sábado, 14 de junio de 2014

Operación anticaspa



Caminaba hacia el instituto en que trabajo pensando en todo lo que tenía que hacer aquella mañana mientras oía cómo detrás de mí un hombre mayor, vestido de chándal y acompañado de un amigo, iba blasfemando contra el alcalde del pueblo y contra no sé cuántas cosas más.

En ese momento nos cruzamos con tres de los alumnos del instituto, los tres negros y ninguno de ellos mayor de catorce años. El único chico iba montado en un monopatín y coreaba: "¡Holanda! ¡Holanda!". Las dos chicas que iban con él se reían. Yo no entendí a qué se refería porque no me interesa el fútbol y porque es muy difícil sacarme de mi ensimismamiento matutino. 

Pero aquel hombre mayor lo logró. Según pasaron los chicos, empezó a refunfuñar:

– Anda y vete a tu puto país... –y un montón de improperios sexistas, homófobos y especistas más.

Ante tal habilidad discriminatoria, no pude hacer menos que darme la vuelta y enfrentarle:

– Pero hombre... ¡que es solo un chaval!

El susodicho se quedó un poco pasmado. Supongo que no todos los días se recibe una reprimenda de una treintañera ataviada con mochila y zapatillas que se dirige a un instituto sin que se sepa muy bien para qué.

– Es que son gentuza, señorita –o algo así se atrevió a decir.

Imbuida por una mezcla de drama queen en vena y el espíritu de una x-men de las malas, me di el gustazo de mirarle de arriba a abajo muy lentamente (o, al menos, a mí me pareció una cantidad suficientemente teatrera de tiempo) y decirle alto, claro y muy despacio:

– ¡Qué vergüenza!

Después de mostrarle mi desprecio, y sin dejarle opción a réplica, me di la vuelta y, como la señora que soy (ya no señorita), entré triunfalmente en mi instituto sin mirar ni una sola vez atrás.
 
La sangre me hervía en las venas de satisfacción. Han sido tantas las veces que he tenido que escuchar comentarios discriminatorios de cualquier tipo mientras me ahogaba de impotencia, que ser capaz al fin de decir algo, de mostrarle a las personas que hablan como si destilaran la verdad por su boca que no todo el mundo está de acuerdo con su opinión y que, cuando uno va de fanfarrón por la vida, se puede encontrar con una réplica inesperada... ¡fue todo un orgasmo moral!

Curiosamente, lo que más me molestó fue que aquel hombre se expresara como si pudiera darme una lección. A una parte de mí le habría gustado preguntarle a cuánta gentuza de la que él tanto abjura ha conocido personalmente. Si conoce sus nombres, sus historias, su situación actual, sus perspectivas de futuro, su personalidad. Porque yo conozco a unos cuantos. Y no soy ninguna ingenua.

A una de las chicas con las que nos cruzamos la pillé cometiendo un acto vandálico (llamémosle así) la semana pasada. Se pasó todo el camino que mediaba entre el lugar de los hechos y el despacho de Jefatura soltando improperios por su boca, mientras yo la advertía de que estaba empeorando la situación y me preparaba para esquivar el golpe en caso de que decidiera arrearme un sopapo.

Una conducta violenta en un adolescente, sin embargo, no es razón suficiente para tildarlo de gentuza. Es necesario conocer sus circunstancias. No obstante, incluso en el caso extremo de que cualquiera de los alumnos a los que defendí se les pudiera calificar objetivamente (?) de gentuza, nunca sería por el color de su piel o su lugar de nacimiento.

Todavía me relamo con la fantasía de explicarle a aquel hombre que la mayoría de los alumnos de mi instituto, a pesar de su apariencia, son tan españoles como lo es él. Y que la mujerzuela que se atrevió a enfrentarle en plena calle era, ¡oh colmo de los colmos!, una lesbiana.

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