sábado, 27 de septiembre de 2014

Mis zonas erróneas



Estamos condicionados a buscar justicia en esta vida; y cuando no lo conseguimos 
sentimos enfado, ansiedad o frustración. En realidad, sería igualmente productivo 
que buscáramos la fuente de la eterna juventud o algún otro mito por el estilo. 
La justicia no existe. Nunca ha existido y jamás existirá. 
Simplemente el mundo no ha sido organizado de esa manera.

Hace muchos años leí un libro titulado Tus zonas erróneas. Su autor es Wayne W. Dyer y es uno de los mejores libros de autoayuda (llamadlo psicología aplicada si os hace sentir mejor) que he leído.

Particularmente, me llamó la atención el capítulo denominado "La trampa de la injusticia". En el libro, el autor va explicando por qué diferentes núcleos de pensamiento son "erróneos" (es decir, nos hacen sufrir inútilmente), y en este trata sobre cómo una idea obsesiva de la justicia nos deja estancados en el dolor y nos impide avanzar.

Estos días me he acordado de ese capítulo. Hace un par de tardes tuve una de esas experiencias-ajá que me hizo comprender cómo seguía estancada en un pozo sin fondo de quejas acerca de la injusticia de mi situación, añadiendo una buena cantidad de sufrimiento innecesario a un proceso ya de por sí bastante doloroso.

La última versión de estos pensamientos me repite que es injusto que la búsqueda de nuestro bebé se esté complicando tanto. Yo he puesto toda la carne en el asador con este proyecto, como lo hice con muchos otros anteriores. Y casi todos se complicaron, así que no es justo que este se complique también. 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Los ciclos de inseminación artificial



El tiempo pasa, los tratamientos se suceden y yo me voy sintiendo preparada para revivirlos, cocinarlos y guardarlos en la alacena de las experiencias; es decir, para escribir sobre ellos.

Mis ciclos de inseminación artificial han terminado. 
Han sido cuatro, todos ellos con resultado negativo.

Empezamos en primavera y terminamos en verano. Los ciclos impares estuvieron llenos de ilusión y alegría, casi casi de certeza positiva. Los ciclos pares salieron melancólicos, suaves, como un lento deslizarse hacia el negativo.

Al principio optamos por el tratamiento más sencillo. Mis análisis SOP habían salido muy bien y no tenía las hormonas masculinas alteradas, así que la doctora nos propuso intentar un ciclo sin estimulación, para comprobar si mi cuerpo era capaz de ovular por sí mismo. Todo lo que teníamos para perder era tiempo: si mi cuerpo no ovulaba, tendríamos que dejar pasar un mes para intentar otro ciclo, esta vez estimulado. A mí me encantó la idea de comprobar por fin cuál era el alcance de este dichoso trastorno, además de evitar los pinchazos (dolorosos, caros y emocionalmente devastadores) que tanto temía.

Y mi cuerpo se portó: del elevado número de folículos inicial, solo quedó el dominante, como en cualquier ciclo sano, que creció sin problemas y, a juzgar por las diferentes pruebas, desarrolló un óvulo maduro que (inyección mediante, pues de esta sí que no te libras) llegó hasta la ovulación. Todo fue bien, excepto el negativo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Reencuentros



Los primeros días de curso están llenos de reencuentros.

Reencuentros con los compañeros, en esos agradables días de trabajo-solo-con-adultos, donde tenemos tiempo y espacio para ponernos al día sobre las vacaciones y los nuevos proyectos, para compartir ideas, actividades, trucos, alegrías y tristezas, aderezando las mañanas con desayunos bien acompañados que duran más de diez minutos. Esos días placenteros, con horarios sorpresa, que no volverán hasta junio.

Reencuentros con los alumnos del curso anterior, con los que vuelves a tener en clase, y se alegran y sonríen y dan palmas cuando te ven entrar por la puerta, y te desarman el plan que te habías montado sobre empezar las clases muy seria, y tienes que sonreír y alegrarte y admitir que tú también te alegras infinitamente de verles. Reencuentros también con aquellos que no verás este curso, y que te llaman desde la otra punta del patio o te acompañan por las escaleras, y te regalan una sonrisa para después cambiarla por una mueca que pretende ser de enfado, y te recriminan que este año los hayas "abandonado", sin atender a tus explicaciones de por qué no has podido elegir su clase.

Reencuentros con el centro que ya es tu centro, con lo que te gusta y lo que no, con lo que aprendiste el curso anterior y lo que dejaste para cuando tuvieras más confianza, más experiencia o más fuerzas. Reencuentros con lo que sembraste durante tantos meses y que por fin ha brotado, prometiendo, incluso, alguna flor.

Sin más adioses ni despedidas ni incertidumbres ni miedos de lo necesario.
Así ya se puede empezar un curso.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Lo que SÍ es el síndrome de ovarios poliquísticos



El síndrome de ovarios poliquísticos es un trastorno endocrino que afecta al metabolismo de la glucosa.

He tardado casi diez años en llegar a esta frase, y para mí ha significado una liberación inmensa.

