentarios:

Mamá y Papá Jones dijo...

Ostras, aprendo mucho contigo, sobre todo palabros raros como nafarelina. Ni idea de su existencia, y yo tengo el hipotálamo y la hipófisis un poco de vacaciones, voy a investigar.

No descartes una causa hormonal en tu reacción. Me explico, si algo recuerdo de los años de tratmientos es que todo era muuuy intenso, lo bueno y lo malo. Sé que sabes de qué hablo.

Aunque también creo que efectivamente necesitabas expulsarlo al fin y me alegro de que ya esté fuera. Venga, pasito a pasito.

Remedios Morales dijo...

Gracias por tu comentario :)

Sí, la verdad es que, durante los tratamientos, las reacciones emocionales son una mezcla de todo... Hormonas incluidas, jeje.

Pero qué duro, ¿eh? No saber hasta dónde llega lo genuino y dónde comienza el cóctel hormonal... :S

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