domingo, 23 de marzo de 2014

Mi primera intuición



No deja de sorprenderme cómo los recuerdos que podemos rescatar de nuestro inconsciente suelen haber resultado profundamente significativos para nuestra vida y nuestro presente.

Uno de estos recuerdos tiene que ver con mi primera intuición sobre el vegetarianismo. Era pequeña y estaba de viaje con mis padres visitando a unos familiares lejanos, que vivían en un pueblo de cuyo nombre no logro acordarme y que casi aseguraría que nunca más volví a visitar. En la casa había un corral enorme lleno de conejos, y yo entré a verlo junto con mi madre. Me enamoré automáticamente de todos aquellos animalitos, peludos, suaves y de muchos colores. Y aunque han pasado más de veinte años, todavía puedo sentir las ganas de quedarme allí junto a los conejos, de abrazarlos, de no separarme jamás de ellos, de poder llevármelos a casa.

Después de visitar el corral, nos sentamos a la mesa. Había muchas personas desconocidas para mí, pero en medio de aquel gentío tumultuoso, pude enterarme del menú antes de que lo sirvieran en la mesa: era arroz con conejo.

Recuerdo como si fuera ayer el horror que me embargó cuando comprendí lo que aquello significaba. Mi mente infantil no consiguió poner palabras a lo que sentía, ni explicar lo que pensaba ni lo que le parecía. Solamente me invadió la certeza de que yo jamás me llevaría a la boca un trozo de la carne de aquellos animales.

Siempre fui una niña buena y obediente que nunca decía que no a nada ni llevaba la contraria a los adultos. Sin embargo, no tardé ni dos segundos en darme cuenta de que, por mucha vergüenza que me diera negarme a comer lo que me ofrecían, por mucho miedo que tuviera de todas aquellas personas a las que no había visto antes, por más que mis padres me hubieran enseñado siempre a no llamar la atención ni molestar, yo no podía comer conejo. No podía, era absolutamente imposible. No iba a comerlo ni por mi madre, ni por los familiares desconocidos, ni por nadie.

Hoy todavía me sorprende la excusa que inventé aun siendo tan pequeña. Se me ocurrió decirle a mi madre, muy bajito, que yo no quería conejo porque no me gustaba. Recuerdo la sorpresa de la mujer que traía la comida, también algunos comentarios de mi madre, mitad jocosos, mitad comprensivos, que quizá el tiempo ha tergiversado. Y, por supuesto, recuerdo que aquel día no comí conejo.

De hecho, la noticia de que a la niña no le gustaba el conejo corrió como la pólvora en mi familia. Sé que hubo más reuniones con conejo en el menú, y sé que siempre se preparó una alternativa para mí.

Aunque resulte extraño, esta situación me violentaba. Yo sabía que estaba mintiendo, y que mientras la mentira se extendía, no había hecho nada por pararla. Siempre fui una niña con unos valores muy asentados, y las mentiras me avergonzaban. Sin embargo, nunca fui capaz de explicar la verdad: que a mí el conejo ni me gustaba ni me dejaba de gustar, que no sabía siquiera si lo había probado alguna vez o no, pero que todo eso me daba igual, pues no pensaba comer conejo porque me parecía un animal adorable al que no me cabía en la cabeza asesinar para comérmelo ni en un millón de años.

Lo curioso del asunto es que yo intuía que la mentira, en este caso, era mejor que la verdad. Si todas las personas que me rodeaban sabían bien lo que era un conejo, y si todas se lo comían sin sonrojo, seguramente esa actitud mía que me separaba del resto no era algo bueno. Y las cosas que no son buenas es mejor esconderlas en el corazón y no compartirlas con nadie, porque nadie quiere a las niñas que en su interior guardan esas cosas tan feas.

Afortunadamente, con el tiempo he aprendido a canalizar positivamente esa y otras muchas cosas hermosas que, aunque sean tachadas de sospechosas por una parte de la sociedad, considero que en realidad son la expresión de valores y sentimientos profundamente humanos que, por suerte, yo supe cuidar desde pequeña dentro de mi corazón. Y aunque entonces lo hiciera en secreto, hoy me siento públicamente orgullosa de ellas.

2 comentarios:

Caminos del Espejo dijo...

¡Cómo te comprendo! ¡Tengo ganas de veros! Besazos

Remedios Morales dijo...

¡Yo también! ¡A ver si organizamos algo! :D

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