sábado, 31 de mayo de 2014

¿Qué será de ellos cuando ya no estemos?



Esta semana he conocido de primera mano una de esas historias profundamente tristes que te conducen irremediablemente a la reflexión.

Es la historia de dos perros que vivían en un pequeño pueblo de Levante. Sus amos, dos personas mayores, fallecieron. Los perros se quedaron a cargo de una hija que no vivía en el pueblo y no podía ocuparse de ellos. La hija delegó su cuidado en una vecina que delegó su cuidado en la divina providencia, pues los perros se encontraron solos (tan solos como solo se sienten los perros cuyos dueños ya no viven en este mundo), asustados y desesperados ante la embestida del hambre y la sed inevitables. Al final no pudieron permanecer en la que era su casa: se vieron obligados a salir para alimentarse, furiosos como estaban, amedrentando a los vecinos con sus gruñidos. 

Alma y yo fuimos unas de esas vecinas amedrentadas, pero cuando conocimos su historia, no pudimos más que sentir una profunda compasión. Nuestra anfitriona se había puesto en contacto con una protectora de animales, temerosa del futuro de los perros si se decidía a llamar a la perrera. Mientras tanto, se debatía entre el deber moral de alimentar a los animales y la impotencia de hacer frente a un problema que no había generado y del que no quería sentirse responsable.

Nunca sabré el final de esta historia, pero conocerla me ha llevado a reflexionar sobre el destino de nuestros animales cuando nosotros ya no estamos para cuidarlos. Seguramente, los perros de aquel pueblo vivían felices con sus dueños ancianos: tendrían sus costumbres, sus privilegios, sus horarios... Ahora son un estorbo (pues de otro modo no se entiende el abandono) para unas personas que no decidieron tenerlos ni quieren hacerse cargo del mínimo cuidado que representa alimentarlos (no digamos ya de darles cariño o procurarles la seguridad que necesita un animal doméstico).

Evidentemente, esta historia me ha llevado a preguntarme qué sería de nuestros gatos si nosotras ya no estuviésemos para cuidarlos. ¿Alguien querría llevárselos a su casa? ¿Los adoptarían juntos? ¿Les tratarían con el cariño con que nosotras les tratamos? ¿Jugarían con ellos? ¿Podrían dormir en una cama...? De manera ideal, una espera que sus animales sean cuidados por alguien que los conozca, que supiera de ellos previamente y que los tratara como si fueran de la familia. Sin embargo, a juzgar por este ejemplo, tal vez sea mejor darlos en adopción para que sean acogidos por alguien que realmente elija tenerlos, a pesar de los peligros que representa para un animal adulto acabar en una protectora.

Se trata de un dilema al que no querría tener que enfrentarme, pero que seguramente sea necesario plantearse por el bien de nuestros animales.

lunes, 19 de mayo de 2014

Elegir clínica de reproducción asistida



Uno de los primeros pasos que debe dar una pareja de mujeres cuando decide embarcarse en la aventura de la maternidad biológica es el de elegir clínica. 

Alma y yo comenzamos nuestra búsqueda en Internet, visitando las páginas web de las clínicas de Madrid. También leímos algún artículo sobre qué criterios utilizar para elegir, aunque apenas le hicimos caso a la hora de tomar la decisión, pues empleamos nuestros propios criterios.

sábado, 17 de mayo de 2014

Deshacerse del caos



Hace unas semanas descubrí un programa de la tele donde ayudaban a familias que tenían un caos enorme en su casa (montones de tonterías por todas partes, ropa tirada sobre cualquier superficie, sin espacio para pasar ni sentarse...) a deshacerse de la mayoría de sus cosas y poder retomar las riendas de su vida.

He de reconocer que este programa me ha dejado profundamente impactada. No porque en mi casa ocurra nada parecido (pequeños desastres sí que hay, tampoco voy a negarlo), sino por los motivos que conducen a la gente a perder el control sobre las cosas de esa manera. Porque en sus motivos sí que me he visto reflejada.

sábado, 3 de mayo de 2014

¡Nos casamos!



Después de muchos (¡muchísimos!) meses arreglando papeles, por fin tenemos fecha para casarnos.

Comenzamos el papeleo en verano. Nos presentamos muy contentas en el ayuntamiento de nuestro pueblo y, prácticamente, les anunciamos la boda. A los funcionarios les pareció una noticia estupenda, y entendieron que ya teníamos resuelto el expediente judicial. ¿Expediente? ¿Qué expediente? Aquel día aprendimos que, antes de poder casarse, un juez debe examinar los datos de los contrayentes para darles permiso. Era la primera noticia que teníamos sobre el tema, nosotras y la mayoría de la gente que conocemos (incluidos los casados por la Iglesia).

Así que, con las mismas, nos fuimos al juzgado. Allí nos dijeron que en verano no daban cita para estos eventos, por lo que deberíamos volver en septiembre. Volvimos en septiembre y, antes de explicarnos el proceso, tuvo lugar una de esas anécdotas bochornosas que quedarán para los anales de nuestra historia:

— Así que os queréis casar —dijo la funcionaria—. ¿La dos?
— Sí —respondimos nosotras, un tanto extrañadas—... ¡la una con la otra!

Quizá fueron los nervios del momento, pero nos pareció un equívoco graciosísimo y nos pusimos a reír a carcajadas. A la funcionaria no pareció hacerle ninguna gracia, ya que no se dignó siquiera a sonreírnos y nos explicó el procedimiento en un tono muy serio. Pensándolo después, esta actitud me pareció profundamente irrespetuosa. ¿Qué se pensaba que éramos? ¿Dos amigas muy amigas que pretendían casarse el mismo día? Por si esto fuera poco, la cita que nos dieron para iniciar el expediente (¡solo para iniciarlo!) iba a tener lugar unos cuantos meses después... ¡En febrero! 

jueves, 1 de mayo de 2014

Plenitud



Despertarme temprano y descubrir que ya no tengo más sueño, mientras el mundo permanece dormido.

Sentir el bullir de las ideas tras la frente. Empezar a componer con el auxilio de la memoria. Dejar que las palabras tomen forma antes de levantarme de un salto para encender el ordenador.

Calentar el agua en un cazo, elegir un té denso, fuerte, hervirlo hasta que su aroma sea capaz de formar una ligera nubecilla sobre la taza.

Subir la persiana despacio, silenciosa. Mirar al cielo y darle los buenos días a la mañana.

Comenzar a teclear, rápido, despacio, buscando el ritmo, mientras aquel líquido caliente, dulce y amargo, desciende por mi garganta.

Saber que este es el lugar donde quiero estar, que este es el momento que quiero vivir.

Sentir la plenitud de que mi vida es tal y como debe ser.

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