martes, 14 de octubre de 2014

La vida de los animales



Como vegetariana y defensora de los animales, soy especialmente sensible a ciertos comentarios del tipo: "La gente tiene mascotas porque no quiere tener hijos", "Cómo pueden preocuparse de cerdos y vacas cuando hay tanta hambre en el mundo", "Les importa más la vida de un perro que la vida de una persona".

Entre otras cosas, me parece que este es un pensamiento basado en la versión más casposa de la lucha entre las especies, donde el mundo es una pequeña tarta de cumpleaños y sus habitantes somos niños grandes que debemos abofetearnos y meternos los dedos en los ojos para conseguir un pequeño lametón de nata.

Yo no puedo compartirla. Estoy convencida de que la existencia es un hermoso cuerno de la abundancia donde todos podemos conseguir lo necesario para colmar nuestras necesidades, básicas y no tan básicas. En el mundo hay suficiente alimento para que todos podamos crecer vigorosamente y relamernos de gusto, suficiente espacio para correr, jugar, dar vueltas y henchirnos los pulmones de aire limpio, suficiente agua para beber, bañarse, nadar y salpicar a otros, suficiente alegría para que todos riamos, suficientes amigos para que todos tengamos, tantas cosas por hacer que nadie, ni uno solo, estamos de sobra.

La única condición para disfrutar de esta abundancia es coger solo lo que te corresponde y ser solidario. Una condición que, evidentemente, no se está cumpliendo. Y así nos luce el pelo, a humanos y no humanos.

No creo que las personas que defendemos la vida y el bienestar de los animales lo hagamos a costa de la vida y el bienestar de las personas. No existe tal "costa". Hay para todos.

Mi experiencia me indica, de hecho, que las personas que defienden a los animales son personas también profundamente solidarias con los seres humanos. Y al contrario: no concibo la idea de que alguien que se conmueve ante la mirada de dolor de un semejante no sea capaz de sentir una punzada de empatía cuando esa mirada es irradiada por los ojos de otra especie.

  
Es lo mismo que he percibido en el caso tan triste del perro al que han "sacrificado", cual cordero en el Antiguo Testamento, a causa de la crisis del ébola. Fue su propio dueño, aislado en una habitación del hospital, con su mujer debatiéndose entre la vida y la muerte, quien encontró un hueco en su corazón para pedir ayuda. Las personas que respondieron a su llamada, atrincherándose en su portal, son las mismas personas que acuden a la llamada de auxilio de quienes van a ser desahuciados y que tratan de evitar con sus cuerpos que la policía les saque de su casa. Las miles de firmas conseguidas en apenas 24 horas se consiguen con igual celeridad para frenar un desastre medioambiental o lograr que un niño sin seguro médico sea operado. Los científicos que pidieron que se mantuviera al perro con vida lo hacían también con la esperanza de entender cómo funciona la enfermedad en especies que no la sufren, y revertir este conocimiento en aliviar el sufrimiento y la muerte humana. Las protectoras de animales que se ofrecieron voluntarias para hacerse cargo del perro mientras le hacían las pruebas se alimentan de la misma solidaridad que llevó a la enfermera dueña del perro a entrar en la habitación de un enfermo terminal para cuidarlo, aun a riesgo de su propia vida.

Pero también ocurre en el otro lado. Quienes consideran que no hay recursos para salvar la vida de un perro son los mismos que creen que tampoco los tenemos para permitir que los inmigrantes vayan al médico, o que las mujeres embarazadas conserven su trabajo, o que las personas discapacitadas puedan acceder a las ayudas que mejoren su autonomía, o que los alumnos más lentos obtengan una compensación educativa que les permita ponerse al nivel de sus compañeros, o que los ancianos tengan donde acudir para hacer amigos o gimnasia.

Hay quien se plantea constantemente cómo puede compartir su porción de tarta, y también quien nunca tiene suficiente y se afana en meterle el dedo en el ojo al de al lado.

Pero incluso en el caso más radical de la defensa del medio ambiente y de los animales, que es el de aquellos ecologistas que abogan por la extinción paulatina del ser humano como única salida para el resto de los seres vivos... ¿qué daño se hace? Si alguien decide no tener hijos para salvar el planeta, ¿acaso mata a tres niños en África? Si se empeña en destinar todos sus recursos para proteger un bosque, ¿no revierte finalmente en el beneficio humano, a pesar de que ni siquiera fuera esa su intención?

Defender la vida y el bienestar de los animales no le quita nada a nadie; muy al contrario, pertenece a ese ramillete de actitudes vitales que nos recuerdan la abundancia que nos rodea, invitándonos a entenderla, compartirla y disfrutarla.

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