viernes, 19 de agosto de 2016

Ya estamos juntos


Ha pasado un mes desde que supe de su existencia, y ahora, por fin, ya estamos juntos.

Los días previos a la transferencia fueron un infierno. Apenas tuve conciencia de haberme pinchado la inyección rompefolis, porque según salimos de la última ecografía de control, fuimos a una farmacia corriendo, la compramos, llegamos a casa, me la puse y nos fuimos a cenar por ahí. Ni siquiera pasó por la nevera. Y todo eso fue bueno, pero al día siguiente (nada de 36 horas) empecé a sentir unas náuseas y un dolor de ovarios terribles. Un día después, el primer comprimido de progesterona me remató.

Fue como si el tiempo se doblara sobre sí mismo y todos mis tratamientos coincidieran. Sentía el peso de ocho intentos sobre mis hombros y me parecía que no podría resistir ni uno más. Por momentos, incluso, fantaseé con la idea de abandonar, de salir corriendo hacia otra vida donde no existieran tratamientos de fertilidad para mí.

Según se acercaba el día de la transferencia, empecé a ponerme nerviosa. Comprendí que no era una pesadilla, sino una realidad. Algo que, de hecho, estaba ocurriendo y que estaba llegando, me gustase o no, a uno de sus momentos culminantes. Pensar que me iban a transferir dos embriones, por otra parte, también hacía que me temblaran las piernas. Aunque tenemos claro que preferimos dos a ninguno, una cosa es pensarlo y otra es disponerse a ello.

Todas las dudas, los miedos, el dolor acumulado, incluso los nervios, se me pasaron en cuanto vi a nuestros dos pequeños en la pantalla del ordenador. Definitivamente, los medios de esta clínica son infinitamente mejores que los de la anterior, y pudimos ver a los embriones con todo detalle. El embriólogo nos estuvo explicando sus características, lo bien que habían desvitrificado (manteniendo las mismas calidades), cómo les habían hecho el hatching (que se veía perfectamente en la pantalla) y cómo seguían evolucionando.

Me parecieron tan hermosos, tan perfectos incluso en sus imperfecciones, tan vivos. Recordar esa imagen me llena de esperanza, de ilusión, de alegría. Siento el privilegio de albergarlos en mi interior y me resisto a pensar en la amargura de una despedida.

La transferencia fue muy rápida. Pedí que utilizaran el espéculo pequeño y solo me dolió un momento. No hubo ninguna batalla, ninguna prospección en mi interior, lo que me alivió muchísimo porque me había acostumbrado a nuestra antigua doctora y temía el regreso de una doble de mi matrona samurái. Pero no fue así. La cánula pasó como un suspiro y pudimos ver un pequeño relámpago en la pantalla del ecógrafo cuando depositaron a mi cuerpo a nuestras dos ilusiones (algo que tampoco habíamos visto en ninguna de las cuatro transferencias anteriores, así que nos encantó).

Ahora me encuentro en esa primera parte de la betaespera donde todo es posible. En esos momentos en los que la progesterona estraga mi cuerpo y me llena de esperanza. Nada está perdido aún, todo se puede lograr. Sé que, con el paso de los días y los avances de mis síntomas, me sentiré de otra manera. Empezará a devorarme la incertidumbre y me temeré lo peor...

O no :)

2 comentarios:

  1. Aaay, mucho ánimo con la espera y mucha suerte, ojalá nos des una buena noticia pronto, os lo merecéis!

    ResponderEliminar

¡Muchas GRACIAS por vuestros comentarios!