martes, 28 de octubre de 2014

La clase de hoy



Este año tengo un grupo de alumnos bastante especial, que va con retraso en mi asignatura o la lleva suspensa de otros cursos. Verdaderamente tienen muchas dificultades: incluso cuando ponen su mayor empeño, no llegan a comprender muchas cosas, y para mí supone un reto enseñarles.

No es la primera vez que tengo un grupo así, pero, por alguna razón, este año he podido hacerme con ellos. Normalmente, junto a las dificultades de aprendizaje aparecen problemas de comportamiento, muchas veces como defensa ante el fracaso, que no son fáciles de solucionar. Pero estos alumnos me respetan, diría que incluso me quieren, y tienen muchas ganas de demostrarme de lo que son capaces.

Así que el otro día, como premio a su esfuerzo, tuvimos una clase de lectura libre. Les llevé unos cuantos libros de la biblioteca para que, simplemente, leyeran. No tenían que hacer un resumen, ni rellenar un cuestionario, ni pasar un examen. Al principio estaban un poco recelosos, no entendían muy bien la idea de "solo leer", cada uno a su ritmo, en silencio, sin que nadie les corrigiera los errores de pronunciación o les hiciera preguntas insidiosas para comprobar que había partes que no habían entendido. Pero, después, la lectura obró su magia y la mayoría se engancharon a las letras hasta que sonó el timbre que señala el fin de la clase (alguno incluso más allá).

Yo también me llevé un libro para leer. Cuando alguno alzaba la vista, me descubría concentrada (aunque con el rabillo del ojo estuviera supervisando lo que hacían), y regresaba a su hoja para seguir leyendo. Estoy segura de que algunos batieron su récord de tiempo sumergidos en un libro.

miércoles, 22 de octubre de 2014

La cigüeña llega a todas partes



Esta entrada está dedicada a Cigüeña Blanca, del blog La cigüeña no viene a Alemania, que hace poco me nominó a un premio, algo que me hizo mucha ilusión. Aprovecho para mandarle todo mi ánimo y positividad, y recordarle que la cigüeña llega a todas partes... ¡Alemania incluida! ¡Claro que sí!

Para recoger el premio, era necesario nombrar once blogs que tuvieran menos de cien seguidores, pero me temo que casi todos los blogs que yo leo ya han sido nominados, así que esta primera parte no la voy a poder cumplir. De todas formas, os invito a pasaros por mi lista de blogs, donde encontraréis algunos que no tratan sobre maternidad pero que también son muy interesantes...

La segunda condición era plantear once nuevas preguntas, algo que creo que tampoco voy a poder cumplir, porque no se me ocurren demasiadas. En relación a la reproducción asistida, estas son las que me gustaría plantear (sentíos libres de contestarlas si queréis):

1. ¿Cuál fue el motor que te ayudó a sobreponerte a los negativos y seguir intentándolo?
2. ¿Llegaste a desconfiar tanto de tu médico como para cambiarte de clínica? 
3. En caso afirmativo, ¿qué fue lo que ocurrió? ¿Estás contenta con tu decisión?
4. ¿Notaste algún síntoma distinto cuando tu betaespera fue positiva?
5. ¿En qué crees que podrían mejorar los protocolos de reproducción asistida?
6. Las personas que te conocen, ¿leen tu blog? ¿Por qué?

Y hasta aquí puedo leer...

En fin, me temo que la única condición del premio que voy a poder cumplir es la de contestar a las once preguntas que planteó Cigüeña. ¡Allá van!

domingo, 19 de octubre de 2014

¿Por qué tengo síntomas de embarazo si no estoy embarazada?



Dicen las malas lenguas que la peor parte de un tratamiento de reproducción asistida es la betaespera, es decir, el periodo que va desde la aplicación de una técnica (inseminación artificial o transferencia de embriones) y la beta o prueba de embarazo. 

Esto era algo que yo no entendía muy bien antes de empezar con mis tratamientos. Es decir, comprendía que no debía de ser fácil esperar entre diez y quince días para saber si estabas embarazada, pero me parecía un tanto exagerado pensar que eso era lo peor del tratamiento, por encima de los pinchazos, de los traumáticos encuentros con el espéculo, o incluso de las pruebas de diagnóstico. En mi inocencia, creía que se trataba simplemente de llenar el tiempo lo máximo posible y tener paciencia.

Y esto es así para la primera parte de la betaespera; en el caso de la inseminación artificial, los primeros cinco o seis días. Durante ese periodo, los espermatozoides realizan el viaje hasta el óvulo, lo fecundan y el cigoto resultante desciende por las trompas de Falopio hasta el útero. No hay ninguna diferencia entre que ocurra todo esto y que, como seguramente me pasó a mí las cuatro veces que lo intenté, no ocurra absolutamente nada. Que tu cuerpo lleve un cigoto flotando o que se haya convertido en un cementerio de espermatozoides da lo mismo.

Al día siguiente de la aplicación de la técnica, debes empezar a medicarte con una hormona llamada progesterona. Normalmente, se presenta en forma de unos comprimidos ovalados muy suavecitos que pueden tomarse por vía oral o introducirse por vía vaginal (a mí esta doble posibilidad siempre me ha hecho sentir como uno de esos gusanos que consisten en un tubo con agujeros en los extremos, y en los que no se sabe muy bien dónde está la boca y dónde el culo). En mi caso, después de las inseminaciones tuve que ponerme un comprimido diario por vía vaginal.

Durante los cinco o seis primeros días, los efectos secundarios de la progesterona fueron siempre los mismos: somnolencia y cierto mareo al cambiar de postura. A mí no se me hicieron nada pesados: en primer lugar, porque, para quienes sufrimos de insomnio, el sueño profundo que provocan es una bendición; y, en segundo lugar, porque ese tipo de mareo en particular es el mismo que te producen los antidepresivos, así que ya me lo conocía. Estos dos efectos secundarios son los únicos que venían en el prospecto, así que, en el primer intento, me auguraba a mí misma una betaespera feliz.

Nada más lejos de la realidad.

martes, 14 de octubre de 2014

La vida de los animales



Como vegetariana y defensora de los animales, soy especialmente sensible a ciertos comentarios del tipo: "La gente tiene mascotas porque no quiere tener hijos", "Cómo pueden preocuparse de cerdos y vacas cuando hay tanta hambre en el mundo", "Les importa más la vida de un perro que la vida de una persona".

Entre otras cosas, me parece que este es un pensamiento basado en la versión más casposa de la lucha entre las especies, donde el mundo es una pequeña tarta de cumpleaños y sus habitantes somos niños grandes que debemos abofetearnos y meternos los dedos en los ojos para conseguir un pequeño lametón de nata.

Yo no puedo compartirla. Estoy convencida de que la existencia es un hermoso cuerno de la abundancia donde todos podemos conseguir lo necesario para colmar nuestras necesidades, básicas y no tan básicas. En el mundo hay suficiente alimento para que todos podamos crecer vigorosamente y relamernos de gusto, suficiente espacio para correr, jugar, dar vueltas y henchirnos los pulmones de aire limpio, suficiente agua para beber, bañarse, nadar y salpicar a otros, suficiente alegría para que todos riamos, suficientes amigos para que todos tengamos, tantas cosas por hacer que nadie, ni uno solo, estamos de sobra.

La única condición para disfrutar de esta abundancia es coger solo lo que te corresponde y ser solidario. Una condición que, evidentemente, no se está cumpliendo. Y así nos luce el pelo, a humanos y no humanos.

No creo que las personas que defendemos la vida y el bienestar de los animales lo hagamos a costa de la vida y el bienestar de las personas. No existe tal "costa". Hay para todos.

Mi experiencia me indica, de hecho, que las personas que defienden a los animales son personas también profundamente solidarias con los seres humanos. Y al contrario: no concibo la idea de que alguien que se conmueve ante la mirada de dolor de un semejante no sea capaz de sentir una punzada de empatía cuando esa mirada es irradiada por los ojos de otra especie.

sábado, 11 de octubre de 2014

El mandala rojo



El cuaderno de mandalas que Alma me regaló sugería que se colorearan en un orden preciso, recorriendo un camino de sanación espiritual. Sin embargo, yo preferí hojear sus páginas en busca de inspiración, deteniéndome en las formas de cada uno hasta encontrar el que mejor armonizara con mi estado de ánimo. También me dejé guiar por la apetencia de un color, puesto que, como ya expliqué, pretendía colorearlos basándome en escalas monocromáticas.

Y así, después de darle unas cuantas vueltas al cuaderno, terminé deteniéndome en uno de los dibujos, que incluía unas formas parecidas a las de un corazón. Una vez elegido, no tuve ninguna duda sobre la escala que utilizaría para colorearlo: acababa de encontrar el mandala rojo.

En el cuaderno, este mandala se titulaba "La aceptación". Lo estuve coloreando mientras me hacía las pruebas de diagnóstico, y creo que lo empecé precisamente cuando tuve claro, después de muchos meses peleándome conmigo misma, que no compartiría con mis padres el proceso que estaba iniciando.

Mientras lo completaba, verdaderamente me sentía invadida por la aceptación. Una aceptación emocional de mi pasado: de todo el dolor que había embargado mi alma, de la desesperación, de la lucha, de las experiencias que me habían llenado de miedo e incomprensión. Me sentía invadida por la aceptación, pero también por el amor. Amé todas y cada una de esas emociones, las arrullé con el vaivén de las pinturas hasta conseguir calmarlas, dejando atrás la rabia y el rencor. Las necesitaba dormidas, vivas pero no activas, mientras despertaba el torrente de fuerzas renovadas que requería esa aventura que apenas comenzaba.


Cuando contemplo este mandala desde el momento presente, me doy cuenta de que el dolor que simboliza no es solo emocional, sino también físico. No solo estaba aceptando la pasada entrega de mi alma, sino también, quizá sin saberlo, la futura rendición de mi cuerpo a un ejército invasor que horadaría su carne bajo la promesa de regalarme esa hermosa flor que veía en mis sueños.

Ahora pienso que tal vez este mandala representa, de una manera mucho más completa, la aceptación de la maternidad: un nuevo estado que te obliga a trascender tu historia, tu cuerpo, a entregarte en brazos de la Naturaleza y sus caprichos, a dejarte conquistar por ese inmenso calor que te habita y que esperas que prenda también en una nueva vida.

La lucha, las ganas, la aceptación... pero también la idea que cerraba el pequeño párrafo que acompañaba el mandala: el derecho, necesario e imprescindible, a recuperarse.

lunes, 6 de octubre de 2014

Burrocracias



En la última semana he estado bastante "entretenida" (léase con sorna) escribiendo unos cuantos informes para la Inspección sobre el número de aprobados que pretendo lograr este curso (obligatoriamente superior al que tuve el año pasado) y las maravillas extraordinarias que voy a llevar a cabo (perogrulladas pedagógicas engoladas de retórica) para conseguirlo.

Mientras tanto, mis alumnos de doce y trece años han aprendido que una persona sorda no tiene por qué estar muda, han completado la tarea de tocar los textos escritos en Braille que encuentren en su ascensor o en cajas de medicamentos e intentar adivinar lo que pone, han resuelto sus dudas existenciales acerca de la comunicación de los peces y han preguntado en casa cuánto cuesta la tarifa de Internet, a ver si en realidad era gratis todo eso que ellos creen que lo es.

Nada de esto aparece en ninguna programación ni en ningún informe, pero convierte mis clases en frondosos bosques de brazos levantados para compartir, preguntar, expresar. Mis alumnos también han aprendido a respetar los cuatro márgenes del cuaderno, han copiado los enunciados de los ejercicios, los han corregido utilizando un boli rojo o verde y se han llevado para casa unos pocos deberes de Pragmática. Porque una cosa no quita la otra: muchos contenidos tradicionales son útiles y necesarios; la Pedagogía actual y los contenidos originales, también.

Pero esto es algo que la Administración no quiere entender. En los campos prediseñados de sus formularios solo caben cifras, cruces para indicar Sí o No. En ninguno de sus informes encontraría su hueco Daniel, un niño sordo de mi clase que, en medio del clima de respeto que me enorgullezco de fomentar, se atrevió a confesarles a sus compañeros lo que la mayoría, sino todos, ignoraba: que por un oído no oye nada, aunque por el otro escucha muy bien. No tengo informes para explicar el silencio que arropó a Daniel mientras hablaba, la lección de vida que todos mis alumnos aprendieron aquel día, las toneladas de autoestima que Daniel se ganó para sí mismo gracias a su acto de valentía.

Lo que ocurre cotidianamente en un aula no cabe en la zafiedad de una cifra. Las escuelas no son empresas ni pueden gestionarse mediante algoritmos informáticos. La educación trata de personas trabajando con personas sobre las experiencias (previas y futuras) de otras personas. La tarea es inabarcable, irreducible, inclasificable.

El escaso tiempo que nos dejan, sin embargo, para pensar en la magia, ahora se ve nuevamente cercenado por la obligación de rellenar burrocracias. Me queda el consuelo de que mis alumnos pronto aprenderán que el arte inunda las calles, prepararán un regalo especial para un ser querido y descubrirán el arcoiris de colores y formas con el que la Naturaleza ha pintado a las personas.

Si no fuera por eso... ¡qué terrible, qué insoportable el desastre!

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