Desde que me diagnosticaron, siempre había tenido la intuición de que mi problema no era meramente ginecológico, que su origen debía de estar en algún lugar distinto a mis ovarios. Como es lógico, aquella intuición quedó relegada a un plano íntimo durante años frente a los pavorosos desajustes de mi cuerpo, las ecografías inequívocas y el diagnóstico médico. Cuando le pregunté a mi ginecóloga de entonces cuál era el origen último de lo que me pasaba, ella me respondió en tono jocoso: "La causa del síndrome de ovarios poliquísticos es desconocida. Si yo la supiera, ya me habrían dado el premio Nobel". 

Me atreví a buscar otra interpretación de lo que me ocurría por primera vez hace unos años, después de que mi nuevo ginecólogo me diera la noticia de que ni tenía el síndrome ni nunca lo había tenido (!). Como mis reglas se habían estabilizado y no se veía nada especial en las ecografías, seguí investigando por el segundo síntoma que más me preocupaba: el acné.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Mi proyecto mandala


El maletín de colores y mi cuaderno nuevo.
Me encanta colorear. No pintar ni dibujar, sino colorear. Por este motivo, Alma me regaló, hace algunos años, un maletín de lápices de colores, acuarelas y pinturas de cera. Siempre había querido tener uno y se lo había hecho saber frente a más de un escaparate, así que me encantó que lo recordara y que tuviese el detalle de regalármelo.

Pensé entonces en utilizarlo para colorear mandalas. El interés por la filosofía budista me venía de mucho tiempo atrás, y me pareció una manera perfecta de conjugar dos de mis aficiones. Así que busqué plantillas de mandalas para colorear por Internet, me descargué unas cuantas y empecé a trabajar en una de ellas.

Desde el primer momento, las emociones se agolparon en mi garganta. Colorear, en sí mismo, me parece una actividad que recuerda a la meditación; si, además, se colorea un mandala, la experiencia resulta muy intensa. A pesar de todo ello, no pude terminarlo, como no fui capaz de completar ninguno de mis proyectos durante seis largos años.

Fue una época muy frustrante para mí. No sabía que sufría una depresión, solo sentía que algo en mí había cambiado. Tenía muy pocas ilusiones, y cuando una de ellas prendía lo suficiente, siempre se terminaba apagando antes de tiempo. Había soñado durante mucho tiempo con aquellos momentos que por fin me tocaba vivir: la independencia, mi primera casa, convivir con mi pareja... Había elaborado multitud de planes y, aunque la realidad sea siempre un filtro que separa aquellos que son viables de las meras ensoñaciones, para mí se había convertido en una apisonadora que me dejaba sin ninguno.

No entendía por qué me quedaba sin fuerzas para culminar actividades tan sencillas como rellenar un círculo de colores. Pero así era. El centro de mi primer mandala se quedó vacío y el maletín de colores se perdió en el fondo de un armario.

martes, 2 de septiembre de 2014

La cara de mi gato



La semana pasada nos tocó madrugar para hacerme un análisis (¡otro más!) y nuestros gatos, muy sensibles a los horarios, se quedaron desconcertados. Claro que el desconcierto fue mayor cuando regresamos apenas una hora después.

La cara de mi gato era un poema.

Entiendo que las personas que creen que los animales no tienen sentimientos, no podrán asumir que los expresen mediante gestos. Pero quienes convivimos con animales y procuramos superar nuestros prejuicios, sabemos no solo que sienten, sino que nos lo hacen saber a través de su expresión corporal. 

Estoy segura de que todos los gatos ponen caras. Pero es que el mío se lleva la palma.

Nada más darme cuenta de cómo nos miró según entramos por la puerta, supe que el flujo de su conciencia cuando nos vio salir había sido algo parecido a esto:

"Mmmiau... Vaya horarios que nos gastamos hoy. Quizá mis plegarias han sido finalmente escuchadas y se han acabado las vacaciones. ¡Por fin voy a librarme de estas dos petardas! Dedicaré la mañana a patear a Grano en el Culo sin que nadie me eche la bronca, me comeré todo el pienso para que muera de inanición, y después dormiré una siesta de cinco horas en el sofá sin que nadie venga a tocarme las orejas. Mmmiau... ¡Va a ser genial!".

Grano en el Culo, evidentemente, es nuestra gata.

Por eso, cuando vio que volvíamos mucho antes de que le hubiera dado tiempo siquiera a iniciar su maquiavélico plan, nos dedicó una mirada elocuente que, traducida a nuestro idioma, quería decir: "Pero... ¿¡qué c**o hacéis aquí!?". 

Su mañana, claro está, fue algo diferente a lo que había planeado. Aun así, tuvo tiempo para patear a la gata en un descuido, dedicarnos miradas de odio intenso hasta la hora de la siesta, y dormir a pierna suelta ocupando lo que él considera "su sofá".

Tranquilo, Pequeño Gordo, que la Providencia finalmente te ha escuchado y nuestras bienamadas vacaciones ya han quedado atrás.

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