domingo, 29 de mayo de 2016

Ganas, llamada y miedo


Cuando recibí el último negativo, supe que pasaría mucho tiempo hasta que volviera a intentarlo. Pero no sabía cuánto. ¿Tres meses? ¿Seis meses? ¿Un año...?

Lo cierto es que he pasado seis meses disfrutando de la vida sin reproducción asistida, y al séptimo han vuelto las ganas. Y lo han hecho de una manera rotunda que no me esperaba. De pronto, me he descubierto soñando despierta con tener una inyección rompe-folis en mi nevera. ¡Ay! ¡Qué ganas de volver a abrir la nevera y encontrarme otra vez con la caja blanca y verde...!

¿Es que alguien en su sano juicio puede desear volver a pincharse una dosis de hormonas que te revienta los ovarios a las 36 horas por novena vez? 

¡Sí! ¡Yo misma!

Estas ganas han hecho que empezara a ponerme nerviosa por recibir la llamada de la nueva clínica. Cuando nos explicaron el protocolo que seguían para la adopción de embriones, nos dijeron que tardarían entre cuatro y seis meses en llamarnos, y aunque aún no se ha cumplido el plazo, tanto Alma como yo estábamos empezando a volvernos locas con la idea de que no nos hubieran apuntado bien en la lista de espera (¡vaya! ¡qué paranoia más original!) y que la llamada nunca tuviera lugar.

Así que, el otro día, Alma se plantó frente a la mesa donde yo estaba trabajando y, con el teléfono en la mano, me dijo: "Voy a llamar". Y llamó. Y después de unos minutos horribles durante los que estuvo poniendo caras muy raras y yo creí que nuestras peores pesadillas se habían hecho realidad, colgó y me dijo que ya estaban llamando a quienes se habían apuntado en enero, así que a nosotras, que nos apuntamos en febrero, tardarían entre quince días y un mes en llamarnos.

¡Qué alegría nos llevamos...!

A los pocos días, sin embargo, me descubrí echando cuentas y decidiendo que, ahora mismo, me venía muy mal que me llamaran. Huy, no puedo dejar la píldora ahora, que tengo que hacer esto y lo otro. Huy, me viene fatal que hagamos el tratamiento no-sé-cuándo, porque me estropea las vacaciones. Huy, creo que deberíamos dejarlo para después del verano. Huy, sería terrible que coincidiera justo con el principio de curso...

¿Qué me pasaba? ¿Un día deseando ponerme la banderilla y temiendo no estar en la lista y, al día siguiente, inventando mil excusas y agobiándome porque nos llegara el turno?

Después de pensar en ello, me di cuenta de que estaba claro: tenía miedo. Me estaba giñando muchísimo al pensar que estábamos a las puertas de un nuevo tratamiento. Y que este tratamiento, esta técnica, tienen que ser los definitivos o no podré quedarme embarazada.

Entender que tenía miedo me ha dejado muy tranquila. Sé que va a ser un compañero en este viaje, así que no debo sorprenderme ni alarmarme por sentirlo. Tampoco debo evitarlo. Creo que la actitud correcta es reconocer que está ahí, entender por qué y relativizarlo al máximo. 

El miedo no es la realidad.
La realidad es que pronto recibiremos una llamada :) 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Nuestro expediente de adopción cumple un año

Tal día como hoy, hace justamente un año, Alma y yo entregamos el ofrecimiento para abrir un expediente de adopción nacional. Y hoy lo hemos celebrado como se merece: con bizcocho de chocolate casero y soplido de vela.


Durante este año han pasado muchas cosas. 

Recibimos la noticia de que se abría la lista de adopción nacional en Madrid con una gran alegría, pero también con bastante incredulidad. Después de haber descartado, muy dolorosamente, la posibilidad de formar nuestra familia a través de la adopción, no terminábamos de creernos que nuestra situación hubiera girado 180º. 

Pasamos varios meses convencidas, en secreto, de que los papeles no habrían llegado bien. No los entregamos directamente en el Instituto del Menor, sino a través de la ventanilla única de nuestro pueblo, así que nos temíamos lo peor. Sin embargo, las dos permanecimos calladas para no quitarle la ilusión a la otra, hasta que nos llegó la carta que confirmaba la apertura del expediente y, muertas de risa, supimos que habíamos estado compartiendo las mismas paranoias. Gracias a ese papel oficial, registrado y sellado, empezamos a creernos que, contra todo pronóstico, estábamos inmersas en esta aventura que es la adopción. 


sábado, 14 de mayo de 2016

Cambiar es bueno


Hace poco nos atrevimos con un nuevo cambio de clínica; pero no de reproducción asistida, no: de clínica veterinaria :)

Cuando recogimos a nuestro gato, hace ahora casi cinco años, decidimos llevarlo a una clínica que había cerca de casa. Lo hicimos así porque esta clínica nos permitía hacer dos cosas que para nosotras son muy importantes: ir andando y ahorrarle un poco de coche al medio ambiente, y fomentar el comercio de barrio en lugar de los insufribles centros comerciales.

