lunes, 29 de diciembre de 2014

Imaginar



Antes de empezar nuestros tratamientos, Alma y yo tuvimos que pasar una consulta obligatoria con la psicóloga de la clínica. La verdad es que no entendíamos la necesidad de esta consulta, pues creíamos tener las cosas bastante claras. Aun así, supusimos que en ella nos daría algunas claves para afrontar el proceso y, sobre todo, que nos explicaría cómo tratar el tema con nuestro futuro hijo. Y como nos parecían temas interesantes, afrontamos la visita con la mejor voluntad.

La decepción fue completa. No era la primera vez que íbamos a una consulta psicológica: las dos hemos estado en terapia individual y también de pareja. Sin embargo, la conexión personal con esta señora fue nula. Y no solo no tratamos los temas esperados, sino que fue un timo en el sentido literal de la palabra: pagamos el precio de una hora, pero nos atendió media hora escasa, durante la cual se dedicó a mirarnos fijamente a los ojos y a preguntarnos muy despacio de qué queríamos hablar.

No obstante, para intentar aprovechar siquiera el desembolso económico, yo me quedé con una técnica que estuvo explicándonos detalladamente durante un cuarto de hora: la visualización positiva. Que básicamente se resume en imaginar tu vida con tu pareja y tus hijos para así focalizar la mente hacia el éxito. Algo que nos invitaba a hacer cada mañana y cada noche hasta conseguir "nuestro objetivo".

Para que luego nos adviertan sobre los peligros de obsesionarse con el tema.

El caso es que yo lo intentaba (de vez en cuando, claro), pero no me salía. Todo lo que llegaba a imaginar era el día en que me anunciasen el positivo: cómo lloraría profundamente emocionada, cómo llamaría a tal y a cual y cómo volvería a llorar, cómo me sentiría la persona más afortunada del mundo, etc. (luego ni siquiera fue así, por cierto). Reconozco que no poder imaginarlo me preocupó durante un tiempo. ¿Acaso no estaba preparada para conseguirlo? ¿Es que "nuestro objetivo" se encontraba demasiado lejos?

De un tiempo a esta parte, sin embargo, siento como si mi mente se hubiera abierto, y ahora puedo imaginar lo que aquella señora nos sugería. Y más que imaginar, siento la presencia de esa vida que todavía no existe. 

Imagino que nuestro bebé duerme en una minicuna junto a la cama, y casi noto su respiración cuando alargo mi brazo. Percibo el olor y el tacto de su ropa, aunque no tengamos ninguna prenda, e incluso me he despertado de madrugada sintiendo que mi hijo me llamaba, cuando no era más que el gato soltando un maullido repentino. Veo su sillita en el coche, aunque no esté ni nunca hayamos tenido una, y nos imagino a Alma y a mí llegando a cualquier lado con un bebé en brazos o con un niño de la mano. 

De pronto, no tengo ninguna duda de que esa vida está ahí, a nuestro alcance.

La certeza es a veces tan intensa que me hace preguntarme si será que ya estoy preparada para lograrlo, si "nuestro objetivo" se encuentra cerca... o si me estoy volviendo loca por el camino.

lunes, 22 de diciembre de 2014

La pesadilla de cada navidad



La Navidad es para mí, sin duda alguna, la peor época del año. Me da pavor. Desde que empiezo a notar las aglomeraciones de gente comprando, las primeras luces, los anuncios de juguetes y colonias... mi cuerpo comienza a ponerse alerta y solo quiero salir corriendo, enterrarme en una cueva y despertar bien pasado el año nuevo.

En mi familia, la Navidad ha sido siempre una época de conflictos. Era el momento preferido de mi abuela para recordarnos a todos lo infeliz que se sentía y darnos la noticia de que no pensaba invitar a nadie a su casa. Recuerdo esperar su fatídica llamada durante la mañana de Nochebuena (avisar con tiempo es cargarse el dramatismo), con un nudo en el estómago y el miedo de no poder representar aquella noche las reuniones familiares repletas de sonrisas y abrazos que veía por la tele.

Nunca sabía cómo íbamos a pasar las Navidades. Los problemas que se habían conseguido mantener soterrados el resto del año, estallaban en estas fechas como fuegos artificiales. Durante algunos años, mis padres decidieron cambiar de planes y visitar a la familia más alejada, esa con la que no convives el resto del tiempo y con la que los roces son más suaves. Pasábamos así dos o tres Navidades tranquilas, pero al cabo de los años, estos planes también se agotaban. 

