martes, 24 de junio de 2014

Proust está en el patio



Ocurrió un día de primavera. Cruzaba el patio de mi instituto y, de pronto, tenía once años y me sentía tan llena de energía que apenas podía refrenar mis ganas de correr, trepar y reírme a carcajadas. Una hora más tarde, mientras desandaba el camino, había cumplido los trece y la capa de melancolía y miedos invernales comenzaba a deshelarse en un tímido conato de esperanza. Al término del recreo, según esperaba a mi grupo para subir a clase, llegué a los quince y sentí cómo crecían en mi interior el ineludible impulso de amar y la certeza de que encontraría su reflejo, algún día como aquel, muchos años más tarde.

Al principio no quise descubrir de dónde provenía aquel intenso olor a flores que había bañado también los patios de mi infancia. Preferí deleitarme en su aroma, mezclado con mis recuerdos, y en el intenso sentimiento de pertenencia que me generaba. Según avanzó la primavera, no obstante, me fue imposible seguir ignorando aquel enorme árbol repleto de grandes flores que se alzaba majestuoso junto en el centro del patio.

Hace algunos días volví a mi antiguo instituto. Mientras recorría el camino que había seguido durante tantos años, el corazón me palpitaba en la garganta. Temía sentir una nostalgia insuperable, volver a ahogarme en un pozo vacío como cuando me marché de allí. Sin embargo, nada de eso ocurrió. Me divertí muchísimo con mis compañeros, disfruté de su cariño y conjuré gratos recuerdos entre sonrisas; pero no tuve ganas de volver.

Por alguna razón que supera la cotidianidad del día a día, las anécdotas concretas, sé que ahora pertenezco a mi nuevo instituto. Aunque hace solo un año que lo habito, creo que he mullido las paredes lo suficiente como para poder llamarlo mi hogar. Un sentimiento que pasa, ineludiblemente, por árbol que habita en el patio.

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