La cosa pintaba bien, pero la clínica veterinaria no; así que, a lo largo de estos años, nos hemos ido desencantando. Hasta que hace aproximadamente un año y medio decidimos que no volveríamos a llevar allí a nuestros pequeños. 

En cada revisión se limitaban a ponerles las vacunas de turno y a echarnos la bronca porque estaban gordos (sobre todo el gato, que pesa más de ocho kilos). Cuando les pedíamos consejo, no nos lo daban, insistiendo en cosas absurdas como que, si tienes dos gatos, no se les puede poner a régimen. Para nuestras preocupaciones (como la caspa del gato y el estado cada vez más hediondo de sus bocas) nunca nos daban respuesta, y por eso acabamos hartándonos.

Sin embargo, nos costó decidirnos por otra clínica. El cambio siempre da miedo: no sabes por dónde empezar, no sabes si acabarás en un sitio peor, la pereza de comparar te empuja a no mirar nada... Al final nos tuvimos que lanzar a la piscina con una clínica cualquiera que, sin embargo, nos daba cierta confianza. 

El cambio ha sido brutal. De hecho, seguramente hemos pasado de la clínica más cutre de los alrededores a la más puntera, pero la salud de nuestros pequeños bien lo vale.

lunes, 9 de mayo de 2016

Un sueño


Hace unos días tuve un sueño muy revelador.

Soñé que Alma y yo íbamos a comer con unas amigas a un restaurante. Yo estaba muy contenta porque el restaurante (que no existe) era precioso, muy acogedor, y se podía ir andando desde casa. Me parecía todo un lujo y me sentía muy afortunada. Para nuestras amigas, sin embargo, no era nada del otro mundo.

Cuando nos sentamos a la mesa, descubrimos que los anteriores comensales se habían dejado un par de platos de tapas. Algunas estaban mordisqueadas, pero la mayoría tenía una pinta estupenda. Así que Alma y yo nos pusimos a comérnoslas. Estaban buenísimas y nos pareció que habíamos tenido una suerte inmensa al poder comérnoslas sin que nos costara dinero. Mientras tanto, nuestras amigas no hacían más que quejarse porque tardaban mucho tiempo en servirnos y les horrorizaba que nos estuviésemos comiendo la comida de otros.

Desperté de este sueño bastante impactada. Cuando se lo conté a Alma, ella reaccionó igual que lo había hecho en el sueño: le pareció genial que nos hubiésemos dado un banquete a costa de otras personas. ¿Por qué íbamos a dejar de comernos esas tapas con la buena pinta que tenían?

Yo, sin embargo, sentía una contradicción. La parte de mí que vivía el sueño se sentía asombrada, encantada, muy afortunada. La parte de mí que lo observaba desde fuera mientras soñaba, se sentía horrorizada y muy apenada. Durante el sueño, no dejaba de atormentarme con la idea de que siempre nos tocaba conformarnos con lo peor. De que siempre teníamos que comernos las "sobras".

Como el sueño me impactó tanto, pensé mucho tiempo sobre él. Y me di cuenta de que realmente esas dos actitudes contradictorias son las que tengo hacia nuestro proyecto de familia. La parte de mí que lo vive día a día está encantada y se siente muy afortunada. Esa parte todavía no se cree que podamos llegar a adoptar algún día, y se desmaya de felicidad al pensar que, tal vez ahora, pueda quedarme embarazada gracias a un embrión que no lleve nuestros genes.

La parte de mí que lo vive todo desde fuera, esa parte que observa y juzga, se siente horrorizada por momentos. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Constantemente se hace las mismas preguntas, se ahoga en autocompasión y rabia, y desearía liarse a patadas con la Vida, el Destino... y con los Otros.

Y aún hay otra parte, otro coro de voces en mi cabeza, que en el sueño estaba representado por nuestras amigas. Esas amigas, todas madres en la realidad, que en mi inconsciente se erigían en portavoces de lo que debe ser y nosotras no podemos conseguir. Nada era suficiente para ellas, no compartían ninguno de nuestros motivos para sentirnos afortunadas y su actitud era de queja constante. Esas voces también viven en mi interior, también me atormentan con sus críticas y me generan inseguridad y malestar.

Ojalá pronto Alma y yo podamos volver a visitar ese restaurante de mi inconsciente, nos pongamos las botas con un montón de comida buenísima y no tengamos que escuchar ningún coro de voces que nos perturbe.

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