Tras la infancia y la adolescencia, superados los problemas con el resto de la familia a base de aislamiento, llegó lo que jamás esperé que ocurriera: estalló la guerra en mi propia casa. Mi hermano decidió pasarse las cenas encerrado en su habitación y yo tuve que aguantar la cara de mis padres sabiendo que me consideraban una idiota enajenada que creía haberse convertido en lesbiana. Por si esto fuera poco, mi madre decidió retomar el papel de mujer vapuleada por la vida que tan bien había representado mi abuela anteriormente, y pasearse por la casa haciéndonos saber a todos lo triste que se sentía, como si solo ella en el universo albergara un corazón el pecho.

Cuando mi psicóloga me reveló que yo era una persona muy familiar, entendí el profundo malestar que me provocaban las Navidades, pues en esta época del año es cuando se muestra con mayor intensidad que mi familia no se parece a lo que en los diferentes momentos de mi vida habría deseado. También comprendí entonces por qué, a pesar de renegar de estas festividades, desde que empecé a vivir en mi propia casa me he esforzado por mantener algo de ilusión en estas fechas, cocinando, decorando, invitando, regalando y tratando de volver a prender la hoguera de calor familiar que tantas veces me ha faltado.

Ni siquiera en esta Navidad de AUSENCIA con mayúsculas pienso dejar de intentarlo.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Tres meses



Hoy habrías cumplido tres meses.

Era fácil recordar la fecha, porque coincidía con el inicio de las vacaciones.

No sabes cuántas veces pensé en este día. Lo imaginaba desde lejos y soñaba con que ya habríamos superado las semanas de mayor peligro. Sentía que entonces habría obtenido el permiso (¿de qué? ¿de quién?) para disfrutar plenamente del embarazo. 

Me preguntaba si tendría ya tripita. La gente me decía que sí, que como estoy delgada se me notaría enseguida; pero a mí me parecía imposible. No, todavía no serías evidente, aún podría guardarte solo para mí muchos días.

Imaginaba que ya tendríamos tu ecografía de las doce semanas, esa donde ya se distinguirían tu cabecita de bebé humano, tus brazos, tus piernas. La pondríamos enmarcada en el salón, como si se tratase de una fotografía. Y a la vuelta de las vacaciones, la llevaría al instituto para hablarles de ti a mis compañeros, y les diría: "Mirad lo que me han traído los Reyes Magos".

Pero no.
Hoy no puedo celebrar que hayamos cumplido tres meses. 

Celebro, sin embargo, tu recuerdo. La alegría que trajiste, la esperanza. Sé que, en algún rincón de mi cuerpo, un trocito de ti se ha fundido conmigo, y se quedará ahí para siempre, hasta que me muera contigo.

domingo, 14 de diciembre de 2014

¿Por qué no hablar?



Últimamente pienso mucho en ese consejo tan extendido de no hablar de un embarazo hasta que no se supere el primer trimestre. De pronto, me recuerda a las advertencias que recibíamos cuando éramos pequeños sobre hablar con desconocidos. No hay que hablar con desconocidos. Pero nadie nos explicaba por qué, cuál era el peligro. Nadie nos permitía decidir si queríamos evitarlo eligiendo nuestro propio camino.

La sociedad, a veces, nos defiende del dolor sin pedirnos permiso. O tal vez ni siquiera nos defienda. Tal vez se defienda a sí misma. No hables del embarazo antes de tiempo, no vaya a ser que tu bebé se muera y todos tengamos que ponernos tristes. Mejor hagamos como si no existiera. Mejor finge para nosotros que no existe. Así, cuando se vaya, no lo sentiremos, como tampoco tú deberías sentirlo.

Hace tiempo, mucho antes de todo esto, hablé con una amiga del tema. Pensábamos lo mismo. Hay que hablar del embarazo a quien hablarías de la pérdida. A quien se enteraría. A quien haría preguntas. No se trata de confianza, se trata del precio de ocultar algo que, sin duda, está ocurriendo.

Ocultar un embarazo es sencillo pero, ¿ocultar un aborto? Los inexcusables días de baja, el dolor, la palidez, la pérdida de peso, las lágrimas. ¿Qué dirás? ¿Cuál será tu excusa? ¿Te rompiste un pie? ¿Te operaron del estómago? Y cada vez que lo digas, ¿cómo te sentirás? ¿Se te clavará en el alma la existencia de tu bebé? ¿Sentirás que lo estás traicionando? ¿O te convencerás a ti misma de que no existió, de que no fue nada?

Entiendo el fondo del consejo. Quiere evitarte que tengas que repetir, una y otra vez, la mala noticia. Pero, ¿acaso hay alternativa? Tal vez, con tu tía del pueblo, a la que no ves más de una vez al año, por mucho que la quieras. Pero no con ese compañero de trabajo con el que apenas hablas, que ha tenido que cubrirte varias horas de guardia y que te pregunta por cortesía. Me torcí un tobillo. Vaya, qué mala suerte.

Creo que, en el fondo, el consejo es perverso. Ocúltalo y sufre en silencio. Vivimos muy bien olvidados de la muerte. No, no nos la recuerdes. No queremos asumirla, ni siquiera contigo. Los bebés son alegría y nunca se mueren. Si no ha nacido, no ha existido. A saber qué has hecho. ¿Un aborto? Eso es delito. 

¿Acaso no es más natural, más sencillo, decir que estás embarazada y después decir que lo has perdido? Se murió, estoy triste, estos días no estoy para nada. Tranquila, entendemos tu dolor, la muerte siempre es una putada, tómate un descanso, pide un abrazo si lo necesitas.

Debemos madurar como individuos y como sociedad. Asumir la alegría y la tristeza, la bendición y la pérdida. Dejar de ocultarnos lo feo para celebrar aún más lo bello. Perder el miedo, liberarnos, ser más compasivos, más humanos. 

Las desgracias siguen existiendo aunque no se hable de ellas.

martes, 9 de diciembre de 2014

El tiempo relativizado


Miscellaneous Sand Clock Wallpaper

Ha pasado un año desde nuestra primera visita a la clínica de reproducción asistida.

Por aquel entonces, me dedicaba frenéticamente a hacer cálculos. Calculaba las fechas en que me tenía que venir la regla, calculaba cuánto tardaría cada prueba, calculaba cuándo estaría embarazada. 

Dos o tres meses, calculaba yo.
Solo las pruebas de diagnóstico me llevaron cuatro. 

Si hace un año hubiera sabido dónde me encontraría ahora, estoy segura de que no lo habría soportado. Hacía ya tiempo que sentía que había llegado mi momento, pero diferentes circunstancias externas me obligaron a postergarlo. Por eso llegué hace un año con la lengua fuera, harta de superar obstáculos, deseosa de recibir el premio que creía haberme ganado.

Desde entonces hasta ahora, sin embargo, el tiempo se ha ido relativizando. Se me fue apagando el ansia, la impaciencia, los cálculos. Antes creía que el paso del tiempo era insoportable, hoy sé que no todo lo que trae el tiempo es malo.

La inocencia se viste de entrega. Las dudas alumbran posibilidades. La incertidumbre se reduce, el valor aumenta. Por supuesto que preferiría sostener a nuestro bebé entre los brazos, pero ahora entiendo que el dolor se alivia un poco cuando, al menos, el paso del tiempo conseguimos relativizarlo.

martes, 2 de diciembre de 2014

El dolor necesario



Tras la pérdida, el duelo.

Para mí es como encontrarse atrapada dentro de un espeso banco de niebla. Has perdido el rumbo, no sabes hacia dónde diriges tus pasos y temes estar caminando en círculos. 

Pero hay que avanzar, no debes quedarte parada. Hay que avanzar, enfrentarte a la niebla, porque solo así conseguirás llegar al otro lado.

Resulta tentador quedarse sentada, esperando a que la niebla se disipe. Sin enfrentarse a las lágrimas, al miedo, al dolor. 

Es una mala elección. La niebla se cobija entre tus huesos, se apodera de tu alma, y aunque parezca que ha salido el sol, ella sigue dentro de ti.

Lo sé porque me ha pasado. Mi depresión fue el resultado de un duelo mal vivido. De no querer enfrentarme con la pérdida, de mirar hacia otro lado cuando debía estar atravesando el páramo del dolor.

No importa. Una puede retrasarlo cuanto quiera. La niebla resiste durante años. Y, al final, tienes que pasarlo, llorarlo, caminar con miedo, no ver nada, temer el vacío... y llegar al otro lado. 

Donde brilla un sol real, que calienta tus huesos y te devuelve la vida.

Hoy avanzo con miedo, confundida, con los brazos extendidos y las manos frente a mis ojos, temerosa de mis propios pasos. 

Pero no me voy a quedar parada.

Porque sé que existe el otro lado.
Porque quiero alcanzarlo.