lunes, 6 de octubre de 2014

Burrocracias



En la última semana he estado bastante "entretenida" (léase con sorna) escribiendo unos cuantos informes para la Inspección sobre el número de aprobados que pretendo lograr este curso (obligatoriamente superior al que tuve el año pasado) y las maravillas extraordinarias que voy a llevar a cabo (perogrulladas pedagógicas engoladas de retórica) para conseguirlo.

Mientras tanto, mis alumnos de doce y trece años han aprendido que una persona sorda no tiene por qué estar muda, han completado la tarea de tocar los textos escritos en Braille que encuentren en su ascensor o en cajas de medicamentos e intentar adivinar lo que pone, han resuelto sus dudas existenciales acerca de la comunicación de los peces y han preguntado en casa cuánto cuesta la tarifa de Internet, a ver si en realidad era gratis todo eso que ellos creen que lo es.

Nada de esto aparece en ninguna programación ni en ningún informe, pero convierte mis clases en frondosos bosques de brazos levantados para compartir, preguntar, expresar. Mis alumnos también han aprendido a respetar los cuatro márgenes del cuaderno, han copiado los enunciados de los ejercicios, los han corregido utilizando un boli rojo o verde y se han llevado para casa unos pocos deberes de Pragmática. Porque una cosa no quita la otra: muchos contenidos tradicionales son útiles y necesarios; la Pedagogía actual y los contenidos originales, también.

Pero esto es algo que la Administración no quiere entender. En los campos prediseñados de sus formularios solo caben cifras, cruces para indicar Sí o No. En ninguno de sus informes encontraría su hueco Daniel, un niño sordo de mi clase que, en medio del clima de respeto que me enorgullezco de fomentar, se atrevió a confesarles a sus compañeros lo que la mayoría, sino todos, ignoraba: que por un oído no oye nada, aunque por el otro escucha muy bien. No tengo informes para explicar el silencio que arropó a Daniel mientras hablaba, la lección de vida que todos mis alumnos aprendieron aquel día, las toneladas de autoestima que Daniel se ganó para sí mismo gracias a su acto de valentía.

Lo que ocurre cotidianamente en un aula no cabe en la zafiedad de una cifra. Las escuelas no son empresas ni pueden gestionarse mediante algoritmos informáticos. La educación trata de personas trabajando con personas sobre las experiencias (previas y futuras) de otras personas. La tarea es inabarcable, irreducible, inclasificable.

El escaso tiempo que nos dejan, sin embargo, para pensar en la magia, ahora se ve nuevamente cercenado por la obligación de rellenar burrocracias. Me queda el consuelo de que mis alumnos pronto aprenderán que el arte inunda las calles, prepararán un regalo especial para un ser querido y descubrirán el arcoiris de colores y formas con el que la Naturaleza ha pintado a las personas.

Si no fuera por eso... ¡qué terrible, qué insoportable el desastre!

2 comentarios:

Cigüeña Blanca dijo...

Pásate por mi blog, tengo una sorpresita para ti:

http://la-ciguena-no-viene-a-alemania.blogspot.de/2014/10/me-han-dado-un-premio-2.html

Remedios Morales dijo...

¡Qué bien! :P